RIOACHA
Pocos días después de mi llegada, di las gracias por su
hospitalidad al ingeniero Rameau, y alquilé al extremo opuesto de
la ciudad una casa agradable, sombreada por un pequeño grupo de
palmeras. Al principio tuve algunas dificultades que estaba muy
lejos de prever: mi arrendador, el señor Morales, no queda oír
hablar de arrendamiento, y á duras penas le hice aceptar la módica
suma que le correspondía. Debo á este propietario modelo una
multitud de noticias sobre la sociedad de Riohacha, el mecanismo de
la administración local, la geografía de los alrededores, los
indios goajiros y las montañas. Cuando un neogranadino presta
servicios, no pone limites á su complacencia.
La ciudad de Riohacha, menos regularmente construida que la de
Santa Marta, tiene la inmensa ventaja de no estar arruinada; sus
calles con aceras de ladrillo á ambos lados aunque muy llenas polvo
y muy mal alineadas, avanzan cada año más hacia el campo, y el
número de habitantes pasa ya de cinco mil, población considerable
para una ciudad insalubre de la costa. Casi todas las casas
cubiertas con hojas de palma, se componen de maderos verticales,
cruzados con listones de callas silvestres ó bambú; las paredes
forman de este modo una especie de zarzos, cuyas intervalos se
llenan con barro amarillo endurecido al sol; así, las fachadas de
las casas que miran al norte y al este, esto es, expuestas líos
vientos alisios, se conservan completamente húmedas por el espacio
de algunos meses. las únicos edificios de piedra son la aduana, las
ruinas que sirven de palacio al cuerpo legislativo de la provincia,
dos ó tres casas particulares, y la Iglesia, monumento demasiado
grande, y en el cual se trabajó durante cuarenta años; ésta se
halla coronada por un faro erigido en 1856, el primero que se haya
levantado á costa de una ciudad neo-granadina. Cuando este faro
brilló por la primera vez, fue una fiesta nacional: todos los
riohacheros, hombres y mujeres, se trasportaron al muelle para ver
brillar su luz; les parecía que no tenían cosa alguna que envidiar
á las grandes ciudades del mundo. Desgraciadamente, después de ese
día de triunfo, el guardián del faro ha olvidado frecuentemente su
deber, y la estrella de fuego no esparce sus rayos sobre la ciudad
sino de tiempo en tiempo.
De los tres fuertes que defendían la ciudad en tiempo de los
españoles, uno solo subsiste aún; las ondas han zapado los otros
dos ha mucho tiempo, cuyos cimientos se han convertido en pequeños
arrecifes, cubiertos de pulpos. Los temblores de tierra, tan
frecuentes y a veces tan terribles en otras partes de Colombia
parece que no han sido la causa de su destrucción. Tal vez se ha
efectuado una lenta depresión del terreno, porque se nota en muchos
lugares la invasión gradual del mar, y la calle de la Marina, antes
la más importante de Riohacha, ha desaparecido bajo las ondas, que
se la han llevado en claro. En otro tiempo debió de producirse con
gran intensidad un movimiento en sentido inverso: la explanada
entera compuesta de aluviones marítimos y de conchas calcáreas,
tiene la apariencia de una bahía recientemente formada. Los
contornos de los arrecifes perdidos en el interior de las tierras
están tan tersos como en la época en que los golpes de las olas
formaron desigualdades en ellos; las arenas parecen arrojadas allí
la víspera, y los pantanos formados en los terrenos bajos están aún
tan salados como el día en que una calzada de guijarros los separó
del mar.
La explanada de Riohacha puede tener diez y seis leguas
granadinas en todos sentidos; cubre una superficie de seis mil
cuatrocientos kilómetros cuadrados, limitada al oeste por la Sierra
Nevada, al sur por las montañas de pórfiro llamadas Sierra de
Treinta ó de San Pablo, y al este por el río que ha dado nombre á
la ciudad y que la separa de los desiertos y de los pantanos de la
península goajira. Al pie de las alturas y sobre las riberas de las
corrientes de agua, esta explanada es extremadamente fértil; pero
en la zona más próxima á Riohacha, la falta de agua dulce y la
naturaleza arenosa del terreno hacen muy precaria toda tentativa de
agricultura, excepto en las riberas del río, en las cuales nadie
osa establecerse á causa de la terrible vecindad de los indios. El
campo está cubierto solamente de árboles espinosos y de malezas que
crecen en las dunas, á lo largo de las antiguas playas marítimas y
alrededor de pantanos infectos. En las condiciones actuales de la
agricultura granadina, seda absurdo hacer tentativas serias de
colonización en los alrededores de Riohacha, porque alejándose una
docena de leguas hacia el sur ó el oeste pueden encontrarse
admirables terrenos que hasta ahora no han sido ocupados, y que son
infinitamente más propios para toda clase de cultivo; los raros
huertos de los alrededores de la ciudad deben su existencia á los
ricos propietarios, que los plantaron con el objeto de que
sirvieran como lugares de recreo.
En 1856, el vice-cónsul francés hizo plantar quinientos mil pies
de ajonjolí en un campo de veinte hectáreas, poco más ó menos, que
había hecho desmontar cerca del promontorio de Mariangola, á seis
kilómetros al oeste de Riohacha. Él me detalló complacientemente
sus esperanzas.
-Rebajando, -decía él-, un cuarto del precio que puedo conseguir
en Marsella por mis productos, cuento con trece mil pesos por
estación, que son veinte y seis mil pesos ó ciento treinta mil
francos por año.
Desgraciadamente las lluvias fueron poco abundantes y las
plantas, que crecen muy bien en medio de los bosques en que están
protegidas de los rayos del sol por el espeso follaje, se
marchitaron en ese vasto campo sin sombra antes de producir. La
quimérica renta neta de veinte y seis mil pesos se saldó por una
pérdida de algunas centenas de francos. Resultados semejantes deben
esperarse en la mayor parte del territorio que se extiende
alrededor de la ciudad.
Profundas y tortuosas barrancas abiertas por las aguas de las
lluvias en el terreno de arcilla roja, y que se agrandan á medida
que se aproximan al mar, cortan la explanada en todos sentidos y
hacen muy penosa, aun para el más obstinado cazador, la marcha por
ella. Aunque la legislatura vota cada año subsidios para mejorar
los caminos arenosos que se dirigen á pueblos del interior, sin
embargo, no se les puede recorrer sino á pie ó á caballo; no se
encuentra un solo carro, ni otro vehículo del mismo género en
treinta leguas á la redonda El vice-cónsul inglés, el primer
caballero de la ciudad, posee un coche que es, por decirlo así, el
símbolo de su poder, y que los jóvenes elegantes le piden á veces
para cruzar á toda rienda las plazas y las calles de Riohacha, y
ocultarse en un torbellino de polvo á las miradas de los papanatas
azorados. Así mismo otro caballero, el señor Atensio, ha hecho
construir una góndola dorada que jamás le sirve, pero que tiene el
placer de mostrar en el patio á sus visitadores.
Como los habitantes de Riohacha no pueden penetrar en los
bosques de los alrededores, ni seguir los senderos, en los cuales
se sumergen hasta media pierna en la arena, se ven obligados á
limitar sus paseos á lo largo de la playa, que cada ola allana y
siembra de conchitas, ó bien á recorrer de un extremo á otro el
muelle que tiembla al choque de las olas. La rada de Riohacha es
extremamente rica en vida animal. El mar está á veces amarillo de
acalejos; numerosas tortugas flotantes navegan en orden en una
vasta extensión de plantas marinas, que cambian la superficie de
las aguas en una inmensa pradera; los cuervos marinos, llamados
|buzos en el país, se sumergen torpemente, mientras que
bandadas de
|tagatangas, revoloteando al rededor de aquellas
aves se posan sobre sus espaldas y esperan pacientemente que hayan
cogido alguna presa para arrebatársela. Por la tarde, bandadas
triangulares de aves marinas; semejantes á los batallones de un
ejército, se dirigen hacia los pantanos situados al oeste, al pie
de la Sierra Nevada, y por la mañana vuelven en el mismo orden, sin
alterar en nada la regularidad de sus viajes diurnos.
Frecuentemente se ve aparecer en el agua al tiburón, en persecución
de las doradas ó de otros peces, pero las gentes que se están
bañando no se ahuyentan por eso, ni suspenden el baño.
|-Regáleme usted una peseta y daré una patada
|al
tiburón,
|-dicen los muchachos á los espectadores que están á la
orilla de la playa.
En seguida nadan hasta cerca del animal, se deslizan por debajo
de su vientre y le aplican un puntapié: el monstruo huye con toda
la rapidez de sus nadaderas.
Débese sin duda la bondad de carácter de los tiburones de estos
parajes á la abundancia de alimentos que encuentran á lo largo de
la costa. No he oído hablar de un solo accidente:
un tiburón, que andaba al rededor del muelle, atrapó un cita por
casualidad el pie de un muchachito que se habla acostado á la
orilla de la playa y que las olas bañaban á intervalos. En cuanto á
los terribles tiburones
|tintoreras, jamás se ven en la rada
de Riohacha, cuyas aguas no son sin duda suficientemente profundas
para que puedan hacer allí cómodamente sus cacerías.
Á cada extremidad de la población hay un lugar de horror y de
sangre: al oeste la
|carnicería pública; al este los
cobertizos para las tortugas. La carnicería se compone simplemente
de estacas clavadas en la arena de la ribera, y aunque se ha tenido
el cuidado de establecerla bajo el imperio de los vientos, siempre
se escapa un olor pestilencial de sangre cuajada mezclada con
yerbas marinas y restos de armazones en putrefacción, pelos,
girones de carne y huesos esparcidos por todas partes; la espuma
del mar se enrojece al correr sobre la arena. Los
|gallinazos
de largo cuello desnudo rodeado de un collar rojo, las águilas
|caricaris enderezadas fieramente sobre pedazos de carne
corrompida, é innumerables perros que ladran, rodean la carnicería,
en donde reses flacas compradas por la mañana á los indios goajiros
olfatean el olor de los cadáveres con sordos bramidos.
Frecuentemente los carniceros desjarretan de un machetazo á las
pobres reses para impedir que rompan la cuerda que las sujeta, y
las dejan toda la noche vertiendo sangre, y hasta el día siguiente
por la mañana no concluyen con ellas; en seguida las dividen en
pedazos y venden las carnes aún palpitantes.
Los cobertizos para las tortugas no son menos horribles; á veces
se cuentan debajo de esos techos de ramas y de hojas más de cien
que pesan cada una muchos quintales; con la cabeza colgando, el
cuello desmesuradamente inflado, los ojos inyectados de sangre,
estos animales esperan frecuentemente durante semanas enteras el
hachazo que debe despedazar su coraza y poner un término á sus
sufrimientos. Cuando uno pasa cerca de estas tortugas cautivas,
agitan convulsivamente las patas como si esperasen algún socorro.
Innumerables conchas á las cuales están adheridos restos de carnes
corrompidas yacen esparcidas á montones á los alrededores de los
cobertizos, y en aquel sitio se encuentra la arena enrojecida á
muchos pies de profundidad.
Durante los siglos XVII y XVIII, Riohacha, que se llamaba
entonces ciudad de la Hacha, era célebre por su opulencia: joyeros,
engastadores de perlas, cambistas establecidos en ambas aceras de
la
|calle de la Marina, ostentaban inmensas riquezas ganadas
con la venta de las perlas que los indios pescaban á tres leguas al
nordeste de la ciudad, cerca del cabo de la Vela. Por tal motivo la
ciudad de la Hacha era el blanco de los piratas de las Antillas, y
la tradición refiere que durante el curso de dos siglos ella fue
sometida al pillaje y entregada al incendio once veces; pero
contenía tales elementos de prosperidad que once veces se levantó
de sus ruinas. En fin, cuando la expedición del almirante Vernon
contra Cartagena, dicen que éste, queriendo aniquilar para siempre
el comercio de Riohacha, envió hacia el cabo de la Vela muchas
naves de guerra que destruyeron todos los arrecifes perleros de
esos parajes explotándolos durante meses enteros. Después la costa
se ha ido poblando muy lentamente de ostras de perlas, y su escasez
que ha coincidido con una gran baja en el precio de este artículo,
ha contribuido á disminuir considerablemente la importancia de
Riohacha. Hoy se ocupa en la pesca de perlas una quincena de indios
cuando más; un solo joyero anciano, para quien todo va
extraordinariamente mal en el mundo, hace vibrar, renegando, la
cuerda del instrumento que le sirve para engastar las perlas; y
vende muy lindos aderezos por unas pocas
|pesetas.
El comercio de la ciudad consiste principalmente en palo de
Brasil y de Nicaragua, que los indios y labradores de las
provincias del interior trasportan en mulas; en granos de
|dividivi¹, en cueros, y desde hace pocos años en café y
tabaco. Las principales artículos de importación son los
alimenticios; las naves de Nueva York le llevan maíz y harina; los
pueblos de Sierra-Negra le envían café y frutas; Dibulla, pequeño
puerto situado á quince leguas al oeste, le suministra plátanos y
cacao; los indios goajiros ganado; pescadores de la misma tribu
piden al mar sus innumerables peces, sus tortugas y sus mariscos.
Así los riohacheros dependen completamente de otros para su
alimentación cotidiana. Si las tempestades en el mar y las lluvias
en la tierra coincidieran para impedir toda importación, el hambre
reinada bien pronto: con alguna frecuencia se ha carecido allí de
pan durante semanas enteras.
A pesar de esta desventaja, tengo para mi que el porvenir de
Riohacha es magnifico, porque esta ciudad, una de las menos
insalubres de toda la costa firme, es la salida natural de una
inmensa región que se va poblando rápidamente. Las producciones de
la Sierra Nevada, de la Sierra-Negra, de la fértil hoya del
Valle-Dupar, de la península goajira, no pueden exportarse sino por
Riohacha; tarde ó temprano, cuando se abran caminos al través de
las sabanas y de las selvas, las producciones del alto Magdalena y
de la laguna de Maracaibo, centuplicadas por la agricultura,
tomarán necesariamente la misma vía. Muchos ricos negociantes
judíos de la isla holandesa de Curazao, con el olfato que distingue
á los holandeses, han adivinado la importancia altura de Riohacha y
han establecido allí sucursales; la mayor parte del comercio de
la
|
1
|Coulteria tinctoria; Ios granos se emplean en
Inglaterra para curtir los cueros.
|
provincia está ya en sus manos. Durante los diez últimos años,
el total de los cambios ha ido en aumento, y el movimiento anual de
buques se eleva hoy á más de treinta mil toneladas. Los armadores
riohacheros poseen cerca de una veintena de bergantines y goletas:
es decir, las dos terceras partes poco más ó menos, de toda la
marina mercante de la Nueva Granada. Desgraciadamente el puerto de
Riohacha no es en realidad sino una rada abierta en que los buques
mayores anclan á una ó dos millas de la costa. Esta circunstancia
incómoda, unida á la poca importancia de las mareas, que se elevan
cincuenta centímetros apenas, impiden que los buques de vapor
visiten frecuentemente las aguas de Riohacha; cuando alguno de
estos buques visita aquellas aguas, la noticia se esparce
inmediatamente en todos los pueblos de la comarca y centenares de
curiosos se pasean sin cesar en el muelle para ver de lejos la
extraña nave.
Exceptuados estos últimos tiempos, en que la rivalidad entre
Santa y Riohacha ha producido algunos desórdenes sensibles, el
gobierno y la administración de esta última ciudad han funcionado
siempre sin obstáculos serios. Como en todas las otras ciudades
granadinas, se goza en ella de tal libertad, que el extranjero
pacífico puede permanecer años enteros en el país sin que nada le
recuerde el poder: allí no hay ni soldados, ni agentes de policía,
ni guardas uniformados, ni colectores de impuestos, ni empleados
que se distingan del resto de los ciudadanos por algún signo
exterior. Los gastos municipales se hacen con el producto único del
derecho de toneladas y de faro impuesto sobre los buques mercantes.
Todos los habitantes de la ciudad están investidos de hecho de las
funciones de magistrados, y como tales hacen ejecutar la ley, y la
seguridad y el orden público están confiados á su honor. De esto
resulta que la administración local no puede tener fuerza real sin
el concurso de los ciudadanos; y si la municipalidad no entrara
algunas veces en conflictos con los gobiernos de Santa Marta y
Bogotá, si las decisiones de la administración federal, dadas á una
gran distancia y sin un perfecto conocimiento de causa, no hirieran
frecuentemente los intereses locales, toda revolución, todo
trastorno político vendría á ser imposible allí.
Riohacha, siguiendo el ejemplo de las otras municipalidades de
la Nueva Granada, ha amoldado su Constitución á la de la República.
El gobernador ó presidente, que durante mi permanencia en Riohacha
era un sencillo especiero y mercader de conchas de tortuga, es el
encargado de velar en la ejecución de las leyes, de dar informes al
gobierno central, de conservar los archivos de la ciudad y de hacer
publicar los actos oficiales; como los jueces y demás funcionarios,
es nombrado por mayoría de votos. La cámara provincial, compuesta
de diputados de las ciudades y distritos de la provincia, se reúne
en una antigua iglesia medio arruinada, cuyo nombre sonoro es hoy
|Palacio de la libertad; á la vista de sus conciudadanos
admitidos á la barra de la asamblea, los diputados discuten sobre
arbitrios, conservación de los caminos, compra de libros y folletos
para la biblioteca comunal y otras cuestiones de interés local.
Es innecesario decir que á ejemplo de todas las asambleas
deliberativas, la de Riohacha, que se compone cuando más de 24
miembros, se divide en izquierda, centro y derecha. Esta última
fracción, formada especialmente de ricos propietarios, está por lo
general satisfecha de la marcha de las cosas, y trata de evitar
toda discusión seria reclamando el orden del día; ésta dispone de
la mayoría de los votos. La izquierda, menos numerosa y
disciplinada, logra sin embargo hacer votar todos los proyectos de
interés público, gracias al apoyo que le dan la juventud y el
periódico
|intermitente publicado por
|los liberales.
Intermitente he dicho: en efecto, en la época de mi residencia en
Riohacha, este periódico, así como la mayor parte de las
publicaciones que se llaman
|periódicos en la Nueva Granada,
salía algunas veces, y no tenía existencia seria sino en las épocas
de elecciones ó de una gran agitación política. Es imposible
calcular las dificultades que encuentra un redactor de periódico en
la Nueva Granada. Cajistas, regentes y prensistas, rehusan trabajar
cuando no hay un gran interés patriótico, y erigiéndose ellos
mismos en tribunal de censura, discuten la utilidad de la
publicación; según las circunstancias, dan ó rehusan su
|imprimatur Así como resisten el trabajo cuando no hay
cuestiones graves que preocupen el espíritu público, del mismo modo
emplean todo su ardor en el servicio de la causa en las ocasiones
solemnes entonces pasan el día y la noche en la imprenta, levantan
de prisa el periódico y las excitaciones al pueblo; en seguida se
encargan de fijarlas y se convierten en repartidores, y recorren la
ciudad y anuncian las noticias como pregoneros públicos. Detrás de
ellos se forman grupos compuestos igualmente de jóvenes entusiastas
que se apoderan de los ejemplares, penetran en la sala de las
deliberaciones de la asamblea y despliegan las hojas húmedas aún y
los gigantescos carteles, como para protestar de antemano contra
toda decisión poco liberal.
Es conocido el terror misterioso que á los negros del interior
del África les causa el
|papier parlé ; del mismo modo, los
legisladores de Riohacha al ver el periódico acusador en el cual
leen anticipadamente su condenación, pierden el juicio con
frecuencia y ceden en las cuestiones del debate: mucho le queda por
hacer á la palabra impresa. La prensa tiene en proporción una
influencia mucho más poderosa sobre las masas
|
ignorantes que
sobre los pueblos ya civilizados; en Riohacha, el periódico liberal
es ciertamente un cuarto poder.
La administración puramente municipal, se compone de un jefe
político y de un consejo rara vez convocado. El jefe político que
yo conocí, era un joven que ejercía, según las circunstancias el
oficio de relojero ó de carpintero; muy tímido y dulce se esforzaba
para no ver amargada su existencia, y trataba de hacerse invisible
deslizándose entre todos los partidos. Se le había elegido para
reemplazar á un jefe político poco más ó menos loco, que, al
contrario, pasaba por demasiado arrogante, y sin prevenir á nadie
ponía en ejecución los caprichos más extravagantes. Un día abrió la
prisión en que estaban encerrados muchos ladrones y un asesino.
-Tomaos la pena de salir, señores.
Aquellas gentes no se lo hicieron repetir dos veces.
Las fiestas nacionales se celebran ordinariamente con grandes
bailes dados en la plaza pública,
|urbi et orbi. El jefe
político se pone entonces á las órdenes del francés Chastaing, y,
manso como un cordero levanta los postes, cepilla las tablas,
amarra las cortinas, extiende las guirnaldas y despliega las
banderas. Nada más encantador que esos bailes iluminados
oblicuamente por la discreta luz de la luna: los grupos de
danzantes giran al rededor de las columnas vestidas de follaje: las
mujeres, vivas como cervatillos, corren, saltan y brincan
sacudiendo al viento sus negros cabellos entretejidos con flores y
hojas los embriagadores perfumes de las mimosas y de los lirios de
América se esparcen en el aire, y cuando los músicos cesan sus
acordes, la potente voz del mar los repite de un modo más solemne y
más bello.
Sin embargo, las fiestas más espléndidas son las procesiones
hechas en honor de la
|Santísima Virgen de los Remedios,
patrona que, en concepto de los riohacheros, es tan poderosa como
la Virgen de los Dolores, la de las Virtudes, ó cualquiera otra
Virgen del mundo. Antes estaba representada en la iglesia de
Riohacha por una estatua de plata vestida de perlas; pero hace
mucho tiempo que esta efigie fue empeñada á un judío de Curazao, y
probablemente á esta hora, estará trasformada en lingotes ó en
piezas de á cinco francos. La nueva estatua torneada en madera de
guayacán por don Jaime Chastaing, y provista de una cabeza de
cartón con alambres de fierro, no es durante trescientos sesenta y
cuatro días del año, objeto de ninguna veneración; pero el día de
la gran fiesta recobra repentinamente por veinte y cuatro horas el
poder milagroso de la antigua. Una multitud tumultuosa, compuesta
en su mayor parte de mujeres y niños, invade la iglesia desde por
la mañana para adorar á la Virgen, y tejerle guirnaldas de flores,
se la adorna con todos sus atavíos, en seguida se la lleva en
triunfo y se forma la gran procesión. Los principales personajes
bíblicos figuran en ella: Jesús-Cristo con una barba postiza y
pedazos de latón al rededor de la cabeza, Lázaro cubierto con una
lepra demasiado real, Judas, maniquí vestido á la última moda,
Simón de Cirene doblado bajo el peso de la cruz y embriagándose con
aguardiente sin preocuparse de las probabilidades históricas, en
seguida ángeles y sobre todo diablos sin número que regocijan al
público con sus muecas y contorsiones. Por encima del grupo
principal, se percibe la estatua de la Virgen, que agita sus
brazos, gira los ojos dentro de sus órbitas, mueve violentamente
los labios; al llegar á la orilla del mar, nunca deja de arrojar á
las ondas su corona de papel dorado. Al instante los muchachos
completamente desnudos, ó vestidos con solo una camisa despedazada,
se precipitan al agua para reconquistar la preciosa corona, que
vuelven á poner en la cabeza de la estatua, la cual se apresura a
arrojarla de nuevo en el mar, con grandes aplausos de la multitud.
Esto es lo que por allá llaman milagros, y la fiesta no es
espléndida sino cuando la estatua se ha dignado hacer al menos una
centena. Cuando la Virgen milagrosa ha sido colocada nuevamente en
su nicho, todos rodean el maniquí que representa a Judas, se le
carga de maldiciones se le llena de lodo, se le hiere á sablazos,
en seguida se le suspende á un poste frente á la casa de algún
judío detestado, y se le acribilla á balas hasta que cae á pedazos.
Por la tarde hay gran reunión en la plaza pública, riñas de gallos
delante de las tabernas, danzas improvisadas por los zambos en las
calles.
Esta afición á las procesiones mímicas, que por lo demás
disminuye gradualmente, y no puede compararse en Riohacha con la
que distingue á los habitantes de Quito y de otras ciudades de
Colombia, no implica en manera alguna gran fe, y es con cierta
incredulidad burlesca que los riohacheros piden los milagros. Ellos
son necesarios, porque están en el programa de la fiesta; la
tradición de la ciudad los exige y es por ellos que se ligan al
pasado y que la cadena de los tiempos se reanuda. En efecto, se
refiere que, cuando la última expedición de los piratas contra
Riohacha, la multitud aterrorizada corrió á la playa, llevando la
venerada imagen de la Virgen, á fin de conjurar el peligro. La
estatua arrojó su corona de oro bien lejos en el mar; las ondas
respetuosas se separaron ante este objeto sagrado, y al retirarse
precipitadamente se tragaron las embarcaciones de los piratas; así
fue salvada la ciudad. Después, la imagen es obligada todos los
años á repetir su milagro, y los riohacheros, como nuestros
antepasados asistiendo á la representación de algún misterio, se
apasionan á la vista del prodigio que ellos mismos hacen. En cuanto
al martirio que infligen al traidor Judas, no puede asombrar en un
país en que los judíos se han adueñado de la mayor parte del
comercio, y en donde la tasa
|
del interés se eleva de dos á
cuatro por ciento mensual.
Estas prácticas supuestamente religiosas, que en el fondo no
indican otra cosa que una ruda poesía y un gran amor por el oropel
y el ruido, son poco mas o menos todo lo que resta de la antigua fe
entre las poblaciones mestizas de las costas neo-granadinas. En las
mesetas del interior y en la república del Ecuador, donde los
descendientes de los aborígenes forman todavía la masa del pueblo,
la superstición es aún más vivaz; tiene algo de rígido e inmutable.
Al mezclarse, el fanatismo del español y la docilidad del indígena
han predispuesto á los espíritus á la credulidad más absoluta. Hay
ciertas provincias donde los sacerdotes ejercen todavía una
influencia tal que los feligreses pagan voluntariamente el diezmo,
pese á la abolición oficial de este impuesto: la apelación directa
hecha al pecunio de los fieles por el legislador no ha sido
suficiente para quebrantar su ciega sumisión.
En las provincias de la costa, la abolición de los diezmos y la
separación completa de la Iglesia y del Estado han contribuido en
no poco á moderar el celo de los fieles y á desprestigiar a los
curas. En efecto, éstos se han creído obligados a elevar sus
honorarios, á apropiarse de los vasos sagrados, a establecer
colectas en su favor, de suerte que los feligreses, acicateados por
sus intereses, han comenzado á darse cuenta de la tosca ignorancia
de sus clérigos, y las historias escandalosas se han propalado con
más
|gusto que nunca. En cierto lugar, fue motivo de asombro
que el cura pidiera dinero para apostar a los gallos; en otro, se
le preguntó por qué á los niños del coro sólo los escogía dentro de
su propia familia; más lejos, se le reprochó que no se contentara
con una sola mujer, como los ciudadanos corrientes. Las
recriminaciones algunas veces han terminado en revueltas y en
numerosos pueblos de la provincia de Riohacha se ha llegado hasta
arrasar tas iglesias. En Camarones, pueblo de más de mil doscientos
habitantes, no se ha celebrado un solo servicio religioso desde
hace diez años.
Si las cosas no han llegado a tal extremo en Riohacha es quizá
gracias á la vanidad de sus habitantes, orgullosos de contar con
una iglesia tan magnífica; no obstante, ésta es cada vez menos
frecuentada, y los hombres sólo la visitan cuando hay entierros
bautismos u otras ceremonias afines. La mayor parte de los
matrimonios no son bendecidos por el sacerdote y se celebran sin
ninguna formalidad religiosa o civil. Sin embargo ningún deshonor
mancha á la
|comprometida, quien es recibida en todas las
capas sociales con el mismo respeto dispensado á la mujer
legítimamente casada. Sus hijos gozan de las mismas ventajas
sociales que las de sus compañeras que han recibido oficialmente el
título de esposas, y cuando su marido le es infiel, la opinión
pública la protege con tanto mayor celo que si hubiera pronunciado
el sí sacramental delante del alcalde y el cura de la
parroquia.
Nada es más engañoso que los juicios hechos sobre las costumbres
de un país basados en ideas preconcebidas. No hay duda de que á
primera vista algunos de nuestros moralistas se escandalizarían
ante el panorama de esta sociedad donde las fronteras del
matrimonio están poco delimitadas; les harían falta palabras para
expresar su repudio por estas mujeres escasamente vestidas que
hacen sus abluciones casi en público, algunas veces con el líquido
que las ayas de Sevilla arrojan por la noche sobre los
mandolinistas; con todo, es verdad que, pese á la violencia de las
pasiones meridionales esta sociedad,
|shocking en apariencia,
es por lo menos tan depurada como la nuestra: la corrupción, esa
terrible llaga de nuestras sociedades modernas es allí
completamente desconocida.