ARADA
224 EN EL BARBECHO
El campo verde, bochornoso el día,
un sol canicular,
y bajo el yugo de la tarda yunta
el eterno acezar;
del gañán que desgarra los ijares
la tosca imprecación;
y de un pájaro oculto entre las ramas,
melódica canción.
Y dijo el buey al pájaro: "Nos cansas
con tu inútil cantar;
desciende de las ramas, vagabundo,
y ven a trabajar;
ven a labrar la tierra, como hacemos
los bueyes sin vagar,
¿qué gana el mundo con tu doble holganza
de volar y cantar'"
Y dijo el ave: "Yo también trabajo,
mi reja es mi canción;
y abro surcos también, mas no en la tierra,
sino en el corazón".
De pronto hubo una tregua inesperada
que emboté el aguijón;
tornóse el rostro del gañán sonriente,
la yunta descansó.
¿Qué era lo que un instante producía
la ambicionada calma,
y penetraba del labriego rústico
hasta el fondo del alma?
¿Qué era lo que endulzaba del trabajo
la inexorable ley?...
¡Era la voz del ave que trinaba sobre el asta del buey!
Diego Uribe
(1867-1921)
Colombiano.
225 EL BARZON
|
(1)
Esas tierras del Rincón
las sembré con un buey pando,
se me reventé el barzón.
y sigue la yunta andando.
Cuando llegué a media tierra,
el arado iba enterrado,
se enterró hasta la telera,
el timón se iba doblando,
el barzón se iba trozando,
el yugo se iba pandeando,
el sembrador me iba hablando,
yo le dije al sembrador:
no me hables cuando ande arando.
Se me reventó el barzón
y sigue la yunta andando.
Cuando salí a la otra orilla
la tierra estaba pesada,
me decía mi prenda amada,
métase para adentrito,
no se vaya usté a mojar,
no se vaya usté a resfriar,
ni se vaya usté a morir,
para mi mayor sentir,
no me vaya usté a dejar
con el chiquito en los brazos,
pobrecito está llorando,
mirelo que está mamando.
Se me reventó el barzón
y sigue la yunta andando.
Cuando acabé de pizcar,
vino el rico y lo partió,
todo mi maíz se llevó,
ni pa'comer me dejó,
me presenta aquí la cuenta:
tres pesos de unas coyundas,
cinco pesos de unas tunas,
tres pesos de no sé qué,
pero todo está en la cuenta,
a más de los veinte reales
que sacaste de la tienda.
Con todo el maíz que te toca
no le pagas a la hacienda.
Ahora vete a trabajar
pa'que sigas abonando.
Nomás me quedé pensando,
haciendo un cigarro de hoja:
qué patrón tan sinvergüenza,
todo mi maíz se llevó
para su maldita troja!
Se me reventó el barzón
y sigue la yunta andando.
Anónimo mejicano.
226 LA PRIMERA YUGADA, 1
Con los dos bueyes blancos voy arando la llosa
en el fresco momento de la mañana rosa.
¡Oh, yunta inseparable de piadosa mirada,
qué blanca os ven mis ojos sobre la tierra arada!
Milón, que los olivos cercanos ablaquea,
|
(2)
esta aguijada tosca me trajo de la aldea;
pero punzar no puedo vuestra pena callada,
¡oh, yunta inseparable de piadosa mirada!
Después que en la comarca copiosamente llueva,
sembraremos alfalfa bajo la luna nueva,
y cuando tenga flores, un perfumado aliento
en las lejanas chozas entrará con el viento.
Un día y otro día, entre arroyo y montaña,
yo segaré la alfalfa con mi primer guadaña.
Y en los heniles llenos -¡oh, qué suceso tierno!-
los bueyes serán hombres cuando llegue el invierno.
José Pedroni
(1899- 1968)
Argentino.
227 MIRANDO LABRAR
Mirando al labrador labrar,
o al sembrador sembrar los campos,
o al segador segar,
también he reconocido en ellos, '
oh vida y muerte' vuestros símbolos
(La vida, sí, la vida es la siembra,
y la muerte la cosecha, según lo que hemos sido).
Walt Whitman
(1819 - 1892)
Estadunidense.
Traducción: Armando Vasseur.
ARADORES
228 LOS ARADORES
¡Oh! qué bien ante mis ojos
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados,
los aradores parecen!
¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!
Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.
nímalos con su grito,
y con su aguijón los hiere
el tosco gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.
La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.
Ellos, las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;
y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene,
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.
¡Invierno! ¡invierno! aunque
[triste,
aun conservas tus placeres,
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente,
Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.
Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente;
sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.
De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.
La sierra con su albo manto
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece;
mientras en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;
y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.
¡Pues qué, cuando de las nubes
retumbando se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,
y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes!
Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento al furor vehemente,
que arrebatando las nubes,
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo,
en formas mil las revuelve;
y el imperio de las sombras,
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
palpita de horror y teme.
O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.
Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.
Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su sañudo mando ejerce;
hasta que el suave favonio
vuela, y el vital ambiente
con su plácida templanza
tan duros grillos disuelve.
El día rápido vuela;
no asoma el sol por Oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende;
porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.
Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.
¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en Enero su fin halla,
y que ya empezó el Noviembre?
Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.
Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos,
que hoy el ánimo estremecen,
serán las flores del Mayo,
serán de Julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que Octubre se enriquece.
Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve,
miles encierra de espigas
para los futuros meses,
misteriosamente ocultas
en esos granos, que extiende
doquier liberal su mano,
y en los terrones se pierden.
Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
profusa y risueñamente.
Ved cómo ya retoñando
la rompe la hojilla débil,
y como el rojo sombrío
realza su intenso verde;
verde que el tostado Julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.
Trabaja, arador, trabaja
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.
Cumple tu noble destino,
y haz, cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,
que entre la pluma y la holanda
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece;
jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente
de la matinal alondra
los trinos vivos y alegres.
Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes;
que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere;
puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.
Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes;
que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;
y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.
Llegas, y en torno apiñados
halagándote, enloquecen;
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;
tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche;
que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas
de los surcos donde vienes.
Y la ahijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere,
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,
te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.
Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;
y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte;
hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.
¡Vida ignorada y dichosa!
Que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.
¡Vida angelical y pura!
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente;
a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.
Vida de fácil llaneza,
de libertad Inocente,
en que dueño de sí el hombre,
sin orgullo se ennoblece;
en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;
y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso rio,
risueñas e iguales siempre.
¡Oh! quién gozarte alcanzara!
¡Oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!
Uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde;
lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
Juan Meléndez Valdés
(1756- 1817)
Español.