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SANTA MARTA
 

 

 

Santa Marta está situada en un paraíso terrestre. Sentada al borde de una playa que se extiende en forma de concha marina, agrupa sus casas blancas bajo el follaje de las palmeras y brilla al sol como un diamante incrustado en una esmeralda. Al | rededor de la ciudad, la explanada, redondeándose en un vasto círculo, se levanta en suaves ondulaciones hacia la base de las montañas. Estas sobreponen unas á otras sus gigantescas gradas matizadas con gran variedad por la vegetación que las cubre y la trasparente atmósfera, cuyo azul se condensa al rededor de las altas cimas; las nubes se esparcen en grandes rastros blancos en los valles superiores, se agrupan en bandas sobre las cimas, y por entre este amontonamiento de nubes, picos y montañas de toda forma, brota la soberbia Horqueta, cuya doble cabeza que se levanta y domina el horizonte, parece reinar sobre el espacio inmenso. Los enormes contrafuertes sobre los cuales se apoya el pico de dos cabezas proyectan a derecha é izquierda dos cadenas de montañas que se arquean al rededor de la explanada de Santa Marta, rebajan por una sucesión de graciosos declives la larga arista de sus cimas, y sumergen en el mar, á cada lado del puerto, sus escamados promontorios cada uno con una vieja y arruinada fortaleza. Así la explanada parece sostenida en los brazos del gigantesco Horqueta y dulcemente inclinada como un canastillo de follaje hacia las ondas deslumbrantes de luz. El promontorio del norte continúa por una cadena submarina y vuelve á presentarse fuera de las aguas formando el Morrillón y el Morro islas pedregosas que sirven de quiebra-olas al puerto. El conjunto del paisaje encerrado en este recinto es de una armonía indescriptible: todo es rítmico en ese pequeño mundo, limitado hacia el continente, pero abierto del lado de las aguas infinitas; todo parece haber seguido la misma ley de ondulación desde las altas montañas de cimas redondas hasta las líneas de espuma, débilmente trazadas sobre la arena. ¡Cuán dulce es contemplar ese admirable cuadro! Se mira, se mira sin cesar, y no se sienten pasar las horas. Sobre todo en la tarde, cuando el borde inferior del sol principia á sumergirse en el mar y que el agua tranquila viene á suspirar al pie de la ribera, la verde explanada, los oscuros valles de la Sierra las rosadas nubes y las lejanas cimas como salpicadas de polvo de fuego, presentan un espectáculo tan bello, que el viajero absorto parece que no tiene vida sino para ver y admirar. Los que han tenido la dicha de contemplar este grandioso paisaje jamás lo olvidan. Uno de mis amigos granadinos, á quien antes de ir a Santa Marta le había pedido algunos datos de esta ciudad, solamente pudo responderme con una sonrisa de pesar y con esta palabra: ¡Ay!

El interior de la ciudad no está en armonía con la magnificencia de la naturaleza que la rodea. Santa Marta es el primer establecimiento que los españoles fundaron en la costa firme granadina, y, á pesar de la antigüedad de este origen, á pesar de su hermoso puerto y de su título de capital del Magdalena, a pesar de la fertilidad de su explanada y de sus montañas, cuenta cuando más con una población de 4.000 habitantes. Las calles, anchas y cortadas á ángulos rectos, como las de todas las ciudades de menos de cuatro siglos de existencia, no han sido empedradas jamás y durante los días de fuertes brisas presentan á la vista una perspectiva de arena en que el pasajero no se atreve a aventurarse. Las casas son bajas y mal construidas en general; en los barrios apenas hay simples cabañas de estacas y tierra, cubiertas con techos de palmas y pobladas de escorpiones y de innumerables arañas. En 1825, tres siglos después de la fundación de Santa Marta, un temblor de tierra¹ derribó más de cien casas, y abrió grietas en los muros de su catedral y de sus cuatro iglesias. Desde esta época los pedazos de ladrillos y argamasa no se han escombrado, las ruinas no han sido reedificadas, las grietas se abren cada día más; solamente el tiempo ha decorado de arbustos las desplomadas paredes, y tejido sobre la alta cúpula de la iglesia mayor una verde guirnalda toda mezclada de flores amarillas y rojas. En esta ciudad, tan arruinada aún como al día siguiente del temblor de tierra, solamente vi una casita nueva y los cimientos de un edificio sin concluir, que debía servir para un gran colegio provincial. La morada del más rico comerciante de la ciudad, en otro tiempo verdadero palacio, no presenta ya del lado del mar sino un conjunto de ruinas; paredes desplomadas rodean el jardín lleno de escombros amontonados, cuerpos de columnas y capiteles cubren el suelo y árboles espinosos crecen en medio de las piedras².

Á pesar de estas huellas del desastre de 1825, Santa Marta está muy distante de producir en el espíritu la misma lúgubre impresión que Cartagena: las calles son más anchas, las casas que dejó en pie el temblor de tierra están blanqueadas con cal ó pintadas de alegres colores, y además la naturaleza es tan bella que arroja un reflejo de su belleza sobre la ciudad agazapada á sus pies en medio de los árboles. Desde la división de la Nueva Granada en ocho repúblicas federales, Santa

1 No fue en 1821, sino en 1834 que tuvo lugar el temblor de tierra á que alude el autor. N. del T.
2 El edificio á que alude el autor era propiedad del caballero á que se refiere, pero no su casa de habitación. N. del T.

 

Marta ha decretado la construcción de un faro en el Morro, establecido muchas instituciones de utilidad pública, y fundado una escuela de enseñanza superior ¡Pueda ella continuar en esta vía y deje de ofrecer cuanto antes un penoso contraste con El Dorado que la rodea!

Delante de las casas, en el centro de la extensa curva delineada por la playa, se levantan las ruinas de un antiguo fuerte, cuyas murallas medio roídas se desmigajan piedra á piedra en las ondas invasoras. Los bongos de la Ciénaga, cargados de plátanos, pescados y cocos anclan al pie de la fortaleza, y es en medio de los montones de piedras, sobre la cima de las murallas, que los indios ostentan sus productos. Las mujeres de la ciudad, en general con vestidos demasiado cortos, vienen allí en tropel á buscar sus provisiones del día. Nada tan pintoresco como este mercado al aire libre, sobre muros que se desploman en las azules ondas.

Las grandes naves de Europa y de los Estados Unidos anclan á la distancia de un kilómetro hacia al norte, en el fondo mismo de la ensenada y al pie del promontorio que la protege contra los vientos del norte y del este. La playa que se extiende entre los promontorios y la ciudad, está circundada de un lado por el mar, del otro por salinas algunas veces inundadas. Por la tarde sirve de paseo á la población que la recorre en todos sentidos, una gran parte á pie, otra á caballo y tal cual en coche. La aduana, un almacén arruinado para depósito, un muelle algunas enramadas levantadas sobre los bultos de mercaderías, son las únicas construcciones que se ven en el puerto, que, lejos de presentarse como un centro de actividad, parece más bien un lugar de placer. En todos los instantes del día nadadores blancos y negros se precipitan desde lo alto del muelle retozan como tritones al rededor de las naves y cambian el azul de la superficie del mar en olas de blanca espuma; los zambos ociosos permanecen en la ribera y los marineros apoyados en el bordaje de las embarcaciones, juzgan las proezas de los nadadores y con estrepitosos aplausos rinden homenaje á los más hábiles.

De repente, después de las primeras horas de la mañana consagradas al mercado, las plazas y calles de Santa Marta pierden la fisonomía animada que les había dado la concurrencia de los indios, y el |far niente viene á ser tan general como en el puerto: las cuatrocientas ó quinientas tiendas abiertas en todas las esquinas de las calles, que ofrecen á los compradores una pequeña provisión de plátanos, cazabes, fósforos químicos y chicha³, quedan vacías; los habitantes de Gaira, Mamatoco y Masinga se retiran en caravanas, arreando una larga procesión de asnos y mulas. Entonces los samarios que quedan en posesión de la ciudad, principian su siesta, ó bien se sientan á los umbrales de las puertas, conversan alegremente sobre los incidentes de la mañana, mientras que las señoritas, á la extremidad de los frescos corredores, se mecen en sus hamacas suspendidas de las columnas de los patios. Á medida que el calor aumenta, las voces se extinguen poco á poco, los insectos mismos dejan de zumbar; se diría que la ciudad entera reposa y languidece bajo una atmósfera de voluptuosidad. El trabajo parece un esfuerzo inútil en este dichoso clima, donde la paz desciende de las verdes montañas y del azulado cielo.

¿Cómo se puede vituperar á esas poblaciones que se abandonen al gozo físico de vivir cuando todo las invita á ello? El hambre y el frío no las atormentan jamás; la perspectiva de la miseria no se presenta ante su espíritu; la implacable industria no las espolea con su aguijón de bronce. Aquellos

3 Guarapo.

 

cuyas necesidades todas son satisfechas inmediatamente por la benéfica naturaleza evitan contrariarla con el trabajo y gozan perezosamente de sus beneficios; son aún los hijos de la tierra, y su vida se pasa en paz como la de los grandes árboles y la de las flores. Frecuentemente el calor aunque sea templado siempre por la brisa, es de tal manera fuerte que toda actividad se convierte en fatiga, porque Santa Marta está situada bajo el ecuador meteorológico del mundo, y la temperatura media es allí de veinte y nueve grados centígrados.

Cuando los valles y terraplenes de la Sierra Nevada están poblados por centenas de millares de agricultores, entonces los samarios, hoy tan poco activos, serán arrastrados en el gran torbellino del trabajo, y el comercio de inmensos brazos se apoderará de Santa Marta como se ha apoderado de tantas otras ciudades tropicales que dormitaban también bajo un cielo encantador. En nuestros días, la capital del Estado del Magdalena solamente hace un comercio de transito; recibe del extranjero cargamentos de telas, mercaderías poco voluminosas que puedan expedirse fácilmente hacia los mercados del interior; en cambio, envía á Inglaterra una gran parte del oro extraído por los mineros del Estado de Antioquia, y algunos cargamentos de tabaco á Alemania. El total de las importaciones y exportaciones se eleva cuando mucho á quince millones de francos por año. ¡Cuán fácil sería aumentar esta suma, comparativamente insignificante, si sus habitantes quisiesen entregarse seriamente al cultivo de la tierra!

Como todos los extranjeros que visitan á Santa Marta, me sentí embriagado desde los primeros días con ese aire voluptuoso, impregnado en los aromas que se desprenden de la explanada; en lugar de ocuparme inmediatamente de mis proyectos de agricultura, me dejé llevar perezosamente á la contemplación de la naturaleza de las cercanías. Sin embargo mis horas no se perdieron enteramente; bien acogido en todas las casas en que me presentaba, me hice á amigos que se apresuraban á responder á mis diversas preguntas con una cortesanía enteramente castellana; cuando me paseaba por la playa, trababa frecuentemente conversación con los indios ó mestizos pescadores; de todos modos, procuraba estudiar á lo vivo las costumbres, las creencias los hábitos de la población. Para conocer los principales productos de la explanada, me bastaba errar por los senderos y penetrar en los huertos en donde se me ofrecía toda clase de frutos á precios increíblemente módicos. Higos, plátanos de muchas variedades, nísperos |4 de carne color de sangre, anones, papayas, ciruelas |5 de los trópicos, aguacates, mangos de olor de terebinto, guayabas, |marañón ó manzana de anacardo, cuyo perfume vale él solo un festín, guanábana |6, que recuerda el gusto de las fresas en vino azucarado, y tantas otras producciones exquisitas, cuya nomenclatura exigiría un diccionario en regla. En esta explanada afortunada y sobre los declives de esas montañas en que el sol madura con un mismo rayo los más suaves frutos de todos los climas, no seria difícil volver á ser frugívoro como nuestros primeros padres, y abandonar el espantoso régimen de la carne y de la sangre por el de los vegetales que brotan espontáneamente del seno de la tierra.

Bajo nuestros tristes climas del Norte, durante la estación del invierno, muchos actos de la vida causan un verdadero sufrimiento. Por la mañana, sobre todo, se necesita hasta energía para abandonar la cama. En el momento de desper-

|4 Achras sapota. Sapote es el nombre que se le da en las costas; el |níspero es una fruta distinta. N. del T.
| |5 Spondia, ciruela
| 6 Annona muricata.

 

tar están los miembros dulcemente envueltos en cobertores como con una triple atmósfera de calor; estremecimientos eléctricos y voluptuosos recorren el cuerpo; los párpados se abren amorosamente a la vida. En la alcoba, al contrario, todo parece contraído por el frío; cristales de yelo cubren las vidrieras con sus centellantes flores la blancura mate que las penetra hace presentir que una espesa capa de nieve se extiende sobre la tierra; silbantes soplos de viento se lamentan por encima de los tejados y se engolfan en las chimeneas con un murmullo lastimero. Entonces los que no tienen á su disposición todos los recursos del |confort deben alzar repentinamente sus calientes cobertores, saltar al piso helado de la alcoba, sumergir la cabeza y las manos en agua fría: agitarse en seguida con desesperados movimientos y abandonar toda reflexión durante la consumación de esta especie de suicidio. Los sibaritas prolongan su sueño por un medio-adormecimiento y luchan contra el día que se levanta, el ruido creciente de la calle los pasos que resuenan y el implacable tic-tac del reloj. Ven con espanto que se aproxima el momento de levantarse: bastaría hacer un movimiento, abrir los ojos para disipar los restos del sueño; pero tienen especial cuidado de mantenerse inmóviles; cierran los párpados con desesperación, alejan todo pensamiento y logran dormitar por la fuerza. Después, cuando el momento fatal llega por fin, inventan razones para esperar aun otro poco; el estudiante recita sus lecciones, el devoto dice cincuenta |Ave-Marías, el poeta compone versos. Solamente los hombres verdaderamente valerosos se levantan con gozo, experimentan placer al sentir el agua helada que corre por el cuerpo y las penetrantes caricias del aire exterior que hace una irrupción repentina por la ventana entreabierta. Este valor puede provenir también de la necesidad, y es al agua fría, al soplo helado del |invierno, que debe quizás atribuirse en gran parte la constante fuerza, la tranquila resolución de los hombres del Norte. El que arrostra el frío puede también arrostrar el cañón.

Por el contrario, ¡cuán suave ydelicioso es el levantarse en los dulces países del mediodía, en una explanada como la de Santa Marta! los vagos aromas de las flores que se entreabren vienen á inundar la alcoba, las aves baten sus alas y gorjean mil cantos variados, la sombra del follaje se delinea en la blanca pared y parece juguetear con los nacientes rayos del sol. la atmósfera tan dulce en el interior de las casas, es fuera de ellas más dulce aún, más fresca, más vivificante; el viento que pasa hace experimentar al cuerpo y á el alma, á todo nuestro ser, las suaves sensaciones de la juventud. En medio de esta naturaleza que se despierta á la vida con tanto amor, es imposible no revivir uno mismo con todo el ardor de su ser; en la ribera de este mar tan bello á los primeros rayos del sol, se respira con embriaguez, se siente uno renovado.

Al amanecer, gentes de a pie y de á caballo llenan los caminos que conducen al pequeño río Manzanares, nombrado así por los |conquistadores en memoria del riachuelo de Madrid; y cada uno escoge una ensenada sombreada para el baño matinal. El sendero que yo recorría ordinariamente pasaba por en medio de huertos floridos. Las altas yerbas entapizaban también los bordes, los árboles agrupados entrelazaban tanto sus ramas en forma de bóveda encima del camino, que uno podía creerse bajo un inmenso toldo de verdura. El sol hacia penetrar aquí y allá ráfagas de luz, y por uno que otro claro aparecían los penachos de los cocoteros balanceándose á mucha altura por encima de los árboles del camino. las ciruelas de los trópicos cubren el terreno, las emanaciones de las flores entreabiertas y de las maduras frutas, se esparcen en el aire. Frecuentemente pasan algunas hermosas indias en asnos que van al trote y se cambia con ellas el saludo de costumbre:

|

-¡Ave María!

-Sin pecado concebida.

Al | llegar al puente del Manzanares, monumento notable en su género, porque es el único de la provincia, pero que se compone sencillamente de unas tablas de madera muy mal colocadas sobre estribos ya cuarteados y desplomados, los grupos se separan: cada uno de los que van á tomar el baño, desciende la escarpada orilla, y se sumerge en el agua trasparente que rueda sobre un lecho de arena micácea, semejante á un mosaico de oro y plata. A esta hora matutina todas las aves cantan, los enjambres de mosquitos no remolinean aún en el aire, el calor del sol no ha atravesado todavía el espeso ramaje de los árboles, y el agua que acaba de descender de las montañas conserva todavía la frescura de las rocas de que ha brotado. Después de algunos minutos de este baño delicioso y vivificador, se sube la ribera y en seguida las gentes se dispersan al acaso en los huertos vecinos. Así se pasan las primeras horas de la mañana en Santa Marta.

Una gran parte del día se emplea en dormir la siesta, al menos los hombres |7, porque las mujeres, activas en todos los

7 No obstante el respeto que por su gran ilustración, sus vastos talentos y la imparcialidad de sus juicios, nos inspira el autor, nos tomaremos la libertad de aclarar unas veces y de rectificar otras, algunos conceptos formados indudablemente bajo las primeras impresiones ó por informes erróneos ó exagerados. No dudamos que él observara frecuentemente que los habitantes de Santa Marta estaban ociosos; pero esto dependía de la carencia de trabajo, pues generalmente los hijos de aquella ciudad no son perezosos, y de esto dan pruebas trasladándose á otros países de la República, y aun de los Estados Unidos y Europa, en busca de ocupación cuando tienen medios de hacerlo. N. del T.

 

países del mundo, no interrumpen sino rara vez sus quehaceres domésticos. Cuando el calor era tan fuerte que no me permitía una excursión á lo largo del río ó de la playa, no me quedaba, otro recurso que tenderme en mi hamaca con un libro en la mano. La casa que había tomado en arrendamiento por la módica suma de veinte francos por mes era espaciosa, bien sombreada, rodeada de un hermoso huerto, y mi vecina, la niña |8 |Perlita, con ese tierno instinto de hospitalidad tan frecuente en las mujeres criollas, no había esperado la formalidad de una visita para enviarme todos los muebles necesarios para mis reducidas necesidades domésticas. Extranjero desembarcado apenas, encontré ya en mi nueva patria mayor número de afectos simpáticos que los que de ordinario se encuentran en el país natal. Algunos jóvenes, ansiosos de instruirse, como lo son sin excepción todos los neo-granadinos, venían á conversar conmigo; las damas á las cuales era presentado, me interrogaban con la encantadora libertad del país. Algunas llevaban la audacia hasta preguntarme si las francesas eran bonitas. Á esto yo hubiera contestado con ánimo resuelto; pero bajo los ojos fulgurantes de esas hijas del sol, apenas osé decir que, allá en las brumas del Norte germinaban también bellas flores.

Una cosa que desde luego me llamó la atención, fue la notable inteligencia de todos los jóvenes que conocí en Santa Marta. Siempre dichosos y alegres, no hacen consistir su gloria suprema en representar el papel de héroes ridículos; viven jovialmente, hermanando el estudio con los placeres ruidosos. Se expresan con elegante facilidad y se elevan

8 |Niña, jovencita. En la Nueva Granada, las señoras casadas reciben, así como las señoritas, este tratamiento de confianza y amistad.

 

naturalmente á una elocuencia á veces verbosa, pero siempre seductora. Además del español, hablan en general una ó dos lenguas vivas, el francés, el inglés, el alemán ó el holandés. Ávidos de conocer todo lo que pertenece al extranjero, adquieren cierta educación superficial que les permite conversar sobre todo sin quedarse jamás en zaga. Esta educación se la deben enteramente á sí mismos, porque en las escuelas la disciplina es completamente nula, y para obtener algún resultado de los niños es necesario hablarles como á hombres libres. Las instituciones republicanas han dado tal temple á la voluntad en todos los países de la América, que los niños así como los hombres no admiten la obediencia. Para hacerse respetar, los profesores deben darse sencillamente el título de amigos, y lejos de hacer uso de la menor autoridad tienen que proceder con dulzura. En Luisiana, un director francés, infatuado con las tradiciones clásicas, introdujo en su colegio una disciplina rigurosa, y los jóvenes se amotinaron y quemaron el establecimiento.

Estos niños, tan quisquillosos en materia de dignidad personal, son felizmente muy exaltados en punto de honor; la emulación puede hacerlos obrar prodigios. Basta mostrarles confianza para que inmediatamente traten de justificarla por su actividad.

En esto los hombres de la Nueva Granada no difieren en nada de los niños, y cuando se convenzan de que su honor está comprometido en hacer prosperar á su país, en fundar escuelas, abrir caminos, cultivar su extenso territorio, es seguro que harán cuanto sea dable exigir de ellos. El punto de honor es la principal palanca que podrá levantar este pueblo y lanzado en la vía del progreso; es la gran virtud que pondrá en actividad todas las otras. Las cualidades de los criollos granadinos son numerosas: si se les puede enrostrar cierta pereza moral, no se les puede negar la inteligencia, la bravura, la afabilidad, y sobre todo, la modestia. ¡Con qué conmovedora gracia no arrojan en la sombra á su propia patria cuando hablan de la Francia, que para ellos es, con razón ó sin ella, el representante más glorioso de las razas latinas y el porta-estandarte del progreso!

El joven más notable de aquellos que conocí, se llamaba Ramón Díaz. Era un mulato de diez y ocho años apenas, y había tenido tiempo de adquirir una instrucción sólida. En compañía de un viajero europeo había estudiado la ornitología y la botánica en la explanada que rodea la ciudad; después de la partida del explorador extranjero, continuó sus pesquisas enteramente solo. Ayudado de algunos libros, había redactado para su uso privado tratados de filosofía literatura y geometría. Sin embargo, la variedad de sus conocimientos no le había inspirado la menor ambición, y permanecía como si tal en la tienda portátil de su madre en donde vendía quizás una quincena de plátanos por día. Si estaba destituido de ambición, no carecía de orgullo, y sabía muy bien que no es la posición social, sino la dignidad personal la que da importancia al hombre.

Ramón Díaz y sus amigos no eran los únicos que me hacían pasar agradablemente las horas; tenía también otros visitadores: el mono atado á una larga cuerda, que cansado de balancearse en una rama, ven la de tiempo en tiempo á darme un abrazo; el loro, que me recitaba los nombres de todos los niños de la vecindad y se interrumpía frecuentemente con el grito de |¡burro! ¡burro! aprendido sin duda de los indios que excitan así á sus cabalgaduras; el pequeño perico verde que inclinaba la cabeza con aire tímido y zalamero, como para pedir un beso, alisando en seguida con el pico sus alas extendidas, y gritando alegremente cuando yo le arrojaba las frutas rojas del cacto |9

Rodeado así de amigos y además un poco debilitado por el calor, no podía consagrar todas mis horas al trabajo. Sin embargo, mis estudios, aunque no eran serios, no dejaban de ser provechosos. Puede aprenderse, aun gozando, y el vaivén de la hamaca, las sombras de las ramas inclinadas sobre el pavimento á través de las columnas de madera del patio, la vista de la cuarteada cúpula de la catedral que se delineaba color de violeta en el fondo azul del cielo, todas estas cosas contribuían á grabar irrevocablemente en mi espíritu cada una de mis reflexiones. En el silencio del gabinete, sobre todo durante las noches frías y lúgubres de nuestros países del Norte, el que busca la verdad la encuentra desnuda con toda su serena majestad, y puede mirarla frente á frente sin que nada turbe su contemplación. Esta conquista tiene algo de heroica; es sin duda, la más digna del hombre, pero es solitaria, por decirlo así, y no presta su poesía á nada de lo que le rodea. En medio de la naturaleza tropical, potencia mágica que embellece todos los objetos, cada pensamiento es al mismo tiempo un cuadro; las abstracciones, tan frías en el Norte, armonizan con todo lo que las rodea, y frecuentemente una idea espera que un rayo de sol pase al través del follaje para despertarse en los espíritus. Las almas vibran de concierto con la gran alma de la tierra.

Con la noche vienen los bailes y los paseos. los tocadores de tamboril y castañuelas se reúnen en las esquinas de las calles, é improvisan conciertos que los muchachos imitan de lejos con gran acompañamiento de calderos y carracas. Los

9 Tunas. N. del T.

 

jóvenes se reúnen en casa de las amigas que celebran sus días, y bailan en torno de un altar adornado con flores y guirnaldas; al lado de la imagen de la Patrona se suspenden todos los objetos preciosos existentes en la casa: collares, brazaletes, abanicos, piezas de género, láminas francesas representando el entierro de Atala ó la muerte de Poniatowski¹°. Los ministriles tocan con una especie de furia sus destemplados retornelos, recostados en muebles forrados en zaraza, y no descansan sino de hora en hora para apurar de prisa un vaso de chicha. Entra el que quiere, sea para bailar, sea para tomar de los refrescos que circulan á expensas del dueño de la casa y de sus |niñas. La casa pasa á ser todas las noches de propiedad pública hasta el aniversario del natalicio de otra joven¹¹.

Gracias á la belleza dé las noches, los paseantes son más numerosos en la playa que los danzantes en las salas de baile; los grupos se mezclan, se separan, se modifican; por diversas partes se oyen cantos que se confunden con el armonioso ruido de las olas. Los que no conocen el esplendor de las noches tropicales, no pueden figurarse cuán dulces son las horas que se pasan á la luz velada de esas noches

10 Poniatowski, conocido con el sobrenombre de |Bayard-Polonais, era sobrino de Estanislao II, rey de Polonia. Se distinguió por su indomable valor, y viéndose obligado á expatriarse, tomó servicio en el ejército de Napoleón I, haciendo en 1809, con 8.000 hombres una brillante defensa de Varsovia, contra 60.000 austriacos y batiendo al archiduque Fernando. Fue nombrado mariscal de Francia en el campo de batalla de Leipsick, y pereció poco después ahogado en el Elster (19 de octubre de 1813), en cuyo río se precipitó antes que rendirse, cuando no pudo proteger la retirada del ejército. N. del T.
11 creemos que el autor confunde la celebración del natalicio con la de la "Invención de la Santa Cruz", la cual tiene lugar en los nueve días que trascurren del 2 al 10 de mayo, y se verifica en los términos que él indica durante las noches de esos nueve días. N. del T.

 

 

deliciosas; ignoran á qué grado puede uno gozar acariciado por la límpida atmósfera que lo rodea; todos los sentidos están halagados á la vez, los movimientos se hacen con tanta suavidad, que uno puede creerse libre hasta de su propio peso. El cielo cuyas estrellas brillan con una claridad cuatro veces mayor que en la zona templada¹² está casi siempre sin nubes, y se puede contemplar en toda su extensión el flamígero arco de la vía láctea. La luz zodiacal, que muchos astrónomos americanos pretenden ser un anillo semejante al de Saturno, redondea su inmenso arco hacia el occidente: al sur se presentan como copos de nieve las nubes magallánicas, y grupos de constelaciones tan vastas como nuestro cielo y perdidas sin embargo como un vapor en el espacio infinito. Á cada instante estrellas errantes mucho más voluminosas en apariencia que las de nuestros climas y que dejan en pos de sí largos rastros de luz de variados colores, cruzan el cielo en todas direcciones: diríase a veces que aquellas exhalaciones son cohetes y fuegos de artificio: sin embargo, jamás hacen explosión. Esta circunstancia y el número y volumen de las estrellas errantes me parece que dan un gran peso á la opinión de los sabios, que no ven en estos meteoros otra cosa que la combustión espontánea del gas escapado de los pantanos. En efecto, en ninguna parte fermentan tantas materias corrompibles como en las lagunas de las selvas tropicales, y los gases que de ellas se levantan pueden formar sin duda alguna, verdaderas nubes en las regiones superiores de la atmósfera.

Otra cosa contribuye también á aumentar la influencia casi embriagadora de las noches tropicales en el organismo: los perfumes de los huertos y de los bosques. Las flores de cada

12 Según Alejandro de Humboldt.

 

especie se abren unas después de otras, y derraman en el aire el olor especial que las distingue. Algunos de estos olores, entre otros el de la palma |córua, hacen una irrupción repentina ó invaden bruscamente la atmósfera: otros, más discretos, se insinúan con lentitud y se apoderan gradualmente de los sentidos; otros producen una especie de ritmo en las olas aéreas, y brotan de las flores por intervalos; pero todos se suceden en un orden regular y producen así un verdadero diapasón de perfumes. Imitando á Lineo, que proponía la construcción de un reloj de flores, en el cual las horas se marcarían por la abertura de las corolas, MM. Spyx y Martius, los célebres exploradores del Brasil, proponían convertir un jardín en un vasto reloj tropical, en el cual se indicaría cada división del tiempo por un olor diferente, escapado de una flor entreabierta como el humo se escapa del incensario.

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