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La Jura de Carlos IV

El lo. de Enero quisieron los directores de la fiesta hacer una reseña y con tal fin iluminaron la Casa Consistorial, colocaron allí los retratos de los soberanos debajo de dosel, con su respectiva guardia, y luégo condujeron desde el barrio de la Merced hasta la plaza, un carro perfectamente iluminado, acompañado de música, tambores y cohetes y de una escolta de fusileros. Llegado que hubo el carro al frente de la Casa Consistorial, se hizo una salva y se representó en el carro una loa en alabanza de los monarcas, y luégo regresó en el mismo orden al punto de partida.

El 28 por la noche se dispuso un paseo a caballo por toda la ciudad; reunióse con tal objeto un concurso numeroso de nobles y montañeses, presididos por los Alcaldes Ordinarios Don Nicolás de Larraondo y Don Miguel de Barandica; llevaban todos ellos varas con teas encendidas en los extremos, y recorrieron todas las calles con la música, vivas al Rey, gritos de alegría, tambores y cohetes. Terminado el paseo, Don Miguel de Barandica dio en su casa un abundante refresco a toda la numerosa comitiva. A esa hora estaba toda la ciudad iluminada, y con particular esmero la plaza mayor, las casas del Ayuntamiento y la del Alférez Real; en multitud de faroles se leían motes y vítores al soberano, escritos con variados colores, y algunos muy ingeniosos. Esa iluminación duró por tres días en toda la ciudad y por nueve en la plaza mayor.

El 29 a las doce del día se anunció la real proclamación con repique general de campanas y abundancia de pólvora. El señor Alférez Real dirigió ese día una esquela de convite, acompañada de una medalla de plata, a todo sujeto notable, vecino o forastero; de uno o de otro sexo; la medalla llevaba por un lado el busto del Rey y por el otro las armas de la Ciudad con una inscripción en latín que decía: "Manuel de Caizedo, que en otro tiempo proclamó al señor Don Carlos III, y hoy al señor Don Carlos IV".

Al día siguiente era la Jura.

Don Manuel mandó le trajeran de la hacienda el mejor caballo que hubiera en ella, para que le sirviera en la ceremonia. Don Juan Zamora le envió el de Daniel, que era de alta talla, de hermosa figura, blanco y brioso y que estaba muy lozano, merced al largo descanso y al esmerado cuidado; porque Don Juan no perdía la esperanza de que Daniel pareciera, y quería sorprenderlo presentándole su caballo en el mejor estado posible.

El 30 de Enero al amanecer estaba la ciudad engalanada en toda su extensión; no había calle, ni casa, ni puerta ni ventana que hubiera sido olvidada al tratarse de los adornos; por todas partes se veían banderas, gallardetes, vítores e inscripciones. El buen pueblo caleño manifestaba querer probar su lealtad y amor a su soberano; aunque a la verdad lo que había era que cada vecino temía aparecer poco entusiasta y algún tanto tibio, y llamar sobre sí la atención de las autoridades.

En la plaza estaba dispuesto un tablado, cubierto con grande alfombra y adornado de cortinajes de seda, simulando un salón regio; y toda ella, rodeada de vistosos arcos y de palcos decorados con primor; la casa del Ayuntamiento estaba lujosamente ,entapizada, y allí, en un rico trono y con una respetable guardia, los retratos de sus Majestades; la casa del Alférez Real estaba vestida de damasco carmesí y debajo de dosel y sobre cojines, enarbolado el pendón que se había hecho para este acto solemne, del mismo damasco, y con las armas reales por un lado y las de la Ciudad por el otro, bordadas de oro y con sus flecos y borlas de lo mismo; y allí también, debajo de pabellón real, pendía el retrato del Monarca, ya sus lados, dos pinturas que representaban la Virtud y la Razón en forma de hermosas doncellas. Un soneto, en grandes letras manuscritas, explicaba la pintura.

A las dos de la tarde, un palafrenero tenía de la rienda el caballo en que debía montar el Alférez Real, enjaezado con lujo asiático; gran gualdrapa de paño de grana bordada de oro, con flecos y borlas; la silla aforrada en terciopelo, con ricas pistoleras, también de terciopelo y bordadas de oro, y en ellas dos pistolas de media vara de largo con culatas de plata cinceladas; y todos los demás arneses cargados de chapas y hebillas de oro.

Las señoras de la casa acudieron a las ventanas a ver la multitud de caballeros que llenaban la plaza y que se dirigían a la casa del señor Alférez Real; éste estaba vistiéndose, y mientras tanto un palafrenero tenía, como hemos dicho, el caballo de la brida, en uno de los corredores.

Entre las señoras de las ventanas no se veía a Doña Inés; ¿en dónde estaba?

Al pasar de un salón a otro había visto el caballo de Daniel y no había podido contenerse; se detuvo y se puso a mirarlo, casi con ternura, como aun antiguo conocido; y luégo, antes de que el Alférez Real saliera de su cuarto, se acercó al manso corcel y le pasó la mano por el cuello, agasajándolo; el caballo volvió la cabeza, como a olerla; y ella, interpretando a su modo esa señal de inteligencia del noble bruto, sintió que el corazón se le oprimía, y precipitadamente se retiró a sus recámaras, con los ojos nublados por las lágrimas.

A las dos y media de la tarde, un inmenso concurso invadió los anchurosos patios de las casas del Alférez Real. Ese concurso se componía del Ayuntamiento, esto es, del Teniente de Gobernador, Alcaldes Ordinarios, Regidores Perpetuos, Alcaldes de la Santa Hermandad y de los cuarteles, Alguaciles Mayores, Procurador General, Administradores de Rentas Reales y otros empleados; y de los patricios, todos personas notables, y de los forasteros que habían concurrido de Cartago, Buga, Caloto y Popayán. Todavía no existía Palmira; el sitio en donde está hoy esa ciudad, poblado entonces por algunas casas pajizas, se llamaba Llanogrande. Todos iban en magníficos caballos, enjaezados con oro o plata según la categoría de los jinetes.

El Alférez Real vestido de terciopelo y oro, militarmente, se incorporó a esa numerosa comitiva, y todos formados en orden, se dirigieron a la iglesia de San Agustín. Allí los esperaba el Maestro Don Manuel Camacho, Cura y Vicario Superintendente interino, en nombre y representación del Doctor Don Juan Ignacio Montalvo, que era el propietario y estaba todavía en Popayán.

El Cura Camacho bendijo el pendón con la ceremonia y juramento acostumbrados y lo entregó al Alférez Real, como a representante de su Majestad.

Al presentarse el Alférez Real en la plazuela con el pendón ya bendecido, una compañía de Dragones, mandada por el Capitán de Milicias Don José Micolta, y otra de Infantería, por el Doctor Don Luis de Vergara, le hicieron las salvas de ordenanza con una descarga de fusilería.

A los lados del Alférez Real se colocaron Don José Antonio de Lago, Teniente de Gobernador en Cali, y Don Vicente Serrano, Teniente de Gobernador de Buga, y asieron las borlas del pendón; iban además allí dos Reyes de Armas y dos criados con librea azul.

En marcha regular y en orden imponente siguió ese numeroso concurso calle abajo, hasta la esquina de Eugenio Zapata; de allí cruzó ala de Joaquín Rodríguez, y luégo tomó la calle arriba hacia la plaza mayor.

Llegado que hubieron a la plaza, el Alférez Real acompañado de los Tenientes de Gobernador y de los Reyes de Armas, subió al tablado y enarboló el pendón.

Puesta la Ciudad a caballo | 1 , los Reyes de Armas impusieron silencio a la multitud con las palabras de estilo: "Silencio: oíd, escuchad, atended".

Entonces el Alférez Real, tremolando el pendón, dijo en alta y sonora voz: Oídme, todos; |Castilla, Castilla, Castilla, Cali, Cali, Cali, por el Rey Nuestro Señor Don Carlos Cuarto .

A esta proclamación contestó la multitud con vivas y aclamaciones repetidos, en medio de la música, tambores, clarines, pífanos, chirimías, repiques de campanas, descargas de fusilería y abundante cantidad de pólvora.

La música estaba colocada en medio de la plaza, en un alto árbol, como de fragata, con tres copas o balcones, y con barandillaje de lienzos pintados; en la cima había dos grandes banderas de tafetán cuarteadas y muchos gallardetes; invención propia (dice el acta) del notorio ingenio del señor Alférez Real.

Entre tanto el Alférez Real y los dos Reyes de Armas, arrojaban, todos a una, dinero sobre la multitud, en monedas de a dos reales, de a real y de a medio, tomándolo de grandes talegos que sostenían varios criados, y esto duró largo rato.

De allí se dirigieron a la Casa Consistorial en donde repitieron la misma proclamación y volvieron a regar dinero sobre la multitud, "por mucho tiempo que allí se mantuvieron".

En seguida se encaminaron a la casa del señor Alférez Real, en donde los esperaba un suntuoso refresco en increíble abundancia, pues se había preparado en cantidad bastante para ese innumerable concurso, el cual se aumentó con todo el señorío de la ciudad que había sido convidado. Las mesas se cubrieron repetidas veces.

La plebe invadió patios y corredores y participó del refresco; y además, a los que no pudieron entrar por falta de espacio, se les sirvió en la calle; frente a la puerta principal se había construido una pila que por diferentes tubos arrojaba vino generoso; del cual tomaban todos los concurrentes, en vasos de cristal puestos allí al efecto; y se les arrojaba, desde los balcones, panes, bizcochuelos, dulces, queso, frutas y de todo cuanto se servía adentro a la nobleza. Allí mismo, en la calle, se había colocado una cucaña cargada de los mismos manjares, para diversión de los muchachos, que pronto dieron cuenta de ella.

A las siete de la noche terminó el refresco ya las ocho comenzó el baile, para el cual había convidado de antemano el Alférez Real a toda la nobleza.

La casa estaba lujosamente adornada; grandes espejos con marcos dorados, sillas a la inglesa, de terciopelo con flecadura de oro y alto respaldo, arañas de cristal, guardabrisas y cornucopias, todo esto muy nuevo y raro entonces, cortinas de damasco de seda en puertas y ventanas, recogidas con cordones de seda y borlas de oro. Entre tanto lujo, el aparador representaba un gran papel; veíase allí la vajilla de plata, platos, platillos, fuentes, jarros, tachuela, y sobre todo gran cantidad de piezas de porcelana legítima de China, de fondo blanco leche trasparente, con flores de hermosos colores vivos.

De la misma manera que la gran sala de baile, estaba adornada e iluminada toda la casa.

Las puertas de la calle estaban abiertas para todo el mundo, porque era noche de fiesta, de alegría y movimiento popular.

Entre las siete y las ocho hubo fuerte altercado entre el Alférez Real y su pupila; él quería que concurriera al baile y ella suplicaba la excusara de semejante sacrificio. Las hijas de Don Manuel estaban ya vestidas y ella permanecía con el vestido común con que había hecholos honores de la mesa en el refresco, como dueña de casa los honores de la mesa en el refresco, como dueña de casa.

-Ten en cuenta, le decía él, que yo doy este baile en honor de su Majestad el Rey Nuestro Señor (que Dios guarde) y sería muy notable que una de las principales personas de mi casa faltara a él.

-Pero, señor, contestaba ella, yo ya me he despedido del mundo; mi propósito de entrar de monja no es un juego, sino resolución muy seria.

-Recuerda que has convenido en esperar hasta el mes de Julio, plazo que te he exigido yo para que haya tiempo de probar la solidez de tu vocación; y esa solidez no puede probarse si permaneces siempre encerrada y retraída de la sociedad. Para que tú misma te convenzas de si tu vocación es perfecta, es preciso que te expongas hasta a las tentaciones.

-¿Tentaciones a mí, padrino? ¡Ay! ¡Mi corazón está muerto!

-Como quiera que sea, yo te lo suplico, y, si es necesario, te lo ordeno en nombre de tu padre, a quien represento. Déjate ver un rato siquiera en el baile, y te permito que te retires temprano.

Doña Francisca y sus hijas estaban presentes; la primera, temiendo algún exceso de! carácter irritable de su marido, rogaba a Doña Inés en voz baja condescendiera con la justa exigencia de aquél. Doña Inés, que hasta entonces había resistido como si fuera un cadáver a quien nada importa nada, se ablandó con los ruegos de su madrina y dijo:

-¡Qué he de hacer! Obedeceré.

Al instante cayeron sobre ella las muchachas a desvestirla para ponerle los lujosos trajes de fiesta. En un momento estuvo resplandeciente de oro y pedrerías, y reunida a sus compañeras salió a la sala del baile.

A esa hora estaba ya cubierto el tálamo, como se decía entonces, de señoras; y por los vastos salones paseaban los caballeros, vestidos ellos y ellas con unlujo que podía llamarse oriental.

Entre los convidados estaba Don José Micolta y su mujer Doña Luisa de la Flor; Don Juan Antonio Dorronsoro con la suya, Doña Mariana Obertín, señora francesa, que había venido de Bayona al Nuevo Reino de dama de honor de la Virreina esposa del Virrey Flores y se había casado en Santafé y había llegado hacía poco tiempo a esta ciudad con su esposo que era Administrador de la Renta de Aguardiente; Don José Borrero con su esposa Doña Josefa Costa; Don José Vernaza con Doña Manuela Flor su mujer, Don Luis de Vergara, Don Andrés Camarada, Don José Joaquín Yanguas, Don José Antonio de Lago, Don Andrés Francisco Vallecilla, todos estos empleados del Rey, y otros muchos caballeros, forasteros y patricios.

Para que se conozca la moda de aquel tiempo nos bastará describir el vestido de una pareja; entre todas las damas presentes, sobresalía por su belleza, por la dignidad de su porte y por la riqueza del vestido, Doña Inés de Lara; llevaba falda de brocado carmesí con grandes flores de oro, de tres altos, esto es, que sobresalía mucho, por el relieve, regularmente ancho y suficientemente alto para dejar ver el pequeño pie calzado con zapatos de raso bordados, del mismo color del traje, y medias blancas de seda; jubón de la misma tela que el faldón ajustado a la cintura, y con dos cortas faldas abiertas por delante y bolsillos con galones de oro en cada una; las mangas, angostas arriba y anchas por abajo, llegaban hasta el codo y de debajo de ellas salían blancos encajes de seda; la parte más alta del pecho quedaba al descubierto. Traía al cuello lo que se llamaba un |ahogador de perlas finas con una pequeña cruz de oro adelante; zarcillos pequeños, cada uno de un diamante grueso engastado en oro. El peinado era lo que se llamaba castaña, que consistía en recoger el cabello atrás, atado con lazos de cintas en forma de castaña y asegurado con un alfiler de oro, que llamaban |punzón, y polvos blancos en el cabello. No llevaba guantes, que eran poco usados, y sí un pañuelo de fina holanda en la mano, y gruesas ajorcas de oro en las muñecas, que pesaban más de cuarenta castellanos, pues tál era el uso, adornadas con diamantes,

Las demás señoras vestían poco más o menos lo mismo, con sólo la diferencia del color del brocado, del raso o del terciopelo, pues los había azules con flores de plata y también blancos con flores de oro; y de la mayor o menor abundancia de joyas, entre las cuales resplandecían los diamantes y las esmeraldas,

Don Manuel de Caicedo vestía casaca de terciopelo azul de grandes faldas que llegaban hasta las pantorrillas, con alamares de oro; las solapas eran de raso color de grana y los forros de las faldas de raso azul; las mangas terminaban en puños vueltos de terciopelo color de grana con anchos galones de oro; los botones eran de oro y los ojales bordados del mismo metal. La llevaba abierta de arriba abajo. El chaleco era de tisú, tela finísima tejida toda de oro, y con bordados, y era muy largo; de la cintura para abajo se abría en dos cortas faldas. El calzón corto, de terciopelo carmesí, terminaba en la rodilla y allí se aseguraba con charnelas en hebillas de oro; medias de seda encarnadas, que dejaban ver la bien formada pantorrilla, y zapatos con hebillas de oro, yen las hebillas grabadas las armas de la familia. El chaleco abierto en la parte alta del pecho dejaba salir una chorrera de encaje blanco de seda, que bajaba desde el cuello hasta la mitad del pecho; corbatín blanco, y el cuello de la camisa de fina holanda, doblado sobre el corbatín.

El cabello, como el de las damas, estaba polvoreado.

El vestido de los demás caballeros, era semejante al que dejamos descrito, con la diferencia de los colores. Los vestidos de las señoras de ese tiempo sirven hoy para adornar las estatuas de los santos en las iglesias; y los chalecos y las pistoleras, sirven de palias. Como una curiosidad hacemos notar que el vestido de brocado carmesí con flores de oro con que se viste la estatua de Nuestra Señora del Rosario en Santa Rosa en su fiesta clásica, era el que llevaba esa noche del baile Doña Luisa de la Flor, esposa de Don José Micolta.

Los músicos se colocaron en un largo escaño, en elcorredor, frente a la puerta de la sala. Esa música consistía en dos arpas, dos flautas y dos violines, acompañada por el ruido del pandero y del alfandoque y por el remo que se hacía en la caja del arpa. El maestro Zapata era el Jefe de la orquesta y tocaba una de las arpas; la otra estaba en las hábiles manos de un negro joven, discípulo de Zapata, llamado José Ruiz, que después, cuando viejo fue conocido con el sonoro apodo de |tío Cambímbora .

El baile comenzó desde un principio con mucha animación, porque en la cabeza de todos bullían aún los humos del refresco. En la primera parte de la noche no se bailó otra cosa que el bambuco, baile común de nobles y plebeyos.

En los intervalos de pieza a pieza los caballeros conversaban con las señoras; y los jóvenes célibes, que eran muy pocos y ninguno menor de veinticinco años, pues hasta esa edad eran considerados como hijos de familia, galanteaban a las muchachas solteras, que tampoco eran muchas. Entre éstas la más feliz era Doña Josefa, cuyo novio Don Nicolás Larraondo, cumplido caballero, le tributaba toda clase de atenciones.

Doña Inés sufrió al principio con resignación estoica los galanteos un tanto vulgares de dos o tres jóvenes que se manifestaban locamente prenda dos de ella y que en efecto lo estaban, aunque la veían triste y silenciosa, pálida y un poco enflaquecida; porque ¡Cosa particular!, a ellos les parecía más hermosa y más interesante así, que cuando en mejores días rebosaba salud. Esos bellísimos ojos aterciopelados y húmedos, despidiendo luz melancólica, hacían más estrago en los nobles mancebos, que cuando en tiempos mejores brillaban de felicidad y daban lugar a la esperanza.

Las personas de alguna ilustración que había en la ciudad eran contadas, y ésas o estaban casadas o pertenecían a la iglesia; los jóvenes que seguían carrera literaria o científica, estaban en Santafé o en Quito, o por lo menos en Popayán, haciendo sus estudios

Esos mancebos, pues, que figuraban en el baile, no tenían cultura alguna, ¿ni cómo pudieran tenerla, si no habían hecho estudios de ninguna clase; si no había roce posible entre ellos y las jóvenes casaderas; si cuando iban de visita a una casa en donde había muchachas, eran los padres quienes recibían la visita; si no eran convidados a los rarísimos bailes que solía haber en las pascuas, porque su presencia en ellos habría sido una falta de respeto a los mayores.? No había gusto por la lectura, ni había otros libros que los de devoción, si se exceptúan el |Don Quijote y el |Gil Blas de |Santillana. En contraposición a esto, Doña Inés era una señorita espiritual, de claro talento, de exquisita educación, que había aprendido de sus padres, que eran de Santafé, el fino trato social de la Corte.

Esos jóvenes, sin embargo, hicieron su deber a su modo, con el valor que les comunicaba el vino del refresco. Doña Inés oyó pacientemente sus floreos de mal gusto, sus elogios hiperbólicos y sus comparaciones exageradas.

A tiempo que pasaba por allí Don Manuel conversando con Don José Micolta, decía uno a Doña Inés:

-¡Qué linda está usted! ¡Tan parecida a mi Señora de las Mercedes!

Doña Inés llamó a Don Manuel y le suplicó la condujera a sus aposentos. Eran las doce de la noche.

Una vez allí, le dijo:

-Padrino, ya le di gusto en asistir al baile; ahora le ruego me permita retirarme, porque no me siento bien; me duele un poco la cabeza.

-Bien, hija, puedes retirarte; ahora es diferente, pues todos te han visto en la fiesta.

Doña Inés llamó a su recamarera y se encerró en aquel mismo aposento en donde había estado enfermameses antes y en donde Daniel había velado junto a su lecho durante muchas noches. Ese aposento quedaba muy retirado de la sala del baile.

Luégo que se quitó esos pesados y sofocantes vestidos de gala y esas joyas, se sentó en una poltrona y comenzó a meditar en todo lo que había visto y oído esa noche.

Ninguno de esos galanes almibarados que la habían asediado, pensaba ella, valía lo que Daniel, ni en la figura, ni en el porte, ni en el talento, ni en la educación, ni en los modales. El hermoso Daniel, como amante de ella, había sido tímido y circunspecto, incapaz de una palabra irrespetuosa, ni de una acción imprudente, ni de un elogio vulgar.

De repente, dándose cuenta de su situación y del objeto en que estaba pensando, se dijo: ¿para qué me entretengo en acariciar seductoras quimeras? Yo he de ser en breve la esposa del Señor y desde ahora todo afecto mundanal es ya un sacrilegio. ¡Pero no! Que me permita el divino esposo recordar a ese infeliz mancebo que tan apasionadamente me amó; si este dulce recuerdo ha de ser más tarde un gran delito, hoy todavía no lo es, y yo pensaré en él lícitamente hasta el día en que se cierren detrás de mí las pesadas puertas del convento. ¡Sí, las puertas del convento! Como se cierran las olas sobre la cabeza del que se ahoga .

Mientras Doña Inés revolvía en su imaginación estos tristes pensamientos, los convidados fueron conducidos por Don Manuel aun salón interior en donde estaba preparado un abundante refresco y en donde reanimaron sus fuerzas y su buen humor con los exquisitos y generosos vinos de España. A los señores y señoras de edad se les sirvió chocolate, a petición de ellos.

Después del refresco continuó el baile con mayor furor; los caballeros estaban locuaces y las señoras complacientes; los corredores y el patio estaban llenos de gente, no sólo de la plebe sino también de nobles pobretones que no habían sido convidados.

Pronto dejaron el bambuco para bailar contradanzas, baile nuevo importado de Francia, en el cual eran muy diestros Don Juan Antonio Dorronsoro y su mujer; y |torbellino y |punto y |minué.

A la madrugada, rendidos de bailar, rogaron a Doña Josefa que cantara, porque todos sabían que tenía linda voz y que sabía las canciones de moda entonces. Ella se prestó sin dificultad, y acompañada de las flautas y del maestro Zapata que |le hacía segunda y que era el maestro de clave de las muchachas nobles, los entretuvo hasta que rayó el día.

A esa hora se disolvió la reunión y cada familia se dirigió a su respectiva casa, no a dormir, sino en busca del almuerzo, para asistir después a la fiesta de iglesia que hacía parte del programa.

A las nueve se celebró la misa solemne en la iglesia de San Francisco, con asistencia del Ayuntamiento, de las comunidades religiosas y de todo el señorío, y en seguida de la misa se cantó el Tedéum.

A las doce dio el Alférez Real un espléndido banquete, al cual concurrió toda la nobleza de uno y otro sexo.

Por la tarde, se jugaron diez toros en la plaza (ese era el número fijado por el Ayuntamiento), y se terminó la fiesta del día con varias danzas muy costosas y bien ejecutadas por jóvenes lujosamente vestidos.

Por la noche hubo fuegos artificiales, e hicieron parte de éstos cinco castillos colocados uno en cada esquina y otro en el centro de la plaza. Después se representó una tragedia, la Raquel, con entremeses en los entre-actos, y contradanzas ejecutadas por niños.

La representación de la tragedia arrancó frenéticos aplausos; al morir Raquel. "se vieron salir patentemente las plumadas de sangre de su pecho. a cuyo aspecto (dice el acta) todos los espectadores se deshicieron en amargo llanto". Los buenos de nuestros abuelos estaban todavía novicios en esto de ver derramar sangre humana; yen materia de teatro, no habían visto otras piezas que las llamadas |coloquios, que eran apenas el embrión de la comedia y del drama.

Las fiestas duraron hasta el 8 de Febrero, con la misma esplendidez que el primer día, con alboradas, toros a mañana y tarde, danzas, paseos a caballo, fuegos artificiales, máscaras, representaciones teatrales, banquetes y refrescos.

De todo esto extendieron una acta los escribanos Don Manuel de Victoria y Marcelo Rozo, con fecha 26 de Febrero de 1790, para remitirla en copia a su Majestad, a fin de que supiera todo cuanto por acá se había hecho en su honor.

En esa acta, que ha visto la luz pública, llaman la atención del lector algunas circunstancias, tales como el alarde que hacen los escribanos de que en la muerte de Raquel se vieron patentemente las plumas de sangre; la descripción del aparador de la casa del Alférez Real, que dicen "estaba lleno de uniforme y fina loza de China"; la intención que revelan dichos escribanos de querer captarse las simpatías y el cariño del Alférez Real, a quien describen ventajosamente diciendo; que "iba en el paseo ricamente aderezado, en un caballo blanco de buen aire; enjaezado todo de oro, con vestido azul, con bordados riquísimos del mismo y agradable gallardía, bien puesto"; y que "tremoló el pendón diciendo en alta y airosa voz las palabras de estilo"; y por último, que "preguntado dicho señor Alférez Real cuánto había sido el costo de esa suntuosísima fiesta, contestó; que como fue plata que gastó tan a su gusto, no llevó cuenta de ella".

1 Por |la Ciudad se entendía el Ayuntamiento.
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