Las bodas en Catayá
El señor Salguero, Daniel y Fermín se fueron con Manuel que les
brindó hospitalidad por esa noche. El maestro Saucedo y sus dos
discípulos quedaron citados para la hora de la misa.
A las cuatro de la mañana estaba en movimiento la casa de doña
Mariana; los novios estaban preparados con sus padrinos y el Cura
esperaba en la inmediata iglesia de las Mercedes.
El patio de la casa estaba lleno de caballos, porque al
terminarse la ceremonia debían partir todos para Catayá, en donde
se hacía el fandango. Este era el nombre que se daba al banquete y
baile de bodas.
La feliz pareja se dirigió a la iglesia acompañada de sus
padrinos, de Salguero y del maestro Saucedo con sus dos discípulos.
Fermín se quedó en la casa ensillando los caballos, incluso los de
Saucedo y sus oficiales, que habían sido llevados allí desde la
víspera.
La misa duró sólo media hora; a las cinco estaban los novios y
su pequeña comitiva de regreso; montaron inmediatamente todos,
menos Doña Mariana, y salieron en alegre algazara en dirección al
llano, quemando cohetes.
Atravesaron el extenso y entonces limpio llano de Cali, en donde
no se conocía aún esa planta tenaz llamada
|aromo, la cual,
según se cuenta, fue traída de Cartagena para adorno de los
jardines, y que ahora amenaza apoderarse de todos los terrenos del
Valle.
Cuando acababan de pasar el llano y se acercaban a las orillas
del Cauca, ya se anunciaba por las cumbres de las montañas de
Chinche la alegre luz del día, reflejadaen las nubes, que
extendidas en franjas horizontales sobre la cordillera, aparecían
teñidas de oro y grana.
Toda la naturaleza parecía acompañar a los novios en su justo
alborozo; el día se anunciaba espléndido, como son generalmente los
de Junio; en la arboleda próxima se dejaba oír el alegre canto de
las
|guacharacas, canto a coro, ejecutado de árbol a árbol
con porfiada emulación; mientras que los monos atronaban la selva
con su canto gutural, encaramados en los burilicales del otro lado
del gran río.
Pasado el llano, entraron en un ancho callejón formado por las
cercas de las labranzas que había a uno ya otro lado, todas con
cacaotales, porque esa faja de tierra desde Morga para abajo,
produce en abundancia esa planta preciosa casi sin necesidad de
cultivo.
De repente apareció allá a alguna distancia la casa de paja de
Salguero, con su extenso patio y su puerta de trancas. A la espalda
ya los lados de la casa estaban los cacaotales, y más lejos los
platanares y los maizales.
En ese momento estaba el patio colmado de gallinas y pollos,
patos y pavos en número increíble, a los cuales la señora Magdalena
estaba arrojándoles maíz; aun lado del patio, en un espacioso
chiquero, gruñía impaciente una crecida piara de marranos, que
pedía su desayuno; del otro lado, en una
|manga(38) de pasto
común (no se conocían todavía las gramíneas llamadas guinea y pará)
berreaban dos terneros, cuyas madres contestaban mugiendo baja y
sordamente en el callejón, junto ala puerta de trancas; aun extremo
del patio se levantaba un gigantesco tamarindo, árbol de sombra
saludable, que refrescaba la casa en las altas horas del día.
Al anunciarse la llegada de los novios por los cohetes que iban
quemando, salió a recibirlos al corredor de la casa la señora
Magdalena (ña Magdalena) en compañía de su hijo Antonio, muchacho
de catorce años, de las cocineras, de algunos mozos de labranza y
dos convidados de la vecindad. Antonio abrió la puerta de trancas,
y entró en el patio la feliz pareja con todo su cortejo,
Salguero se desmontó el primero y desmontó a sus hijas, y
después, antes de todo, quemó unos cohetes en el patio. Mercedes se
precipitó en los brazos de su madre, que la estrechó contra su
pecho, y así enlazadas, lloraban la una sobre el hombro de la
otra.
Viendo esto Salguero, dijo a su mujer; no llores, hija Mercedes
va bien casada; Manuel es un buen muchacho; y si no, ¡que
no lo sea! Añadió en tono de amenaza.
Manuel se acercó a su suegra, le estrechó la mano creerán que a
usted le pesa haberme dado a Mercedes para esposa.
-No, hijo, no me pesa, pero me han dado ganas de llorar, sin
saber por qué. Pero mira, ya no lloro.
Y diciendo así, se limpiaba las lágrimas.
-Magdalena, dijo Salguero, tráeme la limeta para tomar un trago
a la salud de los novios.
Magdalena entró en la sala y sacó un frasco cuadrado, de vidrio
negro, lleno de aguardiente, y una escudilla pequeña de loza de
China, y fue sirviéndoles de uno en uno.
-El que quiera vino, que avise, dijo Salguero con orgullo.
-No, contestó otro, mejor es aguardiente; el vino para la
comida.
-Antonio, dijo Salguero, desensilla los caballos, ve con los
otros a darles de beber y ponlos a comer en el nudillal.
Entraron todos en la sala; la novia, la madrina y la madre de
éstas se retiraron al aposento a cambiar de vestido. Un momento
después se sirvió el almuerzo en la sala de la casa, sin más
convidados que los que estaban presentes, que eran doce personas
por todo.
Ni Luculo, ni Heligábalo mismo, hubieran desdeñado uno de esos
almuerzos que se sirven en las orillas delCauca en fiestas
semejantes. Además de las viandas que son comunes en las mesas de
la ciudad, figuraban allí otras muchas, propias del campo y, sobre
todo, de esta localidad privilegiada.
Durante el almuerzo reinó entre todos la mayor cordialidad y una
alegría franca y comunicativa.
Terminada esa agradable ocupación, los varones fueron a dar un
paseo recorriendo la labranza de Salguero. El cacaotal inmediato a
la casa era extenso y bellísimo; limpio por debajo, estaba cubierto
con una gruesa y tupida alfombra de grandes hojas secas. Los
árboles de cacao que cubrían el suelo con su sombra, estaban ellos
mismos a la sombra de otros muy corpulentos; cachimbos, caracolíes,
árboles del pan, zapotes, caimitos, aguacates y madroños. Por entre
esas dos bóvedas de follaje superpuesta, no penetraban los rayos
del sol sino en una que otra parte.
Las
|matas de cacao, como se decía entonces, estaban
cargadas de
|mazorcas desde el pie hasta arriba, amarillas
unas, moradas otras, y verdes pero en sazón muchas, porque en ese
mes era la cosecha grande del año.
A las once fueron a bañarse aun fresco torrente de agua que
pasaba por allí cerca, sacado del río Cauca por cauce artificial, y
por donde hoy se ha precipitado casi la mitad de aquel río. En
aquel tiempo no llevaba tanto caudal ni era profundo. En sus
orillas crecían multitud de guamos que inclinaban sus ramas sobre
el cauce y parecían gozarse en mojar sus gruesas
|churimas en
las aguas del torrente.
A las doce comenzaron a quemar cohetes en la casa, para anunciar
que se acercaba la hora de la comida. A ese tiempo ya se había
aumentado el número de convidados con dos familias de propietarios
de la vecindad.
La comida debía servirse en el cacaotal, en un punto en donde la
sombra era más densa. Habían unido tres mesas, para que cupieran
las veinte personas que habían de comer en ellas.
Los manteles eran muy limpios; y la vajilla, parte de plata y
parte de loza de China; un solo jarro de plata debía servir para
todos.
Los asientos eran escaños de guanabanillo a los lados, y sillas
de brazos a las cabeceras.
Eran las doce y media; Salguero sirvió un vaso de aguardiente a
cada uno de los convidados, otro de mistela a las damas, quemó unos
cohetes en el patio y llamó a comer.
Manuel se sentó en una de las cabeceras de la mesa, ya un lado
de ésta, a su derecha, colocó a Mercedes; y a su izquierda, frente
a Mercedes, colocó a Teresa.
Daniel, como padrino, ocupó la otra cabecera, ya sus lados se
colocaron dos muchachas de la vecindad.
Salguero escogió para sí el medio de la mesa y puso al frente al
maestro Saucedo, que quedó rozándose la cabeza con unas mazorcas de
cacao.
Los demás convidados tomaron asiento a su voluntad,
Ña Magdalena no se sentó a la mesa; ella era ese día la
reina de la cocina.
Las brisas que corren a esa hora en el ancho cañón del Cauca,
refrescaban el ambiente y lo embalsamaban con el perfume de las
flores de los árboles; el bejuquillo (vainilla) enviaba sus aromas
desde un guadual vecino; y estos gratos olores se mezclaban con el
apetitoso de los guisos y las ensaladas.
La comida fue abundante y exquisita; cuatro grandes limetas de
vino y otras de aguardiente y de mistelas adornaban el centro de la
mesa; aun lado y otro, distribuidos con simetría, estaban los
platos de ensalada y salsas de ají, condimento indispensable en las
comidas campestres.
En la labranza había todo género de frutas; piñas, melones,
sandías, chirimoyas y muchas más, pero esas no se servían en la
mesa, porque lo creían muy vulgar. Los que apetecían frutas, iban a
comerlas en la mata misma.
Comenzó el servicio por la tradicional sopa de arepa con
gallina; a este plato siguieron pasteles de ánade, piezas de
|guagua bien condimentadas, lengua de vaca en adobo, pescado
salpreso y barbudo fresco, lomos de cordero y chanfaina del mismo.
Todo esto fue devorado en medio de repetidos tragos y de bulliciosa
conversación, pero sin brindis, porque entonces no se usaban
arengas en medio de la comida.
Después condujeron a la mesa un lechón asado al horno; iba
echado de barriga en ancha fuente de loza fina, como una gallina en
su nido, y llevaba en la boca una mazorca de maíz atravesada; el
lechón fue recibido con ruidosa algazara, porque tanto los
anfitriones como los convidados, menudeaban el vino y los demás
licores, y estaban ya muy alegres.
Después del lechón apareció el bimbo (pavo) en una bandeja,
llevando en el pico un ramo de flores; la presentación del bimbo
fue palmoteada.
-Beban ustedes de este vino, decía Salguero; el mismo señor
Alférez Real se lo dio a Daniel para que obsequiara con él a
Mercedes.
Y recorría con la vista a todos los circunstantes, para ver qué
impresión les hacía la noticia. Los convidados, si hasta allí
habían calificado el vino de bueno, en adelante lo calificaron de
mejor.
Sirvieron al fin muchos postres, y el infalible manjar blanco
con dulce en caldo (almíbar con brevas) y queso fresco.
A esa hora comenzó a dar vueltas el jarro por toda la mesa, y en
él bebían sucesivamente todos.
Durante la comida, la ardilla saltaba de un árbol a otro, sin
miedo de los perros; algún conejo se asomaba a lo lejos, se detenía
un instante, levantándose apoyado en los cuartos traseros, oía la
algazara y salía corriendo a brincos a esconderse en los
cañaverales. Los guaca-mayos en los altos cachimbos se entretenían
garlando en voz baja y tronchando flores.
Fermín había comido en la cocina, y allá le había enviado Daniel
repetidos tragos de licor.
El más grave durante la comida había sido el maestro Saucedo;
pero así era siempre.
Las damas se retiraron al aposento a reposar la comida ya
prepararse para el baile; Salguero buscó a su mujer para
conferenciar con ella sobre lo que había que hacer para complemento
de la fiesta; muchos se tendieron debajo de los árboles a dormir la
siesta; y Saucedo buscó conversación con Daniel, a la sombra de un
corpulento árbol del pan.
-¿Cómo te va, Daniel, con el señor Alférez Real?
-Muy bien, maestro, estoy muy contento.
-¿Olvidarás el oficio?
-Imposible, maestro, ese será un recurso en toda
circunstancia.
-¿Y no piensas casarte? Ya Manuel te dio el ejemplo,
y eso que no es tan buen oficial como tú.
-No, maestro, yo no me casaré nunca.
-¿Nunca? Eso es mucho decir. Sólo cuando se ha tenido
un amor profundo y ese amor hasidodesgraciado,puedehacerse
semejante propósito.
-Sin eso, puede uno hacer resolución de no casarse; usted, por
ejemplo, ha permanecido soltero, y no creo que haya tenido pasión
desgraciada.
-Ah, ¡no sabes tú!
-¡Qué¡ ¿Sería posible?
-Posible ha sido.
-¿Ha tenido usted algún amor desgraciado? Perdone mi
atrevimiento.
-No es atrevimiento; eres tú la única persona a quien referiría
mi desgracia. Sabes que te he querido mucho y que te he preferido
siempre entre todos mis discípulos; ¿Y quieres que te
diga por qué? Porque te pareces a la mujer que amé en mi
juventud.
-¿Sería ésa mi madre? preguntó Daniel con ansiosa
curiosidad.
-No, no fue tu madre, no pudo ser tu madre; Dolores Otero, el
objeto de mi loca pasión, murió soltera, murió de diez y seis años,
murió virgen.
-¿Y por qué no se casó usted con ella?
-Ella no quiso (aquí suspiró Saucedo, y continuó); al principio
recibió bien mis obsequios y me dio esperanzas; después, de repente
cambió para conmigo, hasta el extremo de rogarme que no volviera a
su casa, porque no teniendo intención de casarse, mis visitas
comprometían su reputación.
-¿Y usted se retiró?
-¡Al momento! Quedaba profundamente herido en mi amor
propio. Un año haría que había sucedido esto, cuando supe que había
muerto de reumatismo. Mi dolor fue tan grande como sincero; lloré
por ella como si hubiera sido mi esposa, y desde entonces hice
propósito de no amar a otra alguna. Ya ves, lo he cumplido.
-¿Y era hermosa esa joven?
-Sobre toda ponderación; bástete saber que la llamaban
|la
flor del vallano. Ahora bien; tú tienes sus mismos ojos, el
mismo timbre de su voz, y no sé qué otra semejanza que no acierto a
decir en qué consiste. Esto te explicará por qué te he querido
tánto.
-Gracias, maestro, está usted bien correspondido.
Cuando Daniel contestó esto último. Saucedo lloraba
silenciosamente.
En ese instante se notó gran movimiento en la casa; era
ocasionado por la llegada de los músicos; ñor zapata, los dos
flautistas, y el cantor de la serenata, y cuatro más que tocaban la
|tambora, el
|alfandoque, la pandereta y el
|triángulo.
Al oscurecer llegaron algunas muchachas vecinas con sus padres y
se colocaron en la sala.
Salguero encendió las cuatro velas de sebo de una araña de
madera que pendía del techo en la mitad de la sala y la hizo dar
vueltas; con lo cual las sombras de las personas se proyectaban en
las paredes en movimiento rápido circular, que causaba mareo al que
se fijaba en ellas.
No eran todavía las ocho y ya se iba a comenzar el baile.
Las damas eran; Mercedes, Teresa; cuatro mujeres casadas,
jóvenes, que habían ido con sus maridos; y dos muchachas solteras
que habían ido con sus padres.
Todas iban bien vestidas, según su clase y al uso de la época;
todas llevaban alhajas de oro, chumbe y tumbadillo y los pies
descalzos.
La novia había reformado su tocado esa noche; había recogido la
gruesa trenza de sus cabellos, en forma de castaña, asegurada con
cintas, y sobre ella lucía una gran rosa de oro y esmeraldas, que
se llamaba por antonomasia
|la joya .
Los hombres que habían de bailar eran muchos, y todos los que
estaban en la barra con vestido limpio, tenían derecho a tomar
parte en la fiesta; porque tál era la costumbre.
Los músicos estaban en un rincón de la sala. Al lado de zapata,
que era el jefe de la orquesta, estaba el cantor, de pie y con
sombrero.
Comenzó zapata a preludiar por
|cuatro blando. De repente
rompió el cantor entonando un verso octosílabo en la tonada del
bambuco, y todos los instrumentos lo siguieron. Un grito unánime de
alegría acogió ese canto popular. El cantor callaba a ratos, y
entraba de nuevo en determinados pasajes.
Esta primera pieza fue bailada por los novios, con calurosos
|vivas de la barra.
Le tocó en seguida a Daniel con Teresa, la madrina, que lo
miraba con tiernos ojos, aunque él no se daba por entendido, porque
su corazón estaba ajeno ya; al mismo tiempo que Nicolás, uno de los
vecinos de Salguero, se moría por ella, sin que ella hiciera caso
de tal amor.
Esta cadena de afectos no correspondidos fue descrita por
Virgilio en el
|Torva Lucena lupus sequitur, lupus ipse
capellam: "La feroz leona anda en pos del lobo, el
lobo en pos de la cabra, y la cabra retozona en pos del florido
cantuezo: ¡a cada uno arrastra su pasión!". Y
por el poeta castellano Francisco de Figueroa :
- Alcipo ama a Damón, Damón a
Clori;
- Arde Clori por Tirsi, Tirsi
ingrato
- Por Dafne; Dafne está entregada a
Glauco;
- En Glauco no hay amor.
Estas primeras parejas, aunque no eran diestras en el arte por
ser novicias, no lo hicieron mal; pero el espectáculo creció en
interés cuando los varones casados salieron al puesto con sus
respectivas mujeres; estas nuevas parejas habían bailado en otros
muchosfandangos, e hicieron su deber con desembarazo y maestría
Era cerca de media noche cuando todos los concurrentes
pidieron que bailaran los dueños de la casa. Salguero, que
estaba alegre, fue al momento en busca de su mujer y la condujo al
puesto con general aplauso.
Magdalena apenas contaba treinta y cuatro años; no tenía todavía
trazas de suegra. Ella de antemano se había vestido bien; no por lo
que pudiera suceder, sino porque sabía de seguro que la harían
bailar con su marido, porque era costumbre en todos los matrimonios
que los suegros, si los había, bailaran su pieza de bambuco, por
viejos que fueran.
Vestía como las demás; follado de zaraza, camisa con
|golas, bordada,
|chumbe y
|tumbadillo ;
zarcillos, gargantilla y rosario de oro; el cabello recogido en una
sola trenza, sobre la espalda. A pesar de sus tres hijos se
conservaba hermosa, tenía cintura delgada y ostentaba, como madre,
todas las formas de su cuerpo en completo desarrollo. Amaba
entrañablemente a su marido, y su marido idolatraba en ella.
Magdalena, con un pañuelo blanco en la mano, doblado en forma de
abanico, y perfumado, se colocó en un extremo de la sala; se terció
otro pañuelo grande de seda en el pecho, asegurando una punta de él
debajo de la tira de la camisa en el hombro izquierdo, y la otra en
el chumbe aliado derecho de la cintura. Esto hacían todas las
casadas, porque la pañoleta, que llenaba las exigencias del pudor
en las doncellas, no era suficiente en las madres de familia.
Magdalena, pues, se colocó en un extremo de la sala y Salguero
en el opuesto; mientras entonaban el verso, se miraban y se
sonreían, de amor, ella de vergüenza.
El cantor
|echó el verso a voz en cuello, la música lo
siguió, y al mismo tiempo Salguero se dirigió bailando hacia su
mujer; ella, al verlo cerca de sí, se fue sobre él y lo obligó a
retroceder hasta el otro extremo; llegada allí, dio la vuelta con
la rapidez de un trompo, bailando en la punta de los pies, como si
fuera en el aire y trazó al parecer un número 8, seguida de cerca
por Salguero.
Es de regla en este baile que el galán le dé siempre el frente a
la dama; en tanto que ella, cuando huye, le vuelve la espalda, pero
mirándolo siempre por sobre el hombro.
Quedaron luégo frente afrente, en sus respectivos puestos, a
respetuosa distancia, y allí bailaron largo rato; ella, en sus
airosos movimientos, le presentaba un lado, le presentaba el otro,
le presentaba el frente. Salguero, a su vez, daba pruebas de una
elasticidad increíble; había vuelto a sus veinte años; era de verse
la gracia y ligereza con que movía las piernas; avanzaba,
retrocedía, sacaba ya la una, ya la otra, las cruzaba, tendía el
pie hacia adelante y tocando el suelo con la punta de los dedos, lo
agitaba con temblorosa rapidez y luégo hacía lo mismo con el otro;
a esto llamaban
|escobillar.
En este momento había llegado la música a uno de esos aires que
tiene el bambuco tan dulces como tristes, acompañado de canto;
Salguero dio un salto y cayó de rodillas a los pies de su mujer;
ella le azotó el rostro con su pañuelo perfumado; él, de otro
salto, volvió a su puesto.
Entonces Magdalena se dirigió hacia Salguero con aire
provocativo; él, al verla cerca, en vez de retroceder, hizo ademán
de abrazarla; ella hizo ademán de defenderse y dio la vuelta
huyendo, imitando en su fuga las ondulaciones de una culebra que se
escapa, y ostentando el gracioso movimiento de sus redondas
caderas, la flexibilidad de mimbre de su talle, y el desdén en su
cabeza y en sus hombros.
Trazó otra vez el número 8 perseguida por el galán; pero al
pasar cerca ala puerta del aposento, volvió el frente, le hizo una
inclinación de cabeza, se despidió con el pañuelo y se entró en la
recámara. Un viva general acompañó el fin de la pieza.
Salguero quedó en la sala, contento, como en la gloria; y
enamorado de su mujer más que nunca. Se limpió el sudor del rostro
y dijo a los circunstantes:
-Ea, muchachos, Vamos a tomar algo!
La mesa estaba servida en el corredor interior, pero no de sólo
vino y bizcochuelos; sino de suculentas viandas, todas las que no
habían alcanzado a servirse en la comida .
Hombres y mujeres hicieron honor a esa especie de cena. Daniel
salió al primer corredor, en donde habíadescubierto a Matías entre
los de la barra, lo hizo entrar en el patio interior, le dio un
plato de carnes fiambres y un vaso de vino, que el negro despachó a
la sombra de una mata de cacao.
Pronto estuvieron todos de regreso en la sala. Mientras se
reunían todos, los músicos alcanzaron a tocar dos piezas, una por
seis
|blando y otra por
|ocho duro, según decía Zapata
(Sol menor y Fa mayor). El cantor dijo a Zapata:
-Registre ya por siete
|duro para cantar el
|torbellino. Zapata registró por Do mayor.
Esta danza que era cantada y se bailaba entre cuatro, duró largo
tiempo, hasta que Salguero, que era director natural de la fiesta,
dijo:
-Basta ya de torbellino, toquen moño, ya es hora del moño
(fandanguillo).
Semejante petición fue recibida con alegría; el moño era la
parte más divertida de un baile de campo.
Como zapata continuaba tocando aires por siete
|duro, el
cantor le dijo; cinco
|blando, cinco
|blando. Zapata
pasó al tono de Re menor y preludió la tonada del moño.
El cantor entonó un verso y salieron al puesto Manuel y
Mercedes; dieron unas vueltas y luégo pararon colocados frente a
frente. La música calló.
Manuel le dirigió a su esposa un verso amoroso; y terminado que
fue, continuaron la música, el canto y el baile; a un rato calló la
música; y los novios volvieron a quedar frente a frente.
Entonces Mercedes contestó a su marido con otros versos llenos
de pasión. Siguió la música, dieron los novios una vuelta, y luégo
ella invitó a otro galán y él a otra dama, para que los
reemplazaran en el puesto.
Así continuó el baile hasta que le tocó a Nicolás bailar con
Teresa. Nicolás que estaba enamorado de ella, cuando llegó el
tiempo oportuno le dirigió estos versos:
- De tus hermosos ojos
- No tengo queja:
- Ellos mirarme quieren,
- Tú no los dejas
- Si los dejaras,
- Yo fuera el absoluto
- Dueño de tu alma.
Las mujeres, en este baile, solían ser francas hasta la
descortesía; si el galán no era de su gusto, contestaban a sus
requiebros con versos desdeñosos.
Después de dar las vueltas de regla al son del canto y de la
música, se detuvieron el uno frente a la otra; entonces ella
contestó:
- Si piensas que en ti piensa
- Mi pensamiento,
- Piensas en una cosa
- Que yo no pienso.
- Que si pensara,
- Como mal pensamiento
-
|La desechara
|
1
|
Cuando acabó de hablar, dirigió una ansiosa mirada a Daniel,
buscando en sus ojos alguna señal de aprobación, a tiempo que él
reía de oír tan franca respuesta.
Ella recibió esa risa como un aplauso, y alegre y satisfecha dio
la vuelta, invitó a otra y tomó su asiento.
Pero el corazón de Daniel estaba al lado de Doña Inés de Lara, y
la felicidad de esos novios que tenía ala vista, aumentaba el fuego
de su pasión insensata.
Por último, quiso Salguero que los músicos tocaran
|el
amanecer, porque en efecto ya se vislumbraban los primeros
celajes de la aurora.
Daniel mandó a Fermín que trajera los caballos y los ensillara,
lo que fue hecho al momento; y luégo, alegando sus imperiosos
deberes, se despidió de los dueños de casa y del maestro Saucedo,
montó en su caballo y partió acompañado de Fermín. Al salir por la
puerta de trancas al callejón, Teresa que estaba en el corredor con
sus padres viéndolo partir, se atrevió a decirle;
-No deje de volver;
-Está bien, contestó Daniel.
Tomaron a escape el camino de travesía que iba a salir a Morga,
y una hora después entraban en el gran patio de la hacienda.