INDICE

El convento de San Francisco

Antes de referir los sucesos del día siguiente, haremos saber al lector la causa del rapto de Daniel y la manera como se llevó a efecto.

Cuando llegó a la ciudad el piquete veterano, el Teniente Prieto que lo mandaba, preguntó si en el lugar había algún individuo de Santafé, y le contestaron que el único era Don Fernando de Arévalo. Al instante fue a visitarlo, y sin gran trabajo se hizo amigo de él.

Arévalo se informó del objeto del viaje del Teniente, y al saber que éste debía llevar de Cali a Cartagena unos reemplazos, concibió un proyecto que satisfacía sus deseos de venganza.

Desde que tuvo el altercado con Daniel en la puerta de la hacienda de Cañasgordas quedó profundamente resentido con él y deseoso de reparar lo que él creía  un ultraje; mas, cuando Pedro le comunicó sus sospechas de que Daniel y Doña Inés se amaban, llegó al colmo su furor y juró vengarse en la primera ocasión que se le presentara.

Una noche, estando Prieto de visita en casa de Arévalo, le dijo éste:

-¿Cuántos hombres lleva usted de Cali?

-Llevo veinte, y veinte más de Cartago y Buga; cuarenta por todos:

-¿Y cuándo partirá usted?

-Pasado mañana sábado, sin falta.

-Podría usted hacerme un servicio; hay en esta ciudad un mozo malo de pésimas costumbres que no se lo han entregado a usted porque no han podido ponerle la mano pero yo sé el modo de prenderlo.

-Me sería imposible llevar uno más, porque ya me han sido entregados los veinte que corresponden a esta ciudad.

-No importa, a mí me interesa que se lleve a ése, aunque sea preciso que suelte a otro; el individuo a quien usted soltare, se esconderá tánto, que será imposible que las autoridades lleguen a saber que se ha quedado. El mozo de quien le hablo me hace mucho daño.

-Sin embargo, eso sería muy grave y yo no me atrevo a hacerlo .

-Atrévase usted; el beneficio que me hará será tan grande, que no sabré cómo pagarlo. Por lo pronto, y como un recuerdo, aquí tiene usted este reloj de oro, que me costó cincuenta doblones de a dos escudos; tendré gusto en que usted lo use en mi nombre.

Prieto recibió el reloj; lo examinó y 1o encontró magnífico.

-¿Pero cómo haré, preguntó, para prender a ese sujeto, sin que nadie lo sepa?

-Nada más fácil; haga usted que su partida, en vez de ser el sábado, sea el domingo a la madrugada; el mozo viene todos los sábados y a las nueve de la noche va saliendo en dirección a la Chanca; él toma siempre la calle de la Merced hacia el llano; aposte usted cuatro soldados en una de esas esquinas; hágalo bajar del caballo y condúzcalo al cuartel en silencio, diciéndole que es servicio del Rey; a esa hora nadie lo verá. Si sale usted a la madrugada, 0 antes, la cosa quedará en secreto; porque él no tiene familia ni nadie que lo solicite.

El trato quedó consumado, y ya sabe el lector que Prieto cumplió fielmente su palabra.

Ahora, dada esta explicación necesaria, seguiremos el hilo de nuestra historia.

Daniel se levantó al día siguiente muy de mañana, a tiempo en que todos los esclavos estaban en la capilla rezando el rosario, bajo la inspección del tío Luciano; y se presentó a Don Juan Zamora que estaba en su cuarto. Don Juan al verlo, exclamó:

-¡Eh, Daniel! ¿De dónde diablos sales ahora? ¡Ven a mis brazos, hombre! ¿Cómo me alegro de volver a verte! ¿En dónde has estado?

-Vengo de Cartagena, señor Don Juan.

-¿De Cartagena de España, o de Cartagena de Indias?

-De Cartagena de Indias.

-¿Qué diablos fuiste a hacer allá?

-Al venir de Cali, a las nueve de la noche, una escolta me tomó preso en la calle; me incorporó entre unos reemplazos que iban a Cartagena y me hizo marchar con ellos.

-Pero ¿por orden de quién? El oficial de la escolta debe responder de ese abuso, y hay que averiguarlo para que se le dé el debido castigo .

-Es inútil, Don Juan, lo importante era volver, y ya estoy aquí.

-Es lo que yo digo; no se pierde así tan fácilmente un súbdito de su Majestad; que Dios guarde.

Al nombrar al Rey, ambos se quitaron el sombrero, Don Juan continuó:

-Mucha falta me has hecho; tu caballo está muy hermoso, yo mismo lo he cuidado, y he montado en él una que otra vez para que no se volviera hobachón; allí en la |manga podrás verlo.

-Me alegro de eso, Don Juan, porque necesito ir a Cali ahora mismo, y regresaré esta noche o mañana. A mi regreso le referiré todo cuanto me ha pasado.

-Sí, hombre, deseo saberlo; pero, ¡qué formado estás! Ya tienes crecidas las patillas; y ¡qué bien te sientan!

Daniel se despidió de Don Juan con nuevos abrazos y se dirigió a la manga en busca de su caballo.

Apenas hubo pasado la puerta de la manga cuando el caballo lo vio y lo conoció, y levantando la cabeza dejó oír ese relincho corto y bajo con que las bestias reciben al que les lleva el pienso.

Daniel se acercó y le abrazó el cuello; el caballo le olió en el hombro, y tal parecía como si sintiera placer en dejarse poner la jáquima por su dueño y señor natural.

Daniel lo ensilló, montó y partió, rogándole a Fermín hiciera saber a Doña Inés, por medio de Andrea, que él había marchado para Cali a un asunto urgentísimo y que regresaría esa noche o al siguiente día.

Al tiempo de partir no se habían levantado todavía las señoras; cuando abría la puerta de golpe para salir al llano, volvió a mirar hacia la casa y vio a Inés en el balcón, que tenía fijos en él sus ojos. Daniel la saludó agitando el pañuelo y partió al galope.

En un momento estuvo en Cali.

Mientras daba tiempo al Padre Escovar para que dijera misa y almorzara, y almorzaba él mismo, se estuvo en su casa contándole a Doña Mariana ya su criada todo cuanto le había sucedido desde su salida de Cali hasta el día de su regreso. Nada dijo, sin embargo, de sus desgraciados amores.

Doña Mariana, por su parte, le manifestó que ella desde el mes de Enero había sabido que estaba en Cartagena, porque el Padre Escovar se lo había comunicado, asegurándole que pronto regresaría y encargándole guardara el secreto, porque podía suceder que el rapto hubiera sido ordenado por las mismas autoridades; y que convenía que éstas ignoraran los pasos que él estaba dando para restituirlo a su tierra, a fin de que no pudieran oponerle dificultades.

Después de almorzar se vistió de limpio y se dirigió al convento de San Francisco; eran las nueve y media. El Padre Escovar había salido en ese instante a confesar aun moribundo.

Se sentó en la portería y se puso a conversar con Fray Martín Aragón, que era el lego portero y su antiguo amigo; el lego quiso que le refiriera las circunstancias de esa desaparición, de que se había hablado tánto en la ciudad, y Daniel 1o complació, por matar el tiempo

Mientras Daniel conversa con el lego, esperando al Padre Escovar, nosotros daremos al lector una ligera noticia de la fundación de este convento ilustre, que llegó a ser timbre de gloria de la orden franciscana y honra de Cali.

El Padre Fray Fernando Larrea (o Rhea, como él se firmaba), fraile franciscano de Quito, varón de espíritu apostólico, después de haber hecho misiones en varios pueblos dependientes de aquella ciudad, quiso hacerlas en el Nuevo Reino de Granada, y con tal fin estuvo dos veces en Santafé, dos en Cartagena y dos en el Chocó. Cederemos la palabra al mismo Padre Larrea, quien nos contará de qué manera llevó a efecto la fundación del Convento de Cali. He aquí su relación copiada al pie de la letra;

"Estando en Buga (en 1742) fui llamado a hacer misiones en la ciudad de Cali. Aquí hubo mucho que vencer y trabajar, porque estaba la ciudad ardiendo en escandalososodios y rencores; fue Dios servido que casi todos se reconciliasen en público, aunque pasado algún tiempo, por haber quedado alguna semilla de discordia, volvió a revivir con mayor fuerza; las brasas aunque apagadas, si humean con facilidad se encienden. No quiso un sujeto principal oír mis consejos, de que se siguió el mayor incendio".

"A principios del año de 1750 resolví volver de Cartago a Popayán, donde el Doctor Cayzedo estaba empeñado en fundar Colegio de Misiones. Al pasar por Cali, el Doctor Hinestrosa, clérigo Presbítero, y de mucho caudal, me propuso que deseaba que en Cali se fundase Colegio de Misiones; convine en ello con mucho gusto, y para su fundo se hizo escritura de donación de sesenta mil patacones; en cuya virtud se ocurrió a España por las licencias necesarias".

"Con algunas limosnas que contribuyeron personas devotas, se compraron los solares en que se había de fundar el Colegio".

"En el año de 1757 me llegó la Cédula del Rey para la fundación del convento; con ella pasé en compañía del P. Fr. Joaquín Lucio a Cali (de Popayán) a dar calor a dicha fundación. Deparónos Dios para hospicio una casa contigua a la capilla de Santa Rosa con tránsito a la iglesia; en ella se daba pasto espiritual a todo el vecindario. Todos los domingos había plática sobre algún punto de moral y se explicaba la Doctrina Cristiana. En el hospicio se vivió con bastante regularidad. En los principios de la fundación padecimos graves contradicciones; porque algunos sujetos principales insistieron con grande ardor en que el Colegio se fundase al pie de la capilla de San Antonio distante de la plaza más de doce cuadras, y no en los solares que se habían comprado, los cuales estaban en sitio muy proporcionado para la fundación del Colegio. Por no querer yo consentir en su disparatado dictamen, me mortificaron mucho, creyendo que despechado abandonaría la empresa; mas con la perseverancia y paciencia, se vencieron imposibles. Muy en breve todos los que se opusieron a la fundación, acabaron con sus vidas, y algunos con muertes muy desastradas".

"En el año de 1 764 estando ya en buen estado el Colegio de Misiones, acabada la iglesia y con suficiente vivienda, dejamos el hospicio de Santa Rosa y nos pasamos al nuevo convento, donde establecimos con más formalidad la vida regular".

"Después que se fundó el Colegio ha sido mucha la paz y concordia entre los vecinos, porque se ha procurado apagar con tiempo sus incendios. Grandes son los provechos y utilidades que han venido a Cali, con el Colegio de Misiones; todo se debe a San Joaquín, Patrono y Titular del Seminario"
| 1 .

Hasta aquí el Padre Larrea.

Sigamos ahora nuestro relato:

A las doce llegó el Padre Escovar. Grande fue la alegría que manifestó al ver a Daniel, y abrazándolo con muestras de mucho afecto, le preguntó:

-¿Cuándo viniste?

-Llegué anoche, señor, y vengo a darle las gracias por el señalado servicio que me ha hecho.

-Ya te esperaba, porque mis cartas a Santafé fueron escritas desde fines de Diciembre, desde el momento en que recibí la tuya. ¿Te dieron auxilios de viaje?

-Sí, señor, y he venido con tanta precipitación, a veces a pie, a veces a caballo, que me ha sobrado gran parte de la suma que me dieron.

-Ya averiguaremos quién...; pero mejor será no averiguar nada: "Mía es la venganza", dice el Señor.

En ese momento sonó la campana del claustro llamando a la Comunidad al refectorio.

-Ya nos llaman, Daniel, dijo el Padre; vuelve a otra hora para que me refieras todo lo que te ha pasado por allá.

-Dígame, vuesa, Paternidad a qué hora debo volver, porque tengo que consultarle sobre un asunto muy importante.

-Ven esta noche a las ocho; porque ahora se cierra el convento hasta las dos; a esa hora rezamos Vísperas y Completas y salimos del coro a las tres; de esa hora en adelante iré al confesionario hasta las seis y de las seis hasta las ocho estaré en el coro.

-Bien, señor, vendré a las ocho.

Y Daniel se despidió del Padre, que lo abrazó de nuevo, y volvió a su casa.

Pasó la tarde en la más grande ansiedad, e impaciente por confiarle a su querido maestro y antiguo protector los tormentos de su alma, con la esperanza de hallar algún alivio; cenó muy temprano y desde las seis de la tarde se encaminó al convento, porque le parecía que con sólo entrar en ese santuario del recogimiento y de la paz, se calmaba algún tanto la agitación de su espíritu.

Entró, pues, resuelto a esperar allí a que trascurrieran las dos horas que faltaban para la de su cita. Saludó al portero y fue pasando al primer claustro, esto es, a ese de la portería en donde estaba la escalera principal que conducía al piso superior. Se sentó en una de las primeras gradas, viendo desde allí el extenso patio sombreado por cuatro naranjos, que, sembrados hacía pocos años por los Padres, estaban ya bastante crecidos y frondosos.

Daniel oyó tocar en la torre, que distaba pocos pasos de él, las graves y lentas campanadas del |Angelus, o sea el toque de la oración; al mismo tiempo oyó sonar la campana del claustro que llamaba a los frailes al coro.

Al momento se fueron abriendo todas las puertas, que estaban cerradas, y de cada celda fue saliendo un fraile; ninguno de ellos echó llave ala puerta y todos, con paso mesurado y en silencio, se dirigieron al coro. Adelante iban los coristas, novicios y devotos, en formación, presididos por el Maestro de Novicios; los legos y los donados iban los últimos. El coro casi se llenó al estar reunida la comunidad.

Comenzó a obscurecer.

Daniel, sentado en la grada, que estaba ya en la oscuridad, veía el patio, alumbrado en parte por la luna y sombreado en parte por los naranjos; los claustros, altos y bajos, estaban sin luz. Desde la grada oyó Daniel rezar la corona en el coro y en la iglesia; terminada la corona, se siguió un silencio largo y profundo; era el silencio de la oración mental.

Al cabo de mucho rato tocaron las siete en las campanas de la torre, que estaba inmediata al coro, y la comunidad comenzó a rezar maitines.

Arrullado por ese canto lento y monótono, dejaba vagar su pensamiento por los años pasados de su vida, tan corta todavía y sin embargo tan llena ya de lágrimas.Envidiaba la paz del alma de que gozaban todos esos varones apostólicos, que habían tenido la fuerza suficiente para desprenderse del mundo y consagrarse a Dios. Allí veía hombres de alta alcurnia, de fortuna, de talento y de luces, que al separarse del siglo habían despreciado una brillante posición y grandes comodidades, tales eran los Padres Fray Joaquín Escovar y Fray Pedro Herrera. Recordaba que treinta años antes, en 1761, el Virrey de Santafé Don José Solís Folch de Cardona, Duque de Montellano, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, bajó una mañana de su espléndido palacio, subió en un coche y se hizo conducir al convento de San Francisco, y allí, de rodillas, pidió humildemente el hábito de lego, dejando toda su fortuna a los pobres; y que no valieron súplicas ni reflexiones para que desistiera de su intento; el Virrey profesó de lego y murió de fraile.

Esto lo sabía Daniel y en esto meditaba. "¿Por qué, se decía, no pedí yo el hábito ahora dos años cuando tenía libre mi corazón y no aspiraba a nada en el mundo? Hoy sería imposible; yo no vendría a este recinto sagrado sino a profanarlo con mis mundanos recuerdos y envez de meditar en la eternidad, viviría pensando en |ello. ¡Ya es imposible! Esta mansión de paz, colocada aquí entre las luchas de las pasiones de los hombres, como un oasis en medio del Desierto, no es para mí".

Daniel conocía muy bien el género de vida que llevaban los padres, porque durante cuatro años había concurrido a oír las lecciones que daba el Padre Escovar y se había hecho amigo de los coristas, novicios y devotos sus condiscípulos; los Padres mismos, acostumbrados a verlo allí, lo trataban con mucho cariño, y más de una vez se había quedado a comer y aun a dormir  en el convento.

Sabía que a las cuatro de la mañana se tocaba el alba en la torre y que al mismo tiempo un lego recorría todos los corredores, altos y bajos, agitando una matraca, entraba en cada celda, porque a ninguna se le echaba llave, encendía la vela que encontraba en la mesa, salía despertando a todo el mundo y concluía por tocar la campana del claustro llamando a la comunidad; ya en ese momento había un farol encendido en cada claustro, en cada escalera, en cada pasadizo; a veces a esa hora llovía a cántaros o bramaba la tempestad, y no obstante, todos, sin faltar uno, por anciano que fuera, iban saliendo de sus dormitorios con el capillo calado y cruzados los brazos, en dirección al coro, en donde puestos de rodillas permanecían en oración por una hora completa; y después de la oración rezaban Horas; y después de las Horas, decían misa,

Sabía que el día era consagrado al estudio, al confesonario, a la visita de enfermos, a auxiliar moribundos, a oír consultas, a dirimir contiendas, a restablecer la armonía entre las familias desavenidas, que era trabajo frecuente e ímprobo, y a tántas y tántas ocupacione de beneficio público.

Recordando todo esto, Daniel se preguntaba; "¿qué compensación humana pueden tener estos santos varones que así se consagran en cuerpo y alma al servicio de Dios ya la utilidad de sus compatriotas? No es la mesa regalada, porque la mayor parte del año es de ayuno forzoso en este convento; no es el vestido rico y elegante, porque el hábito es de tosco sayal, y eso uno solo sin tener otro para mudarse, es de regla; no es el goce de un sueño largo y tranquilo, porque se acuestan a media noche o más tarde, obligados a emplear ese tiempo en escribir o estudiar sermones, y en salir en las altas horas de la noche a confesar y auxiliar a los agonizantes, sin excusarse jamás al ser llamados; ya el enfermo viva cerca o lejos, en la ciudad o en el campo, sea rico o pobre, libre o esclavo, ya haga buentiempo, o ya llueva o truene; no es la esperanza de atesorar riquezas, porque ninguno maneja dinero, ninguno toca siquiera una moneda con su mano, pues que el estipendio de las misas lo recibe el Procurador y eso sirve para la subsistencia común. No es, pues, la vida descansada y muelle; no; las prácticas de trabajo y penitencia en este recinto venerado, son cuotidianas, numerosas y austeras. Yo creo que en las famosas lauras del Desierto, en los tiempos de San Antonio Abad y demás cenobitas, no se hacía una vida más recogida y penitente. Aquí no hay más placer posible que el de la tranquilidad de la conciencia; lo demás es todo abnegación y sacrificio, trabajo y dolor".

Daniel tenía razón; así era entonces ese convento, y justo es reconocer que así ha sido siempre; todavía nosotros hemos alcanzado algunas reliquias de esos misioneros venerables, que no desdicen de la vida inocente y de las costumbres puras de sus predecesores | 2 .

No era, pues, esa institución rígida y severa la que convenía a Daniel en la situación de ánimo en que se encontraba. Todo cuanto dejamos dicho, lo repasaba en su imaginación con cierta especie de pesar, y concluía por decir suspirando; "yo pude ser como ellos; ahora, ¡ya es tarde!".

En este punto iba de sus meditaciones cuando observó que un lego encendía los faroles de los claustros altos y bajos, y los de las gradas; un momento después sonó la campana del claustro anunciando que los maitines habían terminado.

En efecto, la comunidad fue saliendo del coro en formación y en silencio en dirección al refectorio; allí iban los Padres Fray Mariano Camacho, Fray Bias Jaramillo, Fray José Joaquín Escovar, Fray Pedro Herrera, Fray Pedro Alomía, Fray Pascual Herdozaín, Fray Claudio Salcedo, Fray José María Valdés y, detrás de todos, Fray José Joaquín Polanco, Guardián en ese año.

La cena terminó en un momento, y el Padre Escovar entró en su celda; detrás entró Daniel.

La celda del Padre Escovar era exactamente igual a las demás; se componía de una salita y una pequeña recámara separada de la sala por un tabique; en la puerta de entrar a esa recámara en donde estaba la cama, había unas cortinas de zaraza morada a listas. En la sala había una mesa, en la mesa un estante con libros; en medio del estante un nicho y en el nicho un Cristo. Había además cuatro sillas de brazos, con guadamaciles de vaqueta.

El Padre ofreció una de esas sillas a Daniel y él se sentó a su lado en otra. Hizo que le refiriera todo cuanto le había sucedido desde su salida de Cali hasta el día de su regreso. Daniel le contó todo.

-Bien, pues, dijo el Padre, cuando Daniel concluyó su relación, al fin has vuelto a tu tierra bueno y sano; ¡loado sea Dios! Ahora dime el asunto importante sobre el que deseas hablarme.

-Lo que quiero decirle me causa tánta vergüenza, que no sé cómo empezar.

-Sea lo que fuere, ten buen ánimo; ¿crees que nosotros estamos aquí con el único destino de oír las virtudes de los hombres? No; nuestra misión es oír la relación de sus faltas o de sus desgracias, para absolverlos de las primeras si de buena fe lo piden, y para consolarlos de las otras si está en nuestra mano. Habla, pues.

-Señor, Doña Inés de Lara se va de monja.

-Sí, lo sé; pero ¿qué tiene qué ver ese monjío con tu asunto importante?

-Eso es lo que no me atrevo a decirle.

Al decir esto se llevó el pañuelo a los ojos; porque a su pesar se le salían las lágrimas.

-Pobre Daniel, dijo el Padre, ya sé lo que tienes; ¡has cometido la imprudencia de fijar tus ojos en Doña Inés de Lara y Portocarrero, sin tener en cuenta la eminencia de su clase y la humildad de la tuya!

-Sí, señor.

-¿Y qué quieres que yo haga? Indícamelo. -Quisiera que vuesa Paternidad la disuadiera de ese intento.

-¿Y qué conseguirías tú con eso?

-Nada, pero ella continuaría viviendo en la hacienda y yo sirviéndole a Don Manuel, y siquiera podría verla alguna vez; porque cuando pienso que se va. . . y que se va de monja. . . y que se va para siempre. . . y que no volveré a verla jamás, jamás se me destroza el corazón y quisiera morirme antes que tál suceda.

Y Daniel lloraba sin consuelo.

-¡Pobre Daniel! ¿y sabes si ella acepta tu amor? -Creo que sí, y que por eso se va.

-¡Amor, amor! Murmuró el padre, como hablando consigo mismo, ¡fuerza misteriosa e irresistible, origen de la vida y manantial de lágrimas! ¡Dichoso el que conociendo su debilidad y el poder de tus tormentos se refugia en tiempo aun puerto seguro, como me he refugiado yo! ¡Pobre Daniel!

El Padre guardó silencio y quedó por un rato como distraído viendo el suelo. Al fin levantó los ojos y dijo:

-Haré por ti cuanto me sea posible. Ahora vete, y dile de paso a Don Manuel Olaya que me preste mañana su caballo para ir a Cañasgordas; tú vendrás a las ocho para que me acompañes. Don Manuel, mi compadre, ha estado aquí, pero se fue esta tarde. Vete y pídele a Dios que nos proteja.

Daniel besó la manga del hábito del Padre, como lo hacían todos, y salió ya con alguna esperanza. Su única aspiración era obtener que Doña Inés desistiera del propósito de hacerse monja.

Al salir Daniel de la celda, dijo el Padre:"¡verdaderamenteque ningún mortal sabe cuál será la ocupación que Dios letiene señalada para el día de mañana!"

.1 Párrafos tomados de la Relación de las Misiones quehizo el Padre Larrea, escrita por él mismo en Cali, en el añode 1770, la cual reposa en el archivo del Convento. El Padre Larrea murió en esta misma ciudad, en el año de 1773, a la edad de 73 años, y está sepultado en la iglesia vieja de San Francisco.
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2 Cali debe a los Padres de San Francisco lo más notable que posee en materia de edificios y establecimientos públicos.
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