EL CAPORAL PAN-DE-LECHE - LOS ARUACOS
Pan-de-leche, á quien había tenido el honor de ver muchas veces
en Riohacha, era un hombre pequeño, de color rojo oscuro y de
rostro cruzado por innumerables arrugas. Por su andar desembarazado
y por su mirada tranquila, se comprendía que era hombre rico y
noble, orgulloso por descender de una larga serie de antepasados y
satisfecho de la suerte que le había concedido riquezas en este
mundo. Poseía en efecto una decena de bueyes, dos mulas, muchas
plantaciones de caña de azúcar, y era el primero de los de su raza
que en sus comidas gastaba el lujo de esos panes de leche á los
cuales debía su nombre burlesco. Era el único entre los indios que
podía prescindir de la intercesión de los avarientos tratantes
españoles, y él mismo, seguido de sus propios bueyes cargados con
los productos de sus campos, iba á cambiarlos á Dibulla, á Riohacha
ó á otras localidades de la explanada. Ordinariamente gastaba el
mismo traje que sus compatriotas, el sombrero de paja y la túnica
azul de algodón; pero cuando bajaba á país español, tenía á honor
presentarse con calzones cortos y una chaqueta de paño gris,
grueso, con botones de cobre: podía tomársele por un provinciano de
nuestra bella Francia.
Con el producto de su tráfico, había hecho edificar en el pueblo
de San Antonio y en el centro de sus diversas plantaciones,
numerosas casas, en cada una de las cuales había instalado á una de
sus mujeres; él habitaba una cabaña, construida en el centro de la
población mucho más vasta, si no mas cómoda que las de sus
súbditos. Allí administraba justicia; toda discusión, todo proceso
era decidido por él, y no había ejemplo de que los aruacos
descontentos de sus decisiones hubiesen apelado al tribunal de
Riohacha. Por otra parte, jamás se había embriagado en presencia de
sus subordinados, para merecer así su estimación; cuando apuraba
una botella de chicha, cerraba la puerta de su cabaña, y nadie
osaba entonces turbar sus profundas meditaciones. Una sola
desgracia había tenido Pan-de-leche en su vida: bañándose en el río
del Hacha, un cocodrilo le había llevado la mano derecha de una
tarascada; pero hombre advertido, convirtió esta desgracia en
título de mayor gloria; había hecho fabricar inmediatamente una
mano de hoja de lata, que por cortesía se había convenido en
considerar como de plata, y desde entonces nunca salía sin poner en
esta mano brillante un bastón con puño de oro que se balanceaba
majestuosamente á su lado. Este bastón, célebre en toda la
provincia de Riohacha, era una mano de justicia, un cetro real, una
vara de mágico, y los aruacos no se atrevían á mirarla sino
temblando. ¿Tenía alma?, ¿era un Dios? Pan-de-leche era el único
que podía esclarecer este punto á sus súbditos; pero permanecía
mudo respecto de este bastón misterioso que hacía de él un profeta
y un rey.
Cuando nos presentamos á Pan-de-leche, el cacique se balanceaba
en su hamaca; se levantó precipitadamente á fin de tomar una
posición majestuosa y sentándose sobre un gran tronco de
|macana¹ colocado en medio de la cabaña, nos indicó con el
dedo otros asientos más pequeños al lado de la puerta. Según el uso
antiguo de todos los que penetran en la Sierra, tratantes ó
viajeros, fuimos á anunciar nuestra llegada
|
1 Planta arborescente de la especie
|alsophila.
|
al jefe, á rogarle que nos acordara su alta protección y á
pedirle la hospitalidad en una de sus cabañas. Pan-de-leche nos
escuchaba con los ojos cerrados, y de tiempo en tiempo daba un
pequeño gemido, como una persona dormida que sufre una pesadilla.
De repente se levantó sin haber dado la menor respuesta, y
colocando el célebre bastón en su mano de hoja de lata, salió de la
cabaña y desapareció.
Nosotros nos interrogábamos con la vista y asombrados buscábamos
la explicación de su conducta, cuando entró en la choza un aruaco y
nos anuncié que estábamos en nuestra casa. Pan-de-leche nos había
hecho el insigne honor de cedernos su propia cabaña, y se había
trasladado á una de sus plantaciones. Inmediatamente después de su
partida muchos indios, que esperaban con curiosidad el resultado de
nuestra conferencia con el cacique, se precipitaron en la choza
para comprar nuestras mercaderías. Bien pronto se formaron en el
suelo pirámides de plátanos, avocateros, guayabas², malangas³,
arracachas
|4; pero la mayor parte de los indios, sin
dejar de comprar bacalao, agujas y lana, parecían escandalizados de
no ver aguardiente entre nuestros efectos. Jamás habían negociado
con tratantes de nuestra especie.
La cabaña que debíamos habitar y que probablemente sirve aún de
palacio al cacique de los aruacos, es de forma redonda, y puede
medir cinco metros de puerta á puerta. Está construida de troncos
de macanas clavados circularmente en el suelo y entrelazados con
varías ramas. La cubre un enorme techo cónico de paja, sostenido en
el interior por un sistema de vigas.
|
2
|Psidiúm pomiferum.
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3 Maranta malanga.
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4 Conium arracacha.
|
muy complicado. Es la única que entre las cabañas de los indios
está provista de puertas, pero éstas no están aseguradas con
cerrojos, y el viento que sopla las abre y las cierra á su sabor
con gran ruido. Un zarzo de cañas-bravas, cubierto de paja,
construido al rededor de la cabaña á la altura de un metro poco más
ó menos es la cama del cacique y de sus huéspedes; dos piedras
ennegrecidas colocadas en medio de la choza, al lado de la gran
silla de honor de Pan-de-leche, sirven de fogón.
Las moradas de los otros aruacos son mucho más modestas que la
de su cacique. Construidas al acaso en el terraplén de San Antonio,
tienen exactamente la forma de grandes colmenas de abejas; las
paredes se componen por lo general de cañas-bravas entrelazadas, y
los techos de paja descienden tan bajo que para penetrar en el
interior casi es necesario arrastrarse.
Una sola cabaña se distingue de las otras por el estilo de su
arquitectura, y de lejos puede resistir una comparación con las
construcciones de Riohacha. Cuando estuve allí, era habitada por
dos damas españolas madre é hija. Ésta, herida en las fuentes
mismas de la vida á consecuencia de un desgraciado amor y
desahuciada por los médicos, había buscado un refugio entre los
indios en el salubre valle de San Antonio; sus hermanos ambos
carpinteros, le habían precedido para construirle esta casa, y su
madre la había seguido para asistirla y disputársela á la muerte.
Durante cinco años, esta madre había logrado prolongar la vida de
su Conchita, joven admirablemente bella, que los aruacos veneraban
como á la diosa de sus montañas. Por tales motivos salía raras
veces de su albergue de tristeza y solamente se la veía en el
dintel de la puerta á la hora en que el sol se ocultaba detrás de
un promontorio al occidente. Entonces los expirantes rayos
envolvían su delicado talle en una red de luz un reflejo de placer
coloreaba ligeramente sus pálidas mejillas, como si hubiera
encontrado por un momento la perdida dicha al contemplar el
melancólico paisaje del valle, invadido ya por las sombras de la
noche. Pero después de mi visita á la Sierra Nevada, creyendo
Conchita que las heridas de su corazón estaban cerradas
completamente, regresó á pesar de los consejos de su madre á
Riohacha, para volver á ver á sus amigos. El placer de encontrarse
en su patria la embriagó; estuvo poseída durante algunos días de
una loca alegría, y recuperé con toda su fuerza su antigua salud,
después inclinó la cabeza como una flor que se marchita y se durmió
en el seno de la muerte.
El pueblo de San Antonio está situado á dos mil metros poco más
ó menos sobre el nivel del mar, al pie de una montaña flanqueada de
la cima á la base por mesetas ordenadas, como los escalones de una
pirámide gigantesca, y ofrece á causa de esta disposición una
ventaja inapreciable á los agricultores que quieran establecerse
allí. Abajo del pueblo corre el rápido torrente de San Antonio; el
valle que lleva el mismo nombre, se compone de hoyas circulares,
separadas las unas de las otras por estrechos desfiladeros: cada
una de estas hoyas, cubierta con una gruesa capa de tierra vegetal
depositada por las aguas del lago que las llenó en otro tiempo,
está admirablemente adaptada para la formación de un pueblo, y
solamente espera el hacha y el arado para trasformarse en campos de
una incomparable fecundidad. Así mismo el río Chiruá, que desemboca
en el San Antonio á una pequeña distancia más abajo del pueblo,
recorre extensas praderas naturales en las cuales se levantan los
árboles en grupos suficientemente numerosos para suministrar
maderas en abundancia á los futuros colonos; pero bastante claros
para no ser un obstáculo al desmonte. Por todas partes, los valles
y las montañas presentan terrenos á propósito para el cultivo,
excepto hacia el norte, donde el Cerro-Plateado levanta sus rápidas
escarpaduras de esquistas, siempre húmedas y lucientes como metal
bruñido. Para fijarnos en algún valle de este dichoso país,
solamente teníamos el embarazo de la elección.
Al
|
día siguiente de mi llegada á San Antonio, me dirigí
solo hacia San Miguel, otro pueblo de indios, situado como á dos
mil seiscientos metros de altura, sobre una explanada sin árboles,
y sembrada de despojos. Menos rico y poblado que San Antonio, ha
conservado mejor las tradiciones de los tiempos antiguos, y en sus
inmediaciones, en medio de los peñascos amontonados de Cansamaría,
se celebran aún los misterios sagrados. Al norte y al sur, dos
barrancos estrechos y profundos, semejantes á los fosos de una
ciudadela, separan el pueblo de los huertos y pastales de la
meseta; por los otros dos lados, un vallado de plantas espinosas
vivas impide el paso á los cerdos, perros, gallinas y otros
animales domésticos; el mismo pueblo es un templo, y solamente los
hombres tienen derecho á penetrar en él. Las calles empedradas
están tan limpias como los embaldosados patios de un palacio, y las
cabañas están rodeadas de flores: á primera vista, se nota que los
tratantes españoles no penetran sino rara vez en este recinto
sagrado y aún no han tenido tiempo de profanarlo, como lo han hecho
en San Antonio. En el centro del pueblo se levanta una iglesia que
casi puede decirse que es monumental, comparada con todos los otros
edificios de San Miguel; es verdad que jamás se dice misa allí, y
que su utilidad consiste únicamente en servir para las
elecciones.
Cuando entré en el pueblo, me pareció completamente desierto;
todas las cabañas estaban vacías; un silencio de muerte reinaba á
mi rededor. Los indios, hombres y mujeres, estaban ocupados sin
duda en sus plantaciones de plátanos y cañas, ó bien, como es de
costumbre entre ellos en ciertas épocas, se habían reunido en algún
rancho de la montaña para devorar algún buey. Fatigado como estaba,
no podía esperar la vuelta de los indios para reclamar la
hospitalidad; entré en un huerto en el cual cogí algunos plátanos,
cuyo valor me propuse pagar después al propietario, y en seguida
fui á instalarme cómodamente en una cabaña en que aún brillaba un
resto de fuego.
Hacía como una ó dos horas que dormitaba, cuando pocos momentos
antes de ponerse el sol oí resonar de repente una voz cerca de una
cabaña vecina. Me levanté precipitadamente para presentarme á los
recién venidos, pero me detuve al ver que iba á interrumpir una
ceremonia religiosa. Seis aruacos estaban acurrucados en el
empedrado de la calle y guardaban el más profundo silencio. Delante
de ellos, un anciano con la cabeza desgreñada y el mirar
extraviado, tendía sus brazos hacia las nieves que iluminaban los
expirantes rayos del sol; enseguida se golpeaba el pecho, se pasaba
la mano por la frente, hacía contorsiones diversas, gesticulaba
horriblemente y pronunciaba palabras que me parecían incoherentes.
A medida que las sombras subían la pendiente de la nevera, sus
gesticulaciones eran más violentas, su voz mas ronca y dura; pero
cuando la última llama que brillé en la cima del pico helado voló
por el espacio, el anciano se calló repentinamente, su rostro se
aflojé, sus facciones volvieron á ser humanas, y sin dirigirme una
mirada volvió á entrar en la cabaña. Al mismo tiempo los seis
aruacos acurrucados rompieron el silencio al cual estaban sometidos
durante la ceremonia, y principiaron á hablar con una volubilidad
sin igual.
Muchas mujeres, que estaban sentadas en el suelo á una distancia
respetuosa, parecía que no habían tomado parte alguna en los ritos
sagrados, sin duda porque sus nobles esposos no las juzgaban dignas
de ellos, y á pesar de las contorsiones del
|mamma habían
continuado sus trabajos caseros ó sus cuidados de compostura. Yo
era probablemente el primer blanco que jamás hubiesen visto; y sin
embargo no se fijaron en mí ni por un instante, porque bajo el ojo
celoso que las vigilaba, no tenían el derecho de manifestar
curiosidad, y era indispensable que se conservaran en el estado de
máquinas. Despreciadas en todos sentidos, no tienen el privilegio
siquiera de habitar bajo el techo conyugal; viven y duermen en la
cocina, habitación estrecha y baja, en la cual apenas pueden
tenerse en pie. La mujer nunca se atreve á traspasar el dintel de
la casa marital; coloca en la puerta el alimento que acaba de
preparar y que el majestuoso marido le hace la gracia de aceptar
con bondad. La mujer es la esclava del marido, y toda joven pobre
que no encuentra un señor viene á ser, de derecho, propiedad del
rico más inmediato. Se ve entre los aruacos, que la cuestión del
pauperismo se resuelve por una tramitación sumaria, á lo menos en
lo que concierne á la mujer. Es preciso confesar que en otras
naciones más civilizadas, la solución del terrible problema es poco
más ó menos la misma, á despecho de las complicaciones y de las
sutilezas de la economía política.
Entré en la cabaña al mismo tiempo que los aruacos. El
|mamma, mirándome siempre con desconfianza, no se digné
saludarme siquiera, tal vez por haberlo sorprendido en el ejercicio
de sus funciones religiosas. Felizmente llevaba conmigo una carta
de introducción, dirigida por un caballero de Riohacha á su hermano
de leche, Pedro Barliza, el único mestizo de San Miguel. Abrí la
carta y yo mismo leí los elogios que ensalzaban mis cualidades y
virtudes. Pedro Barliza era uno de los aruacos presentes; se
apresuré á desearme la bienvenida y á ofrecerme una hamaca cerca
del fuego. Aunque él era el único indio de aquella sociedad que
entendía el español, mi carta no produjo menor efecto en sus
compañeros que en él, para quienes en ella poseía yo un talismán
soberano que hacía de mí un ser superior.
Me apoderé de la hamaca mientras que los indios se sentaron ó
acurrucaron cerca del fuego. La llama, movida por el viento,
luchaba con la oscuridad, que había invadido la cabaña, y las caras
rojas de los indios, ocultándose en la sombra ó iluminándose con
los reflejos del fogón, sucesivamente aparecían y desaparecían como
espíritus evocados ó conjurados. Abrían y cerraban la boca con un
movimiento acompasado y saboreaban voluptuosamente el
|hayo
|5.
Para esta tarea, en mucho la más importante de su vida, todos
los aruacos llevan en la mano izquierda una pequeña calabaza que
contiene cal en polvo. Toman de una especie de vejiga, semejante á
la de nuestros fumadores, las hojas del hayo, en seguida las
mastican para sacarles el jugo, que dejan caer de la boca al borde
de la calabaza; después salpican de cal este líquido por medio de
una pequeña varilla que mueven incesantemente en la mezcla, para
producir una combinación más íntima de las dos sustancias. De vez
en cuando llevan la varilla á la boca y chupan con delicia la
mixtura corrosiva. Los indios y los negros del Perú hacen
igualmente un gran uso del hayo, y pretenden que pueden ayunar
durante una semana y aun más, siempre que se les dé una provisión
suficiente de hojas de esta planta. El célebre naturalista Tschudi,
cuyo testimonio no puede ser sospechoso, afirma que vio en varias
ocasiones individuos que trabajaban durante mu-
|
5
|Erythroxylon coca. Es la coca de los peruanos, pequeño
arbusto cuya hoja se asemeja á la de la acacia ó á la del
índigo.
|
chos días consecutivos, contentándose con mascar hayo para
reparar sus fuerzas. Los aruacos no conocen esta propiedad
maravillosa de su planta favorita, y cuando hablé de ella á Pedro
Barliza, largó una carcajada de incredulidad, de que participaron
todos sus compañeros.
La conversación promovida con motivo del hayo, no decayó en
muchas horas, gracias á la curiosidad de Barliza. Me abrumé á
preguntas hechas en mal español, y traducía en seguida mis
respuestas en lengua aruaca; cada una de éstas causaba al parecer
la mayor admiración, que se manifestaba con grandes exclamaciones y
risas prolongadas. En su conversación familiar, los aruacos no
pueden terminar una frase sin lanzar un ¡ah! que indica la
impotencia de su lenguaje, y que podría llamarse la envoltura del
pensamiento: puede decirse que sus discursos, que retratan su
naturaleza tanto cuanto es posible, solamente se componen de
interjecciones. Después de escucharme parecían asombrados más allá
de toda expresión, y apenas hacían oír vocales de admiración
cantadas en todos los tonos de la escala. El asombro llegó á su
colmo cuando encendí una cerilla química: á pesar de su título de
electores y elegibles, á pesar del roce frecuente que tienen con
los tratantes españoles, no habían visto aún esta maravilla de la
industria moderna.
El gran sacerdote era el único que me escuchaba con cierto
interés mezclado de repugnancia: comprendiendo sin duda que yo era
un
|mamma más sabio que él, desplegaba su labio superior Con
afectado desdén. Continué sin dejar comprender que había notado la
oposición del mágico, é hice un discurso en regla á mis nuevos
amigos. Les hablé de España que les había traído la guerra, pero
que les había dado también la caña de azúcar, el café y todos sus
animales domésticos; en seguida encomié el poder de la Inglaterra,
cuyas naves veían ellos algunas veces desde lo alto de sus
montañas, semejantes á pequeños insectos patinando sobre la
superficie de las aguas; les dije algo también sobre esos terribles
|yankees; que ellos se representan como espantosos demonios
que no tienen siquiera figura humana. Para hacerles comprender mis
explicaciones, procuré trazarles en el suelo un pequeño mapa al
resplandor de una antorcha encendida en el fogón; se inclinaron uno
después de otro sobre esas bizarras líneas que aparentaban
comprender. Si se quiere obrar con buen suceso sobre la aún inculta
inteligencia de estos hijos de la naturaleza, es necesario valerse
de un intérprete que pueda traducir nuestras ideas complejas en
ideas infinitamente más sencillas y rudimentales. Por la
intercesión de Barliza, mestizo que pertenecía á la vez á dos
razas, mis palabras presentaban un sentido á los aruacos; pero
¡cuántas veces intenté más tarde, y en vano, hacerme entender de
los indios de San Antonio que hablaban un poco de español!
Experimenté también una gran dificultad para hacerles nombrar un
objeto que ponía á su vista: me miraban por largo tiempo, repetían
por muchas veces el nombre, balbuceaban algunas palabras
ininteligibles, después me daban á entender, con una explosión de
risa, que no me habían comprendido.
Generalmente se afirma que, guardando la debida proporción, los
montañeses son más grandes, más fuertes, más intrépidos que los
habitantes de las explanadas. No es así en el Estado del Magdalena,
ni aun en la Nueva Granada entera, según parece. Los aruacos, tribu
de las montañas, son más pequeños, más débiles, menos inteligentes
que los goajiros, tribu del llano; éstos son de una belleza
resplandeciente, aquellos feos y enfermizos; son pusilánimes, y
tiemblan ante la mirada de un español, mientras que los goajiros
son inaccesibles á todo temor, y en tres siglos de lucha han sabido
conservar su preciosa libertad.
Las dos tribus difieren también completamente en el color:
los goajiros tienen la piel de un rojo brillante como el
ladrillo; los aruacos son casi negros. Sus mujeres, siempre sucias
y fétidas, están vestidas con una especie de capotón de tela que
embaraza sus movimientos y las obliga á caminar á pasos cortos:
llevan á sus hijos sobre las espaldas, en un pequeño saco
suspendido de la frente por una faja. Penosamente encorvadas
equilibran este peso llevando las manos hacia adelante para tejer
las mochilas, y hacen, sin embargo, en un día jornadas de diez y
quince leguas por senderos escabrosos de la montaña: se diría que
son gigantescos didelfos llevando su progenitura en la espalda.
¡Qué diferencia entre estas desgraciadas mujeres y las bellas
goajiras, de mirada altiva, de seno desnudo, soberbiamente
envueltas en sus mantos y llevando á sus hijos á horcajadas en las
caderas! Aruacos y goajiros, que en toda tabla etnológica han sido
clasificados hasta ahora como una misma raza, difieren tanto los
unos de los otros como el francés difiere del tártaro. Por lo
demás, se aborrecen entre sí, y silos aruacos descienden rara vez
al llano, esto proviene sobre todo del terror que les inspiran los
otros pieles-rojas.
¿De qué región de la costa firme son originarios los aruacos?
Algunos pretenden que en otro tiempo habitaban las explanadas de
las riberas del Enea, y que huyeron á las montañas á la
aproximación de los españoles. El historiador Plaza, con más
apariencia de razón, los considera como un resto de la poderosa
tribu de los taironas, que ocupaba toda la costa desde el golfo de
Urabá hasta la embocadura del río Hacha. Pocigüeira, su plaza de
armas y su principal fortaleza, situada no lejos del lugar en que
hoy se levantan las chozas de San Miguel había sido edificada para
la protección de las minas de oro de Tairona, que habían dado su
nombre á la tribu. Los aruacos, hoy tan pobres, tenían en aquella
época oro en abundancia, y sus vasijas, aun las más groseras, eran
de ese metal. La tradición añade que conocían el arte de ablandar
todos los metales por medio de una yerba mágica y amasarlos como
los alfareros amasan la greda; muchos habitantes de Riohacha
afirman que han visto en la Sierra ornamentos de oro en los cuales
se reconoce distintamente la impresión de los dedos del fabricante.
Verdaderas é supuestas estas riquezas de los aruacos, exaltaron la
avaricia de los españoles.
En el año de 1527, el conquistador Palomino se ahogó en el río
que lleva su nombre, tratando de penetrar en la garganta de
Pocigüeira: tres años después Lerma, gobernador de Santa Marta,
renové sin gran suceso una tentativa de invasión; finalmente en
1552, Ursúa logró remontar los valles de la Sierra hasta las
poblaciones de los indios. La mayor parte de los aruacos huyeron, y
atravesaron los Andes y los llanos, y fueron á establecerse á
orillas del Orinoco, en donde se encuentran aun sus descendientes.
Algunos, sin embargo, se refugiaron al pie de las neveras y
lograron ocultar su retiro á los conquistadores españoles, que
buscaron en vano El Dorado de Tairona, y tuvieron que retirarse con
un botín insignificante.
En nuestros días el número de los aruacos no pasa probablemente
de un millar. En 1856, ascendían á poco menos de quinientos en los
dos pueblos mas considerables de la Sierra, San Antonio y San
Miguel. Tairona no es hoy otra cosa que una montaña sagrada, un
Olimpo donde residen misteriosas divinidades. Allí se encuentran,
al lado el uno del otro, el paraíso y el infierno allí resucitarán
todos los que mueren, y el hombre que sea bastante temerario para
aproximarse al terrible monte perecerá al instante mismo, y hará
compañía á aquellos cuya morada ha profanado. Con frecuencia los
muertos de Tairona sienten la necesidad de volver á ver á sus
parientes, á sus amigos ó á un animal querido que han dejado en la
tierra. Heridos inmediatamente por el soplo invisible de la muerte,
los seres que ellos han visitado no tardan en caer enfermos y
morir: así se explican las fiebres agudas y las muertes repentinas.
Á veces se oye mugir la montaña:
-¡Es la voz de los tesoros que habla! -dicen los aruacos. Como
una pintura que reaparece debajo de un estuco grosero, el antiguo
paganismo persiste entre los aruacos á despecho de las formas
católicas que les han sido impuestas por los españoles. Practican
las dos religiones, pero su corazón pertenece á la que heredaron de
sus padres y la siguen en secreto. Entre ellos ningún contrato es
válido si no ha sido ratificado por un encantamiento del
|mamma. Sus nombres cristianos no son otra cosa que nombres
oficiales, y cuando no temen ser escuchados por un español, se
llaman con sus nombres místicos.
Los aruacos son industriosos, y á pesar de su poca inteligencia,
saben muchas cosas que los goajiros, amantes de su libertad,
ignoran completamente. Es evidente que los educadores de los
aruacos han sido el frío y el hambre. Para vivir en esos elevados
valles de la Sierra, no basta á los indios recorrer las selvas y
recoger los frutos que caen: es necesario también que planten y
siembren, que levanten habitaciones y que fabriquen vestidos.
Venden á los tratantes cuerdas y sacos que tejen con la fibra de la
pita, y que saben teñir de diversos colores. Una corteza de árbol
llamado
|naula les da un inalterable color de hez de vino; de
igual modo una gramínea de flores amarillas les suministra un bello
color dorado que aplican á los tejidos por medio de un agente que
es necesario nombrar, puesto que desempeña entre los aruacos un
papel industrial importante. Este agente es la saliva, con la cual
preparan también el aguardiente, mascando la calla de azúcar, y
escupiendo dentro de una gran calabaza. Dicen que la chicha
fabricada por este procedimiento sumerge en una embriaguez mucho
más temible que la del aguardiente común. Felizmente los aruacos no
saben extraer aún de la pita ese licor que los mejicanos llaman
|puko. Bastante es pan corromperlos y matarlos lentamente, su
terrible chicha y el ron adulterado de los tratantes, para que se
les enseñe un nuevo sistema de suicidio.
Las tratantes, blancos ó negros, son el azote de los aruacos.
Hablan muy mal de los pobres indios, y esto por la sencilla razón
de que el opresor calumnia siempre al oprimido. Es verdad que los
aruacos son hipócritas como todos los débiles; pero esta hipocresía
no es perfidia, es la hipocresía de la semivulpa, que se hace la
muerta desde que uno la toca, por el temor de ser torturada y
comida. ¿Cómo puede admirar si los aruacos, siempre engañados y
pillados se vuelven recelosos y tímidos, y si los más atrevidos de
entre ellos tratan de vengarse? ¿Cómo admirar aun si su venganza es
la de la astucia? En lucha abierta llevarían, sin duda, la peor
parte, y les es forzoso ocultarse para hacer daño á sus poderosos
enemigos; sin embargo, cualquiera que sea su odio, son siempre
esclavos de sus deudas, y aun cuando el tratante, que les ha hecho
pagar por el aguardiente ocho ó diez veces más de su valor, muera,
los aruacos van á buscar á los herederos para pagarles íntegramente
el azúcar ó las cuerdas de pita que se han comprometido á dar. Las
traficantes lo saben y avanzan á veces á los indios de ciento á
doscientos pesos en sus malas mercaderías. Éstos nunca dejan de ser
deudores, y el vicio de la embriaguez, que se tiene el cuidado de
fomentar entre ellos, les impide salir del abismo.
Antiguamente, para hacerlos pagar más, se les amenazaba con
vender sus chozas ó sus cabañas; pero desde 1848 fueron abolidos el
embargo de los inmuebles y la prisión por deudas. Por
reconocimiento, por la fuerza de las tradiciones y por ese
antagonismo natural de las razas que lanza á todos los indios en el
partido liberal y á todos los blancos en el conservador, los
aruacos se han afiliado como un solo hombre bajo la bandera del
progreso. En las elecciones, todos los votos son para el candidato
avanzado, excepto el de Pan-de-leche, que se cree obligado por sus
riquezas y su título de caporal á llamarse conservador; pero su
ejemplo no arrastra á nadie, y se dice que en un día de escrutinios
fue arrojado de la iglesia, porque intentó turbar la votación
blandiendo su bastón de puño de oro. Es así como los
acontecimientos de 1848 han tenido su consecuencia hasta en las
montañas de la Sierra Nevada, y muchos indios que ignoraban el
nombre de la Francia, se apasionaban hasta el frenesí por
cuestiones que ella había promovido. Nada prueba mejor que los
pueblos son solidarios entre sí, que forman una cadena eléctrica y
se conmueven todos á la vez por el mismo choque.