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CAPITULO XI
ESPANTOS

Después de la cena, o el almuerzo, o como el lector quierallamar la función gastronómica que siguió a la misa de laNochebuena. hubo un intermedio de media hora para no bailar, nitocar, ni cantar, ni causar ruido de ninguna naturaleza, con elobjeto de dar treguas al sueño que todos los beligerantesnecesitaban: entre ellos y ellas, porque todos se reconocían hijosde la misma humana naturaleza, había partidarios de la paz, comodoña Pacha y doña Tecla, y las demás señoronas, y los pobrescolombianos, que se habían quedado por ahí doblados en losasientos, sometidos al armisticio de muy buena voluntad, de lo cualdaba pruebas de bulto don Toribio, con sus frecuentes ronquidos,ásperos como los de un estrombón en una música de baile; perotambién había partidarios de la guerra, pues el amor nunca duerme,como lo habrán oído decir nuestros lectores, y don Ricardo, quesostenía el principio de que el baile es una representacióndramática de amor, no estaba por perder dos horas en el caos delsueño, sabiendo que el tiempo es |amor más bien que |dinero, como dicen los ingleses, y cogiendo la tamboracomenzó a tocarles a todos lo más cerca que pudo, y se dio sustrazas de organizar la música y romper las hostilidades con unapolka, gritando a voz en cuello:

Esta noche es Nochebuena,

Noche de no dormir...

-¡Arriba! ¡arriba! ¡pastorcillas naturalizadas en Chapinero!

Adelaida y Susana no quisieron volver con la familia a la casade la función después de la misa de gallo, por ir a dormir a suquinta unas dos horas a todo su gusto. Cuando llegaron, se quedaronsorprendidas al ver la gran reja de la puerta principal de laquinta abierta de par en par, y aunque gritaron, al poner sus piessobre el terraplén de la escalera, no hubo quién acudiese a su voz,solo Fígaro, que se apareció bostezando a darles la bienvenida.

-¡Pobre Fígaro! le dijo Adelaida, dándole unas palmaditas en lacabeza.

Fígaro, por toda contestación, gruñó de una manera agradable,meneó la cola y se empinó para recibir el completo saludo de suseñora Adelaida, que consistía en un bizcochuelo cubierto que lehabía traído muy guardado entre su pañuelo.

La quinta no estaba iluminada en aquella hora tan avanzada, sinoúnicamente por los rayos de la luna, que ya no alumbraba sino enlos tejados y en las copas de los árboles más elevados. El silenciono era interrumpido sino por el ruido monótono del agua que caía ala pila y por algunas ranas de las que suenan como campana en losaljibes de Bogotá, a tiempo que una lechuza dejó percibir su gritofunerario desde la encumbrada chimenea de la cocina. Los solitarioscamellones de la quinta hubieran dado seguros motivos de espanto,aún a aquellos sacristanes que se hayan envejecido entrando a lospanteones y cementerios a cualesquiera hora de la noche. Lasapariencias eran sumamente medrosas, y debían serlo en extremo paralas dos inocentes señoritas que atravesaban a tales horas por entreaquellas lúgubres decoraciones, tan propias de las escenastrágicas. Pero en Susana era natural la impavidez y el valor moralpara sobreponerse a todo, y al fin las amigas llegaron al corredoralto de la puerta principal, la cual se abrió con un espantosochirrido de sus goznes de fierro, los cuales retumbaron a lo lejospor todos los abovedados de la casa.

Aun no se había consumido la luz de la lámpara que doñaMarcelina había dejado encendida, y con sus amortiguados reflejosvieron desprenderse de la orilla de una mesa que quedaba distante,una sombra o una realidad, y desaparecer instantáneamente por entrelas hojas de la puerta-ventana más inmediata.

-¡Un ladrón!... exclamó Susana, retrocediendo hasta labaranda.

-¡Un espectro!... gritó Adelaida; porque si fuera un entehumano, Fígaro lo habría sentido, y a la hora de esta tendría laquinta en la mayor confusión con sus latidos: ¡y las dos solas!...¡Qué horror!... ¿Y si están los otros por ahí escondidos entre lasalcobas? -No creo que sea nada, dijo Susana, reponiéndose de suprimer asombro. Yo me atrevo a registrar toda la casa, porque a míme enseñaron a perderles el miedo a los falsos temores. No haynada, mi querida Adelaida. Ya lo verás.

-¿Te atreves a entrar tú sola?

-Ahora verás, dijo Susana, y cruzó de extremo a extremo toda lapieza y viendo un papel sobre la pequeña mesa de caoba, abandonadopor la fantasma, se impuso de su contenido, que era elsiguiente:

"Nunca debe juzgarse por las apariencias".

Había, además de esto, una esquela comenzada en signosdesconocidos y una sortija al pie de la mesa, y guardando todo conmucho disimulo, continuó Susana la requisa, rebullendo cómodas ytaburetes, y metiéndose en las alcobas; luego se volvió en busca desu amiga, y ésta, siempre temerosa, la convidó a cerrar la granreja de la puerta.

-Yo sé que no hay ladrones en la quinta, dijo Adelaida, cuandoregresaron, y no por eso dejo de estar sobresaltada.

-¿Crees en espantos? le dijo su amiga, sentándose en el canapé.Ven acá y escúchame, y verás que nada hay de todo lo quecuentan.

-Hay algo, Susana; no te quede duda.

-¿Pero de qué, y para qué, y de qué naturaleza?

-No sé, pero hay algo.

-¿De parte de Dios o del diablo?

-Será de Dios, desde luego.

-¿Y se ha logrado algún beneficio con estos prodigios que sellaman espantos? ¿Se han dejado de ir a las manos los ejércitos delos cristianos? ¿Se han abandonado las doctrinas perniciosas? ¿Sehan hecho descubrimientos útiles para la humanidad?

-¿Pero de tantos hechos como se habla?

-Es que no se examina nada, Adelaida; es que no hayfilosofía.

-No sé cómo será eso, porque aun cuando la doctrina nos manda nocreer en cosas supersticiosas, y los filósofos enseñan que nada secrea fuera de los hechos naturales, pero hay testimonios que una nopuede dudar acerca de las apariciones y los espantos, y en estosdías hay periódicos que hablan de los milagros del mesmerismo.

-Si el mesmerismo diera los resultados de que tanto se habla, yahubiera progresado; por lo demás ya te he dicho lo que hay.

Susana le volvió a repetir a su amiga que no creyese enespantos, y animándola a que entrase a dormir, se acostaronvestidas en un canapé de la sala, y rendidas ya por las muchastrasnochadas, pronto se entregaron al sueño.

A las siete mandó doña Eulogia a Ruperto a que llevase a Susanade la quinta, y habiendo encontrado abierta la puerta, que elhortelano había dejado de par en par, subió todas las gradas, y alpasar por una puerta-ventana, que tenía únicamente cerradas lasvidrieras, alcanzó a ver a las dos amigas, que estabanprofundamente dormidas. Un mundo nuevo que se hubiera presentado asu vista, no lo habría dejado más admirado. El sol, traspasando lasvidrieras, iluminaba aquel bello cuadro de la amistad, de labelleza y de todos los encantos admirables del universo. Las doscaras se habían quedado unidas ligeramente, los rizos de pelo de laincomprensible Adelaida, que era la de la orilla, caían casi hastael suelo; el brazo de Susana, después de pasar por debajo delcuello de la primera, volvía sobre su seno, y la mano, adornada dediamantes, se movía con la respiración de la propietaria de laquinta, que a la verdad no era tranquila.

La quietud amorosa de las amigas; la profunda soledad quereinaba en todo el salón; los atractivos celestiales de Adelaida:¡oh! todo era para dejar abismado aún a aquél que tuviese apenas lafacultad de sentir, tanto más a un joven de corazón como Ruperto.Por algunos instantes se quedó con los ojos clavados en elinapreciable tesoro que la casualidad le había deparado, y ni aúnse animaba siquiera a moverse, hasta que vio que Adelaida seestremecía, y entonces, como movido por un resorte, también seconmovió, y a sus oídos llegaron estas misteriosas palabras que ensu sueño pronunciaba Adelaida:

-¡Infiel!... Un año entero de martirio; y ahora Irene...

Calló Adelaida, y Ruperto dio un paso atrás, abismado, como sihubiese oído la voz de algún oráculo sagrado, tal vez temeroso deque lo sorprendiesen, oyendo palabras de un eterno secreto.

Salió, tomando por el camellón más largo de las huertas, ycuando se halló entre los nogales y cerezos, quiso reflexionar,quiso saber en qué parte se encontraba, porque es seguro que sucabeza era en aquel instante una máquina desconcertada; perosiguió, aunque dominado, no obstante, por la fuerza motriz que loimpulsaba hacía adelante. No había dormido en la noche pasada ni unsólo momento; no estaba preparado para un espectáculo tandeslumbrador como el que había presenciado en el salón; no sabía,en fin, en dónde se hallaba, ni qué objeto le había llevado a aquelencantado palacio, o templo, o altar que sus ojos habían reparado,y se quedó recostado contra la base del pilar que sostenía untiesto de zulla, de la cual había visto un ramo enredado entre elpelo de la divinidad, y cogiendo un ramito lo estrechó contra sucorazón.

La mañana era bella: el sol reflejaba sobre las ramazones de losárboles y en los cuadros de flores, produciendo el deleite con queanima y refresca la naturaleza vegetal la animada organizaciónanimal de los vivientes: belleza, perfumes y frescura, todo parecíacalculado para que Ruperto volviese a la vida de la realidad enaquellos momentos, los más críticos de su existencia.

Por grados se fue reanimando, y al fin conoció que sentía. Uncucarachero no cesaba de cantar sobre la copa de un manzano, y estedeleite, que le faltaba a sus sentidos, reanimado por las armoníasde una avecilla tan sumamente pequeña, le acabó de inspirar valor,y rompió la marcha para pasear todas las huertas, pues ya se estabaacordando que había venido en comisión a llevar a su hermana, y quedebía esperarla hasta que se despertase. Tendió la vista a lolargo, y alcanzó a divisar al hortelano, al cual se dirigióinmediatamente donde él, como era natural.

-¿Ciudadano Neuque? le dijo luego que observó que estabaclavando en tierra una cruz revestida de hojas de palma, ¿quésignifica eso?

-Es una cruz de ramo bendito para ahuyentar al diablo y a losespíritus malos.

-¿Usted cree en el diablo, ciudadano?

-¡Avemaría!... ¡Jesús credo!... ¡ni me lo miente!... ¿Yo nocreer que hay diablo?...

-¿Y lo conoce usted?

-Por el retrato, mi amo, y nada más.

-¿Dónde ha visto usted el retrato?

-¿Ahí no lo tienen en Santo Domingo, a la mano derecha delclaustro, cuando uno entra de la portería para más adentro?

-¿Y es buen mozo?

-¡Jesús credo!... Colorado y con unos ojos que ya se lesaltan... y tiene unas uñas en las rodillas y las patas que soncomo de ganso. -¿Y de qué nación es el diablo?

-Quién sabe, mi amo, pero indio sí no es.

-¿Con qué no hay diablos indios?

-No, mi amo: todos son blancos, y si no repare su merced y verálos retratos, y siempre los pintan con uñas.

-¿Y quiere usted ahuyentarlo, no es esto?

-Sí, mi amo, porque ha dado en venir, y eso no me traecuenta.

-¿El diablo?

-El diablo, o los duendes, o qué sé yo quién; pero cosa de laira mala sí me parece que sea; porque ahora tres meses, cuando lafamilia estaba aquí, dieron en espantarme, y yo lo que hacía erameterme en mi cuarto y trancar, hasta que mi amo me dio la carabinapara que les tirara con munición, porque la bala parece que no lesentra, v el otro día hubo por aquí unos cantos, y estamadrugada...

-¿Qué hubo esta madrugada, amigo Neuque? cuénteme usted.

-¿Esta madrugada?... Yo no quisiera decirle, porque esto quiénsabe en lo que vendrá a parar; porque mi amo Diego me ha dado lacarabina para que le tire al diablo, a los duendes, o a lo quecaiga, y antes yo...

-Pero diga, ñor Neuque, no se calle usted ahora, dejándome conla curiosidad en el cuerpo.

-Pues esta misma madrugada estuvo aquí adentro el diablo, o elduende, y ha salido corriendo, porque le cogí los rastros de laspisadas aquí en toda la arena del camellón.

-¿Y era pie de ganso, como usted ha dicho?

-De cristiano, y con botas fuertes, así como las del pie de sumerced; y estuvo por los corredores, porque dejó un bastón concabeza de marfil, la que representa una culebra.

-¿Ese lo quemaría usted en el acto?

-No hace todavía ni cuatro momentos que lo dejé empeñado en laventa por un traguito de aguardiente.

-¿Con que usted madruga?

-Y sus mercedes a ratos madrugan más. Y como es tiempo de lossantos aguinaldos, ya su merced puede ver...

-Dice usted bien.

Neuque se puso a regar unas matas pequeñas, y Ruperto se sentóen la enramada del Reposo, sacó un libro pequeño de su bolsillo, serecostó a leer y se quedó dormido.

Adelaida y Susana se levantaron asustadas, y se alarmaron muchomás cuando creyeron encontrarse solas en toda la casa, por lo cualproyectaron irse a reunir con toda la familia que se había quedadoen la aldea, pero quiso Adelaida verse primero con Neuque.

Este también estaba trasnochado, y trastornado por añadidura,porque se había ido a la misa del gallo, como todo hijo de vecino,dejando la puerta abierta y la quinta abandonada, y ahora se habíaquedado dormido entre unas matas de acelgas, y sucedió que porbuscarlo, Adelaida dio con un hombre desconocido, y retrocedió,llena de espanto.

-Aquí tienes al ladrón, dijo Adelaida.

-Veamos quién es, dijo Susana.

-No, niña: cerremos las puertas para que lo coja Neuque y lomande a la cárcel por bribón.

-Veámosle primero la cara, dijo Susana; ¿dónde estaráFígaro?

-Es de casaca, y está completamente dormido.

-¡Caballero!... ¡caballero!... le gritó Susana. A estas voceslevantó la cabeza, sin acabar de abrir los ojos por completo, y sesentó en las piedras que le servían de cama, sin volver a mirar alos ángeles que lo llamaban a juicio.

Al ver Susana a Adelaida, que huyó de allí trémula y sinatreverse a pronunciar una sola palabra, acabó de confirmar quepadecía de sustos, y conociendo a su hermano, le dijo:

-¿Qué es esto, Ruperto?

-Que vine a llevarte, y como te encontré dormida, y como la casaestaba sola, me vine a dar un paseo a la huerta; me recosté y apoco me quedé dormido.

-Te has escapado de ir amarrado a la cárcel, porque estamadrugada ha habido ladrones en esta casa.

-Pudo suceder antes de mi venida; pero de día nadie va a robar alas casas.

-Pero qué dirá la gente de verlo dormir así.

-Dirán que estaba rescatando el sueño de la Nochebuena.

-Qué dirá Adelaida, por Dios.

-Dile que me perdone, y apróntate para que nos vamos en elmomento.

-¿No entras a saludarla?

-No; me ha dado mucha pena por lo ocurrido. Te espero en lapuerta, y preséntale mis respetos a la señorita.

Susana se preparó y se despidió de su amiga, y tomandodirectamente su camino llegó pronto a la aldea, en la que habíagrande reposo, estando todavía acostadas todas las familias.

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