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Las bodas en Catayá

El señor Salguero, Daniel y Fermín se fueron con Manuel que les brindó hospitalidad por esa noche. El maestro Saucedo y sus dos discípulos quedaron citados para la hora de la misa.

A las cuatro de la mañana estaba en movimiento la casa de doña Mariana; los novios estaban preparados con sus padrinos y el Cura esperaba en la inmediata iglesia de las Mercedes.

El patio de la casa estaba lleno de caballos, porque al terminarse la ceremonia debían partir todos para Catayá, en donde se hacía el fandango. Este era el nombre que se daba al banquete y baile de bodas.

La feliz pareja se dirigió a la iglesia acompañada de sus padrinos, de Salguero y del maestro Saucedo con sus dos discípulos. Fermín se quedó en la casa ensillando los caballos, incluso los de Saucedo y sus oficiales, que habían sido llevados allí desde la víspera.

La misa duró sólo media hora; a las cinco estaban los novios y su pequeña comitiva de regreso; montaron inmediatamente todos, menos Doña Mariana, y salieron en alegre algazara en dirección al llano, quemando cohetes.

Atravesaron el extenso y entonces limpio llano de Cali, en donde no se conocía aún esa planta tenaz llamada |aromo, la cual, según se cuenta, fue traída de Cartagena para adorno de los jardines, y que ahora amenaza apoderarse de todos los terrenos del Valle.

Cuando acababan de pasar el llano y se acercaban a las orillas del Cauca, ya se anunciaba por las cumbres de las montañas de Chinche la alegre luz del día, reflejadaen las nubes, que extendidas en franjas horizontales sobre la cordillera, aparecían teñidas de oro y grana.

Toda la naturaleza  parecía  acompañar a los novios en su justo alborozo; el día se anunciaba espléndido, como son generalmente los de Junio; en la arboleda próxima se dejaba oír el alegre canto de las |guacharacas, canto a coro, ejecutado de árbol a árbol con porfiada emulación; mientras que los monos atronaban la selva con su canto gutural, encaramados en los burilicales del otro lado del gran río.

Pasado el llano, entraron en un ancho callejón formado por las cercas de las labranzas que había a uno ya otro lado, todas con cacaotales, porque esa faja de tierra desde Morga para abajo, produce en abundancia esa planta preciosa casi sin necesidad de cultivo.

De repente apareció allá a alguna distancia la casa de paja de Salguero, con su extenso patio y su puerta de trancas. A la espalda ya los lados de la casa estaban los cacaotales, y más lejos los platanares y los maizales.

En ese momento estaba el patio colmado de gallinas y pollos, patos y pavos en número increíble, a los cuales la señora Magdalena estaba arrojándoles maíz; aun lado del patio, en un espacioso chiquero, gruñía impaciente una crecida piara de marranos, que pedía su desayuno; del otro lado, en una |manga(38) de pasto común (no se conocían todavía las gramíneas llamadas guinea y pará) berreaban dos terneros, cuyas madres contestaban mugiendo baja y sordamente en el callejón, junto ala puerta de trancas; aun extremo del patio se levantaba un gigantesco tamarindo, árbol de sombra saludable, que refrescaba la casa en las altas horas del día.

Al anunciarse la llegada de los novios por los cohetes que iban quemando, salió a recibirlos al corredor de la casa la señora Magdalena (ña Magdalena) en compañía de su hijo Antonio, muchacho de catorce años, de las cocineras, de algunos mozos de labranza y dos convidados de la vecindad. Antonio abrió la puerta de trancas, y entró en el patio la feliz pareja con todo su cortejo,

Salguero se desmontó el primero y desmontó a sus hijas, y después, antes de todo, quemó unos cohetes en el patio. Mercedes se precipitó en los brazos de su madre, que la estrechó contra su pecho, y así enlazadas, lloraban la una sobre el hombro de la otra.

Viendo esto Salguero, dijo a su mujer; no llores, hija Mercedes va bien casada; Manuel es un buen muchacho; y si no, ¡que no lo sea! Añadió en tono de amenaza.

Manuel se acercó a su suegra, le estrechó la mano creerán que a usted le pesa haberme dado a Mercedes para esposa.

-No, hijo, no me pesa, pero me han dado ganas de llorar, sin saber por qué. Pero mira, ya no lloro.

Y diciendo así, se limpiaba las lágrimas.

-Magdalena, dijo Salguero, tráeme la limeta para tomar un trago a la salud de los novios.

Magdalena entró en la sala y sacó un frasco cuadrado, de vidrio negro, lleno de aguardiente, y una escudilla pequeña de loza de China, y fue sirviéndoles de uno en uno.

-El que quiera vino, que avise, dijo Salguero con orgullo.

-No, contestó otro, mejor es aguardiente; el vino para la comida.

-Antonio, dijo Salguero, desensilla los caballos, ve con los otros a darles de beber y ponlos a comer en el nudillal.

Entraron todos en la sala; la novia, la madrina y la madre de éstas se retiraron al aposento a cambiar de vestido. Un momento después se sirvió el almuerzo en la sala de la casa, sin más convidados que los que estaban presentes, que eran doce personas por todo.

Ni Luculo, ni Heligábalo mismo, hubieran desdeñado uno de esos almuerzos que se sirven en las orillas delCauca en fiestas semejantes. Además de las viandas que son comunes en las mesas de la ciudad, figuraban allí otras muchas, propias del campo y, sobre todo, de esta localidad privilegiada.

Durante el almuerzo reinó entre todos la mayor cordialidad y una alegría franca y comunicativa.

Terminada esa agradable ocupación, los varones fueron a dar un paseo recorriendo la labranza de Salguero. El cacaotal inmediato a la casa era extenso y bellísimo; limpio por debajo, estaba cubierto con una gruesa y tupida alfombra de grandes hojas secas. Los árboles de cacao que cubrían el suelo con su sombra, estaban ellos mismos a la sombra de otros muy corpulentos; cachimbos, caracolíes, árboles del pan, zapotes, caimitos, aguacates y madroños. Por entre esas dos bóvedas de follaje superpuesta, no penetraban los rayos del sol sino en una que otra parte.

Las |matas de cacao, como se decía entonces, estaban cargadas de |mazorcas desde el pie hasta arriba, amarillas unas, moradas otras, y verdes pero en sazón muchas, porque en ese mes era la cosecha grande del año.

A las once fueron a bañarse aun fresco torrente de agua que pasaba por allí cerca, sacado del río Cauca por cauce artificial, y por donde hoy se ha precipitado casi la mitad de aquel río. En aquel tiempo no llevaba tanto caudal ni era profundo. En sus orillas crecían multitud de guamos que inclinaban sus ramas sobre el cauce y parecían gozarse en mojar sus gruesas |churimas en las aguas del torrente.

A las doce comenzaron a quemar cohetes en la casa, para anunciar que se acercaba la hora de la comida. A ese tiempo ya se había aumentado el número de convidados con dos familias de propietarios de la vecindad.

La comida debía servirse en el cacaotal, en un punto en donde la sombra era más densa. Habían unido tres mesas, para que cupieran las veinte personas que habían de comer en ellas.

Los manteles eran muy limpios; y la vajilla, parte de plata y parte de loza de China; un solo jarro de plata debía servir para todos.

Los asientos eran escaños de guanabanillo a los lados, y sillas de brazos a las cabeceras.

Eran las doce y media; Salguero sirvió un vaso de aguardiente a cada uno de los convidados, otro de mistela a las damas, quemó unos cohetes en el patio y llamó a comer.

Manuel se sentó en una de las cabeceras de la mesa, ya un lado de ésta, a su derecha, colocó a Mercedes; y a su izquierda, frente a Mercedes, colocó a Teresa.

Daniel, como padrino, ocupó la otra cabecera, ya sus lados se colocaron dos muchachas de la vecindad.

Salguero escogió para sí el medio de la mesa y puso al frente al maestro Saucedo, que quedó rozándose la cabeza con unas mazorcas de cacao.

Los demás convidados tomaron asiento a su voluntad, Ña Magdalena no se sentó a la mesa; ella era ese día la reina de la cocina.

Las brisas que corren a esa hora en el ancho cañón del Cauca, refrescaban el ambiente y lo embalsamaban con el perfume de las flores de los árboles; el bejuquillo (vainilla) enviaba sus aromas desde un guadual vecino; y estos gratos olores se mezclaban con el apetitoso de los guisos y las ensaladas.

La comida fue abundante y exquisita; cuatro grandes limetas de vino y otras de aguardiente y de mistelas adornaban el centro de la mesa; aun lado y otro, distribuidos con simetría, estaban los platos de ensalada y salsas de ají, condimento indispensable en las comidas campestres.

En la labranza había todo género de frutas; piñas, melones, sandías, chirimoyas y muchas más, pero esas no se servían en la mesa, porque lo creían muy vulgar. Los que apetecían frutas, iban a comerlas en la mata misma.

Comenzó el servicio por la tradicional sopa de arepa con gallina; a este plato siguieron pasteles de ánade, piezas de |guagua bien condimentadas, lengua de vaca en adobo, pescado salpreso y barbudo fresco, lomos de cordero y chanfaina del mismo. Todo esto fue devorado en medio de repetidos tragos y de bulliciosa conversación, pero sin brindis, porque entonces no se usaban arengas en medio de la comida.

Después condujeron a la mesa un lechón asado al horno; iba echado de barriga en ancha fuente de loza fina, como una gallina en su nido, y llevaba en la boca una mazorca de maíz atravesada; el lechón fue recibido con ruidosa algazara, porque tanto los anfitriones como los convidados, menudeaban el vino y los demás licores, y estaban ya muy alegres.

Después del lechón apareció el bimbo (pavo) en una bandeja, llevando en el pico un ramo de flores; la presentación del bimbo fue palmoteada.

-Beban ustedes de este vino, decía Salguero; el mismo señor Alférez Real se lo dio a Daniel para que obsequiara con él a Mercedes.

Y recorría con la vista a todos los circunstantes, para ver qué impresión les hacía la noticia. Los convidados, si hasta allí habían calificado el vino de bueno, en adelante lo calificaron de mejor.

Sirvieron al fin muchos postres, y el infalible manjar blanco con dulce en caldo (almíbar con brevas) y queso fresco.

A esa hora comenzó a dar vueltas el jarro por toda la mesa, y en él bebían sucesivamente todos.

Durante la comida, la ardilla saltaba de un árbol a otro, sin miedo de los perros; algún conejo se asomaba a lo lejos, se detenía un instante, levantándose apoyado en los cuartos traseros, oía la algazara y salía corriendo a brincos a esconderse en los cañaverales. Los guaca-mayos en los altos cachimbos se entretenían garlando en voz baja y tronchando flores.

Fermín había comido en la cocina, y allá le había enviado Daniel repetidos tragos de licor.

El más grave durante la comida había sido el maestro Saucedo; pero así era siempre.

Las damas se retiraron al aposento a reposar la comida ya prepararse para el baile; Salguero buscó a su mujer para conferenciar con ella sobre lo que había que hacer para complemento de la fiesta; muchos se tendieron debajo de los árboles a dormir la siesta; y Saucedo buscó conversación con Daniel, a la sombra de un corpulento árbol del pan.

-¿Cómo te va, Daniel, con el señor Alférez Real?

-Muy bien, maestro, estoy muy contento.

-¿Olvidarás el oficio?

-Imposible, maestro, ese será un recurso en toda circunstancia.

-¿Y no piensas casarte? Ya Manuel te dio el ejemplo, y eso que no es tan buen oficial como tú.

-No, maestro, yo no me casaré nunca.

-¿Nunca? Eso es mucho decir. Sólo cuando se ha tenido un amor profundo y ese amor hasidodesgraciado,puedehacerse semejante propósito.

-Sin eso, puede uno hacer resolución de no casarse; usted, por ejemplo, ha permanecido soltero, y no creo que haya tenido pasión desgraciada.

-Ah, ¡no sabes tú!

-¡Qué¡ ¿Sería posible?

-Posible ha sido.

-¿Ha tenido usted algún amor desgraciado? Perdone mi atrevimiento.

-No es atrevimiento; eres tú la única persona a quien referiría mi desgracia. Sabes que te he querido mucho y que te he preferido siempre entre todos mis discípulos; ¿Y quieres que te diga por qué? Porque te pareces a la mujer que amé en mi juventud.

-¿Sería ésa mi madre? preguntó Daniel con ansiosa curiosidad.

-No, no fue tu madre, no pudo ser tu madre; Dolores Otero, el objeto de mi loca pasión, murió soltera, murió de diez y seis años, murió virgen.

-¿Y por qué no se casó usted con ella?

-Ella no quiso (aquí suspiró Saucedo, y continuó); al principio recibió bien mis obsequios y me dio esperanzas; después, de repente cambió para conmigo, hasta el extremo de rogarme que no volviera a su casa, porque no teniendo intención de casarse, mis visitas comprometían su reputación.

-¿Y usted se retiró?

-¡Al momento! Quedaba profundamente herido en mi amor propio. Un año haría que había sucedido esto, cuando supe que había muerto de reumatismo. Mi dolor fue tan grande como sincero; lloré por ella como si hubiera sido mi esposa, y desde entonces hice propósito de no amar a otra alguna. Ya ves, lo he cumplido.

-¿Y era hermosa esa joven?

-Sobre toda ponderación; bástete saber que la llamaban |la flor del vallano. Ahora bien; tú tienes sus mismos ojos, el mismo timbre de su voz, y no sé qué otra semejanza que no acierto a decir en qué consiste. Esto te explicará por qué te he querido tánto.

-Gracias, maestro, está usted bien correspondido.

Cuando Daniel contestó esto último. Saucedo lloraba silenciosamente.

En ese instante se notó gran movimiento en la casa; era ocasionado por la llegada de los músicos; ñor zapata, los dos flautistas, y el cantor de la serenata, y cuatro más que tocaban la |tambora, el |alfandoque, la pandereta y el |triángulo.

Al oscurecer llegaron algunas muchachas vecinas con sus padres y se colocaron en la sala.

Salguero encendió las cuatro velas de sebo de una araña de madera que pendía del techo en la mitad de la sala y la hizo dar vueltas; con lo cual las sombras de las personas se proyectaban en las paredes en movimiento rápido circular, que causaba mareo al que se fijaba en ellas.

No eran todavía las ocho y ya se iba a comenzar el baile.

Las damas eran; Mercedes, Teresa; cuatro mujeres casadas, jóvenes, que habían ido con sus maridos; y dos muchachas solteras que habían ido con sus padres.

Todas iban bien vestidas, según su clase y al uso de la época; todas llevaban alhajas de oro, chumbe y tumbadillo y los pies descalzos.

La novia había reformado su tocado esa noche; había recogido la gruesa trenza de sus cabellos, en forma de castaña, asegurada con cintas, y sobre ella lucía una gran rosa de oro y esmeraldas, que se llamaba por antonomasia |la joya .

Los hombres que habían de bailar eran muchos, y todos los que estaban en la barra con vestido limpio, tenían derecho a tomar parte en la fiesta; porque tál era la costumbre.

Los músicos estaban en un rincón de la sala. Al lado de zapata, que era el jefe de la orquesta, estaba el cantor, de pie y con sombrero.

Comenzó zapata a preludiar por |cuatro blando. De repente rompió el cantor entonando un verso octosílabo en la tonada del bambuco, y todos los instrumentos lo siguieron. Un grito unánime de alegría acogió ese canto popular. El cantor callaba a ratos, y entraba de nuevo en determinados pasajes.

Esta primera pieza fue bailada por los novios, con calurosos |vivas de la barra.

Le tocó en seguida a Daniel con Teresa, la madrina, que lo miraba con tiernos ojos, aunque él no se daba por entendido, porque su corazón estaba ajeno ya; al mismo tiempo que Nicolás, uno de los vecinos de Salguero, se moría por ella, sin que ella hiciera caso de tal amor.

Esta cadena de afectos no correspondidos fue descrita por Virgilio en el |Torva Lucena lupus sequitur, lupus ipse capellam: "La feroz leona anda en pos del lobo, el lobo en pos de la cabra, y la cabra retozona en pos del florido cantuezo: ¡a cada uno arrastra su pasión!". Y por el poeta castellano Francisco de Figueroa :

Alcipo ama a Damón, Damón a Clori;
Arde Clori por Tirsi, Tirsi ingrato
Por Dafne; Dafne está entregada a Glauco;
En Glauco no hay amor.

Estas primeras parejas, aunque no eran diestras en el arte por ser novicias, no lo hicieron mal; pero el espectáculo creció en interés cuando los varones casados salieron al puesto con sus respectivas mujeres; estas nuevas parejas habían bailado en otros muchosfandangos, e hicieron su deber con desembarazo y maestría

Era cerca de media noche cuando todos los concurrentes

pidieron que bailaran los dueños de la casa. Salguero, que estaba alegre, fue al momento en busca de su mujer y la condujo al puesto con general aplauso.

Magdalena apenas contaba treinta y cuatro años; no tenía todavía trazas de suegra. Ella de antemano se había vestido bien; no por lo que pudiera suceder, sino porque sabía de seguro que la harían bailar con su marido, porque era costumbre en todos los matrimonios que los suegros, si los había, bailaran su pieza de bambuco, por viejos que fueran.

Vestía como las demás; follado de zaraza, camisa con |golas, bordada, |chumbe y |tumbadillo ; zarcillos, gargantilla y rosario de oro; el cabello recogido en una sola trenza, sobre la espalda. A pesar de sus tres hijos se conservaba hermosa, tenía cintura delgada y ostentaba, como madre, todas las formas de su cuerpo en completo desarrollo. Amaba entrañablemente a su marido, y su marido idolatraba en ella.

Magdalena, con un pañuelo blanco en la mano, doblado en forma de abanico, y perfumado, se colocó en un extremo de la sala; se terció otro pañuelo grande de seda en el pecho, asegurando una punta de él debajo de la tira de la camisa en el hombro izquierdo, y la otra en el chumbe aliado derecho de la cintura. Esto hacían todas las casadas, porque la pañoleta, que llenaba las exigencias del pudor en las doncellas, no era suficiente en las madres de familia.

Magdalena, pues, se colocó en un extremo de la sala y Salguero en el opuesto; mientras entonaban el verso, se miraban y se sonreían, de amor, ella de vergüenza.

El cantor |echó el verso a voz en cuello, la música lo siguió, y al mismo tiempo Salguero se dirigió bailando hacia su mujer; ella, al verlo cerca de sí, se fue sobre él y lo obligó a retroceder hasta el otro extremo; llegada allí, dio la vuelta con la rapidez de un trompo, bailando en la punta de los pies, como si fuera en el aire y trazó al parecer  un número 8, seguida de cerca por Salguero.

Es de regla en este baile que el galán le dé siempre el frente a la dama; en tanto que ella, cuando huye, le vuelve la espalda, pero mirándolo siempre por sobre el hombro.

Quedaron luégo frente afrente, en sus respectivos puestos, a respetuosa distancia, y allí bailaron largo rato; ella, en sus airosos movimientos, le presentaba un lado, le presentaba el otro, le presentaba el frente. Salguero, a su vez, daba pruebas de una elasticidad increíble; había vuelto a sus veinte años; era de verse la gracia y ligereza con que movía las piernas; avanzaba, retrocedía, sacaba ya la una, ya la otra, las cruzaba, tendía el pie hacia adelante y tocando el suelo con la punta de los dedos, lo agitaba con temblorosa rapidez y luégo hacía lo mismo con el otro; a esto llamaban |escobillar.

En este momento había llegado la música a uno de esos aires que tiene el bambuco tan dulces como tristes, acompañado de canto; Salguero dio un salto y cayó de rodillas a los pies de su mujer; ella le azotó el rostro con su pañuelo perfumado; él, de otro salto, volvió a su puesto.

Entonces Magdalena se dirigió hacia Salguero con aire provocativo; él, al verla cerca, en vez de retroceder, hizo ademán de abrazarla; ella hizo ademán de defenderse y dio la vuelta huyendo, imitando en su fuga las ondulaciones de una culebra que se escapa, y ostentando el gracioso movimiento de sus redondas caderas, la flexibilidad de mimbre de su talle, y el desdén en su cabeza y en sus hombros.

Trazó otra vez el número 8 perseguida por el galán; pero al pasar cerca ala puerta del aposento, volvió el frente, le hizo una inclinación de cabeza, se despidió con el pañuelo y se entró en la recámara. Un viva general acompañó el fin de la pieza.

Salguero quedó en la sala, contento, como en la gloria; y enamorado de su mujer más que nunca. Se limpió el sudor del rostro y dijo a los circunstantes:

-Ea, muchachos, Vamos a tomar algo!

La mesa estaba servida en el corredor interior, pero no de sólo vino y bizcochuelos; sino de suculentas viandas, todas las que no habían alcanzado a servirse en la comida .

Hombres y mujeres hicieron honor a esa especie de cena. Daniel salió al primer corredor, en donde habíadescubierto a Matías entre los de la barra, lo hizo entrar en el patio interior, le dio un plato de carnes fiambres y un vaso de vino, que el negro despachó a la sombra de una mata de cacao.

Pronto estuvieron todos de regreso en la sala. Mientras se reunían todos, los músicos alcanzaron a tocar dos piezas, una por seis |blando y otra por |ocho duro, según decía Zapata (Sol menor y Fa mayor). El cantor dijo a Zapata:

-Registre ya por siete |duro para cantar el |torbellino. Zapata registró por Do mayor.

Esta danza que era cantada y se bailaba entre cuatro, duró largo tiempo, hasta que Salguero, que era director natural de la fiesta, dijo:

-Basta ya de torbellino, toquen moño, ya es hora del moño (fandanguillo).

Semejante petición fue recibida con alegría; el moño era la parte más divertida de un baile de campo.

Como zapata continuaba tocando aires por siete |duro, el cantor le dijo; cinco |blando, cinco |blando. Zapata pasó al tono de Re menor y preludió la tonada del moño.

El cantor entonó un verso y salieron al puesto Manuel y Mercedes; dieron unas vueltas y luégo pararon colocados frente a frente. La música calló.

Manuel le dirigió a su esposa un verso amoroso; y terminado que fue, continuaron la música, el canto y el baile; a un rato calló la música; y los novios volvieron a quedar frente a frente.

Entonces Mercedes contestó a su marido con otros versos llenos de pasión. Siguió la música, dieron los novios una vuelta, y luégo ella invitó a otro galán y él a otra dama, para que los reemplazaran en el puesto.

Así continuó el baile hasta que le tocó a Nicolás bailar con Teresa. Nicolás que estaba enamorado de ella, cuando llegó el tiempo oportuno le dirigió estos versos:

De tus hermosos ojos
No tengo queja:
Ellos mirarme quieren,
Tú no los dejas
Si los dejaras,
Yo fuera el absoluto
Dueño de tu alma.

Las mujeres, en este baile, solían ser francas hasta la descortesía; si el galán no era de su gusto, contestaban a sus requiebros con versos desdeñosos.

Después de dar las vueltas de regla al son del canto y de la música, se detuvieron el uno frente a la otra; entonces ella contestó:

Si piensas que en ti piensa
Mi pensamiento,
Piensas en una cosa
Que yo no pienso.
Que si pensara,
Como mal pensamiento
|La desechara
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Cuando acabó de hablar, dirigió una ansiosa mirada a Daniel, buscando en sus ojos alguna señal de aprobación, a tiempo que él reía de oír tan franca respuesta.

Ella recibió esa risa como un aplauso, y alegre y satisfecha dio la vuelta, invitó a otra y tomó su asiento.

Pero el corazón de Daniel estaba al lado de Doña Inés de Lara, y la felicidad de esos novios que tenía ala vista, aumentaba el fuego de su pasión insensata.

Por último, quiso Salguero que los músicos tocaran |el amanecer, porque en efecto ya se vislumbraban los primeros celajes de la aurora.

Daniel mandó a Fermín que trajera los caballos y los ensillara, lo que fue hecho al momento; y luégo, alegando sus imperiosos deberes, se despidió de los dueños de casa y del maestro Saucedo, montó en su caballo y partió acompañado de Fermín. Al salir por la puerta de trancas al callejón, Teresa que estaba en el corredor con sus padres viéndolo partir, se atrevió a decirle;

-No deje de volver;

-Está bien, contestó Daniel.

Tomaron a escape el camino de travesía que iba a salir a Morga, y una hora después entraban en el gran patio de la hacienda.

1 Versos antiguos populares.
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