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Diana y Endimión

A las ocho de la noche, después de la cena, salió Daniel de la sala, la que, como hemos dicho, servía de comedor, y se dirigió a su cuarto muy preocupado, cavilando siempre en su daño sobre los amores de Arévalo é Inés. El desasosiego de su espíritu le comunicaba tal inquietud a su cuerpo, que no le dejaba un momento dereposo; se paseaba, se sentaba, tornaba a pasearse, hasta que se le ocurrió ir a la cocina que, como él sabía muy bien, era lugar de noticias y murmuraciones,

Puso al instante su pensamiento por obra. En la cocina fue recibido afectuosamente por Martina, por Fermín y por Andrea, y por los demás criados que estaban allí cenando. Daniel se sentó en un poyo de ladrillo y trató de sacar a Don Fernando de Arévalo en la conversación.

-¿Qué le parece, niño Daniel, dijo inocentemente Martina, dizque se nos casa mi señorita Inés con ese blanco que estuvo hoy aquí.

-¿Que se casa? preguntó Daniel, sin poder disimular su asombro.

-Sí, señor, que se casa, y según parece será pronto.

-Pero ¿cómo saben ustedes eso?

-¡Toma! porque Pedro oyó celebrar el trato entre mi amo y ese blanco.

-Pues yo creo que Pedro se equivoca, dijo Daniel; es imposible que una señorita de las prendas de mi señora Doña Inés vaya apagarse de semejante payaso.

-No me equivoco, dijo Pedro; yo lo oí con estos oídos que han de comer tierra.

-Y bien, ¿qué oíste?

-Oí que ese blanco le había pedido a mi amo la mano de mi señorita Inés desde Cali, y que lo había citado para darle hoy la respuesta; que mi amo le dijo que mi señorita Inés le daría el sí de aquí a quince días, y que no se lo daba hoy mismo porque era preciso pedir ese plazo por decencia. Eso oí desde afuera de la puerta, pues no hablaban en secreto.

Esto no era así; el plazo pedido por Don Manuel no era para darle el | como entendió el paje que sólo había oído el fin de la conversación, sino para darle larespuesta, que ya sabemos que era un |no redondo.

Pero el negro Pedro lo contaba como lo había entendido, y lo sostenía con tenacidad, para hacer creer que él era persona enterada en los secretos de sus amos.

Apenas oyó Daniel tan dolorosa noticia, cuando sintió que el corazón quería salírsele del pecho, según eran de fuertes las palpitaciones que le daba; la sangre se le agolpó a la cabeza, las arterias de las sienes le latieron con violencia, la vista se le obscureció y los oídos le zumbaron como si tuviera adentro una multitud de grillo. Por largo rato no pudo moverse, hasta que al fin, sin decir palabra y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y dando traspiés se encaminó a su cuarto, donde, luégo que entró, se tendió en la cama, al parecer herido de muerte.

Fermín que comprendió cuán dolorosa debía de ser para su amigo esa noticia del casamiento de Inés, y no habiendo podido contradecir a Pedro, porque él creía que Pedro decía la verdad, se fue tras él y lo siguió hasta su cuarto. Al entrar lo encontró ya acostado; le dijo algunas palabras para provocarlo a que le confesara su pena, pero Daniel no contestó.

Había luz en la habitación, porque Daniel había dejado encendida la vela al ir a cenar. Fermín pudo, pues, verlo tendido de espaldas en la cama, con los ojos cerrados y un brazo sobre la frente. Viéndolo en tal estado, resolvió quedarse allí acompañándolo, con la esperanza de que al fin le diría algo. Pero el tiempo pasaba sin que Daniel diera señales de vida. Calculando Fermín que ya eran las once y que era tiempo de ir a dormir, se acercó a la cama a despedirse de Daniel; Daniel no contestó.

Entonces notó que todo su cuerpo sufría movimientos convulsivos; le tomó una mano y la encontró ardiendo de calentura. En esa mano tenía Daniel un pañuelo blanco.

-Niño Daniel, dijo Fermín; niño Daniel, usted está enfermo; ¿qué tiene? ¿Qué siente?

Daniel, como volviendo de un letargo, comenzó a quejarse ya pronunciar frases incoherentes. Era evidente que deliraba.

Fermín se dirigió a pasos largos a su casa en busca de Martina, su madre; ésta estaba esperándolo para acostarse.

-¿De dónde vienes tan tarde? le preguntó ella.

-Vengo, madre, del cuarto del niño Daniel, en busca de su merced, para decirle que está muy malo, con mucha calentura, delirando. Sin duda le duele la cabeza porque se queja mucho. Tiene, además, convulsiones en todo el cuerpo.

-¿Pero no estaba sano hace poco? ¿No estuvo conversando en la cocina? ¿De qué le ha provenido esa enfermedad tan de repente?

-Yo no sé, pero creo que debemos ir a acompañarlo esta noche ya hacerle algún remedio.

-¿Y qué remedio puede hacérsele a esta hora? Todos duermen ya en la casa, incluso mi amo, que podría decirnos qué se le hace por lo pronto, pues él también sabe recetar.

-No importa, yo voy a hacerle compañía; puede ser que el delirio le pase y pida un vaso de agua; allí estaré yo para dárselo.

-Vamos, Fermín; ciertamente, ese pobre niño no debe pasar la noche abandonado.

Y madre e hijo se encaminaron al cuarto del enfermo.

Daniel deliró toda la noche; en su delirio, la mayor parte de palabras ininteligibles y en voz baja, se distinguían a ratos los nombres de Don Juan y de Fermín, y otras veces el de Arévalo.

Pero había una frase que se percibía de cuando en cuando claramente; esa frase era; ¡Se |casa! Así se pasó la noche. Poco después de haber amanecido observó Fermín que la ventana del cuarto de Don Manuel estaba abierta; y se resolvió a ir a darle cuenta de la enfermedad de Daniel. Don Manuel fue al instante a ver al enfermo, lo pulsó, observó todos los síntomas de la enfermedad, no puso atención alguna en los disparates que hablaba, y salió llamando a Fermín.

-Vete ahora mismo, le dijo, a Cali, a llevarle una carta al R. P. Camacho; lleva un caballo del diestro, para si cree necesario venir a ver al enfermo. Ven.

Entró en su cuarto; escribió la carta explicando los síntomas de la enfermedad y despachó a Fermín. Éste partió a escape.

Don Manuel entre tanto tomó un libro grande, en folio, y con forro de pergamino, que parecía nuevo; era la obra de medicina de Tissot.

Estuvo leyendo largo rato, ya en una parte del libro, ya en otra; y después de mucho leer y meditar, cerró el libro, llamó a Martina y le indicó los remedios que por lo pronto debían hacérsele al enfermo. Estos eran; paños mojados en agua fría, en la cabeza, y sinapismos en las piernas. Mandó se le pusiera otra almohada, para que pudiera conservar en alto la cabeza.

A las ocho sirvieron el almuerzo. Don Manuel anunció a su familia en la mesa la repentina enfermedad de Daniel y el carácter grave que presentaba.

Los hacendados de aquellos tiempos solían saber algo de medicina casera para atender, en los primeros momentos, a los individuos de la familia ya los esclavos que enfermaban; ya veces, cuando eran estudiosos, tenían también algún libro de medicina. El Tissot era un libro nuevo, recién introducido en el Nuevo Reino, pues acababa de ser traducido del francés. Un amigo de DonManuel se lo había remitido de Santafé en obsequio.

La familia de Don Manuel recibió pesadumbre al saber la enfermedad de Daniel, porque en la casa todos lo querían y estaban acostumbrados a su trato amable respetuoso.

A las nueve llegó Fermín con el Padre Camacho y con el barbero de la ciudad que hacía el oficio de sangrador.

El Padre visitó inmediatamente al enfermo, y después de examinarlo  con atención, le hizo dar una sangría en el brazo, y  ordenó le pusieran sanguijuelas detrás de las orejas y que, cuando pasara el delirio, le aplicaran un cáustico en la nuca

Terminada  la visita del enfermo, pasó a la sala en donde lo esperaban las señoras con el almuerzo, pues sabian que había salido de Cali en ayunas.

Le preguntaron su parecer acerca de la gravedad del  mal, y contesto que esa enfermedad era muy seria, de la cual | muy pocos solían salvarse; que le hicieran lo que dejabaprescrito, por sí o por no.

Pero ¿cuál cree vuesa Paternidad que sea la causa |de ese ataque tan grave? preguntó Doña Francisca, y añadió anoche estaba bueno.

Yo creo, contestó el Padre, que Daniel ha sufrido algún fuerte sacudimiento moral, alguna súbita y violenta pesadumbre que puede llevarlo a la sepultura; esta desgracia es la más probable.

El Padre al asegurar que el enfermo era víctima de un sacudimiento moral no hablaba por adivinanzas; mientras hacia el camino de Cali a la hacienda, fue examinando a Fermín, como médico prudente, acerca diera ser causa de la enfermedad.

¿Ha sufrido Daniel algún golpe?

No mi amo.

Ha estado expuesto por largo tiempo a los ardores del sol.?

Tampoco mi amo.

Sabes si ha tenido alguna pesadumbre?

Al oír esta pregunta, Fermín no supo de pronto qué contestar comprendió que él no debía revelar el secreto que había aprendido, pero también echaba de ver que el medico necesitaba conocer la verdadera causa del mal para poder combatirlo con probabilidades de acierto. Resolvió, pues, dar al Padre la luz que necesitaba, pero sin cometer una imprudencia

-Si he de decir a su merced lo que pienso, yo creo que el niño Daniel ha tenido ciertamente una gran pesadumbre.

|-¿Y cuál ha sido esa pesadumbre?

-Parece que él quería casarse con una niña de Cali, y que anoche supo que ella se casaba con otro.

-¡Con razón! ¡Infeliz! Esas pesadumbres profundas, recibidas de repente, producen fiebres cerebrales, y ésta es la enfermedad que él tiene, no hay duda.

Luégo que el Padre se despidió, de regreso para Cali, pasaron las señoras a visitar al enfermo; Doña Francisca iba adelante y Doña Inés la última.

Las señoras caleñas de aquella época, todas de raza española, eran notables por su caridad para con los enfermos. Una de esas orgullosas y nobles damas podía ver con desdén aun plebeyo; pero si éste llegaba a enfermar de gravedad, deponía al instante su orgullo y se constituía enfermera al borde de la cama del paciente, con tanto mayor esmero cuanto más desvalido fuera. Creemos que de todas las noblezas del mundo, la española es la más a propósito para producir Hermanas de la Caridad.

En el cuarto del enfermo estaban Don Juan Zamora y Martina; Fermín había ido a la ciénaga a coger las sanguijuelas, que se encuentran a la raíz de los juncos.

Daniel continuaba quejándose, y delirando a intervalos.

Doña Francisca se acercó a la cama y tocó el cuello del enfermo con el envés de su mano, y observó que tenía mucha calentura.

Las niñas estaban detrás de ella.

Doña Inés se fijó atentamente en el enfermo, que estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados y el rostro encendido; le pareció más hermoso que nunca. Notó que tenía en la mano un pañuelo blanco, de fino cambray, que no era de hombre; se fijó más y casi llegó a convencerse de que ese pañuelo había sido de ella; recordó entonces que pocos días antes se lo había regalado a Andrea.

Informada Doña Francisca de que se le habían hecho los remedios recetados por el Padre Camacho, se retiró ordenando que le avisaran cuando Fermín volviera con las sanguijuelas.

Doña Rosa quiso quedarse un rato acompañando a Martina.

Doña Inés quiso quedarse acompañando a Doña Rosa.

Inés examinaba con curiosidad el cuarto de Daniel que le parecía muy limpio; fijó la vista en la mesa en donde él escribía y vio allí una cuartilla de papel en que había unos pocos renglones cortos, que parecían versos.

Se levantó como para examinar el cuarto y se acercó con disimulo a la mesa y fijó sus ojos en la cuartilla de papel.

Sólo había en ella cuatro renglones escritos, como que era obra apenas comenzada y no concluida todavía. Los cuatro renglones, versos sin arte, eran éstos;

¿Por qué remonta el águila su temerario vuelo

Cual si quisiera intrépida al mismo sol llegar?

|¡La unión es |imposible! Dios quiso colocar

|Las aves en |el aire, los astros en |el cielo.

Inés leyó estos versos varias veces; después quedó un rato pensativa y volvió a sentarse al lado de Rosa. En eso llegó Fermín llevando en la mano un frasco de cristal lleno de agua en donde nadaban una multitud de sanguijuelas. Inés salió a avisarle a Doña Francisca de la llegada de Fermín; mientras atravesaba el espacio que había del cuarto a la recámara de las señoras, caminaba lentamente, con la cabeza inclinada y repitiendo para sí:

|"Las aves en |el aire, los astros en |el cielo".

Doña Francisca acudió al punto acompañada de las otras dos jóvenes, esto es, de Doña Gertrudis y Doña Josefa, e inmediatamente auxiliada por Doña Rosa y por Andrea, aplicó las sanguijuelas con notable facilidad. Cuanto era buena y compasiva con los enfermos, tanto era diestra en la aplicación de los remedios

Cuando quitaron las sanguijuelas repletas de sangre, volvieron a sus habitaciones a esperar el resultado.

Inés se retiró a su aposento con Andrea; y una vez allí, le preguntó;

-¿Qué hiciste del pañuelo blanco que te di en Cali?

Andrea se ruborizó y se quedó callada.

-Dime la verdad, añadió Inés, pues yo sé adónde fue aparar el pañuelo.

Andrea avergonzada con los ojos en el suelo y estirando la |gola de su camisa, le contestó;

-Yo nunca le digo a su merced una mentira; el pañuelo se lo di a Fermín; pero si hice mal, iré a pedírselo.

-No es necesario que se lo pidas, basta con que le preguntes qué hizo de él.

-Voy ahora mismo; allí está en el cuarto del niño Daniel.

Andrea salió, y un instante después estuvo de vuelta. -Dice Fermín que el niño Daniel se lo pidió diciéndole que ese pañuelo blanco era muy a propósito para atarse la cara cuando dolían las muelas, y que a él solían dolerle, y que le dio en cambio uno de seda queme regaló a mí.

-¿y en dónde está ese de seda?

-Voy a enseñárselo.

Andrea pasó ala pieza contigua que le servía de dormitorio, abrió un baúl, sacó el pañuelo y se lo presentó doblado a Inés.

Inés tomó el pañuelo, lo desdobló y lo examinó; luégo se 1o llevó a las narices para percibir a qué olía (1o mismo que Daniel había hecho con el pañuelo blanco) se lo devolvió diciéndole;

-Es un hermoso pañuelo, de buena seda y muy fino: Fermín ganó en el cambio, Dime, Andrea, ¿sabes tú la causa de la enfermedad de Daniel?

-No, mi señora; anoche temprano estaba bueno.

-El Padre Camacho dice que ha sufrido un sacudimiento moral.

-¿Qué es sacudimiento moral?

-Sacudimiento moral es alguna pesadumbre profunda, alguna desgracia repentina; algún dolor de ésos que se sienten sólo en el alma.

-¡Ah¡ Entonces ya sé la causa de la enfermedad.

-¿Y cuál es?

-No me atrevo a decírsela a su merced.

-¿Así tan mala es esa causa que no te atreves a decírmela?

-Es que su merced podría enfadarse conmigo.

-No seas tonta; dila, cualquiera que ella sea, que no me enfadaré.

-Pues bien; el niño Daniel cayó en ese accidente anoche a las nueve, al momento en que supo que su merced se casaba.

-¿Y quién ha dicho que yo me caso?

-Pedro, el paje, dijo en la cocina delante del niño Daniel, que ese blanco reinoso había pedido la mano de su merced a mi amo, en el cuarto de él; que mi amo le contestó que ya le había comunicado la propuesta a su merced, y que su merced le daría el sí dentro de quince días; que no le daba el sí ayer mismo, porque era costumbre de buena crianza pedir unos días de plazo. El niño Daniel contradijo a Pedro diciéndole que una señorita de tan alto mérito como su merced no podría jamás enamorarse de un payaso. Pero Pedro sostuvo lo que decía asegurando que lo había oído con sus oídos. Desde ese momento el niño Daniel se levantó y se fue a su cama, en donde cayó medio privado y desvariando, según me ha contado Fermín.

-¡Paje estúpido! No hay tal casamiento. Yo contesté que no quería casarme, y fue mi padrino quien dijo que esa negativa no debía dársele en seguida; que por decencia debía pedírsele un plazo de quince días para contestarle; pero esa contestación era resueltamente un |no. ¡Paje estúpido!

Guardó silencio Doña Inés, y Andrea se retiró a su habitación.

Por mucho tiempo permaneció Inés inmóvil en el asiento en que la dejó Andrea, con la cabeza inclinada, fijos los ojos en el suelo, en profunda meditación.

El enfermo era visitado frecuentemente por Don Manuel, Doña Francisca, Don Juan Zamora y Andrea.

Martina era la enfermera principal y no se separaba del cuarto.

Fermín estaba en expectativa, con el caballo ensillado esperando órdenes de su amo. A las tres de la tarde lo mandó Don Manuel a Cali, a darle cuenta al Padre Camacho del estado en que se hallaba el enfermo y del resultado de los remedios; a las seis estuvo de regreso con nuevas prescripciones escritas.

Por la noche estuvieron las señoras haciéndole las últimas aplicaciones ordenadas por el Padre, y se retiraron a las nueve, dejándolo sin mejoría alguna, y con orden de que las llamaran en caso necesario.

Inés permanecía en su cuarto taciturna, pero no ya inmóvil sino en continua agitación; parecía que no pensaba en acostarse.

A las diez llamó a Andrea y le mandó que fuera a preguntar cómo seguía el enfermo; Andrea fue a cumplir esa orden ya un momento volvió anunciando que estaba muy malo y que continuaba el delirio.

Inés se sentó como desfallecida y comenzó a hablar muy bajo, como si estuviera rezando. Así permaneció largo rato.

De repente se levantó y dijo a Andrea:

-Vamos a ver cómo sigue el enfermo.

Eran las once de la noche.

Fermín estaba sentado en la puerta del cuarto; Martina en la sala, en una silla de brazos, dormitaba; Daniel deliraba en ese momento.

Al llegar Inés, Fermín se puso de pie; ella le dijo:

-No te muevas, vengo a ver cómo está el enfermo, antes de acostarme.

Entró con pasos leves y dijo a Andrea;

-Espérame aquí en la puerta, y no hagas ruido.

Andrea se puso a hablar con Fermín en voz muy baja; Martina continuó dormitando y no sintió que Inés entraba, tál era la suavidad con que ésta caminaba.

Atravesó la sala y se detuvo en la puerta del aposento. Al llegar allí se puso una mano sobre el corazón como para acallar sus latidos. Daniel colocado en una media luz, deliraba, y era muy poco lo que se le entendía.

Inés puso la mayor atención tratando de percibir el sentido de alguna frase o de alguna palabra.

Poco rato hacía que escuchaba sin entender nada, cuando oyó que decía clara y distinta mente estas palabras;

"¡Se¡ casal¡ ¡Se casa!".

A Inés se le oprimió el corazón; sintió una lástima tan grande, una ternura tan profunda hacia ese pobre joven, que tan loca y tan tiernamente la amaba, que sin darse cuenta de lo que hacía, avanzó resuelta hasta el borde de la cama, le tomó una mano al enfermo y apretándosela suavemente se inclinó, acercando sus labios al oído de él, y le dijo con voz tan tenue como la brisa, y tan melodiosa como los sonidos de una arpa eolia:

"¡Daniel, Daniel! ¡Oye, Daniel! No me caso; ¡Daniel, Daniel! No me caso; ¿oyes? soy yo; soy Inés".

Daniel dejó de delirar, como si realmente hubiera oído y entendido, pero no abrió los ojos, ni contestó ni pronunció una palabra  más.

Ella, asustada y temerosa de que la hubieran oído, le oprimió la mano, como quien se despide, y salió apresuradamente del aposento,

Al salir de la sala, le dijo a Andrea:

-Quédate acompañando a Martina un rato; te dejaré la puerta ajustada para cuando quieras ir a acostarte.

Y con ligeros pasos se dirigió a sus habitaciones. Acababa de hacer con Daniel 1o que hacía Diana, la casta diosa, cuando enamorada y compadecida de Endimión, pastor de Caria, iba a visitarlo dormido en la caverna del monte Latmos.

Al entrar en su aposento ajustó la puerta, se acercó a su cama, se dejó caer en una silla baja que junto ala cama había, puso los brazos cruzados sobre la cama, reclinó la cabeza sobre los brazos y rompió en amarguísimo llanto; llanto, a sollozos convulsivos, como si hubiera muerto para ella toda esperanza.

En medio de este tristísimo lloro pronunció a intervalos, interrumpidas por los sollozos, estas palabras:

"¡Dios mío, Dios mío! ¡Ved que no puedo más! ¡Esta lucha es superior a mis fuerzas! ¡Bastante he resistido! . . . Desde el principio conocí el amor fatal de ese joven infeliz y me he hecho siempre la desentendida; ¡Que más podía hacer yo!... ¡He combatido por largo tiempo, de día y de noche, esa pasión funesta que se apoderaba de mi alma! ¡Yo no he alentado ese amor insensato con una palabra ni aun con una mirada; yo no le he dado alas...! Dios mío, ¡Dios mío, qué haré yo, infeliz!... ¡Cuántas veces lo he tratado con fría indiferencia, siempre fingida, porque a pesar de mis esfuerzos, era él a toda hora mi único pensamiento, y cuando lo veía partir, tras él se iba mi alma!... ¡Ya estoy cansada, ya no puedo más...! Él me amaba como un loco, y en todas sus acciones me lo dejaba comprender, a pesar de su delicadeza y su respeto. ¿Y yo? ¿y yo? ¡Ay de mí, desventurada! ¡Yo lo he amado con pasión profunda, sin dejarlo conocer, porque veía que mi amor era un amor sin esperanza!... Yo he sido más infeliz que él, porque para mí no ha habido consuelo. ¡Desdichada! ¡Qué va a ser de mí!... ¡Por qué no me dejaron morir cuando estuve enferma! Tal vez él hubiera muerto también de pesadumbre y ya todo hubiera concluido. Ahora si él muriera, yo moriría. ¡Qué haré yo, Dios mío!".

|Y corrían abundantemente sus lágrimas por sus mejillas, caían sobre sus brazos, y de los brazos sobre las sábanas de la cama.

Ese llanto duró cerca de una hora ya él se siguió un abatimiento extremo.

Pasada media noche entró Andrea, tratando de no hacer ruido porque creía dormida a su señora; sin embargo, algo sonó la puerta, é Inés sobresaltada volvió el rostro y al ver a Andrea le preguntó:

-¿Cómo sigue el enfermo?

-Está tranquilo, contestó Andrea, y parece que duerme, Ña Martina dice que le ha bajado la calentura y que es el primer momento de alivio que siente el pobre niño desde que cayó en la cama.

-¡Bendito sea Dios! Exclamó Inés, elevando sus ojos al cielo, en cuya mirada, a ser de día, habría podido descubrirse una fervorosa acción de gracias.

-Es muy tarde, Andrea, vamos a dormir.

Andrea pasó a su dormitorio e Inés apagó la vela y se acostó vestida.

Por fortuna la agitación de su ánimo había sido tan grande, que al calmarse con la noticia de que Daniel estaba mejor, se sintió rendida de cansancio y pronto se quedó dormida.

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