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INDICE
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Doña Inés de Lara
Dejamos dicho que las personas que había en la sala de la casa,
a la llegada del Padre Escovar eran: Don Manuel, su esposa, sus
hijas y Doña Inés de Lara.
El primero llevaba esa noche, sobre sus vestidos ordinarios, que
eran: Calzón corto, de paño; con charnela y hebilla de oro en la
choquezuela, gran chaleco de terciopelo. Camisa de lino con
chorrera en el pecho alechugada y aplanchada,. a la que daban el
nombre de
|arandela y también el de
|gola. Medias de
seda y zapatos negros de cordobán; sobre estos vestidos, decimos,
llevaba una especie de bata que le caía hasta cerca de los
tobillos, con mangas, no ceñida. Hecha de una tela de lana de
colores. Esta ropa talar se llamaba
|balandray, corrupción
del nombre castellano
|balandrán; y la hacían también de
zaraza para los días calurosos.
Su esposa vestía camisa blanca de lienzo de lino con tirillas
bordadas, de mangas largas hasta el codo, y anchas arandelas bien
plegadas al rededor de las tiras y en el extremo de las mangas;
follado de bayeta azul de Castilla, medias, zapatos negros,
zarcillos pequeños, que eran los de moda, y rosario con cuentas y
cruz de oro. El cabello caía a la espalda en una sola crizneja. Sus
hijas vestían exactamente lo mismo, sólo que el follado era de
carro de oro. Tela de lana, rígida y doble. Llamada así, no porque
entrara el oro en su tejido, sino porque el fabricante de ella en
Flandes había pintado un carro de oro en la puerta de la fábrica.
Llevaban, además del rosario, gargantillas de corales y oro. Doña
Inés se diferenciaba de sus compañeras en su vestido blanco de
seda, con florecillas regadas, de color rosado, y con corpiño de lo
mismo, pero no cosido al faldón como se usa ahora, sino
desprendido, con mangas largas, angostas de arriba y anchas en el
extremo, con guarniciones de encajes, lo mismo que en el cuello.
Llevaba recogida su gran mata de pelo, en la parte posterior de la
cabeza, formando un enorme nudo o lazo, asegurado con cintas: Este
peinado se llamaba el
|moño. Sus zarcillos y gargantilla eran
de perlas. En el modo de vestirse esta joven se echaba de ver que
había sido educada por personas conocedoras de los gustos de la
Corte.
Don Manuel tenía a la sazón un poco más de sesenta años: Era de
regular estatura, bien formado, de color blanco, cabellos negros
encanecidos ya, ojos negros, frente espaciosa, mejillas llenas y
sonrosadas; no usaba bigote ni pera, sino solamente patillas, que
le caían muy bien. Era todavía bastante ligero en sus movimientos y
de maneras agradables en el trato con sus iguales. Su carácter, de
verdadero hidalgo castellano, se prestaba a las acciones más
generosas, aunque un tanto desigual, pues tan pronto se manifestaba
amable como iracundo.
En materia de linaje estaba muy pegado de su alcurnia y
mencionaba con orgullo la larga serie de sus nobles ascendientes,
todos los cuales habían ejercido el honroso cargo de Alférez Real,
de padres a hijos, y habían recibido de los reyes de España
señaladas muestras de distinción, juntamente con su escudo de
armas.
Esas distinciones honoríficas que había recibido del Soberano,
unidas al esplendor de su raza, a su regular ilustración ya sus
riquezas, le daban en la ciudad de Cali y su jurisdicción, una
autoridad casi ilimitada; al mismo tiempo que su carácter franco y
generoso, su honradez proverbial y el interés con que propendía
siempre a toda mejora de utilidad común, le granjeaban gran
prestigio entre sus compatriotas y la general estimación. Era de
hecho y de derecho el personaje más importante de la ciudad.
Ponía particular esmero, siempre y en toda circunstancia, en
defender los fueros y privilegios de su familia y en mantener una
valla insuperable entre la nobleza y la plebe: En este particular
no transigía. Cumpliéndose este requisito, era amable con todos, a
pesar de su aspecto severo; y todo plebeyo, o
|montañés, como
se decía entonces, que ocurría a él en algún apuro pecuniario,
estaba seguro de que no perdía inútilmente la vergüenza,
porque siempre conseguía lo que buscaba.
Doña Francisca Cuero y Caicedo era al tiempo en que la
presentamos al lector: Una señora de poco más de cuarenta años, que
conservaba todavía bastantes restos de su primitiva belleza. Era
buena, dulce y eminentemente caritativa; y lo era por raza, pues
todos los individuos de esa familia, eran y habían sido notables
por su genial bondad.
Las hijas de este matrimonio no carecían de hermosura: Todas
ellas estaban dotadas de buen carácter y habían recibido la
educación más esmerada que podía darse en aquel tiempo a una joven
noble. Educación que, en resumen, no era gran cosa: Leer y
escribir, hilar, coser y bordar, hacer encaje en almohadilla, y
tocar el clave: Era éste un instrumento músico de cuerdas de
alambre, con teclas, algo semejante al piano moderno. A estos
conocimientos añadían los necesarios para administrar una casa y
gobernar bien una familia.
Pero la persona del bello sexo que más llamaba la atención entre
todas las que hemos nombrado, era sin disputa Doña Inés de Lara.
Esta joven. como de diez y siete años, presentaba el tipo griego en
toda su pureza: Rostro ovalado, color blanco de perla, cabellos
castaños, abundantes y sedosos. Frente espaciosa, nariz recta como
la que los griegos daban a las niñas en sus relieves, cejas negras
suficientemente pobladas, labios rubicundos ligeramente gruesos y
boca bien proporcionada, barba redonda con un hoyuelo apenas
perceptible en el medio, ojos grandes y rasgados. Con pupila de
color de uva y pestañas negras medianamente crespas. Era de
estatura mediana, y el cuello y las formas de su cuerpo, que
fácilmente se adivinaban bajo sus vestidos, suavemente robustas y
bien formadas las mismas con que los escultores antiguos
presentaban a Diana la Cazadora. Cierta gravedad en el semblante y
la majestad en el andar, la hacían parecer orgullosa. Si el poeta
latino la hubiera contemplado cuando paseaba con sus compañeras por
las riberas del Lili, habría dicho de ella lo que dijo de
Venus:
- "En el andar se conocía la diosa"
Inés era huérfana: Su padre Don Sebastián de Lara, noble
caballero santafereño, había venido a Cali veinte años antes, con
su esposa Doña María Portocarrero y ejercía la profesión de
comerciante y pasaba por acaudalado.
En Cali nació Inés; pero Doña María murió dejándola de siete
años, y Don Sebastián, llorando siempre a su esposa, había
continuado soltero cuidando de su hija única. Inés tuvo pues tiempo
suficiente para conocer bien a su madre, pudo gozar de las
atenciones y caricias que todas las madres tributan a sus hijos en
la infancia y retener la imagen de ella grabada para siempre en su
memoria.
Ocho años más tarde se vio Don Sebastián atacado de mortal
dolencia, conoció la gravedad de ella y se convenció de que pronto
iba a morir. Don Manuel de Caicedo era su amigo íntimo y además su
compadre porque era padrino de Inés. Ellos se habían conocido en
Santafé, en donde Don Manuel había estado de joven. Esa íntima
amistad tenía por fundamento la semejanza de carácter, la honradez
acrisolada y la distinguida categoría social de ambos, y se había
robustecido con el trato familiar de largos años.
Viéndose Don Sebastián a las puertas del sepulcro, llamó a Don
Manuel y le habló en estos términos: -Compadre, conozco que mi
enfermedad no tiene remedio y que pronto seré llamado a dar cuenta
a Dios de todos los actos de mi vida. Nada me importaría morir, si
no fuera porque tengo a esa pobre hija mía, que va a quedar
huérfana de padre y madre. Con sólo pensar en esto se me parte el
corazón. El único consuelo que me queda en tan terrible angustia es
la esperanza de que Vuesa merced podrá hacerse cargo de ella y
tratarla como si fuera su hija, porque es su ahijada y porque es
hija de este su infeliz amigo, que le fue siempre leal y
apasionado. Me falta saber si Vuesa merced querrá prestarme tan
señalado favor.
-No se preocupe Vuesa merced, contestó Don Manuel. Más de lo
justo, por su enfermedad, que no me parece tan grave. Mediante Dios
y los cuidados de nuestro excelente amigo el R. P. Fray Mariano
Camacho, no tardará en recobrar la salud. Pero si por desgracia
sucediera lo que teme, Dios no lo permita, puede contar con que
Inés encontrará en mí un segundo padre, no tan bueno como el que
pierde, pero sí muy amoroso y muy interesado en su suerte.
-Esa promesa me basta, dijo Don Sebastián. Vuesa merced ha sido
siempre para mí un noble amigo, y la palabra que ahora me da tiene
el valor de una escritura y de un juramento. Oiga, pues, mi última
voluntad: Inés tiene parientes en Santafé, pero ella nació aquí,
aquí está sepultada su madre y aquí descansarán también mis huesos;
está hecha a las costumbres de esta ciudad y es natural que
prefiera vivir en su suelo nativo más bien que trasladarse a otra
parte a ver caras nuevas y costumbres diferentes. Yo estimo mucho a
los deudos que ella tiene en Santafé, porque todos son personas
honorables, pero en ninguno tengo tanta confianza como en Vuesa
merced para el caso de confiarle a mi hija.
Don Manuel le dio las gracias por esa prueba de confianza, y el
enfermo continuó:
-Creo, compadre, que todo hombre conoce su última enfermedad; lo
digo ahora por mí, algo hay en mi alma que me inspira la seguridad
de que mi vida se acaba. Sea como fuere, le ruego oiga mi deseo y
mi súplica postrera: Hoy haré testamento y lo nombraré a Vuesa
merced tutor y curador de mi hija. En mis baúles hallará quince mil
patacones, además del valor de las mercancías existentes que no
bajará de otro tanto, este es el caudal de Inés, que Vuesa merced
manejará como a bien tenga. Pero le ruego la lleve a su casa y la
coloque al lado de sus virtuosas hijas, no les dará qué hacer
porque es muy juiciosa y recatada. Si Vuesa merced lo creyere
conveniente, trate de casarla en tiempo oportuno, con persona que
sea digna de ella, pues no permito que manche su ilustre sangre con
un enlace desigual. Esto se lo encargo encarecidamente, y sé que
Vuesa merced lo cumplirá. Pero en todo caso, el matrimonio ha de
ser a gusto de ella, sin hacerle fuerza alguna, para que no tenga
motivo de quejarse de mí como de un tirano.
Con esto terminó Don Sebastián sus instrucciones, y Don Manuel
le repitió la promesa de que en todo respetaría su última
voluntad.
Pocos días después se realizaron los fundados temores de Don
Sebastián, Don Manuel le hizo un entierro suntuoso, se llevó a Inés
a su casa y la confió con grandes recomendaciones a su mujer y a
sus hijas; recogió el caudal perteneciente a la huérfana, vendió
por junto las mercaderías y colocó todo el dinero a interés en
manos de amigos suyos de probidad reconocida. Debe advertirse que
treinta mil pesos en dinero en aquella época, tenían casi tanto
valor como tienen hoy cien mil.
Inés, que tantos años había llorado a su madre, siguió llorando
también a su padre, a quien había amado entrañablemente. Sin
embargo, dada su inmensa desgracia, ningún asilo pudo encontrar
mejor que el que le ofreció la familia del Alférez Real; allí fue
generalmente querida y era la más contemplada de todas las personas
de la casa.
De los bienes de su padre que habían sido dados en venta, sólo
se reservó para el servicio de recamarera, una criada de la misma
edad que ella, con quien había crecido y jugado de niña, llamada
Andrea. Era ésta una mulata bien formada, de regular parecer, sana
y robusta, y adicta a su señora en cuerpo y alma.
El dolor que esta niña había sufrido con la pérdida de sus
padres en tan temprana edad, influyó de una manera decisiva en su
carácter: No amaba los juegos ni las diversiones; rara vez reía; en
su semblante se notaba siempre aquel aire meditabundo que es común
en las personas que viven de recuerdos.
Era en realidad de carácter dulce: Trataba con respeto y
cortesía a la familia Caicedo, y en Don Manuel tenía cierta especie
de confianza debido a que él, por su parte, a pesar de su gravedad
genial, no perdía ocasión de manifestarle a su ahijada la
sinceridad de su afecto y el vivo interés que tomaba por su
suerte.
Y no obstante esas atenciones de que era objeto, ella no sólo
sabía, sino que sentía que era huérfana; porque no hay ser alguno
sobre la tierra que tenga la virtud de llenar el vacío que deja en
el corazón de sus hijos, una madre que muere.
De esta manera el conocimiento íntimo de su orfandad, comunicaba
a su carácter la seriedad propia de la edad madura y la inclinaba a
la soledad y al aislamiento.
Diariamente se ocupaba en coser o en bordar; y había veces que
sobre la blanca tela en que trabajaba, caían de sus ojos gruesas
lágrimas que semejaban gotas de rocío y que le impedían continuar
la obra. ¿Por qué lloraba esa joven tan rica y tan
hermosa, a quien parecía que no faltaba nada para ser feliz?
Pensaba en su madre.
Este permanente estado de su alma hacía que no tuviera gusto en
recibir visitas cuando la familia estaba en Cali, y que estuviera
siempre poco dispuesta a escuchar galanteos. Siendo, como era, tan
bella y tan bien educada, y por añadidura tan rica, era natural que
tuviera algunas propuestas de matrimonio; y en efecto, las había
tenido: Esas propuestas eran presentadas al padrino, el padrino las
trasmitía a la ahijada, pero la ahijada las rechazaba todas sin
admitir discusiones. No había habido todavía un hombre bastante
poderoso y afortunado que golpeara con fuerza a las puertas de ese
corazón dormido, para que se abriera a las dulces emociones del
amor.
Si hubieran vivido sus padres, habría sido dichosa al lado de
ellos; y siendo dichosa, tal vez se habría prestado a aceptar los
homenajes de alguno de sus apasionados pretendientes; pero
habiéndolos perdido cuando más los necesitaba, se sentía muy
desgraciada, y en ningún caso hallaba consuelo. Era aún tan
inocente, que no había llegado a adivinar que amar es ser feliz.
Tal era Doña Inés de Lara y Portocarrero al tiempo en que la
presentamos en escena.
Hacía ya dos años que había muerto su padre y estaba incorporada
en la familia de Don Manuel de Caicedo.
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