EL MÉDICO CAZADOR - LA SIERRA-NEGRA
Había pasado en Riohacha cerca de seis meses sin emprender
excursiones importantes y sin poder ocuparme del objeto principal
de mi viaje. Al
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fin encontré una ocasión favorable para
dirigirme hacia la Sierra-Negra, una de las grandes ramificaciones
de los Andes, que principia á cuarenta leguas al sur de la ciudad.
Una mañana me puse en camino, llevando en una
|mochila¹
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algunos libros y una botella de agua. Solo, á pie, se siente
uno siempre en comunicación más intima con el paisaje que lo rodea,
puede subir á todas las colinas, seguir los bordes de todos los
arroyos, penetrar en todos los bosques descansar bajo sus sombras
misteriosas. En la naturaleza tropical sobre todo, que no me era
conocida aún bajo sus diversos aspectos, deseaba no tener
compañero, quería gozar solo el placer de los descubrimientos, y
vivir durante algunas semanas como nuestros antepasados errando por
las selvas. Por lo demás, el cuerpo no debía sufrir con este nuevo
género de vida; de jornada en jornada, debía encontrar huéspedes
que ya conocía, ó para los cuales se me habían dado cartas de
introducción.
En Treinta, ciudad de mil habitantes, situada al pie de las
colinas de San Pablo, llegué á la casa de un compatriota, personaje
raro que más tarde, debo confesado, no se condujo honorablemente,
mas por entonces no tenía motivo alguno para creer que le faltase
probidad. El señor Julio se vanaglo-
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1 Especie de cacerina tejida por los indios aruacos con las
fibras de la pita.
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riaba de ser descendiente de la célebre Ninon de Lenclos².
Pequeño flaco, pálido, atacado de una tos seca como la de un tos
seca, parecía siempre en vísperas de exhalar el último suspiro, y
sin embargo, gozaba de una salud singularmente robusta. ¿Cuál había
sido su vida pasada? Se ignoraba; nunca refirió por qué
circunstancias había dejado su patria.
Desde su llegada á la Nueva Granada, ejercía tres profesiones;
era médico, negociante y cazador. Demasiado ignorante para curar
las enfermedades en una ciudad como Riohacha, en donde había ya
muchos médicos que si no poseían ciencia sí tenían una larga
práctica, recorría las ciudades vecinas, Soldado, Treinta y
Barbacoas, y se instalaba al lado de las hamacas de los pacientes,
los sangraba de grado ó por fuerza y les hacía tomar sus drogas. Su
calidad de francés, la lentitud doctoral con que se expresaba y
sobre todo su admirable salud le aseguraban una gran influencia
sobre el espíritu de aquellas poblaciones incultas. Además, poseía
una terapéutica de extrema sencillez, y por esto mismo agradaba á
los campesinos, que gustan de seguir en todo la rutina. Para Julio
no había más que dos clases de enfermedades, las que provenían de
un exceso de calor y las que se causaban por el frío; solamente
existían dos clases de medios terapéuticos,
|los calientes y los
fríos. En una región como la explanada de Riohacha, compuesta
de tierras arenosas que reflejan los rayos de un sol vertical, casi
todas las
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2 Cortesana célebre, parisiense, del siglo XVII, bella y
espiritual, que no obstante estas dotes y la posesión de una
fortuna modesta, renunció al matrimonio. Fue cortejada por el gran
conde, el duque de La Rochefoucauld, el mariscal d'Estrees, el
marqués de Sevigné, Villareaux y La Chartre. Era muy solicitada por
las damas de más alto rango, y entre ellas La Maintenon La
Sabliére, La Ferté La Fayette, etc., que no desdeñaban de darle el
título de amiga. Brillaba también por su exquisito gusto literario:
Molière le consultaba sus obras, y protegió á Voltaire á su salida
del colegio. N. del T.
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enfermedades debían ser clasificadas entre las calientes, y el
primer medio empleado para refrescar el cuerpo era la sangría á
todo trance. Durante las épocas de epidemia, la lanceta del doctor
Julio no descansaba un instante; donde quiera que se presentara era
seguro que inmediatamente llenaría de sangre muchas vasijas.
Recibía en pago esteras, hamacas y espuelas; y después, cuando ya
había reunido suficientes provisiones, partía para la ciudad,
seguido de una caravana de mulas, alquilaba una tienda en el barrio
del comercio, y durante algunos meses permanecía detrás de su
mostrador, ocupado en vender sus mercaderías. Esta era la segunda
faz de su existencia, indudablemente la ménos original.
Pero, cuando en medio de sus ocupaciones pacíficas el demonio de
la caza se apoderaba de él, abandonaba repentinamente mercaderías y
enfermos, y proveyéndose de un fusil pólvora y munición, de un saco
de sal y de una redomita de amoniaco, desaparecía sin avisar ni aun
á su mujer. Separándose de los senderos frecuentados, se engolfaba
en las selvas vírgenes, caminaba por entre los pantanos ó seguía
los bordes de los precipicios en busca de la caza. Cuando mataba
algún animal, un mono, un
|saino³ ó un
|maná
|4, hacía un hoyo en la tierra, encendía un
gran fuego y en seguida colocaba el animal en los carbones
encendidos y lo cubría todo con ramas y hojas. Después cortaba el
tallo suculento de un palmito, lo salpicaba de sal, desenterraba su
asado y hacía una comida deliciosa. Al segundo día, ésta era más
agradable aún, porque podía agre-
|
3 Animal encantador de la familia de los
|pécares, muy
fácil de domesticar fiel como un perro, gracioso en sus movimientos
como una cabra. En medio del espinazo tiene una abertura por donde
sale un líquido almizclado.
|
|
4 Animal de la misma familia que el
|saino, pero más
grande. Algunas veces se encuentra en manadas como de á
cincuenta.
|
garle el licor que sacaba perforando el tallo de la
|palma de
víno
|5
|
y chupando el agujero en que se había
acumulado la savia y trasformándose en vino durante la noche. Para
agregar este lujo á sus comidas, le era necesario estarse de
plantón, porque más de una vez los monos aprovecharon su sueño para
vaciar los agujeros hechos en la palmera y embriagarse á su costa.
Cuando había acabado su banquete el cazador penetraba por otra
parte de la selva, iba á acampar al borde de otro torrente, y
esperaba con la mayor paciencia el paso de una bandada de monos ó
de una partida de manás. Pasaba de este modo meses enteros, sin
otra sociedad que la de los innumerables insectos que revolotean en
el aire colonias de hormigas y
|comején, y todos esos seres
que se deslizan y arrastran, vuelan ó saltan en la selva
virgen.
Durante estas correrías solitarias, tenía que arrostrar muy
serios peligros. Solía encontrarse frente á frente con los
jaguares; pero como los árabes que tropiezan inesperadamente con un
león, espantaba tan feroces bestias dando gritos y lanzándoles
insultos de desprecio. Mordido tres veces por serpientes, nunca
experimentó ningún mal, porque desde su llegada al país tuvo
cuidado de inocularse el
|guaco
|6
|. Además,
para
|
5 Palma real, en el interior de Colombia. N. del T.
|
|
6 Planta bien conocida cuyo jugo inoculado anticipadamente,
preserva con toda seguridad de la muerte á los que son mordidos por
serpientes venenosas. Las gentes del país que quieren premunirse se
inoculan en la muñeca una pequeña porción de la parenquima de la
hoja del guaco y beben una tisana, en la cual hacen una infusión de
pequeñas ramas; repiten la inoculación cada quince días durante
algunos meses, y desafían en seguida impunemente á las víboras y á
las culebras cascabeles. El guaco deriva su nombre de un pájaro muy
conocido en la Nueva Granada, que en sus luchas contra las
serpientes va, dicen, á posarse de rato en rato en esta planta y se
fortifica comiendo apresuradamente algunas hojas. En las selvas
vecinas á Riohacha, el grito lastimero del pájaro
|guaco
domina á todos los otros hacia el anochecer.
|
evitar la hinchazón, tenía cuidado de verter sobre las
mordeduras algunas gotas de amoniaco. El peligro más temible que
solía correr era el de ser arrastrado por torrentes crecidos
repentinamente, pues se veía obligado á acostarse en el lecho mismo
de los ríos sobre la fresca y blanca arena con el objeto de pasar
la noche sin ser devorado por los mosquitos, las hormigas y otros
insectos; pero cuando la borrasca derramaba trompas de agua en los
valles superiores de la Sierra, los torrentes aumentados
repentinamente, descendían bramando á lo largo de las pendientes, y
despertaba sobresaltado por el ruido que hacía la avalancha de las
aguas saltando de catarata en catarata y arrastrando consigo rocas
mezcladas con espuma y barro, y el cazador apenas tenía tiempo para
saltar á la orilla y buscar un refugio en medio de los árboles.
Cuando Julio volvía de sus expediciones de caza á la Sierra
Nevada, generalmente tenía el ojo huraño, como todos los que han
perdido la costumbre de ver á otros hombres, y sus movimientos se
asemejaban á los de un loco. Muchos días se pasaban ántes que
volviera á hacer parte de la sociedad de los hombres, y entonces
apenas se reanimaba para referir historias de cacería y mil
anécdotas sobre los monos y otros animales de los bosques. En lugar
de perro guardián, tenía en su casa un pequeño jaguar atado á una
columna del patio. Este animal vivía en muy buena inteligencia con
dos monos que pasaban su tiempo en saltar y hacer gestos. La
cordialidad entre ellos no cesaba sino cuando se arrojaba un pedazo
de carne al jaguar entonces éste mostraba los dientes, sacaba las
uñas, y parecía dispuesto á devorar á quienquiera que pretendiese
ser su comensal; no obstante, los monos lo intentaban algunas
veces, y ligeros como el relámpago, arrebataban los pedazos de la
boca misma del monstruo.
Un caballero de Treinta para quien tenía cartas de introducción,
me recibió con la mayor cortesanía, é insistió vivamente para que
fuese á visitar con él una de sus propiedades, en un valle de la
Sierra Nevada. Sabía por experiencia que es necesario desconfiar de
las fórmulas de la cortesanía castellana y jamás tuve la tontería
de tomar al pie de la letra lo que me decían aquellos que ponían su
persona, su casa y su fortuna á mi disposición. Sin embargo el
señor Alsina Redondo insistió de tal manera en hacerme visitar su
plantación, que le prometí acompañarle al cabo de doce días.
Encantado en apariencia de mi promesa entró complacientemente en
los detalles de todo lo que tenía intención de hacer para celebrar
de un modo digno la llegada á sus dominios de un tan noble
extranjero. Yo lo escuchaba con una perfecta confianza, sin
figurarme que mi huésped tuviera en manera alguna intención de no
ir á su plantación de San Francisco, y cuando partí para continuar
mi viaje, me regocijaba anticipadamente con la idea del reposo que
daría á mis fatigas en la encantadora hacienda. Debía hallar pronto
el desengaño.
Más allá de Treinta, empecé á subir la cuesta de San Pablo,
cadena de pórfiro de muy cerca de seiscientos metros de altura, que
se destaca de la mole de la Sierra Nevada y va á perderse al este
en los
|llanos de la península goajira. A derecha é
izquierda, por todas partes veía platanales, campos de maíz, grupos
de palmeras, vastas plantaciones. Después del trecho arenoso y
monótono que separa á Riohacha de Treinta, esos campos cultivados
halagaban la vista como jardines encantados; imaginaba ya el
porvenir de la América meridional, tal como será algún día, poblada
y cultivada por mil millones de habitantes.
La cadena de San Pablo está infestada de serpientes sobre las
cuales los naturales del país refieren las fábulas más extrañas
para amedrentar á los viajeros. Dicen que la culebra
|alfombra
|7
|
animal muy inofensivo, espera á
los pasajeros enroscada en una rama, y los persigue volando como
pájaro. Pretenden que las anfisbenas y la coral pueden morder á la
vez por la cabeza y por la cola, y que la mordedura hecha con la
boca posterior es mucho más peligrosa; afirman también que la
culebra
|boquidorada
|8
|
sigue la pista á los
viajeros y los cerca como á una presa. Estos reptiles ocurren,
dicen, al ruido del hacha ó del machete, y los leñadores no pueden
cortar una rama sin ver á las boquidoradas que se deslizan hacia
ellos saliendo de los matorrales. En toda mi excursión sólo
encontré una de estas peligrosas serpientes, á la cual perseguí
inútilmente por entre las rocas.
Hacia la tarde llegué á la garganta, desde donde vi desplegarse
al sur una parte de la rica explanada de San Juan, dominada por la
azulada cadena de la Sierra-Negra. Descendí por una pendiente
rápida, á lo largo de un torrente que saltaba por un lecho
profundo, calizo azulado y que sombrean magnificas
|ceibas
cuyos troncos estaban cubiertos de hachazos9. Entró la
noche, y en la oscuridad no podía descubrir el sendero que conduce
al pueblo la Chorrera, donde el cuñado del vice-cónsul francés me
había ofrecido darme hospitalidad. Caminaba siempre con la
esperanza de encontrar una cabaña, y llegué en fin al borde de un
ancho río que oía bramar entre las rocas y que solamente distinguía
por sus capas de espuma. Este río
|
7 La culebra
|alfombra es una variedad de boa.
|
|
8 Llamada así, á causa de dos rayas amarillas que rodean su
boca.
|
|
9 Los pescadores derraman el jugo venenoso de este árbol en el
agua de los ríos para aturdir á los peces, que en seguida pueden
recogerse en la superficie. N. del A Esto es equivocación del
autor, que seguramente confunde la ceiba con otro árbol. N. del
T.
|
es el Ranchería, el mismo que más lejos describe un extenso
semicírculo en los llanos de la Goajira, y va á arrojare al mar
cerca de la ciudad, con el nombre de la Hacha ó Calancala. No podía
pretender pasar este ancho torrente en la oscuridad, pues no
distinguía ni la otra ribera siquiera, y empuñando mi puñal para
poder defenderme de algún animal feroz en caso de necesidad, me
tendí en una playa de blanca arena.
Nunca quizás he pasado una noche más agradable. Cuando despené,
las nubes se habían dispersado, las estrellas brillaban en el
cielo; por entre las ramas que se entrelazaban sobre mi cabeza,
veía resplandecer la luz tranquila de Júpiter; por detrás de las
rocas que se levantan al otro lado del torrente, desaparecían los
astros unos tras otros. Inmediatamente el cielo se cubrió de un
ligero color de rosa, y vi salir gradualmente de la oscuridad los
detalles de un paisaje encantador adornado con los más frescos
atavíos de la mañana; á mis pies, el agua remolineaba en medio de
las rocas y se trasformaba en espuma; en la ribera opuesta, las
altas palmeras levantaban sus copas por en medio del espeso ramaje
de los caracolíes más allá de la selva se divisaba una muralla
cortada á pico, de cien metros de altura, y de tal manera tersa que
se hubiera dicho que había sido tajada por la
|durandal de
otro Rolando; al oeste, el río, cubierto aún con las sombras de la
noche, parecía salir de un oscuro golfo, mientras que al oriente
ráfagas de luz penetraban por la bóveda de verdura formada por
árboles inclinados; las tumultuosas ondas que la aurora reflejaba,
parecían correr hacia las purpurinas nubes del horizonte como para
confundirse con ellas. Sin dejar de admirar las magnificencias del
paisaje, salté de roca en roca y luché contra la violencia de la
corriente. Llegué al otro lado sin más fracaso que la pérdida de un
libro de estadística financiera neogranadina; no perdí mucho tiempo
en buscarlo.
La muralla de rocas que se levanta por encima de la ribera
derecha del Ranchería debe evidentemente su forma actual á las olas
de un lago ó de un río que venían á golpear su base; es una antigua
ribera escarpada como lo prueban los promontorios, las grutas los
terrenos de aluvión de los llanos inmediatos y las conchitas de
agua dulce esparcidas por allí. Todas las colinas que rodean esta
hoyada, están cortadas por escarpas á pico, cuyas bases se
encuentran á la misma elevación: no se puede dudar que en otro
tiempo se extendió una gran capa de agua entre la Sierra Nevada y
la cadena de los Andes llamada Sierra-Negra. Quizás el río
Magdalena atravesaba entonces este lago de agua dulce y corría por
el lecho actual del Ranchería, y es posible que poco á poco el
gradual levantamiento de la Sierra Nevada hubiera derramado el lago
en el mar y arrojado el Magdalena más al oeste, hacia el golfo que
se extiende entre Cartagena y Santa Marta, y que después se llenase
con los aluviones del río. Hasta la presente, la elevación del
terreno que separa la hoya del Ranchería de la del río Cesar
afluente del Magdalena, es de poca consideración, y podría
excavarse fácilmente un canal que reuniese las aguas del alto
Magdalena con el puerto de Riohacha. Si la Nueva Granada
comprendiera sus intereses comerciales, el primer ferrocarril
importante que debería construir sería el que uniese á Riohacha con
Tamalameque, sobre el Magdalena; la comente comercial seguiría la
dirección que le ha trazado la corriente de las aguas en las edades
geológicas, y atravesaría una hoya de fertilidad inmensa, en la
cual existen ya numerosos centros de población: San Juan Fonseca,
Barranca, Cañaveral, Urumita, Badillo y Valle-Dupar.
Una de estas localidades, Villanueva, á donde llegué dos días
después de haber pasado la cuesta de San Pablo me llamó la atención
especialmente por su apariencia de prosperidad y su situación bella
á maravilla. Las casas pintadas de amarillo, están sombreadas por
árboles de una corpulencia rara aun en la zona ecuatorial; buenos
caminos, por los cuales podrían circular fácilmente los carruajes,
cruzan en todos sentidos; las
|acequias ó canales de
irrigación, corren sobre piedras con suave murmullo, conservan en
los huertos la más rica vegetación, y á lo léjos se extiende una
explanada inmensa de verdura enclavada entre dos hileras de
montañas paralelas, de las cuales la una tiene dos mil y la otra de
cinco á seis mil metros de elevación. Al este, la Sierra-Negra,
cadena relativamente baja y sin embargo más alta que nuestros
|Vosges, extiende sus grandes valles cubiertos de bosques y
despliega sus redondas cimas por sobre las del Cerro-Pintado, que
se destaca como una gran fortaleza rectangular, y proyecta sus
bastiones alternativamente blancos y negros. Al oeste, la Sierra
Nevada, de escarpas rojas y desnudas, corona su enorme muro de
tallados picos en forma de pirámides y cubiertos de inmaculadas
nieves como con un vestido de mármol. Todas las mañanas, el
fenómeno de iluminación tan notable en los Alpes, se reproduce
sobre estas montañas con todo su esplendor. Cuando los rayos del
sol naciente aparecen por sobre las cimas de la Sierra-Negra y van
á herir las puntas opuestas, trazan al principio en el cielo una
inmensa bóveda de luz, en seguida alumbran los varios faros
brillantes de los picos de la Nevada; la luz desciende por grados
sobre los flancos de los montes como un inmenso incendio, envuelve
tocía la cadena con un manto de fuego, y esparciéndose en fin en la
explanada, cambia en innumerables diamantes las gotas de rocío y
hace brillar el agua de los torrentes.
Un plantador de Villanueva, M. Dangon, á quien yo había sido
recomendado especialmente, es el tipo de esos colonos intrépidos,
que hacen solos en favor del desarrollo de un país, más que diez
mil emigrantes que esparcidos trabajen al acaso. Como tantos otros,
había andado á tientas en busca de ocupación á su llegada al suelo
americano: se había hecho carpintero, albañil, mercader de
cotonadas y tratante; pero la fortuna no lo había favorecido en
estas diversas ocupaciones. Entonces pensó en la agricultura y tomó
prestados ocho mil francos al veinte y cuatro por ciento anual. En
seis años había pagado el capital y los intereses, cultivado
ochenta hectáreas de terrenos, sembrado más de cien mil pies de
café, y tenía una renta anual igual á su primitivo empréstito. Lo
que hizo para sí es poca cosa comparado con el impulso que le dio
al país entero. Abrió anchos caminos, construyó puentes, hizo
acueductos, importó plantas alimenticias desconocidas en el país,
edificó lindas casas que dan á los habitantes del llano la idea del
|confort. A virtud de todo esto, una docena de caballeros de
Villanueva, Urumita y Valle-Dupar, que ántes de la llegada de M.
Dangon, no tenían otra ocupación que fumar cigarros elegantemente,
han hecho desmontar otras porciones de Sierra-Negra y plantado más
de seiscientas mil matas de café que producen, año bueno con malo,
más de trescientos mil kilogramos de fruto. He aquí lo que en seis
años ha podido hacer con su energía un simple extranjero, adeudado
desde el principio de su empresa, por la tasa más que usuraria del
capital tomado á préstamo.
¡Cuán inferior es en comparación la influencia de su
prestamista, rico comerciante, cinco veces millonario, que posee en
la Sierra-Negra muchas leguas cuadradas de un terreno muy fértil y
minas de cobre, de riqueza tal, que en muchas leguas se ven en el
flanco de la montaña las venas salpicadas de verde y azul!. Á pesar
de todos estos elementos de colonización y de la fortuna de que
dispone, el rico propietario no ha sabido sacar hasta ahora ningún
partido de su inmenso dominio. Para tener éxito en un país nuevo es
necesario saber hacerse poco á poco á una posición independiente, y
no buscar una ya explotada. En Europa, el hombre pertenece, por
decirlo así, á su profesión, á su oficio; en América elige
libremente su carrera. De aquí ese extraordinario desarrollo del
sentimiento de libertad, más que suficiente para explicar las
instituciones republicanas del Nuevo Mundo. Un hombre que ha
dominado los acontecimientos, que ha hecho que el destino le
obedezca, no puede ceder á los agentes de policía, á los gendarmes,
á los empleados de cualquiera clase que sean, ni plegarse á las mil
exigencias y dificultades de las leyes.
La plantación de M. Dangon está situada á dos leguas al norte de
Villanueva, en una especie de circo dominado por colinas de suaves
pendientes que se apoyan en la base de Cerro-Pintado; en un espolón
proyectado en el centro del circo se hallan situados los edificios
de explotación, la era y la casa de campo; todas las labranzas se
ostentan en el fondo del circo y en la pendiente de las colinas de
manera que pueden abrazarse con un solo golpe de vista. En un lado
están los platanales, doblegándose bajo el peso de los robustos
racimos, más allá las cañas de azúcar, cuyos penachos color de
violeta ondulan al viento; más distante los cafetales en
quinconces, cuya sombría verdura está salpicada de innumerables
mazorcas rojas. Abajo la extensa explanada del río Cesar, nivelada
como la superficie de un lago, muestra del uno al otro horizonte
sus ondas de verdura, en medio de las cuales se presentan aquí y
allí algunos puntos blancos ó rojos: son los pueblos de la llanura.
Dentro de poco tiempo estos puntos, muy separados aún, aumentarán
sin duda en número y crecerán como las islas que surgen lentamente
del seno de los mares; después se unirán por líneas cultivadas, y
estos campos concluirán por parecerse á los nuestros en los que
abundan las labranzas y los árboles no
|se ven sino en
bosques aislados.
Los agentes de esta trasformación serán en su mayor número los
inmigrantes de Europa y de la América del Norte; pero los indios de
la Sierra, Tupes, Aruacos y Chimilas representarán también allí un
papel importante. Los Chimilas eran hasta hace pocos años enemigos
irreconciliables de los españoles y de los hombres de color:
vestidos con cortezas de árboles, habitaban en las grutas y en las
selvas que rodean el Cerro-Pintado, y el extranjero que se
aventurara hasta cerca de su retiro era implacablemente asesinado.
Un día un negro de una fuerza hercúlea, Cristóbal Sandoval,
inspirado por no se sabe qué pensamiento audaz, fue á presentarse
ante el jefe de los chimilas, sin armas, acompañado únicamente de
un joven hijo suyo. Se ignora por medio de qué artificio el negro
logró encantar al piel-roja; pero el efecto fue inmediato, el
|caporal abdicó, y Cristóbal lo reemplazó como jefe de los
guerreros chimilas. Desde ese día, estos indios cesaron de amenazar
á los españoles, y de bandidos se hicieron agricultores. Tales como
son, podrían servir de modelo á innumerables criollos, á los cuales
el trabajo les ha causado siempre horror.
Dos días después de haberme separado de M. Dangon, tuve ocasión
de ver á uno de esos criollos perezosos que pasan la vida
balanceándose en una hamaca; acababa de llegar yo al miserable
pueblo Corral de Piedra, y pedí hospitalidad en una casa en que,
algunos años ántes, el hijo del célebre mineralogista alemán
Karsten, había permanecido muchos días. Hablé á mi huésped de la
bella plantación que acababa de ver, y me contestó levantando los
hombros:
-¡Bah! ¿
|Acaso el señor Dangon come más plátanos que yo?
Soy tan rico como él, porque puedo comer y gozar á mi gusto.
Los últimos días de mi excursión fueron abundantes en aventuras.
Permanecí extraviado dos largos días en las montañas de la
Sierrita, al ángulo oriental de la Sierra Nevada; pasé dos noches
tirado en el suelo, víctima de legiones de garrapatas; tuve que
vadear diversos torrentes cuyas aguas me arrastraron más de una vez
por en medio de las rocas; también tuve que sufrir hambre y sed, y
me consideré feliz por haber encontrado una familia de leprosos que
quiso compartir conmigo sus plátanos y dejarme beber en la vasija
común. Por lo demás, durante todo este viaje, siempre que tuve la
fortuna de encontrar alguna cabaña, tenía que felicitarme por la
cordial hospitalidad de todos aquellos á cuyas puertas golpeaba.
Las mujeres, sobre todo, me enternecían con sus atenciones
delicadas; sus voces son de una dulzura maravillosa, sus miradas de
una suavidad admirable. Las campesinas colombianas son de tal
manera amables y graciosas, que verdaderamente pueden compararse
con las gacelas ó las palomas.
En San Juan, el médico don Joaquín Bernal, que después de esta
época fue nombrado gobernador de la provincia de Riohacha, me
recibió de la manera más afable, y fue ciertamente con sinceridad,
sin falsa política, que puso á mi disposición todo lo que poseía.
Al entrar en su casa, por otra parte sencillamente amueblada, me
ofusqué á la vista de los estantes llenos de libros que cubrían
todas las paredes: esta biblioteca llevada de Francia é Inglaterra,
con grandes gastos, á un pueblo perdido en medio de selvas
vírgenes, se componía de muchos millares de volúmenes escogidos.
Don Joaquín me hizo los honores de su tesoro como hombre de gusto y
me probó que ningún ramo de la ciencia le era extraño. Hubiera
querido muy bien ceder á sus instancias y permanecer algunos días
con él para volver á leer mis autores favoritos, conversar sobre el
porvenir de la patria granadina, visitar las montañas limítrofes,
intentar en su compañía la ascensión al terrible Cerro-Pintado;
pero recordé la promesa que había hecho en Treinta, y por ningún
precio quería faltar á la palabra que tenía dada al caballero
Alsina Redondo. Despedirme no sin pena de don Joaquín y conseguí,
gracias á una marcha forzada, pasar la cuesta Dieguita al terminar
el día convenido, y llegar á medianoche á la puerta de la
plantación. Toqué, no se me respondió; quise abrir, no tenía llave.
No pude, pues, hacer otra cosa que tenderme delante de la puerta y
dormir lo mejor posible sobre los guijarros.
Al día siguiente, al pasar por Treinta, referí mi chasco al
señor Alsina, quien á despecho de su cortesanía, no pensó siquiera
en excusarse: ¡tan prodigiosa le pareció mi ingenuidad! Las
fórmulas de cortesanía, las frases banales de la etiqueta, las
promesas hechas sin que se tenga la menor intención de cumplirlas,
son una de las llagas de las sociedades en que domina la influencia
castellana. Los extranjeros que no están iniciados en esta política
de absurda palabrería, se creen rodeados de hombres falsos y
pérfidos que no saben pronunciar una palabra sin mentir. Refieren
del general Bolívar que tenía la costumbre de reclutar su
caballería cogiendo la palabra á los que abusaban de las fórmulas
de la cortesanía.
|-¡Qué hermosos caballos! -decía él al ver los caballos
que necesitaba.
|-Están todos á la disposición de usted, se apresuraban á
responder los propietarios.
-¡Muchas gracias!
Y el general Bolívar daba á sus soldados orden de tomarlos.