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CAPITULO X
DOS DERROTAS
Pudo haber dicho Irene de su amor, lo que un poeta dijo delmalogrado Infante:
Oh tú que al nacer moriste...
porque no consiguió sino bailar dos solas piezas con suidolatrado dueño, privándose así de un placer por la saña de dosrivales, democrática la una y aristocrática la otra; y aun sehubiera conformado con perdonar a Santiago, con tal de merecer deél algunos cariños y el consuelo de pasar a su lado la Nochebuena.Cuatro días antes ella se hubiera reído de tales acontecimientos;pero en esta noche no podía contener sus lágrimas, al ver que eranperdidos los preparativos que había hecho para obsequiar por laprimera vez de su vida, al objeto de su cariño, porque, a laverdad, ella no se había fijado en ninguno hasta la víspera deNochebuena.
Se acercaba la hora del vicio, o cena, de la madrugada, que ellamisma tenía que disponer, y al mirar la delicada empanada, dedicadaal joven Santiago, ella no pudo contener sus lágrimas, que a laverdad le amargaron algún tanto la fiesta de la Nochebuena.
Hablaremos de la empanada como de un objeto de primera necesidadpara la fiesta de Nochebuena. La empanada difiere de los pastelesen su figura, pero no hay duda que pertenece a la misma familia. Laempanada que se usa para aquella fiesta en la ciudad de Bogotá, yen los pueblos y haciendas de la sabana, tiene mucho de misteriosoy de social al mismo tiempo: primero, por la fecha y la hora a queestá consagrada; segundo, por su universalidad prodigiosa, porqueno hay uno solo que se quede sin comerla en la víspera delNacimiento, bien sea grande o pequeña, comprada o regalada, ofabricada en la misma casa; lo tercero, porque en la casa que sefabrica, es siempre en obsequio de la familia, y todo lo que seaadhesión o intimidad hacía ésta, como cariño, gratitud, confianza yjustas consideraciones, lo debemos tener por un elemento social dela mayor importancia.
El socialista que respete del modo debido la santidad de lafamilia, la ternura, la intimidad que debe reinar en esta primeraasociación, de cuya buena moral se deriva la estabilidad de lasrepúblicas, tiene también que tributar sus respetos a la empanada,siendo así que desde los conatos de su fabricación hasta el momentode ser consumida, no hace otra cosa que estrechar las relacionesmás íntimas de la naturaleza: la madre piensa en un objetodeterminado desde que comienzan a reunirse los elementos para laempanada, solicitando, según sus facultades, los manjares másexquisitos; así es que las aceitunas y alcaparras de España y lassardinas de Francia se encuentran muchas veces en el centro mismode la empanada. Y ¿quién no ha visto el esmero prodigioso con quela madre solicita los mejores regalos para obsequiar a sus hijos,que piensan reunir a su lado en el día de la Nochebuena? ¿Quiénignora la delicadeza de afectos que surgen del corazón de lashermanas al preparar con sus preciosas manos la empanada que han degustar todos los hermanos en aquel memorable día? ¿Y cuántas vecesno ha ido un peón mensajero, hasta dos jornadas de distancia, allevar la empanada al hijo que se haya ausente? ¿Y qué día deNochebuena se ha pasado nunca, sin que la madre y las hermanas nohayan exhalado un suspiro por un miembro ausente de la familia, opor el que la mano de Dios haya retirado para siempre del lado deésta?
Irene se había esmerado porque la dicha empanada para la cena, o
|vicio de las familias confederadas, fuese de lo mejor, conel pensamiento de que la hubiese de probar su amante, y hasta seveía sobre la voluminosa cima que la cubría una S mayúscula, enrelieve, compuesta de masa blanca. Era la hermosa empanada de unafigura muy semejante a la de un sombrero militar, a la Napoleón I,porque la cerradura de toda empanada es el problema de plegar uncírculo de masa, reduciéndolo a un semi-círculo, y uniendo la mediacircunferencia con un repulgo, el cual había hecho Irene con la másesmerada pulidez de sus preciosos dedos. Esta masa, por lo regularse compone de harina de trigo, mantequilla, azúcar, azafrán y sal,y por encima viene a quedar empedrada con ajonjolí, fijado sobreclaras de huevo. Por dentro está llena de rehogo de cebolla,manteca, aceite, garbanzos y unas cabezas de ajo. La empanadaconstruida en honor del señor don Santiago Flórez Plata por la manode la señorita Irene Gómez tenía, entre otras cosas, algunas presasde gallina, pavo, huevos cocidos, tajados por mitad, carnes devaca, de cordero y de marrano; ítem pescado del Funza, delMagdalena y del extranjero; ítem brevas, alcaparras, duraznos,aceitunas y varias otras frutas de la clase de los encurtidos; ítemjamón, tocino, salchichas y longaniza; ítem toda clase de especies,como cominos, clavo, pimienta y algunas rajitas de canela.
Cuando llamaron a cenar, se vio sobre la mesa la misteriosaempanada, levantándose sobre las bandejas de ensaladas y del suavey delicioso pescado del Funza, sobre los pavos asados, sobre laspalanganas de frito y sobre un platón de ajiaco de turma criolla,que representaba un inmenso lago al lado de aquellos horizontes deverdura y otros mil primores del reino vegetal. Mucho vino, y muyexquisito a la verdad, se levantaba en pirámides de vidrio, juntode las cuales brillaban las copas, siendo parte del dicho vino elproducto de los aguinaldos ganados a Santiago Flórez y SalomónGarnica por las señoritas, por medio de la estrategia de los palosde escoba, vestidos con camisones, en el corredor de la misma casade Irene, como la historia lo tiene referido.
Por la vez primera de su vida se presentó seria, en un festín,la amable hija de doña Jacinta; Arcelia rebosaba de placer, porqueallí estaba Ricardo; Adelaida, aunque muy pensativa, no era molestanunca para la sociedad; Justina, Susana, Clelia, Margarita y lasotras señoritas, tan alegres, hermosas y refulgentes como losastros que se encuentran en el apogeo de su carrera, pues entretodas no había una sola que pasase de los quince, eran muy dignasde la mesa de Eve, pudiendo elegirse de entre ellas una nuevatrinidad de gracias. Sixto, Pablo Ruperto, Teodoro y varios otrosjóvenes de Bogotá, convidados al efecto, y los antiguos colombianosdon Elías, don Fermín, don Diego, don Toribio y algunos otrosseñores también de venerable categoría, todos servían, todosbrindaban, todos estaban inspirados para los dichos graciosos, paralos recuerdos oportunos, para darles a las muchachas algunas bromaspicantes, pero que no eran ofensivas al pudor ni a la decencia, nitampoco hubo para qué hacer ni remota mención de la derrota deIrene, aunque la mayor parte la sabían.
Daba gusto ver la alegría de aquella cena: Ruperto era el únicoque presentaba allí la imagen de la tristeza entre los cachacos másalegres del mundo. Pablo se había quedado un poco pensativo desdeque partió la empanada y vio rodar entre las estratas primarias ysecundarias de rehogo y masa los pescados de Francia junto con losdel río de Bogotá, y las aceitunas de Valencia junto con lostomates de la parroquia de San Antonio de Tena, lo cual le diomotivo para hablar de fósiles antediluvianos.
Después de un corto reposo se renovaron las contradanzas, valsesy torbellinos, viéndonos obligados a abandonar a los bailarines,dejándolos en la plenitud de sus goces, para seguirle los pasos aun derrotado, como que es uno de los personajes de nuestrahistoria: el señor don Santiago Flórez y Plata, que se fuechillado, según el término lugareño, usual y corriente en la épocade que nos ocupamos.
Los dos acólitos de Santiago, que marchaban en compañía sobre unmismo espinazo, iban flechados de Susana y Justina, tanto comopuede y suele ser flechado todo el que baila con una pareja que hasabido agregar a la cualidad de su hermosura la de bailar bien,mientras la herida se cura por la primera vista de unos bonitosojos, o por una distracción cualquiera que borre la primerailusión; los dos adjuntos o socios iban callados, sintiendo haberabandonado la deliciosa compañía de tan hermosas muchachas y laempanada; pero no se atrevían a reconvenir a Santiago, al verlo queiba un poco pensativo, fluctuando acaso su acalorada imaginaciónentre el placer o el arrepentimiento de haber humillado a una pobrecriatura por el pecado de no habérsele rendido en todo un año decoqueteos. Salomón fue el que primero se atrevió a hablar sobre lavuelta inesperada, explicándose de esta manera:
-¡Hombre! qué ocurrencia la de este Santiago: después dealborotarnos con la tentación de una empanada nunca vista, y conlas ponderaciones de Irene y de sus lindas compañeras, haber tenidola potencia de hacernos volver derrotados, aun sin entrar enacción; y lo peor es que todos nos hemos quedado mirando para SanFelipe, porque Pachita, Laura y Genoveva nos tenían muycomprometidos para su baile como también para su
|vicio.
-Dirás para su cena, porque ellas no tienen vicios, dijoSantiago, un poco entonado.
-¿No se llama
|vicio esa cena de la medianoche, entrelos que siguen la antigua nomenclatura santafereña?
-Con esa acepción le doy el pase a la palabrilla, y por lo quees arrepentimientos, ninguno los sufre mayores que el que suscribe.No por la empanada ni los tragos de vino, de que nos hemos perdido,sino porque a Laura la he desairado, siendo tan hermosa, rica yespiritual, por un golpe estratégico que me salió fallido. ¡OhLaura!... que de ella sí me dejaría yo regañar como un chino, y porella me privaría de todas las empanadas y pasteles del universomundo, porque de todos mis amores presentes y pasados, éstos sonlos más puros y verdaderos, Pensando voy, aquí donde ustedes meven, mis caros y muy amados compañeros, en el modo como debacontentarla, si dándome tono o humillándome delante de ella.
-¿Y a la pobre Irene? le preguntó Salomón.
-Se quedará brava como Dolores, y como Ruperta, y comoJuanita.
Los viajeros reunidos en asamblea sobre el largo espinazo delcastaño, iban engolfados en estas conversaciones filosóficas. Alasomar a la plazuela de la Capuchina detuvo Sildano al castaño paracomponer el asiento. La luna estaba poco más o menos en donde sehalla el sol a las cuatro de la tarde, y las sombras quereflectaban de los edificios y los árboles eran solemnes por lamisma claridad que reinaba. La portada y el campanario de laiglesia, blanqueando en aquellas horas por entre las elevadas ramasde los sauces, daban una vista de lo más sublime y majestuoso,alternando con la gravedad de los hermosos monumentos del reinovegetal. El claustro de la extinguida comunidad, que hoy ocupan lasvírgenes educandas de la provincia; el templo del Dios de lasalturas; los árboles que nos recuerdan el primitivo silencio de losbosques, ¿qué objetos de más veneración pudieran presentarse bajola vista de un solo cuadro? Santiago, aunque tenía tanto en quépensar, se había quedado como electrizado delante del atriovenerable de la Capuchina, cuando reparó, porque se lo advirtióSalomón, en unas tantas señoras que venían por debajo de losárboles, de las cuales el grupo de unas cuatro se dirigía a lospoyos de ladrillo que se extienden a lo largo de la pared, con elobjeto de sentarse, como en efecto así lo hicieron; al momento oyóuna voz que lo llamaba. El estaba ya montado para seguir su camino,pero antes de ejecutar su movimiento de flanco, quiso examinar elcampo desde el cual había oído pronunciar su nombre. Mandó aSalomón que dirigiese el caballo hacia los dilatados asientos, y aSildano que picase, y a pocos pasos se puso a las órdenes de lapersona que inesperadamente lo había llamado.
-¿Qué hace por aquí tan tarde, don Santiago, y en un ómnibus decuatro patas? le dijo doña Elvira, la madre de Laura, pues de ellaera la voz que él no había acertado a conocer.
-Tan temprano, dirá usted, mi señora; y le diré, que salí atomar el fresco de la mañana, y a hacer un poco de ejercicio, queme han recetado.
-De Chapinero que vendrá usted, del convite de Irenita, porquedonde está el amor está el cuidado; por ahí vendrán sus compañeros,unos a pie, otros a caballo y otros en burras, porque así lo hacenen este tiempo los cachacos: desmóntese, y cuéntenos cómo le fuepor allá. Nosotras venimos a la misa del gallo, y hemos queridosentarnos un rato aquí, provocadas por la noche que está tanlinda... desmóntese, y no sea tan ingrato.
Los viajeros se desmontaron, saludaron, y después que huboamarrado Salomón el caballo a uno de los árboles, se sentaron todosen el hermosísimo sofá de calicanto.
-Yo no creí que usted me hiciera un desprecio, le dijo laseñorita Laura a don Santiago, que, de lo contrario, no lo hubieraconvidado al baile y a la cena de casa; ¡pero más vale!...
-¡No, encantadora Laura!... ¿cómo es eso de despreciarla austed? ¿cuándo no hay para mí sobre la tierra un objeto de másveneración que usted?... ¡Imposible!... ¡eso ni pensarlo!...
-Se echa de ver, contestó Laura, con sumo desprecio.
-Ciertamente que usted debe haber conocido mi absolutadecisión...
-Así lo creí, por mi desgracia, en todo el tiempo que nos haprecedido; sin embargo...
-¿Por su desgracia, Laura?... ¿No seré yo merecedor?... ¡Ah! ¿deveras que no lo soy ni de una sola mirada de la primera belleza deBogotá, cual es usted; pero mi absoluta consagración al únicoobjeto de mi vida, no me corresponderá algún día?... ¿Será un sueñolo que yo creía que era en usted simpatía?...
-Sí, señor; mis demostraciones de urbanidad, y una contestacióna las varias cartas de usted, que tendrá la bondad de devolverme...para quemarla; porque de usted no quiero ni el menor recuerdo, nique me vuelva a saludar, para que usted sea más libre paraobsequiar a Irene, o a Teresa, si a usted le parece... Y lo mejores que no hablemos de esto, porque hasta me degrado.
-¿Pero condenarme así... sin saber la causa siquiera?... ¡Oh,sería la más inaudita crueldad!
-Pues mire, don Santiago, intenciones tenía de no hablar conusted una palabra más; pero si usted tiene tanto empeño en oírme;óigame, pues: Yo sé que mi nombre se profana por causa de usted; yosé que se ha dicho que fui a su tienda a convidarlo para mi baile;que compré una pastora y me la probé delante de la gente; que dicenque lo amo, y que usted me tiene puesta una rival. Ahora usted veasi una señora de mis precedentes podrá soportar que su nombre andeen boca de señoras, de lavanderas y de alfareras, y luego en la detodo el público, que aunque injusto algunas veces, es nuestroverdadero juez.
-¿Pero qué misterio es el que anda en todo esto, señorita Laura?Explíqueme usted...
-Aquí no hay fantasmas, ni contrastes, ni enigmas, niencantamientos, ni fatalidad del hado, ni sombras, ni misterios, decuyos nombres se usa para llamar la atención muchas veces, sin quetales nombres correspondan a la idea. Ildefonsa, la cocinera decasa, tiene una hija en Chapinero, relacionada con una muchacha dela aldea, llamada Fructuosa; ésta se mantiene, así como las otrasalfareras, en una guerra eterna con Teresa, la cual quiere tener aestas pobres sujetas a los caprichos de un mico, que les hacecuantos daños puede, y ella se queda fresca con solo decir que paraeso es libre. Por causa de estos apasionados rencores se vengaronde Teresa las alfareras en uno de los días pasados, dándole al micosu merecido y quitándole una carta, que se había extraído del poderde Arcelia de la Paz, la cual hicieron leer y copiar del sacristány llegar hasta las manos de la señorita Irene, por poner al mico ya Teresa en una posición difícil para con el público; y la cartacontiene mil atrocidades que me ponen en el mayor ridículo, porcausa de la amistad de usted con mi familia.
Pues bien, señor don Santiago: Fructuosa vino a casa estamañana, en achaques de pedirle los aguinaldos a su madre, y letrajo la carta y una relación verbal muy exacta de la empanadahecha por Irene y dedicada a usted y de los celos de la misma Irenecon la lavandera Teresa. Ildefonsa me dio la carta y la relación detodo lo acaecido. Ahora dígame usted, señor don Santiago, ¿no esnatural todo esto que le refiero? ¿no es lo más sencillo saber loque se ha tenido cuidado en publicar? Y para evitar todo esto esnecesario que usted no vuelva a hablarme... ¡de nada!¡absolutamente de nada!... Y le entrego a usted la carta copiadapor el sacristán para que usted la queme, si le parece.
Los dos compañeros del derrotado habían estado conversando conRosita, Pachita y la señora, sobre los aguinaldos de Bogotá, losbailes y los pesebres, y habiendo callado todos por unos momentos,le oyeron a la señorita Laura las marcadas palabras, "y nome vuelva usted a hablar", al mismo tiempo que doña Elviradaba sus órdenes, diciendo:
-¿Nos vamos, niñas?
-Nos vamos, contestó Laura, tomando su camino, sin despedirse deSantiago.
El derrotado montó e hizo montar a sus dos compañeros, y sinhablar palabra atravesó la plazuela de San Victorino, y al pasarpor el puente, exclamó de esta manera:
-¡Cómo siento la pérdida de Laura!...
-Es porque el que mucho abarca poco aprieta, dijo Salomón,participando de la tristeza de su consocio.
-¿Pero no es cierto también lo que dicen los jugadores de damas,que el que en medio de dos se pone, una de dos se come? dijo el queiba a la cola.
-Pues mis queridos compañeros, volvió a decir Santiago, lo únicoque hay de cierto es que yo me he quedado sin el pan y sin elperro... ¡Oh, Laura de mi vida! ¡Laura cruel, que debieras habermeescuchado para condenarme!...
Declamando, balbuceando, y quién sabe si llorando, llegó donSantiago a la casa de sus consocios, y echándolos a tierra, siguióa su casa, la que estaba cerrada con llave por una razón muynatura!; porque sus criadas y el muchacho se habían ido a laCatedral a la misa de Nochebuena; no le quedó otro recurso quedesmontarse, y sentándose en la helada piedra del escalón, puestala cabeza entre las rodillas, puso treguas al cansancio y a lasfatigas del alma merced a unos pocos minutos de sueño.
A las cinco y media, cuando ya el día comenzaba a aclarar, entrelas gentes que pasaban a la misa de San Agustín, iba doña Genara,la madre de Dolores, y viendo la miserable situación del derrotado,no pudo abstenerse de decirle:
-¿Y ahora, don Santiago?... ¿Qué hace ahí durmiendo en unportón, como los mendigos?... ¿Está chispado o enfermo?
-Peor todavía, le contestó el caballero; y todo se lo debo a lahija de usted, que no quiere dejar de pensar en mí ni por unmomento.
-¡Mi hija!... ¡Avemaría! Estará usted borracho, porque mi hijalo ha olvidado a usted como a su primera camisa... ¡Se ha portadousted tan bien con ella!...
-Pues tome usted esta carta, que me acaba de dar Laura en elatrio de la Capuchina, para que usted se persuada, le dijo donSantiago a la señora, y clavando de nuevo la cabeza entre lasrodillas, se denegó a toda otra contestación.
Al volver de misa doña Genara, reconvino a su desgraciada hijacon estas crueles palabras:
-¡Boba de mis pecados! ¿No te tengo dicho que no pienses ya másen ese tunante, feo, orgulloso y desnaturalizado de donSantiago?
-¿Y luego yo lo pienso, señora?... contestó la pobre hija con unademán despreciativo y al mismo tiempo doloroso.
-Leé esta carta, y dime si habrá podido ser escrita sin pensaren él. Vergüenza era lo que podías tener, y no ser tan simple.
La pobre Dolores bajó sus empañados ojos, y no volvió acontestar ni una palabra.
Las criadas de Santiago no volvieron hasta el mediodía, porqueél se había despedido para no volver sino el día de Pascua, por latarde, por lo que tuvo que pedir posada en la casa de unos vecinos.Después de los aguinaldos no volvió donde Irene, por hacer méritospara con Laura, de la cual nunca obtuvo el perdón; la pobre deIrene se iba volviendo loca de la pesadumbre, porque su amor porSantiago, el primero que había sentido en su vida, fue tan puro,verdadero y legítimo, como pasajeros y versátiles habían sido todossus remedos de pasión, con los cuales se había entretenido, entrelos coqueteos, símbolos y ficciones de todo el tiempo pasado. ParaIrene los aguinaldos de Chapinero no fueron otra cosa que la causade su desgracia.
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