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CAPITULO XIV
TULIA
Serían las nueve de la mañana cuando se juntaron las dosseñoritas Irene y Arcelia para volver a la casita, desatinadas porsaber la historia de una lavandera que sabía traducir francés, yque hablaba con el estilo y la soltura de personas medianamentecivilizadas. Dijeron, para que nadie las siguiese, que se iban abañar a un sitio tan retirado y oculto, que nadie daría con él, niaún Pablo el naturalista, que no dejaba peñasco ni rincón que noexaminase; y esto no fue difícil de creer para Virginia, Margarita,Susana, Clelia y las otras bogotanas, de antiguas familiassantafereñas, para las cuales el baño ha sido siempre una materiade sumo recato. Fue sumamente feliz el viaje, y mucho más cortoporque siguieron la propia senda de la casita, que iba por en mediode la cañada.
La puerta estaba cerrada, la candela de la cocina apagada y laolla boca abajo sobre un pedazo de roca. La señora de la casa noparecía, y cuando la estaban buscando por la huerta, oyeron las dosbogotanas ciertos golpes melancólicos, profundos y dilatados quesubían de la hondonada que formaba la quebrada, y dirigiéndosehacía ese punto por una senda apenas marcada con el frecuente usode los pies descalzos, sorprendieron a Tulia que, vuelta deespaldas y preocupada con el ruido del agua, no las habíasentido.
-¡Qué milagro!... les dijo ella, dejando conocer la agradablesorpresa que la dominaba.
-Por venir a verla, le dijo Arcelia, con cierta sonrisa de lomás agradable.
-Muchas gracias, mis señoras: vengan a sentarse aquí junto, enesta mullida grama, que está limpiecita.
-¿Qué mejor? dijo Irene; las hermosas decoraciones de lanaturaleza nos gustan más que los ricos y lujosos muebles de lossalones de Bogotá, y se sentó en el suelo.
-Muy aseada y muy blanda me parece la alfombra de este salón,dijo Arcelia, después que se colocó cerca del lavadero y de suscompañera y amiga.
Algunas palabras de cumplimiento, que en realidad no lo eransino expresiones de naturalidad y de franqueza, se siguieron entrelas bogotanas y la estanciera; pero es preciso dar a nuestro lectoruna ligera noticia del solitario paraje en que se reunieron lastres personas mencionadas, en el segundo día de la Pascua deNavidad del año de 18...
La magnífica bóveda del cielo estaba completamente azul, como loestá en los últimos días de diciembre; el horizonte era escaso,fragoso y rocalloso hacía el oriente, aunque se alcanzaba adivisar, allá a lo lejos, al sudoeste, un pedazo de la sabana; lasoledad era completa, y el silencio lo hubiera sido también, sin elcanto lejano de un bababuy y el susurro, en partes armonioso, delarroyo, que deslizándose suavemente por debajo de los salvios,alisos y tunos, y estrellándose contra algunos picos de rocaarenosa, de la misma de que se compone la sierra de oriente, seprecipitaba con violencia al despedirse de los páramos para ir amezclar sus aguas cristalinas con las amarillentas de la sabana,así como la vida de los pueblos, inocentes en su origen, que alatravesar los horizontes de la civilización, son corrompidos, confrecuencia por los que se acercan a sus hospitalarios y caritativoshogares. La sombra para evitar los rayos del sol se componía de uncurubo enredado entres arrayanes de poca altura, llenos dehorquetas y torceduras, del cual se alcanzaban con la mano lasflores rosadas que esmaltaban el frondoso techo, siendo las frutasde un sabor exquisito, llamadas curubas de indio.
El suelo donde estaban la señora y la estarciera era todotapizado de grama y flores amarillas de pacunga y blancas de tote,y la orilla, bañada por el agua, estaba cubierta por las débilesramas de la rubia o
|raíz, con que tiñen de coloradoalgunas sabaneras, y que se cría en los parajes húmedos ypantanosos de los terrenos estériles, en casi todos los contornosde la sabana. En la propia margen estaba la piedra del lavadero deTulia y la de su adjunta María, que eran dos lajas traídas de unsitio bastante distante, tocando con sus extremos el pozo,aumentado con arte por unas piedras y terrones que había puestoTulia. Al lado opuesto se levantaba un barranco como cortado apico, de cuatro varas de alto, en el cual se veían las fajas decascajo, arena o piedra de los aluviones de muchos años, pero elborde o ceja llamaba la atención por las exquisitas plantas de queestaba revestido, colgando en racimos los pepinitos, llamadosvulgarmente
|llorones, varias flores celestes y coloradas,que se divisaban por entre las largas hojas de las polipodias, queparecían cintas verdes, puestas adrede para que flotasen por losaires.
Esta era la oficina de Tulia, en donde el trabajo eracontinuado, y no de cuatro horas al día, y en donde se oía el cantode María Neuque, cuando estaba sola, seguramente para consolarsedel trabajo, como dice Ovidio que lo hace el que fuerza las aguascon el remo, y la mujer que saca la hebra con la rueca; pero detodos los trabajos del mundo, el más fatigoso es seguramente ellavadero, porque apenas habrá una lavandera que no cante; o seráque el corazón de las jóvenes es tocado de un sentimiento especialpor el paraje en que se halla, por la vista de los árboles, piedraso barrancos, por la armonía del agua que se precipita, a la cual seacompaña el eco prolongado, sonoro y fuerte del golpe de la ropacontra la piedra, y para esto que la música es por lo regularmelancólica, y la letra nos hace sentir con toda su belleza lasilusiones, quejas y esperanzas del amor, asunto favorito en todaslas clases de la sociedad.
La enajenación de las dos señoritas, causada por el bellísimopanorama de la naturaleza, no había sido tanta, que no esperasencon ahínco el principio de la historia ofrecida desde el díapróximo pasado.
-¡Comience! le decía Arcelia, que usted nos va a dar un grandegusto.
-¡Quién sabe, mi señora!... tiene mi historia mucho de triste, ytemo que las desconsuele.
-¡No, no! dijo Irene. Yo también soy víctima de la ingratitudhace ya cuatro días, y a los tristes les ayudan los tristes, comodice mi hermano Sixto. ¡Ay de mí!... ¡la ingratitud es lo máshorrendo que pueda darse!...
-Oigan, pues, mis señoras, dijo Tulia; y sentándose oarrodillándose, torciendo o mojando las piezas, o descansando enocasiones, le dio fuerzas a su voz, para que llevara hasta losoídos ajenos los pasajes más dolorosos de su vida, de los cualeshabían estado muchos en secreto hasta ese día.
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HISTORIA DE TULIA
Cuando yo me conocí era una triste muchacha de las tiendas;cuando llegué a mis quince me hallaba en todo el auge del altotono, y hoy, a los cuarenta años, me encuentro de lavandera. Veanustedes, mis queridas señoritas, el argumento de mi tristehistoria, que voy a contarles por complacerlas únicamente.
Desde luego que ningún embarazo siento en decir a ustedes que lacasa en que yo nací, y en la que me criaron, era una pieza con susparedes cubiertas de grabados, cuya antesala servía de patio,cocina, corredor, alcoba, huerta, corral y despensa, modificadassus divisiones por una cortina y un bastidor, como los que se usanen el teatro. Cuando procuro traer a mi memoria hasta los tiemposmás remotos de mi vida, de lo que más me acuerdo es de una muñecasumamente colorada, de un perico verde, que no tenía otra graciaque la de saber gritar, de una vecina de mi edad, con quien pasabalos días enteros, y de un piano que tocaban en la pieza que quedabaencima de la tienda: Feliciana se llamaba mi vecina.
Mi vida era entonces de lo más agradable. Yo no tenía másobligaciones que la de sacar al sol una mesita con almidón de yuca,y la de dar unos pocos repasones en un libro viejo, que casi estabadesleído, y salir a las tiendas a comprar pan de a cuarto,chocolate y salchichas para el almuerzo; en seguida iba a la plazaa comprar la carne para la comida. Por falta de libertad yo no mequejo, porque mi madre me dejaba toda la que podía apetecer, hastala de permanecer abizcochándome entre la cama hasta las nueve, enlos días que tenía algo de pereza, y la de hacerles todas lastravesuras que podía a las vecinas; no sé si esto sería por excesode cariño, o por lo que les oía decir mi madre a algunos señoresacerca de la autoridad paternal.
Muchas veces nos convidábamos con Feliciana para ir a ver hacerel ejercicio a los soldados en la Huerta de Jaime, o para ver lasguerrillas de los muchachos en el río de San Francisco, o a lospotreros de la alameda, cuidando muy poco de volver con loscachetes tostados por el sol, los vestidos rasgados y las cabezasdesgreñadas, porque de esto y de nuestro modo de caminar por lacalle, era de lo que menos nos cuidábamos en ese tiempo. En cuantoa rezo, devociones y deberes para con Dios, tampoco me molestaba mimadre, porque decía que ella era tolerante.
Feliciana y yo, sin saber desde qué día, habíamos dado en cuidarde nuestros peinados, de la compostura en nuestros vestidos y delmodo de caminar. Teníamos un espejo para las dos, que nos hablabacomo un oráculo propicio y del cual habíamos hecho nuestroadoratorio, como si fuese un ídolo como tantos del paganismo.
Yo no sé qué pronóstico halagüeño me anunciaba que no tardaríaen ser feliz, porque había ratos que me quedaba como extasiada enuna misteriosa contemplación.
A todo esto ya no dirigíamos nuestros pasos a los potreros, ni alas riberas del río San Francisco, sino a la calle real, y a laplaza todos los viernes, a saltar por sobre las hileras de mercado,en busca de las frutas, sufriendo los rigores del sol o del agua enla desnuda cabeza, porque nosotras todavía no teníamos sombrilla,como tampoco desperdiciábamos la ocasión de que nos pudierancontemplar en las funciones más concurridas de las iglesias, porquehabíamos entendido que se fijaban mucho en nosotras; así era quedonde había más ojos allí estábamos de pie firme como las moscasdonde hay miel.
Ya nos comenzaban a decir algunas palabras de galantería, comolas de "chinas lindas y graciosas", y otras cosaspor el estilo. A Feliciana la miraba mucho un estudiante, quepermanecía de centinela avanzado en la esquina las horas enteras,con un libro en una mano, y aunque no tenía espada en la otra, lollamábamos la
|estatua de Bolívar, por la circunstancia detener capa. Un artesano era el que a mí me elogiaba cuando solíapasar por frente a su taller, pero él no dejaba su oficio porestarme mirando.
Los domingos visitaba a Feliciana y a la madre, poniéndonos ajugar todos juntos a la baraja, detrás del biombo, y noschancéabamos, pero sin hacer sabedor a nadie de nuestros regocijos,no molestando a ninguno de nuestros vecinos con alborotos niescandalosas riñas, que pudieran ofender a nadie, porque nosotrasteníamos mucho respeto por el público. Ahora les confieso a ustedesque ni el estudiante ni el artesano me llamaban la atención conpreferencia, sobre los otros que me decían palabritas más o menosagradables.
Yo creo que tenía buen genio a pesar de todo, y tal vezinteligencia y buenas disposiciones, pero en tiempos tan delicadosya me estaban faltando la sujeción y buenos consejos o ejemplos queme ayudasen a formar, a tiempo que las pasiones ya tocaban a mispuertas. La que me asaltó por primera vez no era capaz, por sunaturaleza, de hacerme estrellar contra los obstáculos nideslumbrarme con sus halagos hasta conducirme a un abismo; no, misseñoras: era un sufrimiento que no pasaba de suspiros,contradicciones y una que otra lágrima; era mi amor propio, era mianhelo por lucir; y para esto que de cuando en cuando me mandabanalgunos trajes; sin que yo supiese de dónde, y los zapatos, aunqueno las medias, porque ni mi madre ni yo usábamos calzado. Mi deseode ser vista, el espejo y la moda, eran los motivos que me hacíanpalpitar y estremecer. Así fue que un día, que no pude conseguiruna zaraza como la que tenía una de mis vecinas, lloré losuficiente para atormentar a mi pobre madre y acabar de aniquilarmis ratos de sosiego. Creo que fue la primera desgracia que mesucedió en la carrera de mi vida. Ratos tenía yo de meditacioneshalagüeñas, cuando reparaba en mi largo y abundante pelo, en mitalle gracioso y en mi rostro elogiado por todos; momentos habíaque me extasiaba en un porvenir misterioso, en una dicha que mesonreía y me llamaba: era la felicidad que yo comprendía a mi modo,llena de halagos indefinibles. ¡Oh! ¡y cuántos nombres pueden darsea la felicidad!... La mía hacía palpitar mi corazón, y ya comenzabaa desvelarme.
Una noche, como a eso de las nueve, entró de visita a la tiendaun señor de alta categoría. La visita fue de tono, porque no secruzaban sino palabras indiferentes; a veces notaba yo ciertossignos de turbación y embarazo, que no podía comprender. Todos tresestábamos sentados en el canapé de zaraza amarilla, que adornaba uncostado de la tienda, al frente de las dos camas.
Bien pronto se hubo agotado la materia de la conversación, ydespués que mi madre y el caballero hablaron unas dos o trespalabras en secreto, cuando fui a encender dos tabacos hechos pormi mano, se me dirigió mi madre en estos precisos términos:
-Tulia, ¿conoces a este señor?...
-Nada más que de vista, le contesté, pero siento por él unparticular aprecio.
-Es tu padre, niña.
-Y vengo a llevármela, me dijo el autor de mis días, paracolocarla en el rango de señora, que usted bien merece.
Poco duró la visita, y al despedirme de mi querida madre, la villorar, y yo también no pude por menos que sentir una efusión tannatural, tan tierna y desconsoladora, como es la despedida de unamadre y una hija que se separan por la primera vez de su vida.
Por la calle me dijo mi padre una multitud de palabrashalagüeñas para mí, pobre criatura, que nunca había pronunciado laconsoladora palabra de padre; para mí, que había llorado tanto,pensando y meditando sobre mi orfandad, unos pocos días antes.
Me sorprendió la grandeza de la casa paterna; pero elrecibimiento de mis tías y de las criadas me hizo entrar en no séqué desconfianza, y más cuando alcancé a oír el apodo de china, quetiene dos significados: de cariño, como por ejemplo: "unabonita china"; y de oprobio, como cuando dicen:"una china patoja de la calle". Pusieron a midisposición ropa, baúles, costurero y tocador, en un cuarto cómodoy primorosamente adornado. Tal vez no me lo creerán ustedes, perocuando estuve sola lloré por la tienda en que había nacido; meacordé de mi pobre madre, de mi vecina querida, del artesano y elestudiante y hasta del perico y mi taza de mejorana.
Al otro día me puse a las órdenes de mis dos tías, como dueñasde casa y como mis maestras de religión, costura, buenos modales yurbanidad, y a las de los maestros de geografía, escritura, música,aritmética y gramática castellana y francesa. A mí no me faltabainteligencia, pero al escoger la materia que más me conviniese,poco a poco fui desechando aquellos ramos que más falta me hacían,como la aguja, por ejemplo, por separarme de las tías, con quienesantipatizaba, y me dediqué a traducir francés, que me agradóinfinito, por lo tierno y sentimental del idioma, y más que todopor la amabilidad del preceptor, que me trataba no solamente conindulgencia sino con amor, según me parecía por sus miradas y porlas recomendaciones que me hacía de los pasajes más amorosos de lasnovelas, que él mismo me llevaba para que las tradujese. Estaconducta estaba en contradicción con la de mis tías, las cualestrataban de corregirme de mis inveterados caprichos, chocándome másque todo el modo como me hacían estar en la iglesia, pues meobligaban a oír la misa en medio de las dos, leyendo el cotidiano ysin poder alzar a mirar a nadie ni descubrirme la cabeza, nisonreírme siquiera, y para esto que mi mantilla les hacía tambiénla oposición resbalándoseme a cada momento. Tal vez no me supieronconducir mis tías con paciencia, o tal vez echaba yo a mala partesus amonestaciones, y de aquí dimanó toda mi desgracia.
El poco afecto a las maestras me había hecho dedicar conpreferencia a la gramática castellana, al francés y a las novelas.Mi trato en la casa llegó a ser únicamente con los libros, y mipadre estaba muy gustoso con mi aplicación, porque él creía que mehabía entregado al estudio de la historia y geografía, cuando loque leía era la
|Matilde, la
|Extranjera, la
|Lechera, la
|Nueva Eloísa, la
|ClaraHarlowe y otras novelas por el estilo, escogidas por mimaestro. Y yo, que aunque tenía un corazón formado como el de todaslas jóvenes, pero que carecía de paternales y juiciosasprohibiciones, era preciso que al fin sufriese las consecuencias.Por eso no deben admirarse ustedes que a mi corta edad me dominaseya una segunda pasión, aunque a la verdad no era, según después meconvencí, sino una pasión ficticia, una pasión artificial, un deseosin objeto, una teoría formulada por los cuadros de mis lecturas,una veces halagüeños, otras temerarios y a veces lascivos,aglomerados todos en mi imaginación, próximos a estallar como elfuego que sube bramando desde la cámara del horno del chircal,redoblado por el combustible que se le arroja, como ustedes lohabrán visto en la aldea, y que al fin asoma por la parte superior,lo que llaman los alfareros botar el fuego. Yo había visto al jovenEmilio Sánchez Bernal, y me había llamado la atención, por lacasualidad de vivir en el cuarto del zaguán de la casa; el cual memiró con atención, y quedó establecida entre los dos unacorrespondencia amorosa. A los ocho días reinaba entre ambos laconfianza de dos amantes de muchos años; fue llegado el momento dela práctica, porque la teoría estaba toda en mi memoria.
Por este tiempo aumentaban día por día las finezas de mi padrepara conmigo. Teatro, visitas, tertulias, paseos y, sobre todo,mucho lujo.
He dicho a ustedes que la pasión del amor propio había sido paramí una cosa terrible, anhelando sobresalir y hacerme visible sobretodas las señoritas más lindas de mi tiempo: con esto sufrí mucho,aún estando al lado de mi padre, porque yo veía cómo lucían enCorpus, Semana Santa, fiestas y teatro las hijas de hombres demedianas comodidades, lo que me chocaba, porque los considerabacomo triunfos de mis verdaderas rivales. Hubo golpes de estos queme quitaron el sueño, haciéndome odiar el lujo, y para esto meapoyaba en los escritores y predicadores de la moral y buenascostumbres, porque a mí me parecía que sólo mi padre podía gastar,en razón a que estaba bien acomodado. En cuanto a darme gusto, notenía yo por qué quejarme, pues que me concedía todo lo que yoquería, siendo uno de los pensamientos favoritos de mi padre elproporcionarme un buen matrimonio; por cuyo motivo me presentaba enpúblico con el mayor esplendor, sin advertir que el ruido deiterciopelo y del raso ahuyenta a los mejores pretendientes, pobres,pero virtuosos y trabajadores, como los hay en Bogotá, entre loscuales no sería difícil hallar uno que me conviniese.
Por ese tiempo mi vida era rumbosa, pero no tranquila.
Concurrí a todos los paseos que entonces eran de regla: al Saltode Tequendama; a las mejores haciendas de la sabana; a Monserrate,a Villeta y a Ubaque. El valle de Fusagasugá me parecióexcepcional, por los tipos y costumbres de las gentes, como tambiénpor el clima y los pintorescos paisajes; allí pasé los días másfelices de mi vida. Quiera Dios que no sea turbada nunca latranquilidad de esas pacíficas y sencillas gentes!...
Emilio se hallaba como atraído por mil felices casualidadesdonde quiera que mis tías y yo nos hallábamos, porque han de saberustedes que era hombre que no perdía un solo momento, ya en tratosde agio, o en comisiones administrativas, o en busca de la suerte,porque él era de opinión que ésta debía buscarse, o bien con laspintas del dado que rueda sobre la carpeta, o con toda clase detratos comunes. Por ese entonces conocí a Chapinero, en un paseoque dieron unas tantas familias, y allí también se hallaba Emilio,porque había sabido granjearse la voluntad de la menor de mis tías;bailábamos toda la noche, paseábamos y retozábamos todo el día;entonces conocí esta casita en que vivo: i cuan lejos estaba yo depensar que había de ser un día mi morada y el único recurso de mivida!...
Mucho me acuerdo, mis señoras, de todas las circunstancias de mivenida a este solitario paraje. Tengo presente hasta el traje quetenía puesto ese día, y eso no baja de diez y ocho años y algunosmeses; y les diré cómo fue para conocer esta casita:
Vivía en ella una mujer llamada María del Rosario; ésta era laque lavaba la ropa de la casa de mi padre, y por casualidad la demí madre, cuando no podía ir al Boquerón a lavar ella misma,bañarse y bañarme a mí. La pobre me quería como a su propia hija, yyo también le correspondía su cariño, porque en medio de toda migrandeza no había dejado de mirar bien a las gentes del pueblo quelo mereciesen; ella me convidó para que viniese a pasear a sucasita Me obsequió como no hay idea: me tenía dulces preparados,uvas camaronas, que se dan espontáneas a la entrada de los páramos,frutas de Chile, curubas y otras varias frutas; en ese día habíapuesto muchas flores en su altarcito y un arco de laurel sobre lapuerta; vine con otras amigas, nos bañamos, aquí en este mismopozo, y estuvimos muy contentas. Ninguna gracia hacía yo después enrecibirla bien en casa y en darle la mano en la calle, porque alhombre ingrato que en la ciudad se hace desconocido con el humildeestanciero que lo ha obsequiado, o que lo ha sacado de algunasdifíciles necesidades de la vida, lo contemplo yo con menossentimientos que los perros, de los cuales se ha dicho que seacuerdan siempre del que les ha dado de comer, como lo ha cantadoalgún poeta del pueblo pobre.
Entretanto mis amores habían progresado de una maneraincalculable. No era que yo fuese de naturaleza distinta a la detodas las jóvenes de mi edad, era que se le habían aglomeradocombustibles a mi corazón, como a la fortificación que se quieredestruir se le arriman algunos quintales de pólvora, suficientespara que quede arruinada. Mis lecturas habían preparado una pasiónartificial, que no era producida por un amor tímido e inocente, porel cual se guía la joven recatada y pudorosa hacia los finesrecomendados por la honradez; mi educación primaria me habíaeximido del pudor, que es un baluarte para la mujer, por cuyomotivo había perdido ya la vergüenza, y por lo que hace al miedo,ese me lo habían hecho perder las novelas, con la representación delas frecuentes tramas, con las pinturas demasiado patéticas de lasprimeras emociones del amor, o de las segundas o de las terceras;por las resistencias, obstáculos y triunfos de los amantes en todoel curso de su carrera; por la dicha suprema de las almas biencorrespondidas. Sí, mis señoras: "valor yatrevimiento" podía yo haber dicho que era mi divisa, como"valor y constancia" era la de alguna otraheroína de los tiempos pasados.
Sin pudor, sin vergüenza, sin sentimiento alguno religioso, sinconsejos ni prohibiciones maternales, porque a mis tías les habíaperdido el cariño, ¿qué piensan ustedes que me sucedería, mis señoras? Para mis cartas ocurría yo a los modelos de Eloísa y Abelardo;así es que yo no le pintaba a Emilio lo que sentía, sino lo quesintió Eloísa, encerrada en un castillo o en un convento de laFrancia; para mis meditaciones me servían los pasajes más escogidosde mis novelas, como la cita de Lovelace y la famosa Clara Harlow,como el encuentro de la Extranjera con Arturo, como lasconferencias de Adriana y el príncipe Djalma, como el encuentro deUrsula y Lancri en el bosque de la hacienda de Maran, imágenes queyo tomaba siempre por la parte menos santa, porque a ustedes noquiero ocultarles nada, mis señoras, porque tal vez pueden ustedessacar alguna utilidad de mis aventuras, aunque sea para referirlas,o para escribirlas si a ustedes les place. Les hablo con todafranqueza: mis novelas favoritas me habían hecho ver la pasión comola ve la hija del pueblo. Lo que yo leía, no era otra cosa que loque el libertino conversa, y el carretero, y el presidiario y elboga del Magdalena; con la diferencia de que esa malévola lecturaestaba encubierta con las flores de la elocuencia y con losprimores de un lenguaje culto, suave, fino y extremadamenteagradable; o sería tal vez que yo tenía la simpleza de tomar estascosas por el peor lado, porque esto también pudiera suceder.
Otro gravísimo daño me habían causado las novelas, cual era elde que me habían fortificado en mi tibieza por la religióncatólica, único consuelo del hombre en la vida, llegando hastaodiar el matrimonio y protestando contra toda autoridad, minandoasí los fundamentos de la sociedad humana. Así es que, aun cuando amí me hubiesen visto leyendo el devocionario poético en la iglesia,el hecho era que yo no podía considerarme sino como una jovenpagana. Para eso que mi maestro me había dado a leer las Ruinas dePalmira, en las cuales opina el autor que todos los cultos soniguales; pero no me enseñaba que observase debidamente el mío. Noobstante, yo gozaba de suma felicidad.
Pero de repente se nubló el claro horizonte de mi vida. Mi padreno tuvo a bien arrendar más el cuarto del zaguán; así fue quetapando la puerta lo dejó para el servicio de la casa. A pocos díasme advirtió que la conducta de mi pretendiente no le daba garantíaspara el manejo de la dote de que me iba a hacer poseedora, desde elmomento que me legitimase, como pensaba hacerlo, y supe que aEmilio lo hizo sabedor de su desaprobación. A mí me hizo varias yjustas reflexiones, me dio muchos consejos, que yo no tardé enllamar actos de tiranía: aquí fue donde seguí al pie de la letralos consejos de mis novelas. Me hice a la confianza de una criada,medianamente hermosa, que hacía los mandados; conseguí queFeliciana arrendase accidentalmente una tienda, al frente de lacasa, que por casualidad estaba desocupada, al propio tiempo queEmilio daba también todas sus providencias. De manera que con lalucha nuevamente entablada, me creía yo la mujer más feliz deluniverso, y hasta me llegué a comparar con la más famosa de lasheroínas de mis novelas.
Mis señoras, ustedes van a compadecerme o a aborrecerme másbien, por un suceso que les va a parecer escandaloso: noté que miser estaba duplicado, cuando más engolfada me hallaba en misensueños de felicidad.
Más aturdida no me hubiera dejado una centella, cayendo a mispies; me llené de horror, desesperación y vergüenza; a tiempo queotra nueva emoción se levantaba por entre los temores mismos que meagitaban. Lloré mucho, quedando en un anonadamiento completo, hastael punto de ir a la cama; no pudiendo soportar por otra parte lapresencia de mi padre, ni las preguntas y cuidados de mis tías,porque todo me parecía horrible hasta la exageración. Tal vezcreyeron que mi mal era consecuencia de lo mucho que lloraba, puesque mis ojos no descansaban de día y noche; al mismo tiempo quealcanzaba a divisar por entre las amarguras de la desdicha, unatierna y hermosa esperanza: la de ser madre... ¡Ojalá que lohubiera sido conforme a los deseos de mi padre!... Sus cuidados pormi desconocida enfermedad no tuvieron límites: sus ternuras meagobiaban.
Mi alarmante estado no pude ocultarlo por más tiempo: el médicolo avisó a mis tías, y éstas luego a mi padre. La casa se puso enconflicto, y no se hablaba sino lo puramente necesario. Las miradasde mis tías eran lúgubres, y parecía que lamentaban una desgraciamucho mayor que la de mi muerte, aunque después comprendí que noera sino su propia vergüenza. Mi padre no me volvió a hablar, peroni a mirar siquiera; y en tal estado de temores y angustias sehabía pasado toda la semana.
Una noche me decidí a hablarle a mi padre: serían las doce de lanoche cuando entré a su cuarto a implorar el perdón de mis faltas,y a saber qué suerte era la que me esperaba. Atravesé todos loscorredores hasta llegar a la puerta sin causar el menor ruido,empujé, y la puerta cedió fácilmente; no alumbraba la vela con todasu claridad, porque tenía por delante el velador; las sombras quese proyectaban me representaban a mi padre mucho más grave ysombrío de lo que en sí estaba. Tenía los brazos apoyados sobre lamesa, y su rostro escondido entre las manos. Me estremecí de susto,compadeciéndome al mismo tiempo al pensar que yo era la causa de suabatimiento, y quise volver atrás, pero ya era tarde; seguí, pues,hasta el pie de la silla, sin que mi padre hubiese variado depostura. Yo me hinqué con la cara cubierta por el pañolón, yapoyando mi mano en el brazo de la silla, abrí mis labios, y conlos ojos anegados en lágrimas, imploré su perdón, diciéndole:
-¡ Padre!...
Y no pude continuar porque las lágrimas ahogaron mi voz.
-No tiene usted padre, me contestó el venerable autor de misdías; usted, ha despreciado mis paternales consejos; usted hapuesto los pies en la calle, como lo pudiera hacer una mujer sinpudor; usted ha corrompido una criada del servicio doméstico, paraque entrase en sus planes de allanar puertas y cometer otramultitud de faltas; usted, no respetando mi casa, ha dado motivopara que sirva de diversión a los desocupados de la cuadra, segúnlo he sabido después; usted, en fin, ha llevado su afrenta y la míahasta el punto de...
-¡Compasión, padre mío!... ¡Compasión a una mujerdesgraciada!...
-La sociedad no la compadece ni la perdona a usted, como tampocome perdona a mí, contestó con severidad mi padre.
-¿Y si yo, antes que una desgraciada mujer, hubiese sido hombre,y hubiera cometido el delito de robo o asesinato?...
-Eso lo olvida o perdona la sociedad sin dificultad alguna.
-Pero mi debilidad... mi inexperiencia...
-Eso no sirve de excusa ante el terrible e inexorable tribunaldel público.
-¿Usted me abandona entonces?... le dije a mi padre, y laslágrimas rodaban en abundancia por mis mejillas.
-A usted le queda un recurso, me contestó, haciéndome levantardel suelo; usted puede volverse a la casa materna... Venga ustedconmigo, que la voy a entregar a su madre.
Tomó mi padre su sombrero y su bastón, y me dijo que losiguiese. Yo no sabía lo que entonces me pasaba: lo seguíamaquinalmente, e ignoro si por cortesía o por cariño, o por unmovimiento involuntario, mi padre me ofreció el brazc para bajar laescalera. ¡Ultima fineza del autor de mi existencia, que conservograbada en lo más íntimo de mi alma!... En todo el trayecto de lacalle no me dirigió una sola vez la palabra, y cuando mi padre tocóa la puerta, al punto abrió mi madre, quedándose como petrificadaal verme.
-¡Mucho extraño la visita de mi hija, dijo mi madre conseriedad; porque como está tan en grande!...
-Pues ya vuelve a estar en pequeño, porque no ha tenido a bienseguir viviendo como señora.
-¿No se acomoda en su palacio? repuso mi madre.
-¡Se ha portado indignamente!... está deshonrada...
-No lo creo, caballero; no lo creo, ni aunque usted me lojure.
-Como usted lo oye... Hay pruebas de bulto, que ni ella mismalas podrá negar... ¡Vergüenza para la desdichada, para sus tías ypara mí!...
-¡Estando bajo la vigilancia de su padre, y de unas señoras tancuidadosas!... ¡Imposible!...
-Pero las influencias de tienda... los ejemplos de usted...
-Esos ejemplos, caballero, contestó mi madre con amargura, sonlos del que me sacó con engaños de la casa del honrado artesano queme dio el ser, y que me estaba educando en las prácticas de nuestrasanta religión. ¿Por ventura no se acuerda usted ya de los inicuosmedios de que se valió para sacarme de mi honrada casa?
-Eso no viene al caso... Lo que importa es que usted se hagacargo de su hija... Hay le dejo esos cien pesos para lo que se leofrezca... ¡Adiós!...
En las palabras que mi madre me dirigió no encontré tantaamargura como en las de mi padre, pero el repentino cambio en mivida parece que sí la molestó.
Agobiada por mis pesares, y fluctuando entre mil temerariospensamientos, me encontró la luz del nuevo día. Lamentaba ladesaparición de Emilio, pues que no lo había vuelto a ver, así comotampoco me había contestado ninguna de mis cartas, por lo cualsospechaba se habría ido de Bogotá, como en efecto habíasucedido.
No quise que me viesen mis vecinas, sino únicamente Feliciana,que lo pasaba entre la cama conmigo. Sentía todos los pasos,distinguía las voces de los conocidos, oía las piezas que tocabanen el piano, contribuyendo todo esto a que mi prisión me pareciesemucho más triste. Tenía motivos más que suficientes para volvermeloca: la desaparición de Emilio, mi repentina caída, la pérdida deun padre querido, y el advenimiento de un nuevo ser, que me llenabaa un mismo tiempo de esperanzas, de vergüenza y de ternura. Dosnoches pasé llorando; a la tercera, rendida ya por el peso de misdesdichas, me quedé dormida, pero soñando con Emilio, a quien oíatocar la guitarra admirablemente, cuando de repente me despierto yoigo al estudiante dándole una serenata a mi linda vecina, encompañía de dos amigos. ¡Ay de mí!... Si estos acentos llegan hastalas fibras más íntimas del corazón de la juventud, si los recuerdosse avivan en los viejos y la conmoción en los corazonesindiferentes y helados, ¿cuánto no sufriría yo, infeliz mujer,agobiada con el peso de tantas y tan inauditas desgracias?... ¡Ay!¡me parece que oigo todavía los desgarradores sonidos de losclarinetes y flautas! ¡Y, cosa rara! ¡cosa prodigiosa! la idea deljoven artesano era la que más se me representaba, y llegué afigurarme que aquella era la iluminación pura y legítima de miamor, borrada por una revolución anticipada de delirio; y esta solaidea me hizo aborrecer al amante teórico, al amante del cuarto delzaguán, elegido por mi fatal estrella en el frenético delirio demis ideas estrafalarias.
Quince días llevaba de meditar en mi triste situación, temblandopor lo que pudieran hablar de mí la gente de la cuadra y todos losque me rendían sus homenajes cuando estaba en la opulencia, y queahora se convertirían en los mayores verdugos de mi deshonra. Fuerade Feliciana, con la única que hablaba era con ñuá María delRosario; y después que lloró conmigo, conmovida de mis desgracias,le conté dos planes descabellados que había meditado: el de irme decriada con una familia que seguía para Ambalema, o el de meterme enlos páramos de Subachoque, esperanzada en las limosnas de loscarboneros; después de oírme atentamente, me dijo: que no hiciesetal disparate; que a su casita nadie arrimaba, por estar escondidaentre las peñas, y que allí podía yo ocultarme por el tiempo quetuviese a bien. Yo le acepté la propuesta, sin que lo supiese ni mimadre ni siquiera Feliciana.
Muy diversa me pareció esta habitación de lo que era la tiendadonde nací y de la que fue mi casa paterna. Pero la soledad, lapobreza y el abandono completo de la soledad era lo que más meconvenía, siendo este el primer día que respiré con desahogo, desdeque conocí mi crítico estado.
Estas peñas que ustedes ven levantarse al oriente, estas enormespiedras rodadas, y estas lomas de tan escasa vegetación, estafuente cristalina, y esta casita visitada por casualidad por algúnleñador, me hubieran hecho creer que me había apartado por lo menoscien leguas de Bogotá, si en las horas más silenciosas no hubieraoído el triste y monótono tañido de las campanas, que me hacíanarrepentir de mi vida cenobítica, prorrumpiendo en amargo llantopor la separación de mi madre.
El aseo de la casita y los modales y la finura de mi compañerame hacían la suerte medianamente soportable. La oía hablar siempredel temor de Dios y del cumplimiento de los mandamientos deldecálogo, la veía ejercitar las virtudes, sin hipocresía, rezabasiempre el rosario y sus devociones particulares, con tanta uncióny santidad, que yo no podía menos que conmoverme hasta el punto dearrepentirme de mis pasados errores, acostumbrándome a rezar conella, a sufrir con paciencia las escaseces y a hacer algunas obrasde caridad, y con ella fue que aprendí la virtud de la paciencia yde la conformidad, esperando en la posesión de una vida mejor, quese alcanza sufriendo con resignación las amarguras de ésta.
Para mi tiempo crítico había preparado María del Rosario unamujer inteligente, siéndome la suerte demasiado favorable. Unbellísimo niño fue el que di a luz, al que saludé con un torrentede lágrimas. ¡Oh! ¡si desde ese momento las madres guardásemos laslágrimas que derramamos por nuestros hijos, qué inmensa cantidad norecogeríamos!... Fue mi comadre mi benefactora misma, y al niño,bautizado en las Nieves, se le puso el nombre de Germán. Una nuevadesgracia tenía lugar para mí en ese mismo día, y era la muerte demi madre, de que no tuve noticia sino muchos días después, y laamarga pena que sentí, ya ustedes se la podrán imaginar. Yo notenía, pues, padre, ni madre; y esto fue lo que me hizo no apurarmepor volver a Bogotá.
Me había acostumbrado a caminar descalza, y con traje deestanciera, y a trabajar para mantenerme. Mi hijo crecía, y miúnica patria era este triste rincón o ermita, porque tal me parecíaesta estancia escondida entre los cerros, ignorada de todos, yvenerada por mí como el recinto de esas piadosas señoras que sirvena Dios en los conventos de Bogotá. Ya me conocían hasta en laschozas más lejanas, y aún en la aldea, con el nombre de Julia oJuliana, sin que se hiciese extraño el traje que usaba, común atodas las estancieras de la sabana.
Desde que cumplió Germán trece años, medité en la carrera quedebía seguir, y al mismo tiempo deseaba que no se ausentase de milado; resolví al fin que aprendiese la cantería con un maestro deintachables costumbres, que trabajaba en las inmediaciones. ¡Oh,cuántas veces el golpe de la almadana, confundido con el queproducía el lavadero, venía a formar el último eco en las profundascavidades de mi corazón! Era mi hijo un adicto al trabajo y muyobediente a su madre; pero no estaba libre de una de las mayorescalamidades de la vida. Fue asaltado un día, a las cinco y media dela tarde, por un piquete de soldados y un oficial. La intimaciónfue que se rindiese, e inmediatamente lo amarraron para conducirloal cuartel como recluta, llevándose, además, tres ovejas que habíaen el corral. No puedo explicarles a ustedes cómo me quedé en aquelinstante. No supe si era un sueño o una realidad lo que me estabapasando: el dolor y la sorpresa me anudaron la lengua, y cuando yapude articular, me dirigí al jefe con las siguientes palabrasnacidas del corazón, según fue la confianza con que laspronuncié:
-¿Cómo se llevan ustedes a mi pobre Germán, cuando es el únicoconsuelo de su madre?
-Es para sostener la causa del derecho y de la justicia, merespondió el oficial, quedándose muy tranquilo.
-¡Pero si mi hijo no quiere revoluciones, ni yo tampoco lasdeseo!...
-Pero los defensores del derecho sí las queremos.
-¿Y mis ovejas?...
-Son para sostener a sus defensores, porque es muy justo que sealimenten.
-Por Dios, señor oficial... ¿no le digo que yo no quierorevoluciones?
-No quiere usted ¿entonces que se reformen las leyes?
-Sí, señor; pero no por medio de las armas, porque los males quecausa una revolución son peores que una mala ley.
-Eso será bueno donde hay gobiernos constituidos, pero no en laAmérica del Sur.
-¿No es la Nueva Granada una de las Repúblicas que marchan a lavanguardia? Y suponiendo que haya muchos a quienes les guste larevolución, ¿con qué derecho obliga usted a Germán a pelear enfavor de una revolución que él no quiere ni yo tampoco? ¿Y por quése lleva usted mis ovejas, cuando yo soy una infeliz que no cuentocon más propiedades? ¿No es eso una atroz injusticia?... Yo he oídodecir que en las naciones civilizadas los que hacen revolucionestoman dinero a rédito, y levantan ejércitos de voluntariossolamente. ¿No es verdad, señor oficial?
-No admito discusión. ¡Soldados!... ¡marchen!...
Se llevaron a Germán, mis señoras, siguiéndole yo los pasoshasta ver a qué cuartel lo llevaban; mis gemidos y lamentos se oíanpor todas estas lomas. Yo le pedía por Dios al oficial que soltasea mi hijo; pero en vano, mis súplicas no fueron oídas. A los dosdías lo sacaron para la campaña, con su fusil al hombro, y yoregresé a esta choza, donde no dejé de llorar un sólo día.
¿No les parecen a ustedes guerras de salvajes estas que asuelannuestro país casi periódicamente? ¿No creen ustedes quedisminuyéndose así los dos millones y medio de granadinos, queanhelan el nombre de civilizados, marcharemos irremediablemente alsalvajismo en que yacen los indios del Orinoco y Caquetá?... ¡Oh,los salvajes!... ¡Entre ellos no hay luchas de padres contra hijos,de hermanos contra hermanos, de paisanos contra paisanos!... ellospelean de nación a nación, aun cuando es cierto que sus naciones otribus sean poco numerosas, y con sus enemigos no tienen lacrueldad de hacerlos pelear contra sus opiniones y gobiernos;porque antes se los comen, lo cual es menos bárbaro que loprimero.
Dios se sirvió escuchar mis ruegos, y un día se me aparecióGermán, casi desnudo, flaco y lleno de piojos, y con una herida,aunque muy leve; venía derrotado, y yo lo mantuve por cerca de tresmeses escondido en una cueva, mientras que pasó la guerra de loscivilizados granadinos.
Otro golpe terrible se me esperaba: mi superiora llevaba unasemana de enferma, a pesar de mis cuidados, los de Germán y lamujer que me asistió en mi enfermedad. Un día me llamó y me dijo:que ella conocía que su muerte se acercaba; que fuese Germán atraer dos testigos para que se hiciese un documento de cesión de laestancita en favor mío; añadió que ella no tenía quien la heredase,así como no había heredado a sus padres, aunque ricos, porque eraechada al hospicio; me dio cinco pesos para su entierro, haciéndomedueña de todo lo demás. Murió a los tres días: la lloré y acompañésu cadáver al cementerio, en donde alquilé por tres pesos unabóveda para depositar allí sus restos.
Yo les confieso a ustedes la verdad: después de colocados losrestos mortales de María del Rosario en un cementerio bendito, yono quería que los anduviesen removiendo por ciertos tiempos, comohacen en Bogotá, para lo cual ponen edictos en las esquinas.
Ya era yo la propia abadesa del monasterio. No tenía madre, nitenía padre, no tenía compañera, ni más doliente que mi Germán.Lavaba con el nombre y bajo la responsabilidad de ñuá Juliana laropa de varias casas de Bogotá, entre ellas la de la casa de donDiego, la cual recibe y entrega una buena mujer de la aldea. Yo hecontinuado rezando las mismas oraciones y devociones de la antiguapropietaria, como por una obligación sagrada. Doy de vez en cuandouna pequeña limosna a una infeliz estarciera, que ya no puedelavar, a consecuencia de un chancro que le salió en el pecho. Hagotodo el bien que puedo con mis obras y mis consejos. Los recuerdosde mis padres y de María del Rosario me embargan los sentidosdurante varias horas del día. Por fortuna pronto pude borrar de mimemoria a Emilio y al artesano, porque no hubo tiempo de que lasraíces del sentimiento se profundizasen en mi corazón. Vivo en pazcon todo el mundo; amo a mis prójimos, amigos y adversarios, yruego a Dios hasta por el oficial que me reclutó a mi hijo. Todoslos días me encontrarán en este mismo oficio: las aguas de estearroyo y los surcos de mi huertecita, son los que constituyen misubsistencia; estas breñas, que a ustedes les parecerán tal vezsombrías, me defienden contra mil molestias, salvo las de lossalvajes que de tiempo en tiempo despojan las haciendas y hasta laschozas más miserables, lo cual miran con indiferencia los señoresde las ciudades, tal vez porque los guerreros no se llevan loscanapés, alfombras ni librerías. Hoy tengo a mi lado estaindiecita, de trece años, que me sirve y acompaña, la cual eshuérfana, y está desheredada de la tierra, que le pertenecía comoherencia de sus mayores. Le enseño la doctrina cristiana, porque esuna sagrada obligación para con estas infelices criaturas, quellevan el nombre de criadas, si no queremos criar paganas a nuestrolado. ¡Pobre María!... ¿Me creen ustedes que ni aún siquiera seafecta cuando le hablo de la independencia de su nación, y del oroy galas con que se adornaban las señoritas Neuques, Quinches,Combas y Guantivas? ¡Qué coincidencias las de la miseria, misseñoras! ¡María del Rosario abandonada de sus padres, Juliadespedida de la casa por su padre y María Neuque despojada de sutierra por los conquistadores españoles, por los legisladoresliberales y por los magnates y agiotistas de su pueblo!...
Esta es mi historia, mis señoras; la cual nadie habría sabido,si ustedes no me hubieran visitado; dispénsenme lo cansado ydisparatado de mi narración y las comparaciones y recuerdos quehaya podido suscitar en ella, porque no es posible hablar en ordencuando el corazón está agobiado por los pesares.
-Mil gracias, doña Julia, le contestó Irene a la historiadora:usted nos ha referido sus memorias por complacernos, y le quedamossumamente agradecidas.
-Dispensen todas las faltas, mis queridas señoras.
Levantada la sesión de la orilla del lavadero, las señorasfueron conducidas a la casita, y allí tomaron frutas de la mismahuerta, y unos bizcochos que las señoras habían llevado. Quisieroncoger unas flores, y quedaron sorprendidas al ver los palos secos ylos surcos de papas completamente arrasados, donde un día antes seextasiaba el corazón contemplando tanta verdura; admirada Arceliaal observar este repentino cambio, no pudo menos que preguntar:
-¿Qué se hizo la sementera de papas?
-Se la comió el muque, contestó la estanciera.
-¿Algún animal de los páramos, más grande que las dantas y losvenados?
-Unos gusanos de menos de una pulgadas de largo. -¿Y siendo tanpequeños, hacen tanto daño?...
-Sí, mi señora, tanto daño así. Suelen aparecer un poco antes deque la turma esté en flor, y en uno o dos días devoran sementerasde una o dos fanegadas en cuadro.
-¿Y conoce usted el origen de esa plaga infernal? preguntó laseñorita Arcelia.
-Nadie sabe de dónde proviene, ni aún los propietarios, queaprenden a sembrar papas y trigo, por los métodos que aconsejan losperiódicos y manuales, como lo hace don Diego.
-Es seguro que procederán de alguna mariposa, dijo Irene, perolos naturalistas debieran conocerla, para clasificarla, como estánclasificadas las conchas antediluvianas.
-Nada, mi señora, por aquí ha pasado un señor que anda siempreen cacería de los saltones y mariposas, y yo le pregunté estamañana, y no me dio noticias. ¡Pobre! según las trazas que tieneparece estar jubilado...
-Ese es Pablo, mi hermano, contestó Arcelia; y él se tiene laculpa de que los estancieros lo miren poco más o menos, y hasta talvez los hacendados, por estudiar las ciencias naturales en un paísen donde no se estima sino la política, las artes de socaliñas y lacarrera de los empleos. ¡Y dicen que estamos muy civilizados!...-Perdone usted, mi señora, que yo no lo conocía. ¡ Pobre!... Yo ledi las noticias que me pidió y unas flores de mi huerta.
-¡Cómo siento que esa plaga le hubiera devorado su sementera!exclamó Irene, llena de tristeza.
-¡Paciencia, mi señora! ya usted ve que otra plaga me dejó sinovejas.
-Los salvajes, interrumpió Arcelia; pero algún día se hallará elremedio para ambos males con el estudio de la naturaleza y de laverdadera ciencia de la política, que consiste en asegurar laspersonas y las propiedades de los asociados.
-Quién sabe, mi señora, continuó la estanciera; pero yo lapérdida la siento por no haber podido ofrecer un plato de papasarrayanas al pobre de mi hijo, que le gustan tanto. Estos regalos,que yo arranco de las entrañas de la tierra con mis propias manos,para mi idolatrado hijo, creo que suplen a los jugos de lalactancia, porque el día que se come Germán una mazorca de mihuerta, me parece que lo estoy arrullando sobre mis rodillas, y quelo acaricio en mi seno. ¡Oh!... ¡los misterios de la maternidadjamás serán bien conocidos y venerados!
La señorita Arcelia guardó unos gusanos, de los que aúnpermanecían en los tallos de las matas de papas, dentro de unfrasquito, para llevárselos a Pablo, y ambas señoritas sedespidieron de Tulia con abrazos y mil protestas de finaamistad.
Cuando bajaban de la loma las viajeras, una tras otra, a causade que la senda era sumamente angosta, le dijo Arcelia a sucompañera:
-Es rara, pero nada tiene de imposible la historia de Tulia: séuna muy parecida. Lo que me parece exagerado es eso de lasnovelas.
-Yo te digo la verdad, Arcelia; les he cogido miedo desde que mepasó un acontecimiento con Santiago, y no leo los libros que mimadre, mis hermanos o el prelado eclesiástico me hayanprohibido.
-¿Cómo fue lo de Santiago? ¿me dices?
-Pasó de esta manera: cierto día me dijo Sixto que una novelaque Santiago me había dado para leer era inmoral, y como yo no selo creyese, me aconsejó se la prestase a las hermanas de Santiago,y esperase los resultados, porque al comenzar la lectura, él mismome avisaría, y yo quedaría convencida. En efecto, les di el libro;no pasó mucho tiempo sin que Sixto me convenciese de la verdad desu dicho: Santiago se puso furioso; les prohibió el libro a sushermanas, diciéndoles que era una de las novelas más corruptoras einmorales que podían darse.
-¡Hola! ¿con que quiso corromperte a ti, si es que el librotenía tales cualidades, y a él no le gustaba que sus hermanas secorrompiesen?
-Pues de eso me parece que hay algo por dondequiera.
-Algo, Irene; ¿y sabes que me está haciendo entrar en cuidadosla tal historia?
El encuentro de las señoritas con Ruperto, que también seacercaba a la aldea, pues venía de hacer un paseo solitario, lesinterrumpió a las señoritas sus observaciones, y todos juntos sepresentaron en la posada de Irene, cuando ya se trataba de comer.Nada hubo de particular en la crónica de la tarde sino lospreparativos para un famoso paseo al sitio llamado "LaCharca", que es una especie de cascada que forma un arroyoal atravesar el encumbrado cerro que domina a Chapinero.
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