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LA COLONIA DE EXTRANJEROS
 

 

 

Santa Marta, tan notable por su magnifica posición, difiere poco de las otras ciudades de la República desde el punto de vista de sus habitantes y de las costumbres de éstos. Riohacha, al contrario, es una ciudad distinta, y los objetos de estudio se presentan allí en tropel. Puesto avanzado de la civilización granadina, está separada de las tribus salvajes apenas por la embocadura de un río. Allí se encuentran y se unen con los lazos de un comercio activo muchas sociedades completamente diferentes por su origen y por sus hábitos: los hombres de sangre mezclada, que forman la mayoría de la población, los goajiros nómadas, los |aruacos industriosos y tímidos, y algunos grupos esparcidos de europeos, que representan el elemento moderno del progreso.

Antes de despedirse de mi, el capitán de |La |Margarita me instó vivamente para que diera la preferencia a la posada el |Palacio Verde. Ya estaba yo acostumbrado á las exageraciones de lenguaje; sin embargo, el pomposo nombre de Palacio Verde me hizo suponer balcones elegantes, grandes arcadas moriscas, espesos bosques de palmeras y fuentes de aguas murmuradoras en medio de las flores. Llegué pronto al lugar designado, miré cuanto me fue posible, y solamente vi una sencilla casita baja con cinco ó seis ventanas de hojas verdes que le habían valido sin duda el sonoro nombre con que la había bautizado el propietario. El Palacio Verde servia alternativamente de colegio y de albergue; cuando yo me presenté, estaba ocupado por una quincena de muchachos que, bajo el pretexto de aprender a leer, retozaban al rededor de las mesas y se subían sobre los bancos. El director del colegio avanzó gravemente hacia mi, con la gramática española en la mano, y me anunció que por entonces no era posadero:

-Mi casa, como yo y todo lo que poseo están a la disposición de usted; sin embargo si usted prefiere permanecer en un hotel, le recomiendo la casa de su compatriota el ingeniero don Antonio Rameau.

Este personaje grueso y fresco, sencillamente vestido, pues sólo llevaba camisa y calzoncillos, estaba sentado á la puerta en medio de un grupo de personas vestidas apenas un poco mas decentemente que él. Desplegó para recibirme maneras parisienses que contrastaban singularmente con su traje, y me presentó, uno tras otro, á los miembros de la sociedad, todos compatriotas: era una verdadera colonia de franceses llevados por la casualidad á esa playa lejana. La asamblea me recibió con una explosión de gozo, y me hizo sufrir inmediatamente un interrogatorio en regla. Yo era allí, en aquel momento, un representante de la patria, y como tal, no me pertenecía ya á mi mismo; había pasado á ser la propiedad de mis nuevos conocidos, que habían adquirido el derecho de abrumarme á preguntas.

Es sabido que por instinto nuestros nacionales se adhieren mas al suelo natal que los demás europeos; los emigrantes franceses que se destierran voluntariamente dejan siempre el corazón cerca del hogar doméstico y alimentan hasta la muerte la esperanza de volver. Excepto en las grandes ciudades, en donde forman comunidades numerosas, en las demás se consideran como expatriados; con frecuencia se echan en cara el haber dejado la patria querida; protestan obstinadamente contra las nuevas circunstancias en que se encuentran y rehusan casi siempre, hacerse ciudadanos de la república en que habitan. El francés, separado de la patria por las inmensas ondas del mar, cree que la única capital de la civilización es París, que la única voz del mundo es la que parte de la Francia. En todo compatriota, cualquiera que sea su origen ó su pasado, ve un amigo, y el nombre de francés le hace perdonar faltas y crímenes. No sucede lo mismo con el inglés: éste es más exclusivo en su patriotismo; él es para sí mismo su propio país y puede pasarse sin hermanos. En cuanto á los alemanes emigrados, la mayor parte de entre ellos se despojan de su nacionalidad como de un vestido, y á veces afectan despreciarse mutuamente en presencia del extranjero.

El círculo francés de Riohacha se reunía todas las noches en la puerta de la casa del ingeniero Rameau ó en el patio de la del vice-cónsul. Este último, excelente anciano que durante mi larga permanencia en Riohacha me hizo numerosos é importantes servicios, habitaba en la Nueva Granada hacía treinta años; y del francés solamente conservaba el patriotismo exaltado, su matrimonio, sus relaciones, su comercio; sus costumbres lo habían trasformado bajo todos los otros aspectos en neo-granadino; no presentaba ya ninguno de esos rasgos característicos que distinguen á sus compatriotas.

Mi huésped el ingeniero, ó para hablar más modestamente el albéitar Rameau era todavía el hijo de París, y su carácter no había cambiado nada después de su llegada á Riohacha. Hijo de un ujier del ministerio del interior, había hecho sus estudios en la escuela de artes y oficios de Angers. Él mismo confesaba que jamás había comprendido nada de las ciencias y que apenas aprendió algunas canciones populares, pero gracias á su habilidad natural, había llegado á ser, sin gran trabajo, un excelente obrero. Cuando dejó la escuela resolvió casarse, y hacía algunos meses que lo había verificado, cuando en un café se encontró con un alegre negociante del Havre encargado por sus corresponsales de Riohacha, de remitirles por el próximo correo un ingeniero que supiera hacer un pozo artesiano. El negociante le propuso el negocio á Rameau. El joven marido vaciló al principio, pero la triple perspectiva de visitar el Nuevo Mundo á costa de una compañía, de ganar una suma considerable y de merecer el titulo de ingeniero, lo decidieron al fin. Con el objeto de aprender la teoría de los taladros, compró un volumen de una enciclopedia popular, en seguida adquirió por cuenta de la sociedad granadina los instrumentos necesarios, abrazó á su mujer y á su anciano padre, y hélo allí navegando en el Atlántico y esforzándose en leer su manual á pesar del mareo. Cuando llegó á Riohacha, se puso á la obra atrevidamente y taladró en el primer lugar que se le designó, sin hacer el menor estudio preliminar sobre la naturaleza geológica del terreno. El trabajo marchó bien durante algunas semanas, pero los utensilios se rompieron en un banco de rocas. Los retira, los repara lo mejor que le es posible y vuelve á comenzar el taladro. Las máquinas se rompen nuevamente y el dinero suscrito por los accionistas se gasta en reparaciones y en compras. Se le hacen recriminaciones, se acusa al ingeniero francés | de no conocer su oficio, y finalmente se le invita á presentar su dimisión; enseguida se arrojan las herramientas en el agujero de sonda, y se cubre todo con algunas planchas.

A pesar de haberse evaporado sus sueños de gloria y de fortuna, Rameau no se desalentó; se hizo arquitecto de la catedral de Riohacha, albéitar, herrero, armero, chalán, hotelero, reparador de arcos y flechas, fabricante de estribos y espuelas para los indios goajiros. La fortuna le sonreía y gracias á sus variados talentos, podía dormir todos los días una siesta de muchas horas. Tomó una |comprometida para gobernar su casa y veía crecer á su rededor una media docena de muchachos de todos los colores y completamente desnudos. Tal era mi anfitrión.

El decano de los franceses de Riohacha era don Jaime Chastaing, carpintero, ebanista por estado, pero censualista por naturaleza. Era un individuo seco y apergaminado, siempre cubierto con un gorro de algodón que deliberadamente le cubría hasta las orejas. Hábil obrero, había dejado la Francia por invitación de un capitán de buque, que le pintó á Riohacha como El Dorado; pero perezoso más allá de toda expresión, había esquivado trabajar para enriquecerse, y poco a poco había caído en una miseria relativa. Así, ¡qué amargura cuando se veía obligado á permanecer dos ó tres días delante de su banco para ganar con qué hacer frente á las necesidades de todo un mes!

Aprovechaba las ocasiones para maldecir su destino y creerse el más desgraciado de los hombres. Gran contradictor, solamente sentía renacer el gozo en su alma cuando había podido triunfar en una pequeña escaramuza de palabras y sofismas; entonces acariciaba su bigote blanco, inclinaba con aire provocador su gorro de algodón y hablaba con complacencia de las ventajas del estudio. Pocos días después de mi llegada, descubrió en mi aposento algunos números sueltos de una colección filosófica: esto fue para él descubrimiento de un mundo. Desde entonces sus discusiones versaron solamente sobre el |ser y el |no ser; la inmortalidad del alma, la personalidad de Dios y otras cuestiones trascendentales. Fuerte con las armas que tomaba en el arsenal de los silogismos, triunfaba de todos sus adversarios, y si había algunos que se atreviesen á abordar ciertos asuntos cuyo monopolio se había reservado él, lo hacían temblando. El único sentimiento que se guardaba de contradecir era el amor de la patria hablaba de la Francia con el mismo respeto que los de más miembros del círculo.

Hacia principios de mi permanencia en Riohacha, un recién venido aumentó la colonia francesa: era un capitán náufrago. Descendiente de una familia de lobos marinos bretones, fue enviado desde muy temprano al Seminario de Rennes, había recibido el grado de bachiller en derecho y en teología, pero en un hermoso día el amor hacia ese mar que lo había mecido en su cuna cuando era niño revivió en su corazón, colgó los hábitos y se enganchó como marinero á bordo de un buque que iba á partir para Pondichéry. De mar en mar, de ribera en ribera, había recorrido el mundo bajo los pabellones de todos los colores, ingleses, americanos, chinos holandeses. Se había casado en la isla de Madagascar; después, huyendo del matrimonio como había huido del celibato, interpuso mil ochocientas leguas entre su esposa y él, con el objeto de ir á ejercer el oficio de pirata en las islas de la Sonda. Su temeridad inaudita, su inteligencia, su instrucción sólida, fortificada aún con sus viajes y sus aventuras, su falta absoluta de conciencia le habían puesto la fortuna en las manos cien veces, y cien veces la había dejado escapar por su amor á lo desconocido. En fin, pudo adquirir una goleta en el puerto de Cumaná, con la cual hacía un comercio de contrabando muy fructuoso en las costas de Colombia, entre La Guaira y Puerto Cabello. En una noche de tempestad su goleta se había perdido con todo el cargamento en uno de los bancos de arena que estrechan la entrada á la laguna de Maracaibo, y él mismo escapó á duras penas medio desnudo. Recogido al día siguiente por un buque de Riohacha, había llegado á esta ciudad sin recursos, casi sin vestidos, aunque con sobra de ánimo. La noche misma de su llegada, había principiado á construir el edificio de su fortuna: instalado en la esquina de una calle, sentado en un banquillo que le había facilitado el ingeniero Rameau, ofrecía á los peones y á los muchachos plátanos, tazas de café, azúcar. Verdadero charlatán, acompañaba sus arengas con muecas y gestos, con gran sorpresa de |los caballeros y con no menos escándalo del vice-cónsul francés, antiguo capitán también, que veía en esa conducta un doble ultraje á la dignidad del francés y á la del marino. Pero, ¿qué importaba la dignidad al capitán Delarroque? Ocho días después de su llegada tenía un pequeño peculio, recogía el sebo que los carniceros de Riohacha arrojaban á la calle, fundó una modesta fábrica de velas y realizó beneficios que le permitían pensar en una próxima partida para California, en donde quería hacerse minero. Por la noche no dejaba de asistir al conciliábulo francés, cuyo más bello ornamento se creía: desgraciadamente su lengua se desataba demasiado algunas veces á causa de la chicha del país, refería entonces con cierta complacencia su vida de latrocinio y piratería; aun se vanaglorió un día con una sonrisa de satisfacción, de haber sido mercader de negros y de haber ayudado al asesinato de la tripulación de un crucero inglés. Facineroso engreído por sus proezas, se parecía por el egoísmo y la inclinación al mal á un |rowdy americano; pero cuando era sobrio, su espíritu, su instrucción, sus modales servían de pasaporte á sus vicios.

Otro capitán asistía regularmente á las reuniones de la noche; era un anciano que de naufragio en naufragio había venido á encallar en esta playa lejana, á dos mil leguas de su patria. Demasiado viejo y cascado para emprender un último viaje, había tomado el partido de permanecer donde la fortuna lo había arrojado, y se consideraba como una producción marítima abandonada por las ondas en la arena de la orilla. Con los restos de su haber, se hizo construir una cabaña frente al mar, y pasaba los días á la puerta contemplando las naves que se balanceaban a lo lejos en la rada. Todas las noches á la misma hora, se veía al viejo capitán, volviendo la esquina de la calle, apoyado en su bastón con puño de marfil; sin fuerzas para caminar, hacía deslizar lentamente sus pies medio sumergidos en la arena y avanzaba así como una sombra. Cuando llegaba al centro del círculo, se sentaba aniquilado por la fatiga, y hacía una inclinación de cabeza por vía de saludo, porque estaba casi mudo á consecuencia del asma. Al | escuchar los sonidos de la dulce lengua materna, se reanimaba poco á poco, sus ojos brillaban y se sentía revivir. En él estaba muy bien representado el patriotismo con toda su fuerza instintiva. Para él sus compatriotas eran la Francia con sus goces, su gloria y su belleza; en ellos amaba toda su pasado, su juventud, sus recuerdos, su dicha perdida. ¡Excelente anciano! ¡Cuántos años vivió así, con dos cosas solamente que le hacían soportar la existencia: durante el día, la vista del mar, y por la noche, las vibraciones que en su oído producían los armónicos acentos de la bella lengua francesa!

¡Cosa extraña! Riohacha no poseía otros representantes de la nacionalidad francesa. Ordinariamente en todas las ciudades importantes de la Nueva Granada se encuentran también peluqueros parisienses, vendiendo sus perfumes, sus jabones y sus cepillos con tanta gracia y cortesanía como si ocuparan aún un almacén de la calle Vivienne. El peluquero, hay que confesarlo, es el heraldo de la civilización francesa; él hace conocer al extranjero nuestras maneras, nuestras modas, nuestras opiniones, á él lo toman como el tipo del francés ideal. Así nada iguala la audacia con la cual recorren el mundo estos |artistas; en todas partes se consideran ellos como en país conquistado, y gracias á su origen trasatlántico se figuran que lo conocen todo, sin haber tenido necesidad de aprender cosa alguna. En Riohacha me refirieron la historia, probablemente exagerada, de uno de ellos, que diciéndose ingeniero, se había ofrecido sin rubor á una sociedad de Antioquia para dirigir la explotación de unas minas de oro. Su facundia ofuscó á los accionistas que le dieron plenos poderes, creyendo haberse puesto en un excelente minero. Sin la menor vacilación, hizo abrir canales, construir esclusas, comenzar excavaciones, emprender al acaso grandes trabajos. Todo lo vuelve de arriba á abajo, pero con gran admiración, no logró su objeto y consumió en la empresa los capitales de los empresarios. Al fin, tuvo que reconocer él mismo lo infructuoso de sus esfuerzos y confesó francamente el estado desesperado de las cosas.

-Circunstancias imprevistas han hecho fracasar mis planes; pero contando con vuestro concurso para emprender nuevamente los trabajos, me ofrezco, señores, entre tanto, para haceros la barba. He aprendido igualmente el oficio de peluquero.

Tales son los personajes que componen, con antiguos marinos, algunos obreros y raros comerciantes, las colonias francesas de la Nueva Granada. Las principales naciones de Europa están representadas también en la república, y Riohacha, como las otras ciudades, tiene su cuota parte de inmigrantes de todos los países de ultramar.

Cuando estuve en Riohacha, el italiano de la ciudad era el genovés Canova, sobrino del gran estatuario, una especie de Holofernes que se oía aullar de un extremo al otro de la |Calle Mayor Sucesivamente exportador de café, tabaco y cacao; plantador, banquero, expendedor de aguardiente, armador, había recorrido todo el país y su nombre era célebre en el más insignificante caserío de la Nueva Granada. Para enriquecerse con toda seguridad, había tenido la ingeniosa idea de ostentar un aire estúpido: cuando su estrepitosa risa levantaba las paredes de su ancho pecho, podía asegurarse que urdía alguna trama con el objeto de engañar á algún desgraciado comprador.

El español de Riohacha era un antiguo paje de cámara trasformado en exportador de cuernos y pieles; traficante avaro, se ocupaba día y noche en verificar el balance de su fortuna. El inglés era un hijo de familia arruinado que, de desorden en desorden, de bancarrota en bancarrota, había concluido por agazaparse en Riohacha para ocultar su vergüenza. El griego era un hombre de ojos negros, de facciones angulosas, boca pérfida, andar oblicuo: tenía la apariencia de un pirata, y causaba asombro que no se le hubiese colgado de la verga de algún navío. De todos estos extranjeros, el alemán era el único verdaderamente respetable: evitaba en general la compañía de sus colegas los comerciantes. Por la noche, se le veía siempre pasearse solitario por las orillas del mar: su nariz prolongada en forma de pico, sus anteojos redondos, sus faldas flotantes, sus piernas largas y flacas, su andar lento y precavido, le daban el aire de una garza preparándose á dejarse caer en las olas en pos de algún pez.

Los elementos entre los cuales se reclutan en general los extranjeros de la Nueva Granada son demasiado impuros. La república granadina no se aprovecha aún de esa gran corriente de emigración que se dirige á Chile, á la república argentina y aun al Brasil; quizás no cuente anualmente por término medio cincuenta emigrados útiles, desembarcados en las costas de los Estados de Bolívar y del Magdalena con el objeto de crearse allí una nueva patria. Casi todos esos colonos pertenecen á las razas latinas ó bien á esa raza germánica, que pierde tan fácilmente su nacionalidad y, como el hielo convertido en agua por los rayos del sol, trasforma sin esfuerzo sus hábitos y costumbres al contacto de los pueblos del mediodía. Los americanos del Norte establecidos definitivamente en la Nueva Granada son poco numerosos; y los que fijan allí su residencia se apresuran á reclamar el título de ciudadanos granadinos. Impacientes por pronunciar discursos, ejercer sus derechos y desempeñar funciones públicas, se hacen naturalizar antes de saber hablar el español; y sin embargo de tal procedimiento, son mal vistos á consecuencia de su gravedad anglosajona y de su espíritu de dominación. Los neogranadinos fundan todas sus esperanzas en sus hermanos los latinos de Europa¹.

Entre los extranjeros residentes en Riohacha, sería injusto olvidar á dos miembros muy asiduos del club al aire libre de don Antonio Rameau, los hermanos Bernier, mulatos de Jacmel, desterrados á consecuencia de una sublevación contra Soulouque. Se decían franceses como todos los haitianos, respecto de los cuales pueden hacérsele á la Francia muy graves cargos, y con el objeto de hacer constar perfectamente bien su origen, recordaban frecuentemente el nombre de su bisabuelo, el célebre médico del Gran Mogol, Akhbar. Ordinariamente no se aprecia en su justo valor la influencia que las razas latinas y la rama francesa en particular, ejercen en toda la América por intercesión de los haitianos y de los negros de las islas españolas y francesas, verdaderos corredores de civilización que bogan siempre de Antilla en Antilla á través del mar Caribe, y descansan aquí y allá en las costas de Colombia como aves viajeras. Los haitianos, esencialmente imitadores,

1 hoy no es así: la malhadada expedición francesa á Méjico ha producido una completa reacción en los espíritus de los suramericanos que, con justo motivo, vieron en esa expedición una amenaza á su independencia y un ataque á la República, única forma de gobierno que ellos aceptan Temiendo futuras tentativas, vuelven la espalda á la Europa, y buscan en la gigante República del Norte el poderoso aliado que los defienda contra aquellas tentativas. N. del T.

 

reciben con entusiasmo lo que les viene de la antigua metrópoli, y fuertes con su existencia en cuerpo de nación, enseñan con la autoridad que da la independencia lo que han aprendido. Principalmente por su mediación los diez ó doce millones de negros que habitan el Nuevo Mundo, serán sometidos á la influencia de la civilización europea.

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