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ASPlNWALL - EL FERROCARRIL DE PANAMÁ
 

 

Con la frente acariciada por la ligera brisa que rozaba la superficie del mar, esperaba en el castillo de proa del vapor |Philadelphia, que los primeros destellos del alba aclarasen las montañas de Portobelo. Hacía algunas horas que mis ojos estaban fijos al través de la oscuridad, en el negro horizonte estrellado aquí y allá; por fin las estrellas se extinguieron una después de otra, el vago brillo de la vía láctea desapareció, y el reflejo de la aurora se desplegó del lado del Occidente como una vasta y blanca tienda de campaña. La masa de montañas estaba sumergida aún en la sombra, pero gradualmente la luz descendió a lo largo de sus faldas y coloreó de un tinte azul las cimas lejanas, mostrando en las escarpas más próximas los bosques extendidos como un espléndido manto de verdura, y mezclando algunas ráfagas a la capa de nieblas que reposaba entre la ribera del mar y el pie de las colinas. Bien pronto este velo de vapor se rasgó, dispersó sus girones al acaso al rededor de los arrecifes y por la superficie de las ondas; y nos mostró la extensa abra de Aspinwall ó Navy Bay, muellemente tendida entre los dos verdes promontorios de Chágres y Limón. Al mismo tiempo, los rayos del sol que nacía se deslizaron oblicuamente sobre las olas, e hiriendo apenas sus crestas, cambiaron en una larga lista de oro la blanca espuma que orlaba los muelles de Aspinwall.

Vista desde el mar, la población presenta el aspecto de las ciudades de la América del Norte, construida de prisa en el espacio de pocos años. Las casas, de altura desigual están esparcidas en la playa baja y cenagosa de la isla de Manzanillo, y solamente hacia el lado oeste se aproximan bastante unas á otras para formar calles. En los terrenos que no están ocupados aún por edificios existen grandes árboles arraigados, semejantes á enormes horcas. Más allá del estrecho brazo de mar que separa la ciudad del continente se estrechan innumerables y coposos árboles. Un gran buque de vapor, cinco ó seis goletas al anda, se balancean sobre las ondas al lado de embarcaciones varadas que sacan del agua sus mástiles carcomidos é incrustados de conchitas; cerca del muelle principal un buque viejo, de casco enmohecido, espera un ras de la marea para zozobrar y contribuir á la obstrucción del puerto los muelles y las plataformas están cubiertos de carbón, leños y barriles esparcidos. Los carros, impulsados por brazos de hombres ó arrastrados por mulas, van y vienen incesantemente de las embarcaciones á la estación del camino de fierro de Panamá, coqueta y graciosa casa, cuya fachada de blancura deslumbradora se destaca del verde fondo de la selva y recibe la sombra de cuatro palmeras de torcido tronco. Una pared un rayo de sol, no es necesario más bajo el cielo resplandeciente de los trópicos, para formar un cuadro maravilloso.

Apenas desembarcamos los trescientos pasajeros del |Philadelphia, fuimos asaltados por una multitud de hombres de todas las razas y de todos los países, negros de Jamaica, Santo Domingo y Curazao, chinos, americanos, irlandeses que hablaban ó |marmoteaban cada uno en su lengua ó en su patuá, desde el francés ó inglés más puro hasta el |papiamento¹ mas

1 | El |papiamento es una mezcla de palabras españolas, holandesas, francesas, inglesas y caribes que sirve de lengua franca en las Antillas holandesas y en las costas de Colombia.

 

corrompido. Hostigados por esta ávida multitud, arrastrados casi de viva fuerza los viajeros fueron tumultuosamente separados y llevados como otras tantas presas á innumerables hoteles, posadas ó mesones, que componen la ciudad de Aspinwall. Yo creía haber escapado á la multitud deslizándome por detrás de los montones de carbón y de las filas de maderas que llenaban el muelle, pero un negro de Santo Domingo me descubrió: se me insinuó con un saludo en tres lenguas, se declaró mi guía y en toda la mañana no pude desembarazarme de este importuno.

Aspinwall goza en la América entera de tan mala reputación por lo que respecta á su salubridad, que yo esperaba ver un gran cementerio en donde se pasearan sombras de hombres temblorosos de fiebre; pero no es así. Los negros y mulatos que forman la mayoría de la población de Aspinwall tienen tal aire de salud y alegría que regocija el corazón; allí se encuentran en un país semejante á aquel de donde vinieron sus padres; y como las plantas tropicales, ellos vegetan lujosamente en esta tierra pingüe y cenagosa recalentada por un sol de fuego. Viendo su andar tranquilo y su alegre fisonomía, se comprende que están en su casa y que el porvenir del Istmo les pertenece, como también el de las otras regiones de la América tórrida. En cuanto á los blancos y á los chinos, los que han podido resistir á la terrible fiebre, parecen sostenidos y aun curados por esa ardiente avidez, única que ha podido inducirlos á ejercer su industria en el reino mismo de la muerte. Un fuego sombrío que brilla en la mirada casi feroz, ilumina á aquellas fisonomías pálidas y enflaquecidas. Sus movimientos irregulares y nerviosos prueban que ellos no viven con la vida natural del hombre, y que han sacrificado á la ganancia todo sentimiento de tranquila felicidad. El padre que lleva á su esposa ó á sus hijos á esta ciudad, mata á la una y á los otros con la misma seguridad que si les clavara un puñal en el corazón; pero él no vacila, y desafía por si y por los suyos la insalubridad de este clima terrible y va tranquilo y resuelto á esperar en Aspinwall los pájaros viajeros que sus propios riesgos le dan derecho á desplumar. Puede morir, es verdad; pero si el sombrío estímulo de la ganancia le sostiene, podrá retirarse al cabo de algunos años de trabajo á Nueva York ó a San Francisco, viudo ó privado de sus hijos, pero poderosamente rico.

Por lo demás, es muy raro que los aventureros que van á Aspinwall de todos los puntos del globo lleven consigo á sus hijos y mujeres. Éstas forman apenas una muy pequeña minoría de la población en la ciudad naciente, y es sabido que toda sociedad en que la mujer falta, llega á ser necesariamente grosera, inmoral, impúdica. Léjos de esas miradas que encantan y subyugan aun á los seres más vulgares, el hombre se liberta por completo de las costumbres, de toda política, de toda dignidad; se precipita de lleno en el vicio con la cabeza inclinada se complace en su embrutecimiento y se gloría en él. Los lazos del comercio son los únicos que ligan á los miembros de una sociedad de esta especie; así, ¡desgraciado de aquel que nada puede ofrecer en cambio del servicio que pide!

El edificio más grande de la ciudad es el hospital. Un enfermo puede hacerse trasportar á él mediante 100 francos de entrada y |25 francos por día, si no, ¡que se haga dejar en la puerta, y allí morirá! El extranjero expirante de sed en una calle de Aspinwall podrá arrastrarse largo tiempo de puerta en puerta sin encontrar un blanco caritativo que le dé gratuitamente un vaso de agua²

2 Téngase presente que la inmensa mayoría de la población de Aspinwall la forman extranjeros. N. del T.

 

¡solamente los negros despreciados tendrán quizás la generosidad de humedecer sus labios!

Jamás olvidaré el aspecto del salón de la posada, al cual entré para almorzar y reponerme del mareo. Al rededor de una larga mesa de madera, ennegrecida por el uso, se estrechaba una centena de viajeros de todas las nacionalidades. La mesa parecía entregada al pillaje; cada cual se precipitaba sobre los platos de su preferencia y procuraba asegurar la mejor parte; los gritos, las exclamaciones, las disputas se cruzaban en todos sentidos. A una extremidad del salón, grupos de californianos de mirada hosca, con los cabellos en desorden, los vestidos despedazados, jugaban sus |dollars y oro en polvo, sin cuidarse lo más mínimo de los extranjeros que acababan de invadir el hotel; en estos grupos reinaba el más riguroso silencio, interrumpido de tiempo en tiempo, según los golpes de la suerte, por risas sardónicas ó por espantosas blasfemias. Una señora, en otro tiempo blanca, pero descolorida por la fiebre, presidía el servicio de la mesa. Sus grandes y ardientes ojos giraban en unas órbitas demasiado profundas; su piel seca y enjuta comprimía los juanetes de sus mejillas y su espaciosa frente, tersa como el mármol sus labios violetas y siempre abiertos dejaban ver unas encías lívidas; bajo su ropa muy ancha, que sin duda cubría en otro tiempo formas voluptuosas, se presumía un cuerpo de esqueleto. De la antigua belleza no quedaba á la huésped sino los abundantes cabellos negros guarneciendo una cara flaca. Y sin embargo esta mujer, que parecía pertenecer ya á la tumba, no mostraba el menor decaimiento, su voz era decidida, su mirada intrépida, su gesto soberano. Estaba sostenida por una fiebre más terrible que aquella que la minaba: |la fiebre sagrada del oro.

La calle principal de Aspinwall presenta un aspecto raro; banderas y banderolas flotan en todas las casas como en una calle de Pekín; blancos, negros, chinos, gritan, gesticulan y pelean; niños enteramente desnudos se revuelcan en el polvo y en el barro; cerdos, perros y hasta corderos devoran innumerables inmundicias que los buitres contemplan con ojos ávidos desde los tejados; monos amarrados aúllan, papagayos y cotorras lanzan gritos estridentes: es una extraña batahola, en la cual se mezcla uno con cierto pavor. Solamente faltan los indios en esta Babel. Amedrentados por los invasores de su país, apenas osan girar tímidamente al rededor de esta ciudad que se ha levantado como por encanto en un islote pantanoso.

El pabellón tricolor de la Nueva Granada flamea en una casa de Aspinwall; pero la autoridad granadina, léjos de gobernar, debe felicitarse de ser simplemente tolerada. La compañía del ferrocarril, declarada simple propietaria de la isla por un acto del Congreso granadino, es en realidad el verdadero soberano de la falda atlántica del Istmo, y sus decisiones, sean ó no ratificadas por el |jefe político de Aspinwall ó por el Congreso de Bogotá, tienen realmente fuerza de ley. Son americanos audaces los que han osado poner el pie en este islote malsano de Manzanillo que en la lama humeante de miasmas en que la muerte germina con las plantas, han fijado las estacas en que debía asentarse la ciudad, y que han llamado de todos los puntos de la tierra á los hombres ávidos gritándoles:

-¡Haced como nosotros, arriesgad vuestras vidas por la riqueza!

Ellos han llevado de los Estados Unidos todas las casas aun construidas, y es también á los Estados Unidos que ellos envían á buscar harina, galleta, carne y hasta combustible. La ciudad es creación suya, se juzgan con derecho de gobernarla y le han dado el de uno de los más fuertes accionistas de la compañía, el negociante Aspinwall; las protestas solemnes de la República granadina no han logrado dar hasta ahora el nombre oficial de Colón a la ciudad naciente.

Los agentes de la compañía americana son pues los únicos responsables de la salubridad del lugar: si ellos se dignaran a ocuparse de este asunto, la población de cuatro á cinco mil habitantes doblaría, triplicaría en el espacio de algunos años; pero en lugar de pensar en secar los pantanos, los han formado artificiales. Para construir un hermoso almacén de depósito, de piedra negra, los ingenieros han elegido una línea de arrecifes á poca distancia de la ribera, y la tabla de agua que han separado así de la bahía ha llegado á ser un pantano infecto, lleno de despojos corrompidos y cubiertos de un sedimento debajo del cual vela pérfidamente la terrible |fiebre de chágres. M. Froebel, que ha visitado la embocadura del río Chágres, y ha dejado de ella una bella descripción³, dice que ha sentido distintamente en la lengua el gusto de los miasmas pútridos.

El ferrocarril de una sola vía que une á Aspinwall con Panamá no tiene más de setenta y dos kilómetros de largo, y atraviesa el Istmo casi en línea recta de noroeste á sudoeste. Ha costado mis de quinientos mil francos por kilómetro, suma enorme comparada con los gastos de construcción de otros caminos de fierro en América; sin embargo, y dígase lo que se quiera, los trabajos de arte no tienen nada de gigantesco. Ha sido necesario unir la isla de Manzanillo al continente por un puente asentado en estacas, atravesar muchos pantanos, ele-

| 3 Seven years `travels in Central America

 

var fuertes terraplenes en las cercanías de los ríos, franquear el río Chágres por un puente de doscientos metros, y cavar algunas zanjas, sobre todo en el punto culminante del camino, que se eleva solamente ochenta metros sobre el nivel del Océano pero hace mucho tiempo que los ingenieros aprendieron á vencer esas dificultades. El gran obstáculo para la construcción de esta línea férrea fue la terrible mortalidad que hizo estragos entre los obreros. La promesa de una paga muy crecida no dejó de ser una seducción irresistible que arrastró á millares de hombres de todo color y de toda raza, y los trabajadores principiaron con resolución y con los pies metidos en el fango quemante de los pantanos, á aserrar los troncos de los paletuvios, á enterrar las estacas en el barro, á carretear arena y guijarros en el agua corrompida. ¡Cuántos desgraciados, hostigados por los insectos malignos, aspirando á cada soplo los miasmas pútridos que exhalan las aguas, extenuados aturdidos por el implacable sol que les quemaba la sangre en las venas se han arrastrado trabajosamente á la tierra firme, y acostádose para no levantarse más! Ha pasado como un proverbio que el ferrocarril de Panamá ha costado una vida de hombre por cada travesaño puesto en el camino. Ésta es una exageración evidente porque este hecho supondría la muerte de más de setenta mil obreros; pero es cierto que la Compañía no ha juzgado conveniente publicar, y probablemente ni aun sabe el número de aquellos que han muerto á su servicio. Los irlandeses, más expuestos que los demás á causa de la exuberancia de vitalidad de su raza, y de la riqueza de su sangre que corre en innumerables filetes bajo la fina piel, fueron exterminados casi todos por la enfermedad, tanto que los agentes de la compañía renunciaron á hacer venir de Nueva York ó de Nueva Orleáns más trabajadores de esa nación. Los negros mismos de las Antillas sufrieron mucho con el clima, y, poco cuidadosos de aumentar sus economías á costa de su salud, se retiraron en bandadas, para gozar en Providencia, Jamaica ó San Thomas de las dulzuras del far |niente. En cuanto á los chinos, que, bajo la fe de magníficas promesas habían abandonado su país para ir á enriquecerse con los |piastras americanos más allá del Gran Pacífico, se les vio morir por centenares, de fatiga y de desesperación. Muchos de ellos se dieron muerte para evitar los sufrimientos de la enfermedad que principiaba á torturarlos. Se refiere que en lo más fuerte de la epidemia, una multitud de estos pobres expatriados fue á sentarse á la caída del día en las arenas de la bahía de Panamá, que habían abandonado hacía algunas horas las oleadas de la marea. Silenciosos, terribles, mirando al occidente el sol que se ocultaba más allá de su patria tan lejana, esperaron así á que la marea subiera de nuevo. Bien pronto las olas volvieron remolineando sobre las arenas de la playa, los desgraciados se dejaron engullir, sin lanzar un grito de angustia, y el mar extendió su vasto sudario sobre ellos y sobre su desesperación.

La vía férrea del Istmo está muy distante de prestar al comercio y á la humanidad los servicios que podrían esperarse de ella. La falta está ciertamente en el monopolio y en las tasas exorbitantes de los precios que exige la compañía, la cual hace pagar á los viajeros la suma de 125 francos por un simple trayecto de 72 kilómetros, y pide hasta 1.000 francos por tonelada de mercancías que se despachan de prisa. Así el camino de fierro no transporta de mar á mar más que treinta á cuarenta mil viajeros por año, es decir, ménos que nuestra ramificación del Oeste en un día. El movimiento de mercaderías entre los dos océanos representa un valor total de un tercio de millar; pero los artículos que transitan consisten simplemente en oro de California, en plata de Méjico y otros objetos de gran precio en poco volumen. Todas las mercaderías voluminosas dirigidas de un mar á otro siguen aún la vía del cabo de Hornos; y aunque su valor medio se acerca á un millar, la compañía no piensa bajar su tarifa con el objeto de sacar algún beneficio de ese comercio inmenso. Más bien que pagar los precios enormes estipulados por la compañía del ferrocarril para el tránsito de las mercaderías, los negociantes de Nueva York y San Francisco prefieren imponer á sus cargamentos un rodeo de 9.600 kilómetros y una prolongación de sesenta días de travesía por en medio de las tempestades del océano austral. Á | excepción de los grandes vapores que conducen regularmente los pasajeros y las valijas, casi todos los buques que llegan á Aspinwall y á Panamá, son pequeñas goletas que hacen el servicio de cabotaje entre los puertos de la Nueva Granada y de la América Central. Y sin embargo, el transporte de los viajeros y metales preciosos basta para hacer ganar cerca de 40 por ciento cada año á los accionistas de la compañía; andando el tiempo podrán ellos aumentar sus beneficios, vendiendo las cien mil hectáreas de tierras fértiles que les concedió la República granadina.

Hasta hoy la compañía del Istmo no ha tenido sino una competencia temible, la de los vapores del lago de Nicaragua, y aun, gracias á las piraterías de Walker, gracias también á las intrigas de los plenipotenciarios americanos, que exigían para los Estados Unidos una cuasi soberanía sobre el camino del tránsito, esta competencia ha desaparecido completamente durante algunos años. Sin embargo, tarde o temprano las vías férreas interoceánicas de Tehuantepec, Honduras, Costa Rica é istmo de Chiriquí, se llevarán á cabo y es posible también que la Nueva Granada, justamente descontenta porque la compañía de Panamá no le paga el beneficio anual que está convenido, permita á una compañía rival la construcción de otro camino de fierro entre los dos mares |4. Es evidente que este Istmo prolongado, que se pliega tan graciosamente entre las dos Américas en una longitud de 2.200 kilómetros y separa con su estrecha banda de verdura las inmensas aguas azules de los dos grandes océanos del mundo, no debe continuar siendo una aterradora soledad, donde germinen esparcidos embriones de ciudades. Algún día los pueblos de la tierra se darán cita en aquel punto; Constantinoplas y Alejandrías se levantarán en las embocaduras de sus ríos; sus pantanos se transformarán en campos fértiles, y el volcán pagano de Momotombo, que, según la tradición, se engullía á los misioneros cristianos, admitirá sin duda en sus extensos flancos á los pacíficos leñadores y agricultores.

4 | Léjos de eso, la situación ha empeorado con la venta de las |reservas á la misma compañía, venta que se hizo con halagadoras promesas de grandes mejoras en la vía, que hasta ahora no solamente no se han realizado sino que ni siquiera |se han comenzado á cumplir. Ojalá que la experiencia adquirida sirva siquiera para no festinar el contrato de apertura del canal interoceánico, y sobre todo que no nos mostremos inferiores en patriotismo á los nicaragüenses, que prefirieron ver alejarse de su hermoso lago los vapores que hacían el servicio en él dándole animación y vida, á aceptar las humillantes condiciones de |cuasi soberanía que exigían los plenipotenciarios americanos, según lo expresa M. Reclus. N. del T.

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