Placer y dolor
Llegó el mes de Junio con su sol oblicuo, su luz brillante y
suave, su atmósfera diáfana, sus campos verdes, sus flores
silvestres, sus brisas frescas y sus variados tintes de luz que
hacen de ese mes, después del de Diciembre, el más hermoso y más
alegre del año.
Era el 20 de Junio.
Don Manuel estaba en Cali adonde iba por ese tiempo, casi todos
los días, a activar y vigilar los trabajos de una obra de interés
público que había acometido a su costa; y era la de desviar el
curso del río que estaba amenazando destruir parte de la
ciudad.
Ya mucho antes, en 1751 , Don Francisco Sanjurgo y Montenegro
había dejado, en su testamento, seiscientos patacones para que se
desviara el río del lado de la Ermita y se hiciera un pretil en
dicha iglesia. Ni el río fue desviado ni el pretil fue hecho,
aunque hay tradición de que se construyó un muro junto a esa
iglesia, para librarla de las fuertes avenidas; y como el tal muro
no aparece a la vista, se dice que con el trascurso de los años ha
venido a quedar enterrado.
El Alférez Real, pues, en todo ese año de 1790, hizo abrir el
hondo cauce llamado desde entonces "Rionuevo" y
echó por él todo el río; pero éste, más tarde, volvió a correr por
su antiguo lecho, dejando en el nuevo cauce sólo una pequeña
porción de sus aguas.
Era, como decíamos, el 20 de Junio, y era de noche; el tiempo
estaba magnífico y había luna. Pasadas las nueve, Doña Inés se
retiró a su dormitorio, en el piso alto, con Andrea. Andrea se
acostó y se durmió; Doña Inés salió, como lo tenía de costumbre, al
corredor, ¡a engolfarse en sus tristes pensamientos y a
esperar! Hacía ya un año que Daniel había desaparecido; ya nadie se
acordaba de él, excepto ella y Fermín; ya nadie lo nombraba.
En Julio debía ella marchar a Popayán a tomar el velo de monja,
y marcharía sin volverlo a ver, siquiera una vez más.
¿Para qué? Para verlo, y en seguida morir.
¡El hombre, por lo regular, no comprende cuánto peso
es capaz de resistir el corazón de una mujer en materia de
abnegación y sacrificio! Nada sobre la tierra es más grande ni más
sublime que el corazón de la mujer.
Esta débil criatura, cuando llega a apasionarse seriamente,
atesora en su alma la mayor cantidad de fuerza moral que puede
concebirse, comparable sólo con la electricidad, que es la mayor
fuerza física de la naturaleza .
Ella, además, tiene admirablemente desarrollado el instinto del
bien, y sin las instigaciones del hombre, sería un ser casi
perfecto, porque no conoce otro escollo en su vida, mientras que
para el hombre hay escollos infinitos.
Doña Inés iba a ser monja, tal vez sin quererlo; ella ocurría a
ese refugio como a un puerto de salvación; era amada frenéticamente
por un joven lleno de relevantes cualidades que, sin embargo, no
podía ser su esposo; y ella le correspondía en el fondo de su alma,
pero convencida de que no podía jamás casarse con él.
Estos amores eran para ella un gran tormento en caso de que
Daniel continuara perdido; y eran un tormento mucho mayor en caso
de que él pareciera y ella siguiera viviendo en el siglo.
No había más remedio para evitar las amenazas de su desgraciada
pasión, que el poner un fuerte muro de piedra entre ella y el
objeto amado, y el más fuerte todavía de los votos religiosos.
Pero deseaba ver a Daniel por última vez para explicarle el
motivo de su resolución, y le pedía fervorosa mente a la misma
Virgen del Carmen, su futura Patrona y Madre, le concediera esta
gracia antes de partir.
Ysólo faltaba un mes para abandonar para siempre esos lugares
queridos, teatro de sus inocentes amores y objeto permanente de sus
dulces recuerdos.
Era ya muy tarde, poco faltaría para las doce; la hacienda toda
estaba en silencio; ninguna voz humana se percibía, pero sí esos
mil ruidos de la naturaleza en el campo, en las altas horas de la
noche.
Inés estaba recostada sobre la baranda del balcón con el pecho
sobre los brazos, y viendo a ratos para un lado, a ratos para otro,
y a ratos no viendo nada.
Por el patio pasaba la gran acequia que conducía el agua al
molino del trapiche, y dejaba oír su incesante murmurio, ya fuerte,
ya apagado, según la dirección de la brisa.
Un perro viejo ladraba lentamente a la luna, afuera de la puerta
de golpe, sentado en el camino;
La lechuza que tenía su dormitorio en la iglesia inmediata,
pasaba revoloteando, y chillaba al pasar;
Allá lejos, por el lado de Morga, se oía el bramido aterrador,
bajo y profundo, de algún toro extraviado de la vacada, bramido que
terminaba por sonidos agudos como los de un clarín de guerra.
El cielo estaba limpio de nubes y la luna alumbraba el patio,
las cabañas de los negros y toda la comarca.
De repente en el llano inmediato a la puerta de golpe alzaron el
vuelo cantando unos pellares; ésa era señal de que habían sentido
gente.
Inés pensó que alguien pasaba por el camino, y fijó su vista en
la puerta de golpe.
Luégo se estremeció al ver un bulto que abría la puerta y
entraba en el patio. Al ruido que hizo la puerta, que siempre
rechinaba cuando la abrían, despertaron los perros y se lanzaron
ladrando hacia allá; pero al acercarse al bulto sin duda lo
reconocieron, porque al instante callaron.
Una vez adentro del patio, Inés pudo distinguir quequien entraba
era un hombre; éste permaneció un rato inmóvil, viendo para todos
lados; por último, fijó al parecer sus miradas en el balcón,
observó por un momento, y en seguida se dirigió hacia allá.
A Inés le latía el corazón con violencia; casi no podía
respirar. Esa persona que llegaba se le parecía a Daniel, en la
estatura, en el andar y en el color del vestido, que era igual al
que llevaba el día que desapareció. Se apoyó contra el pilar para
no caerse y esperó ansiosa, con los ojos fijos en ese individuo que
avanzaba hacia ella. Ese individuo continuó avanzando hasta que
estuvo al pie del balcón; al llegar allí, se detuvo, levantó la
cabeza y con voz baja y temblorosa, dijo:
-Inés!
Ella contestó al punto:
-¡Daniel!
Apenas oyó Daniel esa respuesta, se lanzó hacia la escalera y en
cuatro pasos estuvo arriba.
Inés se quedó como clavada en el mismo punto, y sólo volvió el
frente a la grada.
Daniel apareció en el corredor y en el primer ímpetu se
precipitó hacia ella y abriendo los brazos y repitiendo
¡Inés, Inés! La estrechó contra su corazón; pero los
labios ardientes del apasionado mancebo la tocaron en la mejilla, y
ella asustada lo apartó diciéndole:
-Daniel, ¿qué es lo que haces?
Inés en medio de su alborozo lo trataba de
|tú por la
primera vez, sin caer en la cuenta.
Daniel contestó:
-Déjeme, señorita, esta compensación a tánto como he llorado y
he sufrido.
-¿En dónde estabas? ¿De dónde
apareces?
-Vengo de Cartagena.
-¿De Cartagena? ¿Qué fuiste a hacer
allá?
-La noche del último día que nos vimos, un poco después de las
nueve, cuando salí de mi casa para acá, pensando en usted y cuando
apenas había caminado cuadra y media, me vi rodeado de repente por
seis soldados armados que estaban ocultos, al parecer, al voltear
la esquina, esperándome; cogieron la rienda de mi caballo y me
dijeron; "¡alto! Desmóntese usted".
"¿Con qué objeto?" pregunté;
"Servicio del Rey", contestaron. A esta orden,
que nadie sería capaz de desobedecer, me desmonté; ellos me echaron
al centro y me mandaron que siguiera; yo les pregunté;
"¿y mi caballo?". "Él se irá
para su casa", dijo el oficial, que tenía en la mano la
espada desnuda; y dándole con ella un fuerte cintarazo en el anca,
el caballo, que no sufría látigo, dio una estampida y salió
corriendo calle abajo, como en dirección a esta su dehesa.
A todo esto Daniel no soltaba la mano de Inés, que oprimía
amorosamente entre la suya.
-Sí, dijo ella, aquí llegó el caballo ensillado y sin jinete, ya
usted lo han buscado por largo tiempo inutilmente: ya yo pensaba
que había muerto.
-No, véame aquí, a sus plantas loco de amor; más que antes,
¡y feliz porque al fin vuelvo a verla!
-¡Ay! Daniel, ¡somos muy desgraciados!
Mañana le diré todo; ahora, váyase no sea que alguien lo vea.
-¿Irme? No; si acabo de llegar directamente de
Cartagena; anoche dormí en Buga; a las nueve venía por Arroyohondo;
a un rato estuve en Cali, entré en mi casa por un momento, abracé a
mi madre y me vine ala misma hora prometiéndole que volvería
mañana. Pero ¿qué hacía usted acá arriba?
-Yo vivo aquí, en ese cuarto.
-¿Sola?
-Me acompaña Andrea.
-Llame, pues, a Andrea, si no quiere estar sola conmigo, porque
yo no me voy todavía, hasta saber cómo le ha ido a usted en mi
ausencia.
-He padecido mucho, y pedí este cuarto para tener el consuelo de
estarme aquí en este corredor todas las noches hasta muy tarde,
viendo para la puerta por si acaso usted venía.
-¡Oh delicia! Premiados quedan con esas pocas palabras
todos mis sufrimientos.
-Pero ¿qué hicieron con usted esos soldados?
-Me llevaron a la casa del Ayuntamiento. La noche era obscura y
las calles estaban desiertas porque ya habían tocado la
|queda; entré en esa casa y allí vi a muchos hombres
acostados sobre los ladrillos; pregunté al oficial qué quería hacer
conmigo, y me contestó que él obraba por orden superior y que al
día siguiente me lo explicaría todo. Comprendí que ya esa noche no
me pondrían en libertad, y me tendí como los demás en el
enladrillado del corredor.
A las tres de la mañana nos hicieron levantar; éramos como
cuarenta. A esa hora salimos formados de a dos en fondo,
custodiados por una escolta de veinte soldados venidos de Santafé a
órdenes de un Teniente Prieto, y tomando calle arriba, pasamos por
la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y seguimos como para
tomar el camino que conduce a las Juntas del Dagua.
Al pasar el río hicimos alto; a la izquierda están los restos de
las paredes de la antigua iglesia de Santa Rosa, iglesia que dio
nombre a ese paso del río
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; sobre esas ruinas nos sentamos, siempre
custodiados, mientras que el Teniente fue a una casita que queda a
la derecha, junto a una palma real, a comprar aguardiente y a
encender cigarro, pues ya había gente levantada y se veía candela
en la cocina.
A un rato estuvo de regreso y al llegar junto anosotros alumbró
con el fuego del cigarro la muestra de un reloj de oro, y, diciendo
que eran las cuatro, nos mandó poner en marcha. Al comenzar a subir
la colina, oímos las sonoras campanadas del alba en la torre de San
Francisco. Siempre me había causado alegría el toque de esa campana
a esa hora; pero en ese momento se me oprimió el corazón.
Después de las Juntas del Dagua tomamos el camino del Chocó,
hacia Citará; en todos los ríos encontramos canoas y guías,
prevenidos de antemano por las autoridades para conducirnos, de
suerte que nuestro viaje no sufrió demora alguna. Al salir al mar,
fuimos recibidos en un pequeño navío que nos condujo a Cartagena.
De Cali salí en Junio, y a Cartagena llegué en Agosto.
De los cuarenta hombres que formábamos esa recluta, veinte
éramos de Cali. En Cartagena se nos vistió con uniforme de soldados
y se nos entregó al Gobernador de la Plaza.
Pronto supo el Jefe de la fuerza que yo escribía bien y que
sabía hacer cuentas, y me dio colocación en la Comandancia y me
trató con muchas consideraciones. Todos mis trabajos han consistido
únicamente en estar lejos de usted; ¡pero ya estoy
aquí!
-¿Y cómo hizo para venirse?
-¡Gracias al Padre Escovar! A poco de haber llegado a
Cartagena, se me ocurrió escribirle a ese Santo Sacerdote, dándole
cuenta de todo cuanto me había sucedido; le rogué al Comandante
hiciera llegar mi carta a Cali por el correo, y él me prestó ese
servicio. Esto fue en Octubre. En Abril de este año recibí la
respuesta del Padre, y al mismo tiempo el Gobernador de Cartagena
recibió orden del señor Virrey Ezpeleta para que me diera de baja
en la guarnición de la plaza y los auxilios de viaje para
trasladarme a Cali. El Padre Escovar debe de ser amigo del señor
Virrey o de algún grande de Santafé. -¿Y por qué no
escribió usted a mi padrino? ¿Por qué no me escribió a
mí?
-¿A su padrino? ¿A usted? No escribí a su
padrino, porque tenía sospechas de que él, habiendo descubierto mi
amor a usted, me hubiera hecho prender y llevar a Cartagena; y no
le escribí a usted porque temí que mi carta fuera interceptada por
los que me arrebataron violentamente de aquí.
-Mi padrino no tuvo parte en eso, ni ha concebido la más leve
sospecha de nuestro amor; él sintió mucho la desaparición de usted,
y puso en movimiento a todos los criados de la hacienda, y aun a
los Alcaldes de Cali, para buscarlo.
-Me alegro de saberlo. Ahora le confieso que he llegado de
noche, porque temía que él me viera; mi intención era hospedarme en
la casa de Fermín y desde allí avisarle a usted de mi regreso. Si
Don Manuel, pues, no tuvo parte en el rapto de que fui víctima, el
autor de todo ha sido ese otro, ese Don Fernando de Arévalo
-De él había sospechado yo.
-¿Qué se hizo ése?
-Dicen que vendió por junto sus mercancías y regresó a su
tierra.
-Ojalá que nunca vuelva a atravesarse en mi camino.
¡Ay de él. si algún día llegamos a encontrarnos!
-Pero ¿por qué el Padre Escovar no nos dijo que usted
estaba en Cartagena?
-Porque él sin duda creía como yo que Don Manuel era la causa de
todo.
-¡Tal vez! Pero. Daniel, váyase; temo mucho que
alguien llegue a verlo aquí, váyase, Ya he tenido el placer de
verlo. y por ese lado descansa hoy mi espíritu. Esta noche, después
de un año, que me ha parecido eterno, será la primera en que puedo
dormir tranquila.
-Me voy, aunque me resta mucho que preguntarle y que decirle;
pero, ¿nos veremos mañana?
-Sí, nos veremos allá en la sala.
-¿Y por qué no aquí, de noche?
-¿Aquí y de noche? No, Daniel; esta entrevista a
semejantes horas es única y es última.
-Pero ¿qué teme usted? ¿Piensa acaso que
haya olvidado mi antiguo respeto?
-No pienso eso, y si usted lo olvidara, perdería mucho en mi
estimación. Además, otra entrevista a solas, a nada conduce. De
ésta me alegro, por ser la primera en que lo veo después de tan
larga ausencia; nuestras siguientes entrevistas serán pocas y de
día y en presencia de toda la familia.
-Pero ¿por qué tanto rigor? ¿Le parece que
he sufrido poco?
-¡Ay, Daniel¡ ¡Usted no sabe
todavía hasta adónde llega mi desventura!
-¿Qué ha sucedido pues? Sus palabras me alarman.
-En el mes entrante debo partir para Popayán.
-¿Qué va a hacer usted a Popayán?
-Me voy de monja.
.-¿De monja? repitió Daniel en el colmo del estupor;
¿de monja usted?
-Sí, de monja del Carmen; ya estoy admitida y aquí tengo el
vestido, es decir el hábito y el escapulario.
-¡Dios de mi alma! Exclamó Daniel con vehemente furor;
¡y para saber eso he venido desde Cartagena¡
¡Para saber esto he caminado tantas leguas, la mayor
parte a pie, ansioso de llegar; sin hacer caso del sol ni de la
lluvia, del calor ni del cansancio, del hambre ni de la sed!
¡Por qué no perecí en el camino! ¡Por qué no me
ahogué en la mar! ¡De monja! ¡Y se va dentro de
un mes! ¡Y tiene valor para hacerlo y valor para
decírmelo! ¡Y sabiendo que la adoro, que es ella el único
lazo que me liga a la vida, que ese paso que da me sumirá en la
desesperación y que de allí pasaré pronto a la locura o a la
muerte! ¡Y yo, insensato, que pensé que me amaba!
Diciendo esto se recostó sobre un pilar. Y ese Daniel, joven ya
de veinticuatro años, rompió a llorar como si fuera un niño.
A Inés se le partía el corazón viendo correr ese llanto amargo,
y eso en el momento en que el pobre muchacho acababa de llegar,
después de una larga ausencia, desolado por verla.
-Daniel, le dijo ella con la mayor ternura y con profunda
lástima, no me atormente más de lo que estoy; mire que sin eso soy
ya muy infeliz; óigame; nuestro amor es una locura; yo, aunque
quisiera, no podré ser jamás su esposa, y mi conciencia me prohíbe
amarlo de otro modo; y sin embargo, ese amor profundo y firme es el
que me ha movido a retirarme aun claustro a rogar a Dios por usted;
quizá llegará a ser feliz.
-¿Feliz yo? respondió entre sollozos; ¡toda
otra felicidad que no sea la de su amor, la maldigo!
-Daniel, cálmese; yo soy más infeliz y sin embargo no lloro.
-Tiene usted razón; contestó Daniel, manifestándose cruelmente
ofendido; ¿qué derecho tengo para quejarme? Debo
irme.
-Mire, Daniel, deje usted que yo también me calme; si usted está
impresionado, yo lo estoy más, y no sé qué decirle. Sepa solamente
que la prueba más grande y más fina que puedo darle de que mi alma
sufre sin consuelo por ese amor sin esperanza, es la de hacerme
monja. Mañana nos veremos.
-¿En dónde? preguntó Daniel, ansioso de volver a
verla.
-Aquí mismo, pero de día; yo le avisaré por medio de Andrea.
Inés le tendió la mano; él la tomó y aplicó en ella sus labios
con profundo respeto.
Inés entró en su cuarto a dar gracias a Dios por la vuelta de
Daniel, ya llorar a su turno.
Su amor a Daniel, que se estaba haciendo ya apacible y resignado
con la idea de que no volvería a verlo, se reanimaba ahora con una
fuerza espantosa. ¡Qué hermoso le parecía Daniel! Ese
abrazo y ese ósculo en la mejilla, se reproducían a cada instante
en su memoria, le abrasaban el alma y le causaban pudoroso
deleite.
Ya pesar de todo, debía partir dentro de un mes; ¡para
esto no había remedio! y lloraba inconsolable el triste fin de su
ardiente amor, al cual ella misma con su monjío había condenado a
prematura muerte. Para eso no había remedio.
Daniel bajó la escalera, atravesó el patio, y sin llegar a la
casa de Fermín donde había pensado dormir, se dirigió ala puerta de
golpe, la abrió con cuidado y salió al extenso y limpio llano a
pasear por él su dolor ya refrescar su frente que le parecía que
iba a estallar, tal era el fuego que la abrasaba.
Siguió distraído por el camino real, hacia el Sur sin destino ni
rumbo, sin darse cuenta de lo que hacía y hablando solo.
"Y para esto era, decía, ¡tanto empeño por
venir y tanto anhelo por llegar! ¡Para esto sólo!
¡Para verla una vez más y perderla en seguida para
siempre! . . . ¿Qué fatalidad es ésta que no se cansa de
perseguirme? . . . ¡Tentaciones me dan de maldecir. como
Job, el día en que nací! ¿Qué culpa tengo yo de haber
venido al mundo? ¿Qué culpa en no tener padres?
¿Qué culpa en no haber nacido noble y en no haberme
mecido en cuna de oro? Yo siento que valgo tánto como cualquier
otro, por noble que sea, y no cambiaría la altivez de mi alma por
la de ningún mortal. ¡Pobres padres míos, quienesquiera
que hayáis sido, si ya no existís, veréis ahora desde el otro mundo
los tormentos de vuestro hijo y lo
compadeceréis..¡¡pero qué haré yo. Dios mío,
qué haré yo!".
Calló durante un largo rato, mientras buscaba en su imaginación
algún recurso que lo sacara de una situación tan dolorosa. De
repente se detuvo al encontrarse junto a esa enorme piedra que
queda a orillas del camino, y sólo entonces vino a darse cuenta de
que iba siguiendo la vía pública como en dirección a Jamundí.
Estuvo un momento indeciso, hasta que no sabiendo qué hacer ni
adónde dirigirse, subió sobre la piedra y se sentó, dando la
espalda al camino y el frente a las selvas del Cauca. Era la una de
la mañana; el cielo permanecía limpio y la atmósfera diáfana; la
luna, pasado el zenit, se inclinaba majestuosamente hacia el ocaso.
Daniel dirigió una mirada al rededor; en la dilatada extensión que
abarcaba su vista, no se alcanzaba a ver ni una sola casa ni un
cortijo; allí cerca estaba un hatajo de yeguas paciendo; más allá,
un gran grupo de vacas echadas, dormitaban rumiando; a su olfato
llegaba, en alas de la brisa, ese olor particular y agradable que
exhalan las bestias cuando pacen y las vacas cuando duermen; en la
extensa llanura, al lado de abajo, se distinguían los árboles y la
sombra que proyectaban sobre el césped; al Oriente, del otro lado
del Cauca, se alzaba la gigantesca cordillera central, de altura
uniforme, como una gran muralla de color verde oscuro, cuyos largos
perfiles se dibujaban distintamente sobre el fondo azul claro del
cielo; y sobre esa inmensa mole se destacaban las dos empinadas
cumbres del Huila, con su blancura mate, como de plata sin bruñir.
Nada de esto veía Daniel; su imaginación estaba en aquel corredor
en donde había estado un momento antes con Inés, y la escena que
había pasado allí entre él y ella, se reproducía sin cesar con toda
su viveza ante los ojos de su alma. A esa sola escena aludía en sus
soliloquios.
Sentado sobre la ancha piedra se quitó el sombrero y presentó su
frente ardorosa a la brisa que soplaba del lado del Cauca; esa
brisa era fresca, casi fría, como lo es en esa región ya esa hora;
cuando los nevados del Huila están descubiertos.
Pronto comenzó a hablar, porque no podía estar callado, y
repitió como antes; ¡Qué haré yo, Dios mío!
¡Precisamente muero o me vuelvo loco!
Buscando algún consuelo humano, se acordó del padre Escovar y de
sus consejos, y le vino a la memoria aquel pasaje bíblico que solía
repetir tantas veces; "¡Pondrá su labio en el
polvo por si acaso hay esperanza!". Apenas cruzó por su
mente la palabra "esperanza", levantó los ojos al
cielo y dijo en voz alta; "Providencia Divina,
¡manifiéstateme! ¡Haz que te vea, o haz que te
sienta!".
-¡Niño Daniel! Dijo una voz alegre a su espalda, al
pie de la piedra. Daniel volvió a mirar y se encontró cara a cara
con Fermín.
A pesar de su abatimiento no pudo menos que alegrarse de volver
a ver a su amigo, y le dijo:
-Fermín, ven acá.
Fermín subió sobre la piedra y Daniel lo recibió en sus
brazos.
-¿Cómo estás aquí.?
-He venido desde casa detrás de usted, sin que usted me haya
sentido, por venir hablando solo.
-¡Ay, Fermín, soy muy desgraciado! Ya no guardaré más
el secreto; ¡la amo con todas las fuerzas de mi alma, y
esta misma noche he llegado, la he visto y me ha dicho que va a
hacerse monja!
-Es verdad, dijo Fermín, en el mes entrante iremos a llevarla a
Popayán; ya está todo preparado y ella tiene consigo el vestido de
monja, ya veces se lo pone porque las señoras se lo exigen; hábito
|mono, manto blanco y toca blanca; ¡qué bien queda
así! ¡Si usted la viera!
-¡No, Fermín, no quiero verla así! Yo me muero, yo no
resisto este golpe.
-Pero, ¿en dónde ha estado usted? Andrea y yo
pensamos que ella resolvió hacerse monja cuando se convenció de que
usted no volvería jamás.
-He estado en Cartagena, fui arrebatado por la noche a la fuerza
y llevado con escolta, y ahora vuelvo, ¡y al llegar
recibo semejante noticia! ¡Fermín, yo me muero, no hay
remedio!
-Mire, niño Daniel, vámonos para casa, hablemos con mi madre; su
merced sabe dar buenos consejos porque es mujer de mucha
experiencia y ha tratado siempre con los amos; vamos a verla.
Daniel estuvo un rato irresoluto, hasta que al fin se levantó
diciendo:
-Vamos.
Entraron en el patio sin hacer ruido. Fermín abrió la puerta de
su casa y llamó a Martina diciéndole:
-Madre, levántese su merced, aquí está el niño Daniel.
En seguida encendió la vela.
-¿Daniel.? repitió ella, sentándose sorprendida y
vistiéndose.
Pronto salió a la sala; Daniel la abrazó.
-¿De dónde, le preguntó ella, aparece usted después
de tanto tiempo?
Daniel le contó todo lo que le había pasado, y a continuación le
reveló su insensato amor y el tormento que en ese instante le
oprimía el alma.
-Ese amor es un disparate, niño Daniel, esa niña es muy noble,
muy rica y muy orgullosa. El consejo que yo le daría sería que la
olvidara.
Daniel volvió sus ojos hacia Fermín, con el mayor desconsuelo;
luégo repitió:
-¡Olvidarla¡ Eso es imposible;
¿acaso está en mi mano?
-Entonces queda un remedio; así que amanezca, váyase a Cali y
cuéntele todo al amo el Padre Escovar; si su merced no encuentra
remedio, pierda usted toda esperanza.
-Ya he pensado en el Padre Escovar; ¿pero cómo
hablarle de eso, cuando yo lo respeto tánto?
-No hay otro remedio. ¿No dice usted que la ama con
locura? Cuando se ama de veras, todo sacrificio se hace. Además, el
amar usted a la señorita es una locura manifiesta, pero no creo que
sea un delito; ¿quién tiene la culpa de que ella sea tan
linda, usted joven, y que vivan ambos en una misma casa?
-Tiene usted razón.
-Y si no, se hará monja, eso puede usted jurarlo; esa niña no
volverá atrás aunque le cueste la vida; mire que la conozco hace
años.
-Iré, sí, iré, suceda lo que quiera.
-Pero cuéntele todo, no le oculte nada; mi amo el Padre es muy
bueno, como que es un santo y siempre se compadece del infeliz.
-Así lo haré; pierda usted cuidado; una vez que me resuelvo a
revelarle mi secreto, lo haré por entero.
Martina le preparó cama a Daniel en una
|barbacoa de
guadua. Al cabo de media hora dormía éste profundamente, pues
estaba rendido de alma y cuerpo. Pero Martina y Fermín no volvieron
a conciliar el sueño; ella, preocupada con el secreto que acababa
de revelársele; y él, loco de alegría por el regreso de su
amigo.
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Allí estuvo esa iglesia, dedicada a "Santa Rosa de
Santa María del Perú". En 1693 fue trasladada al sitio en
que hoy existe; y ese sitio en esa época quedaba fuera de la
ciudad. Los devotos que componían la hermandad de Santa Rosa y que
hicieron la traslación fueron: Don Cristóbal Caizedo y Salazar,
Juan de los Arcos, Antonio Rodríguez Villaseñor y Manuel y José
María Vivas Cedano
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