LA CARAVANA
Hacía más de un año que habitaba en la Nueva Granada y conocía
ya las costumbres de los indígenas y los recursos agrícolas del
territorio; había adquirido numerosas y agradables relaciones, y
podía contar con las simpatías de mis nuevos conciudadanos, como su
fuera riohachero. Me pareció, pues, llegado el momento de realizar
mis planes de agricultura y de colonización en algún valle de la
Sierra Nevada. Don Jaime Chastaing, el carpintero francés, estaba
cada día más disgustado de su suerte y me rogó que lo aceptase como
socio, y tuve la debilidad de convenir. Pensé sencillamente que
había descubierto al fin su vocación á la avanzada edad de setenta
años, y que toda su adormecida actividad se había despertado
seriamente. Tampoco olvidé que iba á vivir en medio de los indios
aruacos, lejos de toda sociedad civilizada, y sin más compañía que
la naturaleza, algunos libros y mis proyectos. ¡Con qué dulzura,
pensaba, no resonará en mis oídos la lengua materna, hablada por un
compatriota en medio de esa soledad!
Antes de llevar á la Sierra Nevada los instrumentos de
agricultura, los utensilios y demás objetos que podían sernos
necesarios para una empresa agrícola, importaba desde luego hacer
un viaje de reconocimiento; pero las dificultades principiaron
desde el momento de partir. ¿Cómo haría yo para vivir en la Sierra,
entre esos indios que ignoran el valor de la moneda, y no venden
los frutos y las raíces sino en cambio de mercaderías? ¿Sería
preciso que llevase conmigo una caravana de asnos y mulas
conduciendo provisiones para un tiempo ilimitado, ó bien debí
resolverme á hacer el comercio de cambio como todos los españoles
que visitan la Sierra? Este medio era el más sencillo y cómodo,
porque me bastaría un solo animal para trasportar de montaña en
montaña mi pequeño almacén ambulante, compuesto, como el de todos
los otros tratantes, de algunas libras de bacalao, agujas y lanas
de diversos colores. De ordinario se vende también aguardiente á
los aruacos, y aun es el artículo que entre ellos tiene mejor
acogida. Como pretendía representar el papel de civilizador, rehusé
llevarles esta bebida funesta.
Hacia el principio del
|veranito¹
|
partí una mañana
muy temprano con Luisito, hijo de mi consocio don Jaime. Marchaba
yo á la cabeza de la caravana, seguía el modesto pollino con su
carga de fardos y después venía Luisito, que como era el primer
viaje que hacía, se creyó obligado á cargar con un parque completo:
un fusil, dos ó tres machetes, pistolas y cuchillos. Dos perros
guardaban los flancos de la caravana, o nos precedían levantando
los rabos á guisa de trompetas. Un tratante con quien habíamos
hablado la víspera nos informó que la playa estaba en el mejor
estado posible, y que era fácil pasar á vado todos los ríos. Así
principió, bajo los auspicios más favorables, un viaje que quizás
es útil referir con algunos detalles, porque todavía por mucho
tiempo las peripecias que ponen a prueba nuestra paciencia serán el
patrimonio de los emigrantes, sabios ó
|turistas, que visiten
la Sierra Nevada.
En dos ó tres pasos difíciles, es necesario evitar los
promontorios escarpados que se sumergen en las ondas; pero
|
1 Segunda estación de sequedad, que en el Estado del Magdalena
dura cerca de dos meses, de principios de noviembre hasta fines de
diciembre.
|
de resto se sigue la playa entre el mar bramador y las barrancas
ó las cadenas de dunas. La selva se presenta á corta distancia del
mar. Está poco provista, y en lo general se compone de zonas de
árboles espinosos rodeando algunos claros en que el comején
construye sus obeliscos y sus pirámides de mil galerías; mimosas
erizadas de espinas, cactos torcidos como serpientes al rededor de
los troncos, ó agazapados en las hendeduras del piso como otros
tantos escorpiones venenosos, ortigas gigantescas, y otras plantas
de las cuales cada fibra es un dardo, forman un obstáculo más
impenetrable aún que la exuberante vegetación de las selvas
vírgenes. Los únicos animales que viven en estos montes son las
serpientes, los lagartos y los pájaros. Por la tarde, los verdes
loros y
|periquitos se paran en ciertos árboles en tan grande
número que las ramas se doblan, y hasta la entrada de la noche
hacen un alboroto aturdidor, de que las conversaciones gañadoras de
nuestras urracas solamente dan una débil idea.
Caminamos resueltamente por la playa, saltando al barranco a
cada empuje de las olas, y bajando otra vez á la arena consolidada
por el retiro de las aguas. Después de seis horas de esta clase de
gimnasia, empezamos á experimentar fatiga. Los sofocantes rayos del
sol, reverberados por las blancas arenas y los barrancos, y
reflejados por la superficie del mar, nos envolvían en un calor
insoportable; una sed ardiente principiaba á devorarnos, y cuando
mi camarada agotó nuestra pequeña provisión de agua, principió á
lamentarse lastimosamente. Todos los medios acostumbrados en
semejantes casos fueron inútiles: las frutas algo agrias de los
cactos que encontrábamos de vez en cuando suspendidos en las
escarpas de los promontorios apenas nos refrescaban un instante la
garganta el agua del mar, de la cual nos llenabamos la boca,
solamente servía para escoriamos el paladar; la sed iba siempre en
aumento. Por fin, llegamos á la ensenada de la Guásima, que sirve
de puerto al gran pueblo de Camarones, situado en el interior de
las tierras, y mientras que mi compañero se tendió extenuado á la
sombra de una antigua palmera, fui á buscar una fuente que, me
habían dicho, brotaba á pequeña distancia de la Guásima. Se había
secado probablemente el día anterior, porque el suelo estaba húmedo
aún: ni una gota de agua siquiera había en el pilón. Regresé para
anunciar la triste nueva á Luisito, cuando levantando los ojos
hacia la copa de la palmera vi dos cocos medio ocultos por el
ramaje marchito. ¡Qué maravilloso hallazgo! El pobre árbol, el
único que había en la costa á diez leguas más al oeste de Riohacha,
estaba tan enclenque, había recibido de los pasajeros tantos
machetazos que no había pensado buscar frutas en él di un salto no
sin algún trabajo, y cogí los preciosos cocos. Cuando más tarde
volví á pasar por la Guásima, el cocotero parecía enteramente
muerto: es verdad que al pie de su tronco seco se había principiado
á edificar una especie de posada. Los viajeros no deben temer ya
morir de sed en esta playa ardiente: éste es un incontestable
progreso de la civilización granadina.
Más allá se extiende la gran laguna de Camarones, que comunica
con el mar por el canal de Navío-Quebrado, que á veces está
obstruido completamente por las arenas, y puede pasarse entonces á
pie y en seco; pero de ordinario es un río rápido que corre
alternativamente del mar hacia la laguna ó de la laguna hacia el
mar: nosotros lo encontramos con este segundo curso. Imposible
habría sido pasar esta corriente á causa de la fuerza de las olas y
de la movediza arena de la barra, que se resbala y hunde al
pisarla. Nos fue preciso subir hasta el interior de la laguna y
pasar á vado un barranco de arrecifes amarillentos que divisábamos
vagamente dentro del agua. Nuestro pasaje fue un verdadero
desastre; el asno se atolló, los fardos se largaron flotando, y
nosotros tuvimos que arrojarnos al agua para detenerlos. Empapados,
despedazados, con los pies heridos por las agudas puntas de los
arrecifes, llegamos al fin á la otra orilla con nuestro desgraciado
pollino y nuestros dos perros tan abatidos como nosotros. Luisito
había perdido sus pistolas y yo el calzado: tuve que resignarme á
continuar el camino con sandalias.
Al menos esperábamos pasar agradablemente la noche y reposar de
las fatigas del día en el rancho de Punta-Caricari, situado en un
promontorio á la extremidad de una extensa sabana rodeada de
lagunas; pero no habíamos contado con los mosquitos y los
|pitos, especie de escarabajo que se pasea sobre los que
duermen y los muerde hasta hacerles saltar la sangre. La noche
entera se pasó en tentativas de sueños frustrados y en paseos por
la orilla del mar, emprendidos con la vana esperanza de encontrar
un pequeño ancón que no estuviera infestado de cínifes. Además, el
pestilencial olor de algunos cadáveres de reses á medio devorar por
los gallinazos, nos perseguía por todas partes, y temíamos que este
olor atrayera las
|pumas ó
|leones que visitan con
demasiada frecuencia el rancho de Caricari.
¡Qué gozo cuando apareció la mañana fresca y deliciosa, como lo
es siempre en las regiones tropicales! Los árboles, las dunas, los
horizontes salían gradualmente de la media oscuridad que los
envolvía; el sol que se levantaba por encima de las lejanas selvas,
hizo saltar repentinamente de las ondas millares de chispas y doró
los contornos del horizonte. Doblamos el promontorio de
Punta-Tapias; á cada paso se desarrollaba hacia el oeste un nuevo
detalle del admirable panorama de las montañas. La cadena de la
Sierra Nevada, de la cual solamente habíamos visto el día anterior
las pendientes superiores y las nieves, se nos presentó
íntegramente de oriente á occidente, de la cima á la base como un
inmenso cuadro incrustado entre el azul del cielo y el de los
mares. A la izquierda una extensa bahía en forma de semicírculo
prolongaba hasta el pie de la Sierra su larga curva de blanca
arena, entre la extensión azul de las aguas y el verde cinturón de
las selvas Más allá se levantaban las primeras colinas, semejantes
á conos de verdura; en seguida se presentaban los variados campos,
cubiertos de bosques los unos, de prados los otros, y las cadenas
levantándose sobre las cadenas con sus degradaciones de luz, sombra
y lontananza. Detrás de este amontonamiento de montañas se dibujaba
en el cielo la línea erizada de picos de nieve resplandeciente. Al
oeste, la cadena proyectaba repentinamente en el mar el promontorio
de Punta-Maroma, agudo como una lanza, y parecía que, á
consecuencia de una espesa niebla, el promontorio se prolongaba á
lo léjos por encima de las ondas; era sin duda una de esas nubes
que forman remolineando millares de mariposas blancas. En la curva
de la bahía, de quince leguas de extensión, veíamos dos ó tres
cabañas que apenas podían distinguirse de los árboles que las
rodeaban. Esto es todo lo que recuerda al hombre en aquel inmenso
espacio. La vida animal misma no tenía más representantes que las
águilas revoloteando encima del mar. Una paz solemne reinaba en la
naturaleza. Solamente contrastaban con esta soberbia tranquilidad
del océano y de las montañas, algunas olas espumosas que saltaban
al rededor de un escollo á corta distancia hacia el norte de
Punta-Tapias. Á la verdad que este bello espectáculo me recompensó
muchas fatigas, y si mi largo viaje no me hubiera procurado ningún
otro goce, me creería con éste ampliamente indemnizado. ¿Cuándo
irán los
|touristas y los amantes de la naturaleza á esas
regiones de la América tropical para admirarlas? Nuestros pintores
han encontrado una rica mina que explotar en los desiertos de la
Palestina y del Egipto, y hace mucho tiempo que reproducen
felizmente las quemadas rocas y los rojos horizontes. ¡En América
encontrarán la luz del sol de Oriente, y además un resumen de la
naturaleza en esas sabanas sin límites, en esos pantanos sin fondo
que desaparecen bajo una capa de vegetación flotante, en esas
montañas nevosas de curvas á la vez tan elegantes como atrevidas, y
en esas selvas lujosamente compuestas de árboles de todas las zonas
y de todos los climas!
Ántes de llegar á la aldea de Manavita, teníamos que pasar el
Enea, el río más peligroso de toda la provincia, por la rapidez de
su corriente y sobre todo por los animales que lo pueblan,
cocodrilos, tiburones y rayas eléctricas. Según la opinión general,
que sin duda alguna está fundada en la experiencia de los siglos,
los cocodrilos son temibles en ciertos ríos, mientras que en otros
varios son comparativamente inofensivos y jamás atacan al hombre;
los viajeros que atraviesan sin temor el Perevere ó cualquiera otra
corriente de agua del país, no se atreverán jamás á pasar el Enea,
cuyos cocodrilos tienen fama de ser muy carnívoros. ¿De dónde
proviene esta voracidad particular que distingue á los caimanes del
Enea? ¿Acaso se encuentran en condición más favorable que en
cualquiera otra parte y tienen allí estos terribles
|saurtanos dimensiones más formidables que en cualquier otro
río? ó bien, ¿las aguas y las riberas están más despobladas, de
suerte que los cocodrilos se ven impelidos por el hambre a lanzarse
sobre toda clase de presas? Las rayas que frecuentan la embocadura
del Enea son quizás más peligrosas aún que los cocodrilos, porque
su primer contacto basta para producir el aturdimiento. Estos
terribles animales han hecho que casi se abandone la pesca de
perlas en la bahía de Panamá: en el año de 1854, diez y siete
negros pescadores de esa ciudad fueron muertos en el agua por las
descargas repentinas de aquellos animales.
Avanzábamos con cierto temor, porque cuando cruzábamos la
calzada de arena que separa del mar la primera de las dos bocas del
Enea, habíamos visto los grandes surcos trazados por el vientre de
un cocodrilo, y aunque generalmente estos animales sólo frecuentan
las aguas salobres, habíamos divisado tres que nadaban en el mar,
semejantes á troncos de árboles nudosos. Sin embargo debíamos pasar
sobre las barras de las dos embocaduras que delineaban á nuestra
derecha sus dobles y convexas líneas de escollos. En primer lugar
era necesario descargar el pollino, lanzarlo á través del agua y de
la espuma hasta la isla de arena que hay en medio del delta; en
segundo lugar, volver dos veces cada uno de nosotros para tomar los
fardos y los perros que estaban amedrentados por el tumulto de las
olas. Así que llegamos sanos y salvos á la isla con animales y
mercaderías, nos faltaba atravesar el segundo y principal brazo del
río. Tenía cerca de doscientos metros de ancho, pero en ninguna
parte el agua nos pasaba de los hombros, de manera que siempre nos
fue fácil hendería con los machetes para espantar con ellos á los
animales que hubieran pretendido aproximársenos con demasiada
curiosidad. Al fin logramos llegar sin contrariedad alguna á la
otra ribera; pero algunos minutos después, en el paso de un pequeño
lago en el cual creímos inútil ponernos á la defensiva, uno de
nuestros dos perros fue repentinamente atrapado por un cocodrilo,
dio un débil grito, y desapareció en el agua con su raptor.
Más allá del Enea nos fue preciso atravesar muchos arroyos ó
afluentes temporarios de pantanos que no nos presentaban otras
molestias que su fetidez de agua corrompida. Cosa curiosa, y que
prueba que en la naturaleza todo obedece á leyes inmutables, todas
esas aguas, lo mismo que el Enea, desembocan hacia el oeste,
evidentemente porque los vientos alisios, y las corrientes se
dirigen siempre de nordeste á sudeste, y con su incesante trabajo
forman una larga calzada de arena sobre la ribera oriental de las
diversas desembocaduras. Durante la estación lluviosa, los pantanos
situados entre los dos pueblos Punta del Diablo y Dibulla, dirigen
hacia el mar de diez á quince afluentes y todos ellos, sin
excepción, corren del este al oeste al través de las arenas antes
de derramarse en el océano.
En Dibulla, en donde algunos meses después debía pasar días bien
tristes, me detuve una hora apenas, y llegué con la noche á la
cabaña del Pantano, edificada sobre la playa en el punto mismo en
que el sendero de la Sierra se separa de la orilla del mar para
penetrar en el interior de las tierras. La cabaña tiene aquel
nombre por un pantano que debíamos atravesar al día siguiente:
inútil es decir que la existencia es un verdadera martirio en esta
miserable choza; entre todos los del golfo, el ancón vecino ha
merecido el nombre de Rincón Mosquito.
La Sierra Nevada está defendida por casi todos sus lados con una
zona de pantanos que montones de piedras y escombros separan de los
llanos circunvecinos. Estas aglomeraciones de piedras y guijarros
¿han sido formadas por sucesivas avenidas de agua, descendidas como
un diluvio de las gargantas de la montaña, arrastrando consigo
diques flotantes de grandes pedazos arrancados de los flancos de la
roca viva?, ¿ó bien son verdaderas
|morenas y deben probarnos
que la zona tropical ha tenido también su período de yelos y
escarchas? Esta es una cuestión que el estado actual de la ciencia,
y las raras exploraciones hechas en la Sierra Nevada no permiten
resolver; pero es indudable que estos montecillos de escombros son
en realidad terrenos de acarreo arrastrados allí en una época en
que los agentes geológicos, hoy muy debilitados, tenían toda su
fuerza. Apenas se sale de la cabaña del Pantano, se sube una de
estas
|morenas en que crecen árboles espinosos en medio de
las piedras; después se baja á una extensa sabana en que hay
esparcidos bosquecillos de tuliperos
|(liriodendron), algunas
palmeras y manojos de juncos gigantescos: ahí principian los
pantanos.
Durante las estaciones lluviosas, la gran abundancia de aguas
reunidas en esta hoyada rompe en algunos lugares las cadenas de
dunas que las separa del mar: entonces es muy fácil atravesarlas,
porque en vez de aguas estancadas hay arroyos comparativamente
claros; pero durante la sequedad, las olas marinas forman un nuevo
cordón litoral á la embocadura de los pantanos, las aguas que han
descendido de la montaña se acumulan en estos receptáculos y los
trasforman en cenegales infectos habitables solamente por los
cocodrilos y otros reptiles horrorosos. Emprendimos nuestro viaje
precisamente en la estación seca. El pantano exhalaba miasmas y
extendía á lo lejos su capa de agua fangosa. Una abertura trazada
por entre los juncos nos indicaba por donde seguía el sendero, y á
pesar del disgusto que nos producía el aspecto de estas ciénagas,
era forzoso atravesar el líquido caliente y viscoso, en el cual
nuestra imaginación se representaba innumerables reptiles. Á medida
que avanzábamos, el fondo era más fangoso, cada una de nuestras
pisadas levantaba tufos pestilenciales que nos penetraban hasta la
garganta, y bien pronto nos encontramos sumergidos hasta los
hombros en una laguna fétida, removiendo con los pies el fango que
se resbalaba gradualmente bajo nuestro peso, y levantando además
los vestidos por encima de la superficie del agua. Más adelante la
laguna prolongaba aún su tranquila superficie entre dos grupos de
juncos impenetrables, sobre los cuales grandes árboles sin hojas
proyectan largas ramas semejantes á los brazos de una horca; todas
las señales que indicaban la existencia del sendero desaparecieron,
y no pudimos dar un paso más hacia adelante sino confiándonos al
acaso. Felizmente nuestro asno, que había quedado detrás de
nosotros y olfateaba el espacio con terror, rehusó avanzar; nos
fue, pues, forzoso deshacer camino y volver hasta la playa por
entre el pantano.
El propietario de la cabaña del Pantano, anciano ciego y
leproso, no podía mostrarnos el camino; pero en cambio de nuestro
pollino convino en prestarnos un buey que había hecho ya muchos
viajes á la Sierra, y que podía ser para nosotros un excelente
guía. En efecto, cuando llegamos al centro de la laguna, este
animal se volvió repentinamente á la derecha, pasó por entre dos
hileras de juncos, cuya salida no habíamos percibido nosotros, y
nos llevó al fin á una punta de tierra firme entre dos bahías
profundas.
Se camina como una hora para cruzar la explanada pantanosa que
se extiende circularmente al pie de la Sierra. Un aire más fresco y
menos húmedo, el murmullo de las aguas corrientes, el canto de las
aves, la belleza de la vegetación, anunciaron repentinamente el
cambio de zona. Por encima de nuestras cabezas se cruzaban los
penachos de las palmeras ligados unos á otros por un sistema
intrincado de enredaderas; los bejucos subían, como husos de
verdura, de las ramas y de las hojas; innumerables
|orquideas
adhiriéndose á las ramas con mil garras abrían alrededor de
nosotros sus extrañas flores; algunos árboles caídos de puro viejos
desaparecen bajo una red de hojas y flores, y no pocos troncos que
aún se conservan en pie, están también ocultos bajo las hojas de
los
|matapalos y
|copeys² terriblemente estrechados.
Los nidos del ave
|gonzalito³ suspendidos como frutos, se
balancean aquí y allá, en cuerdas de verdura, sobre el húmedo
suelo; las hormigas conducen un pedazo de hoja verde cada una y en
interminables procesiones se dirigen á sus ciudades subterráneas.
Un ruido universal formado por el concierto de gritos, cantos,
murmullos ó soplos, escapados de miríadas de insectos y de larvas
que viven bajo las cortezas, sobre las hojas, en el aire y bajo las
piedras, llena el espacio. Indudablemente, en esta naturaleza tan
libre y tan llena de vida, en donde los pasos y la voz del hombre
parecen una profanación, es necesario ser muy orgulloso para que
alguien se atreva á llamarse el rey de las criaturas.
Después de subir una de las primeras pendientes, se llega al
rancho del Volador, llamado así por un árbol
|4, que
extiende sus grandes ramas por encima del techo. Este rancho ha
sido construido por los indios aruacos para dar abrigo á los
desgraciados viajeros á quienes la fatiga, la tempestad ó la
creciente de los ríos no les permite continuar su camino;
desgraciados, he dicho, porque es casi imposible permanecer en el
Volador, gracias á los innumerables insectos y otros animales que
los neo-granadinos designan con el nombre general de
|plaga.
En primer lugar los mosquitos de todas clases que en alegres
torbellinos danzan incesantemente en la sombra, cubren por centenas
la menor superficie de la piel que se deje á descubierto, y para
desembarazarse de ellos, es necesario entregarse
|
2
|Ficus dendrocida, clusia alba, parásitas que rodean
los árboles como una nueva corteza, viven de su savia y los
ahogan.
|
|
3 Oropéndola. N. del T.
|
|
4
|Girocarpus americanus
|
sin descanso á una gimnasia desesperada y correr de aquí para
allá como un loco. Hacia la noche, cuando los millares de mosquitos
están repletos de sangre humana, sus enjambres desaparecen por
grados, para ser reemplazados en seguida por nubes de zancudos,
enormes cínifes de dardo de cerca de un centímetro de largo, que á
su turno vienen á tomar parte en la tarea. ¿Cómo escapar de ellos
durante la noche? Su aguijón alcanza hasta la carne al través de
los vestidos, y sea que uno se agite con furor, sea que se procure
el reposo vanamente, no está por eso más á cubierto de esos
insaciables bebedores de sangre. Por la mañana los zancudos
desaparecen á su turno, pero otra legión de mosquitos está pronta
como un relevo para sucederles y apenas ha podido uno respirar un
instante cuando ya está envuelto en un nuevo torbellino de
enemigos. Hay también cínifes que jamás descansan, entre otros el
|jején insecto imperceptible que apenas se siente bajo el
dedo que lo aplasta; y una especie de mosquito cuyo dardo funciona
como una ventosa y deja una pequeña mancha de sangre coagulada, que
se conserva por algunas semanas. Si uno permanece expuesto largo
tiempo á los ataques de estos insectos, la cara completamente
hinchada por sus picaduras adquiere en seguida un aspecto
deforme.
Estos terribles mosquitos no son sin embargo el más temible
azote del volador y de las regiones que se le asemejan. Las
garrapatas son allí tan numerosas que forman á las plantas como una
segunda corteza, y si uno cae en medio de una de sus tribus se ve
cubierto inmediatamente de estos animalillos, que se sirven de sus
patas agudas para introducirse en el cuerpo: es inútil tratar de
desembarazarse de ellas; se llenan de sangre lentamente y hasta dos
ó tres días después, cuando se han trasformado en pequeñas vejigas
rojas, se desprenden por sí mismas como frutas maduras. En cuanto á
las grandes, llamadas
|barberas en el enérgico lenguaje del
país, se introducen hasta la carne viva, y solamente pueden
extraerse con la punta de una navaja
|5.
Mientras que el viajero brega en vano contra los mosquitos y las
garrapatas, otro insecto se introduce pérfidamente debajo de las
uñas de los pies y se fabrica allí una pequeña celda: es la
|nigua
|6
. Por rareza se nota al principio la
invasión de este insecto, pero poco á poco se va sintiendo una
pequeña comezón seguida al fin de un dolor agudo. El animal crece
rápidamente adherido al pie y en pocos días alcanza el volumen de
una arveja. Á uno mismo le es imposible extraerlo; es necesario
acudir á algún habitante de la Sierra que tenga la habilidad de
esta clase de extracciones, para las cuales se introduce
delicadamente una aguja en el pie, se agranda lentamente la herida,
y, con presiones ligeras, logra hacer caer al suelo la nigua; si
por casualidad se pica la delicada tela de este insecto, los huevos
se esparcen inmediatamente en el hueco que él mismo ha formado, y
toda una familia de niguas se desarrolla en medio de las carnes
vivas. En algunas partes del Brasil en donde este insecto es
también conocido como en la Sierra Nevada, los que dan hospitalidad
á los viajeros se arrodillan por la noche delante de éstos y les
examinan los pies para extraerles las niguas que se les hubieren
podido introducir. Los aruacos andan siempre con los pies desnudos,
y muchos de entre ellos no tienen ya ni uñas, ni dedos, ni pie:
todo ha sido devorado por el o
|estrus humanus.
|
5 Refirieron á M. A. Demersay que en el Paraguay, desde su
aparición en 1836 hasta el año de 1846, las garrapatas habían hecho
perecer doscientos mil caballos y dos millones de ganado de
astas.
|
|
6 (
|Estrus humanus pulex penetrans ó morsitans.
|
Á las torturas causadas por todos estos insectos que se ligan
contra los pobres viajeros refugiados en el rancho del Volador, es
necesario añadir aún el riesgo de ser picado ó mordido por los
escorpiones, serpientes, arañas migales, escolopendras ó
cientopiés, animales que á veces tienen hasta medio pie de
longitud. Las bestias de carga se ven hostigadas especialmente por
vampiros que giran silenciosamente por encima de ellas y que se
colocan sobre las llagas de los lomos y les chupan ávidamente la
sangre. A veces basta una sola noche para matar á un caballo ó á un
toro.
El riachuelo que corre al lado de la cabaña del Volador arrastra
en sus arenas gran cantidad de partículas de oro; pero todas las
tentativas que se han hecho para recogerlas se han frustrado; ha
sido necesario huir ante los mosquitos. El vice-cónsul francés de
Riohacha, que obtuvo la concesión de los
|placeres del
Volador, había trasportado allí, dos años antes, una tienda de gasa
muy ingeniosamente dispuesta. Durante dos días, trató de vivir bajo
este abrigo para vigilar el trabajo de sus obreros; éstos llevaban
guantes y tenían cubierto el rostro con un velo; pero al fin del
segundo día, señor y obreros abandonaron de común acuerdo su
empresa tan fatigante como lucrativa. Andando el tiempo, un
italiano ávido que había obtenido permiso del vice-cónsul para
lavar las arenas auríferas del volador, no pudo trabajar dos días
completos siquiera, y dejó el oficio después de haber recogido un
valor como de diez pesos. Los únicos seres humanos que podrían
explotar impunemente el riachuelo del Volador, porque están
protegidos por una concha de lepra
|7, los habitantes de
Dibulla y
de los pueblos vecinos, son justamente los únicos que no se
cuidan de aumentar sus riquezas.
Por fortuna no teníamos motivo alguno para detenernos en el
rancho del Volador, y marchamos tanto más rápidamente cuanto que
queríamos llegar al próximo campamento antes que estallara la
tormenta que de ordinario se desata todos los días en los valles de
la Sierra Nevada, entre dos y cuatro de la tarde. El sendero sigue
primero la cuchilla, lomo granítico de mil ochocientos metros de
altura; en seguida cruza varios arroyos demasiado peligrosos en la
estación de las lluvias, y rodea una hoyada de una fertilidad
exuberante en que existía tres siglos ha un pueblo de indios
llamado Bonga. Más allá corre el torrente de Santa Elena, el más
ancho de la región de las montañas nevosas. Cuando nuestra pequeña
caravana llegó al borde de este torrente, la tempestad principiaba
á mugir, y las hojas de los árboles temblaban bajo el viento
impetuoso que precede siempre á la lluvia. Nuestro buey entró
filosóficamente en el agua y se mantuvo firme de piernas contra la
violencia de la corriente. La buena idea de saltar sobre el lomo
del animal y de hacernos trasportar así hasta la otra orilla nos
vino muy tarde, y le seguimos paso á paso tratando de introducir
los pies entre las piedras y oponiendo todo el peso de nuestros
cuerpos á la masa de agua furiosa. Arrastrados más de una vez por
entre las piedras, nos agarrábamos con gran trabajo en las partes
cubiertas de espuma, y en fin, llegamos al otro lado casi exánimes,
y habiendo perdido una parte de nuestro equipaje. En cuanto á mí,
hube de perder las sandalias, y me vi obligado á continuar la
marcha con los pies descalzos; pero esta pérdida me fue
indiferente, porque logré salvar á mi perro que corrió el riesgo de
ser arrastrado por las aguas.
Algunos minutos después, llegamos á la cabaña de Cuesta Basilio.
Mi camarada se ocupó de la cocina, y yo cortaba los helechos que
debían servirnos de camas, cuando volviéndome noté que mi perro no
estaba en la cabaña. Á pesar de la tempestad que acababa de
estallar, volví sobre mis pasos, exploré corriendo el sendero por
el cual habíamos venido y que la lluvia había convertido en un
arroyo; en los intervalos de silencio de trueno á trueno, llamaba
al perro, pero éste no respondía, y no pude descubrirlo hasta el
borde del torrente de Santa Clara. Sin duda que helado de terror y
espanto el pobre animal, no había tenido fuerzas para seguirnos.
Algunos días después, á mi vuelta de los pueblos de indios, vi
sobre un montón de hojas sus blancos huesos. El pollino que había
dejado donde el ciego del Pantano había muerto también, picado por
las arañas. Así los tres animales que habíamos llevado de Riohacha
habían sucumbido miserablemente.
Es inútil describir aquí nuestro viaje del día siguiente:
fatigas semejantes á las del día anterior; pero los paisajes eran
más grandiosos á medida que avanzábamos en el corazón de la Sierra,
y la magnificencia de la escena me hacía olvidar que marchaba
descalzo por senderos trazados sobre granito. Los frutos de
corpulentos
|avocateros caídos por millares en el suelo,
formaban una especie de lodo fragante que nuestras pisadas
removían; montes de palmeras, helechos arborescentes, campos de
bihaos y cañas silvestres y prados matizados de flores se
levantaban en suaves pendientes hacia las montañas. Desde estos
extensos claros pueden contemplarse las selvas en toda su belleza,
se las ve nacer en las estrechas gargantas, descender serpenteando
al fondo de los valles, unirse en éstos como los torrentes que las
riegan, formar después un río de verdura y perderse en el inmenso
llano cubierto con un velo de vapor azulado.
En fin, llegamos á la garganta de Caracasaca, siguiendo un
antiguo camino enlozado con baldosas de granito, resto de la
perdida civilización de los taironas; atravesamos el torrente
Chirúa por un puente suspendido que construyeron los aruacos, y
llegamos al pedregoso terraplén en que se levantan las chozas del
pueblo de indios llamado San Antonio y su arruinada iglesia.
Algunos minutos después, estábamos en la cabaña de
|Pande-leche el célebre cacique ó caporal de los aruacos.