665 EPISTOLA A UN LABRIEGO
Llévame, labrador, por la vereda
que guía a tu heredad y a tus cortijos,
para que ver tus posesiones pueda!
Tus penas y trabajos, tan prolijos,
dente sana cosecha y mucho grano,
y calor a tu hogar, pan a tus hijos...
Nunca la escarcha del invierno cano y
destruya la semilla que en el suelo
regó afanada tu callosa mano;
antes bien, el rocío que del cielo
baja refresque puro la simiente
que enterró tu constancia y tu desvelo.
Ya llegamos. Ya miro la corriente
del río, que camina lento y manso
con su linfa callada y transparente;
y vienen a beber en su remanso
la mugidora vaca y las ovejas;
y tú a la orilla encuentras el descanso
en caluroso día, y las bermejas
flores cortas ufano, y las pintadas,
mineros de dulzor de las abejas.
Allá están las espigas agitadas
por el soplo continuo del solano;
allá están las mazorcas apretadas,
con sus penachos de oro al aire ufano,
hinchándose, de savia bien repletas,
al dulce beso del fresco montano...
Allá el viñedo está do las inquietas
aves pican la fruta en el racimo
moviendo los caireles, las sujetas
guías, junto al retoño bien opimo;
acullá está la era, aquí el sembrado
que el sol calienta y humedece el limo;
aquí la seca parva, allá el arado,
y la boyada, y el flamante yugo,
y el surco que has de abrir y el fecundado.
Más acá está la choza, que te plugo
hacer bajo un dosel de hayas frondosas,
donde apagas tu sed con rico jugo
que te ofrecen tus viñas más hermosas,
mientras aspiras el campestre aliento
de las trilladas hierbas olorosas.
Sus caricias te manda con el viento
la arboleda que cubre aquella loma,
donde están en sazón frutos sin cuento...
Cándida te dará la rica poma,
sabroso néctar, mieles exquisitas
que el pájaro antes con su pico toma.
Riega el jardín, y vayan tus hijitas
a cortar en el día de tu santo
ramilletes de blancas margaritas.
Borda Natura su lujoso manto
con flores de color variado y vivo,
que deleitan la vista con su encanto...
Goce el trabajador del expresivo
don que le da feraz Naturaleza,
en premio del afán en su cultivo.
En tanto que trabajas, adereza
el nutritivo pan tu esposa cara,
guardiana de tu ajuar con su limpieza.
Ella es la que tus días almibara
con su amor y virtud, con su cuidado,
de tu dicha y reposo siempre avara.
Ella es la que es feliz siempre a tu lado,
viendo que gozas, de ternura lleno,
la quietud y la paz del hombre honrado;
a tus hijos arrulla, de su seno
al maternal calor; por ellos ora
con santa fe, con ánimo sereno.
Cuando empieza a brillar la blanca aurora,
al alto cielo su oración envía,
y se afana en tu hogar aliñadora;
y allá en la siesta de ardoroso día,
cuando vuelves feliz de tu trabajo,
ella te espera llena de alegría;
y al mirarte venir por el atajo,
hacendosa y contenta se apresura
a poner cruda leche y el tasajo
humilde y gordo que ofreció la hartura,
y sabroso manjar de hojas cubierto,
y la manzana rica, ya madura,
de los manzanos que brindó tu huerto
sobre el limpio mantel; te dará en eso,
más que la vianda, su cariño cierto;
y al salirte a encontrar te dará un beso;
para el festín casero te previene,
te llama con pasión, con embeleso;
y dirá que es su Dios aquel que viene,
y verás en sus labios la sonrisa,.
y comerá contigo lo que tiene.
¡Yo te envidio, labriego! Tú divisa
es la paz y el trabajo! Cuando suda
tu frente bajo el sol sin fresca brisa,.
ese sudor es fértil; él ayuda
al terrón con su sacro y noble riego,
caldo a gotas de tu frente ruda;
del sol fecundo al misterioso fuego
cada gota que cae es una espiga
que llenará tus trojes, buen labriego.
Quiero el contacto de tu mano amiga
mil veces más que de opulento infame
la mano traicionera y enemiga.
Deja que el rayo truene, el viento brame,
y que oculten el sol nubes oscuras,
y que el cielo su cólera derrame.
¡Son queridas de Dios las almas puras!...
El austro arranca robles corpulentos,:
y el rayo busca siempre las alturas.
No temas ni a los rayos ni a los vientos.
con que suele amargarnos suerte aciaga,
porque tienes inmobles fundamentos.
En ti es la fé un elíxir que embriaga,
un aroma celeste, inextinguible,
una chispa inmortal que no se apaga.
La bendición de lo alto, en invisible
ráfaga sobre ti vierte sagrado
fuego. Naturaleza, con visible
ejemplo te alecciona, y bien gozado
pasas el tiempo, lejos del bullicio,
y sin ser envidioso ni envidiado.
¡Yo te envidio, labriego! Cruel cilicio
lleva el humano en el social tumulto,
siempre al borde fatal de un precipicio.
Vive siempre dichoso, siempre oculto
a la mirada de la turba loca,
que hasta el cielo escarnece con su insulto;
sociedad sin pudor, que se derroca,
adornando el placer y la mentira,
con testa de oro y corazón de roca.
¡Cuida tu corta hacienda! Quieto admira
el campo en que naciste, la lozana
floresta, el bosque umbroso, el sol que expira
tras el lejano monte, y la fontana
que del barranco, pura y rumorosa,
parece que en diamante se desgrana
para formar la linfa bulliciosa
que irá luego llevando en su carrera
al terreno humedad, con abundosa
vida a las plantas. Y después, parlera,
se pierde en el recinto del boscaje,
recorriendo en su curso la pradera.
Oye cantar al ave en el ramaje,
y aprende a adivinar los lindos versos
que su garganta brota; ve el miraje
que se retrata en los cristales tersos
del río, en esas noches que en la altura
se encienden infinitos universos;
oye cómo demuestra su bravura,
con tremendo rugir, fiera alimaña,
que vaga por el campo y la llanura,
menos cruel, aquesa de montaña,
que las que moran en el mundo impías,
de odioso instinto y condición extraña
que en la ruin sociedad todos los días
vemos en alta cima colocadas
por medio impuro y torpes granjerías...
¡Pero tú tienes joyas más preciadas!
La dicha con sus alas siempre cubre
a las almas humildes y olvidadas.
Déte siempre sus pámpanos octubre,
y rellenos se miren tus graneros;
déte el suelo maíz, leche la ubre.
¡ Ay! esos son los goces verdaderos,
que no sentimos los que locos vamos
por amargos y lúgubres senderos.
La muerte vemos, de la muerte hablamos
y a veces nos reímos de la muerte,
y que somos mortales olvidamos.
Ley tenebrosa nos ligó a la suerte
de ser vendados, y no ver la lumbre
que el verdadero rumbo nos advierte;
y vemos a los más sobre la cumbre
en perpetuo gozar, mientras los menos
burla somos de ciega muchedumbre.
Los malos son los grandes, y los buenos
somos el escabel de los altivos,
siempre de dicha, de placer ajenos.
¡ Dichoso tú! Conserva tus activos
miembros para el trabajo y la bonanza
sin ser del vicio inútiles cautivos.
Adiós. Este gozar nunca lo alcanza
quien, como yo, del mundo es débil juego.
La verdadera y dulce venturanza
sólo se encuentra aquí. ¡Salve, labriego!
Rubén Darío
(1867 - 1916)
Nicaragüense.
666 DEL LABRADOR
Al matutino canto valeroso
del arrogante gallo, se levanta
el fuerte labrador, a quien no espanta
el trabajo más rígido y penoso.
Al animal domado y perezoso
el yugo pone y la cerviz quebranta,
sale, y en su labor alegre canta,
divertido, pacifico y gozoso.
Rompe la sazonada y blanda tierra,
aplica el aguijón al buey pesado,
toma algún corto y fácil alimento,
y apenas por la cima de una sierra
declina el sol, se vuelve, aunque cansado,
a cenar con sus hijos muy contento.
Francisco Gregorio de Salas
(1755?- 1822?)
Español.
667 EL LABRADOR Y EL RIO
Un río salió de madre,
y un labrador muy experto
le dejó que se extendiese
en vez de poner remedio.
Reprobaban su descuido
sus incautos compañeros,
y el labrador les decía:
dejadme, que yo me entiendo.
Con la gran inundación
se regó todo el terreno,
y el labrador precavido
sembró con tino discreto,
en la tierra sazonada,
trigo, cebada y centeno.
Correspondió la cosecha
a medida del deseo;
y entonces cuantos lo vieron
decían, de asombro llenos:
la prudencia de este hombre
fue el origen de este acierto,
pues vemos que en este caso
sacó del daño provecho.
Iba a hacer el fabulario,
y me dijo mi tintero:
déjalo, no es menester,
pues no hay quien entienda eso.
Francisco Gregorio de Salas
(1755? -1822?)
Español.
668 SONETO L
Tras importunas lluvias amanece,
coronando los montes, el sol claro;
salta del lecho el labrador avaro,
que las horas ociosas aborrece.
La torva frente al duro yugo ofrece
el animal que a Europa fue tan caro;
sale, de su familia firme amparo,
y los surcos solicito enriquece.
Vuelve de noche a su mujer honesta,
que lumbre, mesa y lecho le apercibe,
y el enjambre de hijuelos le rodea.
Fáciles cosas cena con gran fiesta,
el sueño sin envidia le recibe...
¡Oh corte, oh confusión! ¿quién te desea?
Lupercio Leonardo de Argensola
(1563-1613)
Español.
669 SONETO LI
Vuelve del campo el labrador cansado,
y mientras se restaura en fácil cena,
para nuevo trabajo se condena,
que al venidero sol quedó obligado.
Cuando descansa en el rincón su arado,
con hoz la vid sin pámpanos cercena;
siega la mies y la vendimia ordena
y luego al yugo vuelve ya olvidado.
Es el trabajo proprio a los mortales,
en el cual los alivia la esperanza
con premio que a trabajo nuevo llama.
Así pasan los bienes por los males,
así sustenta al mundo la mudanza,
y así es tirano en él quien la desama.
Lupercio Leonardo de Argensola
(1563 -1613)
Español.
670 ENVÍO
José del Sur, cuñado sin ribera:
Tú que agrandas la patria en el sencillo
y áspero juego de tu sementera
o en el de arrear novillo tras novillo,
ven al encuentro de la Primavera
(monta en el pangaré
|
(1)
oen el tordillo),
y ofrece a la dorada comitiva
ya un cisne muerto, ya una rosa viva.
Tal vez escuches ya su voz de mando
mientras el sol te viste, y sin desdoro
vas entre corvas astas gobernando
la exaltación genésica del toro;
o en los terrones de la melga, cuando
truecas en esperanza un lino de oro,
y, estela del arado, entre las rotas
pampas te sigue un hambre de gaviotas;
o hacia el atardecer, cuando tranquila
duerme tu mano, sembrador, y dejas
que lloren las guitarras de la esquila
por el muerto vellón de tus ovejas;
o bien, anochecido, la pupila
brillante y puro fuego las orejas,
porque te has dado a celebrar con mosto
la bien lograda aparición de agosto.
Sea cual fuere tu labor, hermano,
deja un instante que retoce el bruto,
y ante la niña fiel, chambergo en mano,
salúdala en imagen y atributo.
Después levanta la canción o el grano:
¡que al baile de la flor siga el del fruto!
Y espérame sin falta para enero,
con un vaso de vino y un cordero.
Leopoldo Marechal
(1900- )
Argentino.