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CAPITULO III
ARCELIA DE ALFEREZ
La señorita Arcelia, con la ayuda de don Toribio y de su hijoPablo, cumplió exactamente con dar una misa de aguinaldos, tal comola costumbre se lo exigía: misa a las ocho, con voladores, música,decoraciones apropiadas, y la Novena del niño con los villancicoscantados. El Capellán, desempeñaba los actos litúrgicos por partede los bogotanos, y al mismo tiempo se divertía hasta donde lopermitía su santo ministerio. Pablo dirigió la compostura delaltar, interesado, como siempre, por todo lo que tocaba a lasfunciones de su familia. Unos arcos de laurel, flores en abundanciade los montes más cercanos, espejos y candeleros decentes y unascortinas de género blanco, era toda la decoración.
La música fue contratada en Bogotá, compuesta de clarinetes ybajo, y la pandereta y la tambora de la aldea. Al tiempo delEvangelio tocaron un valse, que Arcelia siempre entonaba, tanalegre y expresivo, que hizo desaparecer por entero las muestras dedevoción, hasta de los rostros de las matronas, según parecía.Después de alzar, tocaron un torbellino que les hacía llenar laboca de agua a las aldeanas, alfareras y paramunas.
A las once emprendieron las familias confederadas su viaje conmúsica para las lomas y la quebrada de la Vieja, porque el programatenía ofrecido un paseo por los cerros, baño -según los ritos ycostumbres de las modestas familias bogotanas- comida cívica y unbaile que debía durar toda la noche.
Era de verse la loma matizada de objetos varios y singulares,diseminados por entre los matorrales, pedriscos y cañadas: criadasentreteniéndose ellas mismas, en vez de entretener a los niños;matronas que conversaban de sus tiempos; muchachas que cantaban encoro, rodeadas de los amables filarmónicos; alumnas que leían, oque daban la lección con sus libros abiertos, a la sombra de losarbustos: era una loma de pesebre, en aumento, de esos que enBogotá se exhiben por Nochebuena.
En la orilla de la quebrada de la Vieja fue la comida, al ladode los alisos, arrayanes y tunos. Arcelia estaba hermosa, peroprescindiendo de los casos absolutamente necesarios, ella noconcedía el favor de sus palabras, sonrisas y miradas sinoúnicamente al ídolo a que ella se había consagrado.
Amaba con alma, vida y corazón, y como que no tenía en cuentaque había en torno de sí más sociedad que la de su amante, sumaestro de francés en aquellos días, con el cual ejercitaba laslecciones de pronunciación, siempre que lo creía necesario, y sequedaba hablando por muchas horas en aquella lengua que ladeleitaba, por lo dulce y melodioso, y más aún cuando se trataba deexpresar los tiernos afectos del corazón humano.
Era la mesa de los dioses aquel banquete de aguinaldos. Las tresgracias estaban completas: Adelaida, la bella hija de don Diego,melancólica en estos aguinaldos, pero atenta con la sociedad dehombres y de mujeres, de viejos y de muchachos, de pobres y ricos;Irene, linda, agradable, risueña, pero sin fijarse en nada de lopresente; y Arcelia, encantadora, pero exclusivista; Susana,difícil de caracterizarse, porque en nada quería distinguirse;Justina, Clelia, Margarita, Virginia, Matilde y Lucinda, bellas acual más y bien educadas todas, eran la corte de Apolo. Los jóvenesque las servían eran cultos y dotados de chiste y muy buen humor;los
|colombianos abundaban a cada paso en epigramas,versos, comparaciones y frases de lo más saleroso de las tertuliasbogotanas; brindis, canto, declamaciones, votos de dicha y defelicidad, tal era la celebración de la comida campestre en honor yaplauso de los aguinaldos. El bosque y la quebrada, las voces, lasmiradas, la franqueza y la alegría, todo era digno del verdaderoentusiasmo que dominaba la situación.
Después que pasó la comida se entretuvieron conversando, ycogiendo flores, fumando sus cigarros y oyendo los chistososcuentos de don Fermín, sujeto muy recomendable por su educación ybellos rasgos de sociabilidad con que traía siempre encantada a lagente del paseo, aunque muy adicto al orden riguroso de losgobiernos fuertes. Era de facciones bien pronunciadas, y su barbalarga y entreverada de blanco lo hacía al mismo tiempo ser amado yrespetado; Adelaida lo celebraba en extremo, y siempre teníanalguna charada pendiente que descifrar. El capitán don Elías eraotro personaje de muy buena calidad. Había sido de los militares dela Independencia, y si tales méritos han podido ser odiosos en laNueva Granada, por espíritu de escuela, el partido de la verdaderalibertad los ama por sentimientos de verdadero patriotismo y defina y cordial gratitud: sus dichos eran congraciados por lasmuchachas, que en un libertador veían una reliquia viva de lostiempos de Ricaurte, París, Maza, Ortega, Rosas, Vergara y tantosotros bogotanos ilustres por sus hechos en la guerra de laIndependencia; además, don Elías sabía hacerse estimar por susnobles y caballerosas maneras. Raras eran las ocasiones de tertuliaen que Adelaida no le hiciese referir algo de Boyacá, Pantano deVargas y Carabobo, y de sus primeros esfuerzos en Venezuela cuandofue nombrado por el Libertador para emprender operaciones con otrosde los emigrados en la isla de los Cayos.
Al retirarse toda la gente del sitio del banquete, Arcelia sehabía quedado leyendo la Matilde, en francés, y Ricardo la oía y lecorregía las palabras en que no estaba todavía muy versada. Elasiento en que se hallaban era una piedra tapizada de helechospequeños y de liquen, y la sombra que los libraba de los rayos delsol era un raque cubierto enteramente de sus rosadas flores, en lasque cambia muchas veces del año el fresco verdor de sus hojas.Arcelia había terminado su lectura, y por incidencia hablaba ahorade las grandezas y bellezas de la naturaleza campestre.
-Pero yo no sé cómo es, decía Arcelia, que de la transición dela vida campestre al extremado lujo de la civilización, el corazónpierde aunque digan que el entendimiento gana.
-Entonces, mi bella discípula, ¿no cree que la civilizaciónmejora el corazón humano? Y siendo así que sentir es pensar ¿nosentiría mejor el dichoso mortal que mejor piense?
-Yo no creo que las ciencias mejoren el sentimiento; antes porel contrario, ¿no ve usted a Pablo más frío que el granizo?
-Sentir es gozar, y los goces se perfeccionan, se multiplican ydilatan con el refinamiento del lujo, de las ilusiones y de lasbellezas del arte. Tú, Arcelia de mi corazón, eres más bella paramis ojos cuando te hallas en el coliseo, adornada conforme alfigurín de modas de París, y conmovida por algún bello pasaje de laópera o bien de la tragedia, cuando a la vez mi espíritu esarrebatado a bellas y desconocidas regiones por un trozo de músicade la que solamente el cielo ha podido inspirar a los mortales paraque tengan alguna idea de lo que es la bienaventuranza.
-Pero el murmurio de esta fuente, la misteriosa soledad de losbosques, el silencio sacrosanto de los campos me hace amarte conmayor entusiasmo. Estos arrayanes y laureles, y estas pasiflorassilvestres me responden mejor de la consagración de nuestro amorque las decoraciones superficiales de la capital, por más quebrillen el oro, las sedas y los diamantes. Francamente, lo que yodeseo es atraerte con los encantos de la naturaleza, bella,solitaria y augusta, si es que yo no tengo atractivos, para que note vayas para Bogotá... Y que mis sospechas se confirman más y más,para mi mayor tormento...
-Es tu decisión por el estado de la naturaleza, la que tesugiere esos fantásticos temores; mucho me temo que quierasestablecerte en alguna gruta de las soledades, al otro lado de lacordillera.
-¡De veras! quisiera ser una Atala, con tal de que mi Ricardo nose fuese para Bogotá en estos días.
-Yo seré tu Chactas, tierna y delicada Arcelia, pero sinperjuicio de ir a Bogotá, pues que mis negocios así lo exigen...¿Lloras? Arcelia...
-De verme desairada, despreciada v vilipendiada, al mismo tiempoque te tengo hecho el sacrificio de m¡ entera voluntad.
-¡Arcelia! ¿para qué inventar así celos que te amarguen lavida?
-Inventaré ilusiones para que el desengaño sea más triste...porque soy la mujer más desdichada; porque el dueño de mispotencias v sentidos no puede hacer el sacrificio de privarse porunos días de las tertulias de Bogotá, dijo Arcelia tratando dereprimir su triste llanto.
-Oye, querida Arcelia; iré muy poco; y por lo que hace a lostemores pánicos que tú misma has inventado, te diré, con unjuramento que hago por lo más sagrado, que no hay en Bogotá unasola criatura que merezca ser tu rival.
-Pero no se va usted, ¿no es verdad?
-Voy a entregar unos dos mil pesos, e inmediatamente me vuelvo.Tiempo hay para gozar de todas las bellezas de la naturalezasolitaria, con que me convidas a nombre de los aguinaldos enChapinero; ya verás que días tan deliciosos los que vamos a pasarjuntos.
-Siempre que el dueño de mi corazón no tenga por convenienteacibararlos...
Los interlocutores se habían quedado sin pensarlo, comoextasiados por la absoluta quietud de la majestuosa naturaleza. Yano se oía en aquella soledad sino el murmurio de la quebrada yalgunos cantos de las mirlas y bababuyes; la gente se habíaretirado al lado opuesto de la colina, y cayendo en cuenta de elloel maestro y su discípulo, caminaron lo más ligero que pudieronpara alcanzar la caravana, que se había colocado en un sitio quedominaba la magnífica explanada de Bogotá; una vez llegados allítomaron asiento, y escucharon a Pablo que les explicaba algunasgeneralidades de la estructura y descripción de la sabana.
-Nuestra sabana es una cuenca de las montañas occidentales de lacadena oriental, cubierta con los aluviones de las cordilleras, yfertilizada por los limos de infinitos años de depósitos acuáticos,de que aún tenemos los restos en las lagunas de occidente. ¿No venustedes los cerros de Suba y la Culebrera, que parecen sumergidosen un océano de gramales? Todo eso prueba lo que ya he dicho. Diezy ocho leguas mide la sabana de norte a sur, desde San Vicentehasta Sibaté, y nueve de Bogotá a los Manzanos, esto es, de orientea poniente. La tierra de la sabana es de una fertilidad que notiene rival en el mundo, da sementeras todos los años, si sequiere, y produce perennemente abundantes y jugosos pastos, en queceban reses que dan hasta trece arrobas de sebo en los gramalesnaturales, que no han exigido de la mano del hombre sino lascercas; da legumbres, cosecha tras cosecha, y sin ningún abono.
La tierra de las lomas altas y de la parte sur de las sabanas esnegra, con alguna semejanza con las tierras de los páramos; por elmismo lado sur baja una ancha faja de tierra gredosa, como de medialegua de latitud, que se extiende desde Tunjuelo hasta la Herrera,sobre cuyo suelo, tan duro como si fuera pizarra blanca, se hallasituado el pueblo de Bosa, que ustedes ven al suroeste, famoso porla predicación de Nenqueteba, por el campamento de los primerosconquistadores y por el hallazgo de algunos huesos de mastodonte.Sobre la misma clase de terreno está el pueblo de Soacha, célebretambién por poseer el Salto de Tequendama en su jurisdicción, y porlas célebres y memorables danzas de los muiscas, conservadas hastanuestros tiempos.
Vean ustedes ahora las haciendas, que son los verdaderosalcázares de los ricos sabaneros. Fíjense en el Tintal, San José,la Chamicera y todos esos grupos en figura de castillos; son todasposesiones muy valiosas, porque son muy productivas. Contemplenustedes más allá las muchas revueltas del Funza, que
De norte a sur recorre la llanura
Con majestad altiva y soberana,
Ostentando su calma y su frescura,
Como rey y señor de la sabana.
como dijo nuestro compatriota el señor Benito Gaitán.
Eran ya las cinco de la tarde, y se comenzaba a representar laescena llamada
|los arreboles de diciembre. El cielo habíaestado despejado todo el día, sin la menor mancha de vapores onubes. Por detrás de los cerros de Facatativá y Cerro-gordo selevantan masas de nubes, teñidas de un rosado pálido, en forma defachadas de templos, de montañas y de castillos; algunas volabanpara el sur, como buques de vela impelidos suavemente por undelicioso viento; otras distintas figuras, blancas como la nieve,se alzaban por el norte y sur del verde horizonte, a medida que seapartaban aparentemente de los cerros, se iban tiñendo de rosado yde amarillo cobrizo, produciendo un espectáculo de lo más vistoso yencantador.
Vean ustedes más allá el corte de los cerros, por donde seprecipita el río de Bogotá, estrellando sus amarillentas aguascontra los barrancos y los peñones... Había entre los indios latradición de que las sabanas habían sido inundadas por castigo deldios Chibchacum, pero que Bochica tocó con su cetro de oro lospeñascos de Alicachín, en Tequendama, para que saliesen las aguas,las cuales por su grande acopio excavaron el salto de Tequendama,en que hoy vemos hundirse al son de los bramidos más espantosos, elrío de Bogotá, descendiendo de la tierra fría a la tierra templadadesde una altura de 146 metros, presentando a la vista delespectador un enorme e imponente boquerón, como uno de tantosmonumentos que nos recuerdan los terribles cataclismos de que hasido teatro el globo que habitamos.
A medida que descendía el sol escondiéndose ya a los ojos de losespectadores, las nubes se iban tornando en blancas y luego en uncolor pardo, de melancólico aspecto.
Ya no había sol que reverberase sobre los cerros de Bojacá, nihabía arreboles que llenasen de encantos los tiernos corazones,amantes de todas las bellezas de la naturaleza, y era únicamentecon la vislumbre del crepúsculo que los paseantes miraban su caminopara bajar a sus campamentos. La capilla y los bultos parduscos delas casas de paja les parecían a los que bajaban de las lomas muchomás hondas de lo que eran en realidad.
Era ya de noche cuando todas las familias llegaron a susposadas, y había que tratar del rosario, porque los repiques yvoladores ya lo anunciaban. Don Toribio llegó muy rendido y declaródelante de toda la familia, que a él poco le gustaba rezar al sonde la música, sin reparar en las ventajas de estos rezos para lafamilia, bien sean a secas o acompañados por los acentos de lamúsica.
La familia se preparaba de pronto, cuando Arcelia, que no queríasalir a la calle sin hacerle una consulta privada a su pequeñotocador, volvió a salir llena de admiración, preguntando a gritoentero:
-¿Quién rompería las copas que estaban junto a mitocadorcito?
-Yo no sé, mi señora, le contestó Pascuala, llena de susto porel gravísimo daño de que se trataba.
-Si serías vos, que cuando uno las saca a ustedes a los paseos,no es sino para venir a dar que hacer.
-Quién sabe si fue más bien el mico, mi señora Arcelia, dijo conmucha frescura Teresa, que estaba cerrando la puerta de sucuarto.
-¿Y el mico cómo, cuándo, y de qué manera? le contestóArcelia.
-Pues ahí verá que yo tengo mis sospechas.
-¡Imposible, Teresa! eso no lo creo.
-No lo dude, mi señora Arcelia: fue que cuando usted cerró lapuerta de la sala, se olvidó cerrar la ventana, y tal vez...
-¿Qué? Teresa.
-Que tal vez se entró el mico por ahí, y lo digo, porque yo losentí chillar, pero como usted había cerrado ya la puerta conllave, nada podía yo remediar. Es verdad que lo llamé por laventana, ofreciéndole un pedacito de pan, pero él no se daba porentendido, hasta que por fin se me apareció, señalándome una manountada de sangre; así es que yo no pongo ni tantica duda en que elpobrecito se cortó con algún vidrio de sus copas, que usted dejópor ahí, quién sabe en qué parte.
-¡No lo permita Dios!...
-Pero si ya sucedió, ¿qué remedio? mi señora.
-¿Qué remedio?... ¡pues volvernos otras copas iguales a esa... yque a mi papá le costaron carísimas!
-Eso fuera cuando yo hubiera dejado abierta la ventana, sabiendoque hay micos en la casa, y cuando yo no le hubiera avisado al niñoPablo que yo tenía una clueca y un mico.
-¿Con que nosotros tenemos que sujetarnos a perder lascopas?
-Pues así será, porque el que se obliga a querer se obliga apadecer... Y ya estamos viendo que los aguinaldos comienzan a estarmuy divertidos; con que no hay que afanarse mucho por esos cuatrovidrios.
Don Pablo le dijo a su hermana que no alegara con la lavandera,que más se había perdido en el diluvio en huevos y gallinas, y queya no había más remedio que era el de cerrar la ventana cuandosaliesen a paseo.
Se conformaron doña Salustiana y Arcelia con la pérdida, por noentrar en un pleito arriesgado por la falta de testigos, porque lafracturación había sido a puerta cerrada, como se ha dicho.
Poco rato después comenzó a prepararse para asistir al baile, elque estuvo muy concurrido de buenos bailadores bogotanos,convidados
|ad hoc de buena música y de buen humor.
Solemne estuvo el día de aguinaldos que le tocó a Arcelia, dichopor todos, hasta por doña Pacha, que sufría de cefálico los díasque no estaba de mal humor, y para la cual nunca había cosa quesirviera para nada; ni muchacha que fuese completa, ni joven quefuese bien educada, ni comida buena de sal, ni ropa bien lavada, nimoda que no fuese chocante, ni chico que no fuese malcriado, nitinta que no fuese blanca, ni letra que no fuese chica, ni anteojosque no fuesen turbios.
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