LOS INDIOS GOAJIROS
LA ciudad de Riohacha está á merced de los indios goajiros.
Éstos, si quisieran, podrían arrasarla fácilmente; y si la
respetan, es debido á que el interés es en ellos más poderoso que
el espíritu de venganza: no podrían pasarse sin los productos y las
mercaderías que encuentran en Riohacha y que el hábito les ha hecho
necesarias; pero si el comercio cesara por una causa cualquiera, al
día siguiente la ciudad seria incendiada, y tanto granadinos como
extranjeros serian exterminados por los indomables goajiros.
Para contemplar á estos indios en toda su pintoresca belleza, es
necesario trasladarse por la mañana á la embocadura del río de la
Hacha, situado, según las estaciones, á tiro de piedra ó bien á uno
ó dos kilómetros al este de la ciudad. Es allí, en la hoya variable
formada por la mezcla de las aguas dulces con las saladas, que una
pan parte de la población riohachera se solaza todos los días en el
baño; esta aglomeración de los dos sexos en el mismo baño es casi
inevitable, porque más arriba de la embocadura los cocodrilos
infestan el río, y en el mar, además de la vecindad de los
tiburones, que sin ser peligrosa, es sin embargo poco agradable,
los acalejos u ortigas marinas cambiarían el placer del bario en un
verdadero martirio.
El río, que corre perfectamente paralelo á la ribera del océano
en una longitud de muchos kilómetros, está separado solamente de la
costa por una estrecha calzada de arena y conchitas, por encima de
la cual, á cada instante, vienen las olas á derramar en la
corriente parte de sus espumas. Esta calzada que los choques
sucesivos de las olas consolidan como una muralla, es el camino que
siguen las largas caravanas de goajiros que vienen á abastecer la
ciudad de bestias, carnes, pescados, tortugas, leña, carbón, y por
donde conducen varias mercaderías, palos de tinte, sal, granos de
dividivi. De léjos, esta interminable fila de hombres y animales,
compuesta á veces de muchos miles de individuos, que avanzan sobre
una estrecha lengua de arena que se levanta apenas por encima de
las olas juguetonas, presenta el aspecto más fantástico: se diría
que era un pueblo marchando sobre la superficie de las aguas.
Pero donde conviene observar á los goajiros es, sobre todo, en
la misma embocadura, allí donde las ondas del mar y la corriente
del río se rompen sobre la barra y forman de ribera á ribera una
|reventazón¹
|. Los caballos se detienen con el ojo
huraño y la crin en desorden, y olfatean por largo tiempo el agua
espumosa: las mujeres, cubiertas con sus mantos azules y llevando
en la cabeza un gran sombrero de paja con borlas rojas de algodón,
levantan los pies sobre las sillas de sus cabalgaduras y se sientan
á la turca teniendo á sus hijos en los brazos; los jefes de familia
y los ancianos se alzan los vestidos, y tomando con una mano el
arco ó el fusil y con la otra la brida de los caballos
despavoridos, los arrastran á la mitad de la corriente, cuyas
rápidas oleadas remolinean á su rededor los jóvenes, más prudentes
que los riohacheros que se dicen civilizados, se cubren con un
cinturón, se sumergen de un solo y soberbio golpe en el río y nadan
impasibles por en medio de la multitud de negros bulliciosos; otros
luchan con
|
1 Reguero de espuma
semi-circular.
|
los toros espantados œ obligan á los asnos reacios que no
se atreven á pasar la línea de las corrientes. Más allá de esta
escena, iluminada por la luz tan deslumbradora y tan viva de la
zona tórrida, se extiende la superficie ilimitada del azulado mar;
á lo léjos se presentan la vieja y arruinada fortaleza, las casas
de Riohacha, sombreadas aquí y allá por bosquecillos de cocoteros,
y más distante aún, las azules montañas de la Sierra y sus
ventisqueros que se destacan sobre el cielo como un encaje
trasparente. Por la tarde, las caravanas pasan de nuevo el río para
pernoctar en los ranchos esparcidos.
El territorio ocupado por los goajiros es una península de
catorce á quince mil kilómetros cuadrados, de cerca de doscientos
veinte kilómetros de largo, y unida al continente por un istmo, en
parte pantanoso, de sesenta kilómetros de ancho. En el centro se
levanta la maciza montaña de Macuira, que una pequeña cadena de
colinas une a las últimas ramificaciones de los Andes de Ocaña; el
resto de la península presenta solamente sabanas, lagunas y bosques
de manzanillos, mangles y árboles espinosos. Algunos arroyos, que
descienden de los flancos del Macuira, se pierden en las arenas del
llano, excepto en la estación de las lluvias, en la cual su curso
llega hasta el mar. Al nordeste, puntas rocallosas é islas de
arrecifes, tales como la de los Monjes, Chimare, Gallinas,
Chichibacoa, guarnecen la costa, y por su posición trasversal en la
dirección que siguen ordinariamente los buques que se dirigen á
Cartagena ó Santa Marta, causan un gran número de naufragios. Dos
puertos excelentes y admirablemente resguardados, Portete y
Bahía-Honda, se abren sobre la costa septentrional de la península,
entre el cabo de la Vela y Punta-Gallinas; pero solamente son
visitados por las goletas de los contrabandistas. En Bahía-Honda
colocaba Bolívar en sus ensueños de imperio, el asiento de la
capital de los Estados hispano-americanos²; a pesar de la
excelencia de este puerto, era probable que la nueva ciudad se
hubiera desarrollado muy lentamente, no porque la región de
Bahía-Honda sea ménos fértil que la explanada de Riohacha, sino
porque no es la vía natural de las ricas provincias del interior, y
porque su posición excéntrica la hace un verdadero callejón sin
salida.
Sea de esto lo que fuere, todos los establecimientos españoles
que existían ántes en la península han sido destruidos hace mucho
tiempo por los goajiros, y el último vestigio del antiguo pueblo de
Bahía-Honda, que consistía en un tinglado perteneciente á un
negociante de Riohacha, fue quemado ha cerca de doce años. No
existe un solo pueblo en toda la Goajira, y la vida nómade de los
indios nos hace presumir que no se formará en mucho tiempo, si no
es en las gargantas de Macuira y en la ribera derecha del río de la
Hacha. Los goajiros, cuyo número se hace ascender por unos á diez y
ocho y por otros á treinta mil, viven principalmente del comercio,
de la recolección de frutos, de la pesca, de la cría de ganados y
caballos; les es preciso cambiar de morada según las estaciones, ya
recorriendo las selvas para recoger los granos del dividivi, ya
bogando de bahía en bahía en persecución de las tortugas y de las
doradas, ya echando sus ganados por delante hacia las sabanas mas
fértiles ó las fuentes más abundantes.
Sus poblaciones transitorias se construyen prontamente; cada
rancho para abrigar á una familia se levanta en algunas horas: los
hombres clavan en tierra cuatro postes, las mujeres
|
2 Documentos recientemente
descubiertos y publicados prueban con evidencia que el Libertador
Bolívar nunca aspiró á la corona. N. del T.
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entrelazan las ramas que deben servir de techo, los niños
voltean la piragua debajo de la cual debe pasar la noche la familia
entera, tendida sobre la blanca arena. A veces en la estación
lluviosa se suspende una tela en el costado del rancho expuesto á
los vientos alisios; los jefes gastan lujo haciendo tejer
cuidadosamente ramas al rededor de sus cabañas reales. Cuando la
tribu nómada ha decidido su partida hacia nuevos pastos y nuevas
pescas, basta descolgar las telas, volver la piragua y lanzarla en
las ondas; de la población provisoria solamente quedan el ramaje
movido por la brisa y las ennegrecidas piedras de los fogones. En
las estaciones extraordinariamente secas, sucede á veces que un
gran número de goajiros se expatrian completamente y construyen sus
ranchos en las costas de la provincia de Riohacha. Así la Punta del
Diablo, caserío situado á sesenta kilómetros al oeste de la ciudad
cerca del bajo de las Montañas Nevosas, se ve invadido por muchas
centenas de indios que la sed y el hambre expulsan de sus
desiertos.
Los goajiros son admirablemente bellos, y creo que en toda
América no se encontrarán aborígenes de mirada más arrogante, de
andar más imponente y de formas mejor delineadas. Los hombres,
siempre envueltos, á estilo de emperadores romanos, en sus mantos
multicolores sujetos con cinturones entreverados, tienen
generalmente la cara redonda como el sol, del cual sus hermanos los
Muiscas, se decían descendientes; miran siempre de frente con un
aire de desafío salvaje. Generalmente tienen levantado el labio
inferior, y sonrisa sardónica. Son fornidos y muy hábiles para
todos los ejercicios corporales; su tez en la juventud es de color
de ladrillo, mucho más claro que el de los indios de San Blas y de
las costas de la América Central; pero ennegrece con la edad, y en
la vejez se parece poco más ó ménos al color de la caoba. Alrededor
de sus negros cabellos que caen en grandes bucles sobre sus
espaldas, enredan graciosamente un bejuco de convólvulos³, ó bien
se ponen plumas de águila ó de tucán, sostenidas por una sencilla
diadema tejida de fibras vegetales; por rareza se pintan el rostro,
y á las veces se trazan algunas líneas circulares en las piernas y
en los brazos.
Las mujeres, ménos adornadas que sus maridos y vestidas con
mantos de colores ménos ricos, tienen sin excepción y hasta la más
avanzada vejez formas de una admirable firmeza y de una gran
perfección de contornos; su andar es verdaderamente el de una
divinidad de la fábula, ó más bien, el de la mujer que vive en la
libre naturaleza y cuya hermosura, acariciada por el sol, se
desarrolla sin trabas. Sus facciones, que se asemejan á las de las
bellas irlandesas, están desfiguradas desgraciadamente por una
confusión de colores con que se pintan las mejillas y la nariz por
medio del achiote e imitando muy bien los anteojos de nuestros
bisabuelos; pero á despecho de estas grandes manchas rojas, las
salvajes hijas del desierto no llaman ménos la atención por su
altiva y radiante belleza, sobre todo cuando se las ve saltar al
través del llano al galope de sus rápidos caballos, con el ojo
encendido la cabellera al viento y el brazo levantado en señal de
triunfo.
Como en otras naciones, sean salvajes, bárbaras ó civilizadas,
el matrimonio no es en lo general entre los goajiros sino un
contrato de venta; pero este contrato no se realiza sino cuando el
hombre y la mujer se convienen mutuamente por la edad y son
igualmente fuertes y bien formados: los contrahechos y enfermizos,
que por suerte son muy escasos, viven
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3
|Convolvulus brasiliensis,
planta de encantadoras flores, que por sus largos bejucos y sus
innumerables raíces, retiene y consolida las arenas de las playas
marinas.
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4
|Bixia orellana.
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condenados implacablemente al celibato. El pretendiente trata de
agradar en primer lugar al padre de familia, y cuando están
convenidos en el número de reses ó de caballos que vale la joven,
aquel se dirige al rancho de la futura, llevando por delante su
torada. Se cuentan los animales, se palpan y examinan por el padre
de la bella y los peritos de la tribu; en seguida, se les hace una
nueva marca á tijeretazos, y cuando la última cabeza de la manada
ha cambiado de propietario, el joven puede aproximarse á su
prometida: el matrimonio está concluido y principia la fiesta en su
celebración. Sin embargo, los padres, que estiman en mucho la
belleza de su raza se dejan llevar por otras consideraciones
distintas de la fortuna; si el pretendiente se hace notar entre
todos sus compañeros por su fuerza, su alta talla y su agilidad, le
conceden gratuitamente una y aun muchas mujeres; á veces van hasta
hacerle un presente de bueyes, caballos, perlas ó fusiles, para
recompensar el insigne honor que les hace al entrar en su familia.
Para estos hombres la verdadera aristocracia es la de la belleza:
la riqueza y el poder pertenecen á los que la naturaleza ha
favorecido desde este punto de vista. Cuando la casualidad de los
naufragios arroja á la costa goajira algunos marineros extranjeros,
los indios que no ignoran la importancia calipédica de los
cruzamientos bien entendidos, retienen á los hombres de buena talla
y vigorosos, y les hacen pagar con algunos años de matrimonio
forzado con dos ó tres bellas goajiras la hospitalidad que les
conceden. En cuanto á los desgraciados marineros afligidos por el
destino con una apariencia ruin, son despojados de sus vestidos y
enviados de tribu en tribu hasta Riohacha, perseguidos con risas
burlonas y con una completa rechifla.
Los goajiros no son hospitalarios sino con los hombres de su
raza y los extranjeros que han implorado su protección.
Odian cordialmente á los españoles, con los cuales han batallado
muy cerca de tres siglos; los padres refieren á sus hijos que los
conquistadores Alfaguer y Belalcázar habían reducido á los indios á
la esclavitud y alimentado á los perros con su carne; les dicen que
algunas veces los soldados castellanos echaban por delante centenas
de pieles-rojas atados á una misma cadena, y se complacían en hacer
caer de un solo golpe las cabezas de aquellos que detenían un
instante el convoy. Así los descendientes de los españoles se
aventuran raras veces del otro lado de la embocadura del río de la
Hacha, y las goletas granadinas que van á traficar á la costa con
los indios, asestan hacia ellos las bocas de sus pedreros y
disparan á la menor alarma. Cuando se cruzan en el mar una barca de
pescadores riohacheros y una piragua de goajiros, se cambian
siempre injurias homéricas entre las dos tripulaciones.
A veces, y á pesar de los intereses comerciales que reclaman la
paz entre las dos razas, estalla la guerra á consecuencia de alguna
refriega entre los tratantes españoles y las tribus de Bahía-Honda;
entonces los indios se esparcen en los campos que rodean á Riohacha
y pillan las caravanas de mulas que vienen de la Sierra-Negra y del
Valle-Dupar; nadie se atreve á salir de la ciudad, ni á aventurarse
á las orillas del río, ni aun para hacer la provisión de agua dulce
en su embocadura; las mujeres se hacen escoltar por gentes armadas,
y los riohacheros que los indios sorprenden fuera de la ciudad son
asesinados sin compasión. Hace como doce años que, poco tiempo
después de una declaración de guerra, dos tratantes de quienes los
goajiros tenían motivos de queja, cayeron en manos de éstos; los
indios los hambrearon por algunos días, después obligaron al que
conservaba mayor vigor á cavar la fosa de su camarada y á
enterrarlo vivo; cuando esta misión atroz estuvo terminada, dieron
muerte al sepulturero, y, obedeciendo á alguna monstruosa
superstición, regaron la sangre sobre la tierra removida
recientemente.
Después de algunos meses de interrupción en el comercio
pacífico, los goajiros, suficientemente vengados con la muerte de
algunos de sus enemigos, y sintiendo la necesidad de proveerse de
|coletas, de adornos, de pólvora, de piedras de chispa,
vuelven al mercado conduciendo sus productos y ofrecen al mismo
tiempo la paz á sus enemigos los blancos y los negros. Estos, que
se creen muy felices al ver cesar al fin el estado de sitio al cual
estaban sometidos, la aceptan sin vacilar, y el tráfico diario
principia de nuevo con las mismas condiciones de ántes. Los ranchos
se levantan de nuevo en el barrio oriental de la ciudad, y los
riohacheros vuelven á sus paseos matinales para bañarse en la
desembocadura del río.
En paz como en guerra, los goajiros conservan en la ciudad el
derecho de gobernarse por sí mismos, y se mofan de las leyes
granadinas. Durante mi residencia en Riohacha, fue asesinada una
mujer por un indio de una tribu acampada cerca de Bahía-Honda: el
asesino huyó inmediatamente y logró sustraerse á las pesquisas de
la familia irritada. Algunos meses después, se esparció entre los
goajiros la noticia de que aquel estaba oculto en una casa de
Riohacha; los hermanos de la víctima, seguidos de sus amigos,
armados de flechas y fusiles, entraron á la ciudad y registraron
todos las casas, una después de otra, hasta que lo descubrieron
temblando. Lo ataron con fuertes ligaduras, y lo trasportaron más
allá de la desembocadura del río, á la calzada de arena que forma
la punta extrema del territorio goajiro, y en seguida el hermano de
la india le cortó la cabeza de un machetazo. Toda la familia del
criminal, descubierta más tarde, corrió la misma suerte, á
excepción de la mujer, que fue dejada por muerta sobre la arena y
tuvo fuerza bastante para pasar el río á vado y llegar á morir á
Riohacha. Sin embargo, los indios aceptan algunas veces el precio
de sangre y perdonan al que les paga. Un comerciante de la ciudad,
don Nicolás Barros, tiene en su casa una india pequeña, cuya vida
salvó por la suma de cuarenta francos.
Si los riohacheros tiemblan ante los goajiros, éstos por su
parte temen á los
|cocinas y hablan de ellos con terror. No
es cobardía de su parte, porque son los hombres más valientes, y á
las flechas envenenadas pueden oponer flechas de la misma clase y
balas de fusil que van más rectamente al blanco; pero los
|cocinas son antropófagos, y nada atemoriza más á los
goajiros que el pensamiento de verse asados y devorados después de
caer en la batalla. Los
|cocinas recorren las sabanas
pantanosas que se extienden entre Maracaibo y la Sierra de Macuira,
á lo largo del golfo de Venezuela. Poco numerosa esta, como la
mayor parte de las tribus antropófagas, cuenta á lo más algunas
centenas de guerreros; pero es poderosa sobre todo por el terror
que inspira. Aun cuando desapareciera, los recuerdos del pasado
protegerían por mucho tiempo su territorio.
Á pesar de las recomendaciones de mis amigos de Riohacha, me
aventuré más de una vez en las posesiones de la república goajira,
y fui á visitar muchos grupos de ranchos. Es verdad que ántes me
había hecho presentar al jefe conocido por los españoles con el
nombre de
|Pedro quinto, especie de gigante, altivo como un
mandarín chino, de una obesidad que probaba su riqueza y la
costumbre de comidas copiosas. A su vez este jefe me hizo ver á sus
numerosos súbditos, reunidos en el mercado de Riohacha, y me colocó
bajo la protección de toda la tribu. Tenía yo un gran título á su
amistad en ser
|felansí
|5
|, quizás
descendiente de esos piratas á quienes los goajiros ayudaron á
quemar once veces la ciudad de Riohacha; mi persona era pues,
sagrada, y todo insulto hecho al huésped de la tribu sería vengado
con sangre. Del mismo modo, aunque yo hubiera sido inglés, español
y hasta
|cocina, desde que me fue prometida la hospitalidad,
nada tenía que temer; todos los ranchos me pertenecían y podía
ordenar lo que quisiera. Cuando un enemigo pide refugio á los
goajiros y logra penetrar en una cabaña ántes de haber sido
alcanzado por una flecha ó hala, el huésped le servirá como si
fuera su mejor amigo, pero teniendo cuidado de volver la espalda y
de cubrirse el rostro con un velo, por el temor de cambiar una
mirada de odio con el extranjero suplicante.
En mis repetidos paseos á lo largo de las playas de la Goajira,
pasé muchas veces al lado de hombres, en apariencia sin vida,
tendidos sobre la arena, vigilados por mujeres que se ocupaban
tranquilamente en tejer redes ó sombreros. Creí al principio que
esos cuerpos inmóviles eran cadáveres cerca de los cuales se habían
colocado guardianes para espantar á los
|caricaris y buitres;
pero una de las mujeres, que sabia algo de español, me hizo
comprender que su marido no estaba muerto, sino durmiendo el sueño
de la embriaguez desde el día anterior.
-Ayer vendió su palo de brasil, -añadió con aire confiado.
Los placeres que la embriaguez produce son apreciados de tal
manera que la mujer siente aumentar su respetuoso afecto por el
marido sumido en esa fatal beatitud; ella se arrodilla cerca de su
cabeza, espanta los cínifes que podrían turbar su pesado sueño,
refresca su frente venteándola con una ala de águila, pues en
circunstancias análogas, puede á su vez tener necesidad de ser
cuidada de la misma manera.
Á la conclusión de todo negocio, el tratante riohachero da al
vendedor goajiro uno ó muchos jarros de aguardiente garantizado
puro, pero extraordinariamente mezclado con agua. El indio lleva á
su rancho el precioso licor, y bebe de seguida hasta que cae
moribundo en la arena. Refieren que un buque cargado de ron encalló
en los arrecifes de Punta-Gallinas: la noticia se esparció
inmediatamente en toda la península, y durante algunos días la
nación entera estuvo sumida en la más completa embriaguez. Más de
una vez dicen que han bebido ácido sulfúrico con la misma avidez
que el ron, por lo cual ha muerto más de un pecador impenitente. El
vicio de la embriaguez no tiene entre los goajiros las mismas
consecuencias desastrosas que en los países civilizados de Europa:
aquí la miseria es la consecuencia infalible de la bebida: allá la
pobreza es desconocida. Además los goajiros tienen como todos los
otros indios de la América la maravillosa facultad de hacer
suceder, sin sufrimiento, la más rígida sobriedad á los festines y
á la embriaguez. Cuando el goajiro ha matado un corzo ó una
tortuga, lo devora sin descanso hasta concluir enteramente con el
animal; si se adormece en medio del festín con un sueño de boa, se
tiende en una estera empuñando los sanguinolentos restos, para
llevárselos á la boca apenas despierte. Cuando la caza y la pesca
han sido infructuosas, el goajiro aprieta fuertemente su cinturón
al rededor del estómago desinflado, y ayuna durante días enteros
sin dignarse arrojar una mirada codiciosa sobre el alimento de sus
compañeros.
Á pesar de los vicios y de los defectos que son comunes a todas
las naciones bárbaras aún los indios aborígenes progresan
evidentemente, y quizá serán para la provincia de Riohacha, lo que
han sido los indios del interior para el Socorro, Vélez y Pamplona:
el elemento más importante de la regeneración social. Hasta estos
últimos años, se habían conservado puros de toda mezcla; pero las
numerosas ocasiones de contacto creadas por las relaciones de
comercio han producido recientemente algunas familias importantes
de mestizos. Poco á poco los veinte ó treinta mil goajiros,
atraídos por su interés á la vecindad de un lugar cuya población se
aumenta diariamente, se refundirán con los habitantes negros y
blancos del país, y el feroz antagonismo de las razas desaparecerá.
En cambio de su espíritu de trabajo, de sus creencias, de su
indomable valor, los goajiros recibirán esa vivacidad de
impresiones, esa poesía de los sentidas, que hacen á los criollos
de sangre mezclada tan accesibles á las inflo ovaciones de toda
clase.
El comercio de las tribus goajiras con el extranjero es
proporcionalmente más considerable que el de cualquiera otra
comunidad de la república granadina. Con sus envíos diarios al
mercado de Riohacha, hacen más por la prosperidad de esta ciudad
que sus mismos habitantes; además ellos exportan para Jamaica y
Santo Domingo caballos los más bellos de formas, los más sobrios de
toda Colombia; ganados sal cueros, granos de dividivi,
tasajo
|6.
|
Las necesidades del tráfico les han
hecho aprender el
|papamiento, y cuando el círculo de sus
ideas se extienda, es indudable que su lengua, muy pobre y adaptada
á la sencillez de sus costumbres, desaparecerá gradualmente para
hacer campo al español. Su idioma, que lo pronuncian con una voz
siempre doliente y triste, se deriva del
|chibcha y se
distingue como esta lengua por su escasez de sonidos y por las
sílabas
|thi, tcha, constantemente repetidas. Se asegura que
en la biblioteca de Stockolmo existe hoy un vocabulario goajiro,
recogido por un misionero hacia fines del último siglo.
La naturaleza del terreno, que obliga á los goajiros á hacerse
sucesivamente comerciantes y pastores nómadas, no les ha permitido
realizar grandes progresos en la agricultura; sin em-
|
6 Carne cortada en tiras y secada al
aire.
|
bargo, en los últimos tiempos, muchos de ellos se han
establecido en puntos diversos de la ribera derecha del río de la
Hacha, y han desmontado el terreno para plantar
|mangos y
otros árboles frutales. Sin perder por esto sus costumbres errantes
estos indios vienen frecuentemente á visitar sus nacientes
plantaciones y á recoger sus frutos; así será como poco á poco, se
fijarán en ese terreno y vendrán á ser verdaderos agricultores.
Cinco ó seis familias atraídas por el cebo de la ganancia han dado
un paso más: establecidos sobre la ribera española del río, á
diversas distancias de la ciudad, han formado
|rozas en
algunos terrenos bajos, fáciles de regar, en las cuales, gracias á
una horticultura enteramente rudimental, producen melones, sandías
y yucas en cantidad suficiente para abastecería la ciudad. Aseguran
que, con el objeto de proteger sus huertos contra los ladrones, los
indios echan serpientes venenosas en los vallados de las
|rozas; dicen también que siembran de distancia en distancia
|yucas bravas que ellos únicamente saben distinguir de las
otras, y que causan la muerte con su jugo venenoso al que las
come.
Otro rasgo característico de los goajiros que es preciso trazar
en pocas palabras, es su odio contra la religión católica. En esta
religión ven solamente la execrada fe de sus antiguos opresores, la
fe en cuyo nombre sus antepasados frieron decapitados, hechos
picadillo, reducidos á la esclavitud; todos los esfuerzos
intentados para convertirlos no han producido otro resultado que
exaltar su aversión por el nombre español. Parece que no tienen más
religión que el amor á la libertad, y jamás pude averiguar si
creían sinceramente en el Gran Espíritu y en la inmortalidad del
alma.
Á todas mis preguntas en este sentido, respondían con miradas de
asombro ó con sonrisas de desprecio. Una sola práctica prueba, á mi
|
parecer, que admiten la existencia de un Ser supremo: cuando
el trueno retumba, arrojan en el aire tizones encendidos y dan
grandes gritos, como para devolver al espíritu de la tempestad voz
por voz, rayo por rayo. De este modo, dicen las tradiciones
caldeas, Nemrod, el poderoso candor, lanzaba flechas a las nubes,
que más de una vez volvieron á caer ensangrentadas.