Los dos huérfanos
Al amanecer se presentó Andrea en el cuarto de Daniel a
averiguar cómo había pasado la noche, yentrando en el dormitorio
observó que estaba despierto. Acercándose a la cama le dijo:
-¿Cómo se siente, niño Daniel?
-Estoy mejor, Andrea.
-¿Cómo ha pasado la noche?
-La he pasado bien, he tenido un sueño delicioso.
-¿Cuál fue ese sueño?
-En mi letargo me pareció que un ángel de blanco y flotante
ropaje, se acercaba a mi cama, me tomaba la mano y me decía:
"Inés no se casa". Luégo desapareció dejándome en
un estado de felicidad indescriptible.
-Eso no fue un sueño.
-¿Que no fue sueño dices?
-Sí, digo que no fue sueño.
-¿Pero hay en realidad ángeles que bajen así
visiblemente a la cama de los moribundos?
-Sí los hay, de carne y hueso.
-¿Qué quieres decir? Explícate, no me hagas
penar.
-Fue mi señorita Inés quien vino anoche conmigo a saber, antes
de acostarse, cómo estaba usted, y oyendo que deliraba y que en el
delirio decía que ella se casaba, se acercó a usted y le dijo que
ese matrimonio era falso.
-¿Ella misma me lo dijo?
-Ella misma.
-¡Bendita sea! ¡No sabe cuánto bien me ha
hecho! ¡Siempre fue, pues, un ángel el que yo
vi.¡
-Ahora me envía a saber cómo se siente.
-¿Ella te ha mandado?
-Sí, ella.
-¡Cuánta bondad! Dile que estoy casi bueno; que
mañana, o tal vez hoy, podré levantarme.
-Hoy no; la señorita se enfadaría por ese disparate. -Bien, no
me levantaré; dale las gracias de mi parte por su fina atención,
mientras puedo dárselas yo personalmente.
Andrea se fue a llevar a su señora la alegre noticia de la
mejoría de Daniel.
Se ve que para Andrea y Fermín no era un misterio el amor que
Daniel profesaba a Inés; pero era ésta la vez primera que Inés daba
muestras de interesarse algo por la salud del apasionado
mancebo.
Como éste lo había dicho, dos días después pudo levantarse de la
cama a una silla, sin salir del cuarto, pues no podía dar un paso
por la suma debilidad en que estaba.
Continuaron haciéndole los remedios propios para la
convalecencia.
A los cuatro días, ya andaba por el cuarto, ya los seis salía a
pasearse por el corredor y por el patio. Pudo ver a Inés, aunque
acompañada de las señoras, de suerte que apenas consiguió cambiar
con ella unas pocas palabras de pura cortesía.
Quince días después de haber caído enfermo, a eso de las once de
la mañana, puso Daniel una silla en el corredor, ala puerta de su
cuarto, y se sentó; vio salir a esa hora a las señoras en dirección
a la quebrada de las Piedras, que distaba de la casa unas dos
cuadras; comprendió que iban a bañarse, en vista de los utensilios
que llevaban, y observó que Doña Inés no iba con ellas.
Poco rato después, cuando ya habían entrado en la arboleda que
sombreaba las márgenes del arroyo, apareció Doña Inés en la puerta
de la sala, y saludando a Daniel desde allí, le dijo:
-¿Cómo va de mejoría?
-Voy bien, señorita, mil gracias,
-Vengase acá un rato, conversaremos para que se distraiga,
-Voy, señorita,
Daniel estaba bien abrigado, con saco, ruana y sombrero, como
convaleciente,
Apoyándose en un bastón, se dirigió lentamente a la sala, allí
tenía Inés su costura,
Hizo sentar al convaleciente en una silla y ella se sentó cerca
de él y tomó la costura, como para coser al mismo tiempo que
conversaba.
Pero antes de dar una puntada, fijó en él sus bellos ojos
aterciopelados, en que se descubría un grande interés mezclado con
profunda ternura y le dijo:
-¿Cómo se siente, Daniel?
-Ya estoy bueno, señorita, ya me siento casi tan fuerte como
antes, y no me ocupo en nada ni salgo lejos de la casa, porque el
señor Don Manuel me ha ordenado que me esté ocioso, y tengo que
obedecer.
-Hace bien, para evitar una recaída.
Siguióse un rato de silencio, que ninguno de los dos rompía,
porque ambos estaban preocupados y respiraban aceleradamente, como
con susto. Al fin Inés, haciendo un esfuerzo, continuó:
-Dígame, Daniel, ¿cuál fue la causa de su
enfermedad?
-La ignoro absolutamente, señorita, el ataque fue repentino, y
puedo asegurarle que sólo cuando pasó el mal vine a comprender que
había estado enfermo.
-Si usted no sabe cuál fue la causa de su enfermedad, yo sí la
sé, Daniel.
-¿Usted la sabe? dijo Daniel sorprendido.
-Sí, creo saberla, y si usted quiere se la diré.
Daniel no contestó. Inés dirigiéndole una mirada en que se
revelaba la mayor mansedumbre, le pregunto:
-¿Quiere que se la diga?
-No sé si será alguna cosa grave, ¿contestó Daniel
bajando los ojos, ni si tendré fuerzas para resistirla.
-Sí las tendrá, porque yo no digo que la cosa sea grave, ni
tendría valor para reconvenirlo. ¿Quiere que se la
diga?
-No, contestó Daniel resueltamente, no quiero saberla, por lo
menos ahora.
-Pues he de decírsela, y ha de ser ahora, dijo Inés sonriéndose
para comunicarle ánimo, porque lo veía muy alarmado; se la diré
ahora, porque no es fácil que podamos hablar otra vez a solas.
Daniel, continuó ella viéndolo a la cara; usted ha puesto en mí sus
ojos; usted ha colocado en mí sus pensamientos; usted me ama
apasionadamente y me ha dejado adivinar ese amor demil maneras; y
se enfermó porque le dijeron que yo me casaba. ¿No es
verdad?
Daniel, desde la primera frase que ella pronunció viéndolo a la
cara, se fue encendiendo como una grana, en seguida se puso
lentamente de pie e inclinó la cabeza, como un reo que está oyendo
leer su sentencia de muerte. Cuando ella acabó de hablar, dobló en
tierra una rodilla, diciendo:
-¡Señorita, perdóneme usted ¡Tenga lástima
de mí!
-Alcese usted pronto, no sea que lo vean.
y como él continuase con la rodilla en tierra, ella le tendió la
mano y lo obligó a levantarse.
-Ahora, siéntese usted.
Daniel se sentó con el rostro encendido y dejando ver en todo su
semblante una grande emoción. No estaba menos impresionada Doña
Inés. Ella continuó.
-Hace meses sé que usted me ama, porque, ¿qué mujer,
por rústica que sea, no adivina quién la quiere? Pero ese amor
fatal sólo servirá para hacerlo a usted desgraciado, y ya lo es,
¿A qué puede aspirar usted amándome con tánta tenacidad?
Yo no podré jamás casarme con usted; bien sabe cuáles son las
exigencias sociales y bien conoce el carácter de mi padrino; él no
otorgará mi mano sino a un hombre que presente ejecutorias de
nobleza y que sea rico, porque así lo dispuso mi padre. Si mi
corazón llegara a prendarse de algún sujeto que careciera de esas
dos condiciones, nobleza y fortuna, mi corazón no sería oído, Yo no
podré casarme con quien yo elija: ¡ésa es mi suerte!
Al pronunciar esta última frase, se le salieron las lágrimas, e
inclinó la cabeza y guardó silencio.
-Señorita, le dijo Daniel, no llore usted; sus lágrimas me hacen
daño. Si tanto la hace sufrir mi insensato amor, fácil me es
evitarle el sufrimiento; ¡muriendo¡ Sí, moriré,
lo verá usted; será cuestión de pocos días; no más; pasados ésos,
me habré despedido de usted y del mundo y de la vida. Si no he
muerto ya, no tengo yo la culpa.
-No. Daniel. dijo Inés, enjugándose las lágrimas. no morirá
usted; yo no quiero que muera; óigalo; yo no quiero,
-Bien, trataré de vivir y de no ser un estorbo para su
felicidad.
-¿Qué felicidad? Yo nunca he pensado en casarme; a
ese señor que ha pedido últimamente mi mano, le contesté con un no
inmediato.
-Bendita sea usted y bendita la hora en que laconocí. Ya no
quiero morir. ¿Y por qué habría de morir? Mi amor es
mudo, respetuoso e inofensivo. El día en que la vi a usted, allí,
en aquella recámara, quedó fijado mi destino. De entonces acá no he
tenido un solo pensamiento que no haya sido para usted. Mi amor es
grande, profundo, desinteresado; ¡sin esperanza!
¿Quién soy yo, huérfano infeliz, sin padres y sin
deudos, sin linaje conocido y sin fortuna, para aspirar a la
inefable dicha de ser su esposo? Si tal prodigio se verificara, tal
vez caería muerto bajo el enorme peso de tanta dicha.
Yo no espero eso, porque no estoy loco; me contento con amarla
en silencio, con seguirla con mis ojos, aunque jamás deba
alcanzarla, como la maravilla
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sigue al sol. No me impida que la ame, que la
venere, que por usted, y sólo por usted, viva; no se enfade porque
yo la considere como el norte de mis pensamientos, el encanto de mi
vida, la luz de mi alma. ¡Oh, la amo tánto!
¿Quiere usted que viva? Déjeme que la ame.
¿Quiere usted que no la ame? ¡Déjeme que
muera!
-Bien, Daniel, ámeme cuanto quiera. Nuestro destino, como lo ha
dicho usted, está fijado. Yo no podré ser su esposa, bien lo sabe,
ni podré faltar a mis deberes; ¡no! Yo no olvidaré jamás
lo que debo a mi calidad ya mi educación, a mi religión ya mi raza.
¡Nuestro amor es una gran desgracia!
-¿Nuestro amor? ¿Qué ha dicho usted?
¿Nuestro amor? ¿He oído mal?
-¡Ah, no! Yo no he dicho eso, replicó Inés
alarmada.
-Sí, lo ha dicho, acaba de decirlo, no lo niegue;
¿por qué había de jugar usted así, tan cruelmente, con
mi corazón?
Inés lo miró por un momento con profunda lástima, y luégo,
bajando los ojos contestó:
-Desgraciadamente es verdad; ¿a qué negarlo ya?
¡Nuestro amor! Eso he dicho.
-¡Oh, Dios mío! ¡La felicidad me sofoca!
¡Esto es demasiado! ¡Mi corazón es muy pequeño
para contener tal torrente de felicidad! ¡En este
instante me parece que de amor me duele!
Y poniéndose de pie, se oprimía el corazón con la mano, y
continuó:
-¿Pero es posible? ¿No es un sueño? Es
verdad que usted, la más hermosa de las mujeres, se ha dignado
volver sus ojos hacia mí?
-Daniel, yo no soy de piedra; ¡bastante he luchado! y
si no lo hubiera visto a usted al borde del sepulcro por causa mía,
todavía resistiera; pero no puedo más; ¡estoy
rendida!
-¡Heme aquí, pues, el más venturoso de todos los
mortales! ¡Jamás me hubiera atrevido a soñar tanta dicha!
Aunque es verdad que siguiendo el consejo de mi sabio maestro para
todas las situaciones difíciles, todos los días humillado ante
Dios, ponía mi labio en el polvo por si acaso había esperanza.
-Pero ¿qué va a ser de nosotros ahora? Pensar en
matrimonio es quimera; usted lo reconoce así; usted mismo ha dicho
que la unión es imposible y que Dios quiso colocar
- "Las aves en el aire, los astros en el
cielo".
-¿Cómo sabe usted eso.? preguntó Daniel en el colmo
de la admiración.
-Porque usted va dejando rastros por doquiera de su loca pasión;
estuve enferma, y usted lloró al borde de mi cama y me besó la
mano; usted le pidió a Fermín un pañuelo que había sido mío, y
durante su enfermedad oprimía ese pañuelo contra su pecho; usted
deja sobre la mesa de su cuarto, a la vista de los que entran,
versos que revelan la altivez de sus pensamientos; usted cae casi
herido de muerte porque le dicen que voy a casarme, y en su delirio
deja percibir su amor y sus celos. ¿Cree usted que
tántas muestras de una honda y tenaz pasión no habrían al cabo de
impresionar mi alma? ¡Pero, desdichados! ¿Qué
adelantamos con esta confidencia? Y yo, imprudente, ¡que
acabo de revelar mi secreto!
-No se arrepienta, señorita, de haberme dado hoy la vida con sus
dulcísimas palabras. Su secreto será guardado con religiosa
veneración.
-Así lo espero y así lo exijo. Pero repito, Daniel:
¿qué hemos adelantado con nuestra mutua confidencia.?
¡Ah, somos muy desgraciados!
-No se aflija usted; mi pasión continuará siendo muda y
respetuosa; yo nada pretendo, nada espero, sé que usted sabe que la
amo con frenesí, y sé que mi amor no le es indiferente; por ahora,
esto me basta.
-¿Por ahora?
-Por ahora: ¿quién conoce los arcanos de Dios.?
¿No hay acaso una Providencia que vela por la suerte de
los mortales y que ampara y favorece a las almas puras.?
-Niño Daniel. dijo Pedro en voz alta desde la puerta de la sala,
mi amo lo llama.
-Voy al instante, contestó Daniel.
Pedro se retiró.
-Me voy, señorita: ¿qué me ordena usted.?
-Nada, Daniel; ¡cuidado con una imprudencia! Mi honor
no ha de sufrir el más leve detrimento por su causa. Adiós.
Y le tendió la mano, que él oprimió con profundo respeto, sin
atreverse a aplicar a ella sus labios, porque todas las puertas
estaban abiertas y podía ser visto.
Cuando Inés se vio sola, colocó a un lado la costura. Cruzó los
brazos y se puso a reflexionar, mirando al cielo raso de la casa.
Estaba encendida como un clavel. Luégo, hablando consigo misma,
comenzó a decirse: ¿habré hecho mal.? Pero
¿qué otra cosa podía hacer.? Mi corazón ya ardía.
¿cómo negarlo.? ¡Y ahora, al fuego de sus
palabras y de su mirada ha completado el incendio y me ha acabado
de abrasar el alma!
Estuvo un momento pensativa; y luego añadió para sí; lo cierto
es que descansó mi corazón. ¡Pobre muchacho!
¡Tan hermoso, tan bien educado y tan sufrido! y sobre
todo esto, huérfano como yo; ¡Ni padre, ni madre, ni
deudos! ¿Por qué no me lo propone mi padrino para
esposo.? ¿Por qué no es noble ni rico.? ¡Qué
me importan a mí las riquezas! Tengo lo bastante para que
pudiéramos ser felices ambos. Pero ¿y la alcurnia.?
¿y las ejecutorias de nobleza? ¿Cómo podría
yo echar una mancha sobre el lustre de mi raza? ¿Cómo
despreciar las órdenes de mi padre consignadas en su testamento?
¡pobre de mí! Ya revelé mi secreto, ¡y ahora
tengo miedo!
En esto percibió la voz de las señoras que regresaban del baño,
y tuvo que interrumpir su soliloquio.
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Nombre que se da en el país al girasol o heliótropo.
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