La Jura de Carlos IV
El lo. de Enero quisieron los directores de la fiesta hacer una
reseña y con tal fin iluminaron la Casa Consistorial, colocaron
allí los retratos de los soberanos debajo de dosel, con su
respectiva guardia, y luégo condujeron desde el barrio de la Merced
hasta la plaza, un carro perfectamente iluminado, acompañado de
música, tambores y cohetes y de una escolta de fusileros. Llegado
que hubo el carro al frente de la Casa Consistorial, se hizo una
salva y se representó en el carro una loa en alabanza de los
monarcas, y luégo regresó en el mismo orden al punto de
partida.
El 28 por la noche se dispuso un paseo a caballo por toda la
ciudad; reunióse con tal objeto un concurso numeroso de nobles y
montañeses, presididos por los Alcaldes Ordinarios Don Nicolás de
Larraondo y Don Miguel de Barandica; llevaban todos ellos varas con
teas encendidas en los extremos, y recorrieron todas las calles con
la música, vivas al Rey, gritos de alegría, tambores y cohetes.
Terminado el paseo, Don Miguel de Barandica dio en su casa un
abundante refresco a toda la numerosa comitiva. A esa hora estaba
toda la ciudad iluminada, y con particular esmero la plaza mayor,
las casas del Ayuntamiento y la del Alférez Real; en multitud de
faroles se leían motes y vítores al soberano, escritos con variados
colores, y algunos muy ingeniosos. Esa iluminación duró por tres
días en toda la ciudad y por nueve en la plaza mayor.
El 29 a las doce del día se anunció la real proclamación con
repique general de campanas y abundancia de pólvora. El señor
Alférez Real dirigió ese día una esquela de convite, acompañada de
una medalla de plata, a todo sujeto notable, vecino o forastero; de
uno o de otro sexo; la medalla llevaba por un lado el busto del Rey
y por el otro las armas de la Ciudad con una inscripción en latín
que decía: "Manuel de Caizedo, que en otro tiempo proclamó
al señor Don Carlos III, y hoy al señor Don Carlos
IV".
Al día siguiente era la Jura.
Don Manuel mandó le trajeran de la hacienda el mejor caballo que
hubiera en ella, para que le sirviera en la ceremonia. Don Juan
Zamora le envió el de Daniel, que era de alta talla, de hermosa
figura, blanco y brioso y que estaba muy lozano, merced al largo
descanso y al esmerado cuidado; porque Don Juan no perdía la
esperanza de que Daniel pareciera, y quería sorprenderlo
presentándole su caballo en el mejor estado posible.
El 30 de Enero al amanecer estaba la ciudad engalanada en toda
su extensión; no había calle, ni casa, ni puerta ni ventana que
hubiera sido olvidada al tratarse de los adornos; por todas partes
se veían banderas, gallardetes, vítores e inscripciones. El buen
pueblo caleño manifestaba querer probar su lealtad y amor a su
soberano; aunque a la verdad lo que había era que cada vecino temía
aparecer poco entusiasta y algún tanto tibio, y llamar sobre sí la
atención de las autoridades.
En la plaza estaba dispuesto un tablado, cubierto con grande
alfombra y adornado de cortinajes de seda, simulando un salón
regio; y toda ella, rodeada de vistosos arcos y de palcos decorados
con primor; la casa del Ayuntamiento estaba lujosamente
,entapizada, y allí, en un rico trono y con una respetable guardia,
los retratos de sus Majestades; la casa del Alférez Real estaba
vestida de damasco carmesí y debajo de dosel y sobre cojines,
enarbolado el pendón que se había hecho para este acto solemne, del
mismo damasco, y con las armas reales por un lado y las de la
Ciudad por el otro, bordadas de oro y con sus flecos y borlas de lo
mismo; y allí también, debajo de pabellón real, pendía el retrato
del Monarca, ya sus lados, dos pinturas que representaban la Virtud
y la Razón en forma de hermosas doncellas. Un soneto, en grandes
letras manuscritas, explicaba la pintura.
A las dos de la tarde, un palafrenero tenía de la rienda el
caballo en que debía montar el Alférez Real, enjaezado con lujo
asiático; gran gualdrapa de paño de grana bordada de oro, con
flecos y borlas; la silla aforrada en terciopelo, con ricas
pistoleras, también de terciopelo y bordadas de oro, y en ellas dos
pistolas de media vara de largo con culatas de plata cinceladas; y
todos los demás arneses cargados de chapas y hebillas de oro.
Las señoras de la casa acudieron a las ventanas a ver la
multitud de caballeros que llenaban la plaza y que se dirigían a la
casa del señor Alférez Real; éste estaba vistiéndose, y mientras
tanto un palafrenero tenía, como hemos dicho, el caballo de la
brida, en uno de los corredores.
Entre las señoras de las ventanas no se veía a Doña Inés;
¿en dónde estaba?
Al pasar de un salón a otro había visto el caballo de Daniel y
no había podido contenerse; se detuvo y se puso a mirarlo, casi con
ternura, como aun antiguo conocido; y luégo, antes de que el
Alférez Real saliera de su cuarto, se acercó al manso corcel y le
pasó la mano por el cuello, agasajándolo; el caballo volvió la
cabeza, como a olerla; y ella, interpretando a su modo esa señal de
inteligencia del noble bruto, sintió que el corazón se le oprimía,
y precipitadamente se retiró a sus recámaras, con los ojos nublados
por las lágrimas.
A las dos y media de la tarde, un inmenso concurso invadió los
anchurosos patios de las casas del Alférez Real. Ese concurso se
componía del Ayuntamiento, esto es, del Teniente de Gobernador,
Alcaldes Ordinarios, Regidores Perpetuos, Alcaldes de la Santa
Hermandad y de los cuarteles, Alguaciles Mayores, Procurador
General, Administradores de Rentas Reales y otros empleados; y de
los patricios, todos personas notables, y de los forasteros que
habían concurrido de Cartago, Buga, Caloto y Popayán. Todavía no
existía Palmira; el sitio en donde está hoy esa ciudad, poblado
entonces por algunas casas pajizas, se llamaba Llanogrande. Todos
iban en magníficos caballos, enjaezados con oro o plata según la
categoría de los jinetes.
El Alférez Real vestido de terciopelo y oro, militarmente, se
incorporó a esa numerosa comitiva, y todos formados en orden, se
dirigieron a la iglesia de San Agustín. Allí los esperaba el
Maestro Don Manuel Camacho, Cura y Vicario Superintendente
interino, en nombre y representación del Doctor Don Juan Ignacio
Montalvo, que era el propietario y estaba todavía en Popayán.
El Cura Camacho bendijo el pendón con la ceremonia y juramento
acostumbrados y lo entregó al Alférez Real, como a representante de
su Majestad.
Al presentarse el Alférez Real en la plazuela con el pendón ya
bendecido, una compañía de Dragones, mandada por el Capitán de
Milicias Don José Micolta, y otra de Infantería, por el Doctor Don
Luis de Vergara, le hicieron las salvas de ordenanza con una
descarga de fusilería.
A los lados del Alférez Real se colocaron Don José Antonio de
Lago, Teniente de Gobernador en Cali, y Don Vicente Serrano,
Teniente de Gobernador de Buga, y asieron las borlas del pendón;
iban además allí dos Reyes de Armas y dos criados con librea
azul.
En marcha regular y en orden imponente siguió ese numeroso
concurso calle abajo, hasta la esquina de Eugenio Zapata; de allí
cruzó ala de Joaquín Rodríguez, y luégo tomó la calle arriba hacia
la plaza mayor.
Llegado que hubieron a la plaza, el Alférez Real acompañado de
los Tenientes de Gobernador y de los Reyes de Armas, subió al
tablado y enarboló el pendón.
Puesta la Ciudad a caballo
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, los Reyes de Armas impusieron silencio a la
multitud con las palabras de estilo: "Silencio: oíd,
escuchad, atended".
Entonces el Alférez Real, tremolando el pendón, dijo en alta y
sonora voz: Oídme, todos;
|Castilla, Castilla, Castilla, Cali,
Cali, Cali, por el Rey Nuestro Señor Don Carlos Cuarto .
A esta proclamación contestó la multitud con vivas y
aclamaciones repetidos, en medio de la música, tambores, clarines,
pífanos, chirimías, repiques de campanas, descargas de fusilería y
abundante cantidad de pólvora.
La música estaba colocada en medio de la plaza, en un alto
árbol, como de fragata, con tres copas o balcones, y con
barandillaje de lienzos pintados; en la cima había dos grandes
banderas de tafetán cuarteadas y muchos gallardetes; invención
propia (dice el acta) del notorio ingenio del señor Alférez
Real.
Entre tanto el Alférez Real y los dos Reyes de Armas, arrojaban,
todos a una, dinero sobre la multitud, en monedas de a dos reales,
de a real y de a medio, tomándolo de grandes talegos que sostenían
varios criados, y esto duró largo rato.
De allí se dirigieron a la Casa Consistorial en donde repitieron
la misma proclamación y volvieron a regar dinero sobre la multitud,
"por mucho tiempo que allí se mantuvieron".
En seguida se encaminaron a la casa del señor Alférez Real, en
donde los esperaba un suntuoso refresco en increíble abundancia,
pues se había preparado en cantidad bastante para ese innumerable
concurso, el cual se aumentó con todo el señorío de la ciudad que
había sido convidado. Las mesas se cubrieron repetidas veces.
La plebe invadió patios y corredores y participó del refresco; y
además, a los que no pudieron entrar por falta de espacio, se les
sirvió en la calle; frente a la puerta principal se había
construido una pila que por diferentes tubos arrojaba vino
generoso; del cual tomaban todos los concurrentes, en vasos de
cristal puestos allí al efecto; y se les arrojaba, desde los
balcones, panes, bizcochuelos, dulces, queso, frutas y de todo
cuanto se servía adentro a la nobleza. Allí mismo, en la calle, se
había colocado una cucaña cargada de los mismos manjares, para
diversión de los muchachos, que pronto dieron cuenta de ella.
A las siete de la noche terminó el refresco ya las ocho comenzó
el baile, para el cual había convidado de antemano el Alférez Real
a toda la nobleza.
La casa estaba lujosamente adornada; grandes espejos con marcos
dorados, sillas a la inglesa, de terciopelo con flecadura de oro y
alto respaldo, arañas de cristal, guardabrisas y cornucopias, todo
esto muy nuevo y raro entonces, cortinas de damasco de seda en
puertas y ventanas, recogidas con cordones de seda y borlas de oro.
Entre tanto lujo, el aparador representaba un gran papel; veíase
allí la vajilla de plata, platos, platillos, fuentes, jarros,
tachuela, y sobre todo gran cantidad de piezas de porcelana
legítima de China, de fondo blanco leche trasparente, con flores de
hermosos colores vivos.
De la misma manera que la gran sala de baile, estaba adornada e
iluminada toda la casa.
Las puertas de la calle estaban abiertas para todo el mundo,
porque era noche de fiesta, de alegría y movimiento popular.
Entre las siete y las ocho hubo fuerte altercado entre el
Alférez Real y su pupila; él quería que concurriera al baile y ella
suplicaba la excusara de semejante sacrificio. Las hijas de Don
Manuel estaban ya vestidas y ella permanecía con el vestido común
con que había hecholos honores de la mesa en el refresco, como
dueña de casa los honores de la mesa en el refresco, como dueña de
casa.
-Ten en cuenta, le decía él, que yo doy este baile en honor de
su Majestad el Rey Nuestro Señor (que Dios guarde) y sería muy
notable que una de las principales personas de mi casa faltara a
él.
-Pero, señor, contestaba ella, yo ya me he despedido del mundo;
mi propósito de entrar de monja no es un juego, sino resolución muy
seria.
-Recuerda que has convenido en esperar hasta el mes de Julio,
plazo que te he exigido yo para que haya tiempo de probar la
solidez de tu vocación; y esa solidez no puede probarse si
permaneces siempre encerrada y retraída de la sociedad. Para que tú
misma te convenzas de si tu vocación es perfecta, es preciso que te
expongas hasta a las tentaciones.
-¿Tentaciones a mí, padrino? ¡Ay!
¡Mi corazón está muerto!
-Como quiera que sea, yo te lo suplico, y, si es necesario, te
lo ordeno en nombre de tu padre, a quien represento. Déjate ver un
rato siquiera en el baile, y te permito que te retires
temprano.
Doña Francisca y sus hijas estaban presentes; la primera,
temiendo algún exceso de! carácter irritable de su marido, rogaba a
Doña Inés en voz baja condescendiera con la justa exigencia de
aquél. Doña Inés, que hasta entonces había resistido como si fuera
un cadáver a quien nada importa nada, se ablandó con los ruegos de
su madrina y dijo:
-¡Qué he de hacer! Obedeceré.
Al instante cayeron sobre ella las muchachas a desvestirla para
ponerle los lujosos trajes de fiesta. En un momento estuvo
resplandeciente de oro y pedrerías, y reunida a sus compañeras
salió a la sala del baile.
A esa hora estaba ya cubierto el tálamo, como se decía entonces,
de señoras; y por los vastos salones paseaban los caballeros,
vestidos ellos y ellas con unlujo que podía llamarse oriental.
Entre los convidados estaba Don José Micolta y su mujer Doña
Luisa de la Flor; Don Juan Antonio Dorronsoro con la suya, Doña
Mariana Obertín, señora francesa, que había venido de Bayona al
Nuevo Reino de dama de honor de la Virreina esposa del Virrey
Flores y se había casado en Santafé y había llegado hacía poco
tiempo a esta ciudad con su esposo que era Administrador de la
Renta de Aguardiente; Don José Borrero con su esposa Doña Josefa
Costa; Don José Vernaza con Doña Manuela Flor su mujer, Don Luis de
Vergara, Don Andrés Camarada, Don José Joaquín Yanguas, Don José
Antonio de Lago, Don Andrés Francisco Vallecilla, todos estos
empleados del Rey, y otros muchos caballeros, forasteros y
patricios.
Para que se conozca la moda de aquel tiempo nos bastará
describir el vestido de una pareja; entre todas las damas
presentes, sobresalía por su belleza, por la dignidad de su porte y
por la riqueza del vestido, Doña Inés de Lara; llevaba falda de
brocado carmesí con grandes flores de oro, de tres altos, esto es,
que sobresalía mucho, por el relieve, regularmente ancho y
suficientemente alto para dejar ver el pequeño pie calzado con
zapatos de raso bordados, del mismo color del traje, y medias
blancas de seda; jubón de la misma tela que el faldón ajustado a la
cintura, y con dos cortas faldas abiertas por delante y bolsillos
con galones de oro en cada una; las mangas, angostas arriba y
anchas por abajo, llegaban hasta el codo y de debajo de ellas
salían blancos encajes de seda; la parte más alta del pecho quedaba
al descubierto. Traía al cuello lo que se llamaba un
|ahogador de perlas finas con una pequeña cruz de oro
adelante; zarcillos pequeños, cada uno de un diamante grueso
engastado en oro. El peinado era lo que se llamaba castaña, que
consistía en recoger el cabello atrás, atado con lazos de cintas en
forma de castaña y asegurado con un alfiler de oro, que llamaban
|punzón, y polvos blancos en el cabello. No llevaba guantes,
que eran poco usados, y sí un pañuelo de fina holanda en la mano, y
gruesas ajorcas de oro en las muñecas, que pesaban más de cuarenta
castellanos, pues tál era el uso, adornadas con diamantes,
Las demás señoras vestían poco más o menos lo mismo, con sólo la
diferencia del color del brocado, del raso o del terciopelo, pues
los había azules con flores de plata y también blancos con flores
de oro; y de la mayor o menor abundancia de joyas, entre las cuales
resplandecían los diamantes y las esmeraldas,
Don Manuel de Caicedo vestía casaca de terciopelo azul de
grandes faldas que llegaban hasta las pantorrillas, con alamares de
oro; las solapas eran de raso color de grana y los forros de las
faldas de raso azul; las mangas terminaban en puños vueltos de
terciopelo color de grana con anchos galones de oro; los botones
eran de oro y los ojales bordados del mismo metal. La llevaba
abierta de arriba abajo. El chaleco era de tisú, tela finísima
tejida toda de oro, y con bordados, y era muy largo; de la cintura
para abajo se abría en dos cortas faldas. El calzón corto, de
terciopelo carmesí, terminaba en la rodilla y allí se aseguraba con
charnelas en hebillas de oro; medias de seda encarnadas, que
dejaban ver la bien formada pantorrilla, y zapatos con hebillas de
oro, yen las hebillas grabadas las armas de la familia. El chaleco
abierto en la parte alta del pecho dejaba salir una chorrera de
encaje blanco de seda, que bajaba desde el cuello hasta la mitad
del pecho; corbatín blanco, y el cuello de la camisa de fina
holanda, doblado sobre el corbatín.
El cabello, como el de las damas, estaba polvoreado.
El vestido de los demás caballeros, era semejante al que dejamos
descrito, con la diferencia de los colores. Los vestidos de las
señoras de ese tiempo sirven hoy para adornar las estatuas de los
santos en las iglesias; y los chalecos y las pistoleras, sirven de
palias. Como una curiosidad hacemos notar que el vestido de brocado
carmesí con flores de oro con que se viste la estatua de Nuestra
Señora del Rosario en Santa Rosa en su fiesta clásica, era el que
llevaba esa noche del baile Doña Luisa de la Flor, esposa de Don
José Micolta.
Los músicos se colocaron en un largo escaño, en elcorredor,
frente a la puerta de la sala. Esa música consistía en dos arpas,
dos flautas y dos violines, acompañada por el ruido del pandero y
del alfandoque y por el remo que se hacía en la caja del arpa. El
maestro Zapata era el Jefe de la orquesta y tocaba una de las
arpas; la otra estaba en las hábiles manos de un negro joven,
discípulo de Zapata, llamado José Ruiz, que después, cuando viejo
fue conocido con el sonoro apodo de
|tío Cambímbora .
El baile comenzó desde un principio con mucha animación, porque
en la cabeza de todos bullían aún los humos del refresco. En la
primera parte de la noche no se bailó otra cosa que el bambuco,
baile común de nobles y plebeyos.
En los intervalos de pieza a pieza los caballeros conversaban
con las señoras; y los jóvenes célibes, que eran muy pocos y
ninguno menor de veinticinco años, pues hasta esa edad eran
considerados como hijos de familia, galanteaban a las muchachas
solteras, que tampoco eran muchas. Entre éstas la más feliz era
Doña Josefa, cuyo novio Don Nicolás Larraondo, cumplido caballero,
le tributaba toda clase de atenciones.
Doña Inés sufrió al principio con resignación estoica los
galanteos un tanto vulgares de dos o tres jóvenes que se
manifestaban locamente prenda dos de ella y que en efecto lo
estaban, aunque la veían triste y silenciosa, pálida y un poco
enflaquecida; porque ¡Cosa particular!, a ellos les
parecía más hermosa y más interesante así, que cuando en mejores
días rebosaba salud. Esos bellísimos ojos aterciopelados y húmedos,
despidiendo luz melancólica, hacían más estrago en los nobles
mancebos, que cuando en tiempos mejores brillaban de felicidad y
daban lugar a la esperanza.
Las personas de alguna ilustración que había en la ciudad eran
contadas, y ésas o estaban casadas o pertenecían a la iglesia; los
jóvenes que seguían carrera literaria o científica, estaban en
Santafé o en Quito, o por lo menos en Popayán, haciendo sus
estudios
Esos mancebos, pues, que figuraban en el baile, no tenían
cultura alguna, ¿ni cómo pudieran tenerla, si no habían
hecho estudios de ninguna clase; si no había roce posible entre
ellos y las jóvenes casaderas; si cuando iban de visita a una casa
en donde había muchachas, eran los padres quienes recibían la
visita; si no eran convidados a los rarísimos bailes que solía
haber en las pascuas, porque su presencia en ellos habría sido una
falta de respeto a los mayores.? No había gusto por la lectura, ni
había otros libros que los de devoción, si se exceptúan el
|Don
Quijote y el
|Gil Blas de
|Santillana. En
contraposición a esto, Doña Inés era una señorita espiritual, de
claro talento, de exquisita educación, que había aprendido de sus
padres, que eran de Santafé, el fino trato social de la Corte.
Esos jóvenes, sin embargo, hicieron su deber a su modo, con el
valor que les comunicaba el vino del refresco. Doña Inés oyó
pacientemente sus floreos de mal gusto, sus elogios hiperbólicos y
sus comparaciones exageradas.
A tiempo que pasaba por allí Don Manuel conversando con Don José
Micolta, decía uno a Doña Inés:
-¡Qué linda está usted! ¡Tan parecida a mi
Señora de las Mercedes!
Doña Inés llamó a Don Manuel y le suplicó la condujera a sus
aposentos. Eran las doce de la noche.
Una vez allí, le dijo:
-Padrino, ya le di gusto en asistir al baile; ahora le ruego me
permita retirarme, porque no me siento bien; me duele un poco la
cabeza.
-Bien, hija, puedes retirarte; ahora es diferente, pues todos te
han visto en la fiesta.
Doña Inés llamó a su recamarera y se encerró en aquel mismo
aposento en donde había estado enfermameses antes y en donde Daniel
había velado junto a su lecho durante muchas noches. Ese aposento
quedaba muy retirado de la sala del baile.
Luégo que se quitó esos pesados y sofocantes vestidos de gala y
esas joyas, se sentó en una poltrona y comenzó a meditar en todo lo
que había visto y oído esa noche.
Ninguno de esos galanes almibarados que la habían asediado,
pensaba ella, valía lo que Daniel, ni en la figura, ni en el porte,
ni en el talento, ni en la educación, ni en los modales. El hermoso
Daniel, como amante de ella, había sido tímido y circunspecto,
incapaz de una palabra irrespetuosa, ni de una acción imprudente,
ni de un elogio vulgar.
De repente, dándose cuenta de su situación y del objeto en que
estaba pensando, se dijo: ¿para qué me entretengo en
acariciar seductoras quimeras? Yo he de ser en breve la esposa del
Señor y desde ahora todo afecto mundanal es ya un sacrilegio.
¡Pero no! Que me permita el divino esposo recordar a ese
infeliz mancebo que tan apasionadamente me amó; si este dulce
recuerdo ha de ser más tarde un gran delito, hoy todavía no lo es,
y yo pensaré en él lícitamente hasta el día en que se cierren
detrás de mí las pesadas puertas del convento. ¡Sí, las
puertas del convento! Como se cierran las olas sobre la cabeza del
que se ahoga .
Mientras Doña Inés revolvía en su imaginación estos tristes
pensamientos, los convidados fueron conducidos por Don Manuel aun
salón interior en donde estaba preparado un abundante refresco y en
donde reanimaron sus fuerzas y su buen humor con los exquisitos y
generosos vinos de España. A los señores y señoras de edad se les
sirvió chocolate, a petición de ellos.
Después del refresco continuó el baile con mayor furor; los
caballeros estaban locuaces y las señoras complacientes; los
corredores y el patio estaban llenos de gente, no sólo de la plebe
sino también de nobles pobretones que no habían sido
convidados.
Pronto dejaron el bambuco para bailar contradanzas, baile nuevo
importado de Francia, en el cual eran muy diestros Don Juan Antonio
Dorronsoro y su mujer; y
|torbellino y
|punto y
|minué.
A la madrugada, rendidos de bailar, rogaron a Doña Josefa que
cantara, porque todos sabían que tenía linda voz y que sabía las
canciones de moda entonces. Ella se prestó sin dificultad, y
acompañada de las flautas y del maestro Zapata que
|le hacía
segunda y que era el maestro de clave de las muchachas nobles,
los entretuvo hasta que rayó el día.
A esa hora se disolvió la reunión y cada familia se dirigió a su
respectiva casa, no a dormir, sino en busca del almuerzo, para
asistir después a la fiesta de iglesia que hacía parte del
programa.
A las nueve se celebró la misa solemne en la iglesia de San
Francisco, con asistencia del Ayuntamiento, de las comunidades
religiosas y de todo el señorío, y en seguida de la misa se cantó
el Tedéum.
A las doce dio el Alférez Real un espléndido banquete, al cual
concurrió toda la nobleza de uno y otro sexo.
Por la tarde, se jugaron diez toros en la plaza (ese era el
número fijado por el Ayuntamiento), y se terminó la fiesta del día
con varias danzas muy costosas y bien ejecutadas por jóvenes
lujosamente vestidos.
Por la noche hubo fuegos artificiales, e hicieron parte de éstos
cinco castillos colocados uno en cada esquina y otro en el centro
de la plaza. Después se representó una tragedia, la Raquel, con
entremeses en los entre-actos, y contradanzas ejecutadas por
niños.
La representación de la tragedia arrancó frenéticos aplausos; al
morir Raquel. "se vieron salir patentemente las plumadas
de sangre de su pecho. a cuyo aspecto (dice el acta) todos los
espectadores se deshicieron en amargo llanto". Los buenos
de nuestros abuelos estaban todavía novicios en esto de ver
derramar sangre humana; yen materia de teatro, no habían visto
otras piezas que las llamadas
|coloquios, que eran apenas el
embrión de la comedia y del drama.
Las fiestas duraron hasta el 8 de Febrero, con la misma
esplendidez que el primer día, con alboradas, toros a mañana y
tarde, danzas, paseos a caballo, fuegos artificiales, máscaras,
representaciones teatrales, banquetes y refrescos.
De todo esto extendieron una acta los escribanos Don Manuel de
Victoria y Marcelo Rozo, con fecha 26 de Febrero de 1790, para
remitirla en copia a su Majestad, a fin de que supiera todo cuanto
por acá se había hecho en su honor.
En esa acta, que ha visto la luz pública, llaman la atención del
lector algunas circunstancias, tales como el alarde que hacen los
escribanos de que en la muerte de Raquel se vieron patentemente las
plumas de sangre; la descripción del aparador de la casa del
Alférez Real, que dicen "estaba lleno de uniforme y fina
loza de China"; la intención que revelan dichos escribanos
de querer captarse las simpatías y el cariño del Alférez Real, a
quien describen ventajosamente diciendo; que "iba en el
paseo ricamente aderezado, en un caballo blanco de buen aire;
enjaezado todo de oro, con vestido azul, con bordados riquísimos
del mismo y agradable gallardía, bien puesto"; y que
"tremoló el pendón diciendo en alta y airosa voz las
palabras de estilo"; y por último, que
"preguntado dicho señor Alférez Real cuánto había sido el
costo de esa suntuosísima fiesta, contestó; que como fue plata que
gastó tan a su gusto, no llevó cuenta de ella".