LOS CAÑOS - LA CIÉNAGA - GAIRA
Al día siguiente de haber llegado á Barranquilla, me dirigí muy
temprano al puerto con esperanza de encontrar algún bongo que
partiera para Pueblo-Viejo, lugar situado al pie de la Sierra
Nevada de Santa Marta. El único patrón que me manifestó disposición
de emprender el viaje era un hombre de mala fisonomía, y yo estaba
casi decidido á esperar el bongo del correo, que debía marchar
dentro de tres días, cuando tendí una mirada al horizonte y alcancé
á ver una línea azul débilmente trazada en el espacio: esa línea la
formaban las cimas de la Sierra Nevada, que había elegido para que
fuese mi futura patria, y que debía ser el término de mi largo
viaje. No vacilé pues un instante; hice traer mi equipaje al
|bonguito que se me ofrecía; el patrón llamó á sus dos
remeros, compró su provisión de plátanos y yucas y desató la cuerda
con que amarraba á la ribera la pequeña embarcación.
Después de haber navegado con trabajo al través de las plantas
de los pequeños caños, nos encontramos en pleno río, el cual tiene
muchos kilómetros de ancho, y semejante á un mar proyecta grandes
estrechos entre las islas cubiertas de árboles. Los de las riberas
me parecían apenas de la elevación de nuestros sauces, y el alto
cocotero hacia el cual se dirigía nuestro bonguito, se asemejaba á
una banderola marina flotando a guisa de pabellón. Bastó una hora
de travesía para que llegáramos al pie de este árbol situado en la
orilla misma del delta entre las dos embocaduras. Mis remeros
fatigados, y además deseosos de
|echar una siesta, amarraron
la barca á una raíz, devoraron algunos restos de pescado y
principiaron á dormitar. Por mi parte, me apresuré á dejar su
incómoda compañía, y, engolfándome en una calle de árboles
sombreada por magníficos mangos, fui á sentarme sobre la yerba á
corta distancia de una casita de ladrillos rodeada de platanales.
El denso follaje dejaba penetrar solamente una luz casi
crepuscular; apenas veía brillar los rayos del sol, y á la
extremidad de la arboleda el agua amarillenta del río. Una vaca
errante me olfateaba de lejos; dos chicuelas de negra piel, medio
ocultas tras de los árboles, examinaban á hurtadillas al viajero
que acababa de recostarse á la sombra de sus mangos. El conjunto
del paisaje formaba un cuadro gracioso, y yo lo admiraba
apaciblemente sin inquietarme por cierta comezón que sentía en todo
el cuerpo. Sin embargo, ésta llegó á ser intolerable, y pronto noté
con terror que estaba cubierto de innumerables
|garrapatas¹
verduzcas y rojas, que bebían mi sangre por millares de heridas
imperceptibles. Todos los esfuerzos que hice para arrancarme las
minadas de insectos que me incomodaban fueron vanos, y tuve que
desistir de mi empeño esperando que cayeran por si mismas cuando se
hubieran llenado.
Me era imposible permanecer más tiempo á la sombra de esos
pérfidos mangos, y fui á despertar á mis compañeros, que se
levantaron refunfuñando y empuñaron sus remos de muy mal talante.
Partimos, sin embargo, y el movimiento la brisa fresca que se
deslizaba por el río el placer de contemplar el paisaje que se
desarrollaba ante mis ojos, calmaron un poco el estado de
irritación en que me habían puesto las
|
1 Se llaman así porque se
|agarran á
|
las carnes
con las
|patas armadas de barrenas.
|
garrapatas. Después de haber costeado por largo rato una de las
riberas del río, erizada de raíces y troncos de árboles
entrelazados, el bonguito penetró de repente en un pequeño canal
cuya entrada estaba destruida por matorrales, en los cuales
reposaban enormes iguanas inflando y desinflando el cuello. Este
canal conocido bajo el nombre de Caño-Clarín, ha sido excavado por
la mano del hombre á través de un terreno de aluvión, y une el
Magdalena á los inmensos pantanos que recorría la antigua boca de
este río; no es más ancho que uno de esos fosos que, en algunas
partes de Francia, separan dos propiedades, y más de una vez me
entregué al infantil placer de saltar de una á otra ribera por
encima del bonguito. Dos embarcaciones no pueden cruzarse en él, y
cuando se encuentran, es necesario que una de ellas retroceda hasta
el río ó hasta la laguna. Tuvimos este pequeño contratiempo:
habíamos penetrado en el caño como un cuarto de legua, cuando otra
embarcación nos obligó á retroceder y volver á la entrada misma del
Caño-Clarín.
Hacia el mediodía, los remeros amarraron el bonguito para dormir
una nueva siesta. El lugar que ellos escogieron para estirarse no
podía ser más desagradable: era un bosque de manzanillos atravesado
en todas direcciones por senderos formados por las bestias de un
rancho vecino. Los manzanillos de pobre follaje no impiden que
pasen los rayos de sol en toda su fuerza; pero detienen la brisa, y
al pie de estos grandes árboles solamente puede respirarse un aire
sofocante, al cual se mezcla el olor fétido de los pantanos de las
inmediaciones. Nubes de mosquitos se levantaban zumbando alrededor
de los troncos; en ninguna parte crece un vástago de yerba, y el
suelo inundado de luz estaba sembrado de frutas podridas ó
despachurradas. Allí fue donde se durmieron apaciblemente mis
compañeros mientras yo vagaba de aquí para allá, no para evitar el
sueño fatal que, según las relaciones poéticas, desciende de las
hojas del manzanillo, sino para librarme de los piquetes de los
mosquitos. De tiempo en tiempo recogía algunas de esas frutas
verdes cuyo perfume es tan delicioso, y que, según dicen, causan la
muerte á quien las come, imagen demasiado fiel de la naturaleza
pérfida y encantadora de los trópicos.
Después de haber errado largo tiempo en el bosque, volví cerca
de los tres dormilones, que roncaban á cual más, y estudié á mi
gusto sus fisonomías. Debo confesar que estos hombres me causaban
cierto terror, y temía la noche que debía pasar en su compañía, en
medio de una laguna desierta en donde los gritos de un hombre
asesinado no encontrarían otro eco que los aullidos de los monos
|aluates². El patrón de la barca era un viejo negro y de cara
arrugada, ojos pequeños é irónicos, boca contraída por una falsa
sonrisa; durante toda la mañana no había dejado de mirarme con aire
triunfante como una ave de presa que tiene entre sus garras un
abadejo. De los dos remeros, el de más edad tenía el cutis de color
azul gris, indicante de una mezcla confusa de diversas razas; su
frente y sus mejillas estaban marcadas con grandes cicatrices
guarnecidas de blanco, producidas sin duda, por machetazos
recibidos en algunas riñas. Mientras que remaba, sus ojos feroces
se habían fijado frecuentemente en mí, y aun lo sorprendí una vez
examinando la cerradura de mi baúl y sacudiendo el candado. El
tercero, indio joven de talla pequeña y rechoncha, de piernas
musculosas, de color rojo, de cara mofletuda, me parecía menos
temible que los otros, pues aun en la mirada tenía cierta expresión
de dulzura: así
|
2 Llámese así á los que emplean el rabo para agarrarse y
colgarse. N. del T.
|
fue que tomé la resolución de hacerlo mi amigo, para que pudiese
en caso de necesidad, defenderme contra mis otros dos compañeros de
viaje.
Cuando terminó la siesta y los tres remeros, después de haberse
estirado de brazos suficientemente, se embarcaron de nuevo en el
bonguito, entablé conversación con el indio. Me pareció que mis
atenciones hacia él lo lisonjearon mucho, y no habían trascurrido
diez minutos cuando me refirió su historia, y me confesó
candorosamente que había sufrido dos años de trabajos forzados en
el presidio de Cartagena, á causa de un robo con fractura. Esta
revelación inesperada, no era muy á propósito para tranquilizarme,
pero me bastó dirigir una mirada al patrón y al otro remero para
convencerme de que en semejante compañía no tenía derecho de
hacerme el exquisito. Continué pues, conversando con mi nuevo
amigo, dándole noticias sobre los europeos y los
|yankees,
que escuchaba con la boca abierta y con respetuosa admiración. Le
hablé de las grandes ciudades, de los coches que marchan solos
sobre listones de fierro, de hilos de cobre que conversan como los
hombres y se hacen oír á cien leguas de distancia. En fin cuando el
indio estuvo bien encantado, le comuniqué mis planes. Le dije que
iba á dedicarme á la agricultura en algún valle de la Sierra
Nevada, á los alrededores de Santa Marta.
|-¡Soy práctico de la Sierra, conozco bien la montaña y lo
conduciré á usted por todas partes! gritó con gozo. Cuando usted
pase por Bonda, pregunte por Zamba Simonguama, ¡y verá si los
indios saben dar hospitalidad como los españoles!
Ya no tenía nada que temer: siendo el huésped de Zamba podía
estar seguro de que en caso de necesidad me defendería hasta la
muerte.
Al caer de la tarde, el bonguito echó el ancla en el agua negra
del lago Cuatro-Horcas, llamado así á causa de cuatro caños que
vienen á derramarse en él. Bajo el pretexto de hacer mis
preparativos para pasar la noche, coloqué mis baúles de través en
la embarcación, de manera que quedaran las cerraduras vueltas hacia
mi; en seguida hice que el indio se tendiera á mi lado, y coloqué
un remo al alcance de la mano. La luna y la luz zodiacal brillaban
con una rara intensidad y me permitían distinguir los menores
movimientos de mis compañeros. La brisa de la noche soplaba
impetuosa y retenía en las plantas los mosquitos, que vuelan
ordinariamente por minadas sobre toda la extensión de las aguas
estancadas; no me fue pues difícil permanecer con la cabeza
descubierta y los ojos fijos hacia la otra extremidad de la
embarcación. Los chillidos de los monos
|aluates me
mantuvieron despierto toda la noche; me felicité de ello, tanto más
cuanto que el remero de la cara llena de cicatrices velaba también,
y de tiempo en tiempo levantaba silenciosamente la cabeza para
dirigir hacia mi sus miradas penetrantes.
En cuanto al viejo, parecía dormir apaciblemente: fue quizás sin
razón que le atribuí pensamientos criminales.
Al día siguiente, atravesamos nuevas ciénagas y canales
tortuosos, poco más o menos semejantes á los que habíamos recorrido
el anterior, pero de un aspecto más grandioso, gracias á la
magnífica vegetación que sombrea las orillas. Las raíces de los
mangles, estribadas unas sobre otras, se reunían á cinco ó seis
metros de la superficie del agua y formaban así gigantescas
trípodes, sobre las cuales se levantaban los troncos lisos como los
mástiles de una nave. A través de la confusión de estas
innumerables raíces, se presentan otros árboles que crecen en un
terreno menos esponjoso que el de las riberas. Esta es la inmensa y
terrible selva que llena una gran parte de la hoya del Magdalena, y
se prolonga sin interrupción á más de cien leguas al sur, hasta el
pie de las alturas de Ocaña. Esta selva fue cruzada en todos
sentidos por los conquistadores españoles. ¡Y cuántos de entre
ellos fueron devorados por los cocodrilos y los jaguares!, ¡cuántos
ahogados en los pantanos!, ¡cuántos muertos por la fiebre, más
terrible que las emponzoñadas flechas de los indios Cocinas!
Recuerdo una parada que hicimos en la península de Salamanca á
la entrada de la ciénaga³ de Santa Marta, laguna cubierta de
islotes y de una superficie de más de ochocientos kilómetros
cuadrados. Al este se levantan las escarpas de la Sierra Nevada
como una formidable muralla apoyada en enormes contra-fuertes; á
los otros lados demoran extensos bosques que han brotado en un
terreno de aluviones formado por las avenidas del río Magdalena. La
península de Salamanca, que separa el mar de la ciénaga, se asemeja
á los
|Nehrungen del mar Báltico y á esa notable punta de
Arabat, bañada de un lado por el mar de Azof, del otro por el mar
Pútrido.
Como todas las penínsulas de la misma naturaleza, la de
Salamanca ha sido formada á la entrada del pantano por despojos
amontonados allí por las aguas: la arena se ha depositado
gradualmente hasta formar un cordón litoral; en seguida los vientos
han amontonado dunas errantes que se trasladan á uno y otro lado,
excepto en los lugares en que con el curso de los siglos se ha
formado una selva que les opone la infranqueable barrera de sus
troncos. Una sola abertura comunica á través de la punta Salamanca
las aguas salobres y cálidas de la ciénaga, con el agua
comparativamente más fresca del mar de las Antillas.
|
|
|3 Ciénaga, de
|cieno, fango.
|
La playa en que desembarcamos estaba sombreada por manzanillos y
algunos árboles cuyas ramas colgantes se asemejan á las de nuestros
sauces llorones; más de cincuenta barcas estaban amarradas á las
raíces y se balanceaban unas al lado de las otras; grupos numerosos
de pescadores se hallaban esparcidos aquí y allá al rededor de
grandes hogueras encendidas sobre la arena de las dunas; un
espantoso olor de pescado inficionaba la atmósfera. Dejando mi
equipaje al cuidado de mi nuevo amigo Zamba, atravesé
apresuradamente los grupos y subiendo á la más alta duna, busqué en
el horizonte un camino hacia el mar. Llegué á él bien pronto
deslizándome á través de las malezas de los negros mangles y de
arbustos espinosos. La playa arenosa se extendía hasta perderse de
vista en un vasto semicírculo desde la boca de la ciénaga hasta la
del río Magdalena; al este aparecían los escarpados promontorios de
Gaira y de Santa Marta, dominados por las azules cimas de la
Sierra; delante de mi, las olas impelidas por una fuerte brisa,
venían soberbias y precipitadas, á chisporrotear una después de
otra en la arena. Cansado como estaba de las lagunas de aguas
estancadas de fangos nauseabundos, del aire tibio é inmóvil de los
pantanos, respiré con delicia ese aire fresco, esa brisa que puede
decirse está salpicada de la espuma de las olas.
Cuando volví al campamento de los pescadores, no logré evitar,
como la primera vez, las preguntas, y a mi pesar hube de sentarme
en la arena al lado de muchos mestizos que hacían secar sus
pescados al humo de un fuego de leña verde. Mi amigo Zamba había
cantado evidentemente mis alabanzas, porque mis interlocutores no
dejaron de promover la conversación sobre todas aquellas materias
que habían sido el objeto de la mía con el indio; me fue pues
preciso discurrir durante muchas horas, hablar de Madrid, París y
Londres, tratar de industria, ciencias y artes. Este ávido
auditorio me escuchaba con gozo, y yo mismo, alegre por haber
encontrado oyentes tan benévolos, olvidé el olor nauseabundo del
pescado y el humo sofocante, para entregarme todo entero al placer
de enseñar á ignorantes lo poco que yo sabia. El más joven de los
pescadores, el que me escuchaba con más interés, había oído no sé
dónde hablar de Atenas. Me interrumpió repentinamente.
-¡Dicen que hay muy hermosos templos en Atenas! ¡Se hacen bellas
estatuas en Atenas! La universidad de Atenas es la más célebre del
mundo entero, ¿no es verdad? ¿Ninguna lengua es tan bella como el
|latín de Atenas?
¡Cosa extraña, este lejano eco de la Grecia en las dunas del
Atlántico! La gloria de Phidias y Pericles ha empleado dos mil años
en salvar los mares, y al presente pescadores americanos se ocupan
de ella, ¡como si esta gloria fuese aún la más radiante del mundo
antiguo!
No me separé de mis nuevos amigos hasta acercarse la noche. La
vela fue izada sobre el flexible mástil del bonguito y pocos
minutos bastaron para hacernos perder de vista los árboles de la
ribera. Tomé las mismas precauciones que la noche precedente, y
permanecí con los ojos fijos en aquellos que me inspiraban tanta
desconfianza. No cesé de mirar al patrón que constantemente se
mantenía con el timón en la mano y al mestizo que estaba sentado
junto de la vela; sin embargo, mi vigilia se mezcló de una manera
íntima con cierto sueño, y todos los objetos que pasaban por mis
ojos enteramente abiertos se me presentaban como otras tantas
quimeras hijas de un delirio. Las negras ondas que nuestro bonguito
hendía ruidosamente tomaban para mí figuras fantásticas que
gesticulaban; las yerbas flotantes por en medio de las cuales
pasábamos me parecían grandes islas cubiertas de coposos árboles
que volaban en la superficie de las aguas con la velocidad de los
hipógrifos. De repente vi, ó más bien adiviné, que nos habíamos
detenido en la ribera; el mestizo saltó á tierra y después el
pequeño esquife volvió á emprender su curso desordenado.
inmediatamente me dormí con sueño profundo. Cuando desperté, era de
mañana, el mestizo había desaparecido realmente, y la embarcación
echó el ancla en un pequeño puerto al lado de otras embarcaciones.
Veía en la playa las cabañas de Pueblo-Viejo. Era día de mercado:
los negros y los indios iban y venían de choza en choza ofreciendo
sus pescados con grandes gritos.
Después de haber renovado á Zamba Simonguama la promesa de ir a
Bonda á hacerle una visita, salí de la barca y corrí á inquirir en
la población los medios de trasladarme á Santa Marta. Para ir por
mar, debía esperar muchos días la marcha de un bongo; preferí
alquilar una mula para conducir mi equipaje e ir yo á pie. La
distancia de Pueblo-Viejo á Santa Marta es de cerca de 40
kilómetros: no tenía por qué asustarme de esto, y desde que
encontré la mula, me puse resueltamente en camino, acompañado de un
indio joven, llamado Pablo Fonseca, que me serviría de guía. En
menos de un cuarto de hora habíamos atravesado una selva de grandes
árboles, y llegamos á la vista de Pueblo-Nuevo de la Ciénaga.
Esta población, que común y abreviadamente se llama la Ciénaga,
está situada en un llano liso como la superficie de un lago, al pie
de las montañas de la Sierra, verdes en sus bases, azules en las
cimas, y cortadas por valles umbrosos. Del lado del mar el terreno
está casi desnudo y no tiene otra vegetación que
|salsoles
|4 é hinojos; pero al rededor de las
|
4 Plantas muy semejantes á la sosa.
|
casas se agrupan árboles frondosos que forman á la población
como un nido de verdura, y de en medio de los cuales sobresalen las
astas de los cocoteros. En el interior, la Ciénaga no desmiente lo
que promete vista á distancia; las calles, anchas y rectas, están
bastante animadas; las casas blanqueadas con cal están cubiertas
casi todas de tejas; á través de las puertas entreabiertas de los
huertos, se distinguen arbustos en flor. Por todas partes hay
nuevas construcciones, testimonios de los progresos materiales de
la Ciénaga. Su población, que alcanza á 6.000 almas, sobrepasa hoy
á la de Santa Marta, capital del Estado soberano del Magdalena; sin
embargo, casi la totalidad de aquella población es de indígenas y
mestizos que deben su prosperidad á sus propios esfuerzos, y no hay
como en Santa Marta y Barranquilla negociantes extranjeros.
En las altas planicies de la Nueva Granada, el antagonismo de
las razas produjo el levantamiento de los
|comuneros hacia
fines del siglo pasado, y finalmente ocasionó la guerra de la
independencia y la expulsión de los españoles; después de esta
época los descendientes de los Muiscas5 han reconquistado su
nacionalidad y formando la gran mayoría de los neogranadinos, han
absorbido poco más ó menos á los blancos; al presente están
confundidos con ellos en un solo pueblo.
En las costas del Atlántico, no es así todavía: el odio subsiste
entre las dos razas
|6, y como dos polos cargados de
electricidad contraria Santa Marta y la Ciénaga se han levantado
frente á frente. La primera tiene la ventaja inmensa de poseer un
vasto puerto y de comerciar directamente con todos los
|
5 Cuando el descubrimiento de la América, los Muiscas, que
habitaban la planicie de Cundinamarca, no eran menos civilizados
que los Aztecas. Para ser conocidos les ha faltado solamente un
historiador.
|
|
6 Felizmente hoy ese odio está del todo extinguido ó próximo á
serlo. N. del T.
|
países del mundo; menos favorecida, la Ciénaga solamente puede
hacer un pequeño tráfico de cabotaje entre su laguna y lo largo de
las costas; pero tiene sobre Santa Marta el privilegio de estar
habitada por indios aborígenes que no temen el trabajo como la
mayor parte de los blancos del litoral. Así los resultados de la
lucha entre las dos ciudades están completamente en favor de los
cienagueros. En los valles de la Sierra Nevada, sobre las riberas
de todas las corrientes de agua, cultivan en vastos campos
plátanos, yucas, papayas; recorren la laguna en todos sentidos en
sus naves de pesca; abastecen á Santa Marta de legumbres frutas y
pescados; sin ellos, sin su trabajo, esta ciudad, que duerme
perezosamente al borde de su linda playa, seria exterminada por el
hambre. En los últimos tiempos, la rivalidad de las razas se ha
trasformado gradualmente en rivalidad política: los
samarios
|7, deseosos de mantener la antigua supremacía de
la raza blanca, se han hecho naturalmente conservadores, mientras
que los cienagueros son demócratas, y en las elecciones votan como
un solo hombre en favor de los candidatos liberales. Durante las
revoluciones que agitan la República, no temen invadir armados la
ciudad de Santa Marta, y los samarios rara vez osan usar
represalias.
Saliendo de la Ciénaga, en donde mi guía Pablo Fonseca me hizo
permanecer demasiado tiempo bajo el pretexto de comprar yerba para
su mula, pero en realidad con el único objeto de hacer ojitos á
alguna bella atravesamos un torrente cuyas fértiles riberas están
plantadas de platanales; después seguimos la costa por un
promontorio de arena formado por las olas, y, dejando á la derecha
en medio de árboles el in-
|
7 habitantes de Santa Marta.
|
genio de vapor del genovés Andreys, único habitante extranjero
de la Ciénaga, llegamos á la orilla del río Toribio, uno de los
torrentes más impetuosos de la vertiente occidental de la Sierra
Nevada. Las ruinas de un puente que se llevó una inundación
obstruían aún el lecho del río; quise vadearlo atravesando los
rápidos borbollones formados por la corriente en medio de las
piedras, pero Pablo me hizo desistir de tal designio, pretendiendo
que los temibles cocodrilos habían elegido por guaridas las
cavernas formadas por las aguas al pie mismo de los machones. La
mula cargada ya con mis baúles, recibió aún sobre su ancho lomo el
peso de nuestras dos personas, y nos condujo sin tropezar al
escarpado ribazo de la otra orilla del Toribio.
Más allá de este río, el paisaje cambia de aspecto. Las montañas
se aproximan al mar y proyectan en las ondas sus escarpados
promontorios, que el camino rodea por una sucesión interminable de
subidas y bajadas. Ya no se ven platanales ni otras plantas
cultivadas, sino solamente mimosas cubiertas de espinas,
guayacanes, árboles cuyos duros troncos crecen generalmente en las
tierras estériles. El terreno desnudo de tierra vegetal, deja ver
por todas partes sus venas de piedra. Algunas veces el camino se
engolfa en un barranco profundo, hendedura de paredes rojas y
quemadas por donde descienden furiosos torrentes en la estación de
las lluvias, pero en las cuales se buscaría en vano una gota de
agua durante la estación de la sequedad. En medio de estas rocas,
que reflejan los rayos del sol, respiraba un aire abrasador, el
sudor descendía por mi rostro en grandes gotas la fatiga
principiaba á entorpecer todos mis miembros. Esta fatiga aumentó,
cuando al salir de un barranco me encontré en un camino arenoso muy
cerca del mar. Los cactos que se levantaban de cada lado del
sendero, como hileras de estacas de diez metros de alto, estaban
muy esparcidos para dar sombra, y muy espesos para dejar pasar la
brisa marítima. Algunos
|guamos cubiertos con sus flores
amarillas, esparcían en la atmósfera un fuerte aroma que me causaba
vértigos. El sol perpendicular dejaba caer sobre mi sus fatigantes
rayos, y a cada paso hundíamos la planta en la arena ardiente.
-¿Cuándo llegaremos al pueblo de Gaira? -preguntaba cada rato á
mi guía.
-Pronto, ahora mismo, -me respondía.
Y yo me figuraba que á la primera vuelta del sendero, divisaría
un fresco albergue rodeado de árboles frondosos que crecían á la
orilla de un arroyo; pero solamente veía los cactos levantándose
hacia el cielo como un bosque de lanzas. Repentinamente Pablo,
fatigado como yo, saltó sobre la mula, picó y me dejó solo sin otro
guía que me condujese al pueblo que las huellas de los cascos de su
bagaje.
Me hallaba próximo á abandonarme á la desesperación, cuando el
camino desembocó en una playa en donde, ha más de tres siglos,
centenares de españoles, fatigados y abrasados por el sol como yo
lo estaba en aquel momento fueron batidos sin trabajo por los
indios de Gaira y rechazados hacia las ondas donde perecieron
todos, hasta el último. Mientras seguí la orilla del mar, me sentí
revivir bajo las suaves caricias de la brisa; pero, desde que las
huellas me condujeron hacia el interior de las tierras, perdí
inmediatamente la fuerza y me faltó ánimo hasta para pensar, porque
de nuevo empezó á sufocarme el calor. Una hilera de mangles detenía
el ligero soplo de la brisa del mar que me había refrescado hasta
allí, y vi extenderse á lo lejos ante mis ojos un llano calcinado
por la sal, y cortado por pantanos de agua estancada. Avancé con
trabajo al través del agua y de las arenas abrasadoras. Una sed
devorante me atormentaba y sentía la lengua como adherida al
paladar; me parecía que mi cerebro estaba en ebullición; temblores
convulsivos recorrían todo mi cuerpo, tenía la piel seca, los puños
cerrados y agarrotados y los ojos fijos; por momentos experimentaba
frío, y temía por instantes que el sol me derribase con un último
rayo, y, para gozar de aquel resto de mi vida, me entregué con
embriaguez á ensueños de náyades y tritones jugueteando en el seno
de las aguas frescas bajo eternas sombras. En fin, llegué al límite
de la selva de cactos y mimosas. "Ánimo hasta aquel
árbol", me decía un resto de voluntad. Mi cuerpo obedeció.
"¡Más allá, hasta aquel otro!", repitió la voz
interior, y así me arrastré por largo trecho. Repentinamente, vi á
mis pies un riachuelo, un verdadero riachuelo que mis ojos
dilatados me hicieron aparecer grande como un río; los árboles de
extensas ramas se recreaban en las aguas, las muchachas venían á
llenar allí sus cántaros, los muchachos se bañaban retozando, las
vacas bebían á su sabor. Tuve aún fuerza para atravesar el
riachuelo sin sumergirme enteramente en él, y fui á caer en el
suelo de la cabaña en que me esperaba mi guía.
Permanecí más de una hora tendido en una estera, aturdido,
tonto, viendo danzar delante de mí objetos de formas extravagantes,
pero sentía como en un sueño que una mano femenil me acariciaba con
dulzura. Cuando volví de mi aturdimiento, una muchacha indígena
estaba delante de mí y me presentaba una calabaza llena de una
bebida fortificante. Esta joven era bella; sus negros ojos
brillaban con tierna piedad; su encendido rostro, rodeado de largos
cabellos flotantes, me parecía que estaba resplandeciente de luz;
creí que tenía delante un genio bienhechor. Al verla, me sentí
conmovido; mi corazón se llenó de afecto hacia esta extranjera que
sonreía así á un viajero desconocido, y hasta pensé en aquel
momento si no haría bien en poner término á mis viajes y edificar
una cabaña en las orillas del riachuelo de Gaira. "¿Debe
recorrerse el mundo como un insensato, cuando puede encontrarse la
dicha en una choza de ramas, á la sombra de una
palmera?".
Resistí con todo á la voz interior que me hablaba, llamé al guía
y le seguí á través de la selva. Una hora después, llegamos á Santa
Marta, en el momento en que un cañonazo anunciaba la entrada de un
buque en el puerto.