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CAPITULO XIX
LA CURACIÓN

La misión de un médico es como la de un ángel sobre la tierra.Los pueblos menos civilizados, como los chibchas, tuvieron médicosy los acataban entre los jeques, atribuyéndoles relaciones íntimascon los dioses. Los médicos egipcios, encerrados como los monjes,meditando sobre los primeros rudimentos del arte, sin distraersecon los negocios de la sociedad, sin tratar con los noticiosos delpueblo, sin entregarse a los goces que entorpecen o debilitan elalma; aquellos médicos fueron reverenciados entre los mismossacerdotes de Osiris. Y en el estado actual de la civilizacióneuropea, no es menos religiosa la apariencia de un médico,encerrado en su cuarto, rodeado de libros e instrumentos decirugía, inclinada su cabeza y haciendo estudios profundos sobre elcadáver humano. Este gran sacerdote de la humanidad es ajeno a lasmezquindades de la política, y un empleado digno como todos losfilántropos, de las recompensas, respetos y atenciones del públicoen general.

-¡El doctor! ¡el doctor! habían gritado las señoras desde quesintieron el tropel de los caballos por el camellón de la quinta;pero estas voces no fueron oídas por todos con tanto agrado comopor doña Marcelina, porque las madres tienen los sentidos externosmás íntimamente ligados con el corazón, no viendo en los médicossino una segunda providencia que viene a tomar el pulso al hijoenfermo. Doña Marcelina no cabía en sí de contento, y desde lasescaleras le había comenzado a hacer una minuciosa relación de laenfermedad de su hija Adelaida, que no consistía en otra cosa queen unas tantas contusiones, espinaduras y un fuerte dolor decabeza.

El doctor con pasos graves y mesurados y sin lanzar miradas decuriosidad para ningún lado, entró serio y grave hasta la antesala,en donde sobre una mesa puso sus guantes, su sombrero y su látigo,dirigiéndose en seguida hacia la pieza que le indicaban, acompañadode la madre y de la hermana de la enferma.

El triste lecho del dolor era el mismo teatro de la hermosura.La palidez y la gracia de que estaba adornada, la mirada lánguida ypenetrante, los anuncios de una próxima muerte, y los relámpagos dela vida, todo estaba reunido en la mullida cama que servía de tronoa la enferma, a su amiga y a su bella hermana.

Adelaida tenía la cabeza levantada sobre dos almohadas, y cubríasu cuerpo una sábana y un cobertor de blanquísima tela. Conmovedoraera la actitud de la pobre Adelaida, estando Lucinda sentada haciael fondo de la cama y Susana hacia los pies; doña Marcelina ocupabaun taburete y el doctor otro. La escena era magnífica aunque algúntanto dolorosa, encerrando las cortinas de un lecho, treshermosuras, entre las cuales se hacía distinguir la menosfavorecida por los relámpagos de la vida. La vela que doñaMarcelina tenía en la mano le daba a la escena unos claros yoscuros dignos del pincel de Vázquez; a otro médico tal vez lehubieran hecho desviar de su misión verdadera, al ver entre aqueltrono de cortinas el grupo más digno de seducir por su méritointrínseco. Pero los ojos del doctor no se habían apartado de lamuestra de su reloj desde que tenía cogida entre sus dedos latorneada muñeca de la enferma.

-Hay fiebre, dijo al fin el doctor. Los vasos conductores de lasangre han sufrido contusiones, pero no son de gravedad; lo que síes de temerse es un mal moral, que juzgo está profundamente oculto,y que no es menos digno de la consideración de un profesor.

-¿Y está muy agravada? preguntó doña Marcelina, con el interésdecidido de la mejor de las madres.

-Descanse usted, por una parte en los recursos de la ciencia, ypor otra en la juventud de la señorita. No tenga usted cuidado, queno hay peligro ninguno; no obstante, hay una complicación de malesque es necesario averiguar desde su origen.

-Mi hija ha tenido ciertas afecciones de nervios desde que secomenzaron los aguinaldos, porque cuando oye la música con muchafrecuencia se pone triste, y para esto que ya llevamos catorce díasde fiestas.

-¿Usted come y duerme con regularidad? le preguntó el doctor ala enferma.

-Poco, desde los aguinaldos, mi doctor.

-¿Usted ha tenido sueños extravagantes, y en seguida desvelos?¿Ha perdido usted su tranquilidad habitual?

-A veces, doctor, pero no siempre.

-¿Ha tenido usted algunos accesos de ira, o más bien derencor?

-De pocos días a esta parte suelo levantarme de mal genio, y condeseos de que nadie me hable, teniendo, además, algunasmolestias.

-¿Con accesos nerviosos?

-Sí, mi doctor, hasta el punto de haberme privado ya dosocasiones.

-¿Y siente usted que el pulso, las venas de la frente y elcorazón, cambien de su ordinario movimiento?

-Sí, señor, con palpitaciones sumamente fuertes, que casi meahogan.

-¡Muy bien!... ¿Y no conoce usted que haya distracciones que lamejoren?

-Muy pocas, doctor.

-¿El ejercicio del baile no conoce usted que le hagaprovecho?

-Según las circunstancias, mi doctor; pero hasta eso tengoaborrecido en estos últimos días.

-¿Las contradicciones la afectan a usted demasiado?

-¡Sí, demasiado!... ¡demasiado! exclamó la enferma, con unquejido muy lastimoso.

-Muy bien, dijo el doctor; y se quedó meditando por algunosinstantes.

-El pie, doctor, dijo doña Marcelina, lo tiene muy hinchado, yes menester que usted la examine.

-Pero yo no me quito la media, contestó Adelaida con viveza,porque me duele mucho.

-Pero ¿cómo te examinan entonces? niña de Dios.

-No hay necesidad de que me examinen, aunque sí siento agudosdolores.

-¿Y cómo quieres que te saquen las espinas?

-¡Qué trabajo, Dios eterno! ¡Y que me duele muchísimo el pie!...como si lo hubiera metido entre un horno ardiendo.

-No hay remedio: tienes que dejarte ver del doctor.

-Pero sin tocarme, ¿no es así?

Lucinda levantó la sábana, quedándose el doctor como encantado,mirando sin pestañear el adolorido pie de la enferma.

-Hay que sacarle una espina que se halla bastante profunda.Después de la piel está interesada la parte carnosa. Es unacalamidad, siendo el pie más primorosamente chico que yo he vistoen toda mi vida, y en una persona de la edad de la señorita.

-Y otra tiene en el tobillo, dijo doña Marcelina.

-Pero esa no la verá nadie, dijo Adelaida, y encogió su lindopie hasta meterlo bajo el cobertor.

-¿Y cómo quieres que te la saquen?

-No sé, pero no me dejo ver el tobillo.

-Es necesario sacar esas crueles espinas, dijo el doctor, porquesi no el pie se pondría deforme, y después de una curación muchomás dilatada, siempre quedaría usted impedida para caminar.

-¡No me lo diga, doctor!

-Y que usted debe entender que el dolor será de un instante paraotro, quedando después perfectamente buena.

-¿Y la vergüenza?

-Por mí no tenga usted ningún cuidado, señorita.

-Por ser el doctor una persona tan recatada, consiento, dijo laseñorita, y volviendo la cara y abrazándose de Lucinda, entregó adiscreción su lindo pie para que hiciesen de él lo quequisiesen.

El doctor cogió las pinzas y una lanceta, y confiando en lospulsos de don Diego, que tenía cogido el pie, dio el primer piqueteen el tobillo.

-¡Ay! gritó Adelaida, y bajó su mano para defender su laceradopie: ¡ay! ¡ay!

-Tenga usted valor, señorita, dijo el doctor, que no la harésufrir más de lo necesario. Resígnese usted a padecer por unmomento, para quedar alentada por toda su vida.

Hizo Adelaida un esfuerzo sobrenatural, y en menos de dossegundos estuvieron afuera las dos espinas. Los lamentos que sesiguieron fueron de lo más lastimoso: todos compadecían a la pobreAdelaida; pero la firme esperanza de la mejoría servía de consuelo.Lucinda lloró de lástima y susto; conservando doña Marcelina, noobstante, una imperturbable serenidad, porque las madres sacanvalor de la misma desgracia, cuando las circunstancias lorequieren.

En la sala le dio el doctor la receta, volviendo doña Marcelinaa preguntarle si la enfermedad de su hija era peligrosa.

-Por lo que respecta a la enfermedad del pie, no hay cuidadoninguno; pero si los males interiores tomasen incremento,peligraría la señorita, porque tiene afección al cerebro, a causade las contusiones y de una grave complicación de males morales,que no son para descuidarse, pero aplicándole los remedios con lamayor exactitud, puedo asegurar que mañana amanece repuesta. Lareceta es la siguiente:

"Inmediatamente se le darán diez gotas del espíritu queestá en un frasco pequeño que dejo sobre la mesa; pasadas dos horastomará dos cucharadas de la tintura de la botella, cuidándose deque la pieza no carezca de ventilación, ni sea tampoco inquietadacon ruidos ni conversación seguida; no deberá de ningún modocontrariarse la voluntad de la señorita, para que no se aumentenlas afecciones del ánimo, y este será el mayor cuidado que se debetener, porque de lo contrario yo no respondo de su vida. Así es quetengan muy presente esto: `no causarle pena ninguna que puedacomplicar sus afecciones morales'. Y por la mañana me darán avisode los resultados, los cuales me atrevo a pronosticar que seránsatisfactorios, si se cumple al pie de la letra estareceta".

Se fue el doctor para Bogotá, recibiendo mil bendiciones de lasseñoras y de don Diego, y se procedió a la ejecución de losremedios.

Después de darle la primera toma, y de bañarle por segunda vezel pie a la infeliz Adelaida, se quedó sola con su predilectaamiga, dirigiéndole las siguientes palabras:

-¡Ay, mi querida Susana! las profundas heridas de mi pie no meduelen tanto como la burla que voy a sufrir por las revelacionesque yo misma he hecho. ¡Susana! yo no puedo sobrevivir a esta pena,porque mi pudor está primero que todo, como tú misma lo sabes. ¿Quéhago yo? ¿Qué me aconsejas?

-Pero, Adelaida, tú debes consolarte, pues que los achaques deamoríos son una cosa tan general.

-Sin embargo, no los tengo por decorosos sino cuando tienen porúnico fin el matrimonio. Esto me lo has oído decir siempre, y lafatalidad del plazo de los 17 años ha sido la causa de todas estasdesgracias, porque mi plan fue ocultar mi amor hasta que secumpliese el plazo. Pero esto no lo creen, y yo voy a ser lairrisión de los corrillos y de las tertulias de Bogotá. Y para estoque yo no sé lo que hayan hablado mi padre y Ruperto. ¿Tú sabes quéhabrá dicho mi padre? ¿Está muy bravo conmigo?

Lloró por largo rato la enferma, se quejó de la cabeza y elpecho, y mandó que le llamasen a Ruperto.

-¡Oh Ruperto! le dijo cuando lo vio; aquellos momentos deintimidad que para otros son tan dulces, para mí están acibaradospor el fantasma de la crítica de corrillos, por el encono de mipadre, justamente enojado, y por las mil dificultades que de nuevohabrán de presentarse para el sostenimiento de nuestra amistad. Elsecreto será ya inútil; ya no podremos tratarnos con la intimidadque antes; separarnos será para mí la mayor de las desdichas. ¿Quéhacemos, Ruperto? ¿Qué será de nosotros? ¿Sabes si está muy enojadomi padre?

-He hablado largamente con el señor don Diego, y le he confesadocon toda la franqueza del caso todo lo que entre los dos hapasado.

-¡No me lo digas, Ruperto!... ¿Y no está muy enojado?

-Al principio lo estuvo...

-¿Y qué dijo de mí?... ¡Dios eterno!...

-Pero al fin se ha conformado y condesciende con nuestroenlace.

-¡Qué bondad la de mi padre!

-Sin embargo, parece inclinado a no ceder del plazo señalado delos 17 años.

-¡Entonces yo estoy perdida!... ¡Condenada a la vergüenza pordoce meses, que serán doce siglos de martirio!... ¡a lavergüenza!... sentimiento que me ha dominado por naturaleza, poreducación y por el especial sistema de mis acciones, y que lavergüenza en una mujer no consiste siempre en la pena de haberobrado mal, sino en un rubor especial que la naturaleza nos diopara nuestra guarda, así como el miedo en general es un elemento depropia conservación para los seres animados de todas las especies.Puede ser que el pudor sea un sufrimiento moral, infundado muchasveces, pero es una positiva desgracia no tenerlo. En el caso en queme encuentro, mi vergüenza es muy justa, y no me atreveré a salir ala calle después de todo lo sucedido, como tampoco me dejaré ver denadie.

-Hay un recurso todavía.

-Dejar de amarnos; ¡pero esto es imposible, Ruperto!

-¡No, Adelaida! eso jamás... te lo he jurado por lo mássagrado.

-¿Entonces, cuál?

-Rogarle a doña Marcelina para que nos rebajen el plazo.

-No lo crea usted, Ruperto; mi padre es firme en susresoluciones, y este es un propósito que tiene hecho, debido arazones muy poderosas; según dice... pero sigo mala, Ruperto;siento que la fiebre me abrasa, la cabeza me duele como no hayidea, y siento el corazón como partido... Estoy que no sé ni lo quedigo.

-Cálmese usted, Adelaida, que su saludes lo que más interesa: lodemás todo puede remediarse.

-Pero siendo la causa de mi mal la pena que me domina, ¿qué sepuede adelantar con los remedios?... Tengo un dolor en el pecho quecasi me ahoga... Bien puede suceder que no amanezca...

-¿Qué hacemos en este caso? dijo Ruperto casi desesperado; ¿quéhacemos, Dios de mi vida?

-¿Sabe usted, dijo Adelaida, después de un rato de silencio, queel remedio es encerrarme en los estrechos límites de estaquinta?...

Estoy resuelta a no hablar absolutamente con nadie. Las flores,las arboledas y la fuente me bastarán para mi recreo... pasarán porjunto de mí sin saludarme, porque he de ponerme intratable. Llorarépor usted, Ruperto, que se irá a gozar a una populosa ciudad, cuyaselevadas torres y veletas he de estar contemplando todo el día;lloraré sin que nadie me pueda consolar, porque me tendrán los máspor una mujer desmentada, y esta será la verdad. ¡Ay de mí!... docesiglos de tormento para la que supo amar; porque los meses sonsiglos en el idioma de los amantes... Y tan sensible como no hayotra en el mundo, porque el amor desgraciado hace mucho más fino elsentimiento, como por otra parte lo agota el orgullo de la riqueza,los honores y la pedantería; y mientras tanto yo estaré aquíencerrada para no sufrir la pena de que me vean. Los yankees, loschinos o los egipcios vendrá a conquistar a la Nueva Granada, comoocuparon las playas de los Mosquitos, y los cadáveres todos saldrána coronarlos, levantándose de las tumbas a donde los precipitaronlas revoluciones: yo miraré todo esto desde la quinta, como elgenio mitológico, y nadie me verá, porque estaré encantada, ycuando pasen los doce siglos quedaré desencantada, como la mujer deLot cuando pasen todos los siglos del mundo, y Ruperto tambiénquedará desencantado, y lo volveré a estrechar entre mis brazos, ymis caricias ya no tendrán límites, casándonos al fin, para quenuestro amor sea santificado con el velo de la Iglesia; no teniendoentonces por qué ruborizarme al pasear con mi legítimo esposo portodas las calles de la ciudad; y las más lindas egipcias o chinasal verme me tendrán envidia... porque Ruperto será entonces comoahora, amable y simpático como la flor de la mañana... entonces yoseré la más feliz de todas las mujeres...

Calló Adelaida, y los que la rodeaban permanecían también ensilencio. Ruperto no le quitaba la vista un solo instante, paradojunto a la cabecera de su lecho; Susana estaba arrodillada a lospies, echándole fresco en el pie enfermo con el aliento de su boca,mientras que Lucinda remojaba un paño de végeto, llorando al oírlos delirios que la fiebre le causaba a su pobre hermana, la que norespondía ni a la voz de Ruperto, que había tratado deinterrumpirla. Doña Marcelina se había ido a buscar a don Diego asu cuarto, v_ al momento que lo vio le dijo:

-¡Diego de mi alma... ¡se nos muere Adelaida!...

-¡No me lo digas, hija mía! ¿Y de qué?

-Ya se está efectuando la afección al cerebro de que nos hablóel doctor; ¡si vieras cómo delira!...

-No le habrán hecho los remedios conforme a la receta que dejóel médico.

-Con la mayor exactitud; pero hay que prometerle que se lerebajará el plazo de los 17 años, porque el doctor dijo que nohabía que contradecirle, y esta idea es la que la está matando:está diciendo mil disparates en su delirio; pero esto no es sino enfuerza de la fiebre. Adelaida está de gravedad, y si tú no tecondueles de ella es posible que peligre su vida.

-¿Y qué tiene que ver el plazo que le he puesto con laenfermedad?

-Que la tiene loca la idea de que la consideren deshonrada porsus amoríos con Ruperto, después de todo lo sucedido; respeta tantola sociedad... y como se quedó con la imaginación aterrada desdeque Sixto dijo en público que estaba correspondido por ella, siendouna falsedad, porque mi hija no estuvo nunca enamorada de eseatolondrado.

-Son majaderías; hace tú que le apliquen todos los remedios, yno es menester más, te respondo de ello.

-¡Diego, por Dios!... mira que Adelaida se muere; lo dijo eldoctor, y el pronóstico se va cumpliendo: "No hay quecontrariarle sus ideas, porque peligra", esto nos lorepitió por dos veces.

-¿Y de qué idea se trata?

-La de librarse pronto de la vergüenza pública con el velo delmatrimonio, y en esto tiene razón.

-¿Tanto así?...

-Y no espera sino tu sentencia. ¿Quieres que nuestra hija muerapor un mero capricho tuyo?... Eso no es posible, y con lágrimas enmis ojos intercedo por ella.

-Que viva mi hija, contestó don Diego; que se case ahora mismo,si es su voluntad, pero sin perjuicio de que se le hagan los otrosremedios; que vuelva Neuque donde el doctor, que él abre suspuertas a cualquiera hora que se le llame, porque está obligado arecetar a sus enfermos en donde quiera que se hallen y a la horaque se le necesite, porque él dice que una vida vale más que unsueño. Avísale a Adelaida para que se prepare. Ya conoces mi genio:soy activo en todas mis cosas; que saquen un ritual del oratorio ylos otros efectos del caso, y avísenle al capellán que está fumandosu cigarro en compañía de otras personas en la baranda delcorredor, para que nos haga el favor de hacer el desposorio en unmomento, que yo sé que tiene todas las licencias para los casosextraordinarios.

-Decírselo ahora para que se consuele, y mañana que se haga eldesposorio, dijo la señora.

-No, señora, no hay que contradecirle sus ideas: llame usted adon Toribio y don Elías, y llanto sobre el difunto.

Susana le preparó el ánimo a Adelaida, diciéndole que su padrehabía consentido en rebajar el plazo, pero con la condición de queel desposorio se hiciese pronto, tal vez esa misma noche.

Salvarse Adelaida de la vergüenza pública; poseer a su amantesin los estorbos y precauciones que tanto la habían martirizado;llegar al colmo de sus afectos: esto es mejor para sentirlo quepara explicarlo. La casa se llenó de un positivo regocijo: elremedio era extraordinario, pero se tenía por eficaz, y lo queimportaba era aplicarlo. Don Diego metía apuro, sin dilación deminutos, y pronto se ejecutó lo que había parecido difícil en elespacio de un año.

El lecho virginal de Adelaida estaba convertido en altar: unsacerdote leía las palabras sagradas, a tiempo que algunas lágrimasse desprendían de algunas mejillas; una sonrisa de amor se divisabapor entre los ayes del dolor, y a las palabras sí, sí, deafirmación, se siguieron las de |homo non separet deJesucristo, quedando árbitros de su felicidad dos corazones quehabían sido contrariados por el espacio de tantos meses.

Al acto de la ceremonia no asistieron más personas que donFermín y Susana, como padrinos, y Lucinda y doña Marcelina; noobstante que. desde la puerta lo presenciaban varias personas,entre ellas el hortelano, dándose así cuenta del éxito de losduendes; Fígaro también hacia parte del acompañamiento,permaneciendo por algún tiempo debajo de la cama, sin descuidarsede hacer de cuando en cuando un agasajo a su nuevo amo, con asombrode los que no sabían que en el asunto había diplomacia, o pastel,como llaman algunos los elementos de esta ciencia, desde lasprimeras visitas de Ruperto, en que lo puso de su parte por mediode un secreto perteneciente al bolsillo.

Al día siguiente se fueron todas las familias para Bogotá,quedándose Adelaida, ya muy repuesta, en su quinta, de la cual nosalió en el espacio de un mes. ¿Qué lugar más delicioso podíanescoger para los primeros días de su noviazgo que la quinta mismade don Diego?

Pascuala, con una insubordinación demasiado escandalosa, sedenegó a entrar en el ómnibus, casándose pocos días después conJacinto, lo mismo que Teresa con Germán. Las alfareras se volvierona los arrabales de Bogotá. Fígaro salió de la quinta porque perdiósu buen concepto, tanto para con Diego como para con el mismoRuperto.

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