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EL NARCISO - PORTOBELO - LOS INDIOS DE SAN BLAS
 

 

 

Deseaba ir hasta Panamá para conocer el Istmo en toda su anchura y contemplar las aguas del océano Pacífico; pero habría tenido que esperar durante un día y una noche la marcha de un tren, y confieso que la permanencia en un hotel construido al borde de un pantano me halagaba muy poco. Además me urgía llegar al pie de la Sierra Nevada, objeto principal de mi viaje, y me despedí de mis compañeros de travesía¹,

El vapor inglés que hace el servicio regular de las costas de la Nueva Granada, tardaría casi dos semanas, por lo cual me apresuré á ir al puerto, á fin de inquirir si había alguna goleta que partiese para Cartagena. Felizmente apercibí una pequeña cáscara de nuez que levaba el ancla; apenas tuve tiempo para enviar por mis baúles y tirarme en un esquife, saltar á bordo de la goleta, que ya principiaba á bordear frente a Aspinwall; descendí á la bodega para depositar mis efectos entre dos sacos de cacao, y cuando subí la peligrosa escalera, estábamos en medio de la bahía.

 

|El Narciso era una pequeña embarcación destrozada, del porte de 24 toneladas, y tan mal distribuida que el único

1 Reunidos al día siguiente (17 de agosto, 1855) los novecientos pasajeros del vapor de Nueva York el |Illinois, estos viajeros llegaron á creer que tendrían que sostener un sitio en regla contra los habitantes de Panamá: díez y siete de entre ellos murieron á cuchillo. Un norteamericano se había robado una sandía y disparó un revólver sobre el panameño que quería recobrarla. Ésta fue la señal del combate. Los americanos vencidos se vieron obligados á batirse en retirada, y se salvaron gracias á la intervención de la policía y de la fuerza armada.

 

espacio en que uno podía pasearse, no tenía más de dos metros de largo. De momento en momento las crestas de las olas nos ocultaban el horizonte, y se hubiera dicho que a lo lejos la ciudad saltaba del seno del mar para volver á sumergirse en él. Á cada nueva ola nuestro mástil de bauprés se sumergía en parte, y el agua corría hasta la popa. El espacio que quedaba seco era muy pequeño; había necesidad, sin embargo, de contentarse con él, y yo me instalé lo mejor posible, con los pies contra el borde de la boca de la escotilla, la espalda apoyada contra el bordaje, el brazo pasado al rededor de un cable; traté de formar un solo cuerpo, por decirlo así, con la embarcación y permanecer inmóvil como un tronco amarrado en el puente. Esta posición me permitía contemplar á mi gusto las ondas espumosas, en medio de las cuales jugueteaban trasparentes medusas, mientras que los tiburones las hundían con sus aletas dorsales, triangulares y cortantes como la cuchilla de una guillotina.

La tripulación de |El |Narciso se componía de cuatro hombres: el propietario, el capitán, el marinero y el grumete. El primero era un negro hercúleo, de fisonomía llena y placentera: acostado sobre el puente, miraba con satisfacción profunda las velas de su nave, infladas por el viento, los sacos de cacao amontonados en la bodega, y aun al humilde pasajero tendido a su lado; gozaba voluptuosamente el privilegio de poseer, y miraba con ternura las ondas sobre las cuales flotaba su goleta; entregado enteramente á su dicha, rara vez se dignaba ocuparse de la maniobra ni de prestar mano fuerte cuando se trataba de halar una cuerda ó de virar de bordo. Por lo demás era de una dulzura inefable, y deseaba ver á todos sus compañeros tan dichosos como él si el capitán no hubiera mandado, si el marinero y el grumete se hubieran cruzado de brazos, se habría dejado estrellar apaciblemente contra un arrecife, sin que la satisfacción pintada en su fisonomía se hubiera turbado. Verdadero tipo del negro de las Antillas, se decía cosmopolita, flotaba de ola en ola, de tierra en tierra como una ave marina; hablaba igualmente mal todas las lenguas, todos los patuás de los pueblos establecidos al rededor del mar Caribe, y respondía indiferentemente á los nombres de don Jorge, Juan, ó Juan Jacobo.

El capitán era un joven hermoso, activo, pero charlatán, impaciente, colérico, que no ocultaba el desprecio que le inspiraba su plácido armador; sin embargo, tenía el buen sentido de no zaherirlo. Hijo de un francés casado en Cartagena, José María Mouton, tenía sin duda los rasgos de su padre, sus maneras y su vivacidad; pero había adquirido los hábitos y las supersticiones del país, y no sabía ni una palabra de la lengua de sus antepasados; sus ojos me seguían con una curiosidad importuna. Pronunciaba cada palabra con el acento de la provocación, y no se dulcificaba un poco sino cuando se dirigía al marinero. Éste, siempre silencioso, adivinando el menor deseo del capitán, trabajando sin descanso en las velas, en las cuerdas, en las cadenas, me parecía un ser indefinible. No solamente no hablaba, sino que tampoco miraba, y caminaba sin ruido, deslizándose como una sombra de la proa á la popa de la goleta. ¿Á qué raza pertenecía? ¿Era negro, español ó mestizo? Su piel negra podía haberse curtido por las lluvias, las tempestades, las nieblas, los soles; sus ojos han podido ser empañados por el espectáculo de esos millares de olas que se suceden sin fin unas á otras en la superficie de los mares. Poco me habría asombrado al saber que él era ese holandés volante que hace siglos vaga sobre el océano, y algunas veces, cuando la tempestad se prepara, agita delante de las naves sus grandes brazos cargados de bruma. En cuanto al grumete, era simplemente un pilluelo sucio y perezoso como una serpiente: dormía siempre, y el capitán no podía despertarlo sino á puntapiés.

Don Jorge, cuyas comidas eran numerosas y abundantes, ocupaba el resto de su tiempo en seguir con las miradas las redes y anzuelos que había asegurado á los flancos de la embarcación, y que daban botes en la estela luminosa. Durante la primera jornada, su pesca fue particularmente fructuosa: sacó del agua muchos peces cuyos nombres bárbaros, tomados de una especie de patuá hispano-indio, he olvidado; después logró coger una dorada, y en fin un tiburón joven, de cerca de dos metros de largo. Para coger esos animales los marineros cortan un pedazo de tela blanca en forma de pez volante y lo adhieren á un anzuelo que arrojan en la estela; en seguida se ponen á silbar como silban los vaqueros cuando conducen el ganado al abrevadero. El confiado pez, seducido por esta llamada, se arroja sobre el retazo de tela blanca, traga el anzuelo... y los que no han tenido vergüenza de engañar á un tiburón lo sacan á bordo, lo matan á golpes, lo hacen pedazos; después, saboreando con anticipación su festín hacen freír gozosamente algunos pedazos. Se asegura que los náufragos de la |Méduse prefirieron casi devorarse unos á otros á comer tiburón; sin embargo yo me atreví á aproximar mi asiento á la mesa de la tripulación, y satisfice mi apetito con la carne del pobre animal. La encontré buena; pero mientras la saboreaba, no podía apartar de mí un pensamiento: ¿de qué me quejaría yo, si los amigos del tiburón vengasen un día en mí á su hermano asesinado? Así va el mundo.

Llegada que fue la noche, el capitán, que en todo el día no había dirigido la palabra á don Jorge, se aproximó a él, y, vuelto comunicativo por la dulce y misteriosa influencia de la noche, condescendió en entrar en conversación. Primeramente habló de negocios, después de viajes, en seguida de fantasmas, y pronto le oímos referir una leyenda del tiempo de la Inquisición, llena de horribles detalles. Era la historia de una alma cargada de crímenes oscilando en la boca del infierno, la cual se disputaban los ángeles y los demonios. Al fin, triunfaron éstos, y el alma desesperada se sumergió en las terribles llamas del abismo. Esta sería quizás la milésima vez que el capitán recitaba esta leyenda, porque sus palabras, que no tenía necesidad de buscar, se desarrollaban en frases precisas y sonoras, y desplegaba cierta elocuencia salvaje en la pintura de los tormentos infernales. Don Jorge, feliz con este relato, que estimulaba su digestión, gozaba visiblemente con su propio miedo, mientras que el grumete, apoyado en los codos y tendido sobre el vientre en medio del puente, fijaba sus ojos ardientes en el capitán y sentía que el alma se le escapaba de espanto. En cuanto al marinero, siempre solitario, se mantenía firme en la proa de |El Narciso, y su alta estatura, que medio se alcanzaba á distinguir al través de los aparejos se delineaba como un negro fantasma, en el mar fosforescente.

Una fuerte lluvia puso fin á nuestra conversación, y capitán armador, grumete, pasajero, nos apresuramos á descender á la bodega arrojándonos sobre los sacos de cacao que debían servirnos de lechos. Mis compañeros acostumbrados á esta clase de camas, se durmieron bien pronto profundamente; pero á mí me fue imposible imitarlos. Los granos de cacao, duros como pequeños guijarros, se me entraban en las carnes; espantosas cucarachas, las más grandes que he visto en mi vida, me picaban los brazos y las piernas y se paseaban por mi cara el aire condensado de la bodega, y sobre todo el penetrante olor del cacao, me sofocaban. Á cada instante subía la escalera para respirar un soplo de aire puro en la boca de la escotilla pero la lluvia incesante me obligaba á encerrarme otra vez en el antro malsano en donde mis compañeros soñaban sueños de oro. Hacia la mañana, vencido por la fatiga, me dormí con un sueño febril y agitado.

Cuando desperté, |El Narciso doblaba uno de los promontorios poblados de árboles que guardan la entrada de Portobelo el antiguo Puerto-de-Oro de los españoles, á donde los galeones venían á cargar los tesoros del Perú. La lluvia había cesado; una niebla ligera flotaba aún sobre los montes, chispas de espuma blanca saltaban de los contornos de la ribera. A la verdad, el mar y las montañas iluminados por el sol naciente ofrecían un espectáculo admirable, que yo apenas contemplaba; no podía separar las miradas de las extensas selvas tropicales, que se me presentaban por la primera vez en toda su magnificencia. Hasta ignoraba si realmente eran selvas las que tenía delante de mí, porque no distinguía los árboles, y durante largo tiempo creí estar delante de una gigantesca roca cubierta de musgo y helecho. En la zona tórrida puede decirse que el árbol no existe; ha perdido su individualidad en la vida de unión estrecha, y puede decirse que es una simple molécula en la gran masa de vegetación de que hace parte.

Un roble de Francia ostentando sus grandes ramas de corteza rugosa, enterrando sus enormes raíces en el terreno hendido sembrando la tierra de innumerables hojas secas, parece siempre independiente y libre, aun cuando esté rodeado de otros robles; pero nunca se presentan aislados los más bellos árboles de una selva virgen de la América del Sur Ligados los unos á los otros, atados en todos sentidos por cuerdas de bejuco cubiertos por las plantas parásitas que los oprimen y beben su savia, parecen no tener existencia propia. Las influencias de los climas son las mismas para los pueblos y para la vegetación: es en las zonas templadas que especialmente se ve al individuo separarse de la tribu, lo |mismo que al árbol aislarse del bosque.

Poco á poco nos aproximamos á la estrecha garganta del puerto, y poco á poco la escena se presentaba más espléndida. Dos colinas cada una con las |ruinas de un antiguo castillo |se levantan la una enfrente de la otra; en la base de estas prominencias los cocoteros se inclinan hacia la superficie del mar; las aves marinas se mantienen graves e inmóviles en las esparcidas rocas. Desde la cima hasta el pie de las colinas, no se ve sino un tumulto un océano de follaje; bajo esta masa que se inclina y se levanta al soplo de los aires, apenas puede concebirse el suelo que las sostienen; fácilmente podría creerse que la selva entera tiene sus raíces en el mar y que flota sobre las aguas como una enorme planta piramidal de doscientos metros de altura. Todas las ramas están entrelazadas las unas con las otras, y el menor movimiento se trasmite de hoja en hoja á través de la inmensa y verde campiña. Sin embargo, las colinas son muy escarpadas, y para ligarse unos á otros los árboles, grandes masas de ramas, bejucos y flores se esparcen de cima en cima, semejantes á los hilos de una catarata. Es un Niágara de verdura.

En fin, |El Narciso echó el anda casi á la sombra de la misteriosa selva, la lancha fue arrojada al mar, y tomando el marinero silenciosamente los dos remos, nos hizo seña de saltar á ella. Íbamos á hacer una pequeña excursión á tierra. Mi emoción, tan fuerte ya, se aumentó cuando el esquife se detuvo, y saltando de piedra en piedra, llegué á la playa sembrada toda de conchitas amarillas y rojas. En pocos segundos llegué á la desembocadura de un riachuelo que desciende en pequeñas cascadas de las profundidades del bosque, y remontando este camino abierto por las aguas, me interné en el oscuro portillo que delante de mí se prolongaba.

Es imposible no sentir una extraña conmoción física cuando uno deja tras de sí la atmósfera ardiente y luminosa, para penetrar bajo la sombra húmeda y solemne de una selva virgen. Á pocos pasos del mar, podía creerme internado á cien leguas del continente; por todas partes una confusión inextricable de ramas; por todas panes misteriosas profundidades en que la mirada se atreve apenas á fijarse; á mi rededor, rocas cuyas paredes desaparecían bajo el follaje entrelazado; sobre mi cabeza, una bóveda de verdura á través de la cual penetraba una media luz que se reflejaba en una y otra rama. ¡Qué diferencia entre estos bosques tropicales y nuestras selvas calmadas y raquíticas, y nuestros bosques tajados, en que cada árbol herido por el hacha se presenta débil como un enfermo y tuerce con angustia sus brazos delgados y sin gracia! En los países amados del sol, á los árboles gigantescos que la tierra alimenta, les circula bajo la corteza una savia fuerte é impetuosa, y podría decirse que el suelo, el agua y la roca se amalgaman allí para entrar más rápidamente en el círculo de la vida vegetal. Las cimas son más altas y cubiertas de vegetación, el color de las hojas y de las flores más variado, los aromas de éstas son más acres; y no es el reposo, es el terror lo que se experimenta bajo estas tenebrosas sombras.

Con precaución, con paso sigiloso y vacilante, avanzaba sobre aquel terreno. Lagartos y otros reptiles que se veían al borde del riachuelo, desaparecían en la maleza haciendo gran ruido en la hojarasca; delante de mí se condensaba la sombra; me detuve, pues, y me senté sobre el borde de una roca en la cual el agua había cavado un pozo siempre murmurante y lleno de espuma. Volviéndome, veía á la extremidad del portillo oscuro por el cual había penetrado en la selva, el fondo de una pequeña ensenada, en donde las ondas azules con franjas plateadas venían á morir sobre la arena de una blancura deslumbrante. Permanecí largas horas sobre la roca, mientras que don Jorge dormía la siesta en la playa á la sombra de un |caracolí de extensas ramas²

Mi segunda visita fue para la ciudad de Portobelo, en donde el capitán Mouton, vestido con su ropa de fiesta, quería, decía él, comprar algunos sacos de cacao; en realidad iba sencillamente á requebrar á una |señorita. En cuanto á mí, me apresuré á recorrer las calles de Portobelo para descubrir en ellas los vestigios de su esplendor de otro tiempo. Se reducían á muy poca cosa: miserables chozas cubiertas de cañas ó de hojas de palma han reemplazado las vastas construcciones españolas; aquí y allá se levantan algunos lienzos de pared habitados por las serpientes y los lagartos; los árboles han introducido sus raíces en los bastiones de la fortaleza que dominaba la ciudad, y bien pronto no quedará piedra sobre piedra. La población, compuesta de negros y mestizos en número como de ochocientos a novecientos, es asquerosa por sus harapos y su desaseo y pasea orgullosamente su indolencia á lo largo de la playa. Las mujeres son las únicas que trabajan: pilan el maíz ó asan los plátanos para las comidas de sus maridos y amos llenan los sacos de cacao, conducen sobre las cabezas pesados cántaros de agua de que se proveen en una fuente distante. En lugar de la flotilla de galeones que se reunía en otro tiempo en el puerto, protegido por el cañón de las fortalezas tres ó cuatro goletas armadas por un negociante de Jamaica, el judío Abraham, se ba-

2 |Anacardium caracolí, árbol magnífico que tiene las dimensiones de nuestros castaños.

 

 

 

lanceaban perezosamente sobre las ondas, no léjos de pequeños almacenes de depósito pertenecientes al mismo propietario. Cada 15 días, el vapor inglés que hace el servicio de San Thomas á Aspinwall entra en el puerto, no para tomar ó dejar pasajeros, sino únicamente para renovar la provisión de agua.

Antes de la construcción del camino de fierro del Istmo, el primer trazado designaba á Portobelo como punto de partida de la línea férrea. El comercio habría encontrado allí la inapreciable ventaja de un excelente puerto, y los ingenieros solamente habrían tenido que seguir el antiguo camino de los españoles, hoy simple sendero obstruido por la maleza. Después, la insalubridad de Portobelo, más espantosa aún que la de Aspinwall modificó los planes de la compañía. En efecto al este de la ciudad se extienden vastos pantanos á donde el agua dulce y el agua salada conducen con el flujo y reflujo plantas en descomposición; bosques de paletuvios crecen en el terreno movedizo á algunos pasos de las barracas, y las colinas que se levantan á la entrada del puerto, impiden que las brisas renueven el aire corrompido que pesa sobre la ciudad. Continuamente se forman encima de esta hondonada, rara vez batida por los vientos, nubarrones que descienden en lluvias diarias. Puede decirse que la hoya de Portobelo es un cráter siempre humeante de vapores y miasmas.

El capitán no terminó hasta la caída del crepúsculo la importante compra de tres sacos de cacao, y las estrellas brillaban ya en el cielo cuando nuestra lancha tocó los flancos de la goleta. Arrullado con la esperanza de un sueño agradable que compensara el insomnio de la noche precedente, me apresuré á envolverme en una vela extendida sobre cubierta. Apenas había cerrado los ojos cuando una fuerte lluvia me obligó á buscar un refugio en la bodega. Desde que la nube que nos había obsequiado con ese baño desapareció, salí de nuevo de mi antro para agazaparme en un pliegue de la vela; pero otra nube vino bien pronto á descargarse sobre mi cabeza. Conocí que debía resignarme una vez más á los tormentos del insomnio. Pasé la noche entera, ya arrojado del puente por las sucesivas lluvias y forzado á descender á la bodega de repugnantes olores, ya subiendo á la cubierta humedecida por la lluvia, tomando al vuelo por decirlo así algunos instantes de sueño fugitivo. Las voces extrañas que salían de las selvas vecinas, sobre todo los |chillidos de una rana, que por sí sola hacía más ruido que un perro campesino, contribuyeron particularmente á hacerme difícil el reposo.

Al apuntar el día, el capitán hizo levar el ancla y largar las velas de |El Narciso. Este, pésimo andador no se apresuraba por salir de la garganta, tanto más cuanto que los vientos que soplan casi siempre en estos parajes de nordeste á sudoeste rechazan hacia el puerto las embarcaciones que intentan dejarlo. Estuvimos bordeando toda la mañana, arrojados por el viento de uno á otro promontorio. Para continuar directamente nuestro camino, era necesario doblar la roca de Salmedina ó de Farallón-Sucio que dirige hacia el este su torre escueta rodeada de negros arrecifes. Cuando ya nos alejábamos como una milla, una nueva bordada nos conducía siempre cerca de esta torre formidable, cuyos escollos aparecían y desaparecían sucesivamente como monstruos marinos que jugueteaban en las olas bramadoras. Una vez el viento se coló en las velas fuertemente en el momento en que el capitán acababa de pronunciar las palabras sacramentales:

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-¡Pára á virar! ¡Vaya con Dios!

Y la goleta, dirigiéndose rápidamente y en línea hacía Salmedina, hendió las olas blanquecinas que se estrellaban en la base de la roca. El capitán, el marinero, el grumete y yo mismo nos esforzábamos inútilmente, apoyados contra la verga, para vencer la resistencia de la vela, mientras que don Jorge, siempre placentero y sonriendo, dejaba vagar sus miradas por los aparejos de su goleta, que marchaba hacia una pérdida inevitable. Un enérgico juramento del capitán le hizo levantar sobresaltado: desde que él nos ayudó con su atlética fuerza, la verga cedió, y |El Narciso, describiendo en torno de las rocas una gran curva, se dirigió hacia plena mar.

Á medio día habíamos en fin doblado el terrible promontorio, y seguimos á dos ó tres millas de distancia la costa que extiende de un extremo á otro del horizonte sus inmensas selvas en las cuales no se presenta un solo claro. Las montañas cuya cadena uniforme y poco elevada se desarrolla de oeste á este, parecían mucho más elevadas de lo que son en realidad, á causa sin duda del interpuesto velo de cálidos vapores que agrandaba extraordinariamente sus proporciones. Vimos presentarse, después desaparecer unas tras otras, las puntas que esas montañas proyectan en el mar, Punta-Pescador, Punta-Escondida, Punta-Escribanos, todas semejantes por sus espesos bosques y circundados de mangles. El mar estaba tranquilo, la brisa inflaba apenas las velas de nuestra goleta, y ésta hendía pesadamente las ondas, cuya ligera espuma iba á perderse en torbellinos á los lados de la estela. Continuamos así nuestro curso marítimo todo el día, y la noche nos sorprendió ántes de que hubiésemos doblado el cabo de San Blas.

Á la siguiente mañana, estábamos en medio del archipiélago de las Mulatas, cuyas islas "más numerosas que los días del año" están esparcidas en el mar en una gran extensión. Nosotros contamos más de sesenta en un horizonte extremadamente reducido por la bruma, y á medida que avanzábamos, veíamos surgir otras nuevas del seno de las aguas tranquilas. Todas estas islas bajas que parecen reposar sobre la superficie de un lago como los jardines flotantes de Cachemira, están cubiertas de cocoteros cuyas semillas han sido conducidas allí por las olas desde que los españoles introdujeron este árbol en el continente de América. Algunos islotes son de tal manera pequeños, que sus cinco ó seis cocoteros de penacho encorvado los asemejan á grandes abanicos verdes desplegados sobre el agua trasparente. Otros, al contrario, ocupan una gran superficie, y las chozas de los indios se agrupan aquí y allá á la sombra de sus bosquecillos; pero todos son redondos ú ovalados. Un areonauta que por primera vez contemplase este archipiélago desde lo alto de su globo, no podría ménos de comparar las Mulatas á gigantescas hojas de nenúfar abiertas sobre la superficie apenas rizada de un pantano.

Cuando nuestra goleta pasaba cerca de un pueblecillo una canoa hecha del tronco de un árbol se destacaba de la ribera y se dirigía hacia nosotros, trayendo tres ó cuatro indios. Desde que los remeros llegaban al alcance de la voz levantaban en el aire sus remos para testificar sus intenciones pacíficas, y nos enviaban salutaciones en mal español; en seguida, después de haber asegurado su canoa al costado de la goleta, saltaban al puente reían para animarnos y disponernos en su favor, y nos ofrecían con voz cariñosa sus sacos de cacao, sus plátanos ó encantadores |pericos verdes, anidados en |calabazos, que se picoteaban y pellizcaban de la manera más linda del mundo. En cambio aceptaban géneros de algodón, madejas de lana y monedas americanas. Estos indígenas pertenecen á la tribu de los indios de San Blas, son de pequeña estatura fuertes rechonchos, gruesos; tienen las mejillas rollizas, los pómulos salientes, el cabello negro y lustroso, los ojos penetrantes, frecuentemente untados de grasa al rededor, la tez color de bronce, pero más blanca que la de la mayor parte de los indios del continente. Conservan hasta una edad muy avanzada el aire de niños burlones, y la felicidad de la vida brilla en sus miradas. Al ver sus encantadoras islas esparcidas en el mar, sus cabañas escondidas en los bosques de |cocoteros, uno se pregunta si convendría desear que los americanos ó los ingleses, obreros del comercio, vinieran pronto á explotar esas selvas de palmeras para quebrantar su nuez, reducirla á |koprah³, y exprimirle el aceite. ¿El imperio de Mammon, bastante extenso ya, debe aumentarse con estas islas afortunadas, á fin de que nuevas mercancías se amontonen en los muelles de Liverpool y que los cofres de los armadores de Nueva York se llenen más aún?

Estas poblaciones son felices: el comercio, tal como hoy se comprende, ¿no podría darles, en cambio de la paz, otra cosa que una servidumbre encubierta, la miseria y los goces salvajes bebidos en el aguardiente? La bella palabra civilización ha servido frecuentemente de pretexto para el exterminio mas ó ménos rápido de tribus enteras ¡Esperemos para arrastrar á éstas en el gran movimiento comercial de los pueblos, á que podamos llevarles en nuestras naves, con mayor felicidad, la justicia y la verdadera libertad!

De buena voluntad habría seguido á los indios de las Mulatas y héchome, al ménos por algunas horas, ciudadano de su república; habría querido interrogar á los ancianos sentados á las puertas de las cabañas, ver a las mujeres ocupadas en los trabajos domésticos, asistir de léjos á los juegos de los niños que enteramente desnudos se revolcaban en la arena

3 Pedazo de nuez pilada y despojada de la corteza.

 

 

 

de la playa; pero don Jorge, siempre ocupado en su |pesca, me suplicó que dejara continuar su rumbo á la embarcación con la esperanza de que numerosos peces se dejaran seducir por el cebo que jugueteaba en la estela. No me quedó, pues, otro recurso, que contemplar tristemente esas islas á medida que desaparecían una tras otra. En fin nos deslizamos lentamente al lado de la última; por largo tiempo vimos elevarse las palmeras sobre la superficie de las aguas, semejantes á una bandada de aves gigantescas; en seguida se desvanecieron poco á poco, y nos encontramos en pleno mar Caribe.

La travesía del archipiélago de las Mulatas á Cartagena duró ocho días es decir, que nuestra goleta, mucho ménos rápida que una tortuga de mar, avanzaba como una milla por hora, á pesar de que teníamos la corriente y frecuentemente los vientos en nuestro favor: pero |El Narciso era de forma tan pesada, sus miembros todos estaban tan dislocados, que apenas marchaba más aprisa que una de esas producciones marítimas arrastradas por las olas. En sus viajes de regreso, emplea á veces más de tres semanas para llegar á Aspinwall porque entonces tiene que vencer la resistencia de los remolinos que se forman en el golfo de Urabá por la gran corriente ecuatorial, cuyas aguas vienen á estrellarse contra las costas de la América Central, y rebotan á derecha é izquierda siguiendo las costas. En cualquier otro mar, expuesto á bruscos cambios de viento y á violentas ráfagas, |El Narciso no habría podido emprender un solo viaje sin correr el riesgo de zozobrar. Felizmente ni en el seno del golfo de Urabá ni en las demás costas de la Nueva Granada hay tempestades jamás. Los huracanes, que producen frecuentemente efectos tan desastrosos en las pequeñas y grandes Antillas tienen siempre su origen á la entrada del mar Caribe más arriba de la gran corriente ecuatorial, y desarrollando su inmenso torbellino que se agranda sin cesar, van á morir en las costas de los Estados Unidos ó en los bancos de Terra-Nova, después de haber removido las ondas, despedazado las naves, pulverizado las ciudades y los campos; pero en su curso terrible jamás desfloran siquiera los mares felices de la república granadina. Allá, todas las olas, conmovidas poco á poco por las tempestades de otros climas, se desenrollan con la regularidad de las ondulaciones que la caída de una piedra produce en un lago. Enormes y prolongándose paralelamente de un horizonte al otro, marchan impelidas por el soplo siempre igual de la brisa, y levantan silenciosamente las naves sin quebrarse en sus flancos. Del fondo de los extensos valles que las separan, saltan por millares peces alados que semejantes á los pájaros en los surcos de un campo, atraviesan de un solo salto las crestas de las olas, y van á caer más allá en el agua trasparente.

El séptimo día |El Narciso llegó al archipiélago de San Bernardo, cuyas islas, casi todas bajas y cubiertas de bosques como las de las Mulatas, cubren el mar al norte del golfo Morrosquillo. La goleta se abrió pesadamente una vía al través de este dédalo de islas que proyectan en los estrechos peligrosos bancos de arena, y después de haber seguido durante toda la mañana la costa de la Nueva Granada, vino á echar el anda en una pequeña ensenada de la isla Barú no léjos de Bocachica la entrada de la bahía de Cartagena. El capitán no confiaba suficientemente en su habilidad para atreverse á guiar su resabiada goleta por entre los escollos del paso; por lo que á mí toca no pude ménos de celebrar la resolución de esperar hasta el día siguiente para ver mejor las ruinas de esta otra Sebastopol, tan formidable en tiempo de la dominación española.

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