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CAPITULO XIII
JUEGOS DE PENITENCIA

La noche del día primero de Pascua no se presentaba demasiadofavorable. El cuadro veterano de los colombianos se resentía de lastrasnochadas: Ricardo, Aníbal, Sixto, Jacinto, Ruperto y lospepitos adjuntos se habían ido para Bogotá, y Pablo gustaba más decazar mariposas que a las bellas hijas de los colombianos. Demanera que las muchachas se hallaban tristes, aunque no lo queríanconfesar.

Se encontraban todas las familias en casa de Arcelia, pero nadase trataba que dijese relación con el programa de los aguinaldos.Era increíble la división que se notaba: Arcelia se hallaba en sucama, leyendo por tercera vez la Extranjera; Irene no hacía sinopensar en la defección de Santiago; don Diego, don Toribio y elcapellán hablaban de la política.

-No hemos podido constituirnos en los cincuenta años quellevamos de independencia, decía don Fermín, porque no hemosabrazado la república genuina, porque no le hemos dado al pueblotoda su libertad, hasta eliminar el código penal y los últimosrestos de la teocracia.

-Nos están degollando y saqueando cada rato, decía don Elías,porque se ha dado más libertad al pueblo de la que es capaz decomprender y soportar, en el estado de ignorancia en que sehalla.

-No consiste sino en la forma de gobierno que no se haperfeccionado, decía don Pablo.

-¡Eso no! contestó don Elías, porque en el Brasil, cuyo gobiernoes monárquico, hay libertad, plata y una paz octaviana: concualquiera forma de gobierno se vive a gusto, con tal que hayabuena fe en los mandatarios.

-¡Oh, pero los principios!... exclamó don Fermín.

-Qué principios, ni qué fines, ni qué alcachofas, dijo doñaPacha. Con buena moral que hubiera se podría gobernar bien y darpaz a los pueblos, y llámese a la ley, o el partido, o laconstitución. Los hombres son los que han de ser buenos, que lo queustedes llaman principios, eso no quiere decir nada, porque niustedes mismos los practican. El principio que está en boga es:"Quítese usted para sentarme yo".

En otro rincón se oía la siguiente conversación:

-¡Juego! dijo don Diego.

-¡Juego más! contestaba el capellán.

-¡Más! decía don Toribio.

-Juego solo.

-¡Juego más! solo...

Adelaida y Susana entraron en esos momentos, después de fumarsus tabacos al aire libre, para que la humareda no molestase a losconcurrentes, y al ver el desorden en que se encontraba la sala,dijo Susana:

-¡Valiente ocurrencia la de Arcelia! ¡entretenerse leyendonovelas insulsas, en lugar de divertirse con lo presente!

-Es mejor leer La Extranjera que soportar la política y eltresillo a estos viejos colombianos que forman el cuadro de lossuplentes. ¡Vean ustedes qué linda gracia! Estoy segura de que ahíles amanece, sin acordarse don Toribio que tiene esposa, a quienestá trasnochando...

-Disponga usted de mi persona, bella señorita, exclamó donToribio, que estaba escuchando, como una reina dispone de lavoluntad del más humilde de sus palaciegos.

-Yo no quiero floreos, sino que no nos tiranicen con la políticani el tresillo.

-¿De qué quiere que tratemos, pues?

-De realidades, de bailes, adivinanzas, de algo que nosdistraiga.

Irene, cansada del tedio y la murmuración, gritó con enfado:

-¿Por qué no bailan?

-¡Pues a bailar! gritó don Elías.

-¡Sí! ¡sí! repitió don Fermín, levantándose de su asiento ysacando a Irene para una polka, que Pablo estaba tocando en laguitarra.

-Lo que tiene es, dijo la favorecida, que hoy, por andar por laslomas con Arcelia, se me atravesó una espina en un calcañal.

-En el corazón me parece que es donde la tienes hace dos días...Y tú, Adelaida, ¿no me honras bailando conmigo esta pieza que estántocando? Escucha, ¿qué cosa tan linda?...

¡Ay!... don Fermín de mi alma... que tengo un callo tanirritado... como el candidato que no logra sus empeños.

-¡Ya lo ven!... Están hablando de patriotismo, y ustedes son lasmás egoístas que hay en el mundo.

-Pero no sólo de pan se alimentan los hombres: hay tantos modospara alegrar el rato en una tertulia, que más no se diga, repusoJustina.

-¿Juegos de prendas o penitencias les gustan? dijo donElías.

-¡Bueno! ¡bueno! Juguemos el del repollito, contestó el capellándesde lejos.

-¡Ese no! contestó Margarita, porque es únicamente pasivo.

-El juego de la clueca, dijo el capitán.

-Tampoco, replicó la misma, porque es demasiado ejecutivo, y amí no me gusta que se me prendan de la cintura, si no es cuandoestoy bailando.

-La maluca, dijo Pablo.

-¡Bueno! dijeron las señoras, y todos se fueron sentando en elsuelo, entreveradas las señoras con los caballeros, y se cogieron,asegurando todas las manos derechas y todas las izquierdas paradejar libre la acción de ponerse en contacto, y de pasar un dedalpor todas las manos, que era la maluca designada.

Don Fermín era el que buscaba la maluca por primera vez, y encuclillas en medio de la rueda, echaba mano con suma rapidez a lamano que sospechaba tenía oculta la maluca, y errado el golpe, losde la rueda decían:

-Ande la maluca: ande la maluca: se fue la maluca: coja lamaluca.

Y después de observar don Fermín como el águila, con el ojoagudo y perspicaz, gritaba:

-Pare la maluca, lanzándose de repente sobre la mano que leparecía la tenía, y por fin, a pesar de mil tentativas, que las máseran evitadas con trampa, escondiendo momentáneamente la maluca,logró cogerla en las manos de Irene el que llevaba el juego, porquese había quedado pensando en la empanada del día de Nochebuena.

Irene se puso de rodillas, y extendiendo la mano a todos lospuntos de la rueda, con suma velocidad, logró muy pronto salir desus apuros, dejando empeñado a don Toribio de la Paz.

A la maluca se siguió el juego de apurar una letra, conpenitencia. Escogieron la B, y allí salieron las columnas enterasdel diccionario por la pinta de una misma letra inicial. Tirábaseleun pañuelo al más descuidado de todos, con esta dirección:

-De La Habana ha venido un barco cargado de... Y el agraciadodecía:

-De botas, por ejemplo.

Así fueron saliendo todas las palabras del caso: de bobas, debeatas, de bestias, de bausanes, de batatas, etc., etc., hasta quealguna se equivocaba, por decir una palabra que no se escribía conB, o porque se le enredaba la lengua y no podía decir nada atiempo; y luego que todos perdieron, a excepción de don Sixto y donToribio, que estaban muy diestros en la materia, los hicieronperder con el "tira y afloja", siendo este elmétodo más sencillo para que ninguno se escape, así como se leshace perder el prestigio a los presidentes, y a veces hasta lasilla.

Se habían recogido las prendas en el sombrero de Sixto, ycomisionado el capitán para imponer la penitencia, dijo después desacar la prenda muy en oculto:

-Si es hombre, que conteste al oído; si es mujer, un |, un |no y un |qué sé yo.

Publicó Arcelia la finca, diciendo:

-Una sortija que tiene por timbre un corazón traspasado, conestas dos palabras, en letras casi imperceptibles:"secreto y fidelidad".

-Que se remate la finca para aumentar los fondos del paseo demañana, dijo don Elías, si no tiene dueño, viendo que nadiereclamaba la sortija.

-Esta sortija es de Ruperto, dijo Irene, porque justamente yo lahe tenido puesta en el dedo del corazón, que es el único en que meviene.

-Es mía, dijo Susana, sin que nadie le negase la propiedad.

-El pelo de la trenza es exactamente como el de Adelaida, dijodon Fermín, mirándola por encima de los anteojos.

-El caso es por lo menos dudoso, contestó el capellán, y en casode duda: |judicium suspendere debemus.

-Esta sortija es misteriosa, dijo el capitán; esto es todo loque hay en el caso.

-¿Pero diciendo yo que es mía?... repuso la cándida Susana.-Pues que cumpla la penitencia, dijo el cura: porque |nisipoenitentiam egeritis morte moriemini.

Se retiraron Pablo y Virginia a poner en ejecución la sentencia,y después de varias consultas al oído, preguntó Pablo:

-¿Qué dice, Susana?

-Que |.

-¿Ahora?

-Que |no, contestó la misma.

-¿Y ahora? volvió a preguntar Pablo, después de una consultasecreta, mucho más larga que la anterior.

-Que |qué sé yo.

-A la primera pregunta, es a saber, |que si quiere aSixto, dijo Pablo, ha contestado Susana que |; a lasegunda, |que si quiere al capitán, que |no, y a latercera, que si quiere al capellán, que |qué sé yo.

Sacó su finca Susana, y se siguió adelante con la calificación,imponiendo por penitencia el accionar por mano ajena.

-Esta caja de polvo, ¿de quién es? dijo Arcelia.

-¡Mía! contestó el capitán, y salió con denuedo a la mitad de lasala. Entre Adelaida y Susana lo envolvieron en una colcha dezaraza, lo hicieron subir a una silla, y accionando Irene pordebajo de los brazos del capitán, éste dijo lo siguiente:

"Tiernas palomas que habéis emigrado en pos de losprados y bosques de Chapinero; jóvenes dichosos que amáis lasencilla naturaleza de los campos; compañeros míos en las guerrasde Colombia: los momentos dela dicha son pasajeros; brillen lasauras del amor, y que éste sea coronado por la mano de la dicha...¡Confederados! ¡viva el amor!...".

-¡Viva!... exclamaron todos los hombres, inclusive el doctor, ysaltando el capitán de la silla, fue derecho a continuar lasejecuciones.

Impuso don Elías por penitencia un verso, un refrán y un dicho,y levantando Arcelia en alto una sortija de diamantes, fuereconocida por la joven Adelaida.

-¡Qué hago yo! dijo Adelaida, que yo no sé versos.

-Más que oraciones, le dijo Lucinda.

-Pero si cuando es necesario parece que se evaporan todos.

-¡Verso! ¡verso!... gritaba el capitán.

-Uno cualquiera, le decía Susana.

Por fin se le ocurrió a Adelaida el siguiente cuarteto:

Ven muerte tan escondida

Que no te sienta venir,

Porque el placer de morir,

No me torne a dar la vida.

-¿Dedicado a quién? le preguntó don Fermín.

-A la muerte.

-¿Por refrán? dijo Susana.

-La paciencia lo vence todo.

-¿Por dicho?

-A lo hecho pecho.

Cuando todos cumplieron la penitencia que se les impuso, elcapitán pidió el juego de "gorrión, gorrión", yen el instante hizo formar la rueda.

Intercalados los hombres con las señoras, y puestos todos depie, les puso el capitán a cada uno de ellos un nombre de las avesmás conocidas. A Adelaida le puso viuda de los Andes, a Arceliamirla blanca, a Irene tomineja, a Susana paloma, a Margaritatorcaza, a Justina copetona, a Virginia cardenal, a doña Pachalechuza, a doña Tecla gallina de monte, a doña Marcelina guala, adoña Salustiana garza, y por este estilo a las demás.

A los hombres los confirmó con nombres bastante análogos a susfiguras o carácter, comenzando por don Toribio, a quien le puso elnombre de pato, a don Fermín grullón, a don Elías, pavo, a donObdulio, gavilán, a Sixto, chirlobirlo, a Pablo, cucarachero, alcapellán, bababuy, etc., etc. Después de esto cogió un pañuelo enla mano el mismo don Elías, y torciéndolo un poco para dar elejemplo y la señal, le dijo a Irene que saliera a sufrir su carrerade baqueta, y comenzó a correr tras de ella por el lado afuera dela rueda, gritando a voz en cuello:

-¡Gorrión! ¡gorrión!...

-¡Señor! ¡señor!... decía la tomineja, y corría escapando, sinque le pudiese tocar ni las plumas siquiera.

-¿Fuiste al monte?

-Sí fui.

-¿Qué viste?

-Una ave.

-¿Qué ave?

-Un pato, dijo la inquieta tomineja, y recibiendo del capitán elpañuelo, empezó a correr tras de don Toribio, el cual nunca seapuraba por nada de esta vida, y le dio una azotaina terribledurante el interrogatorio, hasta que por fin dijo que había vistouna paloma.

Al instante levantó el vuelo la paloma, y no la volvió a ver donToribio hasta que fue terminado el interrogatorio, diciendo Susanaque había visto un bababuy.

-¡Bababuy! ¡bababuy!... dijo Susana, esforzando su carrera, y alas dos vueltas en rededor del círculo, alcanzó al capellán y selos pegó en represalia por las penitencias del confesionario,descargándole numerosos lapos, a la voz de:

-¡Gorrión! ¡gorrión!... ¿Fuiste al monte? y continuabadiciéndole Susana:

-¿Fuiste al monte? ¿fuiste al monte? y los lapos no vagaban.¿Qué viste? ¿qué ave?

-Una torcaza, dijo al fin el capellán para descanso y aliviosuyo, y tomando el pañuelo, comenzó el interrogatorio y el miserereen la misma forma:

-¡Torcaza! ¡torcaza!...

-¡Señor! ¡señor!...

-¿Fuiste?

-Sí fui.

-¿Viste?

-Sí vi.

No hay para qué decir que el capellán se anduviese durmiendoahora que le tocaba poner en penitencia esas formas voluptuosas desu hija de confesión. El lapo zumbaba sin misericordia, hasta quevino al suelo la penitente con motivo de un tropezón que ella nopudo evitar, pero levantándose con rapidez y respondiendo qué avehabía visto, quedó Margarita metida entre la rueda, después dedecir que había visto un gavilán; el gavilán, que una gallina y lagallina un grullón, y así fueron todos saliendo, sin que ninguna sequedase sin su carrera de baqueta, hasta doña Pacha y dota Tecla,que también la llevaron muy. buena, lo mismo que las muchachas sela habían llevado de la mano de todos los señores.

Todas las gentes estaban fatigadas, y mientras que se recobrabanlas fuerzas, salió don Fermín con el capitán a representar el juegodel hermano Coclí, que se ejecuta entre dos duelistas, a quienesvendan los ojos para que el uno vaya a coger al otro. Y aquello esun primor, al ver las muecas del ciego, las carreras y lasrevueltas, pues el que es buscado da sus palmadas y retrocede, oavanza, y el que busca extiende los brazos y hace por coger a suenemigo: todo aquello muy bien compensado con la risa, los gritos yaplausos del pueblo que se divierte alta y poderosamente con lapantomima, como cuando hay una pareja que está ciega de amores enla cuadra, y obsequian al público, que no está con los ojosvendados, con una que otra diversión en la semana.

Don Elías, seco y con unas piernas demasiado largas, y donToribio muy grueso y muy recatado para andar, tenían a losconcurrentes en extrema diversión con sus muecas y ademanes, yhabiendo tenido Margarita la ocurrencia de descubrirle los ojos adon Toribio, le aconsejó en secreto que siguiese haciendo su mismopapel, y entonces la grita y la rechifla fue mayor, durando donElías como un cuarto de hora sin poder coger a su antagonista, ycon razón, porque el uno veía y el otro no, hasta que se le ocurriódescubrirse, y vio que habían estado burlándose de su persona muy asu sabor, y saliéndose sin sombrero, porque no lo encontró depronto, se fue para Bogotá, dejándole de paso a don Toribio de laPaz uno de sus guantes.

Se siguió después el |achachay aguacerito, cuya graciaconsiste nada más que en abrazarse las gentes, para lo cual formanuna rueda, con el cuidado de ir intercalados las señoras y loscaballeros, y empiezan a dar vueltas cantando:

Achachay aguacerito,

No me acabes de mojar,

Que yo soy un pobrecito

Y no tengo qué mudar.

En seguida canta uno solo un verso, en penitencia de no haberandado vivo a buscar unos brazos libertadores, y luego dicen todoslos de la rueda:

Dicen que nos sentemos

Y nos hemos de sentar;

Dicen que nos arrodillemos

Y nos hemos de arrodillar;

Dicen que nos paremos

Y nos hemos de parar;

Dicen que nos abracemos

Y nos hemos de abrazar;

Fue prodigiosa la ligereza con que se abrazaron todas lasparejas, quedándose célibe únicamente el pobre de don Fermín,porque no pudo encontrar unos brazos que quisiesen asociarse a losde él, ni aún para evitar el peligro común: bien que en cierto modotuvo la culpa, porque habiéndosele presentado doña Pacha en elconflicto, hubo de rechazarla por abrazarse con Justina.

No paró esto en la burla solamente, sino que tuvo don Fermín,además de esta pena, que cantar su verso, y vuelta con el |achacháy.

Después de unas tantas repeticiones del mismo juego, se dio porconcluido, siendo de advertir que el capellán no se quedó solo enninguna de las ocasiones, así como tampoco don Sixto.

Mientras que pasaba el secreto a voces, se habían salido Susanay Adelaida a fumar sus tabacos, que habían dejado comenzados, y launa le preguntó a la otra:

-¿De dónde hubiste la sortija que diste en prenda?

-Pues te diré, que anoche la dejó el duende caída al pie de lamesita.

-¿Y cómo no me la diste?

-¿Y sabía yo que en esto había algún secreto tuyo, o de tuhermana o de alguna otra persona?... Y que la esquela que había enla mesa estaba escrita en signos ininteligibles para que mepudiesen dar una luz acerca del enigma. Y yo espero que el asuntose aclare para entregar la sortija.

-Bien hecho, Susana.

Sonó a este tiempo un golpe de música en la plazuela, y lasmuchachas dejaron sus asientos, donde jugaban al secreto a voces,dejando allí abandonados a los colombianos, y salieron al corredorcon velas encendidas, y cuando la música hubo cesado, aplaudierontodos con ruidosos palmoteos, gritando los músicos desde lejos:-¡Vivan las hermosas de la sociedad de Chapinero!...

-¡Vivan las familias confederadas!

-¡Viva la gratitud! ¡Viva la amistad! ¡Viva el amor!...

Estos fueron los gritos que se oyeron en voces más o menossostenidas y firmes; a poco rato entraron los músicos a la sala ycomenzaron a tocar una lindísima contradanza, lo que no pudo pormenos que entusiasmar a todas las muchachas, que llevaban el compáscon el movimiento de los pies, las figuras con las palpitacionesdel corazón, y la dicha con toda la grandeza de las ilusiones. Porfin se acercaron los cachacos de la serenata, que no eran otros quelos de la tertulia, los cuales, después de saludar, sacaron parejaspara la contradanza:

Doña Pacha y la señora Tecla, que de todo se admiraban, y detodo querían sacar partido para sus críticas, las más vecesinjustas, se habían juntado en un rincón con la señora Jacinta, yhacían crujir las tijeras más que un maestro de sastrería uhojalatería.

-¿Ya lo ven? decía doña Pacha, ¿qué desaire tan grande el queles han hecho a los pobres señores?... No habían de ver más que sino fuera por don Fermín y don Elías no había libertad paranadie.

-¿Y qué ha sucedido, pues?

-Que antes las habían citado a bailar, y todas resultaronfísicamente impedidas, y luego que estuvieron sentados en el suelolos caballeros, no con poco trabajo para agacharse, dispuestos parael secreto a voces, ellas dieron el salto como bandadas de palomaspara ir a escuchar la serenata de los cachacos, dejándolos en elpuesto, sin hacer más caso de ellos, como tiestos de loza fina, quese dejan en las hornillas cuando se traslada la gente de una casa aotra.

-Para ellos ya pasaron sus tiempos, mi señora Pacha, dijo doñaTecla, y muy buenos que los disfrutaron sin haber revolucionesdespués de la guerra magna; déjelos usted que se chupen ahora losdedos en memoria de sus pasadas glorias, desempeñando su papel desuplentes, que algo les ha de tocar por tablas, aunque sea uncoqueteo de dientes para afuera.

-¡Y esa gana de bailar que no se les acaba!... Debían estartodas en cama, porque ya llevan diez días sin descansar. Adelaidaes la que parece que baila por no dejar.

-Para eso es tiempo de pascuas, dijo doña Jacinta, para que sediviertan y estén a su gusto.

-Pero no haciendo desaires.

-Es la suerte de los suplentes. Los colombianos se quedanarrimados en presencia de los pepitos. ¿A qué usted si fuera librepara sacar pareja, no bailaba con otro que con Sixto, cuándomenos?

-Sí, señora doña Pacha, a rezar no fue a lo que los trajimos aChapinero, que para eso en Bogotá no falta mes de María, y cuarentahoras, y misas todos los días. Con que bien hecho, que para eso sonmuchachos. Y no sé por qué los aguinaldos nos alegran tanto: debeser por los voladores, los repiques, la música y los bailecitos,porque lo cierto es que la gente se pone toda de muy buenhumor.

Hubieran querido las gentes del baile que la claridad del nuevodía se hubiese convertido en una noche consecutiva; y Ricardo, quehabía tomado mucho, parándose en el corredor, exclamó:

-¡Oh sol, detente sobre el Chingaza! Oh luna, detente sobreBojacá, como un nuevo Josué que desease terminar alguna batalla.

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