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RIOACHA
 

 

 

Pocos días después de mi llegada, di las gracias por su hospitalidad al ingeniero Rameau, y alquilé al extremo opuesto de la ciudad una casa agradable, sombreada por un pequeño grupo de palmeras. Al principio tuve algunas dificultades que estaba muy lejos de prever: mi arrendador, el señor Morales, no queda oír hablar de arrendamiento, y á duras penas le hice aceptar la módica suma que le correspondía. Debo á este propietario modelo una multitud de noticias sobre la sociedad de Riohacha, el mecanismo de la administración local, la geografía de los alrededores, los indios goajiros y las montañas. Cuando un neogranadino presta servicios, no pone limites á su complacencia.

La ciudad de Riohacha, menos regularmente construida que la de Santa Marta, tiene la inmensa ventaja de no estar arruinada; sus calles con aceras de ladrillo á ambos lados aunque muy llenas polvo y muy mal alineadas, avanzan cada año más hacia el campo, y el número de habitantes pasa ya de cinco mil, población considerable para una ciudad insalubre de la costa. Casi todas las casas cubiertas con hojas de palma, se componen de maderos verticales, cruzados con listones de callas silvestres ó bambú; las paredes forman de este modo una especie de zarzos, cuyas intervalos se llenan con barro amarillo endurecido al sol; así, las fachadas de las casas que miran al norte y al este, esto es, expuestas líos vientos alisios, se conservan completamente húmedas por el espacio de algunos meses. las únicos edificios de piedra son la aduana, las ruinas que sirven de palacio al cuerpo legislativo de la provincia, dos ó tres casas particulares, y la Iglesia, monumento demasiado grande, y en el cual se trabajó durante cuarenta años; ésta se halla coronada por un faro erigido en 1856, el primero que se haya levantado á costa de una ciudad neo-granadina. Cuando este faro brilló por la primera vez, fue una fiesta nacional: todos los riohacheros, hombres y mujeres, se trasportaron al muelle para ver brillar su luz; les parecía que no tenían cosa alguna que envidiar á las grandes ciudades del mundo. Desgraciadamente, después de ese día de triunfo, el guardián del faro ha olvidado frecuentemente su deber, y la estrella de fuego no esparce sus rayos sobre la ciudad sino de tiempo en tiempo.

De los tres fuertes que defendían la ciudad en tiempo de los españoles, uno solo subsiste aún; las ondas han zapado los otros dos ha mucho tiempo, cuyos cimientos se han convertido en pequeños arrecifes, cubiertos de pulpos. Los temblores de tierra, tan frecuentes y a veces tan terribles en otras partes de Colombia parece que no han sido la causa de su destrucción. Tal vez se ha efectuado una lenta depresión del terreno, porque se nota en muchos lugares la invasión gradual del mar, y la calle de la Marina, antes la más importante de Riohacha, ha desaparecido bajo las ondas, que se la han llevado en claro. En otro tiempo debió de producirse con gran intensidad un movimiento en sentido inverso: la explanada entera compuesta de aluviones marítimos y de conchas calcáreas, tiene la apariencia de una bahía recientemente formada. Los contornos de los arrecifes perdidos en el interior de las tierras están tan tersos como en la época en que los golpes de las olas formaron desigualdades en ellos; las arenas parecen arrojadas allí la víspera, y los pantanos formados en los terrenos bajos están aún tan salados como el día en que una calzada de guijarros los separó del mar.

La explanada de Riohacha puede tener diez y seis leguas granadinas en todos sentidos; cubre una superficie de seis mil cuatrocientos kilómetros cuadrados, limitada al oeste por la Sierra Nevada, al sur por las montañas de pórfiro llamadas Sierra de Treinta ó de San Pablo, y al este por el río que ha dado nombre á la ciudad y que la separa de los desiertos y de los pantanos de la península goajira. Al pie de las alturas y sobre las riberas de las corrientes de agua, esta explanada es extremadamente fértil; pero en la zona más próxima á Riohacha, la falta de agua dulce y la naturaleza arenosa del terreno hacen muy precaria toda tentativa de agricultura, excepto en las riberas del río, en las cuales nadie osa establecerse á causa de la terrible vecindad de los indios. El campo está cubierto solamente de árboles espinosos y de malezas que crecen en las dunas, á lo largo de las antiguas playas marítimas y alrededor de pantanos infectos. En las condiciones actuales de la agricultura granadina, seda absurdo hacer tentativas serias de colonización en los alrededores de Riohacha, porque alejándose una docena de leguas hacia el sur ó el oeste pueden encontrarse admirables terrenos que hasta ahora no han sido ocupados, y que son infinitamente más propios para toda clase de cultivo; los raros huertos de los alrededores de la ciudad deben su existencia á los ricos propietarios, que los plantaron con el objeto de que sirvieran como lugares de recreo.

En 1856, el vice-cónsul francés hizo plantar quinientos mil pies de ajonjolí en un campo de veinte hectáreas, poco más ó menos, que había hecho desmontar cerca del promontorio de Mariangola, á seis kilómetros al oeste de Riohacha. Él me detalló complacientemente sus esperanzas.

-Rebajando, -decía él-, un cuarto del precio que puedo conseguir en Marsella por mis productos, cuento con trece mil pesos por estación, que son veinte y seis mil pesos ó ciento treinta mil francos por año.

Desgraciadamente las lluvias fueron poco abundantes y las plantas, que crecen muy bien en medio de los bosques en que están protegidas de los rayos del sol por el espeso follaje, se marchitaron en ese vasto campo sin sombra antes de producir. La quimérica renta neta de veinte y seis mil pesos se saldó por una pérdida de algunas centenas de francos. Resultados semejantes deben esperarse en la mayor parte del territorio que se extiende alrededor de la ciudad.

Profundas y tortuosas barrancas abiertas por las aguas de las lluvias en el terreno de arcilla roja, y que se agrandan á medida que se aproximan al mar, cortan la explanada en todos sentidos y hacen muy penosa, aun para el más obstinado cazador, la marcha por ella. Aunque la legislatura vota cada año subsidios para mejorar los caminos arenosos que se dirigen á pueblos del interior, sin embargo, no se les puede recorrer sino á pie ó á caballo; no se encuentra un solo carro, ni otro vehículo del mismo género en treinta leguas á la redonda El vice-cónsul inglés, el primer caballero de la ciudad, posee un coche que es, por decirlo así, el símbolo de su poder, y que los jóvenes elegantes le piden á veces para cruzar á toda rienda las plazas y las calles de Riohacha, y ocultarse en un torbellino de polvo á las miradas de los papanatas azorados. Así mismo otro caballero, el señor Atensio, ha hecho construir una góndola dorada que jamás le sirve, pero que tiene el placer de mostrar en el patio á sus visitadores.

Como los habitantes de Riohacha no pueden penetrar en los bosques de los alrededores, ni seguir los senderos, en los cuales se sumergen hasta media pierna en la arena, se ven obligados á limitar sus paseos á lo largo de la playa, que cada ola allana y siembra de conchitas, ó bien á recorrer de un extremo á otro el muelle que tiembla al choque de las olas. La rada de Riohacha es extremamente rica en vida animal. El mar está á veces amarillo de acalejos; numerosas tortugas flotantes navegan en orden en una vasta extensión de plantas marinas, que cambian la superficie de las aguas en una inmensa pradera; los cuervos marinos, llamados |buzos en el país, se sumergen torpemente, mientras que bandadas de |tagatangas, revoloteando al rededor de aquellas aves se posan sobre sus espaldas y esperan pacientemente que hayan cogido alguna presa para arrebatársela. Por la tarde, bandadas triangulares de aves marinas; semejantes á los batallones de un ejército, se dirigen hacia los pantanos situados al oeste, al pie de la Sierra Nevada, y por la mañana vuelven en el mismo orden, sin alterar en nada la regularidad de sus viajes diurnos. Frecuentemente se ve aparecer en el agua al tiburón, en persecución de las doradas ó de otros peces, pero las gentes que se están bañando no se ahuyentan por eso, ni suspenden el baño.

 

|-Regáleme usted una peseta y daré una patada |al tiburón,

|-dicen los muchachos á los espectadores que están á la orilla de la playa.

En seguida nadan hasta cerca del animal, se deslizan por debajo de su vientre y le aplican un puntapié: el monstruo huye con toda la rapidez de sus nadaderas.

Débese sin duda la bondad de carácter de los tiburones de estos parajes á la abundancia de alimentos que encuentran á lo largo de la costa. No he oído hablar de un solo accidente:

un tiburón, que andaba al rededor del muelle, atrapó un cita por casualidad el pie de un muchachito que se habla acostado á la orilla de la playa y que las olas bañaban á intervalos. En cuanto á los terribles tiburones |tintoreras, jamás se ven en la rada de Riohacha, cuyas aguas no son sin duda suficientemente profundas para que puedan hacer allí cómodamente sus cacerías.

Á cada extremidad de la población hay un lugar de horror y de sangre: al oeste la |carnicería pública; al este los cobertizos para las tortugas. La carnicería se compone simplemente de estacas clavadas en la arena de la ribera, y aunque se ha tenido el cuidado de establecerla bajo el imperio de los vientos, siempre se escapa un olor pestilencial de sangre cuajada mezclada con yerbas marinas y restos de armazones en putrefacción, pelos, girones de carne y huesos esparcidos por todas partes; la espuma del mar se enrojece al correr sobre la arena. Los |gallinazos de largo cuello desnudo rodeado de un collar rojo, las águilas |caricaris enderezadas fieramente sobre pedazos de carne corrompida, é innumerables perros que ladran, rodean la carnicería, en donde reses flacas compradas por la mañana á los indios goajiros olfatean el olor de los cadáveres con sordos bramidos. Frecuentemente los carniceros desjarretan de un machetazo á las pobres reses para impedir que rompan la cuerda que las sujeta, y las dejan toda la noche vertiendo sangre, y hasta el día siguiente por la mañana no concluyen con ellas; en seguida las dividen en pedazos y venden las carnes aún palpitantes.

Los cobertizos para las tortugas no son menos horribles; á veces se cuentan debajo de esos techos de ramas y de hojas más de cien que pesan cada una muchos quintales; con la cabeza colgando, el cuello desmesuradamente inflado, los ojos inyectados de sangre, estos animales esperan frecuentemente durante semanas enteras el hachazo que debe despedazar su coraza y poner un término á sus sufrimientos. Cuando uno pasa cerca de estas tortugas cautivas, agitan convulsivamente las patas como si esperasen algún socorro. Innumerables conchas á las cuales están adheridos restos de carnes corrompidas yacen esparcidas á montones á los alrededores de los cobertizos, y en aquel sitio se encuentra la arena enrojecida á muchos pies de profundidad.

Durante los siglos XVII y XVIII, Riohacha, que se llamaba entonces ciudad de la Hacha, era célebre por su opulencia: joyeros, engastadores de perlas, cambistas establecidos en ambas aceras de la |calle de la Marina, ostentaban inmensas riquezas ganadas con la venta de las perlas que los indios pescaban á tres leguas al nordeste de la ciudad, cerca del cabo de la Vela. Por tal motivo la ciudad de la Hacha era el blanco de los piratas de las Antillas, y la tradición refiere que durante el curso de dos siglos ella fue sometida al pillaje y entregada al incendio once veces; pero contenía tales elementos de prosperidad que once veces se levantó de sus ruinas. En fin, cuando la expedición del almirante Vernon contra Cartagena, dicen que éste, queriendo aniquilar para siempre el comercio de Riohacha, envió hacia el cabo de la Vela muchas naves de guerra que destruyeron todos los arrecifes perleros de esos parajes explotándolos durante meses enteros. Después la costa se ha ido poblando muy lentamente de ostras de perlas, y su escasez que ha coincidido con una gran baja en el precio de este artículo, ha contribuido á disminuir considerablemente la importancia de Riohacha. Hoy se ocupa en la pesca de perlas una quincena de indios cuando más; un solo joyero anciano, para quien todo va extraordinariamente mal en el mundo, hace vibrar, renegando, la cuerda del instrumento que le sirve para engastar las perlas; y vende muy lindos aderezos por unas pocas |pesetas.

El comercio de la ciudad consiste principalmente en palo de Brasil y de Nicaragua, que los indios y labradores de las provincias del interior trasportan en mulas; en granos de |dividivi¹, en cueros, y desde hace pocos años en café y tabaco. Las principales artículos de importación son los alimenticios; las naves de Nueva York le llevan maíz y harina; los pueblos de Sierra-Negra le envían café y frutas; Dibulla, pequeño puerto situado á quince leguas al oeste, le suministra plátanos y cacao; los indios goajiros ganado; pescadores de la misma tribu piden al mar sus innumerables peces, sus tortugas y sus mariscos. Así los riohacheros dependen completamente de otros para su alimentación cotidiana. Si las tempestades en el mar y las lluvias en la tierra coincidieran para impedir toda importación, el hambre reinada bien pronto: con alguna frecuencia se ha carecido allí de pan durante semanas enteras.

A pesar de esta desventaja, tengo para mi que el porvenir de Riohacha es magnifico, porque esta ciudad, una de las menos insalubres de toda la costa firme, es la salida natural de una inmensa región que se va poblando rápidamente. Las producciones de la Sierra Nevada, de la Sierra-Negra, de la fértil hoya del Valle-Dupar, de la península goajira, no pueden exportarse sino por Riohacha; tarde ó temprano, cuando se abran caminos al través de las sabanas y de las selvas, las producciones del alto Magdalena y de la laguna de Maracaibo, centuplicadas por la agricultura, tomarán necesariamente la misma vía. Muchos ricos negociantes judíos de la isla holandesa de Curazao, con el olfato que distingue á los holandeses, han adivinado la importancia altura de Riohacha y han establecido allí sucursales; la mayor parte del comercio de la

1 |Coulteria tinctoria; Ios granos se emplean en Inglaterra para curtir los cueros.

 

provincia está ya en sus manos. Durante los diez últimos años, el total de los cambios ha ido en aumento, y el movimiento anual de buques se eleva hoy á más de treinta mil toneladas. Los armadores riohacheros poseen cerca de una veintena de bergantines y goletas: es decir, las dos terceras partes poco más ó menos, de toda la marina mercante de la Nueva Granada. Desgraciadamente el puerto de Riohacha no es en realidad sino una rada abierta en que los buques mayores anclan á una ó dos millas de la costa. Esta circunstancia incómoda, unida á la poca importancia de las mareas, que se elevan cincuenta centímetros apenas, impiden que los buques de vapor visiten frecuentemente las aguas de Riohacha; cuando alguno de estos buques visita aquellas aguas, la noticia se esparce inmediatamente en todos los pueblos de la comarca y centenares de curiosos se pasean sin cesar en el muelle para ver de lejos la extraña nave.

Exceptuados estos últimos tiempos, en que la rivalidad entre Santa y Riohacha ha producido algunos desórdenes sensibles, el gobierno y la administración de esta última ciudad han funcionado siempre sin obstáculos serios. Como en todas las otras ciudades granadinas, se goza en ella de tal libertad, que el extranjero pacífico puede permanecer años enteros en el país sin que nada le recuerde el poder: allí no hay ni soldados, ni agentes de policía, ni guardas uniformados, ni colectores de impuestos, ni empleados que se distingan del resto de los ciudadanos por algún signo exterior. Los gastos municipales se hacen con el producto único del derecho de toneladas y de faro impuesto sobre los buques mercantes. Todos los habitantes de la ciudad están investidos de hecho de las funciones de magistrados, y como tales hacen ejecutar la ley, y la seguridad y el orden público están confiados á su honor. De esto resulta que la administración local no puede tener fuerza real sin el concurso de los ciudadanos; y si la municipalidad no entrara algunas veces en conflictos con los gobiernos de Santa Marta y Bogotá, si las decisiones de la administración federal, dadas á una gran distancia y sin un perfecto conocimiento de causa, no hirieran frecuentemente los intereses locales, toda revolución, todo trastorno político vendría á ser imposible allí.

Riohacha, siguiendo el ejemplo de las otras municipalidades de la Nueva Granada, ha amoldado su Constitución á la de la República. El gobernador ó presidente, que durante mi permanencia en Riohacha era un sencillo especiero y mercader de conchas de tortuga, es el encargado de velar en la ejecución de las leyes, de dar informes al gobierno central, de conservar los archivos de la ciudad y de hacer publicar los actos oficiales; como los jueces y demás funcionarios, es nombrado por mayoría de votos. La cámara provincial, compuesta de diputados de las ciudades y distritos de la provincia, se reúne en una antigua iglesia medio arruinada, cuyo nombre sonoro es hoy |Palacio de la libertad; á la vista de sus conciudadanos admitidos á la barra de la asamblea, los diputados discuten sobre arbitrios, conservación de los caminos, compra de libros y folletos para la biblioteca comunal y otras cuestiones de interés local.

Es innecesario decir que á ejemplo de todas las asambleas deliberativas, la de Riohacha, que se compone cuando más de 24 miembros, se divide en izquierda, centro y derecha. Esta última fracción, formada especialmente de ricos propietarios, está por lo general satisfecha de la marcha de las cosas, y trata de evitar toda discusión seria reclamando el orden del día; ésta dispone de la mayoría de los votos. La izquierda, menos numerosa y disciplinada, logra sin embargo hacer votar todos los proyectos de interés público, gracias al apoyo que le dan la juventud y el periódico |intermitente publicado por |los liberales. Intermitente he dicho: en efecto, en la época de mi residencia en Riohacha, este periódico, así como la mayor parte de las publicaciones que se llaman |periódicos en la Nueva Granada, salía algunas veces, y no tenía existencia seria sino en las épocas de elecciones ó de una gran agitación política. Es imposible calcular las dificultades que encuentra un redactor de periódico en la Nueva Granada. Cajistas, regentes y prensistas, rehusan trabajar cuando no hay un gran interés patriótico, y erigiéndose ellos mismos en tribunal de censura, discuten la utilidad de la publicación; según las circunstancias, dan ó rehusan su |imprimatur Así como resisten el trabajo cuando no hay cuestiones graves que preocupen el espíritu público, del mismo modo emplean todo su ardor en el servicio de la causa en las ocasiones solemnes entonces pasan el día y la noche en la imprenta, levantan de prisa el periódico y las excitaciones al pueblo; en seguida se encargan de fijarlas y se convierten en repartidores, y recorren la ciudad y anuncian las noticias como pregoneros públicos. Detrás de ellos se forman grupos compuestos igualmente de jóvenes entusiastas que se apoderan de los ejemplares, penetran en la sala de las deliberaciones de la asamblea y despliegan las hojas húmedas aún y los gigantescos carteles, como para protestar de antemano contra toda decisión poco liberal.

Es conocido el terror misterioso que á los negros del interior del África les causa el |papier parlé ; del mismo modo, los legisladores de Riohacha al ver el periódico acusador en el cual leen anticipadamente su condenación, pierden el juicio con frecuencia y ceden en las cuestiones del debate: mucho le queda por hacer á la palabra impresa. La prensa tiene en proporción una influencia mucho más poderosa sobre las masas | ignorantes que sobre los pueblos ya civilizados; en Riohacha, el periódico liberal es ciertamente un cuarto poder.

La administración puramente municipal, se compone de un jefe político y de un consejo rara vez convocado. El jefe político que yo conocí, era un joven que ejercía, según las circunstancias el oficio de relojero ó de carpintero; muy tímido y dulce se esforzaba para no ver amargada su existencia, y trataba de hacerse invisible deslizándose entre todos los partidos. Se le había elegido para reemplazar á un jefe político poco más ó menos loco, que, al contrario, pasaba por demasiado arrogante, y sin prevenir á nadie ponía en ejecución los caprichos más extravagantes. Un día abrió la prisión en que estaban encerrados muchos ladrones y un asesino.

-Tomaos la pena de salir, señores.

Aquellas gentes no se lo hicieron repetir dos veces.

Las fiestas nacionales se celebran ordinariamente con grandes bailes dados en la plaza pública, |urbi et orbi. El jefe político se pone entonces á las órdenes del francés Chastaing, y, manso como un cordero levanta los postes, cepilla las tablas, amarra las cortinas, extiende las guirnaldas y despliega las banderas. Nada más encantador que esos bailes iluminados oblicuamente por la discreta luz de la luna: los grupos de danzantes giran al rededor de las columnas vestidas de follaje: las mujeres, vivas como cervatillos, corren, saltan y brincan sacudiendo al viento sus negros cabellos entretejidos con flores y hojas los embriagadores perfumes de las mimosas y de los lirios de América se esparcen en el aire, y cuando los músicos cesan sus acordes, la potente voz del mar los repite de un modo más solemne y más bello.

Sin embargo, las fiestas más espléndidas son las procesiones hechas en honor de la |Santísima Virgen de los Remedios, patrona que, en concepto de los riohacheros, es tan poderosa como la Virgen de los Dolores, la de las Virtudes, ó cualquiera otra Virgen del mundo. Antes estaba representada en la iglesia de Riohacha por una estatua de plata vestida de perlas; pero hace mucho tiempo que esta efigie fue empeñada á un judío de Curazao, y probablemente á esta hora, estará trasformada en lingotes ó en piezas de á cinco francos. La nueva estatua torneada en madera de guayacán por don Jaime Chastaing, y provista de una cabeza de cartón con alambres de fierro, no es durante trescientos sesenta y cuatro días del año, objeto de ninguna veneración; pero el día de la gran fiesta recobra repentinamente por veinte y cuatro horas el poder milagroso de la antigua. Una multitud tumultuosa, compuesta en su mayor parte de mujeres y niños, invade la iglesia desde por la mañana para adorar á la Virgen, y tejerle guirnaldas de flores, se la adorna con todos sus atavíos, en seguida se la lleva en triunfo y se forma la gran procesión. Los principales personajes bíblicos figuran en ella: Jesús-Cristo con una barba postiza y pedazos de latón al rededor de la cabeza, Lázaro cubierto con una lepra demasiado real, Judas, maniquí vestido á la última moda, Simón de Cirene doblado bajo el peso de la cruz y embriagándose con aguardiente sin preocuparse de las probabilidades históricas, en seguida ángeles y sobre todo diablos sin número que regocijan al público con sus muecas y contorsiones. Por encima del grupo principal, se percibe la estatua de la Virgen, que agita sus brazos, gira los ojos dentro de sus órbitas, mueve violentamente los labios; al llegar á la orilla del mar, nunca deja de arrojar á las ondas su corona de papel dorado. Al instante los muchachos completamente desnudos, ó vestidos con solo una camisa despedazada, se precipitan al agua para reconquistar la preciosa corona, que vuelven á poner en la cabeza de la estatua, la cual se apresura a arrojarla de nuevo en el mar, con grandes aplausos de la multitud. Esto es lo que por allá llaman milagros, y la fiesta no es espléndida sino cuando la estatua se ha dignado hacer al menos una centena. Cuando la Virgen milagrosa ha sido colocada nuevamente en su nicho, todos rodean el maniquí que representa a Judas, se le carga de maldiciones se le llena de lodo, se le hiere á sablazos, en seguida se le suspende á un poste frente á la casa de algún judío detestado, y se le acribilla á balas hasta que cae á pedazos. Por la tarde hay gran reunión en la plaza pública, riñas de gallos delante de las tabernas, danzas improvisadas por los zambos en las calles.

Esta afición á las procesiones mímicas, que por lo demás disminuye gradualmente, y no puede compararse en Riohacha con la que distingue á los habitantes de Quito y de otras ciudades de Colombia, no implica en manera alguna gran fe, y es con cierta incredulidad burlesca que los riohacheros piden los milagros. Ellos son necesarios, porque están en el programa de la fiesta; la tradición de la ciudad los exige y es por ellos que se ligan al pasado y que la cadena de los tiempos se reanuda. En efecto, se refiere que, cuando la última expedición de los piratas contra Riohacha, la multitud aterrorizada corrió á la playa, llevando la venerada imagen de la Virgen, á fin de conjurar el peligro. La estatua arrojó su corona de oro bien lejos en el mar; las ondas respetuosas se separaron ante este objeto sagrado, y al retirarse precipitadamente se tragaron las embarcaciones de los piratas; así fue salvada la ciudad. Después, la imagen es obligada todos los años á repetir su milagro, y los riohacheros, como nuestros antepasados asistiendo á la representación de algún misterio, se apasionan á la vista del prodigio que ellos mismos hacen. En cuanto al martirio que infligen al traidor Judas, no puede asombrar en un país en que los judíos se han adueñado de la mayor parte del comercio, y en donde la tasa | del interés se eleva de dos á cuatro por ciento mensual.

Estas prácticas supuestamente religiosas, que en el fondo no indican otra cosa que una ruda poesía y un gran amor por el oropel y el ruido, son poco mas o menos todo lo que resta de la antigua fe entre las poblaciones mestizas de las costas neo-granadinas. En las mesetas del interior y en la república del Ecuador, donde los descendientes de los aborígenes forman todavía la masa del pueblo, la superstición es aún más vivaz; tiene algo de rígido e inmutable. Al mezclarse, el fanatismo del español y la docilidad del indígena han predispuesto á los espíritus á la credulidad más absoluta. Hay ciertas provincias donde los sacerdotes ejercen todavía una influencia tal que los feligreses pagan voluntariamente el diezmo, pese á la abolición oficial de este impuesto: la apelación directa hecha al pecunio de los fieles por el legislador no ha sido suficiente para quebrantar su ciega sumisión.

En las provincias de la costa, la abolición de los diezmos y la separación completa de la Iglesia y del Estado han contribuido en no poco á moderar el celo de los fieles y á desprestigiar a los curas. En efecto, éstos se han creído obligados a elevar sus honorarios, á apropiarse de los vasos sagrados, a establecer colectas en su favor, de suerte que los feligreses, acicateados por sus intereses, han comenzado á darse cuenta de la tosca ignorancia de sus clérigos, y las historias escandalosas se han propalado con más |gusto que nunca. En cierto lugar, fue motivo de asombro que el cura pidiera dinero para apostar a los gallos; en otro, se le preguntó por qué á los niños del coro sólo los escogía dentro de su propia familia; más lejos, se le reprochó que no se contentara con una sola mujer, como los ciudadanos corrientes. Las recriminaciones algunas veces han terminado en revueltas y en numerosos pueblos de la provincia de Riohacha se ha llegado hasta arrasar tas iglesias. En Camarones, pueblo de más de mil doscientos habitantes, no se ha celebrado un solo servicio religioso desde hace diez años.

Si las cosas no han llegado a tal extremo en Riohacha es quizá gracias á la vanidad de sus habitantes, orgullosos de contar con una iglesia tan magnífica; no obstante, ésta es cada vez menos frecuentada, y los hombres sólo la visitan cuando hay entierros bautismos u otras ceremonias afines. La mayor parte de los matrimonios no son bendecidos por el sacerdote y se celebran sin ninguna formalidad religiosa o civil. Sin embargo ningún deshonor mancha á la |comprometida, quien es recibida en todas las capas sociales con el mismo respeto dispensado á la mujer legítimamente casada. Sus hijos gozan de las mismas ventajas sociales que las de sus compañeras que han recibido oficialmente el título de esposas, y cuando su marido le es infiel, la opinión pública la protege con tanto mayor celo que si hubiera pronunciado el sí sacramental delante del alcalde y el cura de la parroquia.

Nada es más engañoso que los juicios hechos sobre las costumbres de un país basados en ideas preconcebidas. No hay duda de que á primera vista algunos de nuestros moralistas se escandalizarían ante el panorama de esta sociedad donde las fronteras del matrimonio están poco delimitadas; les harían falta palabras para expresar su repudio por estas mujeres escasamente vestidas que hacen sus abluciones casi en público, algunas veces con el líquido que las ayas de Sevilla arrojan por la noche sobre los mandolinistas; con todo, es verdad que, pese á la violencia de las pasiones meridionales esta sociedad, |shocking en apariencia, es por lo menos tan depurada como la nuestra: la corrupción, esa terrible llaga de nuestras sociedades modernas es allí completamente desconocida.

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