El Rodeo
En los meses de Julio y Agosto hicieron los Alcaldes y Regidores
de Cali todas las diligencias que pudieron para descubrir el
paradero de Daniel, sin obtener resultado alguno. Se habían hecho
indagaciones escrupulosas en la ciudad, en las haciendas; en los
campos; y a pesar del interés con que había procedido la autoridad,
se habían trascurrido ya dos meses y el asunto continuaba envuelto
en el mismo misterio que al principio .
Entre tanto la vida de los habitantes de la hacienda se pasaba
en la monotonía de costumbre; los esclavos trabajaban toda la
semana; los domingos tenían misa, dada por el Padre Escovar o por
otro religioso franciscano; las señoras cosían, bordaban, leían y
administraban los asuntos domésticos, en todo lo cual tomaba parte
Doña Inés, que no seestaba un momento ociosa.
Cada mes se hacía el rodeo de todo el ganado manso, pues el
arisco no entraba nunca en el corral; en otro día se hacía la
recogida de las yeguas. Todos los lunes se racionaba la cuadrilla,
en cuyo abasto se consumían veinte reses.
La monotonía de esta vida sólo era turbada por algún paseo al
río Pance, en donde las señoras gustaban de bañarse, paseo que era
un tormento para Doña Inés, por los recuerdos que suscitaba en su
alma; pero no se excusaba de ir porque no tenía pretexto plausible
y porque en esos recuerdos melancólicos hallaba cierta especie de
embeleso; la conversación más afectuosa y más franca de las que
ella llegó a tener con Daniel, se verificó en un paseo semejante.
Sólo interrumpían la uniformidad de esa vida, algunos vecinos de
Cali, hombres y mujeres, que iban a la hacienda con bastante
frecuencia, aquéllos a comprar ganado y éstas a comprar miel o
azúcar,
Tampoco faltaba una que otra vez, algún viajero de los que iban
de Popayán a Cali, o viceversa, a quien cogía la noche o azotaba la
tempestad al pasar por ese punto,
Los compradores de ganado y las de miel o azúcar, regresaban
siempre contentos a sus casas, llevando lo que habían ido a buscar,
aunque hubieran ido a tratar sin dinero; así como los transeúntes
hallaban hospitalidad, con cena, y acomodo para sus bestias, sin
que les costara nada.
Por último, no faltaban de vez en cuando visitas de amigos
caleños que permanecían en la hacienda de la mañana a la tarde, y
de algunos hacendados vecinos que solían ir los domingos y se
estaban allí en sabrosa conversación hasta que llegaba la
noche.
De esta manera se pasaron los meses de Julio, Agosto y
Septiembre, que son los de verano en el Valle.
Los rodeos mismos eran por lo regular uniformes; y no se
diferenciaba uno de otro sino por alguna escena particular que a
veces ocurría. Describiremos uno de ellos como muestra.
El último de Septiembre fue día de rodeo. A las cuatro de la
mañana se tocó la campana y toda la cuadrilla se reunió en la
iglesia a rezar el rosario y cantar los
|alabados, como se
hacía siempre, bajo la vigilancia del Capitán.
Al salir de la iglesia, los vaqueros encargados de hacer el
rodeo, en número de sesenta, almorzaron ala ligera, y apercibieron
sus cabalgaduras, que eran escogidas de entre los caballos más
fuertes y más corredores de la hacienda, y los ensillaron con
grandes monturas de enorme cabeza, con estribos de madera de forma
de baúl, pendientes de aciones de cuero crudo, fuertes y dobles, y
llevando enrollada en el arzón delantero a la derecha, una larga
soga de enlazar, formada de una tira de cuero de res torcida, que
en el país llaman
|guasca
El día de rodeo era un gran día, de fiesta y de placer, para los
vaqueros. Ningún deleite es comparable al que siente uno de esos
centauros, vigoroso y ágil, al enlazar, en carrera tendida por la
extensa y suelta llanura, una res bravía, que huye veloz con la
cabeza levantada y la cola al viento. Cuando el vaquero se pone a
ocho varas de distancia de ella, agita rápidamente en el aire el
lazo abierto, trazando círculos, y en el momento oportuno, lo lanza
por la tangente a la cabeza de la res, que queda enlazada de los
cuernos; si la enlaza de otra parte, tiene que sufrir las burlas de
sus compañeros.
Cuando la res es muy grande, por ejemplo un toro añoso, sigue
tras él, largándole soga, porque habría peligro en contenerlo de
repente.
Luégo que la res se siente detenida en su carrera, vuelve sobre
el vaquero; pero entonces él la conduce hacia uno de los postes con
horqueta que hay en el gran corral, llamados
|bramaderos,
pasa la soga por entre los dos ramales de la horqueta y sigue
halando hasta que la res queda pegada al poste.
Los vaqueros ese día eran cerca de ciento, de los cuales unos
sesenta, como hemos dicho, eran de la hacienda; los demás eran
hombres libres, de Cali o de las inmediaciones, que habían ido,
unos a ayudar a hacer el rodeo con el fin de comprar ganado y otros
por el simple placer de enlazar. De estos auxiliares había siempre
muchos en todos los rodeos de Cañasgordas.
A las seis de la mañana estaban todos reunidos en el espacioso
patio, perfectamente aderezados, ya esa misma hora salieron. Al
pasar la puerta de golpe se dividieron en partidas; una de ellas
tomó por la llanura abajo a los bosques de Morga; otra por la
colina arriba, hacia las cabeceras del río de las Piedras; otra por
las dilatadas vegas que quedan ala derecha del Pance; y otra, en
fin, por la ribera izquierda del Jamundí, hasta las selvas del
Cauca.
A las diez del día ofrecía esa comarca el aspecto más
pintoresco; de Morga subían numerosas vacadas, formando
|barbacoas como decían ellos, en dirección al anchuroso
corral destinado a ese efecto, situado en el punto central de la
hacienda, y sombreado por algunos árboles. En ese tiempo no había
ceibas como hay hoy. De la parte alta bajaban otras numerosas
partidas de ganado, y lo mismo de las riberas del Pance y del
Jamundí; todas ellas convergían a ese punto central, cercado de
grueso y alto vallado de piedra.
El corral se llenó materialmente de ganado y quedó afuera una
gran parte que los vaqueros rodeaban para que no se fuera.
La puerta, o mejor dicho, el espacio abierto por donde se
entraba al gran corral, no se cerraba ni podía cerrarse con aparato
alguno, porque era muy ancho, casi de media cuadra. Luégo que el
ganado estaba adentro, se colocaban muchos vaqueros alineados en
esa puerta, para impedir que se saliera.
A veces sucedía que algún vaquero novicio imprudente lanzara un
grito intempestivo, y entonces toda esa masa de reses se asustaba,
se albortaba, y como si fuera presa de pánico terror, se
precipitaba sobre los vaqueros que custodiaban la puerta, los
atropellaba y salían corriendo en espantoso tumulto, en busca de
sus respectivas dehesas, sin que poder humano alcanzara a
contenerlas.
En ocasiones, a tiempo de salir de esa manera, caía atropellada
alguna res de las que iban adelante; sobre ella iban pasando todas
las demás; y cuando salía la última, la res yacía muerta o estaba
muriendo.
En los rincones del corral ya la sombra de los árboles había
hogueras preparadas para calentar las marcas con que debían herrar
el ganado nuevo.
Cuando estuvo todo el ganado reunido, dejaron salir del corral
los toros, los bueyes, las vacas, y dejaron los terneros sin
herrar, las reses enfermas y las que habían sido destinadas para
las raciones de la cuadrilla y gasto de la casa.
A las once del día, todo era ruido, actividad y movimiento en el
corral; algunos vaqueros marcaban con el hierro candente, que tenía
la forma de un corazón, los terneros que estaban sin herrar, otros
curaban los enfermos, y otros mataban y descuartizaban las reses
para el abasto de la hacienda y distribuían la carne entre las
diferentes familias, de cada una de las cuales había allí un
recomendado para recibir la respectiva ración.
Afuera habían quedado otros muchos vaqueros, rodeando el ganado
para que no se fuera; y entre éstos estaban los compradores,
escogiendo las reses y arreglando el precio con Don Juan Zamora y
el tío Luciano.
Entre el ganado de Morga había caído por casualidad un toro
negro, de esos que jamás iban a corral, corpulento como un
elefante, de cuello enormemente doble, de altas paletas, cabeza
baja, frente rugosa, ojos encendidos y grandes cuernos, gruesos en
la base y curvos hacia adelante.
Uno de los tratantes se pagó de la corpulencia del animal y
ofreció compra por él.
-Nada más fácil que vendértelo, le contestó Don Juan, pero
¿qué harás con él?
-Llevarlo a Cali y expenderlo en la carnicería.
-¿Y quién lo lleva?
-Los vaqueros que yo buscaré; aquí mismo hay muchos que se
comprometerán a llevarlo.
-Pues yo te aseguro, dijo Don Juan, que no habrá quién lleve ese
toro a Cali, a lo menos vivo. Ni en Jarama mismo, en la santísima
España, se da un animal más corpulento; y debe de ser bravo como un
demonio; mírale la cara.
Un mozo caleño, vaquero de profesión, fuerte, resuelto y ágil,
al oír ponderar la ferocidad del toro, sintió el entusiasmo de su
oficio, y dijo:
-Yo seré uno de los vaqueros que lo lleven.
-Bien, pues, dijo Zamora al tratante: ¿cuánto ofreces
por él?
-Por tener el gusto de llevarlo a Cali, soy capaz de dar ocho
patacones.
-¿Ocho patacones? Ese animal vale una onza, ni un
real menos. Ya ves que una res común vale seis patacones, y esta
equivale a tres.
-Daré diez.
-Es poco; llévelo por doce, y es muy barato.
-Es mío.
-¿Lo enlazo? preguntó el mozo que se había ofrecido
de vaquero y que estaba bien montado.
-Ese toro, dijo el tío Luciano, no podrá ir sino a cuatro sogas,
si es que va.
-Pero puedo enlazarlo ahora, insistió el mozo, para dejarlo
atado al bramadero mientras el patrón busca los otros vaqueros.
-Haz la prueba, dijo el tío Luciano sonriéndose.
El toro estaba, como hemos dicho, afuera del corral, en medio de
las vacas, al parecer tranquilo; que a haber estado solo, habría
partido contra la gente que veía cerca.
El mozo desenrolló su soga y se puso a una distancia regular; el
toro estaba de pie, con la cabeza más baja que el lomo, sin ver
nada ni a nadie al parecer, como si todo cuanto le rodeaba le
inspirara supremo desdén.
Cuando el mozo comenzó a hacer girar sobre su cabeza la gruesa
soga, los demás vaqueros apercibieron las suyas para darle auxilio;
después de dar muchas vueltas en el aire con el lazo abierto, lo
lanzó a la cabeza del toro, lo enlazó de los cuernos, y templó la
soga. Apenas sintió el toro el lazo en sus cuernos, sacudió la
cabeza, dio una estampida, volvió frente a Morga y salió al escape.
El mozo plantó su caballo de frente, le templó la rienda y esperó
el estirón; fue cosa de un momento; el caballo fue arrancado de su
puesto y cayó de rodillas primero y después de lado, y fue
arrastrado por la llanura abajo como una paja, con el jinete, que
llevaba una pierna cogida debajo del caballo. El toro corría al
simple trote, con el mayor desembarazo, como si no llevara en
rastra peso alguno,al escape. El mozo plantó su caballo de frente,
le templó la rienda y esperó el estirón; fue cosa de un momento; el
caballo fue arrancado de su puesto y cayó de rodillas primero y
después de lado, y fue arrastrado por la llanura abajo como una
paja, con el jinete, que llevaba una pierna cogida debajo del
caballo. El toro corría al simple trote, con el mayor desembarazo,
como si no llevara en rastra peso alguno.
Los demás vaqueros volaron a enlazarlo; pero cuando estuvieron
cerca, ya Fermín viendo que el jinete se rompería la pierna en un
montón de piedras por sobre el cual 1o arrastraba el toro, había
cortado la soga. Y el toro seguía al trote corto por la llanura
abajo, con arrogante majestad, en busca de su dehesa, sin parecer
notar que ya no llevaba peso alguno en rastra.
-¿No se lo dije? , exclamó el tío Luciano; ese toro
no iría a Cali ni a cuatro sogas, porque es
|altuno , y antes
de llegar a Meléndez caería para no levantarse, por más que lo
atormentaran y moriría
|encalambrado de soberbio.
-¡Es lo que yo digo!, añadió sentenciosamente Don
Juan.
El mozo quedó muy adolorido, aunque sin ruptura de hueso,
gracias al estribo que era de madera resistente, y grueso y en
forma de baúl.
Don Juan Zamora fue entre tanto a la casa a recibir órdenes de
Don Manuel sobre el ganado vendido, porque la mayor parte de los
compradores hacían el contrato al fiado, seguros de que Don Manuel
no les negaba ese servicio.
En todo el día del rodeo subía Don Manuel de rato en rato a uno
de los corredores del piso alto, armado de un poderoso anteojo de
larga vista, que era su frecuente diversión cuando estaba en la
hacienda; con ese anteojo examinaba gran parte de sus dominios, y
descubría a veces la holgazanería de los esclavos en los trabajos o
los daños que en sus propiedades le causaban los vecinos o los
transeúntes.
A los negros les causaba terror ese instrumento, y cuando
alcanzaban a ver desde lejos a su amo en esos balcones, a quien
reconocían fácilmente por el balandray o por el
|caracol de
zaraza, ya sabían que distinguía, a pesar de la distancia, la menor
de sus acciones, y trabajaban con tanta formalidad como si le
estuviera allípresente entre ellos.
Al llegar Zamora ala puerta de golpe, se le reunió y entró con
él un tratante de la clase de los
|monteras conocido de Don
Manuel, a quién él recibió con cariño, preguntándole :
-Hola, Vicente, ¿cómo te ha ido?
-Bien, señor Don Manuel; para servir a vuesa merced.
-¿Qué asunto te trae por aquí?
-Quería rogar a vuesa merced me diera una vaquita a crédito para
salarla y llevarla al Chocó, en donde sé que la carne está escasa,
y deseo aprovechar la ocasión de vender la carne pronto ya buen
precio.
-¿y qué utilidad vas a sacar de una vaca? Lleva
siquiera dos, ya que piensas hacer un viaje tan largo.
-Eso sería mucho mejor, si vuesa merced no desconfía y me hace
el favor por completo.
- Tú eres formal; ¿qué plazo quieres?
-No puede ser menos de tres meses.
-Te concedo seis.
Volviéndose a Don Juan le dijo:
-Zamora, entréguele dos vacas buenas a Vicente y arregle con él
el precio.
En seguida preguntó:
-¿Qué ha ocurrido de particular en el rodeo?
-Nada, señor, sólo que por Morga al entrar en el bosque a echar
afuera unas reses, encontramos al negro Jacinto que estaba
desollando una vaca.
-¡Vean qué bellaco! Por lástima de su mujer y de sus
hijos le he permitido que haga allí su
|rancho. Ahora mismo
mande usted dos criados que lo prendan y se lo lleven a Cali a Don
Andrés Camarada para que lo ponga en la cárcel y se le siga la
causa. ¡Vean qué bellaco!
Don Juan se retiró con Vicente para ir a cumplir las órdenes que
se le acababan de dar; pero cuando iba llegando a la puerta de
golpe lo llamó Don Manuel y le dijo:
-Pero ¿qué va a ser ahora de la mujer y de los hijos
de Jacinto?
Y llegándose a la puerta de la sala, llamó en voz alta:
-¡María Gertrudis¡
Doña Gertrudis se presentó al momento, y él le dijo:
-Pesa media arroba de sal y mándasela al negro Jacinto a Morga;
que le digan que es para que no deje dañar la carne de la vaca que
me ha robado hoy; que no sea ladrón, que cuando necesite, pida y no
robe; y que si vuelve a hacerlo, lo mando al presidio, Zamora
(añadió dirigiéndose a Don Juan), deje usted quieto a ese negro
bellaco.
Zamora se sonrió y se fue con Vicente para el corral, a
entregarle a éste las dos vacas.
En el camino, puestos los caballos al paso corto, dijo Vicente a
Don Juan:
-Me parece increíble lo que acabo de ver y oír, atendido el
carácter violento del señor Don Manuel.
-Nosotros, contestó Don Juan, no nos admiramos,porque estamos
acostumbrados a las rarezas de ese carácter. Hace poco tiempo lo
mandó a llamar a Cali un compadre que estaba en el último trance y
que quería hablar con él antes de morir. El tal compadre tenía una
labranza con unas cuatro vacas, en las inmediaciones de la
hacienda. Don Manuel fue al momento a ver para qué lo quería su
compadre; y me llevó en su compañía. Cuando estuvimos cerca de la
cama, el enfermo le dijo delante de mí.
-Lo he llamado para pedirle perdón del daño que le he causado y
restituirle lo que le debo.
-Ningún mal me ha hecho usted, contestó Don Manuel, y nada me
debe; por lo menos yo no recuerdo.
-Es que no sabe vuesa merced lo que voy a decirle; yo llevaba
frecuentemente carne a las Juntas del Dagua y esa carne era de
vacas que le robaba a vuesa merced de las que pacían cerca a mi
labranza; con el dinero que hice, compré esta casa, la cual
pertenece a vuesa merced en todo rigor de justicia. Al morir yo,
que será de hoy a mañana, disponga de ella, porque es suya, pero
perdóneme por el amor de Dios.
Yo sudaba oyendo esta confesión; pero el enfermo quiso hacerla
delante de mí, y no permitió me retirara, a fin de que ella le
sirviera según dijo, de mortificación y penitencia.
-Compadre, contestó Don Manuel, déjese de eso; yo le perdono de
todo corazón y le regalo la casa para que les quede a sus hijos y a
su viuda, pues a mí no me hace falta lo que me ha quitado. El
enfermo murió esa noche dejando una viuda que ya no era joven y una
turba de hijos.
Si yo no respetara tanto a Don Manuel, lo habría abrazado ese
día, al oír las palabras de perdón y la generosidad con que trató a
ese infeliz enfermo.
En esto llegaron al corral; Don Juan entregó a Vicente las dos
vacas, ya los demás compradores las que habían contratado; todas
quedaron aseguradas en el corral, para llevarlas a Cali al día
siguiente, pues ya era muy tarde.
A las seis se suspendió la operación de herrar y curar terneros;
poco después, los vaqueros de la hacienda entraban en sus
respectivas casas, en busca de lacomida preparada por las esposas y
por las madres, y dispuestos a comer con esa hambre devoradora y
benéfica con que comen los hombres que pasan el día al remo del
trabajo.