EL PLANTADOR FILÓSOFO
Durante mi permanencia en Santa Marta, que se prolongó algunas
semanas, pude comprender cuán difícil me sería fundar una
explotación agrícola tal como yo la concebía. Casi toda la
explanada está dividida en porciones de muy escasa extensión,
pertenecientes á mestizos y negros que cultivan ellos mismos
árboles frutales y vienen todas las mañanas á la ciudad conduciendo
su recolección de frutas.
Yo no podía pensar en una asociación con estos agricultores
bravas gentes que viven sin ninguna preocupación por el porvenir, y
pasan su vida, demasiado perezosa por otra parte, en disputas con
motivo de los conductos de irrigación, frecuentemente estancados en
provecho de uno solo. En cuanto á los valles y pendientes de la
Sierra, cuyos terrenos, de una fertilidad exuberante, bastarían
para alimentar ampliamente á medio millón de hombres, han sido
concedidos hace mucho tiempo á algunos grandes capitalistas que no
quieren ni vender ni cultivar, y, con la indefinida esperanza de
una futura colonización emprendida en una escala gigantesca rehusan
enajenar la menor porción de su inmenso territorio. Jamás lo han
visitado, jamás han recorrido esas soledades aun ignoran su
verdadera extensión, pero al menos pueden cada tarde al pasearse
por la playa, contemplar las azules montañas, los valles cubiertos
de sombra que les pertenecen, y decir con satisfacción:
-¡Todo ese horizonte es mío!
Las pendientes de la Sierra Nevada que dan frente á Santa Marta
son las únicas monopolizadas en previsión de futuras inmigraciones;
las demás y la mayor parte de la cadena central no han sido
concedidas todavía á nadie por el Gobierno de la República, y todo
colono serio puede establecerse allí sin pasar bajo las horcas
caudinas de un primer concesionario. Desgraciadamente todas esas
regiones son de todo punto inaccesibles á los viajeros que partan
de Santa Marta, y, para penetrar hacia el interior siquiera de la
mole principal de la Sierra, es indispensable elegir como punto de
partida la ciudad de Riohacha, ó los pueblos situados al mediodía
en el gran valle del río Cesar. Debía, pues, resolverme á abandonar
El Dorado de la explanada del Manzanares; pero con el objeto de
gozar de él el mayor tiempo posible, resolví completar á los
alrededores de Santa Marta mis estudios preliminares sobre la
agricultura tropical.
Por esta época, las únicas explotaciones importantes del
distrito eran las de San Pedro y Minca, pertenecientes entrámbas al
mismo propietario, el señor Joaquín de Mier, el más rico
comerciante de la ciudad. San Pedro está situado no lejos de
Mamatoco, entre el Manzanares y su principal afluente, que
desciende de las gargantas de la Horqueta. El agua, este elemento
tan necesario para las plantas, corre murmurando por pequeños
acueductos distribuidos á lo largo de los canales de servicio;
árboles gigantescos arraigados al borde del río balancean sus
hojas, de un verde oscuro, por encima de los vastos campos de caña;
en el huerto de donde se escapan aromas que pudieran llamarse
irritantes se ven innumerables arbustos cubiertos de flores que se
abren extendidas ó chorrean en forma de cascada sobre las ramas
inclinadas; por todas partes la naturaleza, como madre generosa, da
productos magníficos sin mayor trabajo. La hacienda contrasta con
la exuberante vegetación que la rodea. Los edificios de explotación
se encuentran en mal estado; los patios están desempedrados; la
máquina de vapor, toda desarreglada, funciona rara vez y la mayor
parte del jugo de la caña se emplea en la confección de la bebida
llamada guarapo. Fue en San Pedro, en una modesta alcoba de la casa
de habitación, donde murió en 183O el general Bolívar, acusado por
sus compatriotas de haber atentado á las libertades públicas de su
patria y de haber gobernado á estilo de emperador la República que
lo había nombrado su presidente¹
Minca, llamado así por una tribu de indios que en otro tiempo
habitó esta parte de la Sierra, es una de las más antiguas
plantaciones de café del Nuevo Mundo, y sus productos son muy
estimados en todas las costas del mar Caribe. Así se ve que los
cafés de Cúcuta, de la Sierra-Negra y de otras procedencias usurpan
frecuentemente aquel nombre. Los extranjeros que permanecen algunas
semanas en Santa Marta no dejan de visitar á Minca, y, á pesar de
la fatiga de una marcha de cinco horas por caminos fragosos, jamás
se arrepienten de esta excursión, la única que pueden hacer sin
peligro en la Sierra propiamente dicha.
Rodeando el ingenio de San Pedro, se suben sucesivamente las
pendientes de muchos peladeros, después se sigue el borde de una
garganta profunda, que más que verla se adivina, tanto así se
estrechan unos contra otros los árboles. Cuando uno se inclina
sobre el estrecho sendero en que está como suspendido para mirar al
fondo del valle, solamente divisa un abismo de follaje, una mezcla
inextricable de troncos, bejucos y hojas. Apenas se distingue de
cuando en cuando el brillo de
|
1 El exagerado republicanismo de unos,
la ambición de otros y la ingratitud de los más, formularon esa
acusación que jamás justificaron y cuya falta de fundamento ha
venido descubriendo el tiempo. N. del T.
|
un punto blanco, ó un copo de espuma que indica el paso del
torrente cuyas cascadas braman como una tempestad. Los mismos
árboles, cuyos troncos ocultos por la aglomeración de las hojas no
han podido divisarse en el fondo del golfo, entrelazan sus copas
por encima del sendero, y solamente dejan pasar por entre sus ramas
una vaga y misteriosa luz. El piso sobre el cual se marcha
desaparece bajo las plantas de todas especies; Podría creerse uno
perdido en un océano de verdura. Hubo un momento en que no pude
darme cuenta del paisaje que me rodeaba: me parecía á las veces que
cruzaba por un puente de verdura echado sobre un torrente, cuya
agua escuchaba mugir á una gran profundidad; pero los árboles que
se levantaban á derecha é izquierda tenían tantas guirnaldas de
parásitas en flor, las entradas del puente estaban obstruidas de
tal manera por grandes arbustos entrelazados, que no pude saber si
era debido al trabajo del hombre, ó si era un arco abierto en las
rocas por el torrente.
Se comprende que, en una naturaleza tan fragosa, el sendero
desaparezca frecuentemente por la vegetación, que esté obstruido
por árboles caídos y quebrado por las inundaciones repentinas; sin
embargo, al lado de este camino, cuyas curvas y zig-zags cambian
todos los años por las pisadas de los animales y de los peones, se
ve aún el antiguo camino de los indios mincas, enlosado con piedras
de granito de más de un metro de dimensión. En los lugares en donde
la pendiente de la montaña es muy rápida, las piedras están
dispuestas en escalones; pero regularmente están colocadas de plano
sobre el terreno inclinado, y forman un pavimento resbaladizo en el
cual no se atreven á aventurarse las bestias, sobre todo en el
tiempo de lluvias. Por otra parte, este camino no sirve para
orillar ningún obstáculo, y sube las colinas escarpadas ó desciende
á pico en los valles, sin desviarse de la línea recta; y se
comprende que fue construido por una raza de montañeses para los
cuales era desconocida la fatiga. Hoy de los indios mincas
solamente queda el nombre y este camino monumental, al lado del
cual los españoles trazaron un sendero cortado por barrancos.
De la cima de una roca escarpada que atraviesa el camino, se
descubre repentinamente la plantación de Minca, extenso claro que
la selva circunda por todas partes con sus toldos de verdura. Hay
un puente sobre el torrente de Gaira y en seguida una calle de
naranjos conduce á la habitación principal, situada á seiscientos
metros de elevación, á media pendiente de un contrafuerte de la
Horqueta, que domina una garganta inculta que se redondea en
semicírculo al pie de la montaña. Desgraciadamente su cafetal no
está mejor conservado que el ingenio de San Pedro. Los árboles de
café, plantados en quincunces, de tres en tres metros, están
cubiertos de musgo; muy pocas frutas mezclan su brillante rojo al
verde de las hojas; las yerbas abatidas por el aire, se abren paso
á través de la tierra, donde se colocan las bayas para hacer secar
las cáscaras. Los obreros parecen también mucho más inclinados á
dormir la siesta que á cuidar los campos.
¡Cosa sorprendente! En esta plantación tan fértil, donde basta
sembrar al acaso para que la tierra produzca el céntuplo, donde
podrían hacerse crecer en un mismo vergel todos los árboles
frutales del globo, no se ha pensado en desmontar una parte de la
selva para establecer en ella un platanal ó una hortaliza, y es
preciso que todas las mañanas vaya una caravana de
|peones,
asnos y mulas á buscar á Santa Marta, á cinco leguas de distancia,
las provisiones para cada día. Cuando me presenté en persona al
|capataz Fortunato, el valiente hombre se aterró
verdaderamente por mi llegada inesperada, y con gran trabajo pudo
descubrir en toda la hacienda cuatro plátanos y un trozo de azúcar
para llenar con migo los primeros deberes de la hospitalidad.
Ordinariamente los visitadores llevan los víveres para no verse
reducidos á tomar por todo alimento algunas tazas de café².
La decadencia de Minca data de la abolición de la esclavitud.
Antes de esta época, un gran número de negros trabajaban, no bajo
el látigo, porque en Colombia era muy raro que los esclavos fuesen
maltratados por sus amos, sino bajo una vigilancia constante y un
eficaz apremio moral del cual les era casi imposible evadirse.
Daban su trabajo diario casi gratuitamente, y estuviera ó no
presente el dueño, no dejaba de trabajarse lo necesario en la
estación favorable; los productos se recogían en el tiempo
requerido, y el dinero pagado por las cosechas afluía regularmente
á la caja. Cuando fue devuelta la libertad a los esclavos, los amos
cuidaron de no cambiar nada en su sistema de agricultura, y
siguieron escrupulosamente sus antiguos errores: en lugar de
trasportarse á sus propiedades, de supervigilar ellos mismos el
trabajo, descargaron en un capataz el cuidado de buscar peones, de
arreglar con ellos los precios, y vieron en consecuencia disminuir
poco á poco sus rentas.
|
2 Como el mismo autor lo dice en
seguida, cundo él visitó a Minca, esta hacienda estaba en
decadencia, y esa decadencia se debió, no á la incuria del
propietario, sino a la carencia de brazos para hacer la recolección
del café, cuyas primeras cosechas se perdieron completamente por
tal causa. Por lo demás, tenemos seguridad de que el señor de Mier
ignoró la visita que el autor hizo á sus propiedades; pues al
haberla sabido aquel, habría sido su compañero, y entonces no
habría extrañado la carencia de víveres, porque el señor de Mier
conocía y sabía practicar dignamente los deberes de la
hospitalidad. N. del T.
|
En un país como la Nueva Granada, donde cada hombre libre puede
tener un dominio, donde las exigencias de la vida material
reducidas á la simple alimentación, solamente requieren un trabajo
insignificante, todo propietario debe, si quiere prosperar,
interesar directamente al trabajador en su prosperidad. Algún
tiempo después de mi partida de Santa Marta, el señor Joaquín de
Mier hizo llevar de Génova unos cincuenta agricultores, con los
cuales esperaba transformar de nuevo á Minca en una floreciente
propiedad. Estos italianos pasaron en el
|far niente más
absoluto los tres meses de su compromiso, y en seguida se
dispersaron por diferentes puntos, trabajando y desmontando por su
propia cuenta; la mayor parte se reunió á inmediaciones de la
Ciénaga de Santa Marta, en un pueblo de formación reciente,
Fundación. Allí se han entregado al cultivo del tabaco y de los
árboles frutales cerca de cien familias europeas en el espacio de
cuatro ó cinco años; y bajo el solo impulso del trabajo libre, este
punto ha venido á ser el centro agrícola más importante de las
costas de la Nueva Granada.
Á
|
mi regreso de Minca tuve ocasión de ver una vez más,
cuán fácil es enriquecerse con el trabajo agrícola en las regiones
montañosas de la Nueva Granada. En el fondo de una cañada alcance a
ver un sendero lateral serpenteando entre los troncos unidos de los
|bihaos³; lo seguí con cierta curiosidad, y pronto me
encontré en un vasto claro ante un cobertizo reducido á las mas
simples proporciones, que consistía únicamente en un gran techo de
hojas de palma sostenido por cuatro estacas gruesas. En una hamaca
sus-
|
|
|3 Heliconia bihai, plátano de
los monos. Es una planta que á primera vista puede confundirse
fácilmente con el plátano.
|
pendida de largas cuerdas á las soleras del techo, se balanceaba
un anciano de severa fisonomía, leyendo tranquilamente un
periódico. Á su lado dos peones dormían sobre unas esteras; una
mula amarrada á una de las estacas del cobertizo, masticaba
perezosamente espigas de maíz; aquí y allá estaban esparcidos
machetes, sillas, vestidos, pailas, platos; en un rincón, entre dos
piedras ennegrecidas por el humo, acababan de extinguirse algunos
carbones. Al ruido que hice rozando las hojas de bihao, el anciano
se volvió, y, alegrándose á la vista de un caballero extranjero, se
enderezó en su hamaca y me invitó cortésmente á descansar á la
sombra de su techo; después despertó á uno de sus peones y le
ordenó que colgara otra hamaca y que me preparase una taza de
|jengibre
|4.
Demasiado político para preguntarme el objeto de mi paseo, se
apresuró á prevenir mi curiosidad refiriéndome cómo había venido á
establecerse en un rancho perdido en medio de las selvas. Habiendo
heredado, hacía algunos meses apenas, un territorio de muchas
leguas cuadradas, el señor Collantes, inspirado repentinamente,
había tomado la resolución, bien extraña á los ojos de sus amigos,
de ir á cultivar una parte de su vasto dominio. Eligiendo cerca del
camino de Minca una cañada abundantemente regada y desprovista de
grandes árboles, hizo poner fuego por muchos puntos á la vez, y el
incendio propagándose con rapidez en los altos matorrales formó
bien pronto un extenso claro en el cual se veían esparcidos aún
algunos troncos ennegrecidos. Dos ó tres días bastaron para que el
rancho se levantara en medio de las cenizas;
|
4 Bebida exquisita y saludable,
producida por la infusión de una raíz de jengibre en una agua muy
azucarada.
|
la hamaca fue suspendida en él, y Collantes se instaló allí como
en un trono.
Sin variar su posición horizontal, vigilaba con un solo golpe de
vista los trabajos agrícolas e indicaba con un gesto en qué parte
de la cañada ó de las colinas inmediatas debía sembrarse el tabaco,
plantar las plataneras ó las cañas de azúcar. Comía con sus peones,
bebía con ellos el jengibre ó el café y jamás dejaba, aun antes de
lo fuerte del calor, de llamarlos para la gran siesta. Cada tres ó
cuatro días, un peón iba á la ciudad á buscar los periódicos, las
cartas y las provisiones; una vez por semana, recibía la visita de
algún amigo ó extranjero que iba á Minca. Verdadero filósofo el
anciano, no pedía más para ser dichoso. Estaba al abrigo de la
lluvia; su hamaca y una frazada reemplazaban todo lo que en las
ciudades se cree necesario para la comodidad, el periódico lo
mantenía al corriente de lo que pasaba en el mundo; veía ondular al
impulso de la brisa sus plátanos y sus cañas, ¿qué más podía
desear? Además su empresa debía producir infaliblemente buenos
resultados, porque sus gastos eran casi ningunos, sus cosechas se
vendían con anticipación á un precio muy elevado, y tenia el
cuidado de asegurar siempre el trabajo de los peones haciendo de
ellos sus libres asociados. Para estudiar prácticamente la
agricultura tropical, quizás hubiera hecho bien en pedir la
hospitalidad por dos ó tres semanas al plantador Collantes; pero
prefería establecerme en las inmediaciones de la ciudad, con un
joven ó inteligente italiano que, hacia más de un año, poseía una
roza
|5, á media legua de Santa Marta, donde cultivaba las
especies más importantes de árboles frutales y algunas plantas
industriales. Feliz este joven por
|
5
|Roza. En la Nueva Granada
llaman así á los huertos y vergeles.
|
haber encontrado un compatriota, porque en la América del Sur
todos los latinos se llaman hermanos, acogió mi propuesta con gozo,
y bajo su dirección me puse inmediatamente á la obra. En el espacio
de unas pocas semanas, aprendí á conocer las diversas variedades de
frutos y semillas; planté una hilera de plátanos, ayudé á reparar
una parte del canal de irrigación; ensayé, bien que mal, el modo de
extraer la fécula de la yuca, todo esto con gran admiración de un
zambo que ganaba renegando sus cuarenta sueldos por
día
|6, y no podía comprender que un hombre en sus cabales
encontrase algún placer en el trabajo.
Aprendí, sin embargo, bastante, y para hacer aún mejor mi
aprendizaje, elevándome á la dignidad de propietario, traté de
comprar un huerto encantador de una hectárea de superficie, situado
á orillas del Manzanares y perfectamente regado. Me lo ofrecieron
con su casita y todos sus árboles frutales por la módica suma de
treinta y ocho francos. Estaba próximo á cerrar el negocio, cuando
fui á consultar á mi italiano y lo encontré tendido en su estera
con el cráneo roto: en una riña que se originó después de haber
bebido, un compañero de botella le había asestado un terrible
bastonazo. Esta aventura, que me reveló ciertos hábitos de mi
profesor, resfrió mi celo, y no encontrando quien pudiera servirme
de mayordomo en lugar de Andrés Giustoni, resolví no diferir por
más tiempo mi partida para la ciudad de Riohacha.
Podía elegir la vía de tierra ó la de mar; la primera me parecía
infinitamente más agradable, pero estábamos al principio de la
estación lluviosa, y sin rodearme de una multitud de precauciones
que no estaba en posibilidad de tomar enton-
|
6 Cuatro reales. N. del T.
|
ces, me habría sido imposible hacer trasportar mi equipaje por
las riberas del mar. Además la marcha habría sido horriblemente
penosa. Los correístas, únicos de quienes habría podido pretender
que me sirvieran de guías, hacen en tres días el trayecto de 175
kilómetros entre Santa Marta y Riohacha; además las dos primeras
etapas son las únicas que tienen un rancho en que puedan obtenerse
algunos recursos en caso de un accidente; no hay siquiera trazado
un camino de una ciudad á otra, y es indispensable seguir la orilla
del mar entre el agua saltadora y los altos derrumbaderos, cuyas
bases corroen las olas. Frecuentemente hay que elegir el momento
preciso en que la ola se retira para lanzarse en el agua hasta
medio cuerpo y rodear así la extremidad de un promontorio. Si se
vacila un solo instante, la ola vuelve remolineando por encima del
viajero y lo arroja en medio de las piedras esparcidas ó lo golpea
contra el barranco. Veinte ríos desembocan en el mar entre Santa
Marta y Riohacha. En tiempo de sequedad, la mayor parte derrama sus
aguas en lagunas pantanosas separadas del mar por un cordón
litoral; pero durante la estación de las lluvias, se abren á través
de las arenas numerosas bocas siempre cambiantes, y algunas veces
los correístas en su marcha de tres días, tienen que atravesar más
de cien brazos de agua corriente. Cuando estos ríos no son muy
profundos, se puede seguir la barra marcada por la línea blanca de
los bajos; pero marchando sobre la arena que cede con las pisadas,
es necesario no olvidar que es preciso dar machetazos á diestra y
siniestra para espantar los monstruos, cocodrilos ó tiburones, que
pueden encontrarse á las inmediaciones. Sí el agua está muy
profunda ó la corriente muy rápida para poder pasar á vado, uno se
amarra sólidamente debajo de los brazos dos vejigas o
|balsos, para conservar la cabeza y el pecho fuera del agua,
y, sable en mano, se atraviesa así la embocadura. La Administración
ha elegido para correístas á indios jóvenes, caminadores
incansables, y que podrían en caso necesario hacer todo el camino
sin reposar ni un solo instante; á su llegada parecen tan frescos
como en el momento de partir. Son siempre tres, con el objeto de
poder intimidar á los jaguares; el uno conduce á la espalda la
valija de la correspondencia, el segundo va encargado del saco de
provisiones y al tercero se le confían las armas y las vejigas.
Cada viaje es remunerado con veinte francos poco mas o menos.
Seguro de llegar medio muerto si intentaba seguir á estos
terribles caminadores, tomé el partido más prudente de ir por mar,
con tanta más razón, cuanto que para penetrar en el interior de la
Sierra, como tenía intención de hacerlo, debía seguir después la
parte más interesante de este camino. Fui á tomar mi camarote en la
goleta
|La Margarita, próxima á hacerse á la vela para
Riohacha; dije adiós á todos mis amigos y después á esa ciudad de
Santa Marta, tan bella en medio de sus huertos, á la sombra de sus
grandes montañas. Apenas habíamos pasado el Morro cuando la ciudad
desapareció de repente como un sueño, el más agradable que haya
tenido en mi vida, pues millares de mariposas blancas que
revoloteaban á nuestro alrededor como una trompa inmensa, ocultaban
á nuestros ojos la Sierra y los promontorios.
Durante toda la travesía, esta nube movible nos quitó la vista
del panorama de los cerros, y para abreviar las horas, me vi
obligado á recurrir á mi pequeña biblioteca. Cuál no fue mi
sorpresa cuando al abrir mis libros, al parecer intactos, los
encontré casi sin fojas como cajas cuyo contenido se hubiera
vaciado. Durante mi peregrinación en Santa Marta, en el espacio de
algunas semanas, el comején había devorado todo, salvo las pastas y
los cantos; de tal manera que de la obra entera de un célebre
filósofo ecléctico, no me quedó sino el título impreso en bellos
caracteres mayúsculos. ¡Singular ironía de la suerte!
Después de una travesía de dos días, llegamos á la vista de las
escarpadas, ó barrancos de arcilla roja que prolongan al oeste la
costa de Riohacha, y por la tarde desembarqué en el largo muelle
del puerto de aquel nombre.