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CAPITULO IX
NOCHEBUENA

Omitiremos la descripción de algunos de los días de aguinaldospor no haberse presentado en ellos cosa digna de notarse. Ahora nosvamos a ocupar de uno de los días que se festejan con más alegríaen la Nueva Granada, y que, como el de San Juan, conmueve a todoslos pueblos, familias e individuos: tal es la celebridad delNacimiento del Redentor del mundo, cuya fiesta presenta siempre, enmedio de sus decoraciones, ciertos aires de ternura, que seduce loscorazones.

El nacimiento de un infante en un triste pesebre, donde la madretiernamente lo acaricia, al lado de la oveja y de la vaca, sobre unlecho de pajas: esto tiene para las madres y para todos los buenoscorazones un singular atractivo, solamente en la parte humanitaria;que por lo que hace a la llegada del día profetizado por lasEscrituras y por los poetas paganos, la escena del nacimiento sehace mucho más grandiosa, y los católicos cristianos lo celebrancon músicas, decoraciones, repiques y voladores, y una misa a lamedianoche, siendo muy raro el que se queda sin oírla en lasparroquias y aldeas.

Irene había asistido a los preparativos de la iglesia en estedía de su notable alferazgo. Los principales elementos de adornoconsistían en los vegetales de los bosquecillos y lomas de laaldea, y de los páramos que quedan detrás de la gran peña deoriente: arbustos de arrayán y de laurel, con que se decoró elaltar; flores de quiche, de mosquero, de zarcillejo y de coral, conque se adornaron los bordes de la cuna; y, en fin, la cuna misma,preparada entre liquen de palos, piedras y paja, llamada de uche;este fue el escenario que presentó la capilla el día 24 para lacelebración de la Nochebuena. Para la hora del rosario lailuminación fue una cosa digna de verse. La procesión de la Virgen,acompañada por los aldeanos, los paramunos y las señoras bogotanas,fue muy solemne; los cánticos de la Virgen eran repetidos en coropor el fervoroso pueblo, oyéndose a cada paso el "SantaMaría, Madre de Dios", que entonaban más fervorosas quetodos, las mujeres de la aldea, y que era por cierto el lema detodas las funciones de aguinaldos. Los repiques y voladores sedejaban oír en medio de las tiernas voces de la música y elcanto.

La gente hormigueaba en la parroquia, y mientras que era la horade la gran misa sonaban los instrumentos musicales en la plaza, enla venta de don Chepe, en la casa de Irene y en las de muchospobres.

Sigamos adelante con la función de los aguinaldos, según se vanpresentando los sucesos del alferazgo de Irene, la más popular porla medianía de su familia y al mismo tiempo la más insinuante yviva de las tres parejas, a la cual hemos visto en todos losaguinaldos más alegre y mucho más emprendedora que ninguna de suscompañeras, aunque no eran tan estudiosa como la joven Arcelia, nitan espiritual como Adelaida. Esto era lo que se había notado enlos días anteriores; pero había llegado un día señalado para lahistoria de toda su vida, un día decisivo, como el de lospronunciamientos que se hacen en los pueblos de la América españolapara escoger dictadores, constituciones y cadenas en un día supremode sus delirios. Irene amaba, y no había sido sino en el espacio deveinticuatro horas que lo había conocido.

¡Pobre Irene! su cabeza debía estar trastornada con tanto en quetenía que pensar para la fiesta, para la cena, para el baile de lanoche y para la más expedita dirección de sus amorosospensamientos. Mil veces atravesó la plaza, mil veces subió de éstahasta su casa, que distaba tres cuadras de la de Arcelia, como lohemos dicho, y otras mil había dado órdenes, que no todas se podíanejecutar. La fortuna para ella era que el capitán don Elías, porcomplacerla, se había hecho cargo, con el maestro Germán, de todala composición del altar, que estuvo tan a gusto de todos, yJacinto se dedicó, ayudado por Pascuala, a limpiar cubiertos, ycargar algunas sillas y platos para la gran cena, y gracias tambiéna que de varias casas le ayudaban, como Pascuala y Encarnación, yhasta Teresa con su prima Petronila, la de los dengues.

Teresa tenía que ir a llevar ese día un poco de ropa a Bogotá,con Petronila, que era la que más se ocupaba en el lavado de laropa, y al verla Irene le dirigió la palabra de esta manera:

-¿Usted conoce la tienda de Santiago, el que suele veniraquí?

-¡Mucho, mi señora! como al pozo de mi lavadero.

-¿Y me le quiere llevar esta cartica?

-De mil amores, porque es formalísimo el caballero, y yo le heservido ya en otras ocasiones.

-Pero se la entrega a él solo para que nadie lo vaya aentender.

-Muy fácil, porque tengo muchísima confianza con él, y voy yo ylo llamo por ahí a solas y se la entrego. ¿Tengo que esperarme porla contestación, mi señora?

-Pues él se lo dirá; pero no se venga usted sin entregarle lacartica, porque es de lo más interesante.

-Ya lo creo, mi señorita Irene; por lo que es eso no tenga ustedcuidado, porque cuando yo me comprometo, es porque sé que puedocumplir, y si no cuándo, ¡Ave María!...

-Pues que Dios me la lleve con bien, y dentro de dos horas laespero con la razón, ¿oyó, mi negra?

Veamos ahora qué negocio de tanta importancia era el quecontenía la carta de Irene, escrita en un día como aquél, en queestaba tan sumamente ocupada:

"Mi querido Santiago, decía, hoy es mi día, y loconvido, junto con Salomón y Sildano: el bailecito creo que no ledisgustará, por lo menos he hecho el propósito de bailar todas laspiezas con usted; pero usted más bien preferirá el baile de Laura,por supuesto; pues ha de saber que yo todo lo he sabido por unacasualidad, ¡y después de tantos juramentos!... pero no deje devenir, porque la empanada de la cena es dedicada a usted, y es unaempanada escandalosa, tan grande como mi almohada, aunque laempanada y la pastora de Laura, que se la puso en la tienda deusted, delante del espejo y de toda la gente, es de preferirse atodo; porque así le aparentan a una, y luego se admiran de uncoqueteo que no significa nada.

"Hace veinticuatro horas que no ceso un momento depensar en usted; pero así es el mundo, y así son los hombres, quesi no lo hubiera visto no me hubiera persuadido de tanta veleidadcomo la que lo caracteriza a usted; aturdida me he quedado de quelos hombres puedan amar, como dicen, a dos manos; una de las cosasque me tiene más brava con usted, es el ver cómo me ha estadojurando por tanto tiempo que usted no había nacido sino para amarmea mí sola en el mundo... y para eso que yo, hace más deveinticuatro horas, que no miro sino la imagen de usted, como lasombra de la felicidad que me extasía. ¡Cómo se sufre y cómo viveuna de atormentada con la suprema emoción del verdadero amor!

"Créamelo usted, Santiago, que desde ayer ni como, niduermo, pensando solo en usted y en un porvenir que me sonríe, másdichoso que el mismo Edén.

"¡Pero ay!... que pronto se borra de mi mente estabella ilusión, y pienso en la triste y amarga realidad... ¡Prontola losa de la tumba cubrirá mis mortales restos, hacinados por laalevosa mano de la traición!... Véngase, Santiago, que aunqueingrato, no ceso de pensarlo, y al oírlo le concederá el perdón suidolatrada

I RENE".

Se quedó Irene pensando en la carta y en los efectos queproduciría, y recordó, para su mayor tormento, el diálogo sostenidocon Teresa, y le pareció que ésta gozaba de más confianza conSantiago que ni aún ella misma, y que todas las palabras revelabanprecedentes de una amistad estrechamente cultivada; recordó lasfacciones bastante bonitas de la lavandera, y aún su imaginación selas pintó mejores, y otro nuevo rayo vino a herir aquel pobrecorazón, que estaba sufriendo tanto en su nueva carrera de amor;que ya estaba pensando en la tumba para el alivio de sus penas,según el sentido de su carta; que en medio de los afanes delalferazgo le pudo escribir a su ingrato Santiago, a consecuencia delas relaciones de la carta que Arcelia recibió de la señoritaDolores.

A medida que se acercaba la noche crecía la inquietud de Irene,porque no veía el momento de conversar con Santiago en los primerosinstantes que pudiera, pues aunque lo había tratado por el espaciode todo un año, entre ellos no había habido otra cosa que un cambiocontinuado de palabras, coqueteos, floreos y esperanzas, que al finde cuentas no había sido sino lo que se llama pasar el tiempo.Ahora todos los síntomas eran de un corazón apasionado en el últimogrado.

Pasó todo el rosario cantado, y los convidados de Bogotá noparecían; dieron las ocho, y no había ni noticias; y en vez deestar sentadas en la sala, oyendo la música a secas, prefirieronlas señoras ir a esperarlos al camellón, sin asocio de Adelaida,que se quedó fumando su tabaco y conversando con Susana en elcorredor de la casa. El asunto era ganarles los aguinaldos a losjóvenes caballeros que esperaban con tanto ahínco, y para esto semetieron las señoritas en la zanja, quedando muy bien parapetadascon la sombra del amargoso y del chite de las orillas. A cada pasotendían la vista hasta donde lo permitía la plateada luz de laluna, no alcanzando a divisar sino las fachadas blanquecinas dealgunas casas, y los bultos de los sauces y arbolocos piramidalespor entre la sombra vaga, indecisa y macilenta de la noche, que alos mortales les oculta los horizontes, supuesto que la naturalezano los hizo nocturnos como a los mochuelos y vampiros.

Era muy digna de verse la emboscada de todas las hermosuras enacecho de una partida de valientes para herirlos en el corazón, yrendirlos. Arcelia no pestañeaba mirando para el lado de Bogotá;Irene se comprimía el corazón, creyendo que sus latidos iban adescubrirla, porque tal era la ansiedad por verse junto de suidolatrado amante, por la primera ocasión de su vida. Una caravanade canteros y alfareros de ambos sexos, que pasaron cantando laguabina, las hizo inclinar mucho la cabeza y guardar unainterdicción absoluta de la palabra, teniendo que soportar ensilencio la mala música y peor letra de los versos que cantaban lospeones.

No le era permitido a las señoras ni reírse, ni conversar, nifumar tabaco, por la especie de penitencia a que gustosa yvoluntariamente se habían entregado, hasta que Irene alcanzó a oírun canto muy lejano, acompañado de flautas. Al cabo de un largorato se oyó un tropel, y luego, por entre la indecisa clarividad dela luna se divisaron unos espectros o sombras descomunales de lomás horrible que pueda imaginarse. Ninguna de las señoras seatrevió a hablar en tanto que los endriagos se acercaban.

A la descubierta se vislumbraban unos cuatro o cinco jinetesmontados sobre perros o carneros, de los cuales uno traía unplumero, tan grande que casi iba a confundirse con las estrellas;seguíase la figura de un monstruoso cuadrúpedo, sobre el cualvenían acomodados varios individuos, como árabes viajando sobre susmansos camellos: parecía que una escolta de liliputienses o pigmeoscerraba toda la columna de hombres, dioses o demonios, tan extrañospara las señoras, como los españoles de Cortés para los súbditosdel grande imperio mexicano.

Se oyó la voz de Santiago en medio de los endriagos, y en elmomento saltó Irene como si fuese un resorte o una bala disparadapor un cañón, diciendo a gritos desde la orilla de la zanja:

-¡Mis aguinaldos, Santiago!

-¡Mis aguinaldos, Ricardo! gritó también Arcelia, la mássentimental de todas las señoritas.

-¡Mis aguinaldos!... gritaron todas a un mismo tiempo,interceptándoles el paso a los endriagos, que no eran otra cosa quelos cachacos bajo las figuras más estrafalarias, aumentadas por lassombras de la noche y por la humana fantasía, que estando exaltadase forma castillos en el aire sobre bases inventadas a propósitopara el engaño. Pero hubo a la verdad un suceso que fue lamentable,porque Irene, que estaba de traje blanco, espantó el caballo deljoven Santiago, que padecía de accesos nerviosos, cayendo SalomónGarnica, que venía al anca, en el duro suelo, y también SildanoPérez entre unas matas de guaba, y el mismo Santiago, que traía unsombrero neivano, de colosales dimensiones, fue a quedar sembradoentre el barrial de la zanja inmediata, de la cual saliócompletamente impedido para darle un abrazo a su bien amada, porqueel lodo lo había envuelto como a un buey pisabarro. La burra en queiba Felipe Martínez, lisiada también de achaques nerviosos, se dioigualmente por resentida, y con sólo inclinar la cabeza le hizobesar la tierra a su jinete, reventándole los labios y llenándolelos ojos de tierra. Los bogotanos quedaron, pues, rendidos adiscreción y en detal.

Pasado el, primer espanto de las señoras, de los jinetes y delas bestias, se siguieron los cordiales abrazos y aquellasdeclamaciones de ternura y fraternidad que el lector debe suponeren casos semejantes.

El golpe fantasmagórico de la visión había consistido en queSantiago, por hacerse al partido de los cachacos, que él llamaba |carraplanos, le quitó la silla al castaño, y convidó paraque montasen en él todos los que cupiesen; Anacleto, Felipe y losotros compañeros habían cogido burros para su viaje, y se habíanpuesto plumeros de ramas de sauce y quitádose las casacas paraconvertirlas en sillas y pellones, que por cierto era una medidaindispensable en favor de su delicada humanidad, en razón a que lasburras eran de cargar adobe, y estaban demasiado flacas, y tal vezcon mataduras.

Arreglada la deuda de aguinaldos, se fueron los viajeros a piecon las bellas hijas de la colonia, a comenzar el baile, el cual sehabía dejado esperar como uno de esos eventos singulares, quedespués de la duda llegan por fin a realizarse, como el grandescubrimiento de América, por ejemplo. Se comenzó con canto,arengas y vivas, y con la alegría que mejor manifestada se hayavisto en el mundo, como uno de los más notablesacontecimientos.

-¡Vivan los aguinaldos de Chapinero!

-¡Vivan las tres parejas!

-¡Vivan todas las lindas y amables compañeras!

Estas fueron las primeras aclamaciones de los jóvenesbailadores, y por parte de las señoritas eran las amables sonrisas,y esas palabras saturadas de dulzura, que presagian las noblesesperanzas. Mucha felicidad manifestaban todas las almas, muchoamor y gratitud rebosaban los corazones, mucha tolerancia y muchacondescendencia prestaban las personas venerables, y mucha gloriaprometía la actual Nochebuena. Los bizcochos, las aguas frescas yel vino se presentaba a tiempo, para que tampoco se quedase elsentido del gusto sin sus halagos. Por fuera sonaban los cohetes ylas músicas de las gentes pobres, que también cantan y bailan, conel mismo objeto que la gente de tono.

La campana de dejar a misa hizo soltar de las manos a lasparejas para ir a la capilla. Irene había tenido la condescendenciade bailar con Santiago dos piezas; porque ella no estaba ya en elcaso de dar la ley, sino de que se la dieran, porque amaba aSantiago mucho más de lo que éste la amaba a ella, y este desniveldel amor parece ser una ley de la naturaleza, tal vez no tanadversaria a la vicisitud de la constancia como generalmente secree.

No cabía la gente en la iglesia de Chapinero, y la misa estuvosuntuosa por la música, las decoraciones y las luces, añadiéndose aesto las armonías, las imitaciones de varios animales, comopájaros, vacas y cabras, que los muchachos adjuntos al coro sabíanejecutar en recuerdo del pastoril acompañamiento del pesebre deBelén. Un chillido de mico comenzó a ser desaprobado, porque noera, según decían, sino la imitación más ordinaria v detestable delmuchachomico, y una orden perentoria bajó desde el altar mayor,para que cesase la imitación de los chillidos de aquel animal, queal público le parecían tan mal ejecutados. Pero la vergonzosacondenación del errado juicio del pueblo la dio el mismo mico enpersona, saltando sobre los escaños y las cabezas de los fieles,con modales muy patentes de irreverencia, y la casualidad de estarallí don Santiago, vino a poner fin a la profanación, porque elaturdido mico se abrazó de su pescuezo con la manifestación máselocuente de una inveterada amistad. Teresa se acercó por entre lagente, y haciéndole algunos cariños al animal, y diciéndole algunaspalabras al oído a su protector, lo sacó de la iglesia para ir aponerlo en seguridad en su cajón.

Cuando regresaron las familias a la casa del baile, llamó Irenea Santiago al corredor de afuera, y le dijo en secreto estasnotables palabras, que tal vez llevaba estudiadas desde la mismaiglesia:

-¡No lo creía yo de Santiago! ¡Avemaría!

-¿Que viniera esta noche, mi linda y simpática negra?

-También es admirable, porque ya estoy impuesta del baile a queusted fue invitado en Bogotá. Hablo de lo de esta noche en laiglesia.

-¿De que me quiera el oficial de Teresa?

-De que tenga usted tanta amistad con ella misma.

-¿De dónde lo infieres ahora, picarona?

-De las palabras que a ella se le escaparon hoy al hacerse cargode mi carta: confianza, cariño, trato continuo y una facilidad sinigual para que usted le deposite sus más íntimos secretos; ¿quéfalta, pues, para eso que se llama intimidad? Y la preferenciamisma del oficial, ¿qué otra cosa quiere decir, sino que usted hatenido un trato muy largo con la lavandera? y que ya los he vistoque la florean, porque goza de una mediana figura, que más bien esfavor que le quieren hacer. Y esto me lo viene usted a confirmar,cuando usted acaba de recibir una carta mía, que le descubre loacendrado de mi amor.

-¿Así se porta usted con una señora, en el mismo día de aceptarlas pretensiones amorosas, repetidas por todo un año? ¿Una señoraen parangón con una vil lavandera? ¿la misma que le ha lavado austed la ropa? Usted lo hará, seguramente, porque mi familia no esdistinguida por la riqueza, pero no por otra cosa.

-No comprendo nada de ese fárrago tan amoroso; porque la verdadsea dicha, que yo no tengo más tratos con Teresa que los de unospollos finos, que me ha vendido, y un gallo que le tengo puesto acuidar.

-¿Y las sonrisas, y los secretos de Teresa en el mismo cuerpo dela iglesia?

-Las naturales a una obra de caridad, como la de librarme de losbrazos del imprudente animal.

-Las muestras mismas de inteligencia que yo había sospechadodesde que vine, lo cual no podrá usted negarme, porque ya doñaTecla y doña Pacha lo habían notado en sus conferencias, a lo cualno había yo hecho caso, porque así sucede muchas veces...

-No respondo a cargos tan exagerados de usted, porque seráalguna estrategia por librarse de la acusación de veleidad con queyo vengo preparado para acusarla, y por sus coqueteos extremadoscon el jubilado de Ruperto.

-Responda usted, pues, a esta carta, que el tirano de la aldeaha hecho llegar a mis manos, dijo Irene, y sacando un papel se lopuso en las manos a su acusado y acusador.

Santiago leyó la carta, y con un ceño que no era por cierto eldel amante arrepentido, le dijo a la pobre Irene:

-Es la carta de una chasqueada, y esto es lo bastante. Yo no lehabía ofrecido mi mano a Dolores, y cuando el amor por ella seapagó en mi corazón, tuve la firmeza de decírselo francamente, yahora quiere vengarse con sus invenciones; pero si usted se dejallevar de las locuras de los micos y de las chasqueadas, lo mejores que no demos el escándalo de estar serios, y tal vez peleados,en la celebración de la Nochebuena; y dando unos pocos pasosadelante, saltó sobre los lomos del castaño, que estaba atado de unestantillo del corredor, y se fue a llamar a sus socios, dejando aIrene más enternecida que brava.

Solamente el comprometimiento del alferazgo pudo detener a Ireneen ir a ocultarse entre los bosquecillos de la quebrada, paraentregarse libremente a su despecho. Pero este respeto por lasociedad le dio todo el valor necesario para hacer frente a lasfunciones de Nochebuena, que estaban a su cargo.

Se hace preciso, para la inteligencia de este capítulo, saber elmotivo que tuvo el mico para entrarse a la iglesia dando chillidosy buscando un asilo donde poderse esconder. La aventura por lomenos es digna de un drama, por la importancia del personaje.

Mientras que Teresa andaba de parranda, y su anciana madrerezaba en la capilla su rosario de costumbre, tuvo la ocurrencia eloficial de soltarse de una cuerda de mus o cuan de paja de uche,con que lo habían dejado amarrado, y entró al cuarto de su señora(es decir, de Teresa, porque el mico era célibe) y sacó los diez yseis huevos de debajo de la clueca, y los echó a pique todos,porque, como lo tenemos referido en otro capítulo, había aprendidoa comer los huevos, formándoles un agujero para rebullirlos con eldedo; y como los de la gallina de ñuá María de Jesús estabanempollados, luego que el glotonazo dio con el obstáculo del polloya formado, botó el primer huevo, pasando al segundo, y hecha laprecisa operación de romperlo, dio con el pollo, y siguiendo con eltercero aconteció lo mismo, y así los fue revisando todos, que alno haber estado empollados, se habría contentado con tres o cuatroa lo más, lo que sucede en la roza de algún pobre estanciero detierra caliente, a la cual invade una manada de treinta o cuarentamicos, cuando hay descuido de parte del guardián, y si las mazorcasestán de comer, el daño no viene a parar sino en que los micos,cuando más almuerzan con una y se llevan otra en la mano; pero siel maíz está lo que se llama en tusa, abren una, y otra, y otra, ylas botan todas al suelo, si no hay quien los espante, dejando laroza aniquilada, y sin sacar provecho alguno.

Cuando entró Teresa en compañía de la madre, y vio el reguero decáscaras de huevo que había por todo el cuarto, no pudo menos queexclamar, poniéndose una mano en el cachete:

-¡Miren el daño que ha hecho este majadero!

-¡Virgen de Chapinero!... dijo ñuá María de Jesús, santiguándoseuna y mil veces; no le faltaba más a este mico criminal. Y estaTeresa tiene la culpa, por tenerlo tan contemplado. Todos se quejande los daños de este maldito animal, y vos con decir que eres librey que te gustan los micos está todo concluido, y tope en lo quetopare.

-Pero a lo hecho pecho; ¿ya qué vamos a hacer, mamá?

-¿Qué?... Pues poner el remedio para evitar los daños venideros,y para darles a todos los ofendidos la seguridad necesaria. ¿Nosabes lo que todos lo aborrecen?

-Pero, mamá, si él también tiene su partido.

-¡Qué partido ni qué diablos!... Los chinos que lo siguen losdomingos, cuando lo ven a caballo y vestido de tiros largos,haciendo sus muecas y sus gestos.

-¿Y no ha visto su merced cómo lo abraza don Santiago, y cómo lecelebra sus gracias don Pablo?

-¿Y por eso lo hemos de aguantar los demás? ¿Y por eso se han deperder esos diez y seis pesos que el niño Santiago nos iba a darpor la cluecada?... Dejémonos de cuentos: esto ya no se puedeaguantar. Toma este rejo y ajústele veinticinco lapos, si noquieres que yo se los caliente con toda mi alma: matarlo, no;porque es mejor que se enmiende.

-¡Perdónelo su merced, por Dios y por la Virgen!...

-¡Perdón!... ¿para que todos los días tengamos las mismas?

-Y qué se adelanta con hacerlo sufrir al pobrecito.

-Que coja enmienda. ¿No has visto que los perros, empicados amatar las ovejas, dejan el vicio atándolos al padrote y dándolesuna buena soba de rejo? ¿Y no has visto a los gavilanes desterrarsecon el ruido de la escopeta? Refrégale a ese diablo de feo unascáscaras en el hocico, y métele látigo, y verás cómo se deja deestar metiendo la mano en los nidos de las gallinas, y despuésponélo en seguro para que no pueda causar daño.

-¡Pobrecito!... ¿cuándo tengo yo corazón para semejantescosas?...

-Entonces échame acá el rejo, y verás.

-Sí le pego, mamá, pero seis, y nada más.

-¡Bueno, pero de carita!... una cosa que le quede ardiendo.

-Uno... dijo Teresa, dándole al mico un lapo en las descarnadasy peladas nalgas; dos... tres... cuatro... y no más, porque yo nohe nacido para tirana.

-¿Y no será mayor tiranía tener a toda la aldea entre un zapato,por mimar al ídolo de los chinos? ¿Esa sí no es tiranía, no?demonio de alborotada.

Diciendo esto la madre de Teresa, dobló el rejo y le dio aloficial los dos que le faltaban para cerrarle su cuenta; pero deuna manera tan brusca, que lo hizo saltar dos varas de la tierra ydar el brinco a la puerta, desertando de la casa para escondersedonde no pudiesen encontrarlo.

Teresa recibió los rejazos en su corazón, y salió a llamar agrito entero al pobre de su oficial, castigado con demasiadorigor.

-¡Machín!... ¡machín!... le decía con la ternura de unaverdadera madre: venga acá mi machín, que ya no le sucede nadamás... Pobre del machín, y hasta haberse ido a pie... porque aTomate se le antojó estar por allá enfiestado en el plaza. ¡Diosmío de mi alma!...

El maestro Mateo, que había quedado con la recomendación debuscar el mico, y oyéndole dar un gemido en el cogollo de unarboloco, al tiempo de pasar a misa de gallo, trató de cogerlo,pero no pudo, porque saltó de allí y se dio a correr, y a haceremboscadas, hasta que se vio acosado, en términos de buscar unasilo, y sin saber lo que hacia se entró a la iglesia dandochillidos y saltando sobre la gente: este fue el motivo de haberido a abrazarse del pescuezo de Santiago.

Pero volvamos a Irene: triste, llorosa v abatida se retiró delbaile con el pretexto de una indisposición, para ir a sepultarsedentro de un catre en la próxima alcoba, y desde allí oyó la músicay las manifestaciones de amor, dirigidas por los galanes a susparejas, entre los vivas y el canto, y desde allí recordaba yexperimentaba lo que es la terrible pena de la esperanza engañadaen materia de amores, sufriendo al mismo tiempo el tormento de unoscelos aristocráticos v otros democráticos, provenientes de lacrítica de doña Pacha y doña Tecla, acerca de la lavandera y de lacarta publicada por el mico, sirviendo de apoyo para los primeros,el cariño manifestado por este animal a don Santiago. ¡QuéNochebuena para esa pobre!...

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