Una nueva Arcadia
Por la noche, después del rezo y de la cena, después de haber
visto a Inés en la mesa, se fue Daniel al cuarto de Don Juan
Zamora, porque tenía particular placer en conversar con ese andaluz
tan sincero y tan benévolo, tan honrado y tan franco, que le
contaba pasajes de su juventud en Sevilla, y le hablaba de la
Giralda con su flecha de más de cien varas de elevación; y del
Guadalquivir, más grande que el Cauca; y de su acueducto de
cuatrocientos cincuenta arcos; y del espléndido palacio de los
antiguos reyes moros; y de los pintores Murillo y Velásquez, hijos
de esa ciudad; y de Sevilla la Vieja, que era la antigua Itálica; y
de las costumbres populares, y las serenatas, y las lindas mozas,
con las cuales decía Don Juan haber tenido lances novelescos, y
concluía diciendo; Nada, hombre, Daniel, "quien no ha
visto a Sevilla no ha visto maravilla"; es lo que yo digo:
¿quieres tener una idea de la belleza de las muchachas
de mi tierra? Pues mira a la señorita Doña Inés y haz de cuenta que
las conociste.
Daniel, que no sabía Geografía, porque ese estudio no se hacía
entonces, se quedaba con la boca abierta. Así se pasó la semana. El
sábado se fue Don Manuel para Cali a despachar asuntos relativos a
su cargo de Teniente Coronel de milicias, y avisó que no regresaría
hasta el día siguiente por la tarde. El almuerzo se había servido a
las ocho, como de costumbre, y Don Manuel había partido llevando a
Pedro por único compañero.
Las señoras manifestaron a Don Juan Zamora deseos de ir a
bañarse al río Pance, porque ya había entrado el buen tiempo con el
mes de Junio y habían cesado las lluvias Don Juan dio las órdenes
del caso a Daniel ya Fermín, para que prepararan las bestias, 10
cual fue obra de un momento. A las diez montaron las señoras con
los tres escuderos Zamora, Daniel y Fermín y fueron saliendo por la
puerta de golpe al llano, en bulliciosa algazara, en dirección al
río Pance.
El día estaba magnífico; el sol en ese mes se encuentra muy al
Norte, brilla mucho y quema poco; no marchita la grama ni los
árboles, ni merma el caudal de los arroyos. El aspecto de esa
comarca era bellísimo, como lo es siempre; y para Daniel e Inés,
felices con la confidencia que se habían hecho de su mutuo amor y
que había descargado sus corazones de un gran peso, el paisaje era
verdaderamente encantador.
Al salir de la casa tenían que subir por un plano ligeramente
inclinado hasta llegar al lomo de la colina que desprendiéndose del
pie de la montaña baja suavemente hasta morir cerca al río Cauca.
Al llegar a ese lomo debían descender por la otra pendiente hasta
llegar al río Pance. Todo el camino era a lo más de una hora.
Cuando coronaron el lomo de la colina, se detuvo Daniel que iba
adelante, para hacer notar a las señoras la belleza del paisaje. La
hacienda se presentaba a sus ojos en toda su extensión, en
pintoresco panorama, con sus variados aspectos. Del punto en que se
hallaban, mirando al Occidente se percibía toda la colina cubierta
de césped e igual en su larguísimo declive como si fuera obra de
albañil; ni una cabaña, ni un árbol, ni una mata impedían que los
ojos la exploraran íntegra, desde su origen hasta su término, desde
el monte al llano.
Allá en lontananza descansaba la vista en los empinados
Farallones y en el erguido pico de Pance con su cúspide cónica y su
color verde azuloso. ¿Quién habrá ascendido jamás a esa
cumbre altísima, asiento de las nubes y morada de las tempestades?
Al lado de abajo se presenta la parte más horizontal del terreno,
con sus numerosos árboles colocados de trecho en trecho para dar
sombra al ganado y que va aterminar en las selvas seculares del
Cauca.
La llanura se interrumpe al Sur en una larga barrerade verdura
formada por los guaduales que coronan lasorillas del río Jamundí y
que le ofrecen con su follaje un palio perenne que lo resguarda de
los rayos del sol. Al Oriente se abre en dilatados horizontes el
ancho Valle semejando un mar de verdura, cuyos límites están allá
en la cordillera central de los Andes. Así aparecería a los ojos de
Moisés la tierra de Canaán, vista desde el monte Nebo.
Al Norte el horizonte es tan extenso y el Valle por ese lado es
tan bajo, que, como en el mar, se alcanza a ver el cielo sin alzar
los ojos. A dos leguas de distancia se levanta la ciudad de Cali,
reclinada sobre las faldas de la cordillera, coronada de montes y
collados, de campanarios y de palmas, arrullada por el murmurio de
su río, a la sombra de sus naranjos, nísperos y tamarindos;
refrescada por las brisas de la sierra y perfumada por el aroma de
los azahares, flor aristocrática, de blancura sin mancilla, emblema
de la pureza, escogida por las vírgenes para tejer con ella sus
coronas.
Y en toda esa extensión que abarca la vista, se descubren
innumerables vacadas, demorando en sitios diferentes, como si
dijéramos cada una en su barrio.
Al ver esos verdes campos, yesos rebaños paciendo, yesos arroyos
murmurantes, yesos frescos bosquecillos, yesos matices de luz y de
sombras, y esas hermosas doncellas; cualquiera creería tener a la
vista un cuadro mitológico; recordaría a Teócrito y el idilio de
Polifemo y buscaría con la vista al Cíclope que debía de estar
sentado en la cumbre del Panes vigilando sus ovejas y enamorando a
la desdeñosa Galantea con la música de su agreste flauta
Largo rato estuvieron las señoras admirando en silencio el
pintoresco panorama. De repente dijo Doña Inés:
-Mire, Daniel, allá lejos, del otro lado del río Cauca, en medio
de esas selvas, se distinguen muchas casas de teja:
¿serán haciendas?
-Esas no son casas de teja, dijo Daniel viendo en la dirección
que ella señalaba; esas son las copas de los cachimbos que
sobresalen y están florecidos.
Dicho esto, se puso en movimiento la caravana y siguió a paso
largo hacia las orillas del río Panes.
¡Cómo se conoce que Cali ha sido pobre en poetas,
cuando ese río delicioso no ha tenido hasta ahora sus cantores!
Ni el Eurotas ni el Páctalo, ni el Cuero, ni el Genial, ni el
Tajo de arenas de oro, fueron nunca más cristalinos ni tuvieron
riberas más floridas.
¿Por qué no ha aparecido entre nosotros un Virgilio,
que describa esta moderna Arcadia, y que entone en honor de ella
melodiosos versos a la manera del
|Incipe Moenalios?
El Pance no es un río histórico; no ha oído, como el Escamandro
y el Tíber, el choque de las armas ni los gritos de los
combatientes atronando sus riberas; ni en el espejo de sus limpias
aguas se retratan ciudades ni torreones, como en el Arno, el
Támesis y el Neva. Él no es un gran río ni por el caudal de sus
raudales, que es muy escaso, ni por la longitud de su curso que es
muy corto; desde el punto por donde sale de la montaña hasta aquel
en donde muere, habrá en rigor tres leguas. Hace su curso por una
pendiente moderada, pasando al principio y al fin de su carrera por
debajo de frondosos árboles; y en el medio, por entre prados
cubiertos de verde grama. No encuentra en su paso zarzales ni
malezas, ciénagas ni fango; sus ondas se precipitan limpias y
claras en el Jamundí, para perder allí su diafanidad y su nombre.
Es como una virgen inocente que nacida y criada en un castillo
feudal, muere en la adolescencia, sin haber tenido tiempo de
manchar la pureza de su alma.
La cabalgata, al acercarse al río, entró en la espesa arboleda
que en ese punto orlaba sus riberas. Caminaron un rato a la sombra
de un bosque de madroños cargados de fruto. Debajo de esos altos
árboles crecían muchas otras plantas medianas de grandes hojas que
mantenían el ambiente en deliciosa frescura. El ruido que allí
hacía el río era muy leve, porque esa parte era la única casi
horizontal de su carrera.
Llegaron a la orilla y contemplaron con placer la murmurante
corriente y los hondos remansos que convidaban al baño.
Don Juan, al llegar aun espacio del bosque claro y limpio, hizo
que las señoras se desmontaran, sirviéndose para ello del grueso
tronco de un higuerón caído. Ese era el sitio acostumbrado para el
baño, tanto por lo delicioso del paraje como por la utilidad que
ofrecía el tronco.
Las barrancas del río eran altas, pero había una bajada hecha de
intento, y por ella descendieron las señoras. Fermín les llevó a la
playa, cubierta de menudos guijarros, la maleta en que iban los
enseres necesarios para el baño; túnicas largas, sábanas, peines y
jabones.
Bajo esa bóveda de follaje corre el Pance, tejiendo
aparentemente con sus aguas una trenza gigantesca; entre los
barrancos y la corriente hay playas secas, por donde el que va a
bañarse se pasea escogiendo el remanso que más le provoca. Esos
remansos llamados
|charcos son regularmente profundos, ya
pesar de eso se distingue el fondo tapizado de pequeños guijarros
blancos, azules y verdes, como si estuvieran en seco; se ve
distintamente que no hay en el fondo peligroalguno, ni ramas, ni
hojas, ni fango, ni insectos.
El que allí se baña, entra en el charco avanzando poco a poco,
de la orilla al centro, y se va sumergiendo hasta que el agua le
llega al cuello; entonces baja los ojos hacia el fondo y se ve
perfectamente los pies, como si sólo hubiera de por medio una
lámina de cristal trasparente, La diafanidad de este río es tan
notable que creemos no haya otro que la tenga mayor, así como la
delgadez y suavidad de sus aguas,
Mientras que las señoras se bañaban, Daniel y Fermín se ocuparon
en coger madroños, ya alcanzando desde el suelo las ramas bajas, ya
subiendo a los árboles. Don Juan entre tanto se tendió muellemente
sobre la blanda alfombra de hojas secas.
Terminado el baño, llamaron a Fermín para que recogiera los
vestidos, sábanas y demás utensilios y subieron sobre la barranca
con el auxilio de Zamora y de Daniel. Comieron con avidez los
madroños y subieron al tronco de higuerón, al cual los escuderos
fueron arrimando los caballos; montaron y partieron.
De regreso a la hacienda, las muchachas se mostraban alegres y
locuaces. Tres cosas hay que excitan la sensibilidad de la mujer y
la hacen comunicativa y complaciente; el baile, el baño y el paseo
a caballo.
Don Juan se colocó aliado de Doña Francisca; las tres hijas de
ésta los seguían, conversando alegremente; Doña Inés y Daniel iban
los últimos; a una distancia graduada como para hablar sin ser
oídos.
-¿Por qué será, dijo Daniel, que hoy me parecen estas
llanuras más hermosas que otras veces, y la luz más brillante, el
ambiente más perfumado y el día más alegre?
-No puedo adivinar la causa, contestó Inés sonriendo
maliciosamente.
Daniel que observó esa sonrisa, añadió:
-Bendita sea esa enfermedad que tal cambio ha operado en mi
suerte.
-No se haga ilusiones. Daniel; su suerte no ha cambiado.
-Yo, para ser feliz, sólo necesitaba que usted supiera que la
amaba entrañablemente; ya lo sabe, y eso me basta.
-Pero ¿qué adelanta usted con que yo lo sepa?
-He adelantado mucho, porque en vez de vivir sobresaltado, estoy
tranquilo; en vez de estar triste, estoy alegre; y en vez de desear
la muerte, amo la vida.
-Pero, Daniel, no hay cosa más triste que un amor sin esperanza.
En mi concepto, ahora estamos en peor situación que antes.
-No lo crea usted; yo siempre espero, porque sólo para los que
están en el infierno muere la esperanza .
-¡Admiro su valor! ¿En qué puede fundar
usted esa esperanza?
-No lo sé; ¿ni quién sabe los arcanos de Dios? Mi
maestro el Reverendo Padre Escovar me habla constantemente de una
Providencia que gobierna el mundo y que interviene en los casos
desesperados, en esos que parecen no tener remedio humano. Él mismo
ha llamado mi atención sobre la sentencia de un poeta que dice que
"el trabajo tenaz lo vence todo". Yo veo que es
usted una doncella de peregrina hermosura, y sé que es de altísimo
linaje, y que posee bienes de fortuna, y que por añadidura es
pupila del señor Alférez Real, el hombre más apegado a los fueros y
tradiciones de la nobleza. Sé también que puede llegar día en que
resulte algún pretendiente digno de usted con el cual le ordenará
su padrino que se case. Eso no me asusta porque no he de verlo;
antes de ese matrimonio habré yo muerto, o moriré ese día, Ya pesar
de estas consideraciones, no me ha sido posible apagar el fuego de
esta pasión que me devora. Lo mejor que podría sucederme sería que
ella me matara; vale más morir de amor ahora, que más tarde de
desesperación.
Pobre Daniel, lo compadezco! No quiera Dios que llegue día en
que maldiga la hora en que me conoció; aunque yo no he tenido culpa
en el nacimiento de ese amor funesto, ni he dado paso alguno para
que me ame, ni me he interpuesto voluntariamente en su camino:
¡todo ha sido obra de la fatalidad
-O de la providencia, ¿quién sabe? Si usted no fuera
quien es; si yo no conociera su altivez y su virtud, le diría:
- -Busquemos otro llano,
- Busquemos otros montes y otros
ríos,
- Otros bosques floridos y
sombríos,
- Do descansar y siempre pueda
verte
- Ante los ojos míos,
- Sin miedo y sobresalto de
perderte.
-Qué hermosos versos hace usted, Daniel.
-¡Infeliz de mí! Esos versos no son míos; son de uno
de nuestros más grandes poetas; son de Garcilaso de la Vega; ellos
expresan las aspiraciones de mi alma. ¿ Ve usted allá al
Oriente esas montañas azules? Del otro lado de esa cordillera hay
gente, hay pueblos; allá queda el Reino. Pues bien, quisiera salir
ahora a escape, con usted, tras montar esas sierras, caer al otro
lado y presentarme al Cura del primer pueblo que encontrara y
pedirle nos echara la bendición.
-¡Pobre Daniel! Yo no lo seguiría; porque sé que antes
de llegar ante ese Cura, habría muerto de vergüenza en el
camino.
-No me asombra esa respuesta, antes la aplaudo; es digna de
usted.
En este instante observó Doña Inés que los que iban adelante se
habían detenido en el mismo paraje en que se detuvieron a la ida, y
dijo a Daniel.
-Mire, Daniel; allá se han detenido a esperarnos; hablemos de
otra cosa.
-¡Qué lástima! Me parecía que estaba en el paraíso.
Hablemos, pues, de otra cosa.
-¿Piensa usted ir a Cali esta noche?
-No esta noche, sino esta tarde, porque estoy de padrino de un
matrimonio que se celebrará mañana.
-¿Y cuándo volverá?
-El lunes por la mañana, porque los novios harán baile y tendré
que asistir. Dígame la verdad; ¿le hago falta?
-¿Por qué negarlo? Siempre que se va usted a Cali,
los sábados, me parece que la casa está desierta, y permanezco
inquieta, sin acostarme, hasta las diez u once de la noche que oigo
rechinar la puerta de golpe, graznar los gansos y ladrar los
perros; entonces me tranquilizo, me acuesto y ya puedo dormir
porque sé que usted ha regresado.
-¡Bien haya la linda boca que tales cosas me dice!
En ese momento se incorporaron a los demás y siguieron reunidos,
a paso largo.
Al pasar cerca de la Piedra Grande, que queda en el camino, dijo
Daniel a Don Juan Zamora:
-En toda esta llanura se ven muchos alterones de piedras,
colocados a iguales distancias de trecho en trecho; ¿con
qué fin las habrán amontonado así?
-Mi señora Doña Francisca, contestó Don Juan, dice que fue un
Padre quien hizo eso.
-Sí, Daniel, dijo Doña Francisca; mi hermano Don José de Cuero y
Caicedo, Provisor del Obispo de Quito, amontonó esa piedra con los
negritos de la hacienda, cuando estuvo escondido aquí. Esa era su
distracción por las tardes.
-¿Y por qué estaba escondido?
-Porque entre él y el Obispo de Quito se suscitó una cuestión
muy ruidosa; el Obispo le hizo seguir causa con la mayor
injusticia; pero él, dejando nombrado un defensor, huyó de Quito, y
mientras fallaban la causa, vino a buscar el amparo de Don Manuel,
que además de ser su primo y su cuñado, era su padrino de bautismo.
Aquí estuvo seis años y sólo hace dos que regresó a Quito.
-¿Y qué resultó de la causa?
-El Rey Nuestro Señor, que Dios guarde, falló en su favor, lo
declaró inocente, le restituyó su empleo de Provisor y condenó a
sus enemigos en todas las costas
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-Cuánta falta me hace mi tío, dijo Doña Josefa: ¡tan
lindas historias que nos refería, y tan buenas cosas que nos
enseñaba!
En esto llegaron a la puerta de la hacienda, y terminó la
conversación.
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Histórico. Este virtuoso y sabio Sacerdote fue más tarde
nombrado Obispo de Cuenca, y poco después, de Quito. Murió en 1816,
en Lima, a tiempo en que lo remitían preso a España, por
patriota.
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