SANTA MARTA
Santa Marta está situada en un paraíso terrestre. Sentada al
borde de una playa que se extiende en forma de concha marina,
agrupa sus casas blancas bajo el follaje de las palmeras y brilla
al sol como un diamante incrustado en una esmeralda. Al
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rededor de la ciudad, la explanada, redondeándose en un
vasto círculo, se levanta en suaves ondulaciones hacia la base de
las montañas. Estas sobreponen unas á otras sus gigantescas gradas
matizadas con gran variedad por la vegetación que las cubre y la
trasparente atmósfera, cuyo azul se condensa al rededor de las
altas cimas; las nubes se esparcen en grandes rastros blancos en
los valles superiores, se agrupan en bandas sobre las cimas, y por
entre este amontonamiento de nubes, picos y montañas de toda forma,
brota la soberbia Horqueta, cuya doble cabeza que se levanta y
domina el horizonte, parece reinar sobre el espacio inmenso. Los
enormes contrafuertes sobre los cuales se apoya el pico de dos
cabezas proyectan a derecha é izquierda dos cadenas de montañas que
se arquean al rededor de la explanada de Santa Marta, rebajan por
una sucesión de graciosos declives la larga arista de sus cimas, y
sumergen en el mar, á cada lado del puerto, sus escamados
promontorios cada uno con una vieja y arruinada fortaleza. Así la
explanada parece sostenida en los brazos del gigantesco Horqueta y
dulcemente inclinada como un canastillo de follaje hacia las ondas
deslumbrantes de luz. El promontorio del norte continúa por una
cadena submarina y vuelve á presentarse fuera de las aguas formando
el Morrillón y el Morro islas pedregosas que sirven de quiebra-olas
al puerto. El conjunto del paisaje encerrado en este recinto es de
una armonía indescriptible: todo es rítmico en ese pequeño mundo,
limitado hacia el continente, pero abierto del lado de las aguas
infinitas; todo parece haber seguido la misma ley de ondulación
desde las altas montañas de cimas redondas hasta las líneas de
espuma, débilmente trazadas sobre la arena. ¡Cuán dulce es
contemplar ese admirable cuadro! Se mira, se mira sin cesar, y no
se sienten pasar las horas. Sobre todo en la tarde, cuando el borde
inferior del sol principia á sumergirse en el mar y que el agua
tranquila viene á suspirar al pie de la ribera, la verde explanada,
los oscuros valles de la Sierra las rosadas nubes y las lejanas
cimas como salpicadas de polvo de fuego, presentan un espectáculo
tan bello, que el viajero absorto parece que no tiene vida sino
para ver y admirar. Los que han tenido la dicha de contemplar este
grandioso paisaje jamás lo olvidan. Uno de mis amigos granadinos, á
quien antes de ir a Santa Marta le había pedido algunos datos de
esta ciudad, solamente pudo responderme con una sonrisa de pesar y
con esta palabra: ¡Ay!
El interior de la ciudad no está en armonía con la magnificencia
de la naturaleza que la rodea. Santa Marta es el primer
establecimiento que los españoles fundaron en la costa firme
granadina, y, á pesar de la antigüedad de este origen, á pesar de
su hermoso puerto y de su título de capital del Magdalena, a pesar
de la fertilidad de su explanada y de sus montañas, cuenta cuando
más con una población de 4.000 habitantes. Las calles, anchas y
cortadas á ángulos rectos, como las de todas las ciudades de menos
de cuatro siglos de existencia, no han sido empedradas jamás y
durante los días de fuertes brisas presentan á la vista una
perspectiva de arena en que el pasajero no se atreve a aventurarse.
Las casas son bajas y mal construidas en general; en los barrios
apenas hay simples cabañas de estacas y tierra, cubiertas con
techos de palmas y pobladas de escorpiones y de innumerables
arañas. En 1825, tres siglos después de la fundación de Santa
Marta, un temblor de tierra¹ derribó más de cien casas, y abrió
grietas en los muros de su catedral y de sus cuatro iglesias. Desde
esta época los pedazos de ladrillos y argamasa no se han
escombrado, las ruinas no han sido reedificadas, las grietas se
abren cada día más; solamente el tiempo ha decorado de arbustos las
desplomadas paredes, y tejido sobre la alta cúpula de la iglesia
mayor una verde guirnalda toda mezclada de flores amarillas y
rojas. En esta ciudad, tan arruinada aún como al día siguiente del
temblor de tierra, solamente vi una casita nueva y los cimientos de
un edificio sin concluir, que debía servir para un gran colegio
provincial. La morada del más rico comerciante de la ciudad, en
otro tiempo verdadero palacio, no presenta ya del lado del mar sino
un conjunto de ruinas; paredes desplomadas rodean el jardín lleno
de escombros amontonados, cuerpos de columnas y capiteles cubren el
suelo y árboles espinosos crecen en medio de las piedras².
Á pesar de estas huellas del desastre de 1825, Santa Marta está
muy distante de producir en el espíritu la misma lúgubre impresión
que Cartagena: las calles son más anchas, las casas que dejó en pie
el temblor de tierra están blanqueadas con cal ó pintadas de
alegres colores, y además la naturaleza es tan bella que arroja un
reflejo de su belleza sobre la ciudad agazapada á sus pies en medio
de los árboles. Desde la división de la Nueva Granada en ocho
repúblicas federales, Santa
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1 No fue en 1821, sino en 1834 que tuvo lugar el temblor de
tierra á que alude el autor. N. del T.
|
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2 El edificio á que alude el autor era propiedad del caballero
á que se refiere, pero no su casa de habitación. N. del T.
|
Marta ha decretado la construcción de un faro en el Morro,
establecido muchas instituciones de utilidad pública, y fundado una
escuela de enseñanza superior ¡Pueda ella continuar en esta vía y
deje de ofrecer cuanto antes un penoso contraste con El Dorado que
la rodea!
Delante de las casas, en el centro de la extensa curva delineada
por la playa, se levantan las ruinas de un antiguo fuerte, cuyas
murallas medio roídas se desmigajan piedra á piedra en las ondas
invasoras. Los bongos de la Ciénaga, cargados de plátanos, pescados
y cocos anclan al pie de la fortaleza, y es en medio de los
montones de piedras, sobre la cima de las murallas, que los indios
ostentan sus productos. Las mujeres de la ciudad, en general con
vestidos demasiado cortos, vienen allí en tropel á buscar sus
provisiones del día. Nada tan pintoresco como este mercado al aire
libre, sobre muros que se desploman en las azules ondas.
Las grandes naves de Europa y de los Estados Unidos anclan á la
distancia de un kilómetro hacia al norte, en el fondo mismo de la
ensenada y al pie del promontorio que la protege contra los vientos
del norte y del este. La playa que se extiende entre los
promontorios y la ciudad, está circundada de un lado por el mar,
del otro por salinas algunas veces inundadas. Por la tarde sirve de
paseo á la población que la recorre en todos sentidos, una gran
parte á pie, otra á caballo y tal cual en coche. La aduana, un
almacén arruinado para depósito, un muelle algunas enramadas
levantadas sobre los bultos de mercaderías, son las únicas
construcciones que se ven en el puerto, que, lejos de presentarse
como un centro de actividad, parece más bien un lugar de placer. En
todos los instantes del día nadadores blancos y negros se
precipitan desde lo alto del muelle retozan como tritones al
rededor de las naves y cambian el azul de la superficie del mar en
olas de blanca espuma; los zambos ociosos permanecen en la ribera y
los marineros apoyados en el bordaje de las embarcaciones, juzgan
las proezas de los nadadores y con estrepitosos aplausos rinden
homenaje á los más hábiles.
De repente, después de las primeras horas de la mañana
consagradas al mercado, las plazas y calles de Santa Marta pierden
la fisonomía animada que les había dado la concurrencia de los
indios, y el
|far niente viene á ser tan general como en el
puerto: las cuatrocientas ó quinientas tiendas abiertas en todas
las esquinas de las calles, que ofrecen á los compradores una
pequeña provisión de plátanos, cazabes, fósforos químicos y
chicha³, quedan vacías; los habitantes de Gaira, Mamatoco y Masinga
se retiran en caravanas, arreando una larga procesión de asnos y
mulas. Entonces los samarios que quedan en posesión de la ciudad,
principian su siesta, ó bien se sientan á los umbrales de las
puertas, conversan alegremente sobre los incidentes de la mañana,
mientras que las señoritas, á la extremidad de los frescos
corredores, se mecen en sus hamacas suspendidas de las columnas de
los patios. Á medida que el calor aumenta, las voces se extinguen
poco á poco, los insectos mismos dejan de zumbar; se diría que la
ciudad entera reposa y languidece bajo una atmósfera de
voluptuosidad. El trabajo parece un esfuerzo inútil en este dichoso
clima, donde la paz desciende de las verdes montañas y del azulado
cielo.
¿Cómo se puede vituperar á esas poblaciones que se abandonen al
gozo físico de vivir cuando todo las invita á ello? El hambre y el
frío no las atormentan jamás; la perspectiva de la miseria no se
presenta ante su espíritu; la implacable industria no las espolea
con su aguijón de bronce. Aquellos
cuyas necesidades todas son satisfechas inmediatamente por la
benéfica naturaleza evitan contrariarla con el trabajo y gozan
perezosamente de sus beneficios; son aún los hijos de la tierra, y
su vida se pasa en paz como la de los grandes árboles y la de las
flores. Frecuentemente el calor aunque sea templado siempre por la
brisa, es de tal manera fuerte que toda actividad se convierte en
fatiga, porque Santa Marta está situada bajo el ecuador
meteorológico del mundo, y la temperatura media es allí de veinte y
nueve grados centígrados.
Cuando los valles y terraplenes de la Sierra Nevada están
poblados por centenas de millares de agricultores, entonces los
samarios, hoy tan poco activos, serán arrastrados en el gran
torbellino del trabajo, y el comercio de inmensos brazos se
apoderará de Santa Marta como se ha apoderado de tantas otras
ciudades tropicales que dormitaban también bajo un cielo
encantador. En nuestros días, la capital del Estado del Magdalena
solamente hace un comercio de transito; recibe del extranjero
cargamentos de telas, mercaderías poco voluminosas que puedan
expedirse fácilmente hacia los mercados del interior; en cambio,
envía á Inglaterra una gran parte del oro extraído por los mineros
del Estado de Antioquia, y algunos cargamentos de tabaco á
Alemania. El total de las importaciones y exportaciones se eleva
cuando mucho á quince millones de francos por año. ¡Cuán fácil
sería aumentar esta suma, comparativamente insignificante, si sus
habitantes quisiesen entregarse seriamente al cultivo de la
tierra!
Como todos los extranjeros que visitan á Santa Marta, me sentí
embriagado desde los primeros días con ese aire voluptuoso,
impregnado en los aromas que se desprenden de la explanada; en
lugar de ocuparme inmediatamente de mis proyectos de agricultura,
me dejé llevar perezosamente á la contemplación de la naturaleza de
las cercanías. Sin embargo mis horas no se perdieron enteramente;
bien acogido en todas las casas en que me presentaba, me hice á
amigos que se apresuraban á responder á mis diversas preguntas con
una cortesanía enteramente castellana; cuando me paseaba por la
playa, trababa frecuentemente conversación con los indios ó
mestizos pescadores; de todos modos, procuraba estudiar á lo vivo
las costumbres, las creencias los hábitos de la población. Para
conocer los principales productos de la explanada, me bastaba errar
por los senderos y penetrar en los huertos en donde se me ofrecía
toda clase de frutos á precios increíblemente módicos. Higos,
plátanos de muchas variedades, nísperos
|4 de carne color
de sangre, anones, papayas, ciruelas
|5 de los trópicos,
aguacates, mangos de olor de terebinto, guayabas,
|marañón ó
manzana de anacardo, cuyo perfume vale él solo un festín,
guanábana
|6, que recuerda el gusto de las fresas en vino
azucarado, y tantas otras producciones exquisitas, cuya
nomenclatura exigiría un diccionario en regla. En esta explanada
afortunada y sobre los declives de esas montañas en que el sol
madura con un mismo rayo los más suaves frutos de todos los climas,
no seria difícil volver á ser frugívoro como nuestros primeros
padres, y abandonar el espantoso régimen de la carne y de la sangre
por el de los vegetales que brotan espontáneamente del seno de la
tierra.
Bajo nuestros tristes climas del Norte, durante la estación del
invierno, muchos actos de la vida causan un verdadero sufrimiento.
Por la mañana, sobre todo, se necesita hasta energía para abandonar
la cama. En el momento de desper-
|
|4 Achras sapota. Sapote es el nombre que se le da en las
costas; el
|níspero es una fruta distinta. N. del T.
|
|
|
|5 Spondia, ciruela
|
|
|
6 Annona muricata.
|
tar están los miembros dulcemente envueltos en cobertores como
con una triple atmósfera de calor; estremecimientos eléctricos y
voluptuosos recorren el cuerpo; los párpados se abren amorosamente
a la vida. En la alcoba, al contrario, todo parece contraído por el
frío; cristales de yelo cubren las vidrieras con sus centellantes
flores la blancura mate que las penetra hace presentir que una
espesa capa de nieve se extiende sobre la tierra; silbantes soplos
de viento se lamentan por encima de los tejados y se engolfan en
las chimeneas con un murmullo lastimero. Entonces los que no tienen
á su disposición todos los recursos del
|confort deben alzar
repentinamente sus calientes cobertores, saltar al piso helado de
la alcoba, sumergir la cabeza y las manos en agua fría: agitarse en
seguida con desesperados movimientos y abandonar toda reflexión
durante la consumación de esta especie de suicidio. Los sibaritas
prolongan su sueño por un medio-adormecimiento y luchan contra el
día que se levanta, el ruido creciente de la calle los pasos que
resuenan y el implacable tic-tac del reloj. Ven con espanto que se
aproxima el momento de levantarse: bastaría hacer un movimiento,
abrir los ojos para disipar los restos del sueño; pero tienen
especial cuidado de mantenerse inmóviles; cierran los párpados con
desesperación, alejan todo pensamiento y logran dormitar por la
fuerza. Después, cuando el momento fatal llega por fin, inventan
razones para esperar aun otro poco; el estudiante recita sus
lecciones, el devoto dice cincuenta
|Ave-Marías, el poeta
compone versos. Solamente los hombres verdaderamente valerosos se
levantan con gozo, experimentan placer al sentir el agua helada que
corre por el cuerpo y las penetrantes caricias del aire exterior
que hace una irrupción repentina por la ventana entreabierta. Este
valor puede provenir también de la necesidad, y es al agua fría, al
soplo helado del
|invierno, que debe quizás atribuirse en
gran parte la constante fuerza, la tranquila resolución de los
hombres del Norte. El que arrostra el frío puede también arrostrar
el cañón.
Por el contrario, ¡cuán suave ydelicioso es el levantarse en los
dulces países del mediodía, en una explanada como la de Santa
Marta! los vagos aromas de las flores que se entreabren vienen á
inundar la alcoba, las aves baten sus alas y gorjean mil cantos
variados, la sombra del follaje se delinea en la blanca pared y
parece juguetear con los nacientes rayos del sol. la atmósfera tan
dulce en el interior de las casas, es fuera de ellas más dulce aún,
más fresca, más vivificante; el viento que pasa hace experimentar
al cuerpo y á el alma, á todo nuestro ser, las suaves sensaciones
de la juventud. En medio de esta naturaleza que se despierta á la
vida con tanto amor, es imposible no revivir uno mismo con todo el
ardor de su ser; en la ribera de este mar tan bello á los primeros
rayos del sol, se respira con embriaguez, se siente uno
renovado.
Al amanecer, gentes de a pie y de á caballo llenan los caminos
que conducen al pequeño río Manzanares, nombrado así por los
|conquistadores en memoria del riachuelo de Madrid; y cada
uno escoge una ensenada sombreada para el baño matinal. El sendero
que yo recorría ordinariamente pasaba por en medio de huertos
floridos. Las altas yerbas entapizaban también los bordes, los
árboles agrupados entrelazaban tanto sus ramas en forma de bóveda
encima del camino, que uno podía creerse bajo un inmenso toldo de
verdura. El sol hacia penetrar aquí y allá ráfagas de luz, y por
uno que otro claro aparecían los penachos de los cocoteros
balanceándose á mucha altura por encima de los árboles del camino.
las ciruelas de los trópicos cubren el terreno, las emanaciones de
las flores entreabiertas y de las maduras frutas, se esparcen en el
aire. Frecuentemente pasan algunas hermosas indias en asnos que van
al trote y se cambia con ellas el saludo de costumbre:
|
-¡Ave María!
-Sin pecado concebida.
Al
|
llegar al puente del Manzanares, monumento notable en
su género, porque es el único de la provincia, pero que se compone
sencillamente de unas tablas de madera muy mal colocadas sobre
estribos ya cuarteados y desplomados, los grupos se separan: cada
uno de los que van á tomar el baño, desciende la escarpada orilla,
y se sumerge en el agua trasparente que rueda sobre un lecho de
arena micácea, semejante á un mosaico de oro y plata. A esta hora
matutina todas las aves cantan, los enjambres de mosquitos no
remolinean aún en el aire, el calor del sol no ha atravesado
todavía el espeso ramaje de los árboles, y el agua que acaba de
descender de las montañas conserva todavía la frescura de las rocas
de que ha brotado. Después de algunos minutos de este baño
delicioso y vivificador, se sube la ribera y en seguida las gentes
se dispersan al acaso en los huertos vecinos. Así se pasan las
primeras horas de la mañana en Santa Marta.
Una gran parte del día se emplea en dormir la siesta, al menos
los hombres
|7, porque las mujeres, activas en todos
los
|
7 No obstante el respeto que por su gran ilustración, sus
vastos talentos y la imparcialidad de sus juicios, nos inspira el
autor, nos tomaremos la libertad de aclarar unas veces y de
rectificar otras, algunos conceptos formados indudablemente bajo
las primeras impresiones ó por informes erróneos ó exagerados.
No dudamos que él observara frecuentemente que los habitantes
de Santa Marta estaban ociosos; pero esto dependía de la carencia
de trabajo, pues generalmente los hijos de aquella ciudad no son
perezosos, y de esto dan pruebas trasladándose á otros países de la
República, y aun de los Estados Unidos y Europa, en busca de
ocupación cuando tienen medios de hacerlo. N. del T.
|
países del mundo, no interrumpen sino rara vez sus quehaceres
domésticos. Cuando el calor era tan fuerte que no me permitía una
excursión á lo largo del río ó de la playa, no me quedaba, otro
recurso que tenderme en mi hamaca con un libro en la mano. La casa
que había tomado en arrendamiento por la módica suma de veinte
francos por mes era espaciosa, bien sombreada, rodeada de un
hermoso huerto, y mi vecina, la niña
|8
|Perlita,
con ese tierno instinto de hospitalidad tan frecuente en las
mujeres criollas, no había esperado la formalidad de una visita
para enviarme todos los muebles necesarios para mis reducidas
necesidades domésticas. Extranjero desembarcado apenas, encontré ya
en mi nueva patria mayor número de afectos simpáticos que los que
de ordinario se encuentran en el país natal. Algunos jóvenes,
ansiosos de instruirse, como lo son sin excepción todos los
neo-granadinos, venían á conversar conmigo; las damas á las cuales
era presentado, me interrogaban con la encantadora libertad del
país. Algunas llevaban la audacia hasta preguntarme si las
francesas eran bonitas. Á esto yo hubiera contestado con ánimo
resuelto; pero bajo los ojos fulgurantes de esas hijas del sol,
apenas osé decir que, allá en las brumas del Norte germinaban
también bellas flores.
Una cosa que desde luego me llamó la atención, fue la notable
inteligencia de todos los jóvenes que conocí en Santa Marta.
Siempre dichosos y alegres, no hacen consistir su gloria suprema en
representar el papel de héroes ridículos; viven jovialmente,
hermanando el estudio con los placeres ruidosos. Se expresan con
elegante facilidad y se elevan
|
8
|Niña, jovencita. En la Nueva Granada, las señoras
casadas reciben, así como las señoritas, este tratamiento de
confianza y amistad.
|
naturalmente á una elocuencia á veces verbosa, pero siempre
seductora. Además del español, hablan en general una ó dos lenguas
vivas, el francés, el inglés, el alemán ó el holandés. Ávidos de
conocer todo lo que pertenece al extranjero, adquieren cierta
educación superficial que les permite conversar sobre todo sin
quedarse jamás en zaga. Esta educación se la deben enteramente á sí
mismos, porque en las escuelas la disciplina es completamente nula,
y para obtener algún resultado de los niños es necesario hablarles
como á hombres libres. Las instituciones republicanas han dado tal
temple á la voluntad en todos los países de la América, que los
niños así como los hombres no admiten la obediencia. Para hacerse
respetar, los profesores deben darse sencillamente el título de
amigos, y lejos de hacer uso de la menor autoridad tienen que
proceder con dulzura. En Luisiana, un director francés, infatuado
con las tradiciones clásicas, introdujo en su colegio una
disciplina rigurosa, y los jóvenes se amotinaron y quemaron el
establecimiento.
Estos niños, tan quisquillosos en materia de dignidad personal,
son felizmente muy exaltados en punto de honor; la emulación puede
hacerlos obrar prodigios. Basta mostrarles confianza para que
inmediatamente traten de justificarla por su actividad.
En esto los hombres de la Nueva Granada no difieren en nada de
los niños, y cuando se convenzan de que su honor está comprometido
en hacer prosperar á su país, en fundar escuelas, abrir caminos,
cultivar su extenso territorio, es seguro que harán cuanto sea
dable exigir de ellos. El punto de honor es la principal palanca
que podrá levantar este pueblo y lanzado en la vía del progreso; es
la gran virtud que pondrá en actividad todas las otras. Las
cualidades de los criollos granadinos son numerosas: si se les
puede enrostrar cierta pereza moral, no se les puede negar la
inteligencia, la bravura, la afabilidad, y sobre todo, la modestia.
¡Con qué conmovedora gracia no arrojan en la sombra á su propia
patria cuando hablan de la Francia, que para ellos es, con razón ó
sin ella, el representante más glorioso de las razas latinas y el
porta-estandarte del progreso!
El joven más notable de aquellos que conocí, se llamaba Ramón
Díaz. Era un mulato de diez y ocho años apenas, y había tenido
tiempo de adquirir una instrucción sólida. En compañía de un
viajero europeo había estudiado la ornitología y la botánica en la
explanada que rodea la ciudad; después de la partida del explorador
extranjero, continuó sus pesquisas enteramente solo. Ayudado de
algunos libros, había redactado para su uso privado tratados de
filosofía literatura y geometría. Sin embargo, la variedad de sus
conocimientos no le había inspirado la menor ambición, y permanecía
como si tal en la tienda portátil de su madre en donde vendía
quizás una quincena de plátanos por día. Si estaba destituido de
ambición, no carecía de orgullo, y sabía muy bien que no es la
posición social, sino la dignidad personal la que da importancia al
hombre.
Ramón Díaz y sus amigos no eran los únicos que me hacían pasar
agradablemente las horas; tenía también otros visitadores: el mono
atado á una larga cuerda, que cansado de balancearse en una rama,
ven la de tiempo en tiempo á darme un abrazo; el loro, que me
recitaba los nombres de todos los niños de la vecindad y se
interrumpía frecuentemente con el grito de
|¡burro! ¡burro!
aprendido sin duda de los indios que excitan así á sus
cabalgaduras; el pequeño perico verde que inclinaba la cabeza con
aire tímido y zalamero, como para pedir un beso, alisando en
seguida con el pico sus alas extendidas, y gritando alegremente
cuando yo le arrojaba las frutas rojas del cacto
|9
Rodeado así de amigos y además un poco debilitado por el calor,
no podía consagrar todas mis horas al trabajo. Sin embargo, mis
estudios, aunque no eran serios, no dejaban de ser provechosos.
Puede aprenderse, aun gozando, y el vaivén de la hamaca, las
sombras de las ramas inclinadas sobre el pavimento á través de las
columnas de madera del patio, la vista de la cuarteada cúpula de la
catedral que se delineaba color de violeta en el fondo azul del
cielo, todas estas cosas contribuían á grabar irrevocablemente en
mi espíritu cada una de mis reflexiones. En el silencio del
gabinete, sobre todo durante las noches frías y lúgubres de
nuestros países del Norte, el que busca la verdad la encuentra
desnuda con toda su serena majestad, y puede mirarla frente á
frente sin que nada turbe su contemplación. Esta conquista tiene
algo de heroica; es sin duda, la más digna del hombre, pero es
solitaria, por decirlo así, y no presta su poesía á nada de lo que
le rodea. En medio de la naturaleza tropical, potencia mágica que
embellece todos los objetos, cada pensamiento es al mismo tiempo un
cuadro; las abstracciones, tan frías en el Norte, armonizan con
todo lo que las rodea, y frecuentemente una idea espera que un rayo
de sol pase al través del follaje para despertarse en los
espíritus. Las almas vibran de concierto con la gran alma de la
tierra.
Con la noche vienen los bailes y los paseos. los tocadores de
tamboril y castañuelas se reúnen en las esquinas de las calles, é
improvisan conciertos que los muchachos imitan de lejos con gran
acompañamiento de calderos y carracas. Los
jóvenes se reúnen en casa de las amigas que celebran sus días, y
bailan en torno de un altar adornado con flores y guirnaldas; al
lado de la imagen de la Patrona se suspenden todos los objetos
preciosos existentes en la casa: collares, brazaletes, abanicos,
piezas de género, láminas francesas representando el entierro de
Atala ó la muerte de Poniatowski¹°. Los ministriles tocan con una
especie de furia sus destemplados retornelos, recostados en muebles
forrados en zaraza, y no descansan sino de hora en hora para apurar
de prisa un vaso de chicha. Entra el que quiere, sea para bailar,
sea para tomar de los refrescos que circulan á expensas del dueño
de la casa y de sus
|niñas. La casa pasa á ser todas las
noches de propiedad pública hasta el aniversario del natalicio de
otra joven¹¹.
Gracias á la belleza dé las noches, los paseantes son más
numerosos en la playa que los danzantes en las salas de baile; los
grupos se mezclan, se separan, se modifican; por diversas partes se
oyen cantos que se confunden con el armonioso ruido de las olas.
Los que no conocen el esplendor de las noches tropicales, no pueden
figurarse cuán dulces son las horas que se pasan á la luz velada de
esas noches
|
10 Poniatowski, conocido con el sobrenombre de
|Bayard-Polonais, era sobrino de Estanislao II, rey de
Polonia. Se distinguió por su indomable valor, y viéndose obligado
á expatriarse, tomó servicio en el ejército de Napoleón I, haciendo
en 1809, con 8.000 hombres una brillante defensa de Varsovia,
contra 60.000 austriacos y batiendo al archiduque Fernando. Fue
nombrado mariscal de Francia en el campo de batalla de Leipsick, y
pereció poco después ahogado en el Elster (19 de octubre de 1813),
en cuyo río se precipitó antes que rendirse, cuando no pudo
proteger la retirada del ejército. N. del T.
|
|
11 creemos que el autor confunde la celebración del natalicio
con la de la "Invención de la Santa Cruz", la
cual tiene lugar en los nueve días que trascurren del 2 al 10 de
mayo, y se verifica en los términos que él indica durante las
noches de esos nueve días. N. del T.
|
deliciosas; ignoran á qué grado puede uno gozar acariciado por
la límpida atmósfera que lo rodea; todos los sentidos están
halagados á la vez, los movimientos se hacen con tanta suavidad,
que uno puede creerse libre hasta de su propio peso. El cielo cuyas
estrellas brillan con una claridad cuatro veces mayor que en la
zona templada¹² está casi siempre sin nubes, y se puede contemplar
en toda su extensión el flamígero arco de la vía láctea. La luz
zodiacal, que muchos astrónomos americanos pretenden ser un anillo
semejante al de Saturno, redondea su inmenso arco hacia el
occidente: al sur se presentan como copos de nieve las nubes
magallánicas, y grupos de constelaciones tan vastas como nuestro
cielo y perdidas sin embargo como un vapor en el espacio infinito.
Á cada instante estrellas errantes mucho más voluminosas en
apariencia que las de nuestros climas y que dejan en pos de sí
largos rastros de luz de variados colores, cruzan el cielo en todas
direcciones: diríase a veces que aquellas exhalaciones son cohetes
y fuegos de artificio: sin embargo, jamás hacen explosión. Esta
circunstancia y el número y volumen de las estrellas errantes me
parece que dan un gran peso á la opinión de los sabios, que no ven
en estos meteoros otra cosa que la combustión espontánea del gas
escapado de los pantanos. En efecto, en ninguna parte fermentan
tantas materias corrompibles como en las lagunas de las selvas
tropicales, y los gases que de ellas se levantan pueden formar sin
duda alguna, verdaderas nubes en las regiones superiores de la
atmósfera.
Otra cosa contribuye también á aumentar la influencia casi
embriagadora de las noches tropicales en el organismo: los perfumes
de los huertos y de los bosques. Las flores de cada
|
12 Según Alejandro de Humboldt.
|
especie se abren unas después de otras, y derraman en el aire el
olor especial que las distingue. Algunos de estos olores, entre
otros el de la palma
|córua, hacen una irrupción repentina ó
invaden bruscamente la atmósfera: otros, más discretos, se insinúan
con lentitud y se apoderan gradualmente de los sentidos; otros
producen una especie de ritmo en las olas aéreas, y brotan de las
flores por intervalos; pero todos se suceden en un orden regular y
producen así un verdadero diapasón de perfumes. Imitando á Lineo,
que proponía la construcción de un reloj de flores, en el cual las
horas se marcarían por la abertura de las corolas, MM. Spyx y
Martius, los célebres exploradores del Brasil, proponían convertir
un jardín en un vasto reloj tropical, en el cual se indicaría cada
división del tiempo por un olor diferente, escapado de una flor
entreabierta como el humo se escapa del incensario.