Remedio desesperado
Estaba para terminar el mes de Noviembre, mes desapacible y
triste y ordinariamente lluvioso, y más triste y desapacible en el
campo que en las ciudades,
Hacía más de cinco meses que Daniel había desaparecido; en todo
ese tiempo, la inocente pasión de Doña Inés había adquirido una
firmeza incontrastable, y la pena que oprimía el corazón de la
infeliz doncella, había alcanzado desesperantes proporciones.
Esa hacienda había sido el teatro de sus castos amores; allí
tenía a todas horas recuerdos palpitantes de su bien perdido, y se
complacía en atormentarse trayendo a la memoria todos los
incidentes ocurridos en esos días dichosos en que habían vivido tan
cerca el uno de la otra, amándose mutuamente, en silencio, pero
viéndose todos los días.
Ningún mayor dolor, dice el Dante, que el acordarse de los días
felices estando en la desgracia;
|Nessun maggior dolore! Esta
era la gran pena que Francisca de Rímini padecía en el
Infierno.
Por lo mismo que Doña Inés no podía hablar con nadie de su
desgraciado amor, vivía pensando en él. El tiempo y la distancia
son causas generadoras de olvido en las naturalezas vulgares y
livianas; pero en las almas nobles y castas, la ausencia es para el
amor poderoso incentivo. Hallamos muy natural que Dido, la reina de
Cartago, se resuelva a morir desde que se convence de que ha
perdido para siempre a Eneas; y que Safo, la poetisa de Lesbos, se
precipite en el mar desde la roca de Léucade, cuando ve que Faón
huye de ella y la deja abandonada. ¿Qué sería de la fe
que el hombre necesita tener en la mujer, depósito de su honra, si
no encontrara a cada paso ejemplos repetidos de fidelidad y de
constancia en esa querida y preciosa mitad de su alma a quien llama
esposa?
Inés, ahora que Daniel no estaba delante de sus ojos, se lo
representaba en su imaginación adornado de todos los dones de la
naturaleza; recordaba con satisfacción sus bellas facciones, una
por una y en conjunto; pasaba revista en seguida a las relevantes
cualidades de su alma; su talento natural, su variada instrucción,
sus finas maneras, su apacible carácter, la compostura de su porte
y ese respeto casi religioso con que la había tratado siempre; a
pesar de su pasión amorosa tan ardiente como profunda .
Daniel, sin saberlo, había empleado para con Doña Inés las
únicas armas con que podía rendirla; la veneración y la
modestia.
Estas consideraciones exaltaban su ánimo hasta el más alto
grado, y entonces sentía deseos vehementes de verlo; le parecía que
si se le presentara de repente, no podría contenerse y le abriría
sus brazos, para indemnizarle de tánto como por ella había sufrido
y de esa fingida fría indiferencia con que había recibido siempre
sus obsequiosas atenciones.
Con ese anhelo ardiente de volver a verlo, se ponía a cavilar
largas horas acerca de las causas probables de esa desaparición
misteriosa; ¿lo habría botado realmente el caballo, tal
vez en el bosque, y habría quedado allí muerto e insepulto? No,
porque toda la comarca había sido escrupulosamente explorada.
¿Tendría él algún enemigo desconocido que lo hubiera
arrebatado violentamente y lo tuviera aprisionado y oculto?
Tampoco; Daniel no tenía ni podía tener enemigos.
¿Tendría parte en esto Don Fernando de Arévalo? Pero
este sujeto ignoraba completamente la pasión de Daniel, que, según
ella creía, era un secreto para todos. ¿Qué se había
hecho, pues?
Las pesquisas de! Alférez Real y de los Alcaldes, de Zamora y de
Fermín, del Padre Escovar y de Doña Mariana Soldevilla, aunque
activas y diligentes, habían sido infructuosas.
Ya hemos dicho que no estando Daniel presente, crecía en mérito
a sus ojos en proporciones heroicas, lo que era tanto más natural
cuanto que Daniel era en realidad un mancebo de gallarda apostura y
de alma nobilísima. Arrullada por sus dulces recuerdospermanecía
largo rato embebecida, pensando y pensando, y arrebatada en alas
del amor que no reconoce categorías ni respeta dificultades, iba a
veces demasiado lejos. Pero de repente, volviendo en sí de su
arrobamiento, exclamaba; "¡Desdichada de mí!
¿Qué es lo que estoy pensando? Yo estoy loca; estos
desvaríos sólo son propios de una imaginación enferma. Sea que él
esté vivo o que haya muerto, ¡no hay para mí esperanza!
Ya toda felicidad me ha sido negada en la tierra; mi vida carece de
objeto; yen la situación tristísima de mi alma, en esta agonía sin
descanso, en este dolor que no me deja, no me queda otro refugio
que los claustros de un convento".
Este último pensamiento, que llenaba su alma de sombría
tristeza, le arrancaba lágrimas tan ardientes como amargas, y
después de llorar largo rato silenciosamente, entraba en un estado
de abatimiento tan grande, que permanecía mucho tiempo muda y en la
inacción más completa.
Y esas reflexiones, y esa lucha, y esa desesperación, eran de
todos los días, y principalmente de todas las noches .
Su habitación ordinaria, en donde estaba ala vez su dormitorio,
había sido siempre en el piso bajo de la casa, en una de las
recámaras que quedaban a los lados de la sala.
Después de la desaparición de Daniel, acostumbraba trabajar en
sus costuras en una de las piezas del piso alto; y de tal manera
llegó a pagarse de su nueva habitación que concluyó por pedir la
dejaran dormir en ella con su criada, alegando que era muy
ventilada y muy fresca. Doña Francisca, que hacía días venía
notando el desmejoramiento visible de Inés, dio gustosa su
consentimiento, con la esperanza de que este ligero cambio
influiría en su salud.
En esa parte alta no habitaba persona alguna; sólo el cuarto más
inmediato a la escalera, era ocupado cada ocho días por el capellán
que iba a dar misa a la familia.
Desde que obtuvo ese permiso, permanecía con las demás señoras,
conversando o leyendo, hasta las nueve de la noche; a esa hora
llamaba a Andrea, que acudía con la vela encendida, y juntas subían
a su dormitorio.
Pero Inés dormía muy poco; después de conversr un rato con
Andrea y de rezar sus devociones como paraacostarse, se salía al
largo corredor que daba al patio, se recostaba sobre la baranda y
se ponía a observar con el oído atento, fijos los ojos en la puerta
de golpe, esperando que en el momento menos pensado había de sentir
y ver a Daniel que llegaba en busca de ella.
Desde ese balcón se veía todo el patio, las cabañas de los
esclavos, la portada de la hacienda y la gente que pasaba por el
camino real.
Mucho tiempo permanecía allí, hasta que considerandoque era
preciso dormir algo, exhalando un suspiro, arrancado por la
esperanza burlada, entraba en su habitación y se acostaba.
Esto se repetía todas las noches; con luna y sin ella, con buen
tiempo o con lluvia. Los vecinos de esos contornos que volvían de
Cali a sus casas, en altas horas de la noche, o los que por tener
algún enfermo iban de sus casas a Cali a esas horas, en busca de
algún remedio, distinguían siempre ese bulto vestido de blanco, en
el balcón de la casa, en un mismo punto siempre y siempre inmóvil;
y unos a otros se comunicaban lo que habían visto, y todos
convenían en que era un alma del otro mundo que penaba allí, lo que
es lo mismo, un
|espanto, interpretación muy conforme con las
ideas supersticiosas de esos tiempos.
Hemos dicho que estaba para terminar el mes de Noviembre. Ya
casi nadie se acordaba de Daniel en la hacienda, con excepción de
Fermín que hablaba de él con Martina haciendo suposiciones, y de
Inés que nunca lo nombraba, pero que no podía ni quería olvidarlo,
y que a fuerza de pensar en él hacía más honda, día por día, la
dolorosa herida que llevaba oculta en su alma.
Al fin llegó a perder toda esperanza y con ella todo su
valor.
El último día, pues, de Noviembre, después del almuerzo, se
dirigió al cuarto de Don Manuel, a quien encontró solo, hojeando
unos papeles. Al verla él en la puerta de su cuarto, le dijo
alegremente:
-Hola. ahijada. ¿a qué debo el honor de esta
visita?
-Va a saberlo, padrino, contestó ella, sonriendo
tristemente.
-Siéntate, pues, hija, y di lo que quieres.
Doña Inés se sentó, recorrió con la vista todo el cuarto, tosió
sin gana y dijo en seguida:
-Padrino, ¿mi madrina tiene una hermana que es monja
del Carmen en Popayán?
-Sí, ciertamente, la Madre Gertrudis. ¿Y qué se te
ocurre con ella?
-Padrino, deseo ser monja del Carmen.
-¿Monja tú? exclamó Don Manuel en el colmo de la
admiración; ¿de dónde te ha venido ahora ese antojo?
-No es de ahora, padrino; su merced ha tenido ocasión de conocer
mi carácter; los placeres mundanos no me llaman la atención, y me
causa delicioso embeleso esa vida monástica de encierro perpetuo,
de tranquilidad de espíritu, de recogimiento y de paz interior; esa
vida inocente en que no tendré otra ocupación que la de meditar en
los años eternos, hablar con Dios y prepararme para comparecer ante
su divina presencia. Yo seré muy feliz siendo monja.
-Eso es muy grave, hija, muy grave. Hablaré sobre ello con mi
compadre Escovar.
-Estoy segura de que su paternidad aprueba mi propósito.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque él hizo lo que yo pretendo hacer; él era en el siglo un
sujeto de alta categoría, pues era noble, rico y abogado de la Real
Audiencia de Santafé; el mundo lo atraía con toda clase de honores;
y sin embargo, despreciándolo todo, vistió el hábito de Nuestro
Padre San Francisco, y creo que hasta ahora no le ha pesado.
-Es verdad, Inés, pero por lo mismo que él era ya un hombre
ilustrado, sabía bien lo que hacía; mientras que tú estás muy
joven, apenas cuentas diez y ocho años y no sabes si te pesará
mañana. La vida de las monjas del Carmen es muy austera, la regla
muy rigurosa, y los votos que allí se hacen, son perpetuos.
-Pero, padrino, si en la edad en que estoy quiero ser monja, con
mayor razón querré serlo cuando tenga más edad.
-Espera, pues, a tener más edad; y si entonces persistes en tu
vocación, no seré yo quien me oponga. Ese estado es de perfección,
y no debo contrariar tu vocación sin grave reato de conciencia.
-No, padrino, no espero más; he venido a rogarle humildemente se
digne darme su consentimiento para tomar el velo y recomendarme a
la venerable Madre su cuñada.
-Imposible, hija mía, eso no puede hacerse así de carrera; es
preciso que te tomes algún tiempo para pensarlo.
-Bien pensado lo tengo, y allá en el monasterio lo pensaré más,
porque para eso es el noviciado.
-¡Vean qué muchacha ésta! Murmuró Don Manuel; parece
que antes de venir a hablar conmigo se apertrechó de argumentos.
No, Inés, añadió en voz alta, yo no puedo permitir eso, a lo menos
por ahora; es indispensable un plazo, siquiera de un año.
-¿De un año? De aquí a entonces me he muerto, y yo
quiero morir afiliada entre las vírgenes del Señor.
-No te mueres; ¿por qué te habías de morir? Es verdad
que has enflaquecido un poco y que estás pálida, pero yo espero que
eso pasará y que pronto recuperarás tu primera lozanía. A no ser
que tengas algún motivo especial para dar ese paso. Dime la verdad:
¿no estás contenta a mi lado? ¿Tienes de la
casa alguna queja? ¿Quieres casarte con algún sujeto y
no te atreves a decírmelo? Si es esto último, habla con franqueza,
que con tal que sea hombre de calidad y de caudal, será tu esposo.
¿Quién habría capaz de desdeñar tu mano, cuando si no la
piden todos los días es porque no se atreven?
-Nada de eso, padrino; yo no tengo de su merced y de su familia
sino motivos de eterna gratitud.
-No me fuerces, pues, a darte un consentimiento impremeditado;
esperemos a mi compadre Escovar; él es hombre sabio y prudente y me
dará un consejo acertado. Hoy es sábado, ha quedado de venir ya las
seis estará aquí; esta misma noche consultaré con él,
¿te parece bien?
-Sí, señor; pero si él no se opone, ¿me mandará su
merced inmediatamente al convento?
-Espera, espera: ¿por qué había de ser
inmediatamente? Es indispensable tomarse el tiempo necesario para
hacer los preparativos.
-Bien, padrino. Ahora perdóneme que lo haya interrumpido en sus
ocupaciones.
-No es eso lo que tengo que perdonarte, sino la pesadumbre que
me das con tus antojos de monjío. ¿No sabes que te amo
como si fueras mi hija, y que si te vas me harás una falta
irreparable?
-Gracias, señor; yo le correspondo amándolo como a mi padre.
Inés se retiró, y Don Manuel quedó pensativo y caviloso. Esa
repentina resolución de su ahijada, tan joven, tan bella y tan
rica, le daba mucho en qué pensar.
-En fin, se dijo, hablaré con mi compadre Escovar y de común
acuerdo resolveremos lo que nos parezca más conveniente.
En efecto, el Padre Escovar llegó a las seis de la tarde
acompañado de Fermín, y fue recibido en la hacienda por amos y
criados con el placer de siempre.
Después de la cena, subió a su cuarto, yendo delante de él
Fermín con una vela en su candelero de plata. A poco rato se
presentó Don Manuel en el cuarto, lo cual no extrañó al Padre,
porque siempre que él iba ala hacienda, se reunían allí a conversar
hasta las nueve.
Don Manuel abocó la cuestión principal diciendo:
-Esta noche tengo que pedir a vuesa Paternidad consejo, sobre un
asunto muy delicado.
-Veamos cuál es, compadre.
-Figúrese que a Doña Inés se le ha metido en la cabeza hacerse
monja, y hoy mismo me ha rogado con tenaz insistencia le diera mi
consentimiento para llevar a cabo su propósito.
-Ciertamente, observó el Padre, el asunto no puede ser más
delicado,
|y vuesa merced ¿qué le contestó?
-Yo me he negado a complacerla hasta consultar con vuesa
Paternidad.
-Es necesario tomarse algún plazo para poder juzgar si esa
vocación es verdadera, o sólo transitoria y efecto de algún
capricho.
-Precisamente le he dicho eso, de suerte que veo que estamos de
acuerdo. Ella quiere irse a Popayán inmediatamente, pero yo no
puedo consentir en eso.
-Señálele vuesa merced un espacio de tiempo suficiente para
probar su vocación, por lo menos de seis meses; si terminado ese
plazo insiste en su propósito, me parece bien no contrariarla.
-Acepto su consejo; un año, o por lo menos ocho meses, es tiempo
suficiente para que ella desista de ese pensamiento, si es que su
vocación no es verdadera, Fijaremos el mes de Julio del año
entrante. Mañana se lo haré saber.
-¿Tendrá esta niña algún motivo particular y no el
llamamiento divino, que la mueva a abrazar una vida tan austera
como la que llevan las monjas del Carmen?
-Por más que pienso no sospecho que tenga motivo particular y me
inclino a creer que realmente Dios la llama. Esta niña, compadre,
es de carácter serio, no tiene inclinación a fiestas o devaneos; ha
tenido pretendientes y los ha desairado a todos; vive siempre
ocupada en algo, ya en coser, ya en bordar, ya en leer libros
devotos o sobre asuntos serios. Ahora está divertida con las obras
de Santa Teresa, que vuesa Paternidad mismo le proporcionó. Tal vez
nació para monja.
-¿Habrá concebido pasión por algún sujeto indigno de
ella?
-¡Imposible! En su orgullo, o mejor diré, en su amor
propio, jamás se fijará en persona que no sea de noble alcurnia y
de alto mérito. En tanto tiempo que hace que vive en mi casa, que
va para dos años, nunca ha dejado sorprender una palabra, una
mirada, un gesto que desdiga del recato que debe guardar una señora
de calidad. A mi mujer ya mis hijas examiné esta tarde sobre la
conducta de ella, pues que la tratan más de cerca, y todas me
aseguran que es una niña inocente y sin tacha.
-De todos modos, el plazo es medida prudente, y creo que en
ningún caso antes de seis u ocho meses por lo menos, debe permitir
vuesa merced que tome el velo. Si de aquí a Julio, por ejemplo, no
ha mudado de parecer, será preciso facilitarle los medios de que
satisfaga sus deseos; lo contrario sería un gran pecado.
-Muy bien, compadre, su parecer es muy juicioso y lo seguiré al
pie de la letra.
A las nueve se separaron los dos amigos. El Padre tomó su
Breviario y se puso a rezar Maitines, porque los frailes de San
Francisco no se atrasaban en el rezo de las Horas canónicas.
Esa noche no pudo Doña Inés permanecer mucho tiempo en el
corredor, porque veía luz en el cuarto del Padre y temía saliera de
improviso y la encontrara levantada.
Al día siguiente después de la misa y del almuerzo, hizo llamar
Don Manuel a Inés; la que acudió al momento.
-Hija mía, le dijo Don Manuel tan pronto como ella entró,
siéntate y óyeme. Anoche hablé largamente con mi compadre Escovar
acerca de tus intenciones; y él piensa exactamente como yo, es
decir; cree que no debo impedirte que vistas el hábito de
religiosa, pero me ordena que no dé mi consentimiento hasta pasado
un año, o por lo menos ocho meses, para darte tiempo a que medites
despacio y con calma sobre el delicado paso que quieres dar; y
puedas asegurarte tú y asegurarme yo de que tu vocación es
perfecta. Ese es mi parecer y el del Reverendo Padre Escovar, y eso
quiero yo que se haga; yo, que represento a tu padre. Supongo que
te someterás a esta decisión, dictada por la prudencia y por el
amor que te profeso.
Inés guardó silencio por un momento. Después de pensar, con los
ojos fijos en el suelo, contestó:
-Sé muy bien, padrino, que sería inútil pedirle que reformara su
resolución, porque conozco su carácter y porque no puedo negar que
en ella descubro el interés que le inspiro y el afecto que me
tiene. Sea, pues; pero confío en que su merced, el día último de
Junio me otorgará su beneplácito, pues pensar en que yo varíe de
resolución es hasta una ofensa. Me someto y espero.
-Haces bien, hija mía; tú siempre has sido dócil y juiciosa.
Dios te confirmará en tu propósito en estos ocho meses, es decir de
aquí a Julio, o te hará mudar de parecer si así pluguiese a su
divina voluntad, y para el caso de que insistas en querer ser
monja, debes irpensando desde ahora qué destino has de dar a tu
patrimonio.
-Sólo necesito la suma que me exijan en el convento como dote,
lo demás lo dejo a disposición de su merced.
-¡Dios me guarde! Dijo Don Manuel levantándose y
comenzando a pasearse a pasos largos; yo no tomaré un maravedí de
tu caudal. ¡Bien quedaría mi honra! ¡Muere mi
primo Don Henrique, que vivía en mi propia casa, y me nombra
heredero universal! ¡Se hace monja mi pupila, y me lega
sus bienes! ¡No faltaba más! ¿Qué se diría de
mí? Todo el dinero que dejó mi primo Don Henrique, toda su ropa,
todos los efectos de su uso, están encerrados en sus baúles así
como él los dejó. ¡Ojalá viviera él, aunque a cambio de
toda mi fortuna! Yo escribiré a tus deudos de Santafé para que
vengan a recoger tu herencia. Pero confío en Dios (añadió
calmándose y volviendo a sentarse) que no llegará el caso; no puedo
convencerme de que una muchacha de tus prendas vaya a agonizar tan
joven entre los muros de un convento.
-No será muy larga mi agonía. Ahora me falta pedirle un favor;
encargue me manden de Popayán mi hábito de monja, enviándole a la
Madre Gertrudis las medidas y las telas, para que antes de Junio
esté en mi poder. Tengo deseos de conocer mi futuro vestido.
-Está bien, tendrás aquí tu vestido antes de Junio.
Doña Inés se retiró a sus habitaciones y Don Manuel quedó en su
cuarto cavilando sobre el intempestivo antojo de su ahijada. La
insistencia de ella en querer hacerse monja, lo ponía de mal
humor.
A tiempo en que terminaba esta entrevista, ocurría una escena de
distinto género en el cuarto del Padre Escovar; estaba éste leyendo
cuando golpearon suavemente a la puerta .
-¡Adelante! Dijo el Padre.
La puerta se abrió y entró una negra joven, con semblante
dolorido, la que, juntando las manos y arrodillándose dijo:
-Alabado sea el nombre de Dios.
-Por siempre, contestó el Padre; levántate.
-Mi amo, dijo ella, van a castigar a Matías.
-¿Por qué lo castigan?
-Porque se fue a Cali desde antenoche y no ha vuelto sino
ahora.
-Ha hecho mal, pero no tengas cuidado.
Toribia, al ir al cuarto del Padre a buscar defensa para su
marido, había llevado su hijo en el cuadril, que tenía apenas un
año, y lo dejó afuera en el corredor para entrar a hablar con el
Padre; pero el negrito al verse solo, se asustó y comenzó a llorar
a gritos. El Padre le dijo a la negra:
-Oye cómo grita ese niño; ve y álzalo para que no llore.
-No es niño, mi amo, es el negrito.
-Simple, ese negrito es niño; tómalo, vete y dile a Matías que
venga.
La negra salió, y el Padre se dirigió al cuarto de Don Manuel.
Al entrar le dijo:
-Compadre, van a castigar al negro Matías y yo vengo a rogarle a
vuesa merced le perdone.
-Compadre, contestó Don Manuel, todavía de mal humor, ese negro
es un tunante; sé que casi todas las noches se va a Cali y no
pierde baile. Antenoche se fue, se juntó con unos vagabundos que
andaban dando serenatas, y Don Andrés Camarada con la ronda les
puso la mano y los llevó a la cárcel y los ha tenido arrestados
hasta hoy. Luciano me dice que no ha mucho llegó.
-Perdónele, compadre; la esclavitud es en sí misma una
iniquidad; no la haga vuesa merced más grave, tratando con crueldad
a los esclavos.
-La iniquidad, si la hay, no es obra mía; esclavos eran los que
tengo y los compré a sus amos, o los compró mi padre; ni su merced
ni yo los redujimos a la esclavitud; y el mismo Rey Nuestro Señor
(que Dios guarde) autoriza ese comercio,
Todo eso es verdad, y confieso que no es vuesa merced el autor
de esa injusticia; pero confío en Dios que no pasarán muchos años
sin que ella desaparezca del mundo
|
1
, aunque nosotros no lo veamos; y
desaparecerá por orden del gobierno mismo. La Iglesia ha defendido
siempre a los esclavos; muchas diócesis han destinado sus rentas a
la redención de ellos, y son muchos los cánones en que se imponen
penas a los amos que los maltratan. Yo, al interceder por ellos, no
sólo obedezco a la inclinación natural de mi carácter, sino que
cumplo con las obligaciones de mi ministerio.
Estas palabras, dichas con entereza y convicción, como hablaba
siempre el Padre Escovar, calmaron completamente a Don Manuel, que
era hombre de buen fondo y cristiano fervoroso.
-Sea como vuesa Paternidad quiere, contestó; y llamando a su
paje, añadió: Roña, di a Luciano que no le haga nada a Matías.
-Así tenía que ser, dijo el Padre; vuesa merced jamás ha sido
cruel, y de Dios recibirá el galardón de su generosidad.
El negro Matías fue al cuarto del Padre, en donde oyó un sermón
sobre la obediencia a sus amos y los resultados de la mala
conducta.
Mientras tanto, Toribia contentísima refería a sus compañeras su
entrevista con el Padre.
-Porque lloró el negrito (les decía) me dijo: "alza ese
niño para que no llore". Yo le contesté: "no es
niño, mi amo, es el negrito"; entonces me dijo:
"simple, ese negrito es niño". Figúrense ustedes.
¡que dizque el negrito es niño! ¡Qué cosas dice
mi amo el Padre!
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A los sesenta años cabales dio el Gobierno de la República la
libertad a todos los esclavos.Matías se reformó un poco; cerca de
quince días estuvo sin ir a Cali de noche en busca de bailes y
serenatas.
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