Las sesiones del Ayuntamiento
Doña Mariana Soldevilla amaba a Daniel con el entrañable amor de
una madre, porque ella lo había criado y lo consideraba no sólo
como hijo suyo, sino como hijo único.
Si todos los demás se habían cansado ya de hacer diligencias
para descubrir el paradero de Daniel, ella no se confesaba vencida,
y continuaba dando todos los pasos que le sugería su imaginación
para obtener algún resultado, próspero o adverso.
Importunaba a los Alcaldes Ordinarios, que eran Don José Micolta
y Don Ignacio Lourido; al Procurador General y Padre de Menores,
Don Jaime Antonio Martínez de Santibáñez; a los Alcaldes de Santa
Hermandad, Don José Ignacio Arizabaleta y Don Francisco
Sinisterra; acudía adonde el mismo Teniente de Gobernador, Don José
Antonio de Lago, Un día iba adonde uno, otro día adonde otro, sin
obtener la menor noticia ni el más ligero indicio de la suerte de
su hijo adoptivo. Quien más la consolaba era el Padre Escovar, que
la exhortaba a tener confianza en Dios ya no dudar de la
Providencia Divina. Pero el Padre no se limitaba a simples
exhortaciones, sino que hacía por su parte cuanto le era posible
para descifrar ese enigma, poniendo en juego su grande influencia y
sus muchas relaciones.
El 23 de Octubre de ese año presentó Doña Mariana al Concejo un
memorial, redactado por el Padre Escovar, que era abogado, en que
se quejaba de la súbita desaparición de su hijo adoptivo e
imploraba el auxilio de las autoridades para la averiguación de ese
acontecimiento misterioso.
El Concejo se había reunido ese día para deliberar acerca del
contenido de un pliego que le había dirigido el Gobernador de
Popayán Don José de Castro y Correa, en que disponía que la ciudad
celebrara fiestas reales por la coronación de Carlos IV, y que
jurase a dicho nuevo Rey y alzase el pendón en su real nombre. Ya
desde el mes de Abril anterior había recibido el Concejo una Real
Cédula en que se le comunicaba la muerte del Rey Carlos III y la
exaltación de su hijo Carlos al trono de España; y otra en que se
ordenaba que se le guardara luto al Rey muerto.
El Alférez Real fue comisionado, en asocio de otros miembros del
Concejo, para hacer el programa de esas fiestas, que debían ser
espléndidas y dignas de su objeto.
En seguida fue leído y considerado el memorial de Doña Mariana.
Pero como los Padres Conscriptos habían hecho ya toda clase de
diligencias para descubrir el paradero de Daniel, en toda la ciudad
y su jurisdicción, sin ningún resultado favorable, comunicaron esto
a la querellante prometiéndole que continuarían en sus pesquisas
hasta descubrir ese arcano. Al efecto, ese mismo día, a moción del
Alférez Real, libraron exhortos a las Justicias de las otras
ciudades del Valle, con las señales del desaparecido, para que
indagaran por él, cada una en su respectivo territorio.
Ocho días después celebró nueva sesión el Concejo para
considerar el programa de las fiestas reales, presentado por la
comisión. El programa era verdaderamente fastuoso y fue aprobado
unánimemente con admiración y con aplauso; en él se disponía que la
Jura se efectuara el30 de Enero del año siguiente de 1790, y que
las fiestas duraran por nueve días. El Concejo se tomaba todo ese
plazo a fin de poder hacer holgadamente los muchos preparativos que
el programa exigía; ya fin de que llegara a conocimiento de todos
los vecinos, para que cada uno llenara su deber por su parte,
"mandó romper bando a usanza militar", y que el
programa se leyera en toda la ciudad con la solemnidad del
caso.
El 1°. de Enero de 1790 se reunió el Concejo en sesión
ordinaria para hacer la elección de nuevos empleados, informarse
del estado en que se hallaban los preparativos de las fiestas y
despachar varios asuntos que había sobre la mesa, entre éstos las
respuestas a los exhortos relativos a Daniel.
Nombraron de común acuerdo para Alcalde Ordinario de primer voto
o primera nominación a Don Nicolás del Campo y Larraondo, y para
segundo a Don Miguel de Barandica; para Procurador General y Padre
de Menores, a Don José Vernaza; para Alcaldes de la Santa
Hermandad, a Don Francisco Sánchez Vivas ya Don Francisco Escovar;
para Mayordomo de la Ciudad, a Don Cayetano Camacho; y para Alcalde
del partido de Roldanillo, a Don José Joaquín Dromba. Estos
nombramientos fueron aprobados por el Teniente de Gobernador Don
José Antonio de Lago.
Tres años antes, en Julio de 1787, había estado en Cali en
visita oficial el Gobernador de la Provincia Don Pedro de Becaria y
Espinosa, y había ordenado se dividiera la ciudad en cuarteles y se
nombrara Alcalde para cada uno de ellos. Se dividió en cuatro
barrios en esta forma; la calle que comienza de donde está hoy el
puente, hasta la carnicería; y la calle que parte de la plaza de
San Nicolás y pasa por la iglesia de San pedro, hasta la capilla de
San Antonio.
Los nombres de esos barrios o cuarteles eran; el del Patriarca
San Francisco; el de Nuestra Señora de las Mercedes; el del Gran
Padre San Agustín; y el de San Nicolás de Mira.
En esa sesión de que venimos hablando eligieron para Alcaldes de
barrio en el orden en que quedan nombrados, a Don Francisco
Espinosa, Don Juan Antonio Cagiao, Don Vicente Vernaza y Don José
Borrero.
A todos estos nuevos empleados tocaba ejecutar el programa de
las fiestas reales que debían comenzar el 30 de Enero.
Hechos, pues, los nombramientos, los Padres Conscriptos se
dieron mutuos informes sobre los preparativos de las fiestas, y
convinieron en que ya nada había qué hacer, pues todo estaba
previsto y ordenado.
Abrieron luégo los pliegos que se habían recibido de varias
ciudades del Valle, relativos a la averiguación del paradero de
Daniel. Uno de esos pliegos estaba fechado en la ciudad de San
Esteban Protomártir de Caloto; otro, en la ciudad de los Caballeros
de la Señora Santa Ana de Anserma; los otros eran de Buga, Toro y
Cartago, y en todos se le daba al Cabildo el tratamiento de
|Usía
Muy Ilustre.
Los Alcaldes de esas ciudades estaban acordes en asegurar que
por sus respectivas jurisdicciones no había sido vista persona
alguna que reuniera las señales que se daban de Daniel; examen
tanto más fácil de practicarse, cuanto que eran rarísimas las
personas forasteras que se aparecían en dichas ciudades.
Los señores del Concejo no sabían cómo explicarse esa misteriosa
desaparición. El Alférez Real se impacientaba en vista de la
inutilidad de sus esfuerzos, y se manifestaba directamente ofendido
en su persona y en sus privilegios, puesto que Daniel era su
Secretario privado y pertenecía por lo tanto a la servidumbre de su
casa. Expuso él, antes que todos, que desde el día en que Daniel
había desaparecido, no había cesado de hacer diligencias para
encontrarlo; que sus criados habían explorado, por su orden, la
hacienda de Cañasgordas y toda la comarca, sin dejar hacienda,
alquería o cortijo que no hubiera sido visitado; ni lomas, llanos,
vegas de los ríos y bosques bravos que no hubieran sido
recorridos.
Los demás miembros del Ayuntamiento manifestaron que también por
su parte habían hecho activas diligencias y por muchos días, sobre
el mismo asunto, sin obtener resultado alguno. Que ellos creían que
Daniel había sido asesinado; que él tal vez tendría algún enemigo
oculto; que ese enemigo sabría sin duda que Daniel transitaba el
camino de Cali a Cañasgordas todos los sábados entre diez y once de
la noche; que pudo apostarse en alguno de los puntos del camino
limitados por bosque espeso y que desde allí, a quemarropa y sobre
seguro, le habría disparado una arma de fuego; que el jinete habría
caído muerto de redondo y que el caballo espantado habría huido en
dirección a su dehesa antes de que el herido hubiera tenido tiempo
de manchar la montura con su sangre; que el asesino habría
arrastrado el cadáver adentro del bosque y lo habría sepultado,
cubriendo después cuidadosamente las señales de la sepultura y
borrando las huellas que hubiera podido dejar la sangre. Aseguraron
que en su concepto, ése habría sido el fin de Daniel, y esa
explicación la única admisible, atendido lo infructuoso de sus
tentativas para encontrarlo en tanto tiempo.
El Alférez Real replicó haciendo notar que el asesinato era un
crimen rarísimo en la ciudad de Cali y su partido; que se pasaban
años y años sin que hubiera que deplorar un delito de esa
naturaleza; y que no se asesinaba así tan fácilmente a un súbdito
fiel de su Majestad sin que el asesino cayera inmediatamente bajo
el peso de la ley.
Los concejales contestaron que era más fácil asesinar a un
hombre en una encrucijada tarde de la noche y sepultarlo sin dejar
señales del delito, que sustraerlo vivo del seno de la sociedad y
mantenerlo preso y oculto durante seis meses. Que si Daniel
viviera, habría dado noticias de su existencia por un recado, por
una carta o por cualquier otro medio, a su madre o a su Señoría el
Alférez Real mismo, ya qué no hubiera podido fugarse.
El Alférez Real no tuvo que replicar a estas juiciosas
observaciones.
Dando por terminado ese asunto, pusieron en posesión a los
nuevos empleados, que habían sido llamados por el Portero con ese
objeto. El Ayuntamiento quedó renovado sólo en parte, pues los
Regidores Perpetuos eran miembros inamovibles y quedaban figurando
en el Concejo.
Y puesto que estamos recorriendo en nuestro relato aquella época
ya lejana, el lector que no hubiere hojeado las actas capitulares
de esos tiempos, no llevará a mal que le digamos, a grandes rasgos,
cómo se formaba el Cabildo, cuál era su poder y qué cosas
hacía.
El Muy Ilustre Concejo Municipal, o Ayuntamiento o Cabildo, que
todos estos nombres tenía, se componía de los dos Alcaldes
Ordinarios, los Regidores Perpetuos que eran dos o más, y el
Procurador General y Padre de Menores. Las elecciones que esta
Corporación hacía, eran aprobadas por el Teniente de Gobernador de
la Ciudad. Éstos constituían el
|quorum indispensable. A
veces concurrían el Fiel Ejecutor, el Depositario y los Alguaciles
Mayores.
La autoridad del Concejo era formidable; él reunía en sí los
poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y por eso se daba el
nombre de "Cabildo, Justicia y Regimiento".
Celebraba sesiones una vez por semana; hubiera o no asuntos qué
despachar .
Las actas comenzaban invariablemente en esta forma:
- "En la muy noble y leal ciudad de Santiago de Cali, a
tantos días de tal mes y año, los señores de este Ilustre Cabildo,
Justicia y Regimiento, juntos y congregados en la sala de su
Ayuntamiento, como lo han de uso y costumbre, para tratar y
conferir las cosas del servicio de ambas Majestades, bien y
utilidad de esta República, y en especial para tal
asunto".
Si no había negocios qué despachar, se extendía el acta para
decir eso, y la firmaban todos y la autorizaba el Escribano del
Cabildo.
En las sesiones del mes de Enero había todos los años dos
asuntos importantes que era forzoso despachar de preferencia; éstos
eran; el nombramiento de los nuevos empleados y el abasto de carne
para la ciudad. El Concejo designaba de entre los dueños de
ganados, los individuos que debían abastecer la carnicería, semana
por semana; durante todo el año. Pero no se pesaba ganado sino dos
días, que eran los martes y los sábados, y en cada uno de esos
días, diez y seis reses buenas. Se fijaba el precio de la carne,
que en el tiempo a que nos referimos era a cinco reales la arroba,
porque había escasez de ganado.
Despachados estos dos negocios que eran de tabla, las demás
sesiones del año tenían por objeto oír solicitudes, administrar
justicia y dictar providencias especiales de actualidad, con el
nombre de
|autos de
|buen gobierno, véanse como muestra
las siguientes, tomadas de las actas capitulares:
Don Vicente Serrano presenta unos documentos para probar la
limpieza de su sangre.
Don Manuel Camacho pide al Cabildo una certificación sobre la
distinción de su familia y sobre los empleos que ha ejercido.
Se dicta una orden para que Don Ignacio González Arce no cargue
bastón.
Se manda, en obedecimientos de orden del Virrey, que se invigile
a los extranjeros y no se permita que comercien ni se casen.
Se da orden para que el carpintero Manuel Castro no haga un
viaje que tenía necesidad de hacer, porque Don Juan Antonio Monzón
dice que ese carpintero hace falta en la ciudad.
El Obispo Don Ángel Velarde anuncia que va a practicar una
visita a los pueblos del Chocó, por la vía de Juntas del Dagua
(49); y el Cabildo manda que todos los dueños de mulas procedan a
componer el camino, porque ellos son los que sacan utilidad de tal
composición.
La langosta invade la jurisdicción de Cali, y manda el Cabildo
que todos los vecinos salgan a matar dicho insecto que había caído
en las afueras de la ciudad, bajo la multa de dos patacones los que
no obedecieran; pero que los pobres que no tuvieran cómo pagar la
multa, sufrieran en su lugar veinticinco azotes.
Se dicta auto de buen gobierno por el cual se manda que todos
los forasteros vagamundos salgan de la ciudad en el término de ocho
días, bajo pena de presidio y se prohíbe a los vecinos darles
posada por más de tres días .
Basta lo que antecede como muestra de las providencias que
dictaba el Cabildo.
En cuanto a los miembros que componían el Muy Ilustre Concejo,
todos ellos eran, en lo general, vecinos honrados, propietarios, de
buena fe, de pocas luces y nobles.
Dos hombres de carácter sobresalen entre los concejales de aquel
tiempo, que merecen especial mención.
Era el primero, el señor Alférez Real, el más noble, más rico y
más ilustrado de todos ellos; que había recibido mercedes
especiales del Monarca y Cédulas Reales en favor de su familia; que
era un pequeño rey en la ciudad y cuyo dictamen era decisivo en
todo asunto público; que era el alma del Concejo, en el cual se
hacía siempre su voluntad. Así lo informó Don Andrés Camarada a la
Audiencia de Quito. Era Don Andrés Alguacil mayor y Alcaide de la
Cárcel, y fue promovido al puesto de Regidor Perpetuo. Al entrar en
el Concejo, tuvo una discusión con el Alférez Real a quien parece
que contestó con poca reverencia; el Alférez Real mandó ponerlo
preso, pero él se fugó de la prisión y se ocultó y encargó a su
mujer de la custodia de la Cárcel; el Concejo depuso a esa señora y
nombró otro Alcaide. Entonces Don Andrés no pudo aguantar más y
marchó volando a Quito y se presentó en la Audiencia, ante la cual
se quejó de que el Alférez Real era el señor absoluto en el
Ayuntamiento de Cali, que allí no se hacía más voluntad que la
suya; y que lo había cogido entre ojos y
|lo afligía ,
habiendo llegado hasta el extremo de quitarle a su mujer las llaves
de la Cárcel, para privarla de los dos reales que pagaban los
presos que salían libres. La Audiencia amparó a Don Andrés contra
el Ayuntamiento.
El segundo era Don José Fernández de Córdoba. Parece como que
Dios creó
|ad hoc a este individuo, para ponérselo por
delante al Alférez Real a fin de que le probara la paciencia.
Era este señor un español de noble calidad, rico, de carácter
rígido hasta la exageración, y testarudo y caprichoso.
En el mes de Marzo de ese año de 1790 fue nombrado Alcalde Mayor
Provincial, empleo de gran categoría, que le daba derecho a ser
Presidente del Concejo y de aprobar o improbar las elecciones que
éste hiciera.
Apenas entró Don José en esa honorable Corporación,se acabó la
antigua armonía que había reinado siempre en ella .
Al principio trataron los concejales de ser complacientescon él
en cuanto quería; pero pronto vieron que su complacencia era
trabajo perdido.
En la primera elección que hubo que hacer de Alcalde Ordinario,
los concejales presentaron diferentes candidatos, ya todos ellos
les puso tacha. Cansados al fin de tanto discutir, lo autorizaron
para que eligiera él al individuo que fuera de su agrado.
-¿Aprobarán, pues, sus señorías el nombramiento que
yo haga? preguntó Don José.
-Sí, señor, lo aprobamos de antemano.
-¿Quieren, pues, que sea Alcalde Ordinario Don Juan
Manuel Rodríguez?
-Sí, señor, con mucho gusto lo aprobamos por nuestra parte.
-Eso se quisieran sus señorías: ¡pues no ha de ser
ése!
y siguió una discusión interminable.
Y esto sucedió en las elecciones de cada año durante el tiempo
que Don José fue Alcalde Mayor Provincial.
En 1 79 1 improbó el nombramiento que el Concejo hizo de Don
Joaquín Gómez para Alcalde de Barrio. Pero como los Concejales se
habían dejado ya de contemplaciones con su caprichoso presidente,
insistieron y apelaron al Gobernador de la Provincia Don Diego
Antonio Nieto. El Gobernador ordenó a Don José aprobara el
nombramiento hecho en Gómez, conminándolo con penas severas
"si continuaba dando escándalos en el
Concejo".
En 1792 improbó la elección que se hizo en Don José Vernaza para
Alcalde Ordinario; hubo apelación al Gobernador; el Gobernador le
intimó aprobara la elección. pero Don José resistió la orden y fue
preciso conminarlo con la multa de quinientos patacones para que
obedeciera .
En 1793 eligieron los concejales para Alcalde Ordinario a Don
Miguel Umaña, natural de Tunja, residente en la ciudad. Era este
sujeto un hombre muy notable y muy rico. Hacía veinte años que se
había avecindado en Cali y se había captado la estimación y el
respeto de todos, porque era de muy bello carácter, benévolo,
generoso, caritativo, pronto siempre a socorrer toda necesidad, a
pagar toda contribución ya colaborar para toda obra de utilidad
común. Don José improbó el nombramiento, fundándose en que Umaña no
era vecino. Los concejales le hicieron notar que hacía más de
veinte años que residía en Cali con su familia, que tenía aquí
propiedades y que había soportado siempre todos los cargos
municipales. Don José no quiso oír razones y sostuvo su
improbación; el Cabildo apeló para ante el Gobernador de la
Provincia; el Gobernador mandó a Don José que diera posesión a
Umaña del destino de Alcalde; Don José resistió y dijo que
"apelaba para ante la grandeza del señor Virrey del
Reino"; y entre tanto, impuso quinientos patacones de
multa a cada uno de los miembros del Concejo y al Escribano si
daban la tal posesión a Umaña. El Concejo nombró su apoderado en
Santafé para que sostuviera la elección. La Real Audiencia mandó a
Don José Córdoba confirmara inmediatamente la elección hecha en
Umaña, y lo condenó en las costas que fueron tasadas en doscientos
dos patacones, que él consignó en manos del Escribano
1.
En 1794 nombró el Cabildo al mismo Umaña para Procurador General
y Don José negó la aprobación a ese nombramiento, fundándose en que
Umaña no era vecino.
El Concejo le dijo:
-Recuerde su señoría que esa es cuestión fallada; la Real
Audiencia declaró que Don Miguel Umaña ya era vecino de Cali; vea
aquí la firma del mismo señor Virrey del Reino Don José de Ezpeleta
y Galdeano.
-Sí lo declaró, pero Umaña no es vecino.
y no fue posible hacerlo variar de parecer. Concluiremos
consignando otro rasgo de ese carácter original, recogido de la
tradición:
Don José de Córdoba llegó a tener muchas hijas, hermosas
algunas, y virtuosas todas. Un caballero principal, tan noble como
rico, se enamoró de una de las menores y se presentó a pedirla
solemnemente en matrimonio.
Don José, después de oír la arenga del apasionado pretendiente,
le preguntó, como si no hubiera oído bien: -¿Cuál es la
que vuesa merced me pide?
-A mi señora Doña Francisca.
-No le doy esa, pero sí le doy a Doña Josefa. -Pero, señor, si
la otra es la que me agrada.
-No importa, Doña Josefa es la mayor y debe casarse primero.
-Y si mi señora Doña Josefa no se casa, ¿impedirá
vuesa merced que se casen las otras?
-Por supuesto; todo debe hacerse según el orden natural; la
mayor primero.
-Pues yo no quiero esa.
-Pues no le doy la otra.
-Adiós, señor Don José.
-Vaya usted con Dios, mi amigo.
Y todas esas muchachas, tan buenas y de tanto mérito, murieron
solteras, sólo porque Doña Josefa no encontró novio.
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