CARTAGENA DE INDIAS - LA POPA - LA FIESTA
Al salir el sol,
|El Narciso entraba viento en popa, en el
canal de Bocachica, apenas de unas pocas brazas de ancho, y sin
embargo bastante profundo para admitir los mayores navíos de
guerra. De cada lado se distinguen las rocas agudas esparcidas en
el fondo del agua argentada á medida que se avanza la cintura de
arrecifes se estrecha al rededor del tortuoso canal, mostrándose
los escollos en todas direcciones; es imposible no estremecerse al
pasar cerca de ellos. Á algunos metros de distancia, sobre la
izquierda, al pie de un promontorio de la isla de Tierra-Bomba, se
levantan las blancas murallas de un fuerte, cubierto hoy de
arbustos y espinos; á la derecha, sobre un islote de rocas
amarillentas, rodeado de arrecifes, una ciudadela minada por las
olas despliega por encima de los escollos la larga línea de sus
bastiones con las troneras vacías; á lo léjos, á la extremidad de
la isla Barú, toda verde de mangles, se presentan las ruinas de
otro fuerte igualmente vasto. Tal era la primera línea de
fortificaciones que protegía la entrada del puerto de Cartagena. En
el último siglo fue forzada por el almirante Vernon, á quien, mejor
defendida, habría podido oponer una resistencia invencible. Es
verdad que este almirante fracasó ante la segunda línea de
fortificaciones, y que siete mil ingleses pagaron con su vida esta
tentativa audaz.
Después de haber bordeado durante algunos minutos, entramos en
la rada de Cartagena, cuyas aguas tranquilas tienen una superficie
de 18 millas cuadradas. Completamente resguardada hacia el lado del
mar, al sur, por la isla de Barú, al oeste, por la isla de
Tierra-Bomba y por arrecifes y bancos de arena; al norte por el
archipiélago sobre el cual está construida la ciudad de Cartagena;
esta rada se desarrolla en un magnífico semicírculo que penetra
mucho en el interior de la costa. Podría contener flotas enteras,
pero allí no había sino miserables canoas. Sobre las colinas, en
donde esperaba distinguir algunas huellas del trabajo del hombre,
solamente divisé malezas interrumpidas aquí y allá por claros de
tierra roja y estéril; dos ó tres pueblecillos de indios agrupan en
desorden sobre los bordes del agua sus techos cubiertos de hojas.
En fin,
|El Narciso dobló la punta oriental de Tierra-Bomba,
sobre la cual están construidas las cabañas de Loro, pueblo
habitado por pobres leprosos solamente, y á nuestros ojos apareció
de repente la antigua ciudad, que en tiempos pasados se nombró con
orgullo la
|Reina de las Indias
Magníficamente sentada en las islas que por un lado miran á la
alta mar y por el otro á la reunión de las lagunas interiores que
forman el puerto, rodeada de un cinturón de cocoteros, Cartagena
parece dormir allí, ¡ay! y duerme demasiado, á la sombra de La
Popa, colina abierta que la domina al este. Dos grandes iglesias
cuyas naves y campanarios son mucho más elevados que el resto de la
ciudad, se miran una á otra, como dos leones echados, y la larga
línea de murallas se extiende, hasta perderse de vista, al rededor
del puerto y sobre las riberas del mar. De cerca la escena cambia:
las plantas parásitas entapizan las murallas, en las cuales se
pasean muy raros centinelas; grandes piedras que se han desprendido
de las almenas forman arrecifes contra los cuales vienen á
estrellarse las olas; algunos restos de embarcaciones se pudren en
la playa del puerto, en el cual flota una que otra goleta; á través
de las ventanas de los grandes edificios, cuyos techos se han
desfondado, se alcanzan á ver las nubes ó el azul del cielo. El
conjunto de esta ciudad medio arruinada forma un cuadro admirable y
doloroso á la vez, y no pude ménos que experimentar un sentimiento
profundo de dolor al contemplar esos tristes restos de un esplendor
pasado.
El marinero dejó rodar el ancla de
|El Narciso, y descendí
á la lancha con el capitán. En cuanto á don Jorge, no se levantó
siquiera para mirar la ciudad. La colocación de su cargamento de
cacao lo inquietaba muy poco, su sola preocupación del momento era
permanecer á la sombra precaria del palo mayor para continuar su
siesta principiada, sin correr el riesgo de sentirse bruscamente
despertado por los rayos ardientes del sol; tuvo, sin embargo,
fuerza para dirigirme una semicortesía en señal de despedida,
después se volvió de medio lado y se durmió.
Unos pocos golpes de remo bastaron para que llegáramos á las
gradas de piedra de la base de la muralla, y penetré inmediatamente
en la ciudad por una poterna practicada en la misma muralla. La
primera escena de que fui testigo al poner el pie en las calles de
Cartagena, redobló la tristeza que me había inspirado la vista de
sus ruinosos edificios. En una plaza rodeada de casas ennegrecidas
y de elevadas arcadas, dos hombres de cabellos lisos, de mirada
feroz, tez de color indeciso, se habían agarrado de los girones de
sus
|ruanas¹, desenvainaron, vociferando, sus terribles
|machetes², y procuraban
|
1 Traje análogo al
|poncho
|
mejicano: esto es, un
cobertor con una abertura en el centro para que entre por ella la
cabeza.
|
|
2 Sable encorvado.
|
herirse con ellos. A su rededor se agitaba confusamente una
multitud ebria y sucia; los unos gritaban con furor:
|¡Mátalo!
¡Mátalo! los otros hacían desviar los golpes de machete,
deteniendo los brazos de los combatientes. Durante algunos minutos,
vi pasar forcejeando ese torbellino de hombres por encima de los
cuales se levantaban y bajaban sucesivamente las lucientes hojas de
los sables. Al fin, se logró separar á los dos lidiadores, que
seguidos de sus partidarios, se fueron, cada uno por su lado, á una
|tienda³, donde unos y otros se entregaron, botella en mano,
á todos los demonios del infierno. Las mujeres que habían salido á
las ventanas para ver la riña, se retiraron á sus habitaciones y la
multitud de espectadores reunida bajo las arcadas se dispersó.
Pregunté la causa del tumulto:
|-¡Son las fiestas! -me respondieron encogiéndose de
hombros.
Cuando una ciudad está en decadencia, puede decirse que sus
habitantes participan también del deterioro de las cosas. Todo
envejece á la vez, hombres y edificios; los meteoros y las
enfermedades trabajan de consuno en su obra. Por las calles, que
limitan á lo léjos la masa sombría de las murallas y en que se ven
conventos llenos de grietas y elevadas iglesias de oblicuas
paredes, pasaban cojos, tuertos, leprosos, enfermos de todas
clases; jamás había visto tantos mendigos reunidos. Ciertas
encrucijadas me presentaban el aspecto de una
|cour des
miracles4. Cuando el comercio ó la industria abandonan á una
ciudad, gran parte de sus habitantes quedan sin colocación y
privados de tra-
|
3 Taberna, venta de vino y aguardiente.
|
|
4 Nombre que se daba en París, en la Edad Media, á muchas
callejuelas y otros lugares habitados por pillos de profesión y por
rateros. N del T.
|
bajo en la vida, se agitan durante algún tiempo en busca de
nuevas ocupaciones; después concluyen por entregarse al vicio y se
embrutecen tanto física como moralmente. Tal es la desgracia que ha
herido á la noble Cartagena de Indias. Pensé entonces
involuntariamente en esos puertos en que durante las horas de la
marea retozan las olas entre las naves con velas desplegadas; en
que circulan incesantemente las embarcaciones conduciendo alegres
marineros, y en que todo presenta un cuadro lleno de animación y de
vida; pero viene la baja marea y solamente queda el fétido fango en
que hormiguean los gusanos en busca de asquerosos despojos.
Hace doscientos años, Cartagena servía de depósito al comercio
de las islas Filipinas y del Perú, y monopolizaba enteramente el de
la América Central y Nueva Granada. Entonces todo gran puerto
mercante debía ser al mismo tiempo un puerto de guerra,
especialmente en un mar como el Caribe, que en cada ola llevaba un
pirata. De todos los puntos de la costa por donde pudieran
exportarse para Europa los productos de la hoya del Magdalena, uno
por excelencia, Cartagena, presentaba facilidades para la defensa,
y por esta razón, el gobierno español le había dado el monopolio de
los cambios en una longitud de 3.000 kilómetros de ribera. Después
las cosas cambiaron, las colonias españolas se independizaron de la
madre patria, puertos libres se abrieron al comercio del mundo en
todas las costas del mar Caribe y del golfo de Méjico; la paz llegó
á ser el estado normal de las naciones y ha sido permitido cambiar
las mercaderías en otras partes mejor que bajo la boca de los
cañones. También la prosperidad ficticia de Cartagena, que reposaba
en el monopolio, se desvaneció con la libertad; la población, cada
vez más miserable, disminuyó como dos tercios y al presente no
alcanza ni á la cifra de diez mil almas. Hace algunos años que el
Congreso granadino, con el laudable deseo de hacer revivir el
comercio de la ciudad caída, expidió una ley exceptuando del pago
de los derechos de aduana á las mercaderías que se importaran á
Cartagena5. El Gobierno ha restablecido, pues, el monopolio bajo
una forma disfrazada, porque en todos los otros puertos de la
República los derechos se elevan por término medio al
|25 por
ciento. Los defensores de la ley sostenían que era necesario dar
esta recompensa á la hija primogénita de la libertad, á la ciudad
que sacudió primero el yugo de la España; pero en nombre de la
libertad, ¿no habría sido más justo mantener á todos los puertos en
el derecho común y rebajar uniformemente las tarifas de
importación? No es sobre el privilegio que Cartagena podrá fundar
jamás una prosperidad seria.
Sin embargo, es seguro que la antigua reina de las Indias se
levantará de sus ruinas, porque su posición geográfica es
admirable. Sentada en las riberas de un mar sin tempestades situada
poco más ó ménos á igual distancia del golfo del Darién, en que
desemboca el Atrato, y del río Magdalena, servirá necesariamente
tarde ó temprano de intermediaria comercial entre las hoyas de
estos dos poderosos ríos; solamente está separada de Aspinwall y de
otros puertos del Istmo por la anchura de un golfo estrecho, y
puede comunicarse con esos diversos puntos más rápidamente que
todas las otras ciudades de la República; su rada es una de las más
bellas del mundo entero, y muy fácilmente podrían cavarse en ella
diques flotantes ó de carena, necesa-
|
5 Esta ley fue derogada posteriormente. N. del T.
|
rios hoy en todos los grandes puertos comerciales. La entrada de
Bocachica es demasiado estrecha quizás; pero ¿por qué no se limpia
Bocagrande, ancho brazo de mar, que separa de la isla Tierra-Bomba
la punta arenosa de Cartagena? Ántes de 1760, época en la cual el
gobierno español, en guerra con los ingleses, hizo obstruir ese
estrecho con piedras y arena, presentaba un canal suficientemente
profundo para los más grandes navíos. Que se abra nuevamente para
ahorrar á las embarcaciones el rodeo y los peligros de la entrada
por Bocachica, y Cartagena tendrá, por su posición comercial, pocos
rivales en el mundo.
Á la ventaja de poseer un admirable puerto de mar, Cartagena
reúne la de poder adquirir, cuando quiera, un excelente puerto
fluvial. Un antiguo brazo del Magdalena que se destaca de este río
cerca del pueblo de Calamar,
|150 kilómetros arriba de su
embocadura, buscaba en otros tiempos una vía más corta hacia el
mar, y se derramaba en la rada misma de Cartagena en el pueblecillo
Pasacaballos. Muchas compañías, y entre ellas una anglo-americana,
se han formado sucesivamente para anchar y profundizar este canal ó
|dique, en parte extinguido. Ya han penetrado por esta vía al
río Magdalena pequeños vapores; falta de dinero, la empresa no ha
podido llevarse á buen fin; pero no es posible que dejen de hacerse
nuevos esfuerzos tarde ó temprano; entonces la arteria central de
la República granadina estará en comunicación constante con el
mejor puerto de las costas. Á recursos naturales de esta especie
deben apelar los ciudadanos enérgicos para levantar á la ciudad de
su postración y poderle dar el título de capital, sin ironía ó sin
ridícula vanidad. Desde que la Nueva Granada se constituyó en
República federal, Cartagena ha sido el asiento del gobierno del
Estado de Bolívar, de una extensión igual á la de diez
departamentos franceses; pero la preponderancia política de la
nueva capital no le asegurará sino una vida ficticia, si el
comercio y la industria no se levantan al mismo tiempo.
La catedral es el principal edificio de Cartagena; pero
solamente presenta restos de su antiguo esplendor. Su alta y
amenazante torre está negra y llena de grietas como las torrecillas
de un castillo fuerte de Europa; las lápidas que forman el
pavimento de la nave se hallan desunidas y las inscripciones
borradas. Solamente el púlpito, enchapado de mosaicos de mármol y
decorado con figuras de marfil, está aún perfectamente conservado.
Esta obra de un escultor italiano, presenta encantadores detalles:
es uno de los muy raros objetos de arte que se encuentran en el
Nuevo Mundo. Yo que venía de los Estados Unidos, ese país en que
por amor al arte blanquean los árboles hasta la altura de un
hombre, no podía mostrarme descontento, y me sentí verdaderamente
conmovido á la vista de esas encantadoras figuras.
Lo mismo que la catedral, los otros edificios públicos de
Cartagena, conventos, hospitales, iglesias, son espaciosos, y su
extensión ocupa gran parte de la ciudad; pero esos edificios se
están desplomando y, como todas las ruinas, ganan con ser vistas
desde léjos. Su majestuosa belleza depende en gran parte de la
armonía de los contornos y el paisaje que los rodea con sus ondas y
sus playas, con el cielo que los cubre con su bóveda infinita. Por
esto me apresuré á subir á las murallas, desde donde podía
contemplar al mismo tiempo el mar y ver la ciudad bajo su aspecto
más pintoresco. Las murallas poco elevadas y de muchos metros de
anchura, ofrecen un bello paseo al rededor de la ciudad,
embaldosado con grandes losas de piedra. Están tan sólidas hoy como
cuando fueron colocadas, y el mar, que mira lentamente la base,
apenas ha arrancado algunos pedazos; pero los cañones que asomaban
sus bocas por las troneras han desaparecido.
El Gobierno de la Nueva Granada, débil hoy para defender
seriamente sus puertos de mar, ha tenido el buen sentido de vender
la pólvora y los cañones de Cartagena á un industrial
|yankee
por la suma de 120.000 pesos, quien hizo cortar en pedazos las
cureñas para distribuirlas como leña á los pobres. ¡Ojalá todos los
pueblos del mundo tomasen una medida semejante! Cuando las naciones
cesen de combatir entre sí y formen una perpetua alianza, la
República granadina podrá reclamar el honor de haber sido la
primera en licenciar su ejercito y demoler sus fortalezas.
Después de haber dado la vuelta á la ciudad me dirigí hacia La
Popa, cuya masa escueta domina el pequeño archipiélago de
Cartagena. Abríme paso al través de los grupos de indios, mestizos
y negros que estaban estacionados frente á las
|tiendas en
honor de las fiestas; y siguiendo una recua de mulas, ufanas por
llevar sus monturas vacías y sus gualdrapas rojas, llegué en pocos
minutos á la cima de La Popa. Á mis pies se levantaban las torres,
las altas murallas, los terraplenes de la ciudadela, cubiertos de
árboles y semejantes á jardines suspendidos; á través de las palmas
de los cocoteros que guarnecen los contornos de esos terraplenes,
se divisaba el agua tranquila del puerto y de los canales; más
allá, la ciudad aprisionada en sus murallas macizas levantaba los
campanarios y las fachadas de sus conventos arruinados, y se
destacaba negra sobre el vasto semicírculo del mar, resplandeciente
con los rayos del sol de ocaso.
Las islas y el continente presentaban el contraste más marcado:
por un lado, los islotes esparcidos en medio de la rada parecían
selvas flotantes desprendidas de un paraíso terrestre; del otro
lado se extendía una cadena de colinas rojizas, desnudas de esa
vigorosa vegetación que da á la naturaleza tropical tan maravillosa
grandeza; podía decirse que el largo rastro de espuma que orla la
costa separaba dos zonas.
Era de noche cuando llegué á la plaza mayor de Cartagena. El
palacio de la
|Gobernación estaba brillantemente iluminado;
músicos subidos en una plataforma soplaban en trompetas, trombones,
pífanos, zangarreaban violines y contrabajos, con una alegría
feroz; la plaza entera estaba trasformada en un vasto salón de
danza y de juego. Hombres y mujeres, bailaban estrechamente
enlazados y moviéndose en un inmenso circulo, arrastrados por esa
danza tan común en la América española, que consiste en deslizarse
imperceptiblemente en el suelo meneando las caderas. El movimiento
de los pies no se ve, sino solamente la torsión febril de los
cuerpos ligados el uno al otro; se diría que la tierra misma gira
bajo los grupos convulsivos, tan silenciosamente avanzan, movidos
por una fuerza invisible. Experimenté una especie de terror viendo
pasar lentamente, bajo las luces titilantes adheridas á los
pilares, esos cuerpos jadeantes y echados hacia atrás, esas figuras
negras, amarillas ó pintorreteadas, todas sacudiendo sobre sus
frentes los desordenados cabellos, todas animadas con miradas
centellantes y fijas: era una danza endemoniada, una algazara
infernal. Largas hileras de mesas de juego, cubiertas de naipes
sucios por su mucho uso, se extendían al rededor de la plaza;
incesantemente estaban rodeadas de hombres, mujeres y niños, que
venían á perder allí á porfía sus
|cuartillos y sus
|pesetas. Un tumulto espantoso se levantaba á cada lance
desgraciado, maldiciones y amenazas terribles se cruzaban; sin
embargo, no vi relucir en ninguna parte el acero de los
machetes.
El aire estaba sofocante y cargado de cálidas emanaciones.
Apenas podía respirar y me abrí paso por entre la multitud para
huir hacia las murallas solitarias. ¡Qué contraste tan instantáneo
entre los hombres y la naturaleza! Grandes reflejos se agitaban
sobre las aguas y morían al rededor de los bancos de arena; algunas
palmeras se inclinaban aquí y allá en los promontorios; la luna
brillaba al través de las grietas de las ruinosas torres; las
colinas delineaban en el cielo sus lejanos perfiles; los ecos de la
plaza se desvanecían como un vano ruido sin turbar la solemnidad
del conjunto; el lento mugido del mar dominaba toda la naturaleza y
daba un ritmo lúgubre á la poesía de las minas y de la noche .
|6
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6 M. Reclus no permaneció en Cartagena ni 24 horas siquiera,
por consiguiente no tuvo tiempo de entrar en relaciones con la
parte culta de la sociedad. Si, como nosotros, que hemos estado
allí en tres épocas distintas, hubiera tenido ocasión de cultivar
esas relaciones indudablemente que les habría consagrado algunas
líneas, bien favorables por cierto. N. del T.
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