Confidencias
Al día siguiente a las diez de la mañana fue entrando el Padre
Escovar por el patio de la hacienda, acompañado de Daniel.
Tanto las señoras como los criados se alegraron de ver llegar al
Padre, a quien no esperaban ese día, y su alegría subió de punto
cuando vieron a Daniel, de cuya aparición tenían ya noticia por Don
Juan Zamora.
Entre las señoras estaba Doña Inés, y todas a una le pidieron
les explicara esa su desaparición misteriosa, lo que él hizo de
buena voluntad y extensamente porque Doña Inés estaba allí y lo
oía. Ella lo miraba con semblante entre alegre y triste; alegre
porque lo veía en ese momento, y triste porque pensaba que pronto
dejaría de verlo .
Mientras él contaba sus aventuras, el Padre se dirigió al cuarto
de Don Manuel, que no había sentido su llegada, ya quien encontró
leyendo.
Don Manuel recibió a su compadre con muestras de gran placer y
le dijo:
-¿A qué circunstancia debo esta agradable sorpresa,
cuando no esperaba que viniera hoy, y eso que ayer nos vimos en
Cali?
-Va a saberlo vuesa merced, pero antes dígame ¿cómo
está y cómo encontró a la familia?
-Estoy bueno y ella buena, a Dios gracias,
¿permanecerá
vuesa Paternidad con nosotros siquiera hasta mañana?
-No, compadre, me volveré al convento esta tarde; la diligencia
que me trae es corta, pues se reduce a tener una ligera conferencia
con vuesa merced; pero me permitirá que descanse un rato.
-Hace bien, compadre; sabe que ésta es su casa, y que cuanto más
se demore en ella, tanto mayor será nuestra satisfacción.
A estas frases de cortesía se siguió un rato de conversación
sobre diferentes asuntos, hasta que el padre, viendo un reloj que
había sobre la mesa, dijo: -Van a ser las once y quiero tratar mi
asunto antes de comer. ¿Sabe compadre que ya pareció
Daniel?
-Sí, compadre, me lo dijo Zamora; pero ¿en dónde
está? ¿Y en dónde estaba?
-Está aquí, pues ha venido conmigo, y ha estado en
Cartagena.
-¿Y cómo fue a Cartagena?
El padre refirió todo lo que Daniel le había contado, Don Manuel
se puso furioso al saber la violencia que se había ejercido sobre
su Secretario privado y juró que averiguaría bien el asunto y haría
castigar al culpable.
-Pero ¿en dónde está Daniel, que no viene a
saludarme?
-Está con las señoras; yo le ordené se estuviera allá hasta que
lo llamara.
Luégo, cambiando de tono, añadió:
-Dígame, compadre, ¿por qué no se casó Doña Inés con
Don Fernando de Arévalo?
-Porque no quiso, pues yo ofrecí darle mi consentimiento si ese
sujeto le agradaba. No le agradó, de locual me alegro, porque mi
ahijada merece algo mejor.
-Vengo a confiarle a vuesa merced un secreto, peroes con la
condición de que lo oirá con calma. ¿Me promete no
exaltarse por lo que le diga?
-Basta, compadre, con que vuesa Paternidad melo exija.
-Yo le diré, pues, por qué Doña Inés no se casará con nadie y
por qué va a hacerse monja.
-Hable, compadre.
-Daniel es un hermoso joven, gallardo, inteligente e instruido,
de muy finos modales y de excelente conducta.
-Todo eso es verdad.
-Ahora bien, Daniel se ha enamorado de Doña Inés (no se exalte,
compadre, déjeme concluir) y ella ha adivinado ese amor, a pesar de
que él la ha tratado siempre con religioso respeto; ella tal vez se
siente inclinada a él, conoce la desigualdad de condiciones, ha
perdido la esperanza y ha resuelto hacerse monja. Vuesa merced sabe
que el claustro es el refugio de los corazones dolientes, el
sepulcro de los amores desgraciados.
-Muy bien hecho que se haga monja; ahora apruebo con toda mi
alma su resolución.
-¿Pero así tan imposible es que se casen?
-¿Imposible? De todo punto, compadre. Ha hecho muy
mal ese mozo en levantar sus pensamientos a tánta altura.
¿Casarse él con ella? No toleraría yo jamás semejante
escándalo.
-Ya sé, compadre, que vuesa merced defiende a todo trancelos
fueros de la nobleza, y que cree honradamente que la unión de una
señorita de tan elevada alcurnia con un mozo plebeyo, sería, como
vuesa merced dice, un escándalo; pero...
-Además, oiga vuesa Paternidad esto:
Diciendo así, se acercó a la mesa, abrió un cajón, sacó un
documento escrito en papel sellado, lo desdobló y dijo:
-Este es el testamento de mi compadre Don Sebastián de Lara (que
de Dios goce); oiga vuesa Paternidad la cláusula sexta:
- "Ítem: nombro a mi compadre el señor Alférez Real Don
Manuel de Caicedo y Tenorio, tutor y curador de mi mencionada hija
única Doña Inés de Lara y Portocarrero, con amplia administración
de los bienes que le dejo; y ruego a mi dicho compadre que cuando
lo creyere conveniente, trate de colocarla en matrimonio, siempre
que ella quiera, pero ha de ser con algún sujeto principal, de
noble linaje y honrado, y que tenga por lo menos, tanto caudal como
tiene ella. Pongo esta condición, no por apego a los bienes de
fortuna, sino para impedir que algún noble arruinado llegue a
tomarla por esposa, movido por la codicia y la necesidad y no por
amor, pues de este modo mi hija sería indudablemente desgraciada.
Encargo a mi querido compadre encarecidamente el fiel cumplimiento
de mi última voluntad en esta parte".
Don Manuel colocó el testamento sobre la mesa y continuó
diciendo:
-Ya ve, pues, vuesa Paternidad, que no sólo defiendo los fueros
de la nobleza, como es de mi deber, sino que cumplo también, como
hombre honrado, la postrera voluntad de un moribundo.
El Padre, luego que oyó esta cláusula, estuvo unto pensativo,
diciendo por lo bajo:
|¡Vanitas
vanitatum¡
|
1
De repente, fijando los ojos en Don Manuel,
que estaba sentado frente a él, le preguntó:
-Compadre, ¿se acuerda vuesa merced de Dolores
Otero?
-¿Dolores Otero.? repitió Don Manuel, poniéndose de
pie: ¿Dolores Otero? ¿Qué nombre ha
pronunciado vuesa Paternidad.? ¿Cómo sabe ese nombre.?
¿Por qué lo ha pronunciado.?
La agitación de Don Manuel era notable; así como la ansiedad con
que esperaba la respuesta.
-Compadre, respondió el Padre Escovar, hace muchos años guarda
vuesa merced ese secreto, secreto ajeno y no suyo, y piensa que
nadie más en el mundo lo sabe; sin embargo, además de vuesa merced,
hay otra persona que lo conoce; esa persona soy yo.
-¿Cómo llegó vuesa Paternidad a saber el tal
secreto.?
-Ahora se lo diré; y hay una diferencia entre los dos, y es que
vuesa merced sólo sabe una parte de la historia, mientras que yo la
sé toda. Cuénteme lo que sabe, y enseguida le contaré lo que yo sé,
que es mucho más.
-No tengo inconveniente, compadre, antes me alegro de hallar al
fin una persona de toda mi confianza, como lo es vuesa Paternidad,
con quién poder hablar de esos tristes recuerdos.
Don Manuel se recogió un momento dentro de sí mismo, como
ordenando sus ideas, y luégo habló así:
-"Hace de eso veinticinco años, pero todo lo recuerdo
con tanta viveza como si hubiera sucedido ayer. ¿Conoció
vuesa Paternidad a Don Henrique de Caicedo?".
-Sí, compadre, lo conocí, pues apenas hará diez años que
murió.
Precisamente, compadre, en este mes de Junio en que estamos,
hace diez años que murió violentamente. Bien, pues; Don Henrique de
Caicedo era mi primo; descendía en línea recta de Don Nicolás
Caicedo Hinestrosa y de Doña Marcela Jiménez de Villacreces, mis
abuelos.
Don Henrique hacía estudios de Derecho en la ciudad de Quito; y
cuando ya estaba próximo a coronar su carrera, vino aquí de paseo
en unas vacaciones. ¡Qué joven aquel tan gallardo!
¡Qué talento tan claro, qué corazón tan magnánimo, qué
alma tan noble! Carácter suavísimo, trato afable, maneras corteses,
todo lo tenía. Jamás hombre alguno ha ejercido sobre mi espíritu
una influencia más grande. Yo lo amaba como si fuera a mi hijo,
pues yo era mucho mayor que él. A todas horas del día y de la noche
estábamos juntos, porque si él no me buscaba, yo lo buscaba a él.
No quisiera acordarme de los sucesos de aquel tiempo; ya ese paso;
ningún incidente, por insignificante que parezca, se me olvida.
Había entonces en Cali, en el barrio del Gran Padre San Agustín,
una muchacha plebeya de peregrina hermosura, llamada Dolores Otero,
a quien los pocos que la conocían le habían dado el sobrenombre de
|la Flor del Vallano. Ella competía con las doncellas de la
nobleza en dignidad y en recato; pero, francamente, ninguna
muchacha noble había que pudiera competir con ella en la seductora
gracia de su rostro y de su talle.
Mi primo conoció a Dolores Otero una tarde, al salir de la salve
que se canta en la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes todos
los sábados.
La pasión que concibió por ella fue la más violenta que haya
dominado jamás el corazón de un mortal.
Don Henrique no tenía secretos para mí, y estoy refiriendo a
vuesa Paternidad lo mismo que él me refirió en el seno de la más
íntima amistad.
No le diré ahora todo lo que él hizo para entrar en la casa de
su amada y relacionarse con ella y con su padre.
Ella no tenía madre, y su padre, que frisaba en los sesenta y
cinco años, estaba enfermo de reumatismo y no se movía de su
aposento. Una criada vieja les servía, y no había otra persona
alguna en la casa.
Esa familia era pobre y vivía únicamente del trabajo de Dolores,
que era la mejor costurera del barrio y la más solicitada.
La casa se componía de un angosto zaguán, un corredor, una sala
y un aposento. En el extremo del corredor había un cuarto bastante
espacioso, que era el costurero de Dolores y que tenía comunicación
con la sala. En ese cuarto dormía ella, la criada en la sala y el
enfermo en el aposento.
Luégo le diré cómo vine yo a conocer esa casa ya ser en cierto
modo actor en esos tristes amores.
Mi primo me daba cuenta día por día de los progresos o más bien
de las dificultades de su amorosa empresa, y todo lo que me refería
1o recuerdo ahora como si estuviera oyéndolo, lo cual consiste en
que nunca he dejado de pensar en eso.
Comenzó, pues, a perseguir a la pobre muchacha con su amor
desesperado y loco; pero en esa plebeya de diez y ocho años
encontró una roca.
Argumentos, ruegos; obsequios, promesas; todo fue inútil, y esa
resistencia, como sucede siempre, daba mayor incentivo al fuego que
lo devoraba.
Una noche, cuando él pensaba haberla convencido con su
elocuencia, ella le dijo; usted es un caballero noble, primo del
orgulloso señor Alférez Real, rico y bien educado; yo soy una
muchacha de humilde nacimiento, pobre y sin más instrucción que la
del Catecismo, pero esta me basta. Siendo tan humilde como soy, no
tengo más adorno ni más riqueza, ni más dote que mi honra; si ésta
la pierdo, todo lo he perdido; si la conservo todo lo he ganado, ya
ninguna señora le envidio nada, porque me considero rica y noble y
me siento orgullosa. No olvide, pues, usted su calidad ni la mía, y
déjeme tranquila.
Él se quejó de su insensibilidad y de 1o poco en que estimaba su
ardiente amor; y ella le contestó que no era insensible sino
esclava de su deber; que había un joven carpintero, muy honrado y
bien parecido, que le había propuesto matrimonio, y que tal vez lo
aceptaría por esposo porque era de su clase y del gusto de su
padre.
Esta noticia puso el colmo a la pasión del desairado amante. Ya
he dicho que él era de carácter suave; pero esto no impedía que
fuera enérgico y resuelto llegado el caso. Además, en medio de
tantas bellas prendas tenía un gran defecto, porque nada hay
completo en esta vida; mi primo hacía poco caso de los timbres de
su raza.
Resolvió, pues, casarse con ella y al momento se lo propuso;
pero ella, muchacha juiciosa, rechazó tal proposición como un
disparate y le hizo mil observaciones. Esa noche no pudo obtener
que ella aceptara la propuesta. Compadre, en esa gente plebeya hay
corazones orgullosos, almas castas y virtudes
desconocidas".
-¿A mí me lo dice, compadre? contestó el Padre
Escovar. Continúe vuesa merced.
-La lucha continuó por varios días, hasta que consiguió
comunicar al pecho de ella la pasión que ardía en el suyo.
Al fin convino en casarse. Pero él le hizo ver que todavía era
hijo de familia, que su madre no daría su consentimiento para ese
matrimonio, y que era preciso celebrarlo con el mayor secreto, sin
que nadie llegara a sospecharlo siquiera; pero que él tenía ya
veinticuatro años, y que al cumplir los veinticinco publicaría su
enlace y la presentaría al mundo como su esposa legítima.
En efecto, la madre de Don Henrique (él ya no tenía padre, pues
lo había perdido siendo aún muy niño), no habría aprobado jamás una
unión tan desigual, porque era una señora de muy alta calidad y,
como tál, orgullosa; y que comprendía, como era justo, los fueros
de la nobleza y defendía con terquedad las preeminencias de su
familia.
Las condiciones puestas por Don Henrique suscitaron nuevas
dificultades; pero acertó a pasar por esta ciudad un caballero
quiteño, que regresaba de Santafé a Quito y que era amigo de Don
Henrique; éste resolvió aprovechar esa ocasión para irse
acompañado, porque ya habían terminado las vacaciones. Cuando
Dolores supo que su amante había de partir dentro de quince días,
sintió profundo pesar porque realmente lo amaba y en esa situación
de ánimo se prestó a hacer lo que él le exigía.
Esto que llevo dicho hasta aquí me lo contó mi primo Don
Henrique; de lo que sigue fui testigo presencial, aunque contra mi
gusto.
Sucedió, pues, que una noche, a eso de las diez, estando yo en
mi cuarto, se me presentó Don Henrique acompañado del caballero
quiteño con quien debía hacer su viaje, y que era ciertamente un
sujeto decente e ilustrado. Don Henrique me dijo:
-Primo, vengo a exigir de usted un gran servicio, el más grande
que pudiera concederme jamás .
-Habla primo, bien sabes que estoy siempre a tu disposición.
-He resuelto casarme con Dolores.
-¿Casarte con Dolores? exclamé con el mayor asombro;
¿casarte con Dolores? ¿Estás loco?
¿Piensas siquiera en lo que dices?
-Lo tengo bien pensado y es cosa resuelta.
-Pero ¿no piensas en tu madre? ¿Ni en las
obligaciones que te impone tu ilustre sangre? ¿Ni en las
exigencias de la nobleza? ¿Ni en la oposición de todos
tus parientes?
-En todo eso he pensado, primo; y he venido a convencerme de que
mi amor es más grande que todas esas dificultades. Me casaré; no
habrá poder humano que me lo impida.
-Haz lo que se te antoje, contesté yo con impaciencia. En ese
desagradable asunto me lavo las manos.
-No, primo, replicó Don Henrique, no se lavará usted las manos,
pues el favor que he venido a pedirle no le permitirá eso.
-¿Y cuál es ese favor?
-Que me sirva usted de padrino en unión de mi amigo Don Juan que
está presente.
Al oír tal petición, salté de mi asiento como lanzado por un
resorte. ¡Por la virgen Santísima! Exclamé; ahora sí no
me queda duda de que has perdido el juicio. ¿Yo padrino
de ese matrimonio tan desigual? ¿Autorizar yo con mi
presencia semejante despropósito? ¡Jamás¡
-Oiga usted, primo, me dijo con la mayor dulzura; yo quiero que
mi casamiento se haga en secreto, porque mi madre, en su orgullo,
moriría de pesadumbre si llegara a saberlo. Siendo usted uno de los
testigos, nada tengo que temer, pues Dolores guardará el secreto
porque me ama; el Sacerdote lo guardará, por su ministerio, pues yo
se lo he exigido; usted y Don Juan lo guardarán, porque son
caballeros. No quiero que intervenga mujer alguna, porque con una
que lo sepa, aunque sea con el carácter de madrina, bastará para
que lo sepa todo el mundo.
-Pero ¿cómo es que temes que tu madre muera al
saberlo ahora, y no temes que muera más tarde cuando al fin lo
sepa?
-Yo he resuelto casarme ahora; ir a Quito a coronar mi carrera;
regresar dentro de un año, y entonces recoger a mi esposa y
trasladarme con ella a Quito, llevándola en secreto. Allá será bien
recibida por toda la nobleza. Usted sabe que tengo patrimonio
propio.
-Haz lo que quieras; yo no me meto en tus calaveradas.
-Bien, primo, dijo Don Henrique, poniéndose de pie; perdone
usted. Veo ciertamente que por mucho que me quiera, el servicio que
le pedía es demasiado costoso para su carácter, y yo no debo
abusar. Adiós, primo.
Diciendo esto, se volvió a su compañero y le dijo:
-Vamos, Don Juan; cualquier vecino a quien hagamos levantar de
la cama, será el otro testigo. El secreto será imposible; así lo
querrá Dios. Vamos, que el Padre espera.
Y se dirigió con su compañero a la puerta.
Al verlo salir y al comprender cuánto iba sufriendo esa alma
nobilísima por mi ruda franqueza, tuve un momento de debilidad, muy
rara en mí, pero que prueba cuánto amaba yo a ese mozo.
-Espérame, Don Henrique, le dije (y tomé mi sombrero, mi capa y
mi espadín); no se dirá que te niego el único favor que hasta hoy
me has exigido. Muy costoso es, pero te lo concedo, suceda lo que
sucediere.
Mi primo me esperó, apretó mi mano con efusión, y salimos a la
calle. Eran las once de la noche, pues el altercado entre mi primo
y yo había durado una hora ; todo el mundo dormía ya, y la ciudad
descansaba en el más profundo silencio.
La noche estaba muy oscura; seguimos los tres igualmente
embozados en nuestras capas haciendo el menor ruido posible; nadie
andaba por las calles a esa hora; a nuestro paso ladraban los
perros en todos los solares amenazándonos por entre los palenques
de guadua .
Nos dirigimos al barrio de la Ermita; una cuadra abajo de esa
iglesia, en un caserón viejo que tiene un balcón, vivía el Padre
Andrade, sacerdote más que sexagenario. Tocamos suavemente en el
portón y el Padre mismo, que nos había visto desde el balcón, nos
abrió la puerta porque estaba esperándonos y toda su familia dormía
ya.
Mi primo le había rogado que lo casara, encargándole el secreto
y diciéndole que tenía todas las dispensas, porque en efecto las
había pedido al Ilustrísimo señor Obispo.
El Padre tomó su sombrero y su bastón, y envuelto en su manteo
siguió con nosotros por la calle de San Agustín abajo.
Llegamos a casa de Dolores. Eran más de las once de la noche. Su
anciano padre dormía ya en su aposento y la criada en la sala;
Dolores nos esperaba en su cuarto.
La escena que había pasado en mi casa entre mi primo y yo, me
había comunicado cierta sensibilidad que me hacía percibir
emociones antes desconocidas. La casa de Dolores me pareció muy
modesta, pero el cuarto de ella muy aseado. Estaba completamente
sola; una vela de sebo ardía sobre una mesita costurera. Cuando
llegamos ala puerta del cuarto, se puso de pie para recibimos. y
fue grande su asombro al verme allí haciendo el papel de
padrino.
Por mi parte confieso que al ver tan soberana belleza, disculpé
el frenético amor de mi primo. La examiné de pies a cabeza y sentí
cierta especie de ternura al verla asustada y pálida, y al observar
que la pobre muchacha se había puesto, para solemnizar ese acto tan
serio para ella, su vestido del día domingo que era muy modesto y
sencillo, y de tela de poco valor, propio de una doncella tan
pobre. La saludé con cariño, pues me seducía su recato, y en
seguida se celebró la ceremonia. Dentro de diez minutos estaban ya
casados.
Antes de retirarnos, Don Henrique le dijo a la que ya era su
esposa, las siguientes palabras delante de nosotros:
-Este matrimonio no se sabrá por boca del Padre que es persona
de toda confianza, ni por los padrinos que son caballeros y han
prometido guardar el secreto, ni por mí, que no lo publicaré sino
en tiempo oportuno. El único peligro está en ti misma:
¿me juras por la salvación de tu alma no revelarlo a
nadie, en ningún caso, hasta que yo lo publique? Ella contestó
mansa y dulcemente; sí 1o juro. Ahora, dijo mi primo, quedo
tranquilo.
Quince días después partió mi primo para Quito.
Yo no volví a la casa de Dolores para no dar sospechas.
Un poco más de ocho meses haría que mi primo había partido,
cuando un día, estando en la mesa, me dijeron:
-Hoy ha muerto una de las doncellas más hermosas de Cali.
-¿Cuál ha sido ésa?
-Una a quien llamaban
|la Flor del Vallano. Indecible fue
el terror que me causó semejante noticia, pensando en mi pobre
primo.
-¿De qué moriría? pregunté.
-Dicen que de reumatismo.
Mi terror creció cuando un mes después se me presentó mi primo,
que no había podido tolerar una ausencia que le parecía tan
larga.
Inútil es decirle ahora todos los excesos del dolor del infeliz
Don Henrique; bástele saber que por mucho tiempo estuvo en peligro
de volverse loco. No volvió a enamorarse de mujer alguna, y hasta
que murió vivió siempre melancólico.
Años después perdió a su madre, y entonces quiso realizar un
proyecto de que me hablaba constantemente; quería viajar por
España.
Vendió, con tal fin, todos sus bienes y redujo el valor de ellos
a onzas de oro ya oro en polvo; todo ascendía a treinta mil
patacones.
Ya en vísperas de partir, se celebraron en Cali esas detestables
fiestas de San Juan, en que se cometen tantas locuras. Los amigos
de Don Henrique le exigieron con instancias que, a la despedida,
los acompañara una tarde; montó en un brioso caballo, y corriendo
por la calle de Nuestra Señora de las Mercedes, al doblar una
esquina, en un empedrado, fue lanzado por el caballo contra las
piedras. Lo levantaron como muerto y llamaron al Prior de San Juan
de Dios para que lo asistiera como médico; el Prior declaró que
moriría, y que era preciso dispusiera lo relativo a su alma y a sus
bienes. Se le administraron los sacramentos, y después de esto
otorgó su testamento en el cual me nombró de universal
heredero.
Mi pobre primo murió a los pocos días.
Su caudal, como he dicho otra vez a vuesa paternidad, está
intacto, en los mismos baúles en donde lo dejó.
Tál es la triste historia del malogrado Don Henrique de Caicedo;
uno de los caracteres más nobles que ha producido mi familia.
Ahora dígame, compadre, ¿por qué ha nombrado vuesa
Paternidad a Dolores Otero? Pues semejante mención no ha podido
menos de causarme sorpresa".
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