El resto de la historia
Cuando Don Manuel terminó su relación, tomó la palabra el Padre
Escovar y habló así:
-Voy a satisfacer, compadre, su curiosidad. Sólo hace cinco años
que por una casualidad vine a ser partícipe de ese secreto.
El Padre Andrade murió octogenario, hace cinco años.
En los últimos días de su enfermedad solía ir yo por las tardes
a visitarlo y consolarlo, pues sentía particular placer en
conversar conmigo.
En esas conversaciones me refería algunos sucesos raros de su
larga vida de sacerdote.s
Una tarde me dijo:
- "Vengo a revelar a vuesa Paternidad un hecho curioso,
que ha sido hasta hoy un secreto y que como tál se lo cuento,
aunque ya no hay motivo para guardarlo. Sepa, pues, que el señor
Don Henrique de Caicedo se casó secretamente, hace como diez y ocho
años, con una muchacha mestiza, del Vallano, llamada Dolores Otero:
yo los casé. Cuando él me rogó presenciara su matrimonio,
encargándome el secreto mientras llegaba a su mayor edad, me dijo
que tenía todas las licencias necesarias. La noche del matrimonio,
a tiempo de proceder a casarlos, me entregó un pliego cerrado pero
no pegado, que según él, contenía las licencias. Yo recibí ese
pliego y sin leerlo lo guardé y celebré el matrimonio. Al fin del
mes quise entregar ese pliego al Señor Cura Doctor Don Francisco
Javier de Nagle, para que asentara la partida en los libros
parroquiales; pero al abrirlo encontré solamente la dispensa de las
moniciones canónicas, y no la licencia del párroco Doctor Nagle,
que era indispensable para la validez del matrimonio. Esta
circunstancia me mortificó muchísimo, porque comprendí que yo había
cometido una gran falta en no haber exigido de los contrayentes esa
licencia del Cura. Sin embargo, me consolé pensando que el Doctor
Nagle realmente la habría dado, y que Don Henrique habría olvidado
recibirla. Fui, pues, a ver al Doctor Nagle y le pregunté de una
manera disimulada cuántos matrimonios había celebrado en ese mes; y
me dijo; (tantos). ¿y no le ha dado vuesa merced
licencia a algún otro sacerdote para celebrar alguno? Me dijo que
no. Me convencí, pues, de que había obrado de ligero al no examinar
el pliego que me entregó Don Henrique, y comprendí también que este
señor no sabía que era necesaria la licencia del Cura para que el
matrimonio fuera válido; pues vuesa Paternidad sabe que según lo
ordena el Santo Concilio Tridentino, todo matrimonio debe
celebrarse
|presente Parocho. Por fortuna para mí, la cosa
era fácil de remediarse, pues bastaba advertirle a Don Henrique que
ese matrimonioera nulo y que debía en conciencia revalidarlo. Fui a
buscar a Don Henrique, y supe con gran disgusto que el día anterior
había partido para Quito. Entonces resolví esperar a que volviera,
seguro de que él repararía inmediatamente la falta, porque era
hombre muy honrado y muy cumplido caballero. La desgracia quiso que
la muchacha muriera a los ocho o nueve meses, de suerte que cuando
Don Henrique regresó, la encontró ya sepultada; y el padre de ella,
anciano paralítico, murió en seguida, tal vez de pesadumbre. No
tuve, pues, necesidad de decirle nada".
Esto, añadió el Padre Escovar, me refirió el Padre Andrade; pero
yo sé por conducto fidedigno, que Dolores no murió de reumatismo
sino a consecuencia de alumbramiento: ella dio a luz un niño.
-¿Un niño? repitió Don Manuel, alzándose
violentamente del asiento; ¿un niño? ¿y en
dónde está ese niño?
-Ese niño, contestó tranquilamente el Padre Escovar, murió con
su madre.
-¡Desgracial ¡Desgracia¡ Murmuró
Don Manuel, dejándose caer desalentado en la silla.
-Más vale, compadre; ese niño no tenía padre legítimo, puesto
que el matrimonio de sus padres fue nulo.
-Se equivoca vuesa Paternidad, replicó Don Manuel con
exaltación; ese niño era hijo legítimo de Don Henrique de Caicedo.
Si a ese matrimonio le faltaba una licencia, cuyo requisito mi
primo ignoraba, él lo habría revalidado si Dolores no hubiera
muerto. Sí, compadre: esto puedo jurarlo, porque mi primo contrajo
ese enlace de buena fe, y nunca pensó en engañar a esa pobre
muchacha. Sí, a mí me consta, yo fui testigo de su honrado y
sincero amor y de su matrimonio, así como lo fui también de que por
poco no enloquece al saber la muerte de su legítima esposa. Ojalá
viviera ese niño, y vería vuesa Paternidad si Don Manuel de Caicedo
es hombre de bien y sabe reconocer su sangre.
Diciendo así se golpeaba el pecho con la mano.
-Me alegro mucho, dijo el Padre Escovar, de que vuesa merced
abrigue tan generosos sentimientos; siendo eso así, ya puedo hablar
con seguridad y franqueza. Compadre, ese niño vive.
-¿Vive? ¿En dónde está?
-Está aquí, en su casa; ese niño es Daniel.
-¿Daniel? repitió Don Manuel asombrado.
Y dirigiéndose a la puerta gritó:
-¡Daniel, Daniel¡
-Espere un poco, compadre, no se precipite; me falta decirle
cómo sé que Daniel es hijo de Don Henrique de Caicedo y de Dolores
Otero.
-Basta con que vuesa Paternidad lo asegure.
-No, compadre; oiga; Doña Mariana Soldevilla, que es quien ha
criado a Daniel y de quien he sido siempre director y consejero,
era madrina de Dolores y sirvió a ésta en el acto del
alumbramiento. Dolores le entregó el niño, al nacer, tarde de la
noche, rogándole se lo llevara consigo, para que el anciano padre
de ella, que estaba enfermo, no fuera a oírlo llorar; y le entregó
también un paquete de cartas para que se las guardara, si acaso se
empeoraba. Le rogó encarecidamente le guardara el secreto, hasta
que el padre del niño ocurriera por él, si ella moría. Pero no le
dijo que era casada ni quién era el padre de esa criatura; al día
siguiente se sintió Dolores muy mala y mandó llamar a su madrina,
sin duda para revelarle todo; mas cuando Doña Mariana llegó a la
casa de la enferma, la encontró ya desmayada, y a poco rato murió.
Todos creyeron que había muerto de reumatismo, porque, ella había
fingido tener esa enfermedad, diciendo que era dolencia común en su
familia; y hacía esto para estarse en la cama y ocultar la
situación en que se hallaba. Esto hace ya veinticuatro años. Mucho
después, ahora seis años, cuando vine a ser el director de Doña
Mariana, me confió ese secreto y me presentó las cartas, para que
viera si de ellas resultaba alguna luz acerca del padre de Daniel;
pero las cartas están firmadas, al parecer, con un nombre supuesto,
y fechadas en Quito. Véalas aquí.
El Padre Escovar entregó un paquete como de ocho cartas, las que
recibió ansiosamente Don Manuel, diciendo:
-Estas cartas son de mi primo, esta es su letra, y éstas pasaron
por mi mano a la de Dolores, pues venían inclusas en las que él me
escribía; sí, ellas son; aquí está el seudónimo con que él firmaba,
porque así habían convenido.
Don Manuel las examinó un rato, y en seguida las introdujo en un
cajón con marcado respeto. El Padre continuó:
-Un año después, esto es, ahora cinco, me reveló el Padre
Andrade la otra parte del secreto; pero viendo que el matrimonio de
Don Henrique había sido nulo, comprendí que nada podía hacer yo en
favor de Daniel con relación al reconocimiento como hijo de Don
Enrique.
Entonces, movido a compasión, lo tomé como discípulo para
instruirlo y educarlo, y más tarde lo coloqué aquí al lado de vuesa
merced, esperando que sería bien tratado y que la sangre haría su
oficio. Esta es la historia. Daniel es, pues, hijo legítimo de un
noble y por consiguiente es noble, puesto que según nuestras leyes,
la nobleza la da el varón.
Cuando el Padre acabó de pronunciar estas palabras, ya Don
Manuel, con la actividad propia de su carácter, estaba en la
puerta, y abriéndola, dijo:
-Roña, di a Doña Inés y a Daniel que vengan.
Don Manuel se manifestaba sumamente excitado. Un instante
después entró Daniel el primero. Don Manuel 1o abrazó estrechamente
y luégo lo separó de sí y se puso a contemplarlo. Ese examen
terminó por una sonrisa de satisfacción; sólo en ese momento se
había dado cuenta de que Daniel se parecía mucho a su primo Don
Henrique; y entonces comprendió por qué le había caído tan en
gracia ese muchacho desde el primer día.
-Siéntate, Daniel, le dijo, tenemos que hablar.
A ese tiempo fue entrando Doña Inés con la majestad de una
reina; seria, pálida, impasible; ya nada en el mundo le importaba
nada.
Don Manuel le presentó un asiento; y sin más rodeos abocó la
cuestión.
-Doña Inés, ¿es verdad que vuesa merced quiere
casarse con Daniel.?
Era ésta la primera vez que la trataba con esa cortesía.
Doña Inés se alarmó, se puso todavía más pálida y contestó con
insegura voz:
-¿Quién ha dicho tal cosa.? ¿No sabe su
merced que mi intención es hacerme monja.? ¿Podría una
novicia abrigar semejantes deseos.? ¿Puedo yo, después
de la resolución que he tomado, amar lícitamente a nadie en este
mundo?
Al decir esto y al ver que Daniel estaba allí y la oía, y al
pensar que sin quererlo le estaba destrozando el corazón, se le
oprimió el suyo de tal manera que nopudo resistir y rompió en
llanto a sollozos y se cubrió el rostro con el pañuelo.
Don Manuel la dejó llorar, y volviéndose a Daniel le dijo:
-¿Y tú también lo negarás? ¿No es cierto
que quieres casarte con Doña Inés?
Daniel que tenía ya el valor que puede dar un año de vida
militar y que en ese momento sentía los tormentos del infierno
viendo llorar a Doña Inés sin poder consolarla, contestó:
-Yo no aspiro a casarme con ella, porque no la merezco; que si
la mereciera y ella me amara, me casaría ahora mismo aunque me
costara la vida.
-Compadre, exclamó Don Manuel volviéndose al Padre Escovar, oiga
cómo contesta este muchacho; no hay duda, ésa es mi sangre; la
reconozco.
Dirigiéndose en seguida a Daniel le dijo:
-Daniel, acabo de saber, por mi compadre Escovar, quiénes fueron
tus padres; eres hijo legítimo de un grande amigo mío, de mi misma
familia, y llevas un apellido ilustre unido a una considerable
fortuna. Ahora puedes escoger la esposa que quieras; no será
ciertamente tan hermosa ni tan arrogante como Doña Inés; eso no, yo
soy justo; pero buscaremos una que se le asemeje entre lo más
selecto de la nobleza de Cali; ninguna señorita, quienquiera que
sea, te negará su mano; yo mismo seré quien la pida. No te aflijas,
pues, porque Doña Inés no quiera casarse contigo.
-Sí, sí quiero, dijo Doña Inés en voz baja, enjugándose las
lágrimas.
-Ah, picaruela, dijo Don Manuel viéndola y sonriéndose con ella;
¡sí, sí quiero! Ya sabía yo que sí querías, y que por no
poder hacerlo te entrabas de monja. Esa resolución te hace grande
honor, y ahora te quiero mucho más que antes. Ven acá Daniel; Inés,
dame tu mano.
Poniendo esa blanca y pequeñita mano de Doña Inés en la mano de
Daniel, dijo:
-Daniel, yo te otorgo la mano de mi ahijada Doña Inés de Lara y
Portocarrero. Inés, hija mía, jamás pensé que llegaría a darte
esposo tan de mi gusto; es noble y es rico; la voluntad de mi
compadre Don Sebastián queda cumplida. Te casarás en el mes
entrante, el mismo día en que debías partir para el convento.
Daniel se inclinó y besó la mano de Doña Inés primero y después
la de Don Manuel.
En ese momento, esos dos jóvenes, que habían entrado allí
pálidos y abatidos, aparecían encendidos y radiantes de
felicidad.
El Padre Escovar expresaba en su semblante una beatitud
inefable; tenía elevados los ojos, y parecía que a través del techo
estaba viendo el cielo; y bendecía el poder divino murmurando por
lo bajo, en latín, los siguientes versículos de un salmo:
- "Tú abriste las fuentes y los arroyos; tú secaste los
ríos de Ethán,
- Tuyo es el día y tuya es la noche; tú fabricaste la aurora y el
sol,
- Tú hiciste todos los términos de la tierra; el estío y la
primavera tú los formaste"
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1
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Volviendo Daniel de su arrobamiento, le preguntó a Don
Manuel:
-¿Quiénes son mis padres, señor?
-¿Tus padres.? Ya lo sabrás; mi compadre te lo
explicará todo.
-Pero ¿mi apellido? Dígame siquiera mi apellido.
-¿Tu apellido? ¿Deseas saber tu apellido?
Pues bien, tu apellido es Caicedo.
-¿Caicedo? exclamaron a una Inés y Daniel.
-Sí, Caicedo; eres mi primo.
-Cuánto me alegro, dijo Daniel. Pero, señor, ¿es
verdad que tengo alguna fortuna?
-Sí, tienes un caudal igual al de Doña Inés; sin eso no podrías
casarte con ella, según la voluntad de mi compadre Don
Sebastián.
-En ese caso le pido un favor; tome de ese caudal el valor de
Fermín para que sea libre.
-Bien; ¡desde¡ este momento es libre
Fermín¡
Daniel no pudo resistir al deseo de dar pronto esta noticia a su
amigo, y salió al corredor y lo llamó. Fermín entró en el cuarto.
Don Manuel al verlo le dijo:
-Fermín, eres libre desde hoy; Daniel te da la libertad.
Fermín se quedó como una estatua, tal fue el asombro que le
causó tan súbita e inesperada noticia. Pero reponiéndose un tanto,
repitió:
-¿Libre?
-Sí, libre, contestó Don Manuel.
-¿Sin mi madre? preguntó con timidez.
Al oír esto, Don Manuel se volvió hacia él y se puso a mirarlo
con tal persistencia que el mulato tuvo que bajar los ojos. Pero
Don Manuel estaba en ese momento de buen humor, y repitió la
pregunta de Fermín:
-¿Sin tu madre? Bien, pues; yo le doy la libertad a
Martina; bastante me ha servido y bien la merece. Mañana otorgaré
la escritura para ambos.
Fermín salió corriendo como un loco a contarle a su madre su
inesperada ventura, y luégo fue con la noticia adonde Andrea.
-Ya soy libre, Andrea, le dijo; ahora me consagraré a trabajar
para librarte a ti.
-No es necesario, contestó Andrea; mi señorita Inés me ha
prometido darme la libertad el día que yo quiera.
-Dile, pues, que ya es tiempo; desde hoy en tu mano está el que
seamos completamente felices.
Don Manuel dejó a Daniel ya Doña Inés en su cuarto con el Padre
Escovar, y salió a dar cuenta a Doña Francisca ya sus hijas de su
parentesco con Daniel y del matrimonio de éste con Doña Inés,
noticia que ellas recibieron con señaladas muestras de satisfacción
y de contento.
El Padre refirió a Daniel la historia de su nacimiento y
concluyó diciéndole:
-Ya ves, Daniel, que hay Providencia.
-Yo nunca dudé de ella, señor, y siempre, siguiendo los consejos
de vuesa paternidad, "ponía mi labio en el polvo por si
acaso había esperanza".
En la casa de Fermín rebosaba la alegría; él había llevado a
Martina la noticia de su libertad, y ebrio de contento se le ponía
por delante bailando bambuco.
-Pero, madre, le decía, qué ángel del cielo se ha aparecido en
esta casa, ¿que de un momento a otro ha cambiado nuestra
suerte?
Martina le contestó, hablando despacio como acostumbraba:
-No seas simple, hombre, qué ángel ha de ser sino mi amo el
Padre. Jamás ha venido aquí su merced que no haya sido para nuestro
bien.
-Es lo que yo digo, decía Don Juan Zamora después que supo la
noticia del matrimonio, no es posible hallar una pareja más linda;
para en uno son; ¡si parecen ambos sevillanos!