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EL CAPITÁN DE PAPELES - SABANILLA - EL BONGO - BARRANQUILLA
 

 

 

Yo sabía que todo viajero que desembarca en Cartagena, debe destinar algún tiempo á visitar el pueblo de indígenas llamado Turbaco y el célebre volcán de cieno que describió Humboldt. Y, aunque mis huéspedes, alemanes que hablaban todas las lenguas, me daban muy buenas razones para prolongar mi permanencia en la |Fonda de Calamar; había oído decir que una excelente goleta se disponía á partir para Sabanilla, y resolví aprovechar esta ocasión, que según todas las probabilidades no se volvería á presentar en mucho tiempo. Al amanecer, torné una lancha é hice remar vigorosamente hacia La |Sirio, cuyo elegante casco se balanceaba en medio del puerto. Contraté inmediatamente mi pasaje y el práctico del puerto que se solazaba en la orilla retardando así la marcha, obedeció al llamamiento de la bocina y vino á bordo; fue levada el anda, las velas desaferradas, y la goleta dobló el cabo hacia Bocachica. En ménos de una hora La |Sirio estaba en el canal; el piloto, de pie en la cubierta, daba sus órdenes con prontitud, y los marineros prestos á obedecerle, se suspendían de las cuerdas; á cada bordada la proa casi rozaba las rocas; pero al impulso del timón y de la vela, se volvía bruscamente y se dirigía en sentido inverso. En fin la goleta pasó la cadena de arrecifes, fue puesta al pairo y dos marineros, echando la lancha al agua, condujeron á tierra al práctico.

 

|La Sirio había sido construida en Curazao, tenía un andar aventajado y hendía admirablemente las olas. En pocos minutos, dejamos á nuestra espalda la escarpada ribera de Tierra-Bomba y el terrible escollo Salmedina; después, costeando la lengua de tierra arenosa que protege al Oeste el puerto de Cartagena, volvimos á ver la ciudad como levantada sobre un pedestal, por encima de la larga línea de sus murallas; luego nos alejamos poco á poco y al fin desapareció tras el alto promontorio de Punta-Canoa. Más allá de este cabo divisamos vagamente las islas de la Venta y de Arepa, en seguida se presentó ante nosotros la abierta península de Galera-Zamba. Después de haberla doblado, |La Sirio no tenía que hacer sino dirigirse en línea recta hacia la entrada del puerto de Sabanilla.

La rapidez de la marcha, y la bella apariencia de la goleta, pusieron de buen humor al capitán Janssen, y más de una vez hizo circular entre sus marineros la botella de |chicha¹. El señor Janssen, cosmopolita reunía en sus venas la sangre de todas las razas que se han establecido en las Antillas, y era un hombre bien diferente de don Jorge. Lo mismo que él, consideraba á los marineros y los trataba como á iguales, pero no se contentaba con gozar de la vida tal cual el destino se la presentaba; trabajaba constantemente y no tenía ni un momento de reposo. Aunque navegaba en unas costas que frecuentemente había recorrido, no cesaba de consultar la brújula, de estudiar el rumbo en las cartas marinas, y anotar sus observaciones. Cuando yo le preguntaba algo, me respondía con voz precisa y segura. Al ver su frente recta, sus cejas fruncidas, su boca resuelta, no podía dudarse de que tuviese tanta energía como

1 Aguardiente fabricado con el jugo de la caña fermentado. N. del A. El aguardiente es una bebida que por destilación se saca del jugo de la caña y es seguro que ésta fue la que se distribuyó á los marineros; pero si en realidad se le dio la bebida fermentada que se fabrica del mismo jugo, ésta es conocida en nuestras costas con el nombre de guarapo. N. del T.

 

sus antepasados, los piratas del mar de las Antillas, y al mismo tiempo más inteligencia que ellos.

Al lado del señor Janssen, parecía agonizar un joven cruelmente atormentado por el mareo. Me senté cerca de la almohada en que tenía apoyada la cabeza, y creyendo que era pasajero como yo, le interrogué sobre el objeto de su viaje.

 

|-Soy el capitán, -me dijo, con débil voz.

-¡Cómo! ¿Y el que está consultando la brújula en este momento no es el capitán?

|

-Si, pero yo soy el capitán de papeles.

Y me mostró un certificado sellado y rubricado, que le daba en efecto este título. No sé por qué ficción legal estaba obligado á meterse á bordo de una goleta, en que á pesar de haber pasado muchos años, sufría constantemente el martirio del mareo, y en donde su título oficial no le daba ni el derecho de hacer soltar una cuerda. El pobre cautivo era ciertamente digno de lástima. De tiempo en tiempo volvía melancólicamente los ojos hacia dos |titíes que subían y bajaban por los aparejos; pero ni los saltos más alegres de los dos monos lograban desarrugar su fisonomía triste y enjuta. Solamente durante la comida sonreía ligeramente, viendo á los animalitos saltar al rededor de los platos, apoderarse de las tazas de café hirviente, cubrirse con ellas la cabeza para absorber más pronto el líquido, y después echarse á rodar dando gritos lamentables.

Después de ocho horas de travesía llegamos frente á la ancha embocadura llamada Boca-Ceniza² en que desagua el brazo principal del río Magdalena, y la que obstruyen numerosos bajíos cubiertos de mangles. El capitán se apoderó del timón, hizo girar rápidamente la goleta por entre bancos de

2 Nombrada así á causa de los montones de arena fina que allí se forman.

 

arena y la introdujo en un canal cuya agua verdosa y cubierta de despojos vegetales permitía con todo divisar el fondo á tres ó cuatro metros de profundidad. Enfrente de nosotros, entre una isla de paletuvios y las escarpaduras de la costa, se extendía una gran laguna en que reposaban muchas embarcaciones ancladas: era el puerto de Sabanilla. Sabiendo que este puerto es el que exporta al extranjero casi todos los productos de la agricultura y de la industria granadinas, buscaba con la vista la ciudad y sus edificios; pero no veía sino una casa blanca recién construida para el servicio de la Aduana y en la cual nadie habitaba. Después me hicieron notar al borde del agua una larga hilera de chozas cubiertas de hoja de palma, y que se confundían de lejos con el terreno rojizo sobre el cual están construidas; tal era la ciudad floreciente cuyo puerto ha sido el heredero del comercio de Cartagena de Indias.

Como no estaba acostumbrado á esta clase de viviendas, me estremecí al ver esas chozas miserables. Trataba de escoger desde lejos, entre esas mezquinas habitaciones, aquella en que pudiera hacerme dar, de grado ó por fuerza, la mejor hospitalidad posible. Mi elección recayó en una choza mas grande que las demás y notable por el cobertizo exterior sobre el que reposaba el techo de hojas. Pertenecía, me dijeron, al señor Hasselbrinck cónsul de Prusia, el único extranjero que reside en Sabanilla. Apenas desembarqué en uno de los pequeños muelles de madera que han sido construidos delante del pueblecillo, indiqué la casa del cónsul al negro que se encargó de mi equipaje, y le seguí sin inconveniente y sin detenerme ante el puesto de los guardas, que sin duda dormitaban en sus hamacas. En la playa se paseaba un venerable anciano, cuyas facciones tudescas me indicaron ser el cónsul de Prusia. Me dirigí con desenfado hacia su casa, en la cual entré resueltamente, y recibí en seguida en el dintel mismo de su puerta al sorprendido propietario á quien supliqué en su lengua nativa que se dignase excusar mi atrevimiento. Las pocas palabras alemanas que le dirigí, bastaron para decidirlo en mi favor hasta el punto de que tomase á la vez mis dos manos y me diese una cordial bienvenida, con estas palabras: |Mi casa está á la disposición de usted. Durante las primeras horas de la noche, me abrumó á cumplimientos, me dio con la mayor amabilidad los informes que le pedí, y en cambio me hizo numerosas preguntas sobre Europa, de la que se había ausentado desde el año de gracia de 1829, pero á tiempo aún para haber ido de Stockport á Portarlington por el único camino de fierro de locomotivas que existía entonces en Europa. El pobre anciano se admiraba aún al recuerdo de ese viaje, y decía que podía morir en paz porque había visto ese triunfo de la civilización moderna. Cuando llegó la hora de dormir, hizo colocar inmediatas dos camas de tijera, á fin de poder prolongar la conversación, y oírme hablar de los progresos cumplidos en Europa y América desde 1830. Al día siguiente por la mañana, se ocupó él mismo de procurarme una embarcación para Barranquilla, y me despedí de él, provisto de una carta de introducción para su hijo, agente de la compañía inglesa de navegación por vapor en el río Magdalena.

El pueblecillo de Sabanilla existe únicamente por su proximidad á la embocadura principal del río, con el cual comunica su puerto por los pantanos del delta. No teniendo la barra más de un metro de profundidad, todas las producciones de las provincias ribereñas el tabaco la corteza de quina, el café, deben depositarse arriba de la embocadura en los almacenes de Barranquilla, para ser transportados de allí trabajosamente por estrechos canales hasta el puerto de Sabanilla donde se vuelven á cargar á bordo de embarcaciones que calen menos de cuatro metros de agua. Cuando la República neogranadina sea más rica y emprendedora y se ocupe de la mejora de este puerto, tendrá que hacer ejecutar en él grandes obras, porque las arenas de una boca del río Magdalena llamada Boca-Culebra, se acumulan á la entrada, y, por el impulso de las brisas y de las olas, avanzan continuamente hacia el oeste. Sería relativamente más fácil construir un ferrocarril entre Barranquilla y Sabanilla, ó, mejor aún, utilizar las bocas pantanosas del río, excavando un canal con la profundidad necesaria para permitir que pasando por él los mayores vapores del Magdalena fueran á atracar al lado de las naves marítimas en la rada misma; pero es probable que los negociantes de Barranquilla retarden por mucho tiempo la ejecución de este proyecto que los privaría de los beneficios que les produce el trasbordo de las mercaderías³.

La embarcación que me facilitó el señor Hasselbrinck era un gran |bongo, especie de chalana de tablones mal igualados y cubierto desde la proa hasta cerca de la popa. Cuatro |zambos |4, atléticos y medio desnudos dos de cada lado, se mantienen de pie sobre la cubierta volviendo la espalda á la proa, y apoyan en el pecho izquierdo lleno de callosidades, sus largas |palancas, cuyo otro extremo va á buscar punto de apoyo en el fondo del agua. Desde que con una palmada se

3 En 1867 se concedió un privilegio para la construcción de un ferrocarril entre Barranquilla y Sabanilla; en Inglaterra se formo una compañía para llevarlo á cabo; los ingenieros levantaron los planos y los trabajos de la vía se principiaron; pero repentinamente fueron suspendidos éstos, sin que se sepa la verdadera causa, y si volverán á emprenderse. N. del T.
4 El nombre de |zambo no debiera emplearse más que para los hombres de color salidos de negros y mulatos; pero en la Nueva Granada se aplica indistintamente este nombre á todos los hombres de color negro ó de sangre mezclada.

 

dio la señal de marcha, se apoyaron con todo su peso en las |palancas, y dando mesuradamente el grito de |Jesús! Jesús! se lanzaron con paso gimnástico de la proa á la popa del bongo, después volvieron lentamente hacia la primera repitiendo siempre |Jesús! Jesús! y dieron un nuevo empuje. Impulsado por estos cuatro pechos vigorosos, el pesado bongo hendía rápidamente el agua verdosa del puerto, y en pocos instantes vimos desaparecer las cabañas de Sabanilla y el muelle desde donde mi huésped me enviaba sus saludos.

Bogamos así durante más de una hora por una bahía de agua salada cuyas riberas recibían sombra de pequeños mangles, que de lejos se parecían á nuestros sauces de Europa. Después de haber pasado las miserables cabañas llamadas Playón-Grande, el bongo dejó de costear la ribera de la bahía, dio una vuelta repentina hacia el norte, y el paisaje cambió bruscamente de aspecto. Estábamos en las aguas amarillentas de los pantanos, á la entrada de Caño-Hondo |5.

Gigantescas plantas acuáticas lanzaban al rededor nuestro sus tallos oprimidos que terminaban en ombelas, en plumeros, en penachos casi por todas partes la superficie del agua estaba oculta por grandes hojas de todas formas y colores, que desaparecían bajo las flores que venían á abrirse encima de ellas; muchas capas de vegetación se amontonaban unas sobre otras, y en la estrecha estela que detrás de si dejaba el bongo, el agua espesa cubierta por abundantes plantas flotantes, aparecía toda sembrada de vástagos vegetales. Aves acuáticas revoloteaban por bandadas en medio de las

| |5 Los caños, en todo semejantes á los bayons de la Luisiana, son los canales de agua estancada que comunican los brazos de un río con el mar.

 

plantas, y á lo lejos |se extendía el horizonte circundado de grandes árboles.

En ese pantano sobre el cual pesaba una atmósfera ardiente y fétida, los zambos se detuvieron para almorzar. Sacaron de una mochila algunas |yucas |6 asadas en la ceniza, restos de pescados y una botella de chicha, y, haciéndolo circular todo, me invitaron generosamente á participar de su frugal comida. Acepté, pero confieso que el apetito me abandonó repentinamente cuando vi á uno de mis anfitriones remover con el cabo de su palanca los peces muertos que sobrenadaban en gran número en la estela, desechar con desdén aquellos cuya cabeza estaba ya manchada de líneas amarillas, pescar los otros por medio de un pequeño arpón, y guardarlos cuidadosamente para la comida.

Terminado el festín, los zambos se apoyaron nuevamente en sus palancas, y volviendo á principiar su cantinela, lograron abrirle paso al bongo á través de las plantas acuáticas de todas especies que obstruían la entrada de Caño-Hondo. Este canal, que se extiende en línea recta bajo la selva, como una ancha avenida, tiene más de seis metros de profundidad; las palancas apenas alcanzaban al fondo; felizmente el agua, agitada al empuje de la lejana marea, tenía una ligera corriente y empujaba el bongo hacia adelante. Los grandes árboles unían sus ramas frondosas encima de nuestras cabezas; y prolongados bejucos verdes, suspendidos de las ramas, calaban en el agua de la corriente y se balanceaban muellemente á merced de cada remolino; plantas, hojas y flores detenidas por las raíces de los árboles en los bordes del |caño, oscilaban lentamente como islas floridas. Los buitres, posados sobre los

6 |Yuca, raíz jatropha manihof

 

tronco. podridos, nos miraban pasar, fijando en nosotros sus ojos desdeñosos. Hacia la proa del bongo se veían las formas musculosas de los cuatro atletas, delineadas en el verde sombrío de la selva. De |vez en cuando un rayo de sol que atravesaba la bóveda de follaje iluminaba las aguas, los bejucos y los troncos de los árboles con su luz deslumbradora.

Después del Caño-Hondo, nuestra embarcación atravesó pantanos cuya agua está cargada de tal manera de despojos vegetales, que en ciertos puntos es un fango líquido en donde las embarcaciones forman negros surcos, levantando emanaciones de un olor pestilencial; en seguida penetramos en otros canales de riberas fangosas, donde solamente los cocodrilos y las tortugas pueden permanecer sin temor y en los que el hombre que se viese abandonado sin recursos, no viendo á su alrededor sino agua, fango y reptiles se entregaría á la más completa desesperación. Esa naturaleza inhospitalaria me hacía estremecer, y deseaba con impaciencia respirar un aire menos cargado de miasmas funestos, ver un pedazo de tierra en la cual pudiera poner el pie con seguridad. Por fin | entramos en un estrecho canal abierto por la mano del hombre á través de un terreno que se eleva algunas pulgadas de la línea de las inundaciones; al punto me pireció que el aire era más puro y me sentí curado de la fiebre que pérfidamente principiaba a inficionar mi sangre.

Sin embargo, fue preciso renunciar á seguir el viaje en el bongo que me conducía. Un incidente imprevisto me obligó á recurrir á otro medio de locomoción. De repente, en una de las numerosas vueltas del nuevo canal en que habíamos entrado, nos encontramos detenidos por una enorme caldera, enviada de Liverpool para uno de los buques de vapor que se estaban construyendo en Barranquilla. Cargada en un bongo reforzado exteriormente con enormes maderos, debía seguir, como nosotros, la vía tortuosa de los pantanos; pero hada días que estaba en camino y, según las probabilidades, no llegaría á su destino muy pronto.

Tanto y tan penosamente me sorprendió el aspecto de Sabanilla, cuanto me creí feliz por este encuentro inesperado que ponía en un contraste tan sorprendente á la naturaleza entregada aún á las fuerzas desordenadas del caos y á la victoriosa industria que hace de la tierra una esclava obediente. Nunca pudo aplicarse mejor la palabra del poeta: "Esto matará aquello", que á esa pesada é inmóvil caja de fierro, encallada en un canal fangoso en medio de inmensos pantanos.

Mis cuatro zambos conferenciaron con sus amigos, instalados sobre la caldera, pero su elocuencia fue inútil, porque la embarcación que nos obstruía el camino estaba perfectamente encallada; para sacarla de allí era necesario esperar refuerzos ó una creciente del Magdalena.

Tomé pronto mi partido: mientras que mis compañeros se instalaron en la ribera y comían los pescados tan extrañamente cogidos por la mañana, salté á una canoa perteneciente á un indiecito que había venido á ofrecer víveres á la tripulación de la caldera y le mandé remar vigorosamente hacía el río. Este estaba más cerca de lo que esperaba, y en menos de media hora la barca en que había tomado pasaje se encontró lanzada en el vasto seno del Magdalena.

En la América meridional, el Magdalena no le cede en importancia sino al Amazonas, al Orinoco y al Plata; pero ante mí no se presentaba en aquel momento todo el poderoso curso de sus aguas, pues habíamos entrado en uno de sus brazos, llamado Ceniza, cuyo caudal derrama en el mar á algunos kilómetros más al oeste. Este brazo, mucho más ancho que nuestras corrientes de agua de la Europa occidental, casi iguala al Mississipi: como él, está adornado de grandes árboles de sombrío follaje; mas en sus orillas no se distinguen sino una que otra cabaña cubierta de palmeras y platanales esparcidos en las riberas. Las aguas ligeramente movidas por el viento y cortadas por rápidas y pequeñas olas, parecen menos profundas que las del gran río de la América del Norte, pero como las de éste, arrastran tierra de aluvión y los cocodrilos no pueden distinguirse en ellas sino cuando estos monstruos dejan flotar en la superficie sus enormes quijadas con dientes de sierra. Vi á muchos de estos animales zambullirse á toda prisa cuando nuestro esquife se aproximaba, inclinado por la vela, hendiendo gallardamente las ondas: el cadáver corrompido ya, de uno de esos gigantescos reptiles, daba vueltas en medio de un remolino entre troncos de árboles varados, cada uno de los cuales conducía un buitre de largo cuello ávidamente tendido. En el puerto mismo de Barranquilla, vi huir á la gente en todas direcciones para evitar la incómoda vecindad de uno de aquellos animales atraído por la algazara de varias personas que se bañaban.

Á medida que nos acercábamos á Barranquilla, nuestra atención cambiaba de objeto, y mis miradas fueron todas para la ciudad, cuyas largas hileras de casas blancas se percibían encima de los ribazos arcillosos. Pequeños diques flotantes en la ribera del canal y llenos de bongos, lanchas, |canoas; astilleros cubiertos con techos de hojas de palma, almacenes de depósito en donde indios y negros arrumaban productos de todas clases; muelles á los cuales estaban atracados buques de vapor; carenas de fierro constantemente golpeadas por el martillo de centenares de obreros: todo anunciaba una ciudad comercial semejante á las de Europa y Estados Unidos. En el muelle de la gran plaza en que desembarqué, la misma animación que en el puerto: marineros yendo incesantemente de los bongos á los almacenes para depositar en ellos barriles y |bocoyes mujeres llevando en la cabeza canastas de plátanos y otras frutas, y mercaderes instalados delante de pequeñas mesas ofreciendo sus géneros. En medio de la multitud atareada circulaban pilluelos medio desnudos, apostrofando á los extranjeros con palabras inglesas pronunciadas con notable perfección.

Barranquilla, edificada sobre la ribera izquierda de una de las | numerosas ramificaciones del río Magdalena, data de ayer, por decirlo así; y sus progresos solamente pueden compararse á los de una ciudad de los Estados Unidos, tan rápidos así han sido. Allí no se ven sino andamios, ladrillos y cal. Sobrepuja ya á Cartagena por el número de mis habitantes, si se tiene en cuenta también la población flotante; además la antigua ciudad de Soledad, situada en la ribera del río á algunos kilómetros más arriba, puede considerarse como un simple barrio de Barranquilla, porque sus habitantes viven únicamente de las diversas industrias que les procura la vecindad de la ciudad naciente, verdadera capital comercial del Estado de Bolívar. Barranquilla proyecta en todas direcciones sus calles tiradas á cordel y cortadas en ángulos rectos, pero formadas la mayor parte de chozas y jardines en que se agrupan los cocoteros y los |papayos semejantes á una yerba gigantesca. las casas de piedra y peristilo se encuentran todas en la vecindad del puesto y en la plaza principal. En cuanto al llano de los alrededores, no presenta nada de pintoresco: el terreno de greda roja, mezclada de venas arenosas, es poco fértil, salvo las depresiones pantanosas.

La importancia de Barranquilla se debe casi exclusivamente á los comerciantes extranjeros, ingleses, americanos, alemanes, holandeses, que se han establecido allí en los últimos

7 |Carica papaya

 

años; han hecho de ella el centro principal de los cambios con el interior y el mercado más considerable de la Nueva Granada; menos instigados los indígenas por el aguijón de la fortuna y sin estar iniciados aún en los secretos de la especulación, ninguna parte han tenido en el progreso de este |emporium del Magdalena. A mi paso por allí, había diez vapores flotando ó en construcción: cinco ingleses, tres americanos, uno alemán, y uno solo perteneciente á una compañía anglo-granadina que administraba M. Hasselbrinck, el hijo del cónsul prusiano de Sabanilla. Este excelente joven, antiguo alumno de la universidad de Goettingue y corresponsal del ilustre botánico Nees-von-Esembeck, era un verdadero sabio cura carrera lo llamaba naturalmente á ejercitar su ciencia en una gran ciudad de Alemania; pero á despecho de los negocios de comercio que lo ocupaban, no había olvidado la ciencia, y había logrado reunir á su rededor un gran número de hombres instruidos; tuvo la bondad de presentarme á muchos de ellos, casi todos granadinos.

En cambio, en el gran hotel de Barranquilla solamente ví extranjeros de todos los puntos del globo y conversando en inglés, esa lengua tan extendida en el mundo. Madama Hughes, nuestra huésped, había montado su casi bajo un pie enteramente europeo; tenía la tontería, es verdad, de observar en el hotel una ridícula etiqueta británica, pero se le podía perdonar en virtud de que tenía el buen gusto de hacernos comer en un patio, debajo de los árboles cubiertos de fragantes flores á cuyo rededor revoloteaban los tominejos con alegres susurros. Por la noche hacia colocar las camas debajo de las arcadas que rodean al jardín, y los huéspedes que despertaban durante la noche, tenían el placer de ver los rayos de la luna ó el vago centelleo de la vía láctea á través del tembloroso follaje.

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