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Cali en 1789
Cali no tenía en aquel tiempo la misma extensión que tiene
ahora. ni menos el número de vecinos que cuenta actualmente. Según
el riguroso empadronamiento hecho en 1793. El recinto de la ciudad
sólo contenía seis mil quinientos cuarenta y ocho habitantes; y de
éstos, mil ciento seis eran esclavos.
Sabido es que Cali fue fundada el 25 de Julio de 1536 por el
Capitán Miguel López Muñoz, de orden de Don Sebastián de
Benalcázar; que fue la ciudad que más prosperó de todas cuantas los
españoles fundaron en el Valle; y que en poco tiempo llegó a ser
muy populosa; pero que después muchas familias principales se
trasladaron a Popayán en busca de mejor clima.
En ese año, pues, de 1789, la ciudad se extendía desde el pie de
la colina de San Antonio hasta la capilla de San Nicolás, y desde
la orilla del río, hasta la plazuela de Santa Rosa. Ese extenso
barrio que existe hoy desde la plazuela hasta el llano, es
enteramente moderno.
Aunque el área de la población era grande, los edificios no eran
tantos como podían caber en ella; porque había manzanas con sólo
dos o tres casas, cada casa con un espacioso
|solar, y cada
solar sembrado de árboles frutales, principalmente cacao y plátano
y algunas palmas de coco. Los árboles frutales eran los mismos que
hay ahora, con excepción del
|mango que no era conocido
todavía .
Casi todos los solares estaban cercados de
|palenques de
guadua, y sólo uno que otro, pertenecientes a los vecinos más
ricos, tenían paredes de tapia, aunque muy bajas.
No había empedrados sino al frente de algunas de las casas de la
plaza y en algunas calles inmediatas a ella, en la parte de arriba;
esta circunstancia hizo que se le diera a ese barrio el nombre de
|El empedrado. El resto, y todo el Vallano, carecían de
ellos. En tiempo de lluvias se formaban en las calles profundos
lodazales; pero loscaballeros y las señoras usaban altos zuecos de
madera, y andaban en ellos por el Iodo con asombrosa agilidad.
En los meses de Julio y Agosto de 1787 estuvo de visita oficial
en Cali Don Pedro de Beccaria y Espinosa,
Gobernador de Popayán, y expidió un decreto en el cual ordenó se
empedrara el frente de todas las casas, en especial las de la
plaza, y daba la siguiente razón; "para que en las
procesiones que andan al rededor de dicha plaza, no vayan, tanto
los sacerdotes como las demás personas que a ellas concurren,
pisando el barro",
Había entonces las mismas iglesias que hay hoy, porque aunque
tenemos como nuevos los templos de San Francisco y de San Pedro,
consagrado el primero en 1828 y colocado el segundo en 1842,
estaban en servicio en lugar de éstos, la iglesia vieja de San
Francisco y una capilla en donde está hoy la matriz, y que servía
de parroquia!. Había además la de Santo Domingo, que ya no
existe.
Cinco conventos de frailes tenía la ciudad; San Francisco. Santo
Domingo. San Agustín, la Merced y San Juan de Dios.
Este último con su hospital, estaba situado cuadra y media
arriba de la plaza, y había sido fundado en 1758 por Don Leonardo
Sudrot de la Garde, francés, casado en Cali con Doña Francisca
Paula Ramos. Costóle mucho trabajo hacer esa fundación, porque
ella, ¡cosa increíble! Tuvo enemigos; pero al fin alcanzó
de! Rey Fernando VI la Real cédula necesaria para llevar a cabo su
propósito.
Además de esos conventos existía ya el Beaterio, casa de asilo,
fundada en 1741 por el respetable sacerdote Fray Javier de Vera.
Prior de San Agustín, y concluida por el presbítero Tomás Ruiz
Salinas. Esa casa era la que sirve hoy de hospital de San Juan de
Dios, edificio que las beatas cambiaron después por el convento de
la Merced en donde están ahora. La comunidad se compone, por su
institución, de mujeres y niñas honestas, que quieren vivir
recogidas, entregadas a ejercicios devotos y al trabajo para ganar
la subsistencia. Ellas se consagraban también a la enseñanza de
niñas, y allí era la principal escuela que para ese sexo había
entonces.
El gusto en la construcción de las casas está todavía a la
vista; las principales tenían una pequeña pieza de alto, con un
balcón volado, figurando un corredor con sus gruesos pilares; los
alares sin canecillo; las aceras sin embaldosado; las puertas en el
interior, en los rincones, a fin de que quedaran espacios
suficientes para colocar grandes escaños; una o más ventanas en la
sala, voladas, con balaústres torneados, pero generalmente
desiguales, unas de otras; el aposento siempre obscuro, porque la
única ventana que tenía y que caía a la calle, era pequeña, alta y
rasa, para evitar los coloquios posibles entre los mozos y las
muchachas en las altashoras de la noche; en la esquina más notable
de la sala estaba el aparador, construcción de ladrillo o adobe,
con tres nichos en la parte baja en donde se colocaban las tinajas
de barro cocido, con dibujos en relieve; y una gradería de los
nichos para arriba en donde se colocaba la vajilla y la loza de
China.
Los muebles eran grandes escaños de guanabanillo, sillas de
brazos, poltronas y estrados o tarimas. Los que tenían ejecutorias
de nobleza, grababan su escudo de armas en los guadamaciles de las
sillas; y todos tenían canapés forrados en vaqueta, con patas
doradas, figurando las de un león o las de un águila, con una bola
entre las garras.
En la esquina exterior de algunas casas del centro de la ciudad,
había un nicho en la parte alta de la pared, y en ese nicho, la
imagen de un santo, a veces en estatua; allí se encendía un farol
todas las noches.
El río no tenía puente permanente. Cada año se hacía uno de
madera y guadua un poco más abajo de la Ermita,que las crecidas, al
entrar las lluvias, se llevaban por delante, dejando cuando más los
horcones.
Él tenía entonces doble cantidad de agua de la que hoy tiene, y
no había sino tres puntos o pasos por donde era fácil vadearlo; en
el resto de su curso, llevaba rápida corriente y tenía mucha
piedra.
La merma de aguas que han sufrido muchos ríos en el Cauca, es un
fenómeno notorio a todas las personas de edad avanzada. Muchos
riachuelos que fueron conocidos con agua permanente, se han secado
del todo.
En el otro lado del ríohabía solamente tres o cuatro casas en
forma de quintas o pequeñas haciendas algunas con plantaciones de
caña y trapiche. El resto de todo ese terreno estaba cubierto de
guayabales, que comenzando en el Charco de la Estaca iban a
terminar en Menga.
Habiendo como había, tantos clérigos regulares y seculares, el
número de Sacerdotes que decían misa diariamente, pasaba de
cuarenta. En los testamentos de aquel tiempo vemos que los
moribundos ricos disponían que, al morir, se les dijeran
veinticinco o treinta misas de cuerpo presente; y se las
decían.
La influencia del clero regular era grande; la ciudad en sus
costumbres parecía un convento; la piedad era general, y se hacía
alarde de ella, por nobles y plebeyos; todas las familias se
confesaban varias veces en el año, y forzosamente en la cuaresma,
porque había excomunión por un canon del Concilio IV de Letrán,
confirmado por el de Trento, para los que dejaban pasar años sin
cumplir con el precepto anual. Los que morían sin confesión
pudiendo confesarse, perdían la mitad de sus bienes; que se
destinaba a la Real Cámara, por una leyde Indias
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.Por fortuna, ninguno
daba lugar a que se le aplicaran tales leyes
Todos sabían cuándo era día de ayuno, y en efecto ayunaban. En
toda dificultad, toda desavenencia y toda desgracia que ocurría en
las familias, era un fraile el consejero obligado.
De esa influencia benéfica, de las prédicas constantes y del
buen ejemplo, resultaba que las costumbres públicas eran severas;
que los delitos eran raros, que se pasaban años sin que hubiera que
lamentar un homicidio ni un robo. Algunos años antes de la época
que describimos, fue juzgado un vecino por el hurto de una novilla;
se le condenó a presidio, y después del presidio, a destierro; y
antes del presidio y del destierro le cortaron las orejas,
En esos tiempos, el correo de Cali a Popayán era un vecino de
Jamundí y solía conducir grandes sumas en oro o plata; salía por la
tarde, se quedaba tomando aguardiente en la Chanca, y el caballo
con su carga de dinero seguía por el camino real, poco a poco; las
gentes se apartaban de él con respeto, porque veían las armas del
Rey en la valija.
El caballo llegaba a la casa de su amo, en donde la mujer del
correo le abría la puerta y lo descargaba,
Esos ancianos serios, que existen todavía aunque ya en pequeño
número, honrados, piadosos, esclavos de su palabra, respetuosos con
la autoridad y con todos, son resto de esa generación que se educó
en aquellos tiempos y por aquellos frailes, principalmente por los
de San Francisco, que gozaron siempre de intachable fama, y cuyo
convento era considerado como semillero de santos y de sabios. La
generación actual alcanzó todavía una muestra de la calidad de esos
hijos de San Francisco, en el venerable sacerdote Fray Damián
González, y en los tres o cuatro que están asilados hoy en una
parte del edificio que fue su convento.
Los habitantes de Cali estaban divididos en tres razas; blancos,
indios y negros; o sea; europeos, americanos y africanos. De éstas
resultaban las siguientes variedades; el mestizo, hijo de blanco en
india; el mulato, hijo de blanco en negra o viceversa; y el zambo,
hijo de negro en india, o de indio en negra.
Los blancos de la raza española tenían para sí todos los
privilegios y preeminencias; después de éstos, los más considerados
eran los mestizos, que hacían alarde de descender de españoles; a
éstos se les daba el nombre de
|montañeses. Los demás eran
iguales en la humildad de la categoría; pero la del esclavo era,
como es claro, la más triste. Los plebeyos que no eran mestizos,
eran llamados
|monteras.
Toda familia regularmente acomodada tenía una esclava por lo
menos, para el servicio doméstico; la cocinera era siempre una
negra. Estos esclavos ciudadanos lo pasaban mucho mejor que los de
las haciendas, que vivían al remo del trabajo y tratados en algunas
de ellas con crueldad. Había amos de terrible fama, con los cuales
eran amenazados los criados que no querían portarse bien. Con que
un señor de esos bonachones dijera a su sirviente; "te
vendo a don Fulano",bastaba para que se corrigiera en el
instante. Esos esclavos, cuando sus amos eran de buen carácter,
llegaban a amarlos tan sinceramente, que habrían sido capaces de
morir por ellos; y justo es confesar que había amos que trataban a
sus esclavos no como a tales, sino como a hijos.
Los nobles vivían orgullosos de su linaje y miraban con desdén a
la plebe; la plebe por su parte estaba acostumbrada a reconocer esa
distinción y se sometía resignada porque no podía hacer otra
cosa.
Los criados de una casa solían entrar en pendencia con los de
otra, disputando sobre la nobleza de sus amos; cada criado sostenía
que la del suyo era de mayores quilates que la del otro,
Cuando a un vecino se le escapaba tratar con el título de
|don a alguno que no fuera noble, lo cual era muy raro, al
punto se levantaban mil voces entre los plebeyos mismos, reclamando
contra esa mentira; ¿quién le dio el don7 decían; su
padre era
|ñor y su madre
|ña. Estas dos partículas son
evidentemente resto o contracción de las palabras
|señor,
señora, que al aplicarlas aun plebeyo, no las pronunciaban
íntegras para hacer notar que aquellos a quienes se las acomodaban
no eran tal
|señor ni tal
|señora .
Entre los nobles no todos sabían leer y escribir; y entre los
plebeyos muy pocos. Algunas señoras leían en libro, pero no en
manuscrito; sus padres les impedían que aprendieran a escribir,
para que no tuvieran ocasión de enviar o de recibir cartas de
amores.
Y sin embargo, ellas atendían a sus intereses aprendiendo a
escarabajear en hojas de plátano en lugar del papel, y con un
punzón de madera en vez de pluma, y poniendo por muestra una página
del Cuotidiano. Al fin, bien que mal, concluían por hacer letra de
imprenta, y es fama que con esto les bastaba.
No había médicos facultativos; los frailes, especialmente los de
San Juan de Dios, hacían el oficio de tales. Había una o dos
boticas, en que se vendían tres o cuatro ungüentos, cuatro
o cinco purgantes, y nada más. Si no había médicos, sí había
abogados, graduados en Santafé o en Quito, y todos ellos de las
principales familias.
No había colegios; los hijos de los pobres solían aprender algo
con los frailes. A los colegios de Santafé y de Quito sólo iban los
hijos de los nobles, para lo cual se hacían informaciones de
|limpieza de sangre.
Nadie deliberaba sobre asuntos de gobierno; todo mundo obedecía
ciegamente, y el prestigio de la autoridad era inmenso. No pudiendo
hacer la guerra al Rey, posibilidad que ni siquiera sospechaban, se
la hacían las familias entre sí por las preeminencias de
nobleza.
El pueblo vivía en la abundancia y parecía ser feliz. Todo
vecino sabía que, manejándose bien, moriría en su cama y no en la
guerra; que el fruto de su trabajo le pertenecía en absoluto; que
podría dejarlo en herencia, con toda seguridad, a sus hijos; y que
ni el Rey mismo podía arrebatárselo. A fines de 1793 se exigió un
donativo voluntario a todo el Nuevo Reino, para ayuda de los gastos
de la guerra que el Rey Carlos IV declaró en ese año a la Francia,
a consecuencia de la ejecución de Luis XVI. Las autoridades de Cali
nombraron comisionados para colectar ese donativo en toda la ciudad
y su jurisdicción, desde el río de Ovejas hasta Roldanillo. Todos
los habitantes de ese dilatado territorio se esmeraron en probar su
amor y su adhesión a su Majestad; y al fin de la colecta, resultó
que se había reunido la cantidad de. . . novecientos once
patacones; Como los contribuyentes eran quince mil, había
correspondido amenos de medio real por cabeza, y eso que el Alférez
Real, Don José Micolta y Don Miguel Umaña dieron a cien patacones
cada uno.
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El
Rey se contentó con esa suma sin exigir un real más.
En los libros del archivo del Ayuntamiento vemos cuán barata era
la subsistencia; una arroba de carne valía cuatro reales, o menos;
un real los plátanos y un real la leña que podía cargar una bestia;
un
|novillo para pesar, seis pesos, y una vaca cuatro; un
caballo regular importaba ocho pesos, y si era magnífico, una onza.
El Cabildo ponía los precios a los artículos alimenticios de
primera necesidad y designaba las personas que habían de abastecer
de carne a la ciudad cada año.
La vida de los caleños en aquella época era bien parecida a la
vida que hoy se vive, si exceptuamos el oficio de la política, y el
negocio de las revoluciones, que eran desconocidos entonces. El
movimiento comercial era limitadísimo, y el país producía mil veces
más de lo que alcanzaba a consumir.
Por lo demás, los nobles y los ricos vivían consagrados al
cuidado de sus haciendas o de sus tiendas de mercancías (que eran
muy pocas) o al desempeño de empleos civiles; los plebeyos
trabajaban en la ciudad como artesanos, o en el campo como
agricultores, o aquí y allá como jornaleros; o traficaban con otros
pueblos, principalmente con el Chocó.
Gran parte de su tiempo lo consagraban a las fiestas religiosas
que eran muchas; en los días festivos, que eran en mayor número que
hoy, después de la misa mayor, se entregaban con frenesí al juego
de gallos, y allí se mezclaban nobles y plebeyos. Desde aquellos
tiempos hasta el presente, los jugadores de gallos han constituido
un gremio especial; todos ellos se conocen íntimamente, se buscan,
se estiman, se protegen y son amigos a vida y a muerte.
Los ricos llevaban a la casa del juego de gallos (pues ya había
gallera) grandes talegos de plata sellada; conducidos por un
criado; unos apostaban cantidad determinada; y otros, lo que podía
contener un
|mate lleno, que llevaban al efecto como medida.
El valor de las apuestas era exagerado, porque los nobles iban al
repiquete; y no era raro que algunos quedaran al fin completamente
arruinados.
Cali era entonces la ciudad de las palmas; y en esos altísimos y
elegantes vegetales anidaban los
|coclies.
Estas grandes aves formaban allí por las tardes ruidosas
algarabías, como las cigüeñas. Ese canto, o ese ruido, ha
sido siempre grato al oído del caleño; hemos visto a uno de éstos,
lejos de su patria, llorar de nostalgia, por haber oído cantar a un
coclí.
Estando la ciudad tan ventajosamente situada, el viajero que se
dirigía a ella, la alcanzaba a ver desde dos o tres leguas de
distancia, cubierta de árboles; sobre los árboles se destacaban las
palmas en un gran número y en toda su gentileza; y por entre las
palmas se distinguían los blancos campanarios de sus iglesias.
Cualquiera hubiera creído tener a la vista una ciudad oriental, tal
vez Bagdad, coronada de palmeras y minaretes.
Diremos por último, que Cali recibió el renombre de
"Muy noble y leal ciudad", por Real Cédula de 1os
70, y que desde 1559 recibió Escudo de Armas.
Como una curiosidad consignamos aquí la descripción de ese
escudo.
Dice el Rey Don Felipe II:
- "Es nuestra voluntad que ahora y de aquí adelante essa
dicha ciudad haya y tenga por sus armas conocidas, un escudo que
dentro de él tenga siete mogotes de color de tierra, siendo el de
en medio el más alto; ya la mano derecha de la parte abajo, esté
una ciudad de oro entre dos ríos y árboles verdes, yen lo bajo de
tal escudo, esté un puerto de mar con una nao surta a la boca de un
río que sale del mogote y entra a la mar; y otras naos en el río
arriba, con unas canoas con sus remos, en aguas azules y blancas,
según y como va pintado y figurado en un escudo como éste. Cuyas
dichas armas damos a dicha ciudad por su divisa señalada, para que
las pueda traer y poner y traiga en sus pendones, escudos, sellos,
banderas y estandartes".
Se ve que Don Felipe ignoraba completamente la verdadera
topografía de Cali, pues que la supone sentada en la orilla de la
mar.
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