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Daniel

Entre las rústicas cabañas de los esclavos que formaban el cuadro del gran patio de la hacienda, la mejor era la de Fermín, en la cual vivía con su madre.

Esta cabaña, o más bien pequeña casa, era, como las demás, de paredes de guadua y barro con techo pajizo, pero presentaba un aspecto menos humilde y descuidado que el de las otras.

Las paredes, cubiertas con una capa de barro bien alisada, estaban sin grietas, y el techo reparado con esmero. Con esto, el interior quedaba a cubierto del viento y de la lluvia. Tenía puerta de madera con llave, siendo así que las otras la tenían de tabla de guadua, y en vez de llave, se aseguraban con una correa de cuero.

El interior se componía de una salita y un aposento; en la sala había dos anchas bancas hechas de guadua, que servían de asientos, y en una de las cuales dormía Fermín. Una silla vieja de brazos y una mesa pequeña, de las que desechaba la casa grande.

En el aposento estaba la cama de la negra Martina, madre de Fermín, y había además un baúl con ropa de la madre y del hijo, y un cuadrito de la Virgen de los Dolores, de muy escaso mérito, pintado en el país.

En el suelo, en un rincón de la sala, se veía una silla de montar, de cabeza enorme; con coraza de vaqueta y estribos de palo y, atada a la cabeza, una soga de enlazar, porque Fermín era el principal vaquero de la hacienda.

La negra Martina gozaba en la casa de ciertos privilegios, porque había sido la carguera de los niños, y había vivido mucho tiempo de recamarera en la casa de Cali; cuyo oficio le proporcionó el tener ese hijo que tenía, que se conocía no ser hijo de padre negro.

Martina no se confundía con los demás esclavos; ella tenía ocupaciones especiales adentro (así designaba la casa grande) en el servicio de despensa y cocina.

El roce constante con las señoras y con la gente blanca de Cali le había comunicado cierta finura en el trato y cierta dignidad en el porte, y le había limado un poco el lenguaje.

Jamás había querido casarse, y sus amos aunque se lo habían aconsejado muchas veces, no le habían hecho violencia. Otra cosa hubiera sucedido si Fermín hubiera sido hijo de un negro de la hacienda.

De entre todos los esclavos, ella y Andrea eran las únicas que trataban de cerca a la señorita Inés, y ella seran las dueñas de toda la ropa que su ama iba desechando. Estas dos criadas estaban, pues, siempre mejor vestidas que todas las demás.

Fermín tenía veinticuatro años; los privilegios de la madre se habían extendido hasta él; de suerte que en vez de ir a los trabajos con la cuadrilla, estaba consagrado a la vaquería, a servir de paje a sus señoras, a - acompañarlas en los paseos a caballo, ya servirles de mandadero.

La casi igualdad de edades había hecho de Daniel y Fermín dos amigos íntimos. Cuando Daniel llegó ala hacienda dos meses antes, se pagó pronto de ese joven criado que lo trataba con tanto cariño y que en todo momento estaba pronto a servirle. Por lo demás, Fermín era un mulato de agradable presencia, alegre, ágil y valeroso.

Cuando terminó la cena y las señoras se retiraron a sus aposentos, Daniel se dirigió a la casa de su amigo. Ya Martina había despachado sus quehaceres de adentro y estaba remendando la ropa de su hijo, al mismo tiempo que Fermín reparaba los defectos que notaba en su silla de montar, que era el objeto de más estimación que poseía.

-Buenas noches, Martina, dijo Daniel al entrar. -Buenas se las dé Dios, niño Daniel. ¿Cómo le fue por Cali?

-Me fue bien, como habrá podido decírselo Fermín. -siéntese, pues. Fermín, dale un cigarro al niño Daniel.

-Con mucho gusto, dijo Fermín.

Abriendo en seguida una mochila de cabuya que estaba colgada de un clavo en la pared, sacó un pedazo de piel enrollada y la fue desenvolviendo hasta que aparecieron los cigarros.

La tabaquera de Fermín era una larga tira de piel de nutria adobada, en ella envolvía los cigarros de manera que quedaran bien apretados, y luego la ataba con un cordón.

Dio uno de éstos a Daniel y tomó otro para sí.

Los cigarros eran hechos por Martina, sin arte, iguales por ambos extremos y con capa arrugada, pero de tabaco exquisito, pues este artículo estaba estancado por el Gobierno, quien lo ofrecía en venta al público de calidad excelente.

Los dos amigos comenzaron a fumar y continuaron la conversación;

-Niño Daniel, dijo Martina, Fermín me dice que mi amo el Padre lo quiere a usted mucho.

-Es verdad, contestó Daniel.

-Sí, madre, lo quiere mucho, repitió Fermín. Si su merced | los hubiera visto cómo venían conversando por todo el camino, ¡como si fueran iguales! Mi amo el Padre le decía !atines al niño Daniel, y el niño Daniel los entendía .

-Mucho me alegro, dijo Martina, de que mi amo el Padre lo quiera tanto.

-Ya oyó usted, añadió Fermín, que tiene intenciones de hacerlo mercader; será así como Don Fernando el Reinoso , que tiene la más bonita tienda que hay en Cali. ¿Qué más quiere usted?

-Realmente, eso es mucho y yo no soy digno de semejante fortuna.

-¿Cómo llegó usted a tener ese protector tan poderoso? preguntó Martina.

-El Padre iba de vez en cuando a casa de Doña Mariana Soldevilla, mi madre adoptiva y allí me conoció. Un día me dijo;

-Daniel, ¿cómo vamos de escuela?

-Bien, señor, le contesté.

-¿Sabes ya bastante?

-Sí, señor, ya sé algo.

-¿Qué sabes?

-sé leer en libro y en carta, las cuatro operaciones principales de la Aritmética, las oraciones y la Doctrina Cristiana.

-Veamos cómo lees; toma un libro y ven.

Mi madre, al oír esto, me presentó un librito de oír misa, lo tomé y me acerqué con él al padre; él 10 abrió hacia el fin y me mandó que leyera. Sin duda leería bien puesto que se manifestó muy contento, y en seguida me dijo;

-¿No podrás enseñarme tu letra?

-Sí, señor; aquí tengo algunas planas de las últimas que hice.

Luégo que vio la letra me preguntó;

-¿Quieres aprender algo más?

-Ojalá pudiera, señor, pero en la escuela no enseñan más que lo que ya sé.

-¿y en qué te ocupas ahora?

-Estoy de oficial de carpintería en casa del maestro Saucedo.

-¿Qué edad tienes?

-Diez y siete años, según dice mi madre.

-Desde mañana irás al convento todos los días; allí doy lecciones a los novicios y coristas, de varias materias, y tú podrás concurrir a las aulas. Yo hablaré con el Padre Fray Claudio Salcedo, nuestro Guardián, para que te permita la entrada. Yo te daré los libros.

Hace de esto cinco años. En efecto, concurrí con la mayor exactitud a las lecciones que daba el padre, hasta hace tres meses.

-¿y cómo hizo usted para venir a la hacienda? preguntó Fermín.

-En Diciembre pasado me dijo el Padre que ya era tiempo de que comenzara yo a ganar algo, y sabiendo que el señor Alférez Real necesitaba un escribiente, me mandó a él con una carta. ¡Si hubieran visto ustedes lo que decía la carta! Yo la había entregado cerrada al señor Don Manuel, porque así me la dio el Padre; pero Don Manuel, luégo que la leyó, me la dio a que la leyera diciéndome; mira lo que mi compadre me dice. Yo la leí y se la devolví avergonzado.

.¿Qué decía, pues, la carta?

-Elogios que no merezco; cosas que no sonarían bien en mi boca.

-Usted es muy humilde, niño Daniel, dijo Martina. Lo cierto es que usted ha caído de pies en esta casa; mi amo lo quiere y cada rato lo llama a su cuarto; mi amo el Padre lo quiere y piensa protegerlo; y mi señora y mis señoritas también lo quieren, pues he visto que lo tratan con mucho cariño. Hasta la niña Inés parece menos triste cuando usted sale a acompañarlas al paseo.

-Madre, observó Fermín, si el niño Daniel fuera blanco y rico, ¡qué linda pareja haría con mi señorita Inés, casándose con ella!

-Calla, Fermín, contestó Daniel poniéndose encendido como una grana; ¿quién soy yo para atreverme a pensar en una señora tan noble, tan rica y tan orgullosa?

-Ya sé que eso es imposible, y por lo mismo digo, |que si fuera blanco .

-No creas, Fermín, replicó Martina, que con sólo ser blanco y rico le fuera fácil conquistar el corazón de esa niña. Ricos y nobles han sido los que la han pedido hasta ahora, y se ha resistido a casarse. La última vez se molestó con ella mi amo por sus repetidas negativas; su merced le decía que las gentes podrían pensar que si no se casaba era porque su merced se oponía, por seguir gozando del caudal que le dejó su padre. Pero ella contestó que si no le permitía vivir al lado de su merced soltera, se iría de monja a Popayán.

-¿De monja? preguntó Daniel.

-Sí, de monja; yo lo oí, porque estaba barriendo allá adentro y no perdí una palabra de la conversación. y lo hará el día que menos se piense; conozco muy bien su carácter.

Daniel quedó pensativo, sin decir una palabra más, y sin oír las que le decían.

De repente se levantó diciendo; ya es tarde; son tal vez las once, y mañana es día de misa; y despidiéndose se dirigió a su cuarto.

Ahora nosotros diremos algo más sobre la historia de Daniel, pues si no la sabemos íntegra, sí sabemos más de lo que él sabía.

Daniel, como nos lo ha dicho él mismo, era un pobre huérfano, que no sólo no había conocido a sus padres, sino que ni siquiera sabía quiénes habían sido ellos.

Sus recuerdos más lejanos se referían a la casa de Doña Mariana Soldevilla, en donde había visto la luz por primera vez, en donde había sido criado con particular esmero y había crecido y habitado hasta hacía poco tiempo.

Doña Mariana era una señora de buen linaje, viuda hacía muchos años de un español, que no le había dejado otra fortuna que la casa en que vivía y una negra esclava llamada Juliana.

Ella hizo honor a su viudez y llamó la atención de su barrio con la severidad de su vida y su consagración al trabajo.

Ganaba la subsistencia con las costuras que le encargaban los vecinos, hombres y mujeres, pues con tanta habilidad cosía vestidos de mujer, como camisas, calzones y chaquetas, para hombres y niños.

Hacía, además, randa y encajes en almohadilla, y bordaba |catatumbas en bastidor, trabajos éstos últimos que eran bien pagados.

El producto de estas obras le bastaba para su modesta vida, tanto más cuanto que sus vestidos le duraban largo tiempo, por ser de telas españolas de mucha resistencia; su saya y su mantilla de ir a misa, de paño de San Fernando, eran las mismas que había hecho cuando se casó, y todavía las conservaba como nuevas.

Los alimentos eran baratísimos; con cuatro reales pasaba bien la semana, y ella ganaba mucho más.

Tenía a la sazón sesenta y cinco años. Veintitrés años antes, muerto ya su marido, a tiempo en que dormía, en las altas horas de una noche muy obscura, golpearon suavemente en la pequeña ventana de su aposento, que daba a la calle, y la llamaron por su nombre. Se levantó al punto, preguntó quién la llamaba, y habiendo conocido la voz, abrió la ventana.

Eran dos mujeres; una de ellas le habló un corto rato en voz baja y trémula por el miedo, porque en ese tiempo no se permitía que persona alguna anduviera en la calle después de que se tocaban las nueve en la gran torre de San Francisco, toque al cual daban el nombre de |la queda , a estilo de las plazas fuertes.

Doña Mariana, sin despertar a su negra, salió, echó llave ala puerta y siguió acompañada de las dos mujeres, en dirección al Vallano (pues ella vivía en el Empedrado, cerca del convento de la Merced) cruzando calles para no pasar por la plaza.

Una vez en la esquina de San Agustín, tomó por esa calle abajo, y después de caminar varias cuadras y de doblar una esquina, entró con el mayor silencio en una casa de modesta apariencia.

Las dos mujeres eran vecinas, las que, hecho el mandado, la dejaron en la puerta y se fueron a su casa.

Pasadas dos horas (serían ya las tres), salió Doña Mariana llevando un envoltorio debajo de la mantilla, y con paso largo a la vez que recatado, volvió a su casa, adonde llegó sin novedad.

Luégo que entró, y cerró la puerta con llave, puso el envoltorio en su cama, sacó candela con el eslabón en la yesca de maguey, encendió la pajuela y con la pajuela una lámpara.

Al momento examinó con ansiosa curiosidad lo que iba en el envoltorio; era un hermoso niño acabado de nacer.

Inmediatamente se puso a preparar almíbar para darle en caso de que llorara, y contentísima con lo que ella creía un presente que Dios le enviaba, ya que nunca había tenido hijos, se sentó en un baúl junto a la cama, colocó el niño en su regazo y continuó contemplándolo con tanta ternura como si ella fuera su madre.

Al fin resolvió acostarse, oyendo ya las lentas y sonoras campanadas del alba que tocaban en San Francisco. Besó amorosamente al niño y lo acostó en la cama, diciendo para sí; "¡a buena hora voy a aparecer con hijo pequeño, a los cuarenta y dos años! ¿Qué dirá la gente? Poco importa; ésta es una caridad que Dios aprueba. Sobre todo, buena falta me hacía un niño en la casa; la vejez sin muchachos es muy triste. Sí, angelito de mi alma, sé bien venido; mañana te buscaré una nodriza y nada te faltará".

Desde entonces ese huerfanito fue el objeto de sus desvelos; lo hizo bautizar, sirviendo ella de madrina, lo puso en la escuela cuando tuvo ocho años, le formó el corazón con cristiana paciencia y trató de tenerlo vestido siempre con alguna decencia, empleando en eso el total de sus ganancias .

El niño, por su parte, se hacía acreedor al cariño de su madre adoptiva, por la dulzura de su carácter, el despejo de su inteligencia, su amor hacia ella y hasta por su hermosura, Siendo el niño único en la casa, y por lo mismo muy contemplado, se desarrolló con admirable precocidad,

Cuando cumplió catorce años, lo puso de aprendiz de carpintero por elección de él mismo, porque decía que ese era un oficio de hombres y oficio limpio,

Tres años después era ya un buen oficial de carpintería, que ganaba un patacón por semana, salario que él entregaba todos loS sábados a su madre.

Entonces fue cuando el Padre Escovar comenzó a darle lecciones; pero él, sin perjuicio de sus estudios, pasaba en la carpintería las horas que le quedaban libres,

Por ese mismo tiempo, le hizo saber Doña Mariana que ella no era su madre, noticia que afligió profunda- mente al pobre muchacho; y le aseguró también que no sabía quiénes eran sus padres, resuelta aguardar el secreto de su nacimiento hasta que el huérfano llegara a su mayor edad, que era la de veinticinco años,

Después, cuando el Padre le propuso colocarlo en la casa del Alférez Real, aceptó con gusto, porque ya sabía un oficio, cosa en que pensaba con orgullo; y porque había aprendido lo que enseñaban en el convento, a saber, la lengua latina con sus clásicos, Aritmética, Álgebra y Geometría, Filosofía e Historia, y nada más; la Teología sólo se enseñaba a los que habían de ordenarse, Pero muy pocos sabían entonces todo eso que él sabía.

La propuesta del Padre le halagó mucho, porque sabía que había de vivir en la hacienda, montando a caballo, enlazando ganado, y yendo y viniendo. En su edad, anhelaba por el movimiento constante y por aspirar aire libre.

En la hacienda le daban la comida, el vestido, caballo, montura y cien patacones al año. Esto era para él un partido deslumbrador.

Desde que llegó a la hacienda se hizo el niño mimado de todos, como decía Martina; Don Manuel lo ocupaba en despachar su correspondencia y en sacar cuentas ; Don Juan Zamora lo cogía cuando Don Manuel lo soltaba; y Fermín lo recibía cuando lo dejaba Don Juan, Las señoras, que solían dar algún paseo a la caída de la tarde, por los alrededores, lo tomaban por compañero, por el miedo que tenían al ganado que se encontraba por todas partes.

Lo cierto es que Daniel, en esa nueva vida de abundancia, de actividad y de roce con personas elevadas, creía estar en un paraíso, y en un paraíso sin serpiente,

Pero había cumplido veintidós años, y se hallaba en esa edad poética en que el corazón comienza a abrirse alas instigaciones del amor.

En esa hacienda no había objetos que pudieran satisfacer las aspiraciones de su alma, o los había fuera del alcance de sus fuerzas; esclavos y amos.

El día que llegó por primera vez a esa casa y se presentó a Don Manuel con la carta del Padre Escovar, Don Manuello miró, lo examinó atentamente de pies a cabeza, le hizo varias preguntas y le enseñó la carta del Padre, que Daniel le devolvió avergonzado después de haberla leído.

Don Manuel quedó contento de su examen; el joven le había caído en gracia.

Dirigiéndose ala puerta le dijo; ven conmigo. Entraron en la sala principal y fueron pasando a una espaciosa recámara, en donde estaban las señoras sentadas sobre grandes alfombras en sus estrados, cosiendo unas, y bordando otras.

Don Manuel entró diciendo:

-Vean ustedes este muchacho que me manda mi compadre Escovar con grandes recomendaciones, para que lo coloque a mi lado; dice que es muy bueno y que sabe mucho. Voy a emplearlo como mi escribiente y como auxiliar de Zamora, para que le ayude. ¿No te parece bien, María Francisca?

-Por supuesto, basta con que sea empeño de mi compadre; y cuando su paternidad lo abona, debe de ser bueno.

Daniel, al entrar, saludó inclinándose con respeto y pasó la vista sucesivamente por todos esos rostros nuevos, que por primera vez veía, y se detuvo al fin en el de Doña Inés, cuya portentosa belleza lo dejó deslumbrado. Jamás había contemplado hermosura tan acabada. Cansado estaba de ver en Cali caras femeninas, y ninguna le había llamado la atención; todos eran, por decirlo así, rostros mudos, que nada decían a su alma.

Pero el de Doña Inés, con su habitual circunspección y sin abrir los labios, había conmovido las fibras más íntimas de su corazón. Ella, al presentarlo Don Manuel, levantó los ojos y los fijó en él detenidamente; y esa mirada de simple curiosidad, equivalió para Daniel aun poema entero, a un canto dulcísimo que sumía su alma en inefable arrobamiento. No hicieron más estrago los lentes de Arquimedes sobre la flota de Marcelo, que el que acababan de hacer los ojos de Doña Inés de Lara en el corazón del inocente huérfano.

Don Manuel regresó a su cuarto, llevándolo consigo. Daniel se arrancó de ese aposento con trabajo, como si su calzado hubiera sido de hierro y de imán el embaldosado.

Ese corazón iba ya herido para siempre de amor, y esa herida no cicatrizaría jamás a no curarla el mismo objeto que la había causado, como sucedía con las heridas que abría la lanza de Aquiles.

Pero era imposible que él llegara a conseguir tal remedio; esa joven era muy alta para él; era uno de los mejores partidos que ofrecía Cali a los señores célibes; por su linaje, por su fortuna y por su belleza; él era un pobre muchacho, obscuro, plebeyo y huérfano.

Pero no se crea que Daniel pensara en nada de esto; él no se daba cuenta de que estaba enamorado. Deseaba volver a ver a esa preciosa criatura, porque sentiría en ello un purísimo deleite, pero sin más aspiraciones.

Don Manuel al regresar a su cuarto quiso que Daniel escribiera, para ver qué tal letra tenía, y después le hizo sacar algunas cuentas con quebrados. Daniel escribía bien y hacía cuentas mejor; de suerte que su nuevo patrón quedó satisfecho y alegre de haber hallado semejante joya.

Salió ala puerta del cuarto y dijo aun paje que permanecía siempre allí esperando órdenes:

-Roña, llama a Zamora |.

Un momento después entró Don Juan Zamora diciendo;

-¿Qué manda Vuesa merced?

-Vea usted, Don Juan, este muchacho; sabe leer, escribir y contar y otras muchas cosas; me lo envía mi compadre Escovar; yo lo ocuparé uno que otro día en despachar mi correspondencia, ya usted le servirá para llevar los apuntes y las cuentas de la hacienda. Se lo recomiendo; señálele el cuarto que debe ocupar; y vea que no le falte nada.

-Pierda cuidado Vuesa merced; este mozo tiene que ser bueno, porque tiene buena cara. ¿Cómo te llamas, hombre?

-Daniel, señor, para servir a usted.

-Bien, pues, Daniel, vamos, te enseñaré tu cuarto y te explicaré tus obligaciones. Con su permiso, señor Don Manuel.

-Vaya usted con Dios, Zamora.

Don Juan Zamora era un español de gran talla, muy esforzado y de buen carácter. Era andaluz, y a pesar de eso, en su lenguaje se percibían la c y la z bien pronunciadas con sus sonidos dentales. Los amos lo trataban con mucha familiaridad y lo admitían por la noche en sus conversaciones en la sala; las señoras gustaban de jugar con él a los naipes, juego en el cual siempre perdía porque los muchachos le hacían trampa, mientras que él era incapaz de hacerla. Rígido en el cumplimiento de su deber, era sin embargo afable con los esclavos.

Así eran los demás españoles que había entonces en Cali, que no eran pocos; hombres formales; esclavos de su palabra, celosos de su dignidad. Difícil habría sido ver a uno de éstos tocando el organillo en una esquina para ganar la subsistencia. El hidalgo castellano en América, cuando era pobre, en vez de hacer ostentación de miseria, trataba de ocultar su pobreza, y, como dice Cervantes, estando aún en ayunas en altas horas del día, salía a la calle limpiándose los dientes para hacer creer que ya había almorzado.

Los esclavos respetaban a Don Juan Zamora y lo querían, porque no era cruel.

Tal era, en resumen, la posición de Daniel en la casa del Alférez Real.

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