INDICE




LOS ALREDEDORES DE SANTA MARTA
 

 

 

Después de haberme instalado en Santa Marta me faltaba hacer algunas excursiones por la explanada y por las montañas que la circundan con su gigantesco anfiteatro. Dirigí mi primera correría hacia el promontorio que cierra del lado del norte las salinas y el puerto de Santa Marta, cuyas escarpadas cimas dominan atrevidas las ondas. Gracias á una estrecha barranca abierta por las aguas de las lluvias en las rocas de pizarra, pude subir, no sin trabajo, hasta el punto culminante de la colina. Desde lo alto de la enorme mole en la cual me encontraba, dominaba á la vez dos extensas bahías. Á la izquierda se redondeaban los suaves contornos de la rada de Santa Marta, en donde se balanceaban algunos buques al anda; á la derecha, se desplegaba el puerto de Taganga, más abierto, pero mucho más extenso que el de la ciudad, y sin embargo, rara vez visitado si no es por alguna goleta de contrabandistas ó una canoa de indios. En este momento nada me recordaba al hombre, ni siquiera una miserable choza sobre la ribera.

No obstante mi deseo de contemplar por más largo tiempo los dos golfos tan graciosamente cercados por la estrecha cadena la violencia del viento me obligó bien pronto á descender de roca en roca, como pudiera por una escalera y agazaparme sobre la arena en una gruta defendida de las olas por arrecifes en desorden. El viento se hace sentir siempre con una fuerza mayor á cierta altura sobre el nivel del mar; en la propia superficie de las olas, el rozamiento con el agua sobre la cual se desliza, lo retarda, mientras que más alto no experimenta ninguna resistencia y sopla con toda su fuerza: las velas superiores de las naves se inflan siempre más fuertemente que las bajas. Por medio de pequeñas hélices fijadas en los mástiles, me parece que podría medirse la intensidad del viento en alturas diversas, y acomodar para las corrientes atmosféricas los cálculos que el ingeniero de Prony ha hecho para los ríos: podría descubrirse también, á qué altura sobre el nivel del mar se hace sentir el máximo de fuerza del viento en cada estación y en cada latitud. Este trabajo, que, para ser completo y concluyente requeriría numerosos y repetidos experimentos, se haría más fácil por la regularidad con la cual sopla sobre las aguas el viento de la zona tropical; lejos de propagarse como los vientos de nuestros climas por una sucesión de soplos violentos que separan intervalos de reposo, la brisa recorre el espacio con un impulso siempre igual: es una corriente cuya celeridad no cambia.

Mi segunda excursión fue más larga y menos fácil que la primera: se trataba de atravesar la boca del río Manzanares, costear la playa hasta las ruinas del fuerte San Carlos¹, y subir la montaña que lo domina. Nada más sencillo en apariencia; pero no contaba con una república de perros salvajes, que habían establecido su campamento sobre la ribera izquierda del río, y no dejaban invadir su dominio sin defenderlo. Apenas había atravesado la barra, largo valladar de arena alternativamente bañado por las aguas dulces del Manzanares y por las saladas del mar, cuando vi que cinco mastines vigorosos se levantaron de un salto de las altas yerbas en que estaban acostados, y se lanzaron hacia mí con el ojo ardiente

1 San Fernando era el nombre de este fuerte. N. del T.

 

y el cuello tendido. En un momento estuve rodeado, y las cinco furiosas bocas se abrieron para devorarme, pero cogí un pedazo de madero que estaba clavado en la arena, y rompí con él la quijada al animal más encarnizado. Éste fue un golpe de teatro; los mastines se detuvieron moviendo la cola en señal de afecto, y se echaron á mis pies. El perro de la quijada colgante y ensangrentada, me miraba con una ternura más servil que los demás. Este cambio repentino equivalió para mí, lo confieso, á la lectura de un largo artículo de historia ó de filosofía. ¡Cuántos hombres, cuántos pueblos se han doblegado así bajo la mano que los golpeaba! ¡Cuántos esclavos no hay en América y en otras partes, que gimen bajo la opresión y que sin embargo, aman cobardemente á sus amos, y corresponden cada acto de tiranía con un nuevo envilecimiento!

Media hora después llegué al fuerte de San Carlos, cuyos bastiones se levantan sobre la roca al través de la playa. Las murallas están desmanteladas, los cañones expuestos hace mas de un siglo al áspero viento del mar, se desmoronan en planchas herrumbrosas; el océano ha formado grutas en las casamatas. Nada más apacible que todo este tren de guerra mellado por el tiempo; en ninguna otra parte pueden formarse mejores ilusiones que al pie de estas murallas que tanto tiempo ha dejaron de amenazar á las escuadras. Desgraciadamente, desde lo alto del fuerte se goza de una vista demasiado limitada, si no es hacia el mar, que se extiende al occidente en toda su inmensidad; pero del lado de tierra solamente se ve un estrecho horizonte de rocas y cactos.

Para contemplar en toda su belleza el panorama de la explanada, es necesario arriesgarse en las escarpadas pendientes de la montaña al pie de la cual fue construido el fuerte. Las dificultades de la ascensión principian en la base misma del cerro. Las rocas pizarreñas de que se compone, están formadas de una masa muy deleznable que se rompe al pisarla y rueda en pedazos á lo largo de las escarpas. Las únicas plantas que crecen en las fragosidades pertenecen á la familia de los cactos y están erizadas de espinas formidables; el suelo mismo está todo sembrado de estos dardos acerados. Para subir por en medio de las piedras que ceden al poner el pie en ellas corriendo á cada instante el riesgo de perder el equilibrio, es necesario colocarlo con la mayor prudencia entre las espinas é introducir delicadamente el cuerpo por debajo de los troncos y de las ramas de los cactos entrelazados. Un solo paso falso, un solo gesto extemporáneo, y puede uno cegarse ó herirse gravemente enterrándose en las carnes un manojo de alfileres. Ántes los españoles de Colombia plantaban á las inmediaciones de sus fortalezas hileras de cactos, y estas fortificaciones vegetales eran más difíciles de tomar que las murallas rodeadas de fosos.

Á fin de conocer mejor el aspecto general de estas montañas en que deseaba establecerme, y familiarizarme al mismo tiempo con los peligros que presentan resolví internarme en la |montaña², y subir tanto cuanto me fuese posible por los flancos de la Horqueta. Todos aquellos á quienes pedía algunos datos sobre esta montaña, procuraban amedrentarme con la descripción de una multitud de peligros imaginarios: uno me habló de serpientes y tigres; un indio fuerte en aritmética, pretendió persuadirme de que había una treintena de estos animales, catorce machos y diez y seis hembras, correteando por las pendientes de la Horqueta. Otro me aseguro

2 Selva virgen. En casi todas las antiguas cartas francesas de la América, |montaña | ha sido traducida erróneamente |montagne.

 

que existía en los valles superiores una tribu de salvajes que tenían la costumbre de asesinar á los extranjeros por medio de flechas untadas del veneno del |curare. Un tercero sostenía que las montañas estaban encantadas, y que los naturales, hábiles hechiceros, se entendían con el diablo para guardar la entrada de sus desfiladeros. El que salvaba la primera garganta, me decía él, debe desafiar torrentes de lluvia que descienden del cielo como verdaderas cataratas. Si la fuerza y el valor no le faltan, y llega al segundo desfiladero, es asaltado por un huracán de nieve; si á pesar de la tempestad, continúa subiendo la roca, entonces el diablo en persona viene á su encuentro y muestra sus cuernos al viajero obstinado.

Esta fábula se apoya en un fondo de verdad y puede dar á las gentes supersticiosas una vaga idea de la superposición de los climas en los flancos de las altas montañas. En efecto, la Sierra Nevada, colocada como una gigantesca barrera al través del camino seguido por los vientos alisios, recibe en sus valles todos los vapores que se levantan del mar; después del mediodía, entre dos y tres, ó más tarde, aun en las dos estaciones de sequedad anuales, cuando un implacable azul se extiende sobre la explanada, la tempestad estalla en la Sierra, y los vapores se precipitan en copiosas lluvias en los valles inferiores, en huracanes de nieve en las pendientes elevadas. A mayor altura se extienden los |páramos, mesetas desiertas en donde los que no están habituados al tránsito de las montañas son atacados frecuentemente de vértigo. ¿Á qué atribuir este vértigo sino á los maleficios del demonio?

Yo temía poco los sortilegios; pero en la ausencia de guías no podía pretender descubrir solo los desfiladeros practicables y los senderos abiertos por el tapir al través de los montes y de las malezas. En Santa Marta, ni un solo hombre, blanco, negro ó zambo había penetrado en la Sierra hasta la base de la Horqueta. Cuarenta días antes de mi llegada, una docena de hombres abastecidos de provisiones y armas, habían partido para la montaña con la esperanza de obtener del gobierno la concesión de 16.000 hectáreas de excelentes tierras, prometidas al que, ó á los que descubrieran una garganta fácil en la dirección del Valle-Dupar, ciudad situada en línea recta á veinte y cinco leguas al sudeste; pero la expedición lejos de atravesar la cresta de la sierra, descendió por un valle lateral al pueblo de la Fundación, cerca de la Ciénaga. Es, pues, cierto, que estas montañas son de difícil acceso; sin embargo, jamás podrá uno admirarse suficientemente de que una cima de más de cuatro mil metros que se levanta á menos de cuatro leguas de Santa Marta, haya permanecido inexplorada hasta hoy.

Los picos más elevados no han recibido nombre siquiera, y nadie pudo decirme cuál era el San Lorenzo, frecuentemente citado en las obras de Humboldt. Presumo que este gran viajero designó así la Horqueta. No pudiendo encontrar á ningún español que quisiera servirme de guía, recordé la promesa que había hecho á Zamba Simonguama, y resolví visitarlo en Bonda, esperando encontrar en él un excelente compañero. Pregunté sencillamente dónde estaba situado Bonda, pero se me miró con aire de admiración.

|

-No hay gente en la Sierra.

-¿Cómo, los pueblos están desiertos?

 

-No hay gente, le digo, no hay sino chinos.

Doblemente admirado de esta aserción contradictoria que negaba la existencia de habitantes en los pueblos de la Sierra y afirmaba al mismo tiempo que los chinos estaban establecidos en ellos, insistí en poseer la llave de este enigma, y descubrí que los habitantes de la explanada, blancos y negros, tienen solos el nombre de |gente; en cuanto á los indios de las montañas, no tienen derecho al título de hombres, no son sino |chinos.

Este nombre, como el de indio, evidentemente impuesto á los indígenas de la América por los primeros conquistadores, es una nueva prueba de que los españoles estaban firmemente persuadidos de que habían descubierto las costas orientales del Asia. Cristóbal Colón creía que las costas de Veraguas, cerca de Portobelo estaban á nueve jornadas de marcha de la embocadura del Ganges. Para él la isla de Cuba no era otra cosa que el Japón ó reino de Cipango, la Costafirme era una península de la vasta y misteriosa |Tierra sinensis, y los |pielesrojas, eran chinos ó indios. En el embarazo de la decisión, se les dieron ambos nombres: el uno ha sido adoptado en Europa, mientras que el otro se ha perpetuado en la América del Sur hasta nuestros días. Por largo tiempo los castellanos rehusaron el título de hombres á los indígenas y los trataron como bestias. Los negros importados de África no fueron más respetados al principio; pero á consecuencia de los cruzamientos y de la abolición de la esclavitud, la mezcla entre blancos y negros se obró gradualmente, mientras que los indios quedaron aparte en sus valles montañosos. Poco á poco los negros y mulatos, con su presunción natural y la potencia de similación que los distingue, han formado resueltamente entre la |gente, y dejan para los indios solos la calificación de |ninguno. No hay necesidad de decir que nadie hace esta distinción injuriosa en los Estados más civilizados de la Nueva Granada³,

3 Ni tampoco en nuestras costas del Atlántico, pues aunque es cierto que á los naturales de los pueblos los llaman |indios, | no es por desprecio, sino porque descienden de la raza primitiva. N. del T.

 

en las altas planicies, donde los indios forman la mayor parte de la población y han nacido hace mucho tiempo para la vida política. Las tribus de indios que no se han mezclado á la masa del pueblo y viven aparte en sus caseríos ó en sus ranchos, son los únicos que los habitantes de las ciudades se permiten tratar así; ellas forman poco más ó menos la vigésima parte de la población granadina.

El deseo de ver esos |chinos no podía menos que aumentar mi ardor para realizar la excursión á la Horqueta. Mi amigo Ramón Díaz ofreció acompañarme hasta Mamatoco, pueblo de indios situado á una legua de Santa Marta, sobre la ribera izquierda del Manzanares. El ancho sendero que conduce á este pueblo cruza los huertos, rodea al norte de la explanada la base de la cadena montañosa, después sigue por un desfiladero entre esta cadena y algunos mamelones rocallosos cubiertos de cactos. Por allí, durante las fuertes crecientes, el Manzanares derrama sus aguas y amenaza á la ciudad de Santa Marta. En cada una de estas inundaciones, arrastra consigo enormes cantidades de arena que cubren el camino con su masa movediza y hacen el tránsito de él sumamente penoso. Más allá del río, que se atraviesa á yado, el camino es excelente, y se llega en pocos minutos al pueblo de Mamatoco, larga calle formada por cabañas y que remata en una pequeña plaza en que se levanta una casa de ventanas y barandas, perteneciente al cónsul inglés.

Casi todos los indios, hombres, mujeres y niños, estaban ocupados en sus huertos y en sus cañaverales; la calle estaba desierta, y los únicos habitantes del pueblo eran los buitres ( |galinazos), posados sobre los techos de hojas de palmas. No reteniéndome en Mamatoco ningún objeto especial me despedí de Ramón Díaz después de haber obtenido las señas necesarias, y me apresuré á recorrer el sendero montuoso que conduce á través de la selva al hermoso valle de Bonda.

Mi antiguo compañero de viaje, Simonguama, me recibió con una explosión de alegría y corrió á llamar á sus amigos para festejar con ellos mi bienvenida con una botella de chicha; en seguida me sirvió un refresco de frutas y de |pichipichis |4 y me comprometió á pasar la noche en su cabaña. Verdadero |caballero, me mostró y puso á mi disposición sus herramientas, sus instrumentos y hasta sus vestidos; pero olvidó presentarme á su mujer, india despavorida, cuya desordenada cabellera flotaba al viento como las crines de un caballo. Su marido no le dirigía nunca la palabra; se contentaba con darle sus órdenes por señas que ella comprendía por demás de un modo admirable y se esmeraba en ejecutarlas inmediatamente. Ante los extranjeros la mujer del piel-roja de la Sierra, es siempre una esclava muda. ¿De dónde viene esta desaparición de la esposa cuando ella ve penetrar un tercero en la cabaña conyugal? Quizás de un refinamiento de celos de parte del esposo. Con esta religiosidad que él observa generalmente en todos sus actos, el marido considera á su mujer más bien como una institución que como una persona; ella es su propiedad por excelencia y para ampararla mejor, no quiere que sea admirada siquiera. El musulmán cubre con un velo á su mujer; más celoso todavía el indio la rebaja sistemáticamente en presencia del extranjero: hace de ella una esclava, le prohíbe la palabra, casi la mirada, le quita toda individualidad y la suprime por decirlo así. Acostumbrada á su papel de máquina, la mujer lo ejecuta admirablemente.

4 Pequeñas conchas bivalvos que presentan alguna semejanza con el |cardium osculentum |.

 

Mi título de francés me valió una acogida favorable de parte de todos los indios invitados por Zamba. Los piratas bretones y nanteses que antes espumaban el mar de las Antillas y que dejaron, tan sangrientos recuerdos en las costas de Colombia y en la América Central, solamente atentaban contra las fragatas, las plantaciones, las ciudades españolas, y en sus expediciones tomaban frecuentemente á los indios por compañeros en los asesinatos y el incendio. De aquí sin duda, esa popularidad que acompaña al francés. Á pesar mío, vine al cabo de muchos años á tener alguna solidaridad con los antiguos piratas de la isla de la Tortuga.

Así como las otras tribus de la Sierra Nevada de Santa Marta, todas conocidas con los nombres de sus pueblos, Gaira, Mamatoco, Masinga, Taganga, la tribu de los bondas desciende del antiguo pueblo de los Taironas, quienes, á la llegada de los españoles, cultivaban los valles y las pendientes de las montañas hasta el píe mismo de los hielos, y podían, dicen, poner más de 50.000 combatientes sobre las armas. Más de una vez rechazaron á los españoles en batalla campal, y la playa de Gaira conserva aún el recuerdo de la terrible lucha en que todo un ejército de invasores blancos fue exterminado sin que quedase uno solo. Sin embargo los indios, atacados nuevamente, cedieron al fin ante la disciplina y las armas de luego de los europeos, y probablemente debieron á su retirada á las montañas el haber escapado en parte al exterminio. Hoy los descendientes de los antiguos Taironas están en un estado de transición. No han entrado aún en la corriente de la vida civilizada, como sus hermanos de los Estados de Santander y Boyacá, y sin embargo no viven ya en su fiera y salvaje libertad antigua. No hablan siquiera la lengua de sus padres, y desde la guerra de la Independencia, que los trasformó en soldados y ciudadanos, han perdido el sentimiento de la patria local para adherirse á la gran patria granadina. En este nuevo patriotismo está el germen de su futura regeneración.

Los caciques de los indios de la Sierra han tenido siempre una autoridad libremente consentida por los miembros de la tribu; pero antes podían juzgar todas las causas y pronunciar todas las sentencias de una manera absoluta y sin apelación. Hoy los caciques no son en realidad sino simples jueces de paz, y todos los negocios importantes deben pasarse al tribunal de Santa Marta. Simonguama lo había experimentado á su costa. Si él hubiese sido juzgado en su tribu, no habría sido condenado ciertamente á la fuerte pena que tuvo que sufrir por haber penetrado de noche en la cabaña de un mulato de Mamatoco y haberla pillado completamente. Cada pueblo tiene su moral: á los ojos de los otros bondas, Zamba solamente había cometido una falta, y cuando volvió del |presidio, no había perdido nada en la estimación de sus compañeros.

Á pesar de las apariencias, la religión de los indios de la Sierra, difiere igualmente de la de los samarios. Es verdad que ya no adoran el Sol: en general, tienen también en su cabaña una pequeña imagen de la Virgen, fija á una vigueta con un alfiler ó con un clavo; pero esta imagen no basta para hacerlos católicos. La Santa Virgen les parece una buena y pequeña diosa, suficiente á lo más para la protección del hogar, pero completamente impotente fuera de la cabaña. Que salven el umbral de sus puertas, inmediatamente verán erguirse por sobre las selvas y los picos las dos grandes puntas azules de la Horqueta. Esta doble cima, es la grande, la temible diosa de todas las tribus que viven á su sombra; es ella la que arranca las nubes al cielo para ceñirse la frente, es ella la que vierte los torrentes en sus gargantas y sus valles, ella la que brama con la voz de las tempestades; la explanada que se extiende á sus pies es fertilizada por sus lluvias y sus arroyos. ¿No es á ella á la que es necesario rendir todo homenaje por el crecimiento de las plantas y por el sustento diario? ¿No es ante ella que debe temblarse cuando lanza la tempestad en los valles que la rodean?

Después de su vuelta del presidio, Zamba Simonguama había tenido tiempo para hacerse industrial y montar un pequeño trapiche. Durante los pocos instantes de reposo que me dejaba su solicita hospitalidad, traté de examinar en detal todos sus aparejos de fabricación. Lo mismo que los de todos los modestos ingenios de la Sierra, se reducen á muy poca cosa, pero no por eso dejaron de parecerme bien respetables como el tipo original de las sabias y complicadas máquinas que se ven hoy en los importantes establecimientos de Europa y América. Un asno atado á un madero, hace girar uno sobre otro los dos cilindros de madera dentados; un muchacho introduce el extremo delgado de la caña de azúcar entre los dos cilindros, la caña se hace pedazos y el |vino de caña pasa por un tubo de bambú á una enorme calabaza, en donde un segundo muchacho, provisto de una calabaza más pequeña, toma el jugo para trasladarlo á la marmita que sirve á la vez de |grande, de |refinador; de |miel y de |batición |5. Esta marmita, sostenida por algunos ladrillos, descansa en una hornilla cavada en el suelo, de suerte que para activar el fuego, el atizador se ve obligado á bajar al fondo de un agujero de más de un metro. En todas las veinte y cuatro horas se vacía la miel de la marmita en una cubeta chata, en la cual se condensa lentamente; en seguida se corta en |panelas, pe-

5 Nombre de las cuatro calderas por las cuales debe pasar el jugo de la caña sucesivamente antes de sacar el aguardiente.

 

queños panes rectangulares que forman con los plátanos la base de la alimentación en las provincias septentrionales de la Nueva Granada. Sucede frecuentemente que los indios y los negros se contentan con azúcar para su comida. Yo he calculado que en las costas atlánticas de Colombia cada persona come más de ciento cincuenta kilogramos de azúcar por año. En ningún país del mundo, ni aun en las Antillas, es tan considerable el consumo de este artículo; pero tampoco en ninguna parte la caña es más rica en azúcar, y aunque los medios de extracción son enteramente primitivos, el rendimiento del caldo de la caña en azúcar cristalizada, es de cerca del diez y seis por ciento.

Cuando llegó la noche, queriendo Simonguama darme la hospitalidad como verdadero gentil-hombre español, hizo que su mujer desplegase una gran tela nueva tejida con las fibras de la pita americana; después, subiendo sobre un tronco de guayacán que servía alternativamente de silla y de mesa, logró colgar esta tela sobre mi lecho, especie de zarzo fijado más abajo del techo. Quizá nunca se había desplegado por indio alguno lujo semejante, y yo manifestaba mi reconocimiento á Zamba, cuando de repente cayó un escorpión de uno de los pliegues de la tela. Mis gracias expiraron en los labios, y fue con verdadero horror que salté sobre mi lecho. Aquella noche fue para mí muy poco agradable, lo confieso, pues me parecía á cada instante que otro escorpión iba á enterrar su dardo en mis carnes.

Al día siguiente, descendiendo de la percha de cañas silvestres sobre la cual había pasado la noche tan desagradablemente á tres metros sobre el suelo, insté á Simonguama para que me acompañase á la Horqueta; pero me confesó que no conocía esa región de las montañas y que solamente había recorrido las |sierritas de las inmediaciones. Ofreció al mismo tiempo conducirme hasta Masinga, pueblo situado en la cima de un terraplén muy elevado, desde donde se disfruta de una vista admirable sobre el mar y la explanada de Santa Marta. En efecto, apenas dirigí mi petición al |caporal ó cacique de los indios de Masinga, cuando éste me presentó un joven que, decía él, podía llevarme |por todas las partes del mundo. Me apresuré á arreglarme con este guía incomparable, y partimos inmediatamente.

Durante muchas horas consecutivas, marchamos á través de la selva, sobre la pendiente de un valle en que oíamos correr un torrente después seguimos un camino abierto por las cabras por en medio de los pastos, y hacia las dos de la tarde llegamos a una explanada árida donde se perdía toda traza del sendero. Al frente aparecía azul y serena la doble cabeza de la Horqueta, separada de nosotros por un abismo; cambiando de frente, podíamos percibir aún la explanada ostentando su verde cintura al rededor de la concha tranquila del puerto. El guía que hasta allí había marchado con paso firme, daba señales de inquietud; había llegado evidentemente al límite de ese mundo que conocía tan bien, y llegó mi vez de conducirlo á él. Subí desde luego á un gran |peladero |6 con la esperanza de poder rodear del lado del sur el gran valle que se extiende al pie de la Horqueta; pero vi que era necesario atravesar el golfo, y eligiendo para descender una garganta cuyas pendientes estaban cubiertas por un monte de cañas espinosas, descendí lo mejor que pude al lecho del torrente. Sus bordes estaban sombreados por una vegetación de tal manera embrollada, que para avanzar era mas fácil deslizarnos de rama en rama como monos, que

6 Montecillo de rocas desnudo de toda vegetación por la intemperie.

 

arrastrarnos por el suelo. Después de habernos despedazado los vestidos, las manos y el rostro, logramos subir á la meseta que domina la otra ribera; pero habiendo llegado al límite de las selvas que se extienden sobre las pendientes mismas de la montaña, nos fue imposible pasar la barrera de troncos, bejucos y parásitas entrelazados. Al mismo tiempo se formaba una tempestad amenazadora sobre nuestras cabezas. Me fue forzoso ceder á las súplicas de mi guía y decidirme á volver cara ignominiosamente. Tal como se me había predicho en Santa Marta, los sortilegios del diablo obtuvieron la victoria.

Para regresar á Masinga, me pareció que el camino más cómodo era el lecho del torrente cuyo valle habíamos rodeado. Esta fue una bajada penosa; durante más de dos horas, con una fuerte lluvia, nos fue necesario saltar de grada en grada en una inmensa escalera cuyos escalones son rocas y troncos de árboles arrojados al acaso. Todos los que están acostumbrados á las excursiones de las montañas saben que para descender así, es necesario entregarse enteramente al instinto y dejar que la inteligencia, que ordinariamente se tiene en la cabeza, se refugie en los miembros; reflexionar, cuando un pie se detiene en la punta de una roca y el otro se balancea en el espacio, es caer, y caer, es despedazarse el cráneo. Tan pronto era preciso saltar por encima de la rama de un árbol; tan pronto arrastrarse por debajo, después lanzarse sobre una roca en medio del agua blanca de espuma, mantenerse en equilibrio sobre el borde de un precipicio, apoyar el pie en la fragosidad de una pared vertical, y saber sostenerse, sin quebrarla, de una rama seca, ó de una gavilla de yerba sin arrancarla.

Así descendíamos, cuando de repente sentí en un ojo un vivo dolor; una avispa del país, la |conchahonda, cuyo enjambre suspendido de una rama de árbol toqué por descuido, me picó en el párpado. En pocos segundos, el ojo picado estaba enteramente cerrado, y el otro no dejaba pasar la luz sino | á través de una abertura estrecha. Apenas veía, y me dejé deslizar trabajosamente de piedra en piedra, cuando de repente me encontré sumergido en el agua hasta medio cuerpo, en el fondo de un pequeño pozo cavado en la roca al lado de una cascada bramadora.

Felizmente no estaban lejos las primeras cabañas de Masinga; me arrastré penosamente con la ayuda de mi guía, y me dirigí donde el caporal para reclamarle la hospitalidad á que me daba derecho mi carácter de extranjero. Mi huésped me puso inmediatamente una compresa en los ojos, me subió al zarzo de cañas silvestres suspendido de las vigas del techo; después se fue á buscar al médico hechicero del pueblo. Éste, hermoso joven, de ojo meditabundo, de andar vacilante, me acarició largamente la cara, como tienen la costumbre de hacerlo los indios con sus enfermos, después me aplicó sobre el párpado una hoja de naranjito. |7

En pocos minutos me sentí completamente curado.

7 Arbusto cuya hoja se asemeja á la del naranjo.E

anterior | índice | siguiente