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El domingo en la hacienda

Daniel se retiró muy preocupado de la casa de Fermín.

Llegó a su cuarto, entró en él, y volvió a salir al momento. Largo rato estuvo en el corredor, de pie, con los brazos cruzados y mirando al suelo. Después se dirigió a la parte del patio que quedaba al frente de la casa, desde donde se veían las ventanas de los aposentos de las señoras.

Había allí un grueso trozo de madera, puesto en ese lugar para hacer alguna reparación en el trapiche, y en él se sentó.

Miraba constantemente las ventanas de los aposentos, y permaneció inmóvil: ¡quién sabe que pensamiento importuno le ahuyentaría el sueño!

Más de dos horas estuvo en esa situación, hasta que notando que la luna descendía, sacudió esa especie de marasmo en que se hallaba y casi asustado se dirigió a su cuarto, se encerró en él y se tendió en la cama.

A la hora del alba del domingo sonó la campana, tocada por el negro Luciano, capitán de la cuadrilla, y al punto toda la hacienda se puso en movimiento.

Don Juan Zamora, de pie en el gran corredor, con su chaqueta de paño azul, chaleco de lo mismo, pantalones de género aplomado, botas de cordobán y sombrero de paja, y con las manos en los bolsillos de los pantalones, esperaba a que los negros se reunieran en la capilla. A su lado estaba Daniel. En la puerta de la capilla estaba de pie el capitán, a quien todos llamaban el tío Luciano, inspeccionando la entrada de la cuadrilla.

Pronto estuvieron reunidos todos los esclavos, sin faltar uno. Pusiéronse de rodillas y rezaron el Trisagio, en el cual hacía cabeza el tío Luciano; terminado este rezo, cantaron una canción que ellos llamaban |el Alabado, y después, unos versos sin arte, que decían ser |una salve.

El aire de esas canciones era profundamente melancólico, como es siempre el canto de la esclavitud. Aquel sublime salmo que comienza: |Super flumina Babylonis:

"Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentámos y llorámos acordándonos de Sión"
Conviene y convendrá siempre a toda raza subyugada, y mucho más si sufre la esclavitud lejos de su patria.

La voz de los negros era admirablemente melodiosa, de un timbre dulcísimo que conmovía todas las fibras del corazón, y principalmente la voz de las negras jóvenes.

Terminado el rezo, volvieron ellas a sus casitas, y ellos se diseminaron por todas partes, haciendo tiempo mientras tocaban a misa.

Eran las seis de la mañana; a esa hora se notaba ya movimiento de criados en la casa grande, lo que probaba que se habían levantado las señoras.

Don Manuel abrió las ventanas de su cuarto, y al momento entró una criada llevando agua en una fuente de plata; en seguida se afeitó; y concluida esta operación, se sentó junto a una mesa y se puso a leer algunos manuscritos.

El Padre se había levantado primero que todos, acostumbrado como estaba a hacerlo en el convento; había rezado Horas, y estaba paseándose en el corredor del piso alto. Viendo a Daniel que atravesaba por el patio, lo llamó y le dijo: ve si están preparadas las señoras para oír la misa y pregúntale a mi compadre si le parece bien que despachemos.

Daniel fue a informarse y regresó diciendo que todos estaban dispuestos.

Se tocó la campana a misa, y todos los habitantes de la hacienda fueron entrando en la iglesia y ocupando sus respectivos lugares. Las señoras asistieron con sayas y mantos negros y se arrodillaron cerca al altar en gruesas alfombras de lana y seda. Don Manuel, Don Juan Zamora y Daniel, se colocaron en los escaños; a los lados, detrás de los escaños, se colocó la multitud.

La capilla era un edificio de mediana capacidad, pero que sí podía contener más de quinientas personas; era de adobe y teja, blanqueado con cal, de aspecto decente. Tenía coro, púlpito y confesonarios; en el altar había un crucifijo de gran tamaño, que parecía ser obra quiteña, de muy escaso mérito.

El servicio de la sacristía se hacía por las señoras, que ponían particular esmero en tener limpia la ropa y toda la iglesia con aseo; un negro joven, que no sabía leer, ayudaba siempre la misa.

En medio de ella, el Padre explicó el evangelio del día, con la mayor claridad, acomodando su lenguaje a la limitada inteligencia de los esclavos; y terminó encargando a éstos la paciencia y la resignación, y advirtiendo a los amos que ellos debían ser los padres y no los verdugos, de esos infelices, a quienes Dios en sus arcanos había colocado en la servidumbre. Concluida la misa, Don Juan y Daniel salieron los primeros y se situaron en el atrio de la capilla para saludar a las señoras. Don Manuel esperó al Padre y al cabo de un rato salió con él.

El patio de la hacienda presentaba en ese momento muy alegre aspecto: los esclavos varones se habían quedado allí, distribuidos en grupos, y todos conversando.

Comentaban a su modo las palabras de consuelo que les había dirigido el Padre; y los consejos de misesericordia que había dado a los amos, de lo cual se manifestaban muy agradecidos.

-Qué lástima, le decía el esclavo Matías, negro joven y casado, al tío Luciano; ¡qué lástima que mi amo el Padre no viva aquí!

-Sí, eso quisieras tú, respondía el tío Luciano, porque sabes que estando él presente no se castigaría a nadie.

-Poco le gustaría eso al amo Zamora, que quiere que uno sea un santo y que no perdona nada.

-Eso no es cierto: muchas veces pasa por alto algunas faltas, haciéndose el que no las ve.

-A mí hasta ahora no ha tenido que perdonarme falta alguna, pues siempre trato de cumplir con mis obligaciones.

-Calla, que él no ignora que te vas de noche a Cali a ver baile, y sin embargo nada te ha hecho.

¿Y es verdad que sabe eso? dijo Matías sobresaltado: no volveré a hacerlo, tío Luciano.

¡Matías¡ Gritó una negra joven, desde una cabaña inmediata: que vengas a almorzar.

-Voy, contestó Matías. Hasta luégo, tío Luciano: ¿qué piensa hacer usted hoy?

-Iré a a Cali a comprar un mazo de tabaco; y tú ¿qué harás?

-Estoy comprometido con Jacinto, a ir a cazar una |guagua con esa perra que compró en Jamundí. Conque, hasta luégo.

-Adiós, Matías.

Conversaciones como ésta había en cada grupo, aunque en lenguaje bárbaro, porque ningún negro hablaba bien el castellano: Todos ellos eran africanos, o hijos o nietos de africanos. Suprimían siempre la r y la s finales, y aun la r en medio de dicción y se detenían mucho en la vocal final acentuada; a esto se agregaba un dejo en la pronunciación, peculiar a todos ellos.

En la puerta de la capilla le decía Zamora a Daniel:

-Y bien Daniel, ¿cómo se porta el potro rucio?

-Admirablemente, señor Don Juan: es un caballo magnífico, manso, |aguilón y de mucho brío; es un noble animal.

-Por supuesto, ¡si ha sido educado por mí mismo! Es lo que yo digo; no es inferior a los que yo montaba en Andalucía, por eso lo he destinado a tu silla.

-¿Cuánto valdrá ese potro?

-Ese potro no vale menos de una onza.

-Quisiera comprarlo, para que fuera mío en propiedad.

-Está bien: se lo diré al señor Don Manuel, y estoy seguro de que te lo dará.

En ese instante avisaron a Zamora y a Daniel que el almuerzo estaba en la mesa.

Durante el almuerzo, que fue servido con la abundancia y decencia de costumbre, pudo Daniel contemplar a su gusto a Doña Inés, aunque sin saciarse de verla; él deseaba con ansia esas horas de reunión en la mesa, por gozar de ese placer y tener ese consuelo.

Después del almuerzo, Don Manuel se retiró a su cuarto; Daniel se fue con Zamora, a la habitación de éste; Fermín almorzaba en la cocina como un príncipe, atendido por su madre y por Andrea, la criada de Inés, que había puesto en él sus ojos, como que era lo mejor que había entre toda la numerosa servidumbre; las demás criadas del interior atendían a sus respectivas faenas; en una alberca del patio de la cocina, estaba tirada toda la vajilla de plata en que se había servido el almuerzo, que pesaba arrobas, para lavarla más tarde; los negros de la cuadrilla se distribuían en diferentes direcciones, ya en grupos, ya aislados, a pasar el día según su gusto. Unos iban a Cali, a tunar o a alguna diligencia, otros al monte a cazar o a hacer leña para venderla en Cali; algunos se ocupaban allí mismo en varias manufacturas de correas o cabuya; y no pocos se acostaban a dormir.

El Padre quedó en la sala conversando con las señoras. Sabiendo que doña Inés era muy adicta ala lectura, le preguntó:

-¿Qué libro está leyendo ahora.?

|-El Simbolo de |la Fe.

-Muy bien: léalo usted con mucha atención y despacio: vale más leer poco y meditar mucho, que leer mucho sin meditar nada. La doctrina de Fray Luis de Granada es eminentemente evangélica, y su estilo tan ameno, que nunca cansa.

-Padre, dijo Doña Rosa, quisiera leer las obras de Santa Teresa.

-Las tendrá usted, yo se las enviaré. ¿Quiere usted acaso hacerse monja?

- Tal vez, contestó sonriendo; ¿cómo se llaman esas obras?

|-Las Moradas, que es la principal, y las |Cartas. Allí verá también la vida de la santa Doctora.

-Compadre, dijo Doña Francisca, estoy cansada de leer el |Flos Sanctorum y deseo ya leer otra cosa, por ejemplo la Biblia.

-Ya ha leído Vuesa merced el Nuevo Testamento; el Antiguo no es lectura propia para señoras.

-¿Por qué, compadre? La Biblia toda no es un libro santo.?

-Es verdad, pero el Antiguo Testamento, a la vez que refiere las virtudes de los Patriarcas y de otros personajes, cuenta también con la mayor naturalidad y sencillez los errores y pecados del Pueblo de Israel.

Además, no hay en Cali, a lo menos que yo sepa, versión alguna en castellano | 1 . gástele a Vuesa merced saber de la |Biblia lo que encuentre en los libros devotos y lo que oiga a los predicadores.

Continuaron hablando algo más, siempre sobre libros devotos, pues las señoras de ese tiempo, las que sabían leer que eran pocas, no conocían libros profanos y mucho menos novelas. La única de éstas conocida entre ellas, y que leían a escondidas, era el |Gil Blas de |Santillana.

El Padre Escovar se retiró a su habitación, y un momento después se presentó Don Manuel, que acostumbraba siempre visitar a su compadre en su cuarto y conversar con él en la intimidad de dos buenos y antiguos amigos.

Después de haberse cruzado algunas frases, le preguntó el Padre:

-¿Qué sabe de los niños?

-Están bien, según me informa el Rector del Seminario.

-¿Qué estudios hacen ahora?

-El de Humanidades apenas: Joaquín quiere ser abogado, y será preciso mandarlo a Santafé; a Manuel José ya Fernando les ha dado por ser clérigos, lo cual no me desagrada; es bueno que en las familias principales se consagre alguno al Sacerdocio.

-Magnífica es la carrera si la abrazan con vocación y verdadero espíritu apostólico.

-De eso no tengo duda, porque si pudiendo gozar de una brillante posición en el siglo, prefieren las órdenes, será porque se sienten llamados. Lo mismo digo de Rosa, que en vez de pensar en bodas, sólopiensa en monasterio. Allá se las haya: si mete la cabeza, no seré yo quien impida su vocación. A propósito, compadre, esa niña Inés me tiene preocupado: muchos caballeros han solicitado su mano ya todos los ha desairado. Ayer recibí carta de Don Fernando de Arévalo en que me pide una entrevista, para tratar un asunto que dice le interesa mucho. Le contesté que nos veríamos en Cali. Estoy seguro de que va a pedírmela; pero yo sé que es tiempo perdido.

-Deje Vuesa merced quieta a esa muchacha, que todavía es muy joven.

-Sí, ciertamente, no ha cumplido diez y ocho años.

-Ya ve, que hay tiempo. Cuando las jóvenes sonalborotadas, es prudente casarlas temprano; pero cuando son tan virtuosas y recatadas como las suyas, debe dejárselas hacer su gusto. Si han de ser para casadas, ya llegará día en que se presente un novio, a quien admitirán de grado, sin que tenga que rogarles.

-Dice bien, compadre: María Josefa ha rechazado varias propuestas, y ahora que la pide Don Nicolás de Larraondo , está dispuesta a aceptarlo sin que yo se lo suplique. Por otra parte, yo no quiero que Inés se case con forastero, sino con un hijo de Cali, con persona que yo conozca y cuyo buen linaje sea notorio. De buena gana la casara con uno de mis hijos, pero éstos son todos menores que ella. Si la desgracia no me hubiera arrebatado a mi primo Don Henrique, ¡ése sí era un marido digno de ella¡ Porque ha de saber, compadre, que Doña Inés es una joven de gran mérito, por su talento, su recato y su moderación, además de su alcurnia y su belleza. Hace como dos años vive en mi casa y cada día descubro en ella nuevas prendas: la quiero como si fuera mi hija, y mucho ha de valer a mis ojos el sujeto a quien yo le otorgue su mano. Si viviera Don Henrique, aunque ya no sería muy joven, a él se la daría con los ojos cerrados: es el único hombre que he conocido digno de ella. Pero en fin, dejemos estos recuerdos, que me entristecen y hablemos de otra cosa.

-Sea así, compadre. ¿Cuándo irá Vuesa merced a Cali?

-El jueves próximo me iré con toda la familia ala Semana Santa, como de costumbre, y no regresaré hasta mediados de Abril.

Poco tiempo después se despidió Don Manuel, y el Padre abrió su Breviario.

Antes de la una de la tarde se sirvió la comida; después de la comida, Don Manuel se recogió un rato a dormir siesta, la cual duraba ordinariamente una hora.

Las cinco de la tarde serían cuando el Padre Escovar, después de despedirse de los dueños de la hacienda, montó en la mula retinta y tomó el camino de su convento, acompañado de Daniel y Fermín.

1 La del Padre Seio salió a luz pocos años después.
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