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CAPITULO V
SERENATA
La una de la mañana había sonado en el reloj de la salaprincipal de la quinta de don Diego, con un tañido sumamentefatídico para Adelaida, la única persona que estaba despierta.después de volver toda la familia del baile en el alferazgo deSusana, que no había durado hasta muy tarde, por no haberconcurrido de Bogotá los cofrades más interesados. Neuque dormíaprofundamente, estropeado su cuerpo con el manejo del azadón, yentorpecida el alma con el narcótico de la ignorancia, que en logeneral mantiene contenta a la que fue rica, poderosa y altivanación de los chibchas. Fígaro, el corpulento y venerable guardiánde la familia, también dormía muy sosegado, a tiempo que losgozques de la aldea velaban, dando latidos tras de latidos, de loscuales se formaba una horrible vocería, que en tales horas llenabade mil pesares a la única persona que en la quinta gozaba de lafacultad de oír.
En tal estado de lúgubre quietud se oyó de repente una voz queentonaba una sentimental canción, acompañada de la guitarra.
Adelaida se impresionó, como era justo, habiendo sido lasorpresa su primera emoción, la ternura la segunda, y una mezcla degozo, tristeza y aflicción la última de todas, evocando losrecuerdos de alguna dicha pasada, mezclados ahora con la pena de unsinsabor amargo que la tenía atormentada; los latidos de su pechose iban aumentando de una manera extraordinaria, aunque parecía queella trataba de comprimirlos con su propia mano, con la mira deconocer la voz; pero no le era posible, pues la canción se habíaperdido con los latidos de Fígaro, que resonaban en los aires, comolos cañonazos que ahogan la música de los batallones en los camposde batalla. Después de un tierno suspiro, dilatado y profundo,arrancado de lo más íntimo de su corazón, le dijo la señoritaAdelaida a su hermana, que dormía en una misma alcoba:
-¿Has oído? Lucinda.
-¿Qué cosa? hermana.
-¡La serenata, niña!...
-No toda, porque yo estaba dormida; pero lo último me haparecido bien.
-¡Ay! ¡niña!... Demasiado tierno, ¿no te parece'?... Yo no sépor qué la música y el canto nos conmueven de una manera tan rara,v más cuando son usados en forma de serenata. No hay fibra sensibleque no experimente una vibración aparte, y en especial losrecuerdos parece que todos son evocados. Yo estoy llena de susto, yel corazón me late con suma violencia. ¿No te sucede a ti lomismo?
-Me ha parecido imponente la música, y confieso que algo tienede singular en estas horas para mi corazón, si no es que éste notiene una predisposición secreta para algún desconocido género deternura, que a mi pesar me arranca los suspiros; pero no obstanteesto me he poseído del mérito completo de la escena, sin el menorsusto, y si no ponme la mano en el corazón y te convencerás. Yo nosé qué cosa hay aquí de sublime al lado de lo melancólico y de lovulgar, ignoro si los troncos de los árboles, si los altos murosdel edificio o si las bóvedas del salón tienen relación con ciertossonidos de la música, por sus ecos; o si es que la atmósfera estátemplada con el fresco de la noche, o más bien el corazónpredispuesto de una manera más favorable a las impresiones de lossonidos musicales, porque es la verdad que la serenata de estanoche me ha causado alguna novedad, quitándome el sueño, lo que esen mí una rareza, como tú lo sabes.
-¡Ay! ¡quién pudiera decir otro tanto!
-Pero, en fin: la serenata me ha gustado infinito, lo que ignoroes a quién sea dirigida.
-¿Cómo?... ¿a quién?...
-¿Pues a quién? o es a ti o es a mí.
-A ninguna, me parece.
-¿Lo crees? ¿No viste cómo se acabaron las serenatas en lacuadra de casa desde que se pasó Dolores a Santa Bárbara? ¿Y no teacuerdas de las visitas de Santiago?...
-¡No creas que sea por mí, eso no!
-Por mí tampoco; Adelaida.
-Entonces será a los sauces o a las paredes de nuestra quinta, alas que se han propuesto obsequiar con una serenata,seguramente.
-Lo que yo puedo asegurarte es que no conozco la voz, y si la heoído en algún tiempo, ahora no la recuerdo; y lo que es más, notengo antecedente alguno para esta serenata, ni puedo inferir cosaque tenga relación con un hecho tan raro en esta quinta. A laverdad, mi querida Lucinda; no sé a qué atribuir esto, ni conozcola voz del cantor, ni mucho menos el estilo: ¡nada! ¡nada!... Peroescucha de nuevo al cantor.
-Pero qué se va oír con los latidos de ese poltrón de Fígaro,que no sirve sino para hacer alboroto, y comer y dormir todo eldía.
-No, pobre; no lo exageres, porque has de saber que yo le tengomucho cariño... Escucha un trozo de lo más interesante... ¿oyes,Lucinda?...
-Es patético y enérgico, pero no es natural, dijo Lucindadespués de unos tantos minutos de atención, tiene un airequejumbroso que parece que busca la impresión mucho antes dehaberla causado, ¿no te parece?
-¡Qué feo!... gritó alguna persona que parecía estar ocultaentre unas matas de espino tabio, que abordaban la chamba, zanja ovallado de una medianía, distante como algo menos de mediacuadra.
-Un corazón imparcial será el que lo decide, contestó el músicode la guitarra, y siguió adelante en su canción.
Por segunda vez fue interrumpido el cantor, pero ahora lo fuepor el chillido de un valse del tiempo de la República de Colombia,que titulaba los
|pollitos, ejecutado en la flauta, con unaironía profundamente marcada, y una disonancia tal, que Adelaida nopudo menos que taparse los oídos con ambas manos y Lucinda soltaruna carcajada, a tiempo que don Diego, dominado por la cólera, cosaque no sucedía sino en casos muy apurados, y saliéndose de suscasillas, gritó desde el corredor de la sala:
-¡Señores! ¿es mi quinta algún castillo arruinado para que lasbestias salvajes vengan a conmoverla con sus aullidos?
-Que las voces importunas de un mastín y de una flauta no meinterrumpan, y será usted deleitado por las melodías másagradables, le contestó el de la guitarra.
-¿Y si tampoco quiero yo melodías en la puerta de mi quinta?
-Usted como ciudadano granadino tiene las garantías suficientespara taparse las orejas, dijo el de la guitarra con una voz un pocodisimulada.
-¿No tendré yo la garantía de dormir en mi quinta con quietud ya la hora que se me antoje?
-Lo que puedo asegurar a usted es que yo tengo la libertad dehacer todo el ruido que quiera, como ciudadano de la NuevaGranada.
-Habrá dos libertades opuestas, la una contra la otra, será elresultado; pero en ese caso triunfaría la libertad de dormirtranquilo en su casa un honrado padre de familia, si es que laConstitución no se lo estorba.
-A usted le queda la libertad de taparse las orejas, vuelvo adecírselo, si es que no le gusta la música.
-O la de disparar un trabuco, ¿no les parece a ustedes?
-Con el inconveniente de una represalia en la misma moneda, locual tiene mayores inconvenientes aún.
-Una tiranía es lo que me parece el acto de atacar a losciudadanos en sus casas, inquietarlos y burlarlos en nombre de esalibertad; pero... en fin, será lo que ustedes quieran...
El músico registró de nuevo su guitarra, y comenzaba a cantar, atiempo que fue interrumpido por el mismo valse de los pollitos, quemezclado con la voz humana y el acompañamiento de guitarra,producía cierto género de disonancia de lo más repugnante yridículo que pueda darse, y perjudicial, sobre todo, para lasolemnidad de una tierna serenata, suave en extremo, conmovedora,que había hecho suspirar a las dos lindas señoritas de la quinta;esto debió molestar en sumo grado al empresario de la serenata,porque volviéndose hacia el punto de donde parecía que venía laridícula sonata, se expresó en estos precisos términos:
-Se calla el cobarde, o yo ejecuto un dúo de pistolas contra eseárbol que lo favorece.
No se oyó otra respuesta que la del consabido valse, el cual, asu vez, fue contestado con el estallido de una pistola, alarmanteen sumo grado para toda la familia en general, con excepción deljoven Teodoro, que aún no había regresado de la aldea, agregándosea esto los latidos de Fígaro, que volvió a tomar cartas en lacuestión, estando enroscado cerca a la puerta del cuarto delhortelano, como lo tenía de costumbre.
-Aquí hay pistolas para escoger, gritó el de la guitarra, en untono disfrazado, si el de la flauta es algún caballero.
-¡Bravo! gritó don Diego también; que se lleve la trampa a losdefensores de las garantías del alboroto, para que dejen vivir alos hombres sosegados, y a sus familias, y a sus perros y a susgatos. La garantía de la paz era la que nos habían de dar los quetanto conversan de garantías.
El de la guitarra se había dirigido en busca del músico de laflauta, y era muy de temerse una pelea de encarnizados rivales;pero la distancia a que estaban era un obstáculo para que las vocesse pudieran oír desde la quinta.
Dejémoslos que discutan sus primorosas garantías con la lógicade las bocas de fuego, mientras que pasamos a dar cuenta de donDiego, el cual se retiró de la puerta lleno de afán, por lasconsecuencias de semejante acontecimiento. Se dirigió a la pieza enque dormían sus dos hijas, con una vela en la mano, preguntándolesen el momento:
-¿Ustedes saben qué alboroto es este?
-No, señor; respondió la señorita Adelaida.
-¿Ni tú, Lucinda? le preguntó directamente a la otra.
-Yo, menos, señor; ¡ni me parece que esto sea por ninguna denosotras!...
-Este asunto ha comenzado por serenata, dijo la esposa de donDiego, y como éstas no se dan sino a las buenas mozas...
-No parece que todo esto sea sino por vagamundería de algunostunantes, dijo Adelaida.
-De veras... ¿no conoces tú esas voces?...
-No tengo antecedente ninguno sobre la tal serenata; no conozcola voz ni sospecho nada: estas no son sino vagamunderías, comodespués lo sabremos.
-Pero vagamunderías que interesan al reposo de una familiaentera, y que si yo saco mi carabina, el diablo puede llevarse acualquiera de ellos, si es que no me matan a mi primero. Pero silos que asaltan las paredes de mi casa tienen apoyo en la parte deadentro, o si con ellos simpatiza alguna persona de mi familia, loque en política llaman... no sé de qué modo...
-¡No, no, papá! ¡nosotras no! exclamaron las dos señoritas.-Porque habiendo traición la llevaría yo perdida.
-¡Por mi parte no! exclamó Adelaida: repito que no tengoconocimiento ninguno, la voz del cantor me es enteramenteextraña.
-Ni yo tampoco, añadió Lucinda con la tranquilidad y la firmezade expresión que dejan asegurada una verdad. más que el testimoniode dos testigos idóneos.
-Pues entonces ignoro lo que pueda ser, dijo don Diego, que sehabía impresionado más de lo necesario por una de tantasserenatas.
-Yo creo, dijo doña Marcelina, que algunos cachacos de los quevienen a los bailes de Chapinero, se han propuesto, a causa dealguna buena chispa, venir a darnos un mal rato con el santo fin dedivertirse.
-¡Barajo con la diversión! exclamó don Diego.
-Ya usted ve que hoy en el día hay libertad para divertirse cadauno de la manera que quiera; la otra noche se propusieron quemarcon la vela todos los bastidores de percala de las ventanas y laspalmas de ramo de las pocas casas que quieren seguir una tradición,que por lo menos es inocente.
-¡Intolerante libertad! exclamó don Diego; así como la de nodejarme dormir a mis horas. Por eso es que algunos viejos suspiranpor la tiranía del tiempo de la Colonia, que en nombre de la leyles aseguraba a todos la verdadera libertad, y todos vivíangarantizados por la autoridad; pero esos eran otros tiempos... hoysomos republicanos, y debemos seguir la República, porque no hayotro remedio... En fin, vamos a dormir, antes que nos amanezcasirviendo de víctimas de una burla, ya que no será de unos amores,porque, efectivamente, yo no creo que el amor de ninguna de mishijas sea la causa de que nos hayamos trasnochado todos los de lacasa; vamos, pues, a dormir, que son cerca de las cuatro.
Don Diego mandó al hortelano que saliese por la puerta delpotrerito de la vaca y los venados, para lo cual le dio la llave, yque saltase las pequeñas tapias y fuese a indagar el paradero delos músicos rivales; y luego se retiró a su cuarto, y aún no sehabía recostado en su cama, cuando oyó que empezaba de nuevo elcanto, pero con mayor solemnidad, según parecía. Adelaida y suhermana Lucinda también lo oyeron, y abriendo la ventana de sudormitorio, que daba hacia la portada, se propusieron velar hastaque terminase la serenata.
La voz era muy diferente de la primera, la guitarra modulabaperfectamente los acentos, y hasta había un segundo que parecía serel cantor que había comenzado el acto primero. Fígaro no latía,sino que, por el contrario, exhalaba los expresivos y tiernosaullidos con que los perros saludan a las personas de su mayorpredilección. Adelaida, afectada seguramente de una maneraextraordinaria, se retiró a su cama, atacada de un síntoma deconvulsión, que en ella era muy frecuente, no pudiendo menos derenunciar al final de la doble serenata. Neuque volvió de hacer suespionaje cerca de los músicos, y sin que lo oyesen las señoras,hizo a su patrón la relación del modo siguiente:
-Fui, dijo el cauteloso muisca, hasta muy cerca de donde estabanlos señores, y a favor de la luz de la luna los vi por entre losrosales y salvios de la orilla de la zanja. Tal me pareció que seiban a matar sin confesión, porque se mostraban unas pistolas muyrelumbrosas, y se manoteaban como alegando; ¡Jesús credo!...
-¿Pero qué decían a todo esto?
-Yo no les alcanzaba a oír su murmullo, pero le vi sacar a unode los señores una carta de su bolsillo y se la mostró al otro.
-¿Y qué sucedió?
-Que bajaron las armas y se abrazaron.
-¿Y de ahí?...
-Que templó su guitarra el uno y sopló su flauta el otro, y sevinieron juntos para la puerta de la quinta de su merced, y no supemás, porque yo me vine para acá.
-¿Y eran decentes?
-De capa y casaca, mi amo.
Las dos señoritas se habían acostado. A Lucinda la esperaba ladicha positiva del sueño, dicha que su almohada nunca le habíanegado en los quince años y medio de su carrera en este mundo, ytenía las pestañas perfectamente trabadas sobre sus encantadoresojos, como el velo que oculta alguna preciosa reliquia; surespiración era quieta, sosegada y fácil, como la de una inocentecriatura que se acaba de dormir en el seno de su cariñosa madre.Adelaida estaba despierta, luchando con un embolismo de ideas acual más exageradas y contradictorias. Dos cantos diferentes,flauta y guitarra, sonidos armoniosos y melancólicos; burla,seriedad y amenazas; galanteos y menosprecio de la urbanidad;libertad y fraternidad, humo de paja, y por último unascapitulaciones: de todo esto le era imposible hacer completailación, y la sangre de su cabeza _v hasta su pelo mismo le parecíaque se le quemaban, buscando la solución del misterio, o mejordicho, el laberinto de tantas contradicciones. Su respiración seconvertía en gemidos algunas veces, de tal modo que hubo dedespertar a Lucinda, la cual, asustada, dijo a su hermana: -¿Quétienes, Adelaida? ¿estás mala?
-Estoy un poco desvelada.
-¿Te hizo daño el haberte levantado a escuchar la segundaserenata?
-Es que me afecta la música cuando es demasiado triste.
-De veras que has dado en ser muy sensible.
-Demasiado desgraciada es que soy.
-Desde hace poco, ¿no Adelaida?...
-¿Por qué?
-Porque se ha verificado un cambio absoluto en nuestrasrelaciones, ¿no es así?
-No te comprendo, Lucinda.
-Tú eres la incomprensible, y si no dime, ¿no es verdad queahora suceden en la quinta muchas cosas que antes no sucedían?
-¿Cómo qué cosas?
-Tus paseos nocturnos por entre las arboledas, no sé qué cuentosde espantos de que habla Neuque y la serenata de esta noche, porejemplo...
-¿Y yo tengo la culpa?...
-Sí, Adelaida; y lo que más siento de todo, es que tú me hayasnegado tu confianza.
-Esas son ilusiones tuyas.
-¡Bonitas ilusiones! cuando te veo triste, cautelosa yreservada, y cuando ha desaparecido absolutamente la confianza quenos unía desde la niñez, y tú sabes que la intimidad de la familiaes lo único que hay de positivo en la vida. Desde que has dado enser disimulada, veo tus facciones cubiertas por una sombra demelancolía que te va aniquilando día por día; veo que te marchitascomo las plantas que nacen sobre las paredes de la quinta con losrigores del sol; ¿y podré permitir que así te aniquiles?... Háblamecon franqueza: ¿es posible que estés dominada por algunadesgraciada pasión? ¿Pero cuál puede ser ésta, que no alcance allenar el fin de las aspiraciones de una joven decente? Tú no amasun imposible, estoy seguro de ello: háblame y verás cómo todo seallana; papá no es un tirano que pueda gozar con el martirio deninguno de sus hijos.
-Soy desgraciada, es lo único que te puedo decir.
-Por lo mismo debes hablarme, que en todo caso es mucho mejordepositar toda tu confianza en los mismos de la familia, que darocasión de censura en la vecindad.
-¡Oh, Lucinda de mi vida!... yo conozco lo que me quieres, tengomucha confianza en tu discreción y buen juicio; pero nada hay alpresente de particular que yo pueda confiarte: perdóname, si mecrees obstinada; ten compasión de mí y espera al tiempo que me hade justificar. Sobre todo, te ruego que no me creas desviada denuestros principios de pundonor. Hay una fatalidad que me prohíbedescubrir mi corazón a nadie, y es con el más positivo sentimientoque estoy obligada a guardar silencio. Guárdame el secreto sobreestas palabras, que a la verdad nada dicen, y perdóname ycompadéceme.
Don Diego estaba acostado, pero tampoco dormía. En su cabezabullían un mundo de ideas, agitándose continuamente sin mudar desituación; su corazón no estaba muy enternecido por las melodías dela guitarra, cuanto sobrecogido por la libertad de alborotosostenida como principio constitucional por una voz demasiado huecao tal vez disimulada; su pensamiento no era capaz de descifrar lascontradicciones y disparates de aquellos dos ciudadanos, a loscuales había oído gemir, gritar y combatir, y que según lasnoticias de Neuque, habían terminado por unirse, quién sabe con quéobjeto y por cuánto tiempo; su memoria le estaba representando enun cuadro sumamente rápido, pero de colores vivos, algunas escenasde sus pasados tiempos, cuando les quitaba el sueño a algunas delas muchachas de Bogotá, en unión con sus amigos, dándolesdeliciosas serenatas e interrumpiendo el sueño a la vez a lasmadres y a todos los habitantes de la cuadra, y para esto que suimaginación le estaba pintando la cuadra, la ventana, la muchachatal como la veía, llena de amor, sensible y grata al tiempo deaceptar el noble tributo de su decisión. Milagros de la música quele representaba con exactitud ahora lo que había pasado cuarentaaños antes. Pero en otro vuelo de su exaltada imaginación se lepresentaban sus dos hijas, ya casaderas, y lindas como esasbogotanas que él despertaba con su guitarra y su canto, las más delas veces por divertirse; y entre tantas ideas que se le venían ala imaginación, recordó la sentencia de la Sagrada Escritura, quedice: "Con la vara que mides serás medido", ysobrecogido por los recuerdos, sentóse en la cama, y exclamó:
-¡Oh Lucinda! ¡Oh Adelaida! que mis preceptos y consejos, que laeducación de vuestro corazón, dirigida por la mano de la mejor delas madres, os lleve al término señalado por las virtudes, ¡sin quevosotras seáis las víctimas de los que gustan de talesdiversiones!...
De este modo declamaba don Diego en su desvelo, sin poder dormirsino el sueño de las pesadillas, porque su imaginación no lepermitía otra cosa.
Doña Marcelina tampoco había podido dormir, porque las madrestienen más parte que ninguna otra persona en el rato de desvelo quecausa una buena serenata. La madre juzga del corazón de sus hijaspor el de ella misma, conoce las divinas inspiraciones de lamúsica, sabe que ella toca con las simpatías, los afectos y losrecuerdos, infundiendo amor en los corazones, terror o bravura,según la predisposición y según la mente del compositor; sabe quelos sonidos dulces y tiernos cuentan con una fibra sensible, cuales la del amor; pero no ignora que este amor bien dirigido en lashijas pudorosas y recatadas, tiene su término feliz a donde esconducido; no obstante se temen las malas influencias al contactode las grandiosas armonías de la flauta y la guitarra, y de unabandola que penetra más que todos los instrumentos juntos losórganos destinados a recibir la impresión eléctrica de lasarmonías, a la cual no se han resistido ni los salvajes delParaguay, cuya pacífica conquista la debieron en gran parte losjesuitas a la melodía de sus flautas. En fin, doña Marcelina estabaimpresionada.
Neuque y Fígaro se habían vuelto a dormir. Los mastines gordosno se afanan sino en el último caso, al contrario de los gozques,como Tomate y los otros de la aldea, que hacen sus esfuerzos, yluchan, y vigilan desde que sienten el primer ruido del ataquedirigido a la huerta de la casa. El pobre Neuque, sin patria, sinriqueza, sin un pedazo de tierra y sin tradiciones ni aspiraciones,estaba roncando, que así se desquitaba siempre de todas lasprivaciones de su estado social: entre él y Fígaro se pudieranhaber hecho algunas comparaciones, menos la de holgazanería, porqueNeuque no cesaba de trabajar en toda la semana.
Adelaida,, viéndose combatida por la irritación de su cerebro, ysola, porque Lucinda era la imagen viva del sueño en aquelinstante, se levantó, saliéndose al corredor, así que oyó lascuatro, y recostada de brazos sobre la baranda, esperó la serenatadel alba dada por todos los pájaros silvestres de las huertas y loscampos, y de los que vivían prisioneros en sus lindas jaulas dealambre. La fragancia de las flores era muy pura y agradable,porque éstas, lo mismo que la música, tienen también sus horasapropiadas para la impresión más eficaz de sus tesoros, preparadospor la naturaleza para el encanto de los sentidos.
A las cuatro dio principio la mirla blanca, desde la copa de unnogal que había escogido para su dormitorio. Esta ave, que seencuentra en todos los alrededores de la sabana de Bogotá, es de uncolor cenizoso, con algunas plumas blancas y negras, y menor que untoche, pero tiene la cola mucho más dilatada; su canto esextremadamente variado, ejecutado siempre por horas seguidas, yuniendo a lo grave y enérgico, lo dulce, suave y delicado, pasandocon rapidez de los bajos al primo más levantado, pero ejecutandocaprichos, como decía de algunas de sus obras un famoso guitarristade Bogotá. En el canto de esta avecilla se encuentra dulzura yarmonía, y se recibe el entusiasmo, que es el producido de lamúsica, en un grado eminente. Más tarde se siguió la orquestageneral de los copetones, paparotes, mirlas negras y cucaracherosde la huerta, confundida con los melancólicos acentos del noche,que desde su jaula prestaba su contingente para la melodía generalde todos los individuos de su reino, que celebraban la llegada deun nuevo día como la celebraban antiguamente los pueblos de laNueva Granada, cuando eran inocentes y piadosos, con el canto y elrezo a la madrugada. El cucarachero, de humilde plumaje y cuerposumamente pequeño, mucho menor que el de un canario, exhala sucanto con tal vigor, que se haría tener por una ave de mayor tamañopara el que no la conociese, arrebatando, como la bandolagranadina, la atención de su auditorio, para dejar impresiones degusto, de ternura y de la más suave delicia. El copetón, apenas sehacía notar por la frecuente repetición de sus gorgeos, con que nosavisa que está presente, porque apenas habrá huerta, corral,sementera, patio, jardín o tejado en donde el copetón no sepresente como eterno compañero de la familia humana en los vallesfríos de Bogotá y sus alrededores.
Lucinda se levantó poco después de Adelaida, reuniéndose conella para oír la sinfonía, y gozar de los mil placeres anexos a ladecoración, como era la vista de las flores que amanecían con todoel brillo de sus colores y con todo el aroma de sus pétalos yestambres, al tiempo que un segmento de la esfera celeste seblanqueaba sobre las peñas del Gavilán, con una luz que iba porgrados invadiendo los dominios de las estrellas.
-Lindo es el espectáculo de una bella mañana después de unanoche de angustias y sobresaltos, como la que hemos pasado, decíaLucinda, fresca v apacible como las rosas de una taza que estabacerca de ellas.
-Noche exclusiva de serenatas, le contestó Adelaida.
-Sí, Adelaida, porque hasta los gatos cantaban a dúo con susaullidos acostumbrados, que angustian el alma en altas horas de lanoche. ¡A mí me horrorizan las serenatas de los gatos! ¡uy!...
Ciertamente que la noche había sido rara en los anales de lahistoria de la quinta de don Diego, y que en toda la ciudad nohabría ocurrido nunca un embolismo de tantos sucesos, tan extrañosy contradictorios. Ambas hermanas vieron al hortelano que salía consu azadón al hombro, cuando ya la claridad estaba en todo suesplendor, y entonces fueron a ocuparse de los preparativos de lafamilia para asistir a la misa de Margarita, que iba a ser un pocomás temprano que lo habían sido todas las otras.
Don Diego madrugó a tomar algunas declaraciones de las criadas yde Neuque, pero nada sacó en limpio de todo el bochinche de lanoche anterior, sino una ligera sospecha de la iniciación de algunaintriguilla amorosa que aún no se podía adivinar si sería o no bienacogida; en la cual, si la había, le pareció que andaba Fígaro,salvo un juicio temerario, porque desde el momento mismo en quesonó la segunda canción se retiró callado, como quien dice,salvando su responsabilidad.
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