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LA CARAVANA
 


 

Hacía más de un año que habitaba en la Nueva Granada y conocía ya las costumbres de los indígenas y los recursos agrícolas del territorio; había adquirido numerosas y agradables relaciones, y podía contar con las simpatías de mis nuevos conciudadanos, como su fuera riohachero. Me pareció, pues, llegado el momento de realizar mis planes de agricultura y de colonización en algún valle de la Sierra Nevada. Don Jaime Chastaing, el carpintero francés, estaba cada día más disgustado de su suerte y me rogó que lo aceptase como socio, y tuve la debilidad de convenir. Pensé sencillamente que había descubierto al fin su vocación á la avanzada edad de setenta años, y que toda su adormecida actividad se había despertado seriamente. Tampoco olvidé que iba á vivir en medio de los indios aruacos, lejos de toda sociedad civilizada, y sin más compañía que la naturaleza, algunos libros y mis proyectos. ¡Con qué dulzura, pensaba, no resonará en mis oídos la lengua materna, hablada por un compatriota en medio de esa soledad!

Antes de llevar á la Sierra Nevada los instrumentos de agricultura, los utensilios y demás objetos que podían sernos necesarios para una empresa agrícola, importaba desde luego hacer un viaje de reconocimiento; pero las dificultades principiaron desde el momento de partir. ¿Cómo haría yo para vivir en la Sierra, entre esos indios que ignoran el valor de la moneda, y no venden los frutos y las raíces sino en cambio de mercaderías? ¿Sería preciso que llevase conmigo una caravana de asnos y mulas conduciendo provisiones para un tiempo ilimitado, ó bien debí resolverme á hacer el comercio de cambio como todos los españoles que visitan la Sierra? Este medio era el más sencillo y cómodo, porque me bastaría un solo animal para trasportar de montaña en montaña mi pequeño almacén ambulante, compuesto, como el de todos los otros tratantes, de algunas libras de bacalao, agujas y lanas de diversos colores. De ordinario se vende también aguardiente á los aruacos, y aun es el artículo que entre ellos tiene mejor acogida. Como pretendía representar el papel de civilizador, rehusé llevarles esta bebida funesta.

Hacia el principio del |veranito¹ | partí una mañana muy temprano con Luisito, hijo de mi consocio don Jaime. Marchaba yo á la cabeza de la caravana, seguía el modesto pollino con su carga de fardos y después venía Luisito, que como era el primer viaje que hacía, se creyó obligado á cargar con un parque completo: un fusil, dos ó tres machetes, pistolas y cuchillos. Dos perros guardaban los flancos de la caravana, o nos precedían levantando los rabos á guisa de trompetas. Un tratante con quien habíamos hablado la víspera nos informó que la playa estaba en el mejor estado posible, y que era fácil pasar á vado todos los ríos. Así principió, bajo los auspicios más favorables, un viaje que quizás es útil referir con algunos detalles, porque todavía por mucho tiempo las peripecias que ponen a prueba nuestra paciencia serán el patrimonio de los emigrantes, sabios ó |turistas, que visiten la Sierra Nevada.

En dos ó tres pasos difíciles, es necesario evitar los promontorios escarpados que se sumergen en las ondas; pero

1 Segunda estación de sequedad, que en el Estado del Magdalena dura cerca de dos meses, de principios de noviembre hasta fines de diciembre.

 

de resto se sigue la playa entre el mar bramador y las barrancas ó las cadenas de dunas. La selva se presenta á corta distancia del mar. Está poco provista, y en lo general se compone de zonas de árboles espinosos rodeando algunos claros en que el comején construye sus obeliscos y sus pirámides de mil galerías; mimosas erizadas de espinas, cactos torcidos como serpientes al rededor de los troncos, ó agazapados en las hendeduras del piso como otros tantos escorpiones venenosos, ortigas gigantescas, y otras plantas de las cuales cada fibra es un dardo, forman un obstáculo más impenetrable aún que la exuberante vegetación de las selvas vírgenes. Los únicos animales que viven en estos montes son las serpientes, los lagartos y los pájaros. Por la tarde, los verdes loros y |periquitos se paran en ciertos árboles en tan grande número que las ramas se doblan, y hasta la entrada de la noche hacen un alboroto aturdidor, de que las conversaciones gañadoras de nuestras urracas solamente dan una débil idea.

Caminamos resueltamente por la playa, saltando al barranco a cada empuje de las olas, y bajando otra vez á la arena consolidada por el retiro de las aguas. Después de seis horas de esta clase de gimnasia, empezamos á experimentar fatiga. Los sofocantes rayos del sol, reverberados por las blancas arenas y los barrancos, y reflejados por la superficie del mar, nos envolvían en un calor insoportable; una sed ardiente principiaba á devorarnos, y cuando mi camarada agotó nuestra pequeña provisión de agua, principió á lamentarse lastimosamente. Todos los medios acostumbrados en semejantes casos fueron inútiles: las frutas algo agrias de los cactos que encontrábamos de vez en cuando suspendidos en las escarpas de los promontorios apenas nos refrescaban un instante la garganta el agua del mar, de la cual nos llenabamos la boca, solamente servía para escoriamos el paladar; la sed iba siempre en aumento. Por fin, llegamos á la ensenada de la Guásima, que sirve de puerto al gran pueblo de Camarones, situado en el interior de las tierras, y mientras que mi compañero se tendió extenuado á la sombra de una antigua palmera, fui á buscar una fuente que, me habían dicho, brotaba á pequeña distancia de la Guásima. Se había secado probablemente el día anterior, porque el suelo estaba húmedo aún: ni una gota de agua siquiera había en el pilón. Regresé para anunciar la triste nueva á Luisito, cuando levantando los ojos hacia la copa de la palmera vi dos cocos medio ocultos por el ramaje marchito. ¡Qué maravilloso hallazgo! El pobre árbol, el único que había en la costa á diez leguas más al oeste de Riohacha, estaba tan enclenque, había recibido de los pasajeros tantos machetazos que no había pensado buscar frutas en él di un salto no sin algún trabajo, y cogí los preciosos cocos. Cuando más tarde volví á pasar por la Guásima, el cocotero parecía enteramente muerto: es verdad que al pie de su tronco seco se había principiado á edificar una especie de posada. Los viajeros no deben temer ya morir de sed en esta playa ardiente: éste es un incontestable progreso de la civilización granadina.

Más allá se extiende la gran laguna de Camarones, que comunica con el mar por el canal de Navío-Quebrado, que á veces está obstruido completamente por las arenas, y puede pasarse entonces á pie y en seco; pero de ordinario es un río rápido que corre alternativamente del mar hacia la laguna ó de la laguna hacia el mar: nosotros lo encontramos con este segundo curso. Imposible habría sido pasar esta corriente á causa de la fuerza de las olas y de la movediza arena de la barra, que se resbala y hunde al pisarla. Nos fue preciso subir hasta el interior de la laguna y pasar á vado un barranco de arrecifes amarillentos que divisábamos vagamente dentro del agua. Nuestro pasaje fue un verdadero desastre; el asno se atolló, los fardos se largaron flotando, y nosotros tuvimos que arrojarnos al agua para detenerlos. Empapados, despedazados, con los pies heridos por las agudas puntas de los arrecifes, llegamos al fin á la otra orilla con nuestro desgraciado pollino y nuestros dos perros tan abatidos como nosotros. Luisito había perdido sus pistolas y yo el calzado: tuve que resignarme á continuar el camino con sandalias.

Al menos esperábamos pasar agradablemente la noche y reposar de las fatigas del día en el rancho de Punta-Caricari, situado en un promontorio á la extremidad de una extensa sabana rodeada de lagunas; pero no habíamos contado con los mosquitos y los |pitos, especie de escarabajo que se pasea sobre los que duermen y los muerde hasta hacerles saltar la sangre. La noche entera se pasó en tentativas de sueños frustrados y en paseos por la orilla del mar, emprendidos con la vana esperanza de encontrar un pequeño ancón que no estuviera infestado de cínifes. Además, el pestilencial olor de algunos cadáveres de reses á medio devorar por los gallinazos, nos perseguía por todas partes, y temíamos que este olor atrayera las |pumas ó |leones que visitan con demasiada frecuencia el rancho de Caricari.

¡Qué gozo cuando apareció la mañana fresca y deliciosa, como lo es siempre en las regiones tropicales! Los árboles, las dunas, los horizontes salían gradualmente de la media oscuridad que los envolvía; el sol que se levantaba por encima de las lejanas selvas, hizo saltar repentinamente de las ondas millares de chispas y doró los contornos del horizonte. Doblamos el promontorio de Punta-Tapias; á cada paso se desarrollaba hacia el oeste un nuevo detalle del admirable panorama de las montañas. La cadena de la Sierra Nevada, de la cual solamente habíamos visto el día anterior las pendientes superiores y las nieves, se nos presentó íntegramente de oriente á occidente, de la cima á la base como un inmenso cuadro incrustado entre el azul del cielo y el de los mares. A la izquierda una extensa bahía en forma de semicírculo prolongaba hasta el pie de la Sierra su larga curva de blanca arena, entre la extensión azul de las aguas y el verde cinturón de las selvas Más allá se levantaban las primeras colinas, semejantes á conos de verdura; en seguida se presentaban los variados campos, cubiertos de bosques los unos, de prados los otros, y las cadenas levantándose sobre las cadenas con sus degradaciones de luz, sombra y lontananza. Detrás de este amontonamiento de montañas se dibujaba en el cielo la línea erizada de picos de nieve resplandeciente. Al oeste, la cadena proyectaba repentinamente en el mar el promontorio de Punta-Maroma, agudo como una lanza, y parecía que, á consecuencia de una espesa niebla, el promontorio se prolongaba á lo léjos por encima de las ondas; era sin duda una de esas nubes que forman remolineando millares de mariposas blancas. En la curva de la bahía, de quince leguas de extensión, veíamos dos ó tres cabañas que apenas podían distinguirse de los árboles que las rodeaban. Esto es todo lo que recuerda al hombre en aquel inmenso espacio. La vida animal misma no tenía más representantes que las águilas revoloteando encima del mar. Una paz solemne reinaba en la naturaleza. Solamente contrastaban con esta soberbia tranquilidad del océano y de las montañas, algunas olas espumosas que saltaban al rededor de un escollo á corta distancia hacia el norte de Punta-Tapias. Á la verdad que este bello espectáculo me recompensó muchas fatigas, y si mi largo viaje no me hubiera procurado ningún otro goce, me creería con éste ampliamente indemnizado. ¿Cuándo irán los |touristas y los amantes de la naturaleza á esas regiones de la América tropical para admirarlas? Nuestros pintores han encontrado una rica mina que explotar en los desiertos de la Palestina y del Egipto, y hace mucho tiempo que reproducen felizmente las quemadas rocas y los rojos horizontes. ¡En América encontrarán la luz del sol de Oriente, y además un resumen de la naturaleza en esas sabanas sin límites, en esos pantanos sin fondo que desaparecen bajo una capa de vegetación flotante, en esas montañas nevosas de curvas á la vez tan elegantes como atrevidas, y en esas selvas lujosamente compuestas de árboles de todas las zonas y de todos los climas!

Ántes de llegar á la aldea de Manavita, teníamos que pasar el Enea, el río más peligroso de toda la provincia, por la rapidez de su corriente y sobre todo por los animales que lo pueblan, cocodrilos, tiburones y rayas eléctricas. Según la opinión general, que sin duda alguna está fundada en la experiencia de los siglos, los cocodrilos son temibles en ciertos ríos, mientras que en otros varios son comparativamente inofensivos y jamás atacan al hombre; los viajeros que atraviesan sin temor el Perevere ó cualquiera otra corriente de agua del país, no se atreverán jamás á pasar el Enea, cuyos cocodrilos tienen fama de ser muy carnívoros. ¿De dónde proviene esta voracidad particular que distingue á los caimanes del Enea? ¿Acaso se encuentran en condición más favorable que en cualquiera otra parte y tienen allí estos terribles |saurtanos dimensiones más formidables que en cualquier otro río? ó bien, ¿las aguas y las riberas están más despobladas, de suerte que los cocodrilos se ven impelidos por el hambre a lanzarse sobre toda clase de presas? Las rayas que frecuentan la embocadura del Enea son quizás más peligrosas aún que los cocodrilos, porque su primer contacto basta para producir el aturdimiento. Estos terribles animales han hecho que casi se abandone la pesca de perlas en la bahía de Panamá: en el año de 1854, diez y siete negros pescadores de esa ciudad fueron muertos en el agua por las descargas repentinas de aquellos animales.

Avanzábamos con cierto temor, porque cuando cruzábamos la calzada de arena que separa del mar la primera de las dos bocas del Enea, habíamos visto los grandes surcos trazados por el vientre de un cocodrilo, y aunque generalmente estos animales sólo frecuentan las aguas salobres, habíamos divisado tres que nadaban en el mar, semejantes á troncos de árboles nudosos. Sin embargo debíamos pasar sobre las barras de las dos embocaduras que delineaban á nuestra derecha sus dobles y convexas líneas de escollos. En primer lugar era necesario descargar el pollino, lanzarlo á través del agua y de la espuma hasta la isla de arena que hay en medio del delta; en segundo lugar, volver dos veces cada uno de nosotros para tomar los fardos y los perros que estaban amedrentados por el tumulto de las olas. Así que llegamos sanos y salvos á la isla con animales y mercaderías, nos faltaba atravesar el segundo y principal brazo del río. Tenía cerca de doscientos metros de ancho, pero en ninguna parte el agua nos pasaba de los hombros, de manera que siempre nos fue fácil hendería con los machetes para espantar con ellos á los animales que hubieran pretendido aproximársenos con demasiada curiosidad. Al fin logramos llegar sin contrariedad alguna á la otra ribera; pero algunos minutos después, en el paso de un pequeño lago en el cual creímos inútil ponernos á la defensiva, uno de nuestros dos perros fue repentinamente atrapado por un cocodrilo, dio un débil grito, y desapareció en el agua con su raptor.

Más allá del Enea nos fue preciso atravesar muchos arroyos ó afluentes temporarios de pantanos que no nos presentaban otras molestias que su fetidez de agua corrompida. Cosa curiosa, y que prueba que en la naturaleza todo obedece á leyes inmutables, todas esas aguas, lo mismo que el Enea, desembocan hacia el oeste, evidentemente porque los vientos alisios, y las corrientes se dirigen siempre de nordeste á sudeste, y con su incesante trabajo forman una larga calzada de arena sobre la ribera oriental de las diversas desembocaduras. Durante la estación lluviosa, los pantanos situados entre los dos pueblos Punta del Diablo y Dibulla, dirigen hacia el mar de diez á quince afluentes y todos ellos, sin excepción, corren del este al oeste al través de las arenas antes de derramarse en el océano.

En Dibulla, en donde algunos meses después debía pasar días bien tristes, me detuve una hora apenas, y llegué con la noche á la cabaña del Pantano, edificada sobre la playa en el punto mismo en que el sendero de la Sierra se separa de la orilla del mar para penetrar en el interior de las tierras. La cabaña tiene aquel nombre por un pantano que debíamos atravesar al día siguiente: inútil es decir que la existencia es un verdadera martirio en esta miserable choza; entre todos los del golfo, el ancón vecino ha merecido el nombre de Rincón Mosquito.

La Sierra Nevada está defendida por casi todos sus lados con una zona de pantanos que montones de piedras y escombros separan de los llanos circunvecinos. Estas aglomeraciones de piedras y guijarros ¿han sido formadas por sucesivas avenidas de agua, descendidas como un diluvio de las gargantas de la montaña, arrastrando consigo diques flotantes de grandes pedazos arrancados de los flancos de la roca viva?, ¿ó bien son verdaderas |morenas y deben probarnos que la zona tropical ha tenido también su período de yelos y escarchas? Esta es una cuestión que el estado actual de la ciencia, y las raras exploraciones hechas en la Sierra Nevada no permiten resolver; pero es indudable que estos montecillos de escombros son en realidad terrenos de acarreo arrastrados allí en una época en que los agentes geológicos, hoy muy debilitados, tenían toda su fuerza. Apenas se sale de la cabaña del Pantano, se sube una de estas |morenas en que crecen árboles espinosos en medio de las piedras; después se baja á una extensa sabana en que hay esparcidos bosquecillos de tuliperos |(liriodendron), algunas palmeras y manojos de juncos gigantescos: ahí principian los pantanos.

Durante las estaciones lluviosas, la gran abundancia de aguas reunidas en esta hoyada rompe en algunos lugares las cadenas de dunas que las separa del mar: entonces es muy fácil atravesarlas, porque en vez de aguas estancadas hay arroyos comparativamente claros; pero durante la sequedad, las olas marinas forman un nuevo cordón litoral á la embocadura de los pantanos, las aguas que han descendido de la montaña se acumulan en estos receptáculos y los trasforman en cenegales infectos habitables solamente por los cocodrilos y otros reptiles horrorosos. Emprendimos nuestro viaje precisamente en la estación seca. El pantano exhalaba miasmas y extendía á lo lejos su capa de agua fangosa. Una abertura trazada por entre los juncos nos indicaba por donde seguía el sendero, y á pesar del disgusto que nos producía el aspecto de estas ciénagas, era forzoso atravesar el líquido caliente y viscoso, en el cual nuestra imaginación se representaba innumerables reptiles. Á medida que avanzábamos, el fondo era más fangoso, cada una de nuestras pisadas levantaba tufos pestilenciales que nos penetraban hasta la garganta, y bien pronto nos encontramos sumergidos hasta los hombros en una laguna fétida, removiendo con los pies el fango que se resbalaba gradualmente bajo nuestro peso, y levantando además los vestidos por encima de la superficie del agua. Más adelante la laguna prolongaba aún su tranquila superficie entre dos grupos de juncos impenetrables, sobre los cuales grandes árboles sin hojas proyectan largas ramas semejantes á los brazos de una horca; todas las señales que indicaban la existencia del sendero desaparecieron, y no pudimos dar un paso más hacia adelante sino confiándonos al acaso. Felizmente nuestro asno, que había quedado detrás de nosotros y olfateaba el espacio con terror, rehusó avanzar; nos fue, pues, forzoso deshacer camino y volver hasta la playa por entre el pantano.

El propietario de la cabaña del Pantano, anciano ciego y leproso, no podía mostrarnos el camino; pero en cambio de nuestro pollino convino en prestarnos un buey que había hecho ya muchos viajes á la Sierra, y que podía ser para nosotros un excelente guía. En efecto, cuando llegamos al centro de la laguna, este animal se volvió repentinamente á la derecha, pasó por entre dos hileras de juncos, cuya salida no habíamos percibido nosotros, y nos llevó al fin á una punta de tierra firme entre dos bahías profundas.

Se camina como una hora para cruzar la explanada pantanosa que se extiende circularmente al pie de la Sierra. Un aire más fresco y menos húmedo, el murmullo de las aguas corrientes, el canto de las aves, la belleza de la vegetación, anunciaron repentinamente el cambio de zona. Por encima de nuestras cabezas se cruzaban los penachos de las palmeras ligados unos á otros por un sistema intrincado de enredaderas; los bejucos subían, como husos de verdura, de las ramas y de las hojas; innumerables |orquideas adhiriéndose á las ramas con mil garras abrían alrededor de nosotros sus extrañas flores; algunos árboles caídos de puro viejos desaparecen bajo una red de hojas y flores, y no pocos troncos que aún se conservan en pie, están también ocultos bajo las hojas de los |matapalos y |copeys² terriblemente estrechados. Los nidos del ave |gonzalito³ suspendidos como frutos, se balancean aquí y allá, en cuerdas de verdura, sobre el húmedo suelo; las hormigas conducen un pedazo de hoja verde cada una y en interminables procesiones se dirigen á sus ciudades subterráneas. Un ruido universal formado por el concierto de gritos, cantos, murmullos ó soplos, escapados de miríadas de insectos y de larvas que viven bajo las cortezas, sobre las hojas, en el aire y bajo las piedras, llena el espacio. Indudablemente, en esta naturaleza tan libre y tan llena de vida, en donde los pasos y la voz del hombre parecen una profanación, es necesario ser muy orgulloso para que alguien se atreva á llamarse el rey de las criaturas.

Después de subir una de las primeras pendientes, se llega al rancho del Volador, llamado así por un árbol |4, que extiende sus grandes ramas por encima del techo. Este rancho ha sido construido por los indios aruacos para dar abrigo á los desgraciados viajeros á quienes la fatiga, la tempestad ó la creciente de los ríos no les permite continuar su camino; desgraciados, he dicho, porque es casi imposible permanecer en el Volador, gracias á los innumerables insectos y otros animales que los neo-granadinos designan con el nombre general de |plaga.

En primer lugar los mosquitos de todas clases que en alegres torbellinos danzan incesantemente en la sombra, cubren por centenas la menor superficie de la piel que se deje á descubierto, y para desembarazarse de ellos, es necesario entregarse

2 |Ficus dendrocida, clusia alba, parásitas que rodean los árboles como una nueva corteza, viven de su savia y los ahogan.
3 Oropéndola. N. del T.
4 |Girocarpus americanus

 

sin descanso á una gimnasia desesperada y correr de aquí para allá como un loco. Hacia la noche, cuando los millares de mosquitos están repletos de sangre humana, sus enjambres desaparecen por grados, para ser reemplazados en seguida por nubes de zancudos, enormes cínifes de dardo de cerca de un centímetro de largo, que á su turno vienen á tomar parte en la tarea. ¿Cómo escapar de ellos durante la noche? Su aguijón alcanza hasta la carne al través de los vestidos, y sea que uno se agite con furor, sea que se procure el reposo vanamente, no está por eso más á cubierto de esos insaciables bebedores de sangre. Por la mañana los zancudos desaparecen á su turno, pero otra legión de mosquitos está pronta como un relevo para sucederles y apenas ha podido uno respirar un instante cuando ya está envuelto en un nuevo torbellino de enemigos. Hay también cínifes que jamás descansan, entre otros el |jején insecto imperceptible que apenas se siente bajo el dedo que lo aplasta; y una especie de mosquito cuyo dardo funciona como una ventosa y deja una pequeña mancha de sangre coagulada, que se conserva por algunas semanas. Si uno permanece expuesto largo tiempo á los ataques de estos insectos, la cara completamente hinchada por sus picaduras adquiere en seguida un aspecto deforme.

Estos terribles mosquitos no son sin embargo el más temible azote del volador y de las regiones que se le asemejan. Las garrapatas son allí tan numerosas que forman á las plantas como una segunda corteza, y si uno cae en medio de una de sus tribus se ve cubierto inmediatamente de estos animalillos, que se sirven de sus patas agudas para introducirse en el cuerpo: es inútil tratar de desembarazarse de ellas; se llenan de sangre lentamente y hasta dos ó tres días después, cuando se han trasformado en pequeñas vejigas rojas, se desprenden por sí mismas como frutas maduras. En cuanto á las grandes, llamadas |barberas en el enérgico lenguaje del país, se introducen hasta la carne viva, y solamente pueden extraerse con la punta de una navaja |5.

Mientras que el viajero brega en vano contra los mosquitos y las garrapatas, otro insecto se introduce pérfidamente debajo de las uñas de los pies y se fabrica allí una pequeña celda: es la |nigua |6 . Por rareza se nota al principio la invasión de este insecto, pero poco á poco se va sintiendo una pequeña comezón seguida al fin de un dolor agudo. El animal crece rápidamente adherido al pie y en pocos días alcanza el volumen de una arveja. Á uno mismo le es imposible extraerlo; es necesario acudir á algún habitante de la Sierra que tenga la habilidad de esta clase de extracciones, para las cuales se introduce delicadamente una aguja en el pie, se agranda lentamente la herida, y, con presiones ligeras, logra hacer caer al suelo la nigua; si por casualidad se pica la delicada tela de este insecto, los huevos se esparcen inmediatamente en el hueco que él mismo ha formado, y toda una familia de niguas se desarrolla en medio de las carnes vivas. En algunas partes del Brasil en donde este insecto es también conocido como en la Sierra Nevada, los que dan hospitalidad á los viajeros se arrodillan por la noche delante de éstos y les examinan los pies para extraerles las niguas que se les hubieren podido introducir. Los aruacos andan siempre con los pies desnudos, y muchos de entre ellos no tienen ya ni uñas, ni dedos, ni pie: todo ha sido devorado por el o |estrus humanus.

5 Refirieron á M. A. Demersay que en el Paraguay, desde su aparición en 1836 hasta el año de 1846, las garrapatas habían hecho perecer doscientos mil caballos y dos millones de ganado de astas.
6 ( |Estrus humanus pulex penetrans ó morsitans.

 

Á las torturas causadas por todos estos insectos que se ligan contra los pobres viajeros refugiados en el rancho del Volador, es necesario añadir aún el riesgo de ser picado ó mordido por los escorpiones, serpientes, arañas migales, escolopendras ó cientopiés, animales que á veces tienen hasta medio pie de longitud. Las bestias de carga se ven hostigadas especialmente por vampiros que giran silenciosamente por encima de ellas y que se colocan sobre las llagas de los lomos y les chupan ávidamente la sangre. A veces basta una sola noche para matar á un caballo ó á un toro.

El riachuelo que corre al lado de la cabaña del Volador arrastra en sus arenas gran cantidad de partículas de oro; pero todas las tentativas que se han hecho para recogerlas se han frustrado; ha sido necesario huir ante los mosquitos. El vice-cónsul francés de Riohacha, que obtuvo la concesión de los |placeres del Volador, había trasportado allí, dos años antes, una tienda de gasa muy ingeniosamente dispuesta. Durante dos días, trató de vivir bajo este abrigo para vigilar el trabajo de sus obreros; éstos llevaban guantes y tenían cubierto el rostro con un velo; pero al fin del segundo día, señor y obreros abandonaron de común acuerdo su empresa tan fatigante como lucrativa. Andando el tiempo, un italiano ávido que había obtenido permiso del vice-cónsul para lavar las arenas auríferas del volador, no pudo trabajar dos días completos siquiera, y dejó el oficio después de haber recogido un valor como de diez pesos. Los únicos seres humanos que podrían explotar impunemente el riachuelo del Volador, porque están protegidos por una concha de lepra |7, los habitantes de Dibulla y

7 Carate.

 

de los pueblos vecinos, son justamente los únicos que no se cuidan de aumentar sus riquezas.

Por fortuna no teníamos motivo alguno para detenernos en el rancho del Volador, y marchamos tanto más rápidamente cuanto que queríamos llegar al próximo campamento antes que estallara la tormenta que de ordinario se desata todos los días en los valles de la Sierra Nevada, entre dos y cuatro de la tarde. El sendero sigue primero la cuchilla, lomo granítico de mil ochocientos metros de altura; en seguida cruza varios arroyos demasiado peligrosos en la estación de las lluvias, y rodea una hoyada de una fertilidad exuberante en que existía tres siglos ha un pueblo de indios llamado Bonga. Más allá corre el torrente de Santa Elena, el más ancho de la región de las montañas nevosas. Cuando nuestra pequeña caravana llegó al borde de este torrente, la tempestad principiaba á mugir, y las hojas de los árboles temblaban bajo el viento impetuoso que precede siempre á la lluvia. Nuestro buey entró filosóficamente en el agua y se mantuvo firme de piernas contra la violencia de la corriente. La buena idea de saltar sobre el lomo del animal y de hacernos trasportar así hasta la otra orilla nos vino muy tarde, y le seguimos paso á paso tratando de introducir los pies entre las piedras y oponiendo todo el peso de nuestros cuerpos á la masa de agua furiosa. Arrastrados más de una vez por entre las piedras, nos agarrábamos con gran trabajo en las partes cubiertas de espuma, y en fin, llegamos al otro lado casi exánimes, y habiendo perdido una parte de nuestro equipaje. En cuanto á mí, hube de perder las sandalias, y me vi obligado á continuar la marcha con los pies descalzos; pero esta pérdida me fue indiferente, porque logré salvar á mi perro que corrió el riesgo de ser arrastrado por las aguas.

Algunos minutos después, llegamos á la cabaña de Cuesta Basilio. Mi camarada se ocupó de la cocina, y yo cortaba los helechos que debían servirnos de camas, cuando volviéndome noté que mi perro no estaba en la cabaña. Á pesar de la tempestad que acababa de estallar, volví sobre mis pasos, exploré corriendo el sendero por el cual habíamos venido y que la lluvia había convertido en un arroyo; en los intervalos de silencio de trueno á trueno, llamaba al perro, pero éste no respondía, y no pude descubrirlo hasta el borde del torrente de Santa Clara. Sin duda que helado de terror y espanto el pobre animal, no había tenido fuerzas para seguirnos. Algunos días después, á mi vuelta de los pueblos de indios, vi sobre un montón de hojas sus blancos huesos. El pollino que había dejado donde el ciego del Pantano había muerto también, picado por las arañas. Así los tres animales que habíamos llevado de Riohacha habían sucumbido miserablemente.

Es inútil describir aquí nuestro viaje del día siguiente: fatigas semejantes á las del día anterior; pero los paisajes eran más grandiosos á medida que avanzábamos en el corazón de la Sierra, y la magnificencia de la escena me hacía olvidar que marchaba descalzo por senderos trazados sobre granito. Los frutos de corpulentos |avocateros caídos por millares en el suelo, formaban una especie de lodo fragante que nuestras pisadas removían; montes de palmeras, helechos arborescentes, campos de bihaos y cañas silvestres y prados matizados de flores se levantaban en suaves pendientes hacia las montañas. Desde estos extensos claros pueden contemplarse las selvas en toda su belleza, se las ve nacer en las estrechas gargantas, descender serpenteando al fondo de los valles, unirse en éstos como los torrentes que las riegan, formar después un río de verdura y perderse en el inmenso llano cubierto con un velo de vapor azulado.

En fin, llegamos á la garganta de Caracasaca, siguiendo un antiguo camino enlozado con baldosas de granito, resto de la perdida civilización de los taironas; atravesamos el torrente Chirúa por un puente suspendido que construyeron los aruacos, y llegamos al pedregoso terraplén en que se levantan las chozas del pueblo de indios llamado San Antonio y su arruinada iglesia. Algunos minutos después, estábamos en la cabaña de |Pande-leche el célebre cacique ó caporal de los aruacos.

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