La hacienda de Cañasgordas
Cañasgordas era la hacienda más grande, más rica y más
productiva de todas cuantas había en todo el Valle, a la banda
izquierda del río Cauca. Su territorio era el comprendido entre la
ceja de la cordillera occidental de los Andes y el río Cauca, y
entre la quebrada de Lili y el río Jamundí. La extensión de ese
territorio era poco más de una legua de Norte a Sur, y varias
leguas de Oriente a Poniente.
El aspecto de esa comarca es el más bello y pintoresco que puede
imaginarse. Desde el pie de la empinada cordillera que tiene allí
el nombre de "los Farallones", se desprende una
colina que va descendiendo suavemente en dirección al río Cauca, en
más de una legua de desarrollo: su forma es tan simétrica, que no
se observa en ella una protuberancia ni un bajío; tampoco se ve
árbol alguno, ni arbustos, ni maleza, porque es limpia en toda su
extensión y está cubierta de menuda grama. Podría ser digno asiento
de la capital de una gran nación, y gozaría de una perspectiva tan
poética y de horizontes tan vastos, como no los tiene tal vez
ciudad alguna. Un templo que se edificara en la parte media de esa
colina, con su fachada al Oriente, y con sus torres y su cúpula,
sería un monumento verdaderamente grandioso, y su aspecto sublime
para quien lo contemplara desde lejos.
Descendiendo por la colina, se ven a la derecha vastas praderas
regadas por el cristalino Pance, que tienen por límite el verde
muro de follaje que les opone el Jamundí con sus densos guaduales;
a la izquierda, graciosas colinas cubiertas de pasto, por entre las
cuales murmura el Lili, casi oculto a la sombra de los carboneros;
y allá abajo, en donde desaparece la gran colina, se extiende una
dilatada llanura cubierta de verde césped, que va a terminar en las
selvas del Cauca, y que ostenta, colocados a regulares distancias,
árboles frondosos, o espesos bosquecillos, dejados allí
intencionalmente para que a su sombra se recojan a sestear los
ganados en las horas calurosas del día.
Por todas partes corren arroyos de agua clarísima, que se
escapan ruidosamente arrebatados por el sensible desnivel del
terreno y que van a llevar al Cauca el tributo de sus humildes
raudales. La riqueza de la hacienda consistía en vacadas tan
numerosas, que el dueño mismo no sabía fijamente el número de reses
que pacían en sus dehesas, aunque no ignoraba que pasaban de diez
mil. Era casi tan opulento como Job, quien por su riqueza
"era varón grande entre todos los orientales",
antes de ser herido por la mano de Satanás. Allí había partidas de
ganado bravío, que nunca entraban en los corrales de la hacienda,
ni toleraban que se les acercara criatura humana.
Los toros cargados de años, sultanes soberbios de esos serrallos
al aire libre, grandes, dobles, de gruesa cerviz, de cuernos
encorvados y de ojos de fuego, se lanzaban feroces contra la
persona que se les ponía a su alcance, lo cual ocasionaba
frecuentes desgracias, principalmente en los transeúntes peatones
que se aventuraban a atravesar la llanura sin las precauciones
necesarias.
Además de las vacadas, había hatos de yeguas de famosa raza.
Extensas plantaciones de caña dulce con su respectivo ingenio para
fabricar el azúcar; grandes cacaotales y platanares en un sitio del
terreno bajo llamado Morga.
En la parte alta había muchos ciervos, en tanta abundancia que a
veces se mezclaban con los terneros; y en la montaña, y en las
selvas del Cauca, abundante caza de todo género, cuadrúpedos y
aves. Piezas bien condimentadas de diferentes animales de monte
figuraban frecuentemente en la abundante y suntuosa mesa de los
amos; y con más frecuencia, aunque sin condimento, en la humilde
cocina de los esclavos.
De éstos había más de doscientos, todos negros, del uno y del
otro sexo y de toda edad; estaban divididos por familias, y cada
familia tenía su casa por separado. Los varones vestían calzones
anchos y cortos de lienzo de Quito, capisayo de lana basta y
sombrero de junco; no usaban camisa. Las mujeres, en vez de la
basquiña (llamada follado en el país) se envolvían de la cintura
abajo un pedazo de bayeta de Pasto, y se terciaban del hombro abajo
otra tira de la misma tela, asegurados aquél y ésta en la cintura;
y cubrían la cabeza con monteras de paño o de bayeta, hechas de
piezas de diferentes colores.
La mayor parte de esos negros habían nacido en la hacienda; pero
había algunos naturales de Africa, que habían sido traídos a
Cartagena y de allí remitidos al interior para ser vendidos a los
dueños de minas y haciendas. Éstos eran llamados
|bozales, no
entendían bien la lengua castellana, y unos y otros la hablaban
malísimamente.
A esa multitud de negros se daba el nombre de cuadrilla, y
estaba a órdenes inmediatas de un capitán llamado el tío Luciano.
Eran racionados todos los lunes, por familias, con una cantidad de
carne, plátanos y sal proporcionada al número de individuos de que
constaba cada una de ellas: Con este fin se mataban cada ocho días
más de veinte reses.
Todos esos esclavos, hombres y mujeres, trabajaban toda la
semana en las plantaciones de caña; en el trapiche moliendo la
caña, cociendo la miel y haciendo el azúcar; en los cacaotales y
platanares; en sacar madera y guadua de los bosques; en hacer
cercas y en reparar los edificios; en hacer rodeos cada mes, herrar
los terneros y curar los nimales enfermos; y en todo lo demás que
se ocurría.
Pero se les daba libre el día sábado para que trabajaran en su
provecho; algunos empleaban este día en cazar
|guaguas o
|guatines en el río Lili o en los bosques de Morga, o en
pescar en el Jamundí o en el Cauca; otros, laboriosos y previsivos,
tenían sus labranzas sembradas de plátano y maíz, y criaban
marranos y aves de corral: Estos, a la larga, solían librarse dando
a su amo el precio en que él los estimaba, que era por lo regular
de cuatrocientos a quinientos patacones. Cuando un marido alcanzaba
así su libertad, se mataba en seguida trabajando para librar a sus
hijos ya su mujer, y esto no era muy raro.
A la falda oriental de la gran colina que hemos descrito, estaba
la casa de la hacienda, que hasta ahora existe, con todos los
edificios adyacentes, casi a la orilla de la quebrada de Lili. Esa
casa consta de un largo cañón de dos pisos, con un edificio
adicional en cada uno de los extremos, los cuales forman con el
tramo principal la figura de una Z al revés. A continuación de uno
de estos edificios adicionales estaba la capilla, y detrás de ésta,
el cementerio.
La fachada principal de la casa da vista al Oriente, y tenía en
aquella época un gran patio al frente, limitado por las cabañas de
los esclavos, colocadas en línea como formando plaza, y por un
extenso y bien construido edificio llamado el trapiche, en donde
estaba el molino, movido por agua,y en donde se fabricaba el
azúcar.
La casa grande en el piso bajo sólo tenía una puerta en la mitad
del corredor del frente, la cual daba entrada a la sala principal,
y al patio interior, a los lados de la sala había recámaras. En el
piso alto, había sala, recámaras y cuartos.
Los muebles de la sala eran grandes canapés aforrados envaqueta,
con patas torneadas imitando los del león, con unabola en la garra;
sillas de brazos con guadamaciles devaqueta grabados con las armas
de la familia con sus colores heráldicos, oro, azul y grana; una
gran mesa de guanabanillo, fuerte y sólida, que servía para comer,
pues en aquel tiempo las salas principales servían de comedor, y no
era todavía conocida esta última palabra; en una de las esquinas de
la sala estaba el aparador, construcción de cal y ladrillo,
compuesto de tres nichos en la parte baja, y una gradería encima de
los nichos, que iba angostándose gradualmente hasta terminar en el
vértice de las dos paredes. En los nichos estaban las tinajas
llenas de agua, con relieves; y en las gradas, toda la vajilla de
plata y de porcelana de China, muy fina y trasparente. Esta
porcelana se colocaba de manera que presentara el fondo con todos
sus colores y dibujos a la vista de los espectadores: el aparador
era el gran lujo de las casas ricas.
En las recámaras estaban las camas de las señoras, de grandes
dimensiones, de maderas finas, bien torneadas y con columnas
doradas; sillas de brazos, poltronas aforradas en terciopelo o en
damasco; y tarimas con tapetes, arrimadas a las ventanas, llamadas
|estrados, en donde se sentaban las señoras a coser o
bordar.
Los muebles del segundo piso eran semejantes a los del
primero.En todas las piezas había cuadros de santos. al óleo, con
sus marcos dorados y con relieves, trabajados unos en España y
otros en Quito, y todos de bastante mérito. Tal era, a grandes
rasgos, en 1789, la hacienda de Cañasgordas, que pertenecía al muy
noble y rico señor Don Manuel de Caicedo y Tenorio , Coronel de
milicias disciplinadas, Alférez Real y Regidor perpetuo de la muy
noble y leal ciudad de Santiago de Cali. La ciudad tenía esos
títulos por cédula Real, y el mismo origen tenían los de Don Manuel
de Caicedo.
Sospechamos que a ese sitio se le dio el nombre de Cañasgordas
deducido de los extensos guaduales que por allí se encuentran,
principalmente a orillas del río Jamundí; pues sabido es que los
conquistadores daban ala guadua el nombre genérico de
|caña,
y que por ser tan gruesa la llamaban
|gorda. Así se lee en la
obra del Padre Fray Manuel Rodríguez, jesuita, hijo de Cali,
publicada hace dos siglos y titulada
|El Marañón o
|Amazonas.