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EL CAPORAL PAN-DE-LECHE - LOS ARUACOS
 


 

Pan-de-leche, á quien había tenido el honor de ver muchas veces en Riohacha, era un hombre pequeño, de color rojo oscuro y de rostro cruzado por innumerables arrugas. Por su andar desembarazado y por su mirada tranquila, se comprendía que era hombre rico y noble, orgulloso por descender de una larga serie de antepasados y satisfecho de la suerte que le había concedido riquezas en este mundo. Poseía en efecto una decena de bueyes, dos mulas, muchas plantaciones de caña de azúcar, y era el primero de los de su raza que en sus comidas gastaba el lujo de esos panes de leche á los cuales debía su nombre burlesco. Era el único entre los indios que podía prescindir de la intercesión de los avarientos tratantes españoles, y él mismo, seguido de sus propios bueyes cargados con los productos de sus campos, iba á cambiarlos á Dibulla, á Riohacha ó á otras localidades de la explanada. Ordinariamente gastaba el mismo traje que sus compatriotas, el sombrero de paja y la túnica azul de algodón; pero cuando bajaba á país español, tenía á honor presentarse con calzones cortos y una chaqueta de paño gris, grueso, con botones de cobre: podía tomársele por un provinciano de nuestra bella Francia.

Con el producto de su tráfico, había hecho edificar en el pueblo de San Antonio y en el centro de sus diversas plantaciones, numerosas casas, en cada una de las cuales había instalado á una de sus mujeres; él habitaba una cabaña, construida en el centro de la población mucho más vasta, si no mas cómoda que las de sus súbditos. Allí administraba justicia; toda discusión, todo proceso era decidido por él, y no había ejemplo de que los aruacos descontentos de sus decisiones hubiesen apelado al tribunal de Riohacha. Por otra parte, jamás se había embriagado en presencia de sus subordinados, para merecer así su estimación; cuando apuraba una botella de chicha, cerraba la puerta de su cabaña, y nadie osaba entonces turbar sus profundas meditaciones. Una sola desgracia había tenido Pan-de-leche en su vida: bañándose en el río del Hacha, un cocodrilo le había llevado la mano derecha de una tarascada; pero hombre advertido, convirtió esta desgracia en título de mayor gloria; había hecho fabricar inmediatamente una mano de hoja de lata, que por cortesía se había convenido en considerar como de plata, y desde entonces nunca salía sin poner en esta mano brillante un bastón con puño de oro que se balanceaba majestuosamente á su lado. Este bastón, célebre en toda la provincia de Riohacha, era una mano de justicia, un cetro real, una vara de mágico, y los aruacos no se atrevían á mirarla sino temblando. ¿Tenía alma?, ¿era un Dios? Pan-de-leche era el único que podía esclarecer este punto á sus súbditos; pero permanecía mudo respecto de este bastón misterioso que hacía de él un profeta y un rey.

Cuando nos presentamos á Pan-de-leche, el cacique se balanceaba en su hamaca; se levantó precipitadamente á fin de tomar una posición majestuosa y sentándose sobre un gran tronco de |macana¹ colocado en medio de la cabaña, nos indicó con el dedo otros asientos más pequeños al lado de la puerta. Según el uso antiguo de todos los que penetran en la Sierra, tratantes ó viajeros, fuimos á anunciar nuestra llegada

1 Planta arborescente de la especie |alsophila.

 

al jefe, á rogarle que nos acordara su alta protección y á pedirle la hospitalidad en una de sus cabañas. Pan-de-leche nos escuchaba con los ojos cerrados, y de tiempo en tiempo daba un pequeño gemido, como una persona dormida que sufre una pesadilla. De repente se levantó sin haber dado la menor respuesta, y colocando el célebre bastón en su mano de hoja de lata, salió de la cabaña y desapareció.

Nosotros nos interrogábamos con la vista y asombrados buscábamos la explicación de su conducta, cuando entró en la choza un aruaco y nos anuncié que estábamos en nuestra casa. Pan-de-leche nos había hecho el insigne honor de cedernos su propia cabaña, y se había trasladado á una de sus plantaciones. Inmediatamente después de su partida muchos indios, que esperaban con curiosidad el resultado de nuestra conferencia con el cacique, se precipitaron en la choza para comprar nuestras mercaderías. Bien pronto se formaron en el suelo pirámides de plátanos, avocateros, guayabas², malangas³, arracachas |4; pero la mayor parte de los indios, sin dejar de comprar bacalao, agujas y lana, parecían escandalizados de no ver aguardiente entre nuestros efectos. Jamás habían negociado con tratantes de nuestra especie.

La cabaña que debíamos habitar y que probablemente sirve aún de palacio al cacique de los aruacos, es de forma redonda, y puede medir cinco metros de puerta á puerta. Está construida de troncos de macanas clavados circularmente en el suelo y entrelazados con varías ramas. La cubre un enorme techo cónico de paja, sostenido en el interior por un sistema de vigas.

2 |Psidiúm pomiferum.
| 3 Maranta malanga.
| 4 Conium arracacha.

 

muy complicado. Es la única que entre las cabañas de los indios está provista de puertas, pero éstas no están aseguradas con cerrojos, y el viento que sopla las abre y las cierra á su sabor con gran ruido. Un zarzo de cañas-bravas, cubierto de paja, construido al rededor de la cabaña á la altura de un metro poco más ó menos es la cama del cacique y de sus huéspedes; dos piedras ennegrecidas colocadas en medio de la choza, al lado de la gran silla de honor de Pan-de-leche, sirven de fogón.

Las moradas de los otros aruacos son mucho más modestas que la de su cacique. Construidas al acaso en el terraplén de San Antonio, tienen exactamente la forma de grandes colmenas de abejas; las paredes se componen por lo general de cañas-bravas entrelazadas, y los techos de paja descienden tan bajo que para penetrar en el interior casi es necesario arrastrarse.

Una sola cabaña se distingue de las otras por el estilo de su arquitectura, y de lejos puede resistir una comparación con las construcciones de Riohacha. Cuando estuve allí, era habitada por dos damas españolas madre é hija. Ésta, herida en las fuentes mismas de la vida á consecuencia de un desgraciado amor y desahuciada por los médicos, había buscado un refugio entre los indios en el salubre valle de San Antonio; sus hermanos ambos carpinteros, le habían precedido para construirle esta casa, y su madre la había seguido para asistirla y disputársela á la muerte. Durante cinco años, esta madre había logrado prolongar la vida de su Conchita, joven admirablemente bella, que los aruacos veneraban como á la diosa de sus montañas. Por tales motivos salía raras veces de su albergue de tristeza y solamente se la veía en el dintel de la puerta á la hora en que el sol se ocultaba detrás de un promontorio al occidente. Entonces los expirantes rayos envolvían su delicado talle en una red de luz un reflejo de placer coloreaba ligeramente sus pálidas mejillas, como si hubiera encontrado por un momento la perdida dicha al contemplar el melancólico paisaje del valle, invadido ya por las sombras de la noche. Pero después de mi visita á la Sierra Nevada, creyendo Conchita que las heridas de su corazón estaban cerradas completamente, regresó á pesar de los consejos de su madre á Riohacha, para volver á ver á sus amigos. El placer de encontrarse en su patria la embriagó; estuvo poseída durante algunos días de una loca alegría, y recuperé con toda su fuerza su antigua salud, después inclinó la cabeza como una flor que se marchita y se durmió en el seno de la muerte.

El pueblo de San Antonio está situado á dos mil metros poco más ó menos sobre el nivel del mar, al pie de una montaña flanqueada de la cima á la base por mesetas ordenadas, como los escalones de una pirámide gigantesca, y ofrece á causa de esta disposición una ventaja inapreciable á los agricultores que quieran establecerse allí. Abajo del pueblo corre el rápido torrente de San Antonio; el valle que lleva el mismo nombre, se compone de hoyas circulares, separadas las unas de las otras por estrechos desfiladeros: cada una de estas hoyas, cubierta con una gruesa capa de tierra vegetal depositada por las aguas del lago que las llenó en otro tiempo, está admirablemente adaptada para la formación de un pueblo, y solamente espera el hacha y el arado para trasformarse en campos de una incomparable fecundidad. Así mismo el río Chiruá, que desemboca en el San Antonio á una pequeña distancia más abajo del pueblo, recorre extensas praderas naturales en las cuales se levantan los árboles en grupos suficientemente numerosos para suministrar maderas en abundancia á los futuros colonos; pero bastante claros para no ser un obstáculo al desmonte. Por todas partes, los valles y las montañas presentan terrenos á propósito para el cultivo, excepto hacia el norte, donde el Cerro-Plateado levanta sus rápidas escarpaduras de esquistas, siempre húmedas y lucientes como metal bruñido. Para fijarnos en algún valle de este dichoso país, solamente teníamos el embarazo de la elección.

Al | día siguiente de mi llegada á San Antonio, me dirigí solo hacia San Miguel, otro pueblo de indios, situado como á dos mil seiscientos metros de altura, sobre una explanada sin árboles, y sembrada de despojos. Menos rico y poblado que San Antonio, ha conservado mejor las tradiciones de los tiempos antiguos, y en sus inmediaciones, en medio de los peñascos amontonados de Cansamaría, se celebran aún los misterios sagrados. Al norte y al sur, dos barrancos estrechos y profundos, semejantes á los fosos de una ciudadela, separan el pueblo de los huertos y pastales de la meseta; por los otros dos lados, un vallado de plantas espinosas vivas impide el paso á los cerdos, perros, gallinas y otros animales domésticos; el mismo pueblo es un templo, y solamente los hombres tienen derecho á penetrar en él. Las calles empedradas están tan limpias como los embaldosados patios de un palacio, y las cabañas están rodeadas de flores: á primera vista, se nota que los tratantes españoles no penetran sino rara vez en este recinto sagrado y aún no han tenido tiempo de profanarlo, como lo han hecho en San Antonio. En el centro del pueblo se levanta una iglesia que casi puede decirse que es monumental, comparada con todos los otros edificios de San Miguel; es verdad que jamás se dice misa allí, y que su utilidad consiste únicamente en servir para las elecciones.

Cuando entré en el pueblo, me pareció completamente desierto; todas las cabañas estaban vacías; un silencio de muerte reinaba á mi rededor. Los indios, hombres y mujeres, estaban ocupados sin duda en sus plantaciones de plátanos y cañas, ó bien, como es de costumbre entre ellos en ciertas épocas, se habían reunido en algún rancho de la montaña para devorar algún buey. Fatigado como estaba, no podía esperar la vuelta de los indios para reclamar la hospitalidad; entré en un huerto en el cual cogí algunos plátanos, cuyo valor me propuse pagar después al propietario, y en seguida fui á instalarme cómodamente en una cabaña en que aún brillaba un resto de fuego.

Hacía como una ó dos horas que dormitaba, cuando pocos momentos antes de ponerse el sol oí resonar de repente una voz cerca de una cabaña vecina. Me levanté precipitadamente para presentarme á los recién venidos, pero me detuve al ver que iba á interrumpir una ceremonia religiosa. Seis aruacos estaban acurrucados en el empedrado de la calle y guardaban el más profundo silencio. Delante de ellos, un anciano con la cabeza desgreñada y el mirar extraviado, tendía sus brazos hacia las nieves que iluminaban los expirantes rayos del sol; enseguida se golpeaba el pecho, se pasaba la mano por la frente, hacía contorsiones diversas, gesticulaba horriblemente y pronunciaba palabras que me parecían incoherentes. A medida que las sombras subían la pendiente de la nevera, sus gesticulaciones eran más violentas, su voz mas ronca y dura; pero cuando la última llama que brillé en la cima del pico helado voló por el espacio, el anciano se calló repentinamente, su rostro se aflojé, sus facciones volvieron á ser humanas, y sin dirigirme una mirada volvió á entrar en la cabaña. Al mismo tiempo los seis aruacos acurrucados rompieron el silencio al cual estaban sometidos durante la ceremonia, y principiaron á hablar con una volubilidad sin igual.

Muchas mujeres, que estaban sentadas en el suelo á una distancia respetuosa, parecía que no habían tomado parte alguna en los ritos sagrados, sin duda porque sus nobles esposos no las juzgaban dignas de ellos, y á pesar de las contorsiones del |mamma habían continuado sus trabajos caseros ó sus cuidados de compostura. Yo era probablemente el primer blanco que jamás hubiesen visto; y sin embargo no se fijaron en mí ni por un instante, porque bajo el ojo celoso que las vigilaba, no tenían el derecho de manifestar curiosidad, y era indispensable que se conservaran en el estado de máquinas. Despreciadas en todos sentidos, no tienen el privilegio siquiera de habitar bajo el techo conyugal; viven y duermen en la cocina, habitación estrecha y baja, en la cual apenas pueden tenerse en pie. La mujer nunca se atreve á traspasar el dintel de la casa marital; coloca en la puerta el alimento que acaba de preparar y que el majestuoso marido le hace la gracia de aceptar con bondad. La mujer es la esclava del marido, y toda joven pobre que no encuentra un señor viene á ser, de derecho, propiedad del rico más inmediato. Se ve entre los aruacos, que la cuestión del pauperismo se resuelve por una tramitación sumaria, á lo menos en lo que concierne á la mujer. Es preciso confesar que en otras naciones más civilizadas, la solución del terrible problema es poco más ó menos la misma, á despecho de las complicaciones y de las sutilezas de la economía política.

Entré en la cabaña al mismo tiempo que los aruacos. El |mamma, mirándome siempre con desconfianza, no se digné saludarme siquiera, tal vez por haberlo sorprendido en el ejercicio de sus funciones religiosas. Felizmente llevaba conmigo una carta de introducción, dirigida por un caballero de Riohacha á su hermano de leche, Pedro Barliza, el único mestizo de San Miguel. Abrí la carta y yo mismo leí los elogios que ensalzaban mis cualidades y virtudes. Pedro Barliza era uno de los aruacos presentes; se apresuré á desearme la bienvenida y á ofrecerme una hamaca cerca del fuego. Aunque él era el único indio de aquella sociedad que entendía el español, mi carta no produjo menor efecto en sus compañeros que en él, para quienes en ella poseía yo un talismán soberano que hacía de mí un ser superior.

Me apoderé de la hamaca mientras que los indios se sentaron ó acurrucaron cerca del fuego. La llama, movida por el viento, luchaba con la oscuridad, que había invadido la cabaña, y las caras rojas de los indios, ocultándose en la sombra ó iluminándose con los reflejos del fogón, sucesivamente aparecían y desaparecían como espíritus evocados ó conjurados. Abrían y cerraban la boca con un movimiento acompasado y saboreaban voluptuosamente el |hayo |5.

Para esta tarea, en mucho la más importante de su vida, todos los aruacos llevan en la mano izquierda una pequeña calabaza que contiene cal en polvo. Toman de una especie de vejiga, semejante á la de nuestros fumadores, las hojas del hayo, en seguida las mastican para sacarles el jugo, que dejan caer de la boca al borde de la calabaza; después salpican de cal este líquido por medio de una pequeña varilla que mueven incesantemente en la mezcla, para producir una combinación más íntima de las dos sustancias. De vez en cuando llevan la varilla á la boca y chupan con delicia la mixtura corrosiva. Los indios y los negros del Perú hacen igualmente un gran uso del hayo, y pretenden que pueden ayunar durante una semana y aun más, siempre que se les dé una provisión suficiente de hojas de esta planta. El célebre naturalista Tschudi, cuyo testimonio no puede ser sospechoso, afirma que vio en varias ocasiones individuos que trabajaban durante mu-

5 |Erythroxylon coca. Es la coca de los peruanos, pequeño arbusto cuya hoja se asemeja á la de la acacia ó á la del índigo.

 

chos días consecutivos, contentándose con mascar hayo para reparar sus fuerzas. Los aruacos no conocen esta propiedad maravillosa de su planta favorita, y cuando hablé de ella á Pedro Barliza, largó una carcajada de incredulidad, de que participaron todos sus compañeros.

La conversación promovida con motivo del hayo, no decayó en muchas horas, gracias á la curiosidad de Barliza. Me abrumé á preguntas hechas en mal español, y traducía en seguida mis respuestas en lengua aruaca; cada una de éstas causaba al parecer la mayor admiración, que se manifestaba con grandes exclamaciones y risas prolongadas. En su conversación familiar, los aruacos no pueden terminar una frase sin lanzar un ¡ah! que indica la impotencia de su lenguaje, y que podría llamarse la envoltura del pensamiento: puede decirse que sus discursos, que retratan su naturaleza tanto cuanto es posible, solamente se componen de interjecciones. Después de escucharme parecían asombrados más allá de toda expresión, y apenas hacían oír vocales de admiración cantadas en todos los tonos de la escala. El asombro llegó á su colmo cuando encendí una cerilla química: á pesar de su título de electores y elegibles, á pesar del roce frecuente que tienen con los tratantes españoles, no habían visto aún esta maravilla de la industria moderna.

El gran sacerdote era el único que me escuchaba con cierto interés mezclado de repugnancia: comprendiendo sin duda que yo era un |mamma más sabio que él, desplegaba su labio superior Con afectado desdén. Continué sin dejar comprender que había notado la oposición del mágico, é hice un discurso en regla á mis nuevos amigos. Les hablé de España que les había traído la guerra, pero que les había dado también la caña de azúcar, el café y todos sus animales domésticos; en seguida encomié el poder de la Inglaterra, cuyas naves veían ellos algunas veces desde lo alto de sus montañas, semejantes á pequeños insectos patinando sobre la superficie de las aguas; les dije algo también sobre esos terribles |yankees; que ellos se representan como espantosos demonios que no tienen siquiera figura humana. Para hacerles comprender mis explicaciones, procuré trazarles en el suelo un pequeño mapa al resplandor de una antorcha encendida en el fogón; se inclinaron uno después de otro sobre esas bizarras líneas que aparentaban comprender. Si se quiere obrar con buen suceso sobre la aún inculta inteligencia de estos hijos de la naturaleza, es necesario valerse de un intérprete que pueda traducir nuestras ideas complejas en ideas infinitamente más sencillas y rudimentales. Por la intercesión de Barliza, mestizo que pertenecía á la vez á dos razas, mis palabras presentaban un sentido á los aruacos; pero ¡cuántas veces intenté más tarde, y en vano, hacerme entender de los indios de San Antonio que hablaban un poco de español! Experimenté también una gran dificultad para hacerles nombrar un objeto que ponía á su vista: me miraban por largo tiempo, repetían por muchas veces el nombre, balbuceaban algunas palabras ininteligibles, después me daban á entender, con una explosión de risa, que no me habían comprendido.

Generalmente se afirma que, guardando la debida proporción, los montañeses son más grandes, más fuertes, más intrépidos que los habitantes de las explanadas. No es así en el Estado del Magdalena, ni aun en la Nueva Granada entera, según parece. Los aruacos, tribu de las montañas, son más pequeños, más débiles, menos inteligentes que los goajiros, tribu del llano; éstos son de una belleza resplandeciente, aquellos feos y enfermizos; son pusilánimes, y tiemblan ante la mirada de un español, mientras que los goajiros son inaccesibles á todo temor, y en tres siglos de lucha han sabido conservar su preciosa libertad.

Las dos tribus difieren también completamente en el color:

los goajiros tienen la piel de un rojo brillante como el ladrillo; los aruacos son casi negros. Sus mujeres, siempre sucias y fétidas, están vestidas con una especie de capotón de tela que embaraza sus movimientos y las obliga á caminar á pasos cortos: llevan á sus hijos sobre las espaldas, en un pequeño saco suspendido de la frente por una faja. Penosamente encorvadas equilibran este peso llevando las manos hacia adelante para tejer las mochilas, y hacen, sin embargo, en un día jornadas de diez y quince leguas por senderos escabrosos de la montaña: se diría que son gigantescos didelfos llevando su progenitura en la espalda. ¡Qué diferencia entre estas desgraciadas mujeres y las bellas goajiras, de mirada altiva, de seno desnudo, soberbiamente envueltas en sus mantos y llevando á sus hijos á horcajadas en las caderas! Aruacos y goajiros, que en toda tabla etnológica han sido clasificados hasta ahora como una misma raza, difieren tanto los unos de los otros como el francés difiere del tártaro. Por lo demás, se aborrecen entre sí, y silos aruacos descienden rara vez al llano, esto proviene sobre todo del terror que les inspiran los otros pieles-rojas.

¿De qué región de la costa firme son originarios los aruacos? Algunos pretenden que en otro tiempo habitaban las explanadas de las riberas del Enea, y que huyeron á las montañas á la aproximación de los españoles. El historiador Plaza, con más apariencia de razón, los considera como un resto de la poderosa tribu de los taironas, que ocupaba toda la costa desde el golfo de Urabá hasta la embocadura del río Hacha. Pocigüeira, su plaza de armas y su principal fortaleza, situada no lejos del lugar en que hoy se levantan las chozas de San Miguel había sido edificada para la protección de las minas de oro de Tairona, que habían dado su nombre á la tribu. Los aruacos, hoy tan pobres, tenían en aquella época oro en abundancia, y sus vasijas, aun las más groseras, eran de ese metal. La tradición añade que conocían el arte de ablandar todos los metales por medio de una yerba mágica y amasarlos como los alfareros amasan la greda; muchos habitantes de Riohacha afirman que han visto en la Sierra ornamentos de oro en los cuales se reconoce distintamente la impresión de los dedos del fabricante. Verdaderas é supuestas estas riquezas de los aruacos, exaltaron la avaricia de los españoles.

En el año de 1527, el conquistador Palomino se ahogó en el río que lleva su nombre, tratando de penetrar en la garganta de Pocigüeira: tres años después Lerma, gobernador de Santa Marta, renové sin gran suceso una tentativa de invasión; finalmente en 1552, Ursúa logró remontar los valles de la Sierra hasta las poblaciones de los indios. La mayor parte de los aruacos huyeron, y atravesaron los Andes y los llanos, y fueron á establecerse á orillas del Orinoco, en donde se encuentran aun sus descendientes. Algunos, sin embargo, se refugiaron al pie de las neveras y lograron ocultar su retiro á los conquistadores españoles, que buscaron en vano El Dorado de Tairona, y tuvieron que retirarse con un botín insignificante.

En nuestros días el número de los aruacos no pasa probablemente de un millar. En 1856, ascendían á poco menos de quinientos en los dos pueblos mas considerables de la Sierra, San Antonio y San Miguel. Tairona no es hoy otra cosa que una montaña sagrada, un Olimpo donde residen misteriosas divinidades. Allí se encuentran, al lado el uno del otro, el paraíso y el infierno allí resucitarán todos los que mueren, y el hombre que sea bastante temerario para aproximarse al terrible monte perecerá al instante mismo, y hará compañía á aquellos cuya morada ha profanado. Con frecuencia los muertos de Tairona sienten la necesidad de volver á ver á sus parientes, á sus amigos ó á un animal querido que han dejado en la tierra. Heridos inmediatamente por el soplo invisible de la muerte, los seres que ellos han visitado no tardan en caer enfermos y morir: así se explican las fiebres agudas y las muertes repentinas. Á veces se oye mugir la montaña:

-¡Es la voz de los tesoros que habla! -dicen los aruacos. Como una pintura que reaparece debajo de un estuco grosero, el antiguo paganismo persiste entre los aruacos á despecho de las formas católicas que les han sido impuestas por los españoles. Practican las dos religiones, pero su corazón pertenece á la que heredaron de sus padres y la siguen en secreto. Entre ellos ningún contrato es válido si no ha sido ratificado por un encantamiento del |mamma. Sus nombres cristianos no son otra cosa que nombres oficiales, y cuando no temen ser escuchados por un español, se llaman con sus nombres místicos.

Los aruacos son industriosos, y á pesar de su poca inteligencia, saben muchas cosas que los goajiros, amantes de su libertad, ignoran completamente. Es evidente que los educadores de los aruacos han sido el frío y el hambre. Para vivir en esos elevados valles de la Sierra, no basta á los indios recorrer las selvas y recoger los frutos que caen: es necesario también que planten y siembren, que levanten habitaciones y que fabriquen vestidos. Venden á los tratantes cuerdas y sacos que tejen con la fibra de la pita, y que saben teñir de diversos colores. Una corteza de árbol llamado |naula les da un inalterable color de hez de vino; de igual modo una gramínea de flores amarillas les suministra un bello color dorado que aplican á los tejidos por medio de un agente que es necesario nombrar, puesto que desempeña entre los aruacos un papel industrial importante. Este agente es la saliva, con la cual preparan también el aguardiente, mascando la calla de azúcar, y escupiendo dentro de una gran calabaza. Dicen que la chicha fabricada por este procedimiento sumerge en una embriaguez mucho más temible que la del aguardiente común. Felizmente los aruacos no saben extraer aún de la pita ese licor que los mejicanos llaman |puko. Bastante es pan corromperlos y matarlos lentamente, su terrible chicha y el ron adulterado de los tratantes, para que se les enseñe un nuevo sistema de suicidio.

Las tratantes, blancos ó negros, son el azote de los aruacos. Hablan muy mal de los pobres indios, y esto por la sencilla razón de que el opresor calumnia siempre al oprimido. Es verdad que los aruacos son hipócritas como todos los débiles; pero esta hipocresía no es perfidia, es la hipocresía de la semivulpa, que se hace la muerta desde que uno la toca, por el temor de ser torturada y comida. ¿Cómo puede admirar si los aruacos, siempre engañados y pillados se vuelven recelosos y tímidos, y si los más atrevidos de entre ellos tratan de vengarse? ¿Cómo admirar aun si su venganza es la de la astucia? En lucha abierta llevarían, sin duda, la peor parte, y les es forzoso ocultarse para hacer daño á sus poderosos enemigos; sin embargo, cualquiera que sea su odio, son siempre esclavos de sus deudas, y aun cuando el tratante, que les ha hecho pagar por el aguardiente ocho ó diez veces más de su valor, muera, los aruacos van á buscar á los herederos para pagarles íntegramente el azúcar ó las cuerdas de pita que se han comprometido á dar. Las traficantes lo saben y avanzan á veces á los indios de ciento á doscientos pesos en sus malas mercaderías. Éstos nunca dejan de ser deudores, y el vicio de la embriaguez, que se tiene el cuidado de fomentar entre ellos, les impide salir del abismo.

Antiguamente, para hacerlos pagar más, se les amenazaba con vender sus chozas ó sus cabañas; pero desde 1848 fueron abolidos el embargo de los inmuebles y la prisión por deudas. Por reconocimiento, por la fuerza de las tradiciones y por ese antagonismo natural de las razas que lanza á todos los indios en el partido liberal y á todos los blancos en el conservador, los aruacos se han afiliado como un solo hombre bajo la bandera del progreso. En las elecciones, todos los votos son para el candidato avanzado, excepto el de Pan-de-leche, que se cree obligado por sus riquezas y su título de caporal á llamarse conservador; pero su ejemplo no arrastra á nadie, y se dice que en un día de escrutinios fue arrojado de la iglesia, porque intentó turbar la votación blandiendo su bastón de puño de oro. Es así como los acontecimientos de 1848 han tenido su consecuencia hasta en las montañas de la Sierra Nevada, y muchos indios que ignoraban el nombre de la Francia, se apasionaban hasta el frenesí por cuestiones que ella había promovido. Nada prueba mejor que los pueblos son solidarios entre sí, que forman una cadena eléctrica y se conmueven todos á la vez por el mismo choque.

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