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La Pascua

La familia Caicedo se había trasladado a Cali conanticipación para cumplir con el precepto de la comunión anual. Don Manuel era el primero en dar ejemplo de obediencia a las leyes de la Iglesia.

La pascua caía ese año el 12 de Abril, y estaban corriendo ya los últimos quince días de la cuaresma.

La ciudad entera estaba entregada a la devoción y al ayuno. Las iglesias, particularmente las de los conventos, estaban todo el día colmadas de mujeres que iban a confesarse; así como los claustros se llenaban de hombres por la noche. Esos claustros eran alumbrados por faroles colocados en las esquinas; allí, en esos largos, opacos y silenciosos corredores, ponían los frailes sus sillas de brazos, a prudente distancia unas de otras, y sentados en ellas iban oyendo y absolviendo a los penitentes.

Esto se hacía todas las noches desde las ocho en adelante. Cuando la cuaresma estaba para terminarse, era tanta la afluencia de gente de los campos, que no alcanzaban a despacharla temprano, y tenían que prolongar el trabajo hasta las once de la noche.

En ese año era Cura de Cali Don José de Rivera.

No había iglesia parroquial bastante capaz para la celebración de los oficios religiosos de la Semana Santa, que era la fiesta más concurrida de todas las del año. La iglesia de San pedro, que era la Matriz, se había caído hacía mucho tiempo, y estaban apenas comenzando a reedificarla, en cuya empresa ayudaba el Cabildo de una manera eficaz. Esa reedificación se empezó en 1781 y no vino a terminarse hasta 1842, gracias a los esfuerzos del benemérito franciscano Fray José Ignacio Ortiz.

En ese año las paredes y las columnas sólo tenían dos varas de altura, como consta de un examen que sehizo entonces. En donde hoy es la sacristía, había una pequeña capilla que en los días comunes servía de parroquial. El solar de la iglesia estaba lo mismo que hoy, sólo que, al lado de la plaza, había unas tiendas pertenecientes al Cabildo, que las había edificado, en las cuales vivían algunas mujeres que vendían comestibles, aguardiente y cigarros; la parte del centro era el cementerio de los pobres; los ricos eran sepultados en el recinto de la iglesia.

La iglesia de San Agustín fue elegida por el Doctor Rivera para la celebración de la Semana Santa.

Esa fiesta se hacía entonces lo mismo que ahora; bendición de ramos, traídos del palmar de Yunde; canto de maitines por la tarde en los conventos; sermón del |Lavatorio, de Tres |horas y del |Descendimiento; procesiones de Santos, por las noches, por calles llenas de fango, &Ca, pero todo con mucha devoción y recogimiento.

Sólo había las siguientes diferencias; Los |animeros, que salían en altas horas de la noche, vestidos de hábito y capuz negros; éstos se detenían en cada esquina, tocaban una campanilla y con voz lúgubre ya grito herido pedían

"Un padrenuestro por una alma que estaba en pecado mortal, o por un gran pecador que estaba agonizando"
Esos gritos eran el terror de mujeres y de niños.

Y los |demandaderos, individuos de la primera nobleza, que salían el Domingo de Ramos, bien vestidos y con un paño blanco terciado por el hombro y una pequeña palangana de plata, y entraban de casa en casa pidiendo la |demanda, limosna que recibían en la palanganay que servía para gastos de la Semana Santa en los distintos conventos de que ellos eran síndicos.

Y había otras dos diferencias; que la piedad y el recogimiento eran mayores, porque toda la ciudad era íntegramente católica, y no había en ella, ni se habría tolerado, un solo incrédulo, pues que para velar por la pureza de la fe en todo el Nuevo Reino, existía en Cartagena el Santo Tribunal de la Inquisición, el cual tenía en Cali sus respectivos agentes que se llamaban "Familiares del Santo Oficio"; y que esos días eran de reconciliación y olvido para todos los fieles. Todo aquel que había ofendido a otro, con razón o sin ella, cualquiera que fuera su categoría, tenía que pedirle perdón, o no había absolución posible. De esto resultaba que, después de pascua, quedaban restablecidas las buenas relaciones entre todos los vecinos.

El Jueves Santo comenzó la función alas nueve de la mañana; a esa hora estaba ya en la iglesia, en asientos preferentes, el Muy Ilustre Concejo Municipal compuesto del señor Alférez Real, Teniente Coronel de Milicias disciplinadas y Regidor perpetuo Don Manuel de Caicedo; Don José Micolta, Regidor y capitán de Dragones; Don José Antonio de Lago, Teniente de Gobernador; Don Nicolás del Campo y Larraondo, Teniente de Capitán de Milicias; Don Andrés Camarada, Don Andrés de Vallecilla y Don Nicolás Ramos, Regidores perpetuos; don José Vernaza, Procurador General; Don José de Córdoba y Don Martín DomínguezZamorano, Alguaciles Mayores y otros empleados que no eran del Concejo; entre los cuales figuraban Don Juan Antonio Dorronsoro, Administrador de Rentas Reales y Don Luis de Vergara, Familiar del Santo Oficio, y después de todos éstos, todas las personas importantes de la muy noble y leal ciudad de Santiago de Cali.

El vestido de estos altos señores era notable por su riqueza y elegancia; grandes casacas de paño de grana o de terciopelo con botones y vistosos bordados de oro; calzón de lo mismo o de raso, hasta la rodilla, en donde se ataba con una charnela y hebilla de oro; chaleco, muy grande, de terciopelo con sus bordados de oro o de plata, y botones de esos mismos metales; media de seda y zapato con hebilla de oro, y en esa hebilla, el escudo de armas de la familia, si tenía derecho a tal escudo, como lo tenía el Alférez Real; camisa de fina bretaña con su chorrera aplanchada y erguida desde el cuello hasta abajo del pecho; corbatín rígido, y sobre él doblado el cuello de la camisa, como se usa ahora; la cabeza cubierta de polvos blancos; el cabello bastante largo, peinado hacia atrás, cuyo extremo caía sobre la nuca y se llamaba |coleta; la barba y el bigote afeitados, quedando solamente las patillas, bastante altas. Los empleados principales llevaban bastón, con puño de oro, y algunos vara alta.

Las grandes señoras vestían sayas lujosísimas de diferentes ricas telas; unas de terciopelo azul, amarillo, colorado o verde, con adornos de oro o de plata; otras de brocado, que era una tela de seda con grandes flores de oro bordadas; otras de tisú, tela tejida con hilos de plata u oro, con flores que pasan del haz al envés; otras de glasé, tela también de seda, de diferentes colores, tejida con plata u oro, muy lustrosa y relumbrante.

Los menos acomodados vestían telas de lana, entre las cuales figuraban en primer término el paño fino, de San Fernando; el carro de oro de que ya hemos hablado; el burato de seda, de áspero tejido; la granilla, llamada así por su color encendido; la bayeta de Castilla, de todo color; la zaraza, tela de algodón finísima, traída de la China, de hermosos dibujos y colores vivos, que valía a un patacón la vara y que duraba largos años. Por último, la bayeta de la tierra para las gentes muy pobres y para las criadas.

Los sombreros de hombres y mujeres eran de copa alta y ala corta, los que llamamos de |pelo, de diferentes colores, pero principalmente negros y blancos; éstos eran los de primera. Había otros de segunda, hechos de una paja muy suave, amarilla, que traían de Cuba y eran fabricados en la ciudad, y tenían la misma forma que los de primera. Es de advertir que los sombreros de los hombres no se diferenciaban en nada de los de las mujeres; y así, la mujer salía a veces a la calle con el sombrero del marido o el marido con el de la mujer. Ninguna mujer salía a la calle ni iba a misa sin sombrero, excepto las criadas.

A los sombreros de paja les ponían las mujeres unas anchas cintas de colores, con un gran favor o lazo aun lado. Más tarde les pusieron plumaje.

Los plebeyos iban vestidos según sus facultades pecuniarias; los que poseían algunos bienes de fortuna, usaban las mismas telas que los nobles, pero no podían llevar capa ni casaca colorada o blanca, ni espadín. Los menos acomodados usaban calzones de los géneros llamados portomahón, diablo fuerte, de color azul o amarillo, y pana; y una especie de frac, llamado |volante, de esos mismos géneros, o chaqueta. Los muy pobres vestían calzones de manta del Reino, sin hebilla, y ponchos, con listas de colores; o unas ruanas angostas, muy ordinarias, llamadas impropiamente |capisayos.

La ropa blanca se hacía de cambray, bretaña y holanda, que eran telas de mucho valor, de que usaban los ricos; y ruan, lienzo de lino y lienzo de algodón, de que usaban los pobres .

Los ricos planchaban la ropa blanca con planchas de metal; y los pobres alisaban la suya con grandes caracoles traídos del mar.

A las nueve de la mañana del Jueves Santo, como hemos dicho, estaba la iglesia llena de gente; los señores habían ocupado sus asientos, y las señoras se habían colocado en sus respectivos sitios, pues cada familia tenía señalado su puesto en la iglesia con una tabla cuadrada colocada en el suelo, sobre la cual ponían las grandes y gruesas alfombras que llevaba una criada. Ninguna de ellas invadía jamás el puesto de otra; porque en este particular eran más intolerantes que los hombres.

Ya estaba también allí la familia Caicedo con Doña Inés de Lara, todas ellas vestidas con mucho lujo y exquisito gusto conforme a la moda de la época.

En el extremo de uno de los escaños, cerca ala puerta principal, estaban sentados Don Juan Zamora y Daniel vestidos de paño fino; Don Juan, con su gravedad de costumbre tenía fijos los ojos en el altar mayor; Daniel no veía el altar; sus miradas se dirigían a otra parte.

En el coro estaban los músicos; un lego agustino tocaba el órgano, y había, además, dos arpas, dos flautas y dos violines. El Jefe de esos músicos era el maestro Jerónimo zapata, que tocaba todo instrumento, pero preferentemente el arpa.

La iglesia rebosaba de gente; no había cabido en ella la que había concurrido, y estaban llenas la plazuentrar, y que asistía a la misa desde afuera, pero de rodillas.

La iglesia tenía dos capillas pequeñas, cuyas puertas daban al cañón principal, y el cuerpo de ellas entraba al interior del convento, en donde hoy es patio; esas capillas eran la de Jesús y la de San José; o para hablar en el lenguaje piadoso de aquel tiempo, la de Mi Amo Jesús y la del Patriarca Señor San José.

En una de estas capillas se hacía el monumento para colocar la Majestad en su Depósito de plata, y era preciso llevar la Custodia en procesión y debajo de palio desde el altar mayor hasta la capilla.

La misa se cantó con gran solemnidad; tal como se canta ahora.

La devoción de todos los fieles era edificante; al fin de la misa comulgó muchísima gente, comenzando por los miembros del Muy Ilustre Concejo Municipal.

Al tiempo de la procesión, un sacerdote entregó el estandarte al señor Alférez Real, a quien correspondía de derecho; otros ayudantes abrieron el palio de terciopelo carmesí con flecos y varas de plata, en el Presbiterio, para que los miembros del Cabildo fueran a cargarlo.

En ese momento se levantó de los escaños un caballero, decentemente vestido, y fue y tomó una de las seis varas del palio, sin corresponderle tan alto honor. Los concejales que notaron esa usurpación, no quisieron ir a cargar el palio mientras no se retirara ese intruso.

Pero el intruso se encaprichó y se resistió a retirarse, a pesar de las amonestaciones de los acólitos. Entonces intervino el Alférez Real, quien subió al Presbiterio y tomando al intruso devoto por un brazo, lo hizo bajar hasta los escaños. Los concejales acudieron a ocupar su puesto y continuó la función sin novedad alguna.

Cuando se concluyó la fiesta, ese inmenso gentío se repartió por las calles de la ciudad, y se dedicó a visitar monumentos.

Nada tan alegre y pintoresco como el aspecto de la plaza, calles y plazuelas, atestadas de hombres y mujeres, adornados ellos y ellas con los vestidos más ricos que tenían; por todas partes brillaba la seda, el oro, la plata y las piedras preciosas; todos los colores estaban representados en los variados trajes de la multitud; las señoras, con sus sayas de brocado, tisú, glasé o terciopelo, y con sus grandes mantos bordados, ostentaban en sus cabezas los elegantes sombreros de pelo, blancos o negros, que les sentaban admirablemente.

Si los ricos y la clase media llamaban la atención por el lujo, no la llamaban menos los pobres por el exquisito aseo de sus vestidos; porque el pueblo caleño ha sido siempre extremado en el amor a la limpieza y al aseo, en los días de fiesta. Si en tales ocasiones se encuentra en la calle algún individuo sucio o andrajoso, se puede echar apuesta a que ese individuo es forastero.

El día se pasó en visitas de monumentos, pues los había en la mayor parte de las iglesias.

Daniel dio muestras ese día de una devoción fervorosa, visitando todos los monumentos, porque eso mismo hizo la familia del Alférez Real, detrás de la cual iba siempre él a una prudente distancia. Pero sufrió mucho en esas visitas al notar que un caballero, un señor Arévalo, comerciante, seguía a todas partes a la familia Caicedo, y parecía querer devorar con los ojos a Doña Inés de Lara. Ese hombre fue para él, desde ese día, un enemigo mortal.

En los siguientes, a saber, viernes, sábado y domingo de pascua, hubo asistencia del Cabildo a los oficios religiosos, y terminó la Semana Santa con el orden y la decencia propios de una ciudad íntegramente católica.

El intruso que quiso cargar el palio, se dio por ofendido por la verguenza que se le había hecho pasar de una manera tan solemne, y después de la pascua se quejó ante las autoridades de la violencia de que había sido víctima. Se siguió juicio ante él y el Cabildo; ese juicio fue a la Audiencia de Quito, y por último a España; el Alférez Real era el principal sostenedor del pleito. Al cabo de tiempo vino la sentencia definitiva en que se declaraba que ese tál no tenía derecho a cargar vara de palio | 1 .

Pero había habido otra insolencia del mismo género. El día de pascua, un señor Juan Núñez se había atrevido a salir a la calle con capa colorada. El Alférez Real que tal vio, ordenó a su paje Roña que le arrancara de los hombros la capa a ese sujeto; éste se defendió vigorosamente contra el criado; el Alférez Real se presentó ante la autoridad competente quejándose contra Núñez, por usurpación de honores. Pero Núñez era hombre de recursos, y aceptó el pleito y lo sostuvo en todas sus instancias y con todas sus fuerzas, sin omitir gastos. Este pleito, como aquel otro, fue a la Audiencia de Quito y por último a España. Después de dos o tres años vino la sentencia en que se declaraba que Núñez tenía perfecto derecho a usar capa colorada y espadín, porque había probado plenamente la limpieza de su sangre.

Cuando Marcelo Roso, escribano de su Majestad, público del número, notificó esa sentencia a Núñez, éste le dijo:

-Siento mucho no poder usar más la tal capa y el espadín.

-¿Y por qué no la usa vuesa merced? ¿No se le reconoce ese derecho por esta sentencia?

-Es verdad; pero ahora que se me reconoce el derecho, no tengo ya con qué comprarla, pues el paño de grana es caro, y toda mi fortuna la he gastado en sostener este pleito.

-Pero lo ganó vuesa merced.

-Sí, 1o gané, tengo esa satisfacción.

En ese tiempo la hacienda de Arroyohondo pertenecía a este señor Núñez, y poco después fue rematada en pública subasta porque él, realmente, cayó en pobreza causa al pleito | 2 .

El domingo de pascua, después de la misa, todas las personas notables se dedicaron a visitar alas autoridades eclesiásticas y civiles, lo cual se llamaba |dar pascuas.

Comenzaron por el Vicario Juez Eclesiástico superintendente Don José Cristóbal Vernaza, y por el Cura Don José de Rivera; después visitaron al Alférez Real, a los Alcaldes Ordinarios, a los Regidores Perpetuos ya los Alguaciles Mayoress

Los que no habían pedido perdón durante la cuaresma, a las personas a quienes habían ofendido, lo hacían ese día.

Esta costumbre ocasionaba algunas veces lances desagradables, porque no todos los ofendidos tenían la caridad suficiente para perdonarlo todo. En prueba de ello queremos consignar aquí el siguiente hecho histórico, por figurar en él nuestro héroe.

Algunos años después de la época que venimos describiendo hubo un robo en la casa llamada |lo Fabrica , en las Cajas Reales, que estaban a cargo deDon Juan Antonio Dorronsoro. La suma robada ascendió a diez y seis mil patacones. Ese dinero estaba en una gran caja de guanabanillo, que tenía tres cerraduras distintas con sus respectivos aldabones, de manera que para abrir la caja era preciso tener las tres llaves. De esas llaves, una reposaba en poder del Administrador de Rentas Reales Don Juan Antonio Dorronsoro y otra en poder del Alférez Real.

Los ladrones efectuaron el robo arrancando la tabla que quedaba debajo de la caja, y dejando las cerraduras y la caja al parecer intactas.

El día en que los claveros fueron a practicar visita, hallaron la caja vacía, con la tabla inferior desprendida.

Al momento se hicieron las averiguaciones más escrupulosas y se dio cuenta al Obispo Don Ángel Velar-de, de tan escandaloso atentado. El Obispo fulminó excomunión contra los ladrones; y esa excomunión se publicó en las iglesias con toda su espantosa solemnidad, con las fórmulas de estilo, tocando las campanas a entredicho, encendiendo velas y apagándolas en bandejas de agua, y pronunciando las imprecacione del Ritual en semejantes casos, Sólo se supo al fin que los ladrones eran forasteros, porque a consecuencia de la excomunión, uno de ellos se confesó en Popayán y entregó al fraile su confesor dos mil patacones que dijo ser la parte que le había tocado; pero se resistió a denunciar a sus cómplices a pesar de las amonestaciones del confesor, Nada se descubrió acerca de ellos, pues el confesor tampoco podía denunciar a su penitente,

Un domingo de pascua, pues, estaba Don Juan Antonio Dorronsoro recibiendo las visitas de estilo, cuando fue entrando Don Manuel ***, caballero principal, acompañado de su confesor el P, Fr, Mariano Camacho, de la orden de San Francisco; y arrodillándose ante Dorronsoro, le dijo;

"Señor Don Juan Antonio, le suplico por el amor de Dios me perdone la calumnia que le levanté diciendo que el autor del robo de las Cajas Reales había sido vuesa merced de acuerdo con el señor Alférez Real"

Don Juan Antonio quedó confuso al ver a ese caballero a sus pies, y le contestó:

"Álcese vuesa merced, señor Don Manuel, esas rodillas no deben doblarse sino ante un Dios de Cielos y tierra, Yo le perdono de todo corazón"
| 3 .

Don Manuel se levantó, se despidió de los circunstantes con una profunda reverencia y salió con el Padre Camacho.

Se dirigieron a la casa del Alférez Real; había en ese instante mucha gente de visita, toda de la nobleza, ala cual pertenecía el Don Manuel.

Al llegar ala puerta de la pieza alta de la casa en donde estaba el Alférez Real con sus visitantes, se adelantó Don Manuel y postrándose de hinojos, con el Padre Camacho aliado, le pidió perdón de una calumnia que le había imputado.

El pobre penitente no se atrevía a decirlo todo de una vez, como había hecho con Dorronsoro, porque conocía el carácter del Alférez Real. Pero éste no se contentó con esa confesión a medias, y le preguntó:

-¿Y qué calumnia ha sido ésa?

-Yo dije, cuando acaeció el robo de las Cajas Reales, que el mismo Administrador y vuesa merced eran los autores, porque tenían las llaves.

El Alférez Real no lo dejó acabar su discurso, sino que levantándose furioso le gritó:

-Salga de aquí el miserable; ¡afuera, afuera! Un hombre de bien como él, no debe tratar con un bribón como yo.

Y diciendo esto, le echó a empellones gradas abajo | 4 . Esto fue tan rápido, que cuando el Padre Camacho quiso intervenir, ya era tarde.

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