La serenata
El jueves de esa semana, después del almuerzo, había salido
Fermín de la casa de la hacienda con un compañero y había tomado
llano abajo hacia los bosques de Morga, Ambos iban a caballo, y el
compañero llevaba una botijuela de loza verde, de regular tamaño,
llenade vino, asegurada al arzón de la silla, en un saco de
cabuya.
Al acercarse a la parte montuosa de ese lado de la hacienda,
escogió Fermín una novilla mansa y gorda, la enlazó y tomó un
camino que había por entre el monte,que salía directamente a la
Vereda de Catayá y que era mucho más corto que el camino real.
Catayá era todo lo que es hoy la ciénaga de Aguablanca con sus
zarzales y pantanos.
En aquel tiempo esa faja de tierra estaba en seco y cultivada;
había allí grandes platanares, maizales y cacaotales, que se daban
viciosamente por la feracidad del terreno, y que pertenecían a
dueños diferentes.
Todos éstos, además del cultivo de la tierra, se ocupaban en la
cría de cerdos y de aves de corral, en crecido número. No le
faltaban a cada agricultor de ésos, dos o tres vacas que pacían en
el gran llano de Cali y que acudían ala puerta de las labranzas a
ser ordeñadas.
Los cerdos se criaban sueltos de día, regalándose con la fruta
de ese elegante pino llamado en el país
|burilico, que
abundaba mucho a las orillas del Cauca. Este árbol tiene el tronco
perfectamente cilíndrico, recto y sin nudos, y no tiene ramas ni
hojas sino en la copa, semejándose a las palmas de coco con las
cuales compite en altura. Un burilical es la arboleda más hermosa
que imaginarse puede; a su sombra no admite malezas y sus finas
hojas secas forman delgada ymullida alfombra. El que pasea por
debajo de esos árboles alcanza a ver a largas distancias, porque
ellos nacen bastantemente separados unos de otros. Un burilical es
semejante a una gran mezquita con infinitas cúpulas, sostenidas por
innumerables columnas de orden morisco. Así nos figuramos la
catedral de Córdoba en España, que fue mezquita ese tiempo de los
moros.
Fermín y su compañero tardaron en llegar a su destino, porque la
novilla no cabestreaba sino con mucho trabajo; pero al fin
llegaron.
Fermín entregó a los padres de la novia el presente que les
hacía Daniel para el día de la boda, y, recibida la respuesta,
regresaron a la hacienda.
El sábado, pues, que fue el día del paseo al Pance, a eso de las
dos de la tarde, partió Daniel para Cali, después de despedirse de
las señoras con palabras y de Inés además con una elocuente
mirada.
En casa de; Doña Mariana se había hospedado el señor Salguero
con sus dos hijas, a saber, Mercedes, que era la novia, y Teresa,
que era la madrina.
Al llegar Daniel, todo estaba preparado para el matrimonio, que
debía celebrarse a las ocho de la noche allí mismo en la casa; al
día siguiente a las cuatro de la mañana se diría la misa de las
velaciones, en la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, que
estaba amenos de una cuadra de distancia.
Mercedes, la novia, era una robusta muchacha, de diez y ocho
años, de mediana estatura, más bien morena que blanca, de ojos y
cabellos negros, nariz corta, labiosgruesos y encendidos, y
mejillas redondas y sonrosadas.
Vestía follado (basquiña) de una zaraza finísima de vivos
colores, que se usaba entonces, que se decía era de la China y que
valía a patacón la vara; camisa blanca con tirillas y
|golas
bordadas en el pecho y en las mangas; ancho
|chumbe de lana y
seda le ceñía la delgada cinturay contribuía a hacer resaltar la
morbidez de las caderas; el follado estaba caído de adelante, de
manera que el vivo formaba un semicírculo sobre el vientre; y en
esa especie de medialuna aparecía la ancha pretina de las enaguas,
bordada de seda de diferentes colores; a eso se llamaba el
|tumbadillo; una pañoleta de seda completaba el vestido.
El peinado era una sola trenza larga y gruesa, porque la
campesina tenía abundantes cabellos, que caía suelta a la espalda,
atado el extremo con cintas.
Llevaba grandes zarcillos, gargantilla, rosario y anillos de
oro; el rosario, que le llegaba a la cintura, terminaba en una gran
cruz de filigrana, que se llamaba la
|maría. Los pies
completamente descalzos, pero pequeños como son generalmente los de
las hijas de Cali, y muy limpios y con los calcañales rosados.
Manuel, el novio, era un mancebo de veinticinco años, blanco,
delgado, de regular estatura y bien parecido. Vestía calzón y
chaqueta de género blanco de lino, aplanchados, camisa blanca con
chorrera en el pecho, un pañuelo de seda por corbata, y por todo
calzado alpargates atados con orillos de paño.
Teresa, la madrina, era una linda muchacha de diez y seis años,
vestía poco más o menos como su hermana, exceptuando las alhajas de
oro, pues sólo llevaba zarcillos y gargantilla de corales. Miraba a
Daniel con la mayor ternura; pero Daniel, distraído con sus altos
pensamientos, no se daba cuenta de la inclinaciónamorosa de la
pobre muchacha. Hacer madrina de matrimonio a una doncella casadera
que no tiene novio, es proporcionarle un tormento atroz.
Doña Mariana con dos vecinos sus amigos, hacía los honores de la
casa. Fermín estaba al alcance de su voz, para ejecutar cuanto le
mandaban.
Para el acto de esa noche no había otros convidados que el señor
Saucedo maestro de Daniel, y otros dos jóvenes carpinteros
compañeros del novio en el oficio.
A las siete de la noche comenzó la música de tambor y pito (si
es que esto puede llamarse música) en la puerta de la calle,
acompañada de rato en rato de algunos cohetes. Esa música duró
hasta las ocho, hora en que llegó el señor Cura Don José de Rivera
con el Sacristán
La sala estaba iluminada con bastantes luces; en las puertas y
en las ventanas había cortinas de olán florete y bastantes
asientos, todo esto prestado por los vecinos.
Inmediatamente se procedió a la ceremonia, con asistencia de los
convidados y de muchos curiosos que habían acudido en virtud de la
llamada del tambor y el pito. Pasados unos minutos, la suerte de
Mercedes quedó ligada ala de Manuel para siempre.
Allí mismo en la sala se había preparado un modesto refresco
compuesto de vino, bizcochuelos, aguas frescas y dulce, al cual los
convidados hicieron el honor debido. Al señor Cura se le sirvió
chocolate.
Entre esos pocos convidados llamaba la atención el maestro José
Antonio Saucedo, por la gravedad de su aspecto, la cultura de sus
modales y la moderación y parsimonia de sus palabras. Era este
sujeto bien proporcionado de cuerpo, blanco, de raza mestiza y de
facciones interesantes; tenía el cabello crespo y entrecano, pues
frisaba en los cincuenta años, llevaba la barba afeitada toda y
vestía con mucha limpieza y según su clase, esto es, chaqueta y
pantalones de paño azul, y alpargates. Se decía que era enemigo de
diversiones y que había concurrido a ésa, muy rogado, por ser el
matrimonio de uno de sus discípulos más queridos.
La alegre reunión duró bien poco, pues al toque de la
|queda se retiraron todos; sólo quedó en la casa la porción
que pertenecía al bello sexo; los varones se fueron con Manuel.
Las doce de la noche serían cuando se presentó un grupo de
hombres, acompañados de una sola mujer, frente ala ventana del
aposento, en donde dormía la novia. Ese grupo lo componían
Salguero, Manuel, Daniel, Fermín, los dos discípulos de Saucedo, un
arpista, dos flautistas y un cantor con su mujer; iban a darle
serenata a la novia, con licencia del señor Alcalde, quien la había
concedido por tratarse de una cosa tan santa como el matrimonio, El
arpista era ñor Zapata; las flautas eran de caña del país
Daniel dio unos golpes suaves en la ventana, y cuando se oyó que
contestaron adentro, comenzó el arpista a preludiar en su
instrumento, y dirigiéndose al cantor le dijo: ¿qué tono
quiere?
-Registre usted por
|cuatro blando. Ese tono
correspondía a La menor. En ese tiempo nadie conocía la nota
musical, a excepción de los frailes que sabían el canto llano tál
como estaba en los Rituales.
Después de un ligero preludio, entonó la mujer una canción de un
aire dulce y melancólico, haciéndole dúo el marido, o como se decía
entonces, haciéndole
|segunda, y cantaron muy bien, porque la
mujer tenía voz melodiosa y bastante educada, como acostumbrada que
estaba a cantar con su marido, el cual llevaba la
|segunda
con un oído finísimo.
Los versos de la canción no eran modelo del arte, pero sí de
sentimiento, véase cómo rompió la mujer, en voz alta, clara y
sonora:
- Quisiera con un suspiro
- Descerrajar esta puerta,
- Por ver si la vida mía
- Bogando viene,
- Bogando va,
- Está dormida o despierta
|
1
En todas las cuartetas iba ese estribillo después del tercer
verso.
El arpa y las flautas acompañaban admirablemente, sobre todo las
flautas puestas a dúo.
Terminada esa primera canción, dijo el cantor a zapata; registre
por
|cinco blando.
Zapata registró por lo que se llama Re menor.
Cantaron por este tono otra canción triste y tan bien ejecutada
como la primera.
A este tiempo ya se habían acercado a los de la serenata,
algunos curiosos, tunantes recatados, de esos que vagaban por las
calles en altas horas de la noche, con el oído atento a todo ruido,
en busca de fiesta, y que jugaban a la gallina ciega con la ronda
del Alcalde. Éstos se habían acercado al grupo, no tanto por la
música, que podía oírse de lejos, sino por estar presentes en caso
de que los obsequiados con la serenata repartieran algunos tragos
de aguardiente.
Luégo que terminó la segunda canción, dijo el cantor; ahora por
siete
|duro.
Zapata registró por Do mayor.
Cantaron una canción alegre, a la despedida, y terminada que
fue, se marcharon.
Como la ventana permaneció cerrada, no hubo reparto de
aguardiente, y los curiosos se retiraron sedientos a buscar fortuna
por otra parte.
Pero Daniel, a pesar de la obscuridad de la noche, había
reconocido a Matías, y llegándose a él le dijo:
-¿Qué haces aquí a estas horas?
-No se enoje, niño Daniel, contestó Matías; supe que usted era
padrino de un matrimonio y vine pensando que habría baile.
-No hay tal baile; al fin harás que Don Juan Zamora o el mismo
Don Manuel lleguen a saber estas tus venidas a Cali sin objeto y
sin licencia, y de seguro te castigarán. Tú no haces sino causarle
pesadumbres a la pobre Toribia.
-No, niño Daniel, nadie sabrá que he venido, pues ahora mismo me
voy y no faltaré al rezo a las cinco dela mañana.
- Toma para que compres cigarros; pero cuidado con beber
aguardiente, y vete.
Diciendo así le puso en la mano dos reales. El negro le dio las
gracias y despareció en la obscuridad.
Dio todavía algunas vueltas por las calles, hasta que calculando
que serían las tres de la mañana, tomó la que conducía a la Chanca,
en dirección a la hacienda.
Al salir de la ciudad llegó a una casita en donde se vendía
licor, y llamando por la ventanita del aposento rogó a la ventera
le vendiera un real de aguardiente.
La ventera, por tratarse de un real entero, se levantó, encendió
vela y abrió la ventana.
Matías le dijo, dándole un
|calabacín que hacía media
botella; écheme aquí un real de aguardiente y déme también un
cuartillo de cigarros.
La ventera le volvió el calabacín lleno y le dio la docena de
cigarros. Matías pagó con los dos reales que le había dado Daniel y
recibió la vuelta. La ventera cerró su ventana.
Entonces Matías, allí solo, en el silencio de la noche ya la luz
de las estrellas, le quitó la tapa al calabacín e introduciendo la
boca de éste en la suya, lo levantó por el otro extremo y se echó
un trago tan grande cuanto pudo caber dentro de sus mejillas bien
infladas. Luego que lo tragó, hizo castañear los labios con delicia
y tapando el calabacín dijo; ¡ah dicha!
En seguida sacó candela con su eslabón, encendió un cigarro; y
armado de su garrote tomó a paso largo el camino de la hacienda,
oyendo cantar el
|bujío a los lados del camino, y el
|morrocó allá en el centro del bosque.
Antes de las cinco estaba al lado de Toribia, ofreciéndole un
trago.
|