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NAUFRAGIO - ENFERMEDAD - DESPEDIDA
 

 

Después de mi visita á San Miguel, gasté diez días en recorrer las selvas y los prados de la Sierra Nevada. Cada uno de los valles que visité contiene terraplenes y hoyas admirablemente adaptables al cultivo, escalonadas de zona en zona en un espacio de algunas leguas y que pueden producir todas las plantas cultivables desde la aromática vainilla, bañada siempre por una atmósfera húmeda y ardiente, hasta el liquen de Islandia que germina penosamente en la tierra fría al pie de las rocas nevosas. De todos estos valles, calientes, templados ó fríos, el que más me satisfizo fue el de San Antonio: en ningún otro me pareció el clima más bello ni la tierra más fértil; los mosquitos son escasos allí, los grandes zancudos casi desconocidos; las serpientes, aunque muy comunes, son pequeñas boas inofensivas en su mayor parte; además, el pueblo tiene la inmensa ventaja de comunicar con el llano por un sendero de mulas. Escogí un prado de unas cincuenta hectáreas, situado á media legua de San Antonio, á orillas del torrente Chiruá y detrás de la montaña Nanú. Elegido el terreno, marché con Luisito para hacer en Riohacha los modestos preparativos de nuestra colonización.

El viaje de regreso tuvo ménos incidentes que el de exploración; pero no dejó de ser muy penoso, sobre todo para mí que había gastado en las correr'as de las montañas muchos pares de sandalias groseramente hechas con cuerdas de pita y tenía los pies despedazados y magullados por las piedras. Al terminar el segundo día de marcha llegué enteramente renco al pueblo Dibulla, y sintiéndome incapaz de continuar el camino á pie, alquilé un |cayuco para trasportamos á Riohacha. Por desgracia nuestra el mar estaba muy agitado y no nos fue posible partir hasta dos días después, retardo que pasé tendido en el suelo en la cabaña del barquero, pobre leproso cuya hospitalidad generosa no me atreví á rechazar. Cuando llegué á Riohacha, necesité más de un mes para descansar de mis fatigas.

Terminados nuestros preparativos de inmigración, se decidió que yo partiría primero con Luisito y los dos jóvenes mulatos, Mejía y Bernier, que querían ser miembros de nuestra colonia; don Jaime Chastaing debía esperar algunos días más para vigilar el embarque de los instrumentos de agricultura y de los enseres necesarios para la construcción de nuestras cabañas. Como la experiencia me había hecho prudente, elegí la vía de mar; pero á despecho de mis precauciones, este segundo viaje debía ser más fecundo en accidentes y más peligroso que el primero.

Desde que pasamos á Punta-Tapias, el viento que soplaba con más fuerza imprimió una gran velocidad á nuestra informe barca, construida de un gran tronco de árbol; á pesar de los esfuerzos de los barqueros, que trataban de mantener el bongo en posición conveniente, el pobre esquife se veía impulsado á derecha é izquierda, y cada ola lo llenaba de espuma. Muy pronto llegó frente á Dibulla, en donde debíamos desembarcar. Mantenerse más tiempo en el mar en semejante embarcación era insensatez; debíamos, pues, dirigirnos resueltamente hacia la embocadura del río Dibulla, á riesgo de naufragar.

-¿Qué me importa, decía el patrón del bongo, hombre horrible, cuyo rostro era una gran hinchazón negra rayada de amarillo, qué me importa, con tal que yo me salve?

Cuanto más nos aproximábamos á la ribera el mar estaba más furioso; cada ola, cargada de arena nos perseguía rugiendo, se desplomaba como una roca sobre nuestras cabezas, y llenaba de agua salada la barca, que después oscilaba como aturdida por el golpe, hasta que al fin otra ola más alta aún que las demás, nos lanzó hacia adelante. Por último, un choque más violento que los otros volteó el bongo, y, sin saber lo que nos pasaba, fuimos llevados todos, en el desorden más pintoresco, y de un golpe, á las arenas de la boca. Así es como, una entre cuatro veces, se desembarca en el puerto de Dibulla. El mar es allí siempre más fuerte que en Riohacha, porque la costa se tuerce en dirección de los vientos alisios y se recibe de lleno el choque de las olas pero los huracanes propiamente dichos son tan desconocidos en aquel punto como en otros parajes de los mares granadinos.

Mi intención era tomar alquilados á los aruacos que se encontraran en Dibulla los bueyes de trasporte; estos animales, nacidos y criados en la Sierra, son los únicos que tienen patas montañesas y pueden conducir una carga pesada al través de los torrentes y pantanos: habituadas las bestias de carga á seguir solamente los senderos del llano rara vez resisten las fatigas de tales viajes, y frecuentemente hay que dejarlas en el camino. Por una fatalidad que muy bien pude prever, ni un solo aruaco había entonces en Dibulla; era necesario, pues, muy á mí pesar, detenerme en este espantoso pueblo, rodeado de pantanos de aguas corrompidas.

Á mediados del siglo XVI, Dibulla, que los españoles llamaban entonces San Sebastián de la Ramada, y que habitaba una fracción de la tribu de los taironas, era una ciudad rica y poderosa. Lerma, gobernador de Santa Marta cobró allí, dice la tradición, una contribución de doscientos mil pesos; hoy no se encuentra en Dibulla cosa alguna que recuerde los esplendores y riquezas de otros tiempos; en un espacio bien considerable, circunscrito por el río Dibulla, el mar, los pantanos cubiertos de paletuvios y la impenetrable barrera de la selva virgen, se encuentran muchos huertos, semejantes á montones de malezas, y cabañas esparcidas, más grandes y más cómodas, pero más destruidas que las chozas de los aruacos. Muchas de estas casas están completamente dislocadas. La primera que vi apenas ten'a dos paredes desplomadas, sobre las cuales descansaban, á guisa de techo, algunas hojas de palma movidas por el viento, como restos de velas de una nave en naufragio. El lugar de las dos paredes caídas está marcado con escombros de argamasa, que no se han tomado siquiera el trabajo de quitar de allí. Una familia entera vivía en estas ruinas, que una ráfaga de viento más fuerte que los ordinarios habría podido echar al suelo; la mujer se empleaba en sus ocupaciones ordinarias, los muchachos jugaban á las escondidas por entre los muebles, y el padre de familia, majestuosamente instalado en un gran sillón, contemplaba sucesivamente la naturaleza y la olla que estaba en el fuego.

En las calles, ó más bien en los senderos de Dibulla hormigueaban muchachos de ambos sexos, la mayor parte completamente desnudos y notables por su enorme vientre y el prodigioso desarrollo del ombligo. Casi todos los habitantes del pueblo, hombres y mujeres, están atacados de elefancia, lepra, ó de alguna otra espantosa enfermedad de la piel. Es imposible formarse una idea del aspecto horroroso de esas figuras y de esos cuerpos manchados como pieles de salamandras. Apenas se atreve uno á mirar á esos seres que se dicen humanos, que por otra parte están tan satisfechos, como no es posible más, de sus personas, y se miran con complacencia en pedazos de espejos. Las horribles enfermedades que los dibullanos padecen tienen, sin duda, por causa la absorción de los miasmas palúdicos, las picaduras de las insectos, los malos alimentos, las costumbres inmundas, y quizá también la propensión de las razas á degenerar, mezcladas al acaso por una verdadera promiscuidad. Á esas horrorosas enfermedades de la piel, se agrega á la mayor parte de los pacientes, una hinchazón del bazo y del hígado muy notable exteriormente. Muchos contraen además la |gipatera ó geopagia, y comen con avidez tierra, madera ó cera; los pedazos de pizarras son para ellos deliciosos. El viajero granadino Ancízar, que ha observado esta enfermedad en otras partes de la Nueva Granada, encontró un día á un pobre indio que lamía una peña húmeda y cubierta de pedazos de pizarra.

-No tengo pan, -le dijo el desgraciado-, ¡pero la pizarra mojada es buena también y me sirve lo mismo!

Desde el tercer día de mi residencia en Dibulla, se me declaró una terrible fiebre. Las comadres del lugar se reunieron en gran consejo al rededor de la estera en que me hallaba tendido, y dieron, cada una á su vez, su opinión sobre las probabilidades de vida ó muerte: la opinión general fue que se me llevaría al cementerio dentro de pocos días. Cosa grave es en efecto enfermar en un pueblo donde los únicos médicos son los leprosos y los comedores de tierra, donde no puede encontrarse ni quinina ni más remedios que los simples aplicados al acaso, y en donde las sabandijas y otros animales dañinos de todas clases andan por todas partes libremente. Más de una vez los lagartos penetraron en mi cabaña por las rendijas de las paredes, me visitaron, y uno de ellos, |lobo de dos pies de largo, se colocó sobre mi pecho mientras que yo dormía con un sueño delirante. Un día mataron una culebra cascabel en una grieta de la pared de barro que separaba mi cabaña de la del vecino; otra vez, un jaguar devoró un asno en el patio mal cercado de mi choza, y dos novios que la alegría de las bodas hacía insensibles á los sufrimientos del extranjero, fueron suficientemente inhumanos para reunir en la choza vecina á los tocadores de flauta |1 y tamboril, y celebrar sus danzas nupciales durante toda una noche interminable. Estos eran incidentes poco agradables en sí mismos, pero quizá me causaban un bien despertando en mí el sentimiento de las cosas exteriores, y cuando mi asociado, don Jaime Chastaing, llegó de Riohacha provisto de las drogas más indispensables, lo más fuerte de la crisis había pasado.

Mi visitador más asiduo era el |padre Quintero cura de Dibulla. Se decía blanco, y quizá lo era de origen; sin embargo, estaba tan moreno como los demás dibullanos, y por su traje tampoco se distinguía de sus feligreses. Había sido ántes cura de los pueblos de la Sierra Nevada; pero dominado por algunos defectos, se había despopularizado tanto, que un tímido aruaco se atrevió á levantar la mano contra él: á consecuencia de esto, y por otros motivos, se instaló en Dibulla, a cuyos habitantes les impuso, de grado ó por fuerza, su dirección espiritual. Conviene añadir que el padre se hacía perdonar generalmente sus faltas por su franqueza, su jovialidad y su desinterés; además, para mí tenía la inapreciable ventaja de conocer la Sierra Nevada mejor que nadie, y de haber explorado sus principales valles.

Una de las debilidades del padre Quintero era creerse muy sabio, y rara vez desplegaba sus labios sin introducir en su conversación algunas palabras de un pretendido latín, que contribuía más que todo á conservarle alguna influencia.

1 Gaita N. del T.

 

Cuando me vio por la primera vez, me saludó con el título de |dominus y me recitó un pasaje de su breviario; pero una sonrisa irónica le hizo conocer sin duda, que yo sabía á qué atenerme en cuanto á sus conocimientos filológicos, porque después no volvió á hablarme en latín, sino en sus momentos de olvido. Á pesar de las extravagancias del padre, debo confesar, que su compañía y conversación fueron para mí un precioso consuelo durante los largos días de mis sufrimientos: sin embargo, á veces se hacía insoportable, me estrechaba el cuello entre sus brazos, me hacía su confidente refiriéndome los varios pesares domésticos que en su vida había tenido, derramaba lágrimas de emoción en mi rostro, me exigía. La promesa solemne de odiar siempre á los bárbaros españoles y al inhumano general Morales, que había hecho fusilar á su padre. Por la noche, mi vecino el padre reunía varios compañeros, y con el pretexto de llenar para con el caballero extranjero los deberes de la cortesanía castellana organizaba en mi puerta un coro más bullicioso que musical.

Entre aquellas diversas canciones que tantas veces interrumpieron mi reposo, hay una cuyas discordantes notas resuenan aún en mis oídos. Como la mayor parte de las canciones populares, su letra se compone de un tema de amor y un motivo tomado de las ocupaciones diarias.

Hela aquí.

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Barquero, coge tu remo,

Despídete de la que amas:

Barquero, marcha, es preciso

Que surques las ondas bravas.

Cuando las olas retocen

En derredor de tu barca,

 

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Piensa que en torno de aquella

Sus otros amantes danzan.

Barquero...

Quizás en oculta roca

¡Ay! se estrellará tu barca;

Quizás en ese momento

Te olvidará aquella ingrata.

Barquero...

En las ondas tal vez pierdas

De ser rico la enseñanza;

Tus sueños de amor entonces

Serán cual humo que pasa.

Barquero...

Pueda que halles mar tranquilo

Y ella te guarde la espalda:

La encontrarás cariñosa

Si de oro llenas tu barca.

Barquero, coge tu remo,

Despídete de la que amas:

Barquero, marcha, es preciso

Que surques las ondas bravas.

El primer período de mi convalecencia fue de dos largos meses, durante los cuales mi consocio don Jaime maldijo muchas veces su triste destino y se lamentó como el más desgraciado de los hombres. De seguro que la suerte no le era favorable. Los aruacos, asustados con las amenazas de los tratantes, que temían la concurrencia de nuestra parte ó quizás que fuéramos jueces de sus infames exacciones rehusaban alquilarnos á ningún precio sus bestias de carga; sólo uno se encargó de llevar una caja de herramientas; pero en el tránsito la rompió, robó todo lo que le plugo y dejó el resto en el camino. Sólo un recurso nos quedaba aún: envié á Luisito para que expusiera nuestra triste situación á Pan-de-leche, le participara nuestros proyectos y le suplicara que nos alquilase sus bueyes y sus dos machos. Pocos días después llegó Pande-leche con su caravana.

La partida se organizó inmediatamente, se convino en que don Jaime y yo marchásemos en seguida en los dos machos del cacique, y que Luisito y sus dos compañeros nos siguiesen con las bestias de carga. El primer día de nuestro viaje, de Dibulla á Cuesta Basilio, fue tan feliz como era posible; pero sobrevino uno de esos contratiempos que han dado lugar á tantos proverbios en todas las lenguas y el siguiente día no debía pasar sin que tuviéramos un grave accidente. El macho que yo montaba se encabritó en un lugar peligroso del camino y rehusó avanzar; me esforcé en vano para obligarle, se echó hacia atrás, sus ojos se extraviaron y se agitó con un temblor nervioso: á no dudar, estaba atacado de la enfermedad casi siempre mortal, conocida con el nombre de |derrengadera.

Era preciso pues, que yo continuase mi camino á pie, porque don Jaime tenía las piernas enteramente hinchadas á consecuencia de las picaduras de los insectos, y no podía bajar de su cabalgadura. Confiaba demasiado en mis fuerzas y caminé valientemente durante algunas horas; pero, debilitado por mi larga enfermedad, no pude resistir la fatiga. Sentí que la vida me abandonaba poco á poco, de repente todo se oscureció á mi rededor, y caí desvanecido en el suelo.

Cuando volví en mí, un calofrío continuo sacudía todos mis miembros. Estaba tendido en el suelo al borde del sendero sobre un montón de hojas de helecho, y don Jaime construía sobre mi cuerpo una pequeña armazón de ramas y la cubría con hojas de bihao. Ofreció cederme su cabalgadura; pero la rehusé en atención á su edad; por otra parte, habría sido una gran imprudencia permanecer sobre el suelo expuesto á la tempestad, y además, enfermo como estaba, probablemente me habría sido imposible llegar solo á San Antonio; era mejor, bajo todos aspectos, que él partiese tan pronto como fuese posible y me enviara su macho ó cualquiera otra cabalgadura con un guía aruaco. Lo comprendió así, y en seguida lo vi desaparecer en las revueltas del sendero.

Mi posición era crítica y el viento precursor de la tempestad principiaba ya á silbar; sopló y sacudió la cubierta como si fuera una paja, las hojas de bihao que me resguardaban volaron; el agua descendió del cielo, se abrió paso por entre el rústico techo y me inundó. En fin, vino la noche, la tempestad cesó, pero á ésta sucedieron enjambres de zancudos; en vano traté de dormir un instante siquiera sobre el suelo húmedo, pues la fiebre me mantuvo despierto constantemente. Cuando los primeros albores del d'a descendieron de la cima de las montañas, el esperar, ese sentimiento de ordinario tan penoso, mortificaba todo mi sér. Cada rama de árbol que sonara al rozarse con otra rama era para mí una señal de llamada; los chillidos de los monos aluatas eran voces de los amigos que venían á salvarme; el murmullo del torrente saltando por entre las rocas me parecía el galope de un caballo.

De repente oí sonar pasos sobre el sendero pedregoso, y alcancé á ver á un indio que venía del lado del llano; pareció muy agradablemente sorprendido al mirar á un blanco en tan lastimoso estado, y, parándose en una piedra, frente á mí, me contempló largo rato, sonriendo de satisfacción. ¿No era yo, á su parecer, uno de esos hombres execrables que iban á explotarlo á él y á sus hermanos, á cargarlos de deudas, y á hacerlos esclavos de un trabajo continuo? Seguramente creyó que sería justo que los genios de Tairona me castigasen con la enfermedad y la muerte por haber ayudado á la destrucción de la pobre tribu vencida. Cuando hubo saboreado suficientemente su venganza, se alejó sonriéndose, y yo tuve la debilidad de verlo desaparecer con pesar; él animaba algo mi soledad y me hacia más soportable la espera. Felizmente, Luisito y los dos mulatos llegaron pocos instantes después con los bueyes que conducían nuestras herramientas de agricultura: eran amigos, casi salvadores, y los que saludé en esos tres hombres que venían en mi socorro, y el que permaneció cerca de mí para auxiliarme calmó en gran parte la fiebre que me devoraba, con su sola presencia.

La tempestad de la mañana había principiado hacía una hora, cuando tuve la dicha de oír los gritos de un aruaco que bajaba, montado en un macho, de lo alto de la montaña. Apenas llegó, me hice colocar en la silla en su lugar; y partimos á pesar de la tempestad. El macho escalaba las rocas, salvaba de un salto los torrentes y los arroyos, se dejaba deslizar con las patas unidas desde lo alto de los declives arcillosos: me sentía como poseído de ese vértigo de los sueños que no permite ni un movimiento; no tenía fuerza ni aun para hacer un gesto de espanto á la vista de los más espantosos precipicios. En fin, la noche se espesaba en torno mío, y hacia las díez llegué á San Antonio, donde encontré una bebida fortificante, un lecho y un abrigo.

Había pues llegado, no sin trabajos, al término de mi viaje, y podía creer que la obra de la colonización estaba seriamente principiada. Mil vanas ilusiones, evocadas en parte por la fiebre, flotaban ante mi espíritu: vela ya las pendientes de las montañas cubiertas de campos de café y de bosques de naranjos; los aruacos relices y libres, fundaban comunidades florecientes; se abrían escuelas para los hijos de los indios; colonias de europeos desmontaban las selvas vírgenes; se abrían caminos en todas direcciones; ¿qué sé yo?, líneas regulares de buques-correos llegaban al puerto de Dibulla. Indudablemente que todas esas cosas se realizarán un día; pero yo no tendré en eso la menor intervención, pues todas mis esperanzas personales estaban condenadas á evaporarse miserablemente. Pocas líneas bastarán para referir el desenlace de la empresa.

En los primeros días todo marchaba bien. Me encontraba enfermo, es verdad, y muy raras veces podía dar algunos pasos fuera de mi cabaña; pero don Jaime había principiado los trabajos con una furia más que juvenil, y en dos puntos diferentes: en San Antonio mismo, en un huerto casi abandonado que habíamos comprado, y en Chiruá, en los terrenos que elegí en mi primer viaje. Desmontaba, sembraba plátanos, árboles de café cañas de azúcar, legumbres de todas clases; reunía piedras de granito en un pequeño terraplén en que debíamos edificar nuestra casa de campo; cortaba macanas para ésta, y levantaba en muchas partes las tapias y los vallados de cactos necesarios para impedir la irrupción de los animales, y quemaba los matorrales de la pradera: todo se hacía á un mismo tiempo. Estaba tan asombrado de esta inesperada actividad que no me atrevía improbar á don Jaime el emprender tantas cosas á la vez.

No se había completado un mes cuando ya el trabajo se había debilitado singularmente. Todo principiaba á desagradar á don Jaime la tierra, el aire, las aguas, los indios, la agricultura. Bajo el pretexto de buscar un terreno más fértil y mejor regado, interrumpió el desmonte del de Chimá, y eligió otro media legua más distante del pueblo. No tardó en indisponerse con el joven Mejía, nuestro mejor obrero, y sin despedirlo precisamente, porque yo era quien lo había contratado para nuestro servicio, logró hacerlo marchar á fuerza de vejaciones y tacañerías. Cosa más grave aún, se malquistó con los aruacos, lo que nos exponía á morir de hambre, porque mientras fructificaban nuestras sementeras y plataneras, estábamos obligados á comprar los alimentos á los indios; sin la protección de Pan-de-leche, nadie habría venido á proveerse de lanas ó de otras mercaderías á nuestra cabaña, y el hambre nos habría obligado á bajar inmediatamente á Dibulla. La desesperación se apoderó de don Jaime; deploraba su lamentable destino, maldecía sus cabellos blancos, echaba de ménos las dulces noches de tertulia pasadas en Riohacha, á la puerta del ingeniero Rameau; en fin, me anunció que la asociación estaba disuelta, é hizo sus preparativos de regreso.

¿Qué podía hacer yo mismo en este desastre de mis proyectos de colonización? Si me hubiera hallado con salud habría podido continuar solo la empresa, modificando mis planes; pero tres meses después de mi llegada á la Sierra estaba aún tan enfermo como el primer día; no podía dar cien pasos ó tocar una gota de agua fría sin que la fiebre y el delirio me volvieran. Las lluvias continuas de la estación hacían fermentar el techo de paja bajo el cual reposaba yo y corrompía la atmósfera que me rodeaba luchaba con la muerte y sin la certidumbre de vencerla; solo, debía necesariamente sucumbir. Era preciso marchar. Con profunda tristeza me separé de esos pobres indios, dejándolos tan bárbaros como el día en que los vi por primera vez; pronto perdí de vista mi cabaña y su huerto y la extensa pradera de Chiruá; en seguida desapareció el valle de San Antonio ocultándose detrás de un contrafuerte de la montaña, y escalando á caballo el sendero rocalloso de Caracasaca, dejé de escuchar el torrente cuya voz había correspondido tantas veces á mis ensueños de porvenir. Algunos meses después estaba en Europa. Cuando regresé á mi verdadera patria, parecióme que mis pies hollaban tierra extranjera.

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