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CAPITULO XVII
DESDICHAS
Al ruido de los cubiertos, brindis y aplausos se había sucedidoel silencio más profundo. Fumaban sus buenos cigarros de Ambalemalos caballeros, las ancianas y aun las más de las jóvenes,divididos todos en varias secciones, y en actitudes bien cómodas,según la libertad de que se gozaba con respeto del alto tono.
A la sombra de un arrayán tocaba la guitarra el agradable Sixto,recostado sobre un colchón de verde grama, y en torno escuchabancomo encantadas Margarita, Justina, Matilde y Susana, guardandomucha moderación.
Don Fermín, don Toribio y don Elías jugaban al tresillo debajode unos salvios.
Doña Pacha y doña Tecla parecía que se ocupaban en hacer unarevista.
Irene y Arcelia se encontraban juntas, pero no conversaban. Lasalfareras, poseídas de la vil pasión de la envidia, estabanfuriosas al ver junto de las señoras a Teresa, y le hacían, a sumodo, una furibunda crítica.
El humo de los tabacos y el de las hogueras casi extinguidas,elevándose por entre los pequeños árboles, le daban al paisaje todoel aspecto de un campamento de guerrilleros, escondidos en loscerros que dominan la sabana de Bogotá, en el tiempo fatal de unade nuestras revoluciones a mano armada.
El silencio de la siesta había reemplazado al bullicioso ruidode los festines, y los amantes y las tiernas amigas conversaban entonos casi imperceptibles, o se contentaban con mirarse muellementecon la indolencia de los orientales, a tiempo que se comenzaba alevantar en los vecinos matorrales el humo de una oculta hoguera,en que nadie había reparado.
Sucede a veces que en los meses de setiembre y diciembre lesprende fuego a las lomas el primero a quien le viene la idea; yestas lomas resecas y cargadas de combustible por el acopio de lapaja o de la hojarasca reunida en el espacio de muchos meses, ardencon violencia, y si el huracán coadyuva a la conflagración,entonces las llamas ganan mucho terreno, y se apoderan en ocasioneshasta de los mismos árboles que se ven por mucho tiempo renegridosy secos, como testimonio auténtico de la fatal destrucción. Lasgentes por fin vieron el humo y sintieron los traquidos del vegetalcon la mayor indiferencia, como que a muchos les gusta ladestrucción, en lo cual hay mucho de grave y admirable, cuando seejecuta sin peligro de alarma ni en perjuicio de ninguno.
El incendio iba en progreso, extendiéndose por toda la cima,cuando de repente comenzó el aire a soplar en una direccióncontraria, inclinándose algunas ráfagas hacia el campamento, lo queno causaba temores, porque contaban con un espacio suficiente deprado, desde donde poder mirar toda la escena, sin peligro alguno.El humo había oscurecido la loma casi por entero, y el ruido de lasllamas iba en aumento, cuando se oyó una voz pidiendo socorro, laque partía del punto invadido por el incendio. Los hombres seavanzaron hacia el sitio del conflicto, sin atinar con la causa; seintrodujeron algunos de ellos por los claros del boscaje que lesprestaron acceso; las señoras estaban llenas de espanto, cuando losdejó a todos estupefactos la realidad del hecho, al presentarseRuperto con una dama en los brazos, retirándola de entre las llamasdel incendio. Corrieron todos al encuentro, y la admiración crecióhasta el terror al reconocer a la infeliz Adelaida, privada de lossentidos, mustia, desgreñada y con señales de sangre y humo en susvestidos, y afeado su rostro por la horrible palidez de lamuerte.
Un grito unánime de dolor fue la primera manifestación en todala gente.
-¡Mi hija!... exclamó doña Marcelina, reconociendo la víctimaque le presentaban; ¡mi hija muerta!... ¡mi hija muerta!...
-¡Adelaida! exclamó Lucinda; mi querida hermana, ¿qué ha sidoesto?... limpiándole al mismo tiempo la ceniza y buscándole lasheridas o contusiones.
-¡Qué horror!... decía Susana, llorando sobre las preciosasmanos de su amiga, que pulsaba, y enjugaba, y besaba, puesta derodillas, mientras que la madre y hermana la sostenían en losbrazos, espiando algún movimiento, y llamándola a la vida, conexclamaciones las más tiernas y lastimosas que se puedanimaginar.
El interés que se tenía por aquella bellísima criatura era de lomás cordial entre todos: padres y hermanos, amigas decididas, damastiernas y compasivas, jóvenes entusiastas y decididos por lahermosura, viejos amantes de la humanidad, con títulos defundadores y protectores, criadas, alfareras y canteros: todos loscorazones exhalaban tristes gemidos, y pronunciaban conmovedorasoraciones y palabras que producían un sentimiento profundo. Elcuadro, rodeado por los árboles del pequeño bosque, horriblementeiluminado por las llamas del cerro, que buscaban las alturas,respaldado por las peñas de melancólica figura, era sepulcral (sinabusar de esta palabra), representando el triste panorama de lamuerte.
Adelaida, en los brazos de sus deudos, era un cadáver, según seveía de lívidas sus hermosas facciones. Pablo tenía su mano derechaentre las suyas, buscándole el pulso para dar su sentencia,declaran do al fin que no estaba sino privada, y como desde elmomento de verla se le habían aplicado con prontitud algunosremedios, Adelaida pareció volver a la vida, al cabo de un rato,lanzando un profundo suspiro, que seguramente le alivió el pecho dela interdicción del aliento de que antes carecía; al cabo de otrorato dio un segundo suspiro, y sin movimiento alguno en sus ojos,profirió una que otra palabra entrecortada, balbuciente ymisteriosa, como los delirios del que habla dormido.
Las miradas de todas las gentes no se fijaban sino en Adelaida:una lágrima de sus ojos, una palpitación, un pequeño movimiento,eran atendidos como un grande acontecimiento; así fue que susprimeras palabras fueron acogidas como las de un oráculo. Enseguida se estremeció, lanzó otro suspiro, y dijo:
-Qué recompensa para un amor tan decidido... como el mío...
Quedaron ahogadas las últimas palabras, más interesantes por losindicios de su vida, que por la expresión vital de que eran unsigno evidente. Don Diego suplicó que se dispersase el círculo querodeaba a su hija moribunda, temiendo que la falta de aire libre laperjudicase, y todos se apartaron, menos Ruperto y Susana.
-¿Qué es lo que ha sucedido, don Ruperto? dijo don Diego;refiéranos cómo tuvo lugar esta desgracia.
-Andaba yo un poco retirado de los corrillos, contestó Ruperto,cuando el fuego, que por mala intención o casualidad prendieron ala loma, se comenzó a enfurecer, por un repentino remolino de aire;a ese tiempo oí, por entre el bramido de las llamas, la voz dealgún desgraciado que pedía socorro por en medio de los torbellinosque hacía esa furiosa conflagración, y lanzándome por entre lasnubes de humo, di con la señorita, que huyendo seguramente de lasllamas, había caído privada entre unas ramas secas, a tiempo que elfuego ya casi las prendía, sirviendo así de pira para el sacrificiode Adelaida la paja seca que rodeaba todo el lugar.
-¡Jesús! gritó Susana, levantando los ojos al cielo.
-¿Arderse estando privada? dijo doña Marcelina; ¡oh! ¡Cuánto ledebemos a este generoso joven, que ha libertado a mi hija de lasllamas! Le ha salvado por segunda vez la vida.
-Un libro estaba a un lado, expuesto también a ser incendiado,continuó diciendo Ruperto, cuando levanté a la señorita de entre lafrágil leña de las ramas, lo que me hizo entender que estabaentrega da a la lectura cuando la sorprendieron las llamas, quevariaron de dirección por el repentino cambio del aire, que nadieesperaba en aquellos instantes. Yo levanté a la señorita cuando seempezaba a prender el chamizal en que yacía privada, motivo por elcual la ropa la tiene quemada en algunas partes.
-¡Virgen Santísima!... dijo doña Marcelina; ha sido un milagroque mi hija no se haya quemado.
Durante esta revelación se le prodigaron a la enferma todos losremedios que allí eran posibles, y ésta, después de una fuerteconvulsión, volvió a recuperar el uso de la palabra.
-¡Quién lo creyera de Ruperto!... después de jurarme tanto amory tanta constancia!...
Todos se quedaron abismados al oír tales palabras, que al mismotiempo sirvieron de mucho consuelo, porque ya indicaban vida yanimación en la enferma, aunque no fueran sino delirios, como lodijo doña Marcelina. Un doloroso gemido, que parecía salir de lomás profundo del corazón, sirvió de anuncio a otras variaspalabras, un poco más inteligibles que las primeras.
-¡Ay de mí!... un secreto de dos años... un suplicio... que yohabía soportado por su amor... infiel... y tú, Irene, pagar así micariño...
Eran sorprendentes estas palabras, cuando nadie había concebidonunca ni la más leve sospecha; pero lo más urgente era librar a laenferma de esta interdicción mental, de esta privación que yacausaba serios cuidados.
El tiempo que había pasado, los remedios, el aire libre, lanaturaleza misma, que lucha contra la oposición de las causasmorbosas, todo esto contribuyó poderosamente para que Adelaidarecuperase algún tanto su salud.
-¿Dónde estoy? dijo, dirigiendo sus miradas para una parte yotra. ¿Quién me ha sacado de la hoguera en que me he visto comoatada de pies y manos?... ¿Por qué milagro del cielo es que yovuelvo a ver a mi madre, a Lucinda y a Susana?... no pudo continuarporque la ahogaban los suspiros y los sollozos.
La infeliz Adelaida había quedado llena de contusiones en sucuerpo y con algunas espinas clavadas, de cuyas heridas aún lesalía sangre, particularmente de un pie, de donde no se le pudieronextraer sino las que estaban menos profundas. Su estado vitalparecía regular, salvo sus dolencias y algunas picadas al cerebro,que ella decía la molestaban demasiado. El sol comenzaba ya aocultarse sobre los montes de Bojacá, y por entre los vapores y elhumo, lo cual le daban un aspecto mayor que el común y un color ojoencendido; por otra parte la sabana iba tomando un tinte demasiadosombrío, alcanzándose apenas a divisar los pueblos de Engativá yFontibón, confundidos por el crepúsculo entre el humo y los árbolesde su contorno; todo lo cual estaba indicando la necesidad desepararse con tiempo del pie de los hórridos peñascos del oriente,que semejaban fantasmas de los páramos avanzadas sobre loscampamentos de Chapinero.
En un guando formado de manos cruzadas bajaba Adelaida por laescarpada senda, y todo el convoy guardaba silencio, si es quealgunos interlocutores no hablaban en voz baja, con lasprecauciones debidas.
-Ya lo ve usted ¿cómo había amores con Ruperto? le decía doñaPacha a la señora Tecla. Si a mí no se me escapa nada.
-Todavía me resisto a creerlo, porque la educación que se le hadado a mi sobrina ha sido brillante; pero ya se ve que el diablo noduerme.
-Pero a mí se me había puesto.
-Eso lo dice usted ahora después de lo sucedido, pero estamañana no me lo decía usted. Y así son todos: no tardan en decirque ya lo habían adivinado; pero lo cierto es que estos amores creoque no los sabía sino Dios únicamente.
-Y hasta celos con Irene, ¿no lo ve?
-También se me había puesto ya: ¿no se acuerda usted que se lodije un día, y hasta tengo no sé qué sospechas de que Adelaida nosestaba escuchando? ¡Pobre niña!... ¡que no lo haría sino porque laviesen coquetear con un buen mozo!... porque eso es lo que lesgusta a todas.
-Está vista la causa de las serenatas, y los duendes, y losdesafíos; aunque a mí no me coge nada de nuevo; lo que hay es queno me gusta hablar mal del prójimo, porque de eso no queda nada.¡Pobre Adelaida! que por no darle mal ejemplo a Lucinda, y que laviese coqueteando con Ruperto, sería por lo que nos estabaengañando, haciéndose la santica.
-Suspendamos el juicio, doña Tecla, que algo más habrá quenosotras no sabemos; y que a todo hay que darle cuarentena parajuzgar con acierto.
-¿Y cómo usted no les dio cuarentena a todas las noticias que merefirió acerca de Arcelia y de las otras muchachas, el día que laoyeron a usted éstas? ¿Con qué la cuarentena es solamente paracuando la noticia no es conforme con la opinión de usted, perocuando ésta le acomoda entonces no hay cuarentena que valga?
Poco les faltaba para terminar la loma a las familiasconfederadas, cuando oyeron el toque de la oración en el campanariode la capilla, ya casi velado por el crepúsculo, representando enlas cuatro casas de paja y en su pobre arquitectura los primerosgrados de la civilización, como ha sucedido en todos los pueblos dela Nueva Granada, grado en que se han quedado Pasca, Tibacuy,Usaquén y otros muchos, y de que han descendido otros tantos, comoBaquisa, Tuso, etc., de los cuales todavía vemos las arruinadasparedes.
A la tristeza que producía aquella melancólica vista, que aJustina la hizo suspirar, y eso que era la más impávida de todas,se agregó el chillido de las mirlas negras, lúgubre y pavoroso,entonado precisamente por todas las del desierto, al punto de lasseis, y ya al retirarse a sus nidos.
Adelaida, descolorida, taciturna y abatida por el dolor y lafatiga, inspiraba lástima y curiosidad a cuantos iban en pos deella, todos los cuales guardaban un silencio profundo. Fígaroseguía muy de cerca a su señora: en la gravedad de su rostro,demasiado severo, no parecía sino que comprendía muy bien todas lasobligaciones de un verdadero amigo, y marchaba cabizbajo, distraídoy muy silencioso.
Algunas personas se quedaron en Chapinero, pero otras, y las másinteresantes de todas, siguieron hasta la quinta. El primer cuidadofue mandar a Neuque por un médico y las drogas de la botica quefuesen necesarias para la enferma; a ésta se la puso en su cama, yquedándose sola con Susana, mientras que los demás iban a prepararalgunos remedios, pasó entre las dos la siguiente conversación:
-Adelaida, no puedo menos que decirte que hoy has deliradodurante la privación que te causó encontrarte en medio de lasllamas de aquel incendio.
-¿Y hablaría muchos disparates, por supuesto?
-Hablaste de amoríos.
-¿De amoríos, Susana?... ¿de amoríos yo?...
-Tú, Adelaida; y no te lo diría si no lo creyese necesario paratu gobierno, porque has publicado el nombre de tu amante.
-¿El nombre de mi amante?... ¿Y ahora qué es lo que tienes?
-Tú lo sabrás, Adelaida, y no extrañes que yo también losepa.
-¿Lo sabes?... ¿Desde cuándo lo sabes?... ¿Qué es lo quesabes?
-Se que amas a Ruperto desde ahora dos años, y que tienes unoscelillos con Irene...
-¿Qué es lo que dices, Susana de mi alma?... mi secreto...¿revelado mi secreto por Ruperto?... ¿Nueva alevosía paraperderme?... ¿Y bien, a ti sola te lo dije? ¿a ti sola?...
-No, Adelaida, fuiste tú la que lo revelaste durante laprivación, ¿no te lo estoy diciendo?
-¿Qué hago en este caso? gritó la señorita, como aterrada por unespanto. Yo debo morir para evitar las sospechas del público y demi familia, y aún las de ti misma, mi verdadera amiga, a quienhabía ocultado mi secreto con una tenacidad qué ha sido para mí unverdadero martirio. Perdóname, Susana, pues que en todo esto hay unmisterio, cuya explicación será la que me puede salvar de todacalumniosa imputación. Tú recordarás, Susana, que te dije un día,que sin la esperanza de ser casada, y muy pronto, tenía que pasarante el público por una coqueta de mala ley. Pronto sabrás todaslas desdichas que me han perseguido. Por ahora llámame a mi madre,me siento bien mala, peor de lo que estaba ahora rato. Y mira,Susana, yo desearía ver a Ruperto para desengañarlo. ¡Dios mío!...¿Qué habrán dicho todos de mí? ¿Qué dirá ahora la pobre de Lucinda?
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