Octubre en Cañasgordas
A mediados de Octubre recibió Don Manuel una carta de Don Juan
Valois en que le avisaba que en esa fecha había recibido sesenta y
cuatro negros esclavos, hombres y mujeres, que le remitían de
Cartagena para que los vendiera en el Valle, y le preguntaba si su
merced quería comprar algunos, en cuyo caso debía ir a escogerlos,
antes que se presentaran otros compradores.
Don Manuel necesitaba reponer tres esclavos que había perdido en
ese año, uno de muerte natural, otro herido por el rayo y una negra
que había muerto a consecuencia de haberse molido un brazo en el
trapiche y de haberle caído gangrena después de que el brazo, que
le había quedado como un bagazo de caña, le había sido amputado
cerca al hombro por un cirujano empírico.
Marchó para Cali a las ocho de la mañana con Zamora y Fermín,
avisando que volvería a comer a la hacienda.
Al instante en que llegó escogió dos negras jóvenes, robustas y
sanas, y un negro de iguales condiciones.
Pasó con el vendedor a casa de Don Manuel de Victoria, escribano
público de número y Cabildo y mandó extender la correspondiente
escritura. A las doce del día estaba concluida y fue firmada por
los otorgantes y por los testigos.
La escritura estaba redactada en la forma que se usaba en aquel
tiempo, Decía textualmente:
- "Que Don Juan Valois vende al señor Don Manuel de
Caicedo, Alférez Real, tres negros bozales, dos hembras y un varón,
de casta congos, herrados con la marca de enfrente, con todas sus
tachas, vicios y defectos, enfermedades públicas y secretas, por de
alma en boca y costal de huesos, a uso de feria y mercado franco, y
según y como se estila y vende en el real mercado de la ciudad de
Cartagena de Indias, en el precio y cantidad de cuatrocientos y
cuarenta patacones cada uno, libres de escritura y alcabala, que
son de cargo del vendedor; renuncia la ley de ordenamiento real,
fecha en Cortes de Alcalá de Henares y los cuatro años más que en
ella se declaran para repetir el engaño"
Los tres negros eran realmente bozales, esto es, recién sacados
de su país y que no hablaban castellano, porque habían sido traídos
directamente de África a Cartagena, y de allí remitidos a Cali.
Apenas entendían una que otra palabra que habían aprendido durante
la travesía del Atlántico y el viaje de Cartagena al Valle.
Estaban marcados en la espalda con hierro candente, y la marca
que tenían y que había sido copiada en la escritura, se componía de
una C y una S; de la C a la S había un arco en forma de puente;
encima del arco,tres hojas; y sobre la hoja de en medio, una cruz
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Don Manuel entregó allí mismo en la escribanía los tres negros a
Fermín, con orden de que se fuera con ellos para la hacienda,
diciéndole que él los alcanzaría en el camino, porque los tres
negros iban a pie; y llevó a su casa a Don Juan Valois y le entregó
los mil trescientos veinte patacones.
Despachada esta diligencia, Don Manuel y Don Juan Zamora
salieron para Cañasgordas a la una de la tarde.
El sol había sido muy ardiente toda la mañana, ya esa hora era
tan fuerte que los dos viajeros percibían que su ropa les olía a
trapo quemado.
Bajo esos rayos abrasadores caminaron hasta Isabel Pérez; al
llegar allí, vieron que por el lado de Meléndez se había extendido
una gran nube negra que iba creciendo por momentos y condensándose
más y más.
Al atravesar el llano de Isabel Pérez se les ocultó de repente
el sol, porque la nube había crecido hasta llegar a cubrir ese
punto.
Al pasar la quebrada de Cañaveralejo se había obscurecido tánto
el día, que parecían ser las seis de la tarde. La gran nube tenía
un color negro verdoso, como de pizarra.
La naturaleza toda estaba en silencio; no se percibía el menor
ruido ni de hombres, ni de aves, ni de ganados, ni de insectos; las
hojas de los árboles no se movían.
A lo lejos, hacia el Sur, por el lado de la Ferreira, retumbaban
truenos sordos; la tempestad se había desencadenado desde temprano
sobre esa comarca.
La Ferreira es en la parte alta del Valle del Cauca, la cuna de
las tempestades; pudiera decirse que es la Eolia de Virgilio, y que
en esos montes altísimos, sustentados sobre bases de oro y de
hierro (pues allí abundan esos metales) están los antros de Eolo, y
que este monarca de los vientos sentado en su empinado alcázar,
|celsa sedet/Eolus arce, desencadena sobre el Valle el
Aquilón y el Euro, el Ábrego y el Noto.
Al pasar los dos viajeros la quebrada de Cañaveralejo, dijo Don
Manuel a su compañero:
-Zamora, esa nube está amenazante; dentro de un momento
estaremos empapados.
-Sin duda, señor Don Manuel; lo mejor será que entremos en la
casa de Don Félix Espinosa mientras pasa el aguacero que será muy
fuerte.
Apenas acababa de decir esto, cuando se rasgó la nube y
descendió de ella, por el lado de Meléndez, una catarata de fuego
que iluminó extensamente toda la comarca y dejó a obscuras a los
que estaban cerca. El trueno retumbó con espantosa majestad y duró
largo rato repercutiendo en todas esas cumbres. En pos del rayo
cayeron grandes goterones y luégo se desató el aguacero en
abundancia tál, y el viento del Sur sopló con furia tánta, que los
caballos no querían caminar y volvían la cabeza tratando de
retroceder.
A ese primer relámpago siguieron otros y otros. Los viajeros
tomaron a la izquierda y se dirigieron a toda prisa a la casa de
Don Félix Hernández de Espinosa, situada a unas dos cuadras del
paso de la quebrada. Llegaron chorreando agua y se fueron entrando
a caballo por el corredor principal.
Don Félix y su familia salieron a recibir al señor Alférez Real
con fina cortesía, le rogaron se desmontara y lo introdujeron en la
sala, con Zamora. Un criado quedó cuidando de los caballos.
A esa hora la lluvia era tan copiosa que no permitía se
alcanzara a ver a media cuadra de distancia, por el vapor de agua
que se levantaba.
Don Félix supo que Don Manuel y su compañero no habían comido y
los invitó a que se sentaran a la mesa que estaba puesta allí mismo
en la sala, pues la familiaiba a comer cuando comenzó la tempestad;
ellos se excusaron alegando que el aguacero pasaría pronto y que la
hacienda estaba cerca
-Se equivoca, señor Don Manuel, dijo Don Félix; es verdad que la
tempestad cesará dentro de una hora, pero vuesa merced no podrá
irse de aquí sino a las seis de la tarde, porque el río Meléndez
estará por los montes, y sólo a esa hora dará vado.
Don Manuel, atendiendo a las instancias de Don Félix y de su
esposa Doña Feliciana de Arrechátegui, aceptó el convite. Los
hacendados de entonces, aunque vestían mal, comían siempre bien;
las despensas de las haciendas estaban en todo tiempo abastecidas
de carne curada de vaca y de cerdo, de huevos, leche, quesos, miel,
plátanos y maíz; y el corral, lleno de pollos, gallinas y pavos; y
el escaparate, con una que otra botella de buen vino, para los
casos de honor. Jamás les faltaba una buena cocinera, que era por
lo común alguna negra vieja diestra en su oficio y que sabía
sazonar la comida admirablemente. De esto resultaba que nunca les
hacía peso ni los cogía desprevenidos la visita de algún amigo ni
la llegada de algún peregrino que pedía posada. Los artículos
alimenticios eran baratísimos y las haciendas producían de todo con
el trabajo de los esclavos.
Don Manuel y Zamora fueron, pues, muy obsequiados porla familia
de Don Félix, que tenía a mucha honra el recibir en su mesa al
señor Alférez Real.
¿Quién que transite hoy por
|ese camino, yendo
de Cali, y vea los espesos y sucios matorrales que quedan a la
izquierda, al pasar la quebrada, sospechará siquiera que allí hubo
una hermosa hacienda, con su gran casa de teja, su Oratorio,
cuadrilla de esclavos sujetos a campana, trapiche, ganados,
labranzas y una familia feliz?
Al lado de arriba, hacia la loma, estaba la posesión de Don
Francisco Mateus, compuesta de plantación de caña, trapiche,
ganados y esclavos.
Hoy, de una y otra, ni siquiera quedan las señales.
A Fermín ya los tres esclavos africanos les había cogido el
temporal cuando iban por esa parte del camino que está entre el río
Meléndez y la quebrada de las Piedras .
Poco antes de llegar a esta última, había un espeso bosque, a la
izquierda, y en él se refugiaron al caer los primeros goterones y
estallar el primer trueno. Allí, dentro del bosque, pero cerca del
camino, había un gigantesco higuerón, que les ofrecía casi tanto
abrigo como una casa.
Fermín que iba a caballo, se arrimó al grueso tronco debajo de
las ramas más gruesas; sus compañeros se metieron entre las combas
del árbol, y se acurrucaron; Fermín no tenía con quién hablar,
porque los africanos no le entendían; pero ellos hablaban entre sí
en voz baja.
Allí permanecieron durante una hora, sobrecogidos por la
vivísima luz de los relámpagos, el estampido del trueno y el
estruendoso ruido del huracán y de la lluvia en la selva.
Fermín, acostumbrado a esos estremecimientos de la naturaleza,
sacó candela con su eslabón, encendió un cigarro para calentarse un
poco, y aspiró con delicia el humo del maguey, tan grato para el
fumador campesino, especialmente cuando enciende su yesca entre los
árboles y en momentos de lluvia.
En la hacienda fue la tormenta más fuerte; las señoras se
encerraron en una recámara y rezaron el Trisagio, a la luz de una
vela bendita. Hubo un instante en que el fulgor de un relámpago fue
tan intenso y tan rojo, y el estallido del trueno tan violento, que
retemblaron las puertas y las ventanas, y ellas con la vista
obscurecida trataban de verse unas a otras para asegurarse de que
habían quedado vivas.
Pero entre todos los habitantes de la hacienda ninguno sufrió
tanto como Doña Inés; la familia Caicedo había vivido siempre allí
y estaba acostumbrada a esos fenómenos terribles aunque naturales;
mientras que Doña Inés había pasado pocos inviernos en el campo.
Ella era de constitución nerviosa y delicada, ya la sazón estaba
más impresionable que nunca, por la debilidad física y por la
tristeza de su alma. Cuando retumbaba el trueno, ella veía que las
otras muchachas se abrazaban de su madre; y si Don Manuel estaba
presente, todas acudían a él en busca de refugio; ella no tenía a
quién arrimarse. En los momentos de peligro es cuando todo ser
humano necesita y desea ser amado de alguien, quienquiera que sea.
El que echa de ver que su vida no le interesa a nadie, pierde
fácilmente el valor, y en vez de luchar se resigna a morir.
Doña Inés, cuando se desataban esas tormentas horrorosas, tan
frecuentes allí, sobrecogida de terror se refugiaba en la parte más
obscura de la recámara, se cubría con un manto de seda, y
encomendándose a Dios esperaba la muerte.
Dos horas duró la tempestad; a las cuatro de la tarde abrieron
las puertas y las ventanas; la lluvia había cesado, aunque la
tempestad bramaba todavía en la otra banda del Cauca, arrojada allá
por el viento. El cielo comenzaba a despejarse.
Al salir al corredor, vieron las señoras a algunos negros en el
patio que examinaban un par de bueyes que habían sido heridos por
el rayo, y que habían caído desplomados el uno junto al otro.
Esa yunta de bueyes había llegado de Cali esa mañana; la víspera
la había mandado Don Manuel, junto con otras, a la ciudad con
algunos negros, para que condujeran una gran piedra de
|laja,
muy larga y muy ancha, desde las faldas del cerro de Las Cruces, a
una zanja fangosa y profunda que había al Norte, en el camino de
Menga. La piedra fue colocada en la zanja como puente, y hasta hoy
se conserva allí con el nombre de "Puente de
Piedra".
En el corredor del trapiche estaban un hombre y un muchacho, con
cuatro bestias cargadas de fardos de bayeta de Pasto, que iban para
Cali.
El hombre le decía al muchacho:
-¿Dónde se habrá quedado Pedro con las otras dos
bestias?
-Quién sabe, contestaba el muchacho; hasta que llegamos a esa
gran piedra que hay en el camino, vi que venía allí, con las
cargas; aunque algo atrasado.
-Vamos, pues, hasta ese punto para saber por qué tarda.
El arriero rogó a un negro le tuviera cuidado con las bestias
cargadas y salió con el muchacho en busca de su compañero. La
piedra grande quedaba en todo el camino a pocas cuadras de la casa
de la hacienda. Al llegar a ella vieron al otro arriero tendido en
el suelo juntamente con las dos bestias cargadas; los había muerto
el rayo.
Grande fue el espanto del arriero y del muchacho cuando tál
vieron. Examinaron a su desgraciado compañero para ver si daba
señales de vida, pero al punto se convencieron de que era cadáver,
pues no sólo no respiraba, sino que al moverlo parecía como si los
huesos se le hubieran deshecho; el cutis en la cara, de cobrizo que
antes era, se había tornado en carey; y el cabello, antes lacio y
grueso, como de indio que era, se había vuelto crespo como cabello
de negro, y por los oídos le salía sangre.
El arriero volvió triste a la hacienda, pidió posada para esa
noche, contó su desgracia a los amos de la casa, descargó sus
bestias y volvió con dos de ellas al lugar de la catástrofe y con
algunos negros que llevaban unas parihuelas; alzó las dos cargas;
los negros colocaron el cadáver en las parihuelas
|(guando) y
regresaron a la casa. El muerto fue sepultado en el cementerio de
la hacienda.
Aunque la tempestad había cesado desde las tres de la tarde, Don
Manuel con Zamora y Fermín con los esclavos bozales no llegaron a
la casa sino por la noche, porque el río de Meléndez y la quebrada
de las Piedras habían crecido mucho y no dieron vado hasta pasadas
las seis de la tarde.
Don Manuel vio con asombro los estragos de la tempestad, mandó
que introdujeran al arriero y al muchacho en la cocina para que
cenaran, y dio orden a Zamora para que les diera dos caballos a fin
de que pudieran continuar su viaje al día siguiente, los cuales
devolverían a su regreso.
Los negros bozales sintieron mucha alegría cuando encontraron en
la hacienda otros negros congos, que hacía tiempo habían salido de
su patria, pero que recordaban perfectamente su nativa lengua,
porque en ella se comunicaban entre sí.
Las desgracias que las tormentas ocasionan en toda esa región,
especialmente en Octubre, cuando el verano ha sido fuerte y largo,
no son raras
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. Los viejos y los mozos recuerdan varios
casos de muerte de rayo ocurrida en transeúntes y en vecinos, en
amos yen criados, y principalmente en ganados; sin que haya faltado
uno que otro incendio de casa pajiza.
Los que habitan en esa aurífera comarca bajo esa atmósfera
inflamable, se resuelven a vivir constantemente, como Ayax de
Oileo, desafiando al Cielo.
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Así está en los protocolos de ese tiempo.
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Y eso que dejamos dicho de los bueyes y del arriero con su
recua, sucedió en una tarde de Octubre, tal como queda
narrado.
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