EL NARCISO - PORTOBELO - LOS INDIOS DE SAN BLAS
Deseaba ir hasta Panamá para conocer el Istmo en toda su anchura
y contemplar las aguas del océano Pacífico; pero habría tenido que
esperar durante un día y una noche la marcha de un tren, y confieso
que la permanencia en un hotel construido al borde de un pantano me
halagaba muy poco. Además me urgía llegar al pie de la Sierra
Nevada, objeto principal de mi viaje, y me despedí de mis
compañeros de travesía¹,
El vapor inglés que hace el servicio regular de las costas de la
Nueva Granada, tardaría casi dos semanas, por lo cual me apresuré á
ir al puerto, á fin de inquirir si había alguna goleta que partiese
para Cartagena. Felizmente apercibí una pequeña cáscara de nuez que
levaba el ancla; apenas tuve tiempo para enviar por mis baúles y
tirarme en un esquife, saltar á bordo de la goleta, que ya
principiaba á bordear frente a Aspinwall; descendí á la bodega para
depositar mis efectos entre dos sacos de cacao, y cuando subí la
peligrosa escalera, estábamos en medio de la bahía.
|El Narciso era una pequeña embarcación destrozada, del
porte de 24 toneladas, y tan mal distribuida que el único
|
1 Reunidos al día siguiente (17 de agosto, 1855) los
novecientos pasajeros del vapor de Nueva York el
|Illinois,
estos viajeros llegaron á creer que tendrían que sostener un sitio
en regla contra los habitantes de Panamá: díez y siete de entre
ellos murieron á cuchillo. Un norteamericano se había robado una
sandía y disparó un revólver sobre el panameño que quería
recobrarla. Ésta fue la señal del combate. Los americanos vencidos
se vieron obligados á batirse en retirada, y se salvaron gracias á
la intervención de la policía y de la fuerza armada.
|
espacio en que uno podía pasearse, no tenía más de dos metros de
largo. De momento en momento las crestas de las olas nos ocultaban
el horizonte, y se hubiera dicho que a lo lejos la ciudad saltaba
del seno del mar para volver á sumergirse en él. Á cada nueva ola
nuestro mástil de bauprés se sumergía en parte, y el agua corría
hasta la popa. El espacio que quedaba seco era muy pequeño; había
necesidad, sin embargo, de contentarse con él, y yo me instalé lo
mejor posible, con los pies contra el borde de la boca de la
escotilla, la espalda apoyada contra el bordaje, el brazo pasado al
rededor de un cable; traté de formar un solo cuerpo, por decirlo
así, con la embarcación y permanecer inmóvil como un tronco
amarrado en el puente. Esta posición me permitía contemplar á mi
gusto las ondas espumosas, en medio de las cuales jugueteaban
trasparentes medusas, mientras que los tiburones las hundían con
sus aletas dorsales, triangulares y cortantes como la cuchilla de
una guillotina.
La tripulación de
|El
|Narciso se componía de cuatro
hombres: el propietario, el capitán, el marinero y el grumete. El
primero era un negro hercúleo, de fisonomía llena y placentera:
acostado sobre el puente, miraba con satisfacción profunda las
velas de su nave, infladas por el viento, los sacos de cacao
amontonados en la bodega, y aun al humilde pasajero tendido a su
lado; gozaba voluptuosamente el privilegio de poseer, y miraba con
ternura las ondas sobre las cuales flotaba su goleta; entregado
enteramente á su dicha, rara vez se dignaba ocuparse de la maniobra
ni de prestar mano fuerte cuando se trataba de halar una cuerda ó
de virar de bordo. Por lo demás era de una dulzura inefable, y
deseaba ver á todos sus compañeros tan dichosos como él si el
capitán no hubiera mandado, si el marinero y el grumete se hubieran
cruzado de brazos, se habría dejado estrellar apaciblemente contra
un arrecife, sin que la satisfacción pintada en su fisonomía se
hubiera turbado. Verdadero tipo del negro de las Antillas, se decía
cosmopolita, flotaba de ola en ola, de tierra en tierra como una
ave marina; hablaba igualmente mal todas las lenguas, todos los
patuás de los pueblos establecidos al rededor del mar Caribe, y
respondía indiferentemente á los nombres de don Jorge, Juan, ó Juan
Jacobo.
El capitán era un joven hermoso, activo, pero charlatán,
impaciente, colérico, que no ocultaba el desprecio que le inspiraba
su plácido armador; sin embargo, tenía el buen sentido de no
zaherirlo. Hijo de un francés casado en Cartagena, José María
Mouton, tenía sin duda los rasgos de su padre, sus maneras y su
vivacidad; pero había adquirido los hábitos y las supersticiones
del país, y no sabía ni una palabra de la lengua de sus
antepasados; sus ojos me seguían con una curiosidad importuna.
Pronunciaba cada palabra con el acento de la provocación, y no se
dulcificaba un poco sino cuando se dirigía al marinero. Éste,
siempre silencioso, adivinando el menor deseo del capitán,
trabajando sin descanso en las velas, en las cuerdas, en las
cadenas, me parecía un ser indefinible. No solamente no hablaba,
sino que tampoco miraba, y caminaba sin ruido, deslizándose como
una sombra de la proa á la popa de la goleta. ¿Á qué raza
pertenecía? ¿Era negro, español ó mestizo? Su piel negra podía
haberse curtido por las lluvias, las tempestades, las nieblas, los
soles; sus ojos han podido ser empañados por el espectáculo de esos
millares de olas que se suceden sin fin unas á otras en la
superficie de los mares. Poco me habría asombrado al saber que él
era ese holandés volante que hace siglos vaga sobre el océano, y
algunas veces, cuando la tempestad se prepara, agita delante de las
naves sus grandes brazos cargados de bruma. En cuanto al grumete,
era simplemente un pilluelo sucio y perezoso como una serpiente:
dormía siempre, y el capitán no podía despertarlo sino á
puntapiés.
Don Jorge, cuyas comidas eran numerosas y abundantes, ocupaba el
resto de su tiempo en seguir con las miradas las redes y anzuelos
que había asegurado á los flancos de la embarcación, y que daban
botes en la estela luminosa. Durante la primera jornada, su pesca
fue particularmente fructuosa: sacó del agua muchos peces cuyos
nombres bárbaros, tomados de una especie de patuá hispano-indio, he
olvidado; después logró coger una dorada, y en fin un tiburón
joven, de cerca de dos metros de largo. Para coger esos animales
los marineros cortan un pedazo de tela blanca en forma de pez
volante y lo adhieren á un anzuelo que arrojan en la estela; en
seguida se ponen á silbar como silban los vaqueros cuando conducen
el ganado al abrevadero. El confiado pez, seducido por esta
llamada, se arroja sobre el retazo de tela blanca, traga el
anzuelo... y los que no han tenido vergüenza de engañar á un
tiburón lo sacan á bordo, lo matan á golpes, lo hacen pedazos;
después, saboreando con anticipación su festín hacen freír
gozosamente algunos pedazos. Se asegura que los náufragos de la
|Méduse prefirieron casi devorarse unos á otros á comer
tiburón; sin embargo yo me atreví á aproximar mi asiento á la mesa
de la tripulación, y satisfice mi apetito con la carne del pobre
animal. La encontré buena; pero mientras la saboreaba, no podía
apartar de mí un pensamiento: ¿de qué me quejaría yo, si los amigos
del tiburón vengasen un día en mí á su hermano asesinado? Así va el
mundo.
Llegada que fue la noche, el capitán, que en todo el día no
había dirigido la palabra á don Jorge, se aproximó a él, y, vuelto
comunicativo por la dulce y misteriosa influencia de la noche,
condescendió en entrar en conversación. Primeramente habló de
negocios, después de viajes, en seguida de fantasmas, y pronto le
oímos referir una leyenda del tiempo de la Inquisición, llena de
horribles detalles. Era la historia de una alma cargada de crímenes
oscilando en la boca del infierno, la cual se disputaban los
ángeles y los demonios. Al fin, triunfaron éstos, y el alma
desesperada se sumergió en las terribles llamas del abismo. Esta
sería quizás la milésima vez que el capitán recitaba esta leyenda,
porque sus palabras, que no tenía necesidad de buscar, se
desarrollaban en frases precisas y sonoras, y desplegaba cierta
elocuencia salvaje en la pintura de los tormentos infernales. Don
Jorge, feliz con este relato, que estimulaba su digestión, gozaba
visiblemente con su propio miedo, mientras que el grumete, apoyado
en los codos y tendido sobre el vientre en medio del puente, fijaba
sus ojos ardientes en el capitán y sentía que el alma se le
escapaba de espanto. En cuanto al marinero, siempre solitario, se
mantenía firme en la proa de
|El Narciso, y su alta estatura,
que medio se alcanzaba á distinguir al través de los aparejos se
delineaba como un negro fantasma, en el mar fosforescente.
Una fuerte lluvia puso fin á nuestra conversación, y capitán
armador, grumete, pasajero, nos apresuramos á descender á la bodega
arrojándonos sobre los sacos de cacao que debían servirnos de
lechos. Mis compañeros acostumbrados á esta clase de camas, se
durmieron bien pronto profundamente; pero á mí me fue imposible
imitarlos. Los granos de cacao, duros como pequeños guijarros, se
me entraban en las carnes; espantosas cucarachas, las más grandes
que he visto en mi vida, me picaban los brazos y las piernas y se
paseaban por mi cara el aire condensado de la bodega, y sobre todo
el penetrante olor del cacao, me sofocaban. Á cada instante subía
la escalera para respirar un soplo de aire puro en la boca de la
escotilla pero la lluvia incesante me obligaba á encerrarme otra
vez en el antro malsano en donde mis compañeros soñaban sueños de
oro. Hacia la mañana, vencido por la fatiga, me dormí con un sueño
febril y agitado.
Cuando desperté,
|El Narciso doblaba uno de los
promontorios poblados de árboles que guardan la entrada de
Portobelo el antiguo Puerto-de-Oro de los españoles, á donde los
galeones venían á cargar los tesoros del Perú. La lluvia había
cesado; una niebla ligera flotaba aún sobre los montes, chispas de
espuma blanca saltaban de los contornos de la ribera. A la verdad,
el mar y las montañas iluminados por el sol naciente ofrecían un
espectáculo admirable, que yo apenas contemplaba; no podía separar
las miradas de las extensas selvas tropicales, que se me
presentaban por la primera vez en toda su magnificencia. Hasta
ignoraba si realmente eran selvas las que tenía delante de mí,
porque no distinguía los árboles, y durante largo tiempo creí estar
delante de una gigantesca roca cubierta de musgo y helecho. En la
zona tórrida puede decirse que el árbol no existe; ha perdido su
individualidad en la vida de unión estrecha, y puede decirse que es
una simple molécula en la gran masa de vegetación de que hace
parte.
Un roble de Francia ostentando sus grandes ramas de corteza
rugosa, enterrando sus enormes raíces en el terreno hendido
sembrando la tierra de innumerables hojas secas, parece siempre
independiente y libre, aun cuando esté rodeado de otros robles;
pero nunca se presentan aislados los más bellos árboles de una
selva virgen de la América del Sur Ligados los unos á los otros,
atados en todos sentidos por cuerdas de bejuco cubiertos por las
plantas parásitas que los oprimen y beben su savia, parecen no
tener existencia propia. Las influencias de los climas son las
mismas para los pueblos y para la vegetación: es en las zonas
templadas que especialmente se ve al individuo separarse de la
tribu, lo
|mismo que al árbol aislarse del bosque.
Poco á poco nos aproximamos á la estrecha garganta del puerto, y
poco á poco la escena se presentaba más espléndida. Dos colinas
cada una con las
|ruinas de un antiguo castillo
|se
levantan la una enfrente de la otra; en la base de estas
prominencias los cocoteros se inclinan hacia la superficie del mar;
las aves marinas se mantienen graves e inmóviles en las esparcidas
rocas. Desde la cima hasta el pie de las colinas, no se ve sino un
tumulto un océano de follaje; bajo esta masa que se inclina y se
levanta al soplo de los aires, apenas puede concebirse el suelo que
las sostienen; fácilmente podría creerse que la selva entera tiene
sus raíces en el mar y que flota sobre las aguas como una enorme
planta piramidal de doscientos metros de altura. Todas las ramas
están entrelazadas las unas con las otras, y el menor movimiento se
trasmite de hoja en hoja á través de la inmensa y verde campiña.
Sin embargo, las colinas son muy escarpadas, y para ligarse unos á
otros los árboles, grandes masas de ramas, bejucos y flores se
esparcen de cima en cima, semejantes á los hilos de una catarata.
Es un Niágara de verdura.
En fin,
|El Narciso echó el anda casi á la sombra de la
misteriosa selva, la lancha fue arrojada al mar, y tomando el
marinero silenciosamente los dos remos, nos hizo seña de saltar á
ella. Íbamos á hacer una pequeña excursión á tierra. Mi emoción,
tan fuerte ya, se aumentó cuando el esquife se detuvo, y saltando
de piedra en piedra, llegué á la playa sembrada toda de conchitas
amarillas y rojas. En pocos segundos llegué á la desembocadura de
un riachuelo que desciende en pequeñas cascadas de las
profundidades del bosque, y remontando este camino abierto por las
aguas, me interné en el oscuro portillo que delante de mí se
prolongaba.
Es imposible no sentir una extraña conmoción física cuando uno
deja tras de sí la atmósfera ardiente y luminosa, para penetrar
bajo la sombra húmeda y solemne de una selva virgen. Á pocos pasos
del mar, podía creerme internado á cien leguas del continente; por
todas partes una confusión inextricable de ramas; por todas panes
misteriosas profundidades en que la mirada se atreve apenas á
fijarse; á mi rededor, rocas cuyas paredes desaparecían bajo el
follaje entrelazado; sobre mi cabeza, una bóveda de verdura á
través de la cual penetraba una media luz que se reflejaba en una y
otra rama. ¡Qué diferencia entre estos bosques tropicales y
nuestras selvas calmadas y raquíticas, y nuestros bosques tajados,
en que cada árbol herido por el hacha se presenta débil como un
enfermo y tuerce con angustia sus brazos delgados y sin gracia! En
los países amados del sol, á los árboles gigantescos que la tierra
alimenta, les circula bajo la corteza una savia fuerte é impetuosa,
y podría decirse que el suelo, el agua y la roca se amalgaman allí
para entrar más rápidamente en el círculo de la vida vegetal. Las
cimas son más altas y cubiertas de vegetación, el color de las
hojas y de las flores más variado, los aromas de éstas son más
acres; y no es el reposo, es el terror lo que se experimenta bajo
estas tenebrosas sombras.
Con precaución, con paso sigiloso y vacilante, avanzaba sobre
aquel terreno. Lagartos y otros reptiles que se veían al borde del
riachuelo, desaparecían en la maleza haciendo gran ruido en la
hojarasca; delante de mí se condensaba la sombra; me detuve, pues,
y me senté sobre el borde de una roca en la cual el agua había
cavado un pozo siempre murmurante y lleno de espuma. Volviéndome,
veía á la extremidad del portillo oscuro por el cual había
penetrado en la selva, el fondo de una pequeña ensenada, en donde
las ondas azules con franjas plateadas venían á morir sobre la
arena de una blancura deslumbrante. Permanecí largas horas sobre la
roca, mientras que don Jorge dormía la siesta en la playa á la
sombra de un
|caracolí de extensas ramas²
Mi segunda visita fue para la ciudad de Portobelo, en donde el
capitán Mouton, vestido con su ropa de fiesta, quería, decía él,
comprar algunos sacos de cacao; en realidad iba sencillamente á
requebrar á una
|señorita. En cuanto á mí, me apresuré á
recorrer las calles de Portobelo para descubrir en ellas los
vestigios de su esplendor de otro tiempo. Se reducían á muy poca
cosa: miserables chozas cubiertas de cañas ó de hojas de palma han
reemplazado las vastas construcciones españolas; aquí y allá se
levantan algunos lienzos de pared habitados por las serpientes y
los lagartos; los árboles han introducido sus raíces en los
bastiones de la fortaleza que dominaba la ciudad, y bien pronto no
quedará piedra sobre piedra. La población, compuesta de negros y
mestizos en número como de ochocientos a novecientos, es asquerosa
por sus harapos y su desaseo y pasea orgullosamente su indolencia á
lo largo de la playa. Las mujeres son las únicas que trabajan:
pilan el maíz ó asan los plátanos para las comidas de sus maridos y
amos llenan los sacos de cacao, conducen sobre las cabezas pesados
cántaros de agua de que se proveen en una fuente distante. En lugar
de la flotilla de galeones que se reunía en otro tiempo en el
puerto, protegido por el cañón de las fortalezas tres ó cuatro
goletas armadas por un negociante de Jamaica, el judío Abraham, se
ba-
|
2
|Anacardium caracolí, árbol magnífico que tiene las
dimensiones de nuestros castaños.
|
lanceaban perezosamente sobre las ondas, no léjos de pequeños
almacenes de depósito pertenecientes al mismo propietario. Cada 15
días, el vapor inglés que hace el servicio de San Thomas á
Aspinwall entra en el puerto, no para tomar ó dejar pasajeros, sino
únicamente para renovar la provisión de agua.
Antes de la construcción del camino de fierro del Istmo, el
primer trazado designaba á Portobelo como punto de partida de la
línea férrea. El comercio habría encontrado allí la inapreciable
ventaja de un excelente puerto, y los ingenieros solamente habrían
tenido que seguir el antiguo camino de los españoles, hoy simple
sendero obstruido por la maleza. Después, la insalubridad de
Portobelo, más espantosa aún que la de Aspinwall modificó los
planes de la compañía. En efecto al este de la ciudad se extienden
vastos pantanos á donde el agua dulce y el agua salada conducen con
el flujo y reflujo plantas en descomposición; bosques de paletuvios
crecen en el terreno movedizo á algunos pasos de las barracas, y
las colinas que se levantan á la entrada del puerto, impiden que
las brisas renueven el aire corrompido que pesa sobre la ciudad.
Continuamente se forman encima de esta hondonada, rara vez batida
por los vientos, nubarrones que descienden en lluvias diarias.
Puede decirse que la hoya de Portobelo es un cráter siempre
humeante de vapores y miasmas.
El capitán no terminó hasta la caída del crepúsculo la
importante compra de tres sacos de cacao, y las estrellas brillaban
ya en el cielo cuando nuestra lancha tocó los flancos de la goleta.
Arrullado con la esperanza de un sueño agradable que compensara el
insomnio de la noche precedente, me apresuré á envolverme en una
vela extendida sobre cubierta. Apenas había cerrado los ojos cuando
una fuerte lluvia me obligó á buscar un refugio en la bodega. Desde
que la nube que nos había obsequiado con ese baño desapareció, salí
de nuevo de mi antro para agazaparme en un pliegue de la vela; pero
otra nube vino bien pronto á descargarse sobre mi cabeza. Conocí
que debía resignarme una vez más á los tormentos del insomnio. Pasé
la noche entera, ya arrojado del puente por las sucesivas lluvias y
forzado á descender á la bodega de repugnantes olores, ya subiendo
á la cubierta humedecida por la lluvia, tomando al vuelo por
decirlo así algunos instantes de sueño fugitivo. Las voces extrañas
que salían de las selvas vecinas, sobre todo los
|chillidos
de una rana, que por sí sola hacía más ruido que un perro
campesino, contribuyeron particularmente á hacerme difícil el
reposo.
Al apuntar el día, el capitán hizo levar el ancla y largar las
velas de
|El Narciso. Este, pésimo andador no se apresuraba
por salir de la garganta, tanto más cuanto que los vientos que
soplan casi siempre en estos parajes de nordeste á sudoeste
rechazan hacia el puerto las embarcaciones que intentan dejarlo.
Estuvimos bordeando toda la mañana, arrojados por el viento de uno
á otro promontorio. Para continuar directamente nuestro camino, era
necesario doblar la roca de Salmedina ó de Farallón-Sucio que
dirige hacia el este su torre escueta rodeada de negros arrecifes.
Cuando ya nos alejábamos como una milla, una nueva bordada nos
conducía siempre cerca de esta torre formidable, cuyos escollos
aparecían y desaparecían sucesivamente como monstruos marinos que
jugueteaban en las olas bramadoras. Una vez el viento se coló en
las velas fuertemente en el momento en que el capitán acababa de
pronunciar las palabras sacramentales:
|
-¡Pára á virar! ¡Vaya con Dios!
Y la goleta, dirigiéndose rápidamente y en línea hacía
Salmedina, hendió las olas blanquecinas que se estrellaban en la
base de la roca. El capitán, el marinero, el grumete y yo mismo nos
esforzábamos inútilmente, apoyados contra la verga, para vencer la
resistencia de la vela, mientras que don Jorge, siempre placentero
y sonriendo, dejaba vagar sus miradas por los aparejos de su
goleta, que marchaba hacia una pérdida inevitable. Un enérgico
juramento del capitán le hizo levantar sobresaltado: desde que él
nos ayudó con su atlética fuerza, la verga cedió, y
|El
Narciso, describiendo en torno de las rocas una gran curva, se
dirigió hacia plena mar.
Á medio día habíamos en fin doblado el terrible promontorio, y
seguimos á dos ó tres millas de distancia la costa que extiende de
un extremo á otro del horizonte sus inmensas selvas en las cuales
no se presenta un solo claro. Las montañas cuya cadena uniforme y
poco elevada se desarrolla de oeste á este, parecían mucho más
elevadas de lo que son en realidad, á causa sin duda del
interpuesto velo de cálidos vapores que agrandaba
extraordinariamente sus proporciones. Vimos presentarse, después
desaparecer unas tras otras, las puntas que esas montañas proyectan
en el mar, Punta-Pescador, Punta-Escondida, Punta-Escribanos, todas
semejantes por sus espesos bosques y circundados de mangles. El mar
estaba tranquilo, la brisa inflaba apenas las velas de nuestra
goleta, y ésta hendía pesadamente las ondas, cuya ligera espuma iba
á perderse en torbellinos á los lados de la estela. Continuamos así
nuestro curso marítimo todo el día, y la noche nos sorprendió ántes
de que hubiésemos doblado el cabo de San Blas.
Á la siguiente mañana, estábamos en medio del archipiélago de
las Mulatas, cuyas islas "más numerosas que los días del
año" están esparcidas en el mar en una gran extensión.
Nosotros contamos más de sesenta en un horizonte extremadamente
reducido por la bruma, y á medida que avanzábamos, veíamos surgir
otras nuevas del seno de las aguas tranquilas. Todas estas islas
bajas que parecen reposar sobre la superficie de un lago como los
jardines flotantes de Cachemira, están cubiertas de cocoteros cuyas
semillas han sido conducidas allí por las olas desde que los
españoles introdujeron este árbol en el continente de América.
Algunos islotes son de tal manera pequeños, que sus cinco ó seis
cocoteros de penacho encorvado los asemejan á grandes abanicos
verdes desplegados sobre el agua trasparente. Otros, al contrario,
ocupan una gran superficie, y las chozas de los indios se agrupan
aquí y allá á la sombra de sus bosquecillos; pero todos son
redondos ú ovalados. Un areonauta que por primera vez contemplase
este archipiélago desde lo alto de su globo, no podría ménos de
comparar las Mulatas á gigantescas hojas de nenúfar abiertas sobre
la superficie apenas rizada de un pantano.
Cuando nuestra goleta pasaba cerca de un pueblecillo una canoa
hecha del tronco de un árbol se destacaba de la ribera y se dirigía
hacia nosotros, trayendo tres ó cuatro indios. Desde que los
remeros llegaban al alcance de la voz levantaban en el aire sus
remos para testificar sus intenciones pacíficas, y nos enviaban
salutaciones en mal español; en seguida, después de haber asegurado
su canoa al costado de la goleta, saltaban al puente reían para
animarnos y disponernos en su favor, y nos ofrecían con voz
cariñosa sus sacos de cacao, sus plátanos ó encantadores
|pericos verdes, anidados en
|calabazos, que se
picoteaban y pellizcaban de la manera más linda del mundo. En
cambio aceptaban géneros de algodón, madejas de lana y monedas
americanas. Estos indígenas pertenecen á la tribu de los indios de
San Blas, son de pequeña estatura fuertes rechonchos, gruesos;
tienen las mejillas rollizas, los pómulos salientes, el cabello
negro y lustroso, los ojos penetrantes, frecuentemente untados de
grasa al rededor, la tez color de bronce, pero más blanca que la de
la mayor parte de los indios del continente. Conservan hasta una
edad muy avanzada el aire de niños burlones, y la felicidad de la
vida brilla en sus miradas. Al ver sus encantadoras islas
esparcidas en el mar, sus cabañas escondidas en los bosques de
|cocoteros, uno se pregunta si convendría desear que los
americanos ó los ingleses, obreros del comercio, vinieran pronto á
explotar esas selvas de palmeras para quebrantar su nuez, reducirla
á
|koprah³, y exprimirle el aceite. ¿El imperio de Mammon,
bastante extenso ya, debe aumentarse con estas islas afortunadas, á
fin de que nuevas mercancías se amontonen en los muelles de
Liverpool y que los cofres de los armadores de Nueva York se llenen
más aún?
Estas poblaciones son felices: el comercio, tal como hoy se
comprende, ¿no podría darles, en cambio de la paz, otra cosa que
una servidumbre encubierta, la miseria y los goces salvajes bebidos
en el aguardiente? La bella palabra civilización ha servido
frecuentemente de pretexto para el exterminio mas ó ménos rápido de
tribus enteras ¡Esperemos para arrastrar á éstas en el gran
movimiento comercial de los pueblos, á que podamos llevarles en
nuestras naves, con mayor felicidad, la justicia y la verdadera
libertad!
De buena voluntad habría seguido á los indios de las Mulatas y
héchome, al ménos por algunas horas, ciudadano de su república;
habría querido interrogar á los ancianos sentados á las puertas de
las cabañas, ver a las mujeres ocupadas en los trabajos domésticos,
asistir de léjos á los juegos de los niños que enteramente desnudos
se revolcaban en la arena
|
3 Pedazo de nuez pilada y despojada de la corteza.
|
de la playa; pero don Jorge, siempre ocupado en su
|pesca,
me suplicó que dejara continuar su rumbo á la embarcación con la
esperanza de que numerosos peces se dejaran seducir por el cebo que
jugueteaba en la estela. No me quedó, pues, otro recurso, que
contemplar tristemente esas islas á medida que desaparecían una
tras otra. En fin nos deslizamos lentamente al lado de la última;
por largo tiempo vimos elevarse las palmeras sobre la superficie de
las aguas, semejantes á una bandada de aves gigantescas; en seguida
se desvanecieron poco á poco, y nos encontramos en pleno mar
Caribe.
La travesía del archipiélago de las Mulatas á Cartagena duró
ocho días es decir, que nuestra goleta, mucho ménos rápida que una
tortuga de mar, avanzaba como una milla por hora, á pesar de que
teníamos la corriente y frecuentemente los vientos en nuestro
favor: pero
|El Narciso era de forma tan pesada, sus miembros
todos estaban tan dislocados, que apenas marchaba más aprisa que
una de esas producciones marítimas arrastradas por las olas. En sus
viajes de regreso, emplea á veces más de tres semanas para llegar á
Aspinwall porque entonces tiene que vencer la resistencia de los
remolinos que se forman en el golfo de Urabá por la gran corriente
ecuatorial, cuyas aguas vienen á estrellarse contra las costas de
la América Central, y rebotan á derecha é izquierda siguiendo las
costas. En cualquier otro mar, expuesto á bruscos cambios de viento
y á violentas ráfagas,
|El Narciso no habría podido emprender
un solo viaje sin correr el riesgo de zozobrar. Felizmente ni en el
seno del golfo de Urabá ni en las demás costas de la Nueva Granada
hay tempestades jamás. Los huracanes, que producen frecuentemente
efectos tan desastrosos en las pequeñas y grandes Antillas tienen
siempre su origen á la entrada del mar Caribe más arriba de la gran
corriente ecuatorial, y desarrollando su inmenso torbellino que se
agranda sin cesar, van á morir en las costas de los Estados Unidos
ó en los bancos de Terra-Nova, después de haber removido las ondas,
despedazado las naves, pulverizado las ciudades y los campos; pero
en su curso terrible jamás desfloran siquiera los mares felices de
la república granadina. Allá, todas las olas, conmovidas poco á
poco por las tempestades de otros climas, se desenrollan con la
regularidad de las ondulaciones que la caída de una piedra produce
en un lago. Enormes y prolongándose paralelamente de un horizonte
al otro, marchan impelidas por el soplo siempre igual de la brisa,
y levantan silenciosamente las naves sin quebrarse en sus flancos.
Del fondo de los extensos valles que las separan, saltan por
millares peces alados que semejantes á los pájaros en los surcos de
un campo, atraviesan de un solo salto las crestas de las olas, y
van á caer más allá en el agua trasparente.
El séptimo día
|El Narciso llegó al archipiélago de San
Bernardo, cuyas islas, casi todas bajas y cubiertas de bosques como
las de las Mulatas, cubren el mar al norte del golfo Morrosquillo.
La goleta se abrió pesadamente una vía al través de este dédalo de
islas que proyectan en los estrechos peligrosos bancos de arena, y
después de haber seguido durante toda la mañana la costa de la
Nueva Granada, vino á echar el anda en una pequeña ensenada de la
isla Barú no léjos de Bocachica la entrada de la bahía de
Cartagena. El capitán no confiaba suficientemente en su habilidad
para atreverse á guiar su resabiada goleta por entre los escollos
del paso; por lo que á mí toca no pude ménos de celebrar la
resolución de esperar hasta el día siguiente para ver mejor las
ruinas de esta otra Sebastopol, tan formidable en tiempo de la
dominación española.