CAPITULO VIII
EL ULTIMO COMBATE
Sube Obando al poder. - Gólgotas y draconianos - La Constitución de
1853. - Asonadas del 19 de mayo y del 8 de junio. - Inseguridad de
la gente decente. - Oposición de los draconianos a la libertad
religiosa. - Opinión de los católicos sobre ella. -
|Exposición
católica.-- Últimos esfuerzos de los draconianos. - Cómo
recibieron los católicos la libertad religiosa. - Trabajos del
doctor Cuervo. - Se ensaya él sufragio universal y ganan los
conservadores. - Monseñor Lorenzo Barili. - Sus reclamaciones, y
polémicas que les siguieron. - Últimos escritos del doctor Cuervo.
- Su enfermedad y muerte. - Honores que se le tributaron. Muerte
del ilustrísimo señor Mosquera.
Difícil hubiera sido, aun para el hombre dotado de las más altas
prendas cívicas e intelectuales, dar vida a la República,
convertida en un cadáver por el desgobierno anterior; así que nadie
pudo augurar cambio alguno favorable del advenimiento del general
Obando. Este no era ya como en 1849 el Deseado de todos los
liberales. La juventud que se había formado en la Escuela
Republicana, disciplinada ahora por don Florentino González, hombre
de talentos nada comunes, de grande entereza y de amor franco y
sincero a la libertad civil y política, anhelaba por un ideal más
elevado que el de los revolucionarios de 1840, cuya aspiración, por
el contrario, era un gobierno duro y arbitrario que en todo metiese
la mano y todo lo supetase a su inspección y tutela.
En el día mismo de inaugurarse el nuevo presidente le apercibió
el del congreso contra "esos intrigantes ambiciosos que pretenden
turbar el orden público por su interés particular, que haciendo
gran ruido con lo que llaman sus principios y sus opiniones, sólo
tratan de elevarse a los primeros empleos, y que fingiéndose amigos
de los pobres, a quienes procuran extraviar predicándoles que en la
destrucción de los ricos está el principio de su prosperidad,
tienen únicamente en mira su propio engrandecimiento".
"Abandonadlos", agregaba, "a sus quimeras, dejadlos solos fuéra de
los puestos públicos, y despreciad los gritos del orgullo ultrajado
con que os calumniarán." Obando a su vez tocaba el mismo tema,
diciendo al congreso: "La República ha avanzado inmensamente en el
período constitucional que ha terminado; pero al lado de los
principios saludables que han sido establecidos, revuelven
doctrinas dañosas que han dejado alguna confusión en las ideas. A
vosotros toca aclarar el espacio y sacar la República de los antros
oscuros de la utopía, para elevarla al sublime destino que le está
señalado en la alta región de la verdad."
Estos, a quienes vemos calificados de utopistas y que en el
lenguaje común eran llamados
|Gólgotas, se desquitaban
apellidando
|Draconianos a los liberales viejos,
designaciones ambas que dan idea más exacta de la índole de estos
partidos que cualquier exposición circunstanciada de sus principios
y tendencias. Pero, cualesquiera que ellas fuesen, es singular que
el nombre de Obando entonces, como en 1837, sirvió de elemento de
disgregación, alejando de sí a la juventud progresista y
propagadora de ideas generosas, bien que en la última época algún
tanto fantásticas y dañinas y fundadas en convicciones republicanas
menos profundas.
En los mismos momentos en que eran atacados los gólgotas como
socialistas y comunistas, adulaba Obando a las Sociedades
Democráticas, atribuyéndoles su elección, y defendía al ejército
permanente, cuya eliminación era uno de los temas favoritos de sus
adversarios dentro y fuéra del congreso. De esta manera deslindaba
el nuevo presidente sus amigos y sus enemigos, que no tardarían en
ser contendores en escandalosos tumultos. No obstante, con el
intento de mostrarse conciliador nombró para la secretaría de
guerra al general Tomás Herrera, candidato por el cual habían
votado los doctrinarios, y que en el número de votos que sacó,
descubría lo poco numeroso de su partido; el nombrado se excusó con
harta sequedad.
Aunque en la creación y fomento de las Sociedades Democráticas
habían tenido parte todos los liberales, y más algunos de los
ministeriales, concitaron éstos el odio de ellas contra los
gólgotas, haciéndolos pasar por engañadores que habían alucinado a
los artesanos con lisonjeras promesas que no habían cumplido; y
como en efecto habían sido los tribunos más fervorosos de sus
juntas, no era difícil echarles encima la que era culpa de
todos.
Así estaban las cosas mientras que en el congreso se discutía la
Constitución, cuyo proyecto se había aprobado en 1851, y que,
conforme a las disposiciones de la que regía, no podía sancionarse
hasta este año. Aunque las modificaciones que se introdujeron no
eran ni podían ser de grande entidad
|
(1)
, en las discusiones se pusieron más de
manifiesto las divergencias de los dos antagonistas, no dejando de
comunicarse al exterior el calor de los debates. Todavía a mediados
de Mayo estaban discordes las cámaras en dos puntos de mucha
importancia uno y otro, si bien por razones diversas: era el uno el
nombramiento de gobernadores, que según el proyecto original debía
hacerse por elección popular en cada provincia, lo que patentemente
dificultaba en gran manera la acción del poder ejecutivo; era el
otro la cuestión religiosa. El proyecto, sostenido por los
gólgotas, asentaba francamente la libertad absoluta, sin cortapisas
ni tranquillas, para profesar pública o privadamente cualquiera
religión; por manera que de hecho quedaba declarada la separación
de la Iglesia y del Estado, y cesaba la intervención de éste en
todos los asuntos religiosos; los ministeriales, por el contrario,
rehusaban admitir tal separación, mas no por ortodoxia, sino con
miras estrechas y mezquinas. Pero de la noche a la mañana las
cámaras se pusieron de acuerdo, y el 16 de mayo cerraron los
debates, aprobando la Constitución, que fue sancionada y publicada
el 21 siguiente. Los gobernadores quedaron de elección popular, y
al inciso en que se garantizaba a los granadinos "la profesión
libre, pública o privada de la religión que a bien tengan", se
agregó la coleta de "con tal que no ofendan la sana moral, ni
impidan a los otros su culto religioso"; palabras que llenaron de
recelo a los católicos por ser idea de Gori, que había defendido
hasta el último trance la intervención del gobierno en materias
religiosas, y porque en manos de hombres mal intencionados podían
servir de pretexto para fiscalizar y perseguir.
La precipitación con que se dio fin a los debates de la
Constitución, debióse sin duda a los temores que andaban y a los
datos que acaso poseería el congreso sobre próximos trastornos que
muy bien podían tener por objeto o por resultado impedir la
coronación de la obra. Algunos días antes había representado la
Sociedad Democrática del barrio de la Catedral a la cámara de
representantes pidiendo que se alzaran los derechos de importación
a aquellos artículos que pudieran hacer competencia a los
fabricados en el país. El martes 17 de mayo el presidente y
secretario de la Sociedad convidaron por carteles a defender la
causa del pueblo en la discusión que con este motivo habría en la
cámara el jueves inmediato; la noche de aquel día y la siguiente se
reunieron los democráticos en juntas bulliciosas donde se amenazó
con hacer una
|caraqueñada, un 24
|de enero, si no se
cumplían siquiera en parte las antiguas promesas de favorecer a los
artesanos; y como si ya no fuera harto atrevimiento el que todo
esto pasase en el mismo edificio en que tenían sus despachos el
gobernador, el jefe político y el comandante de armas y en que se
reunían las mismas cámaras, se dispuso con tiempo que el día
designado no hubiese mercado en la plaza a que da el edificio, como
para tenerla despejada.
Los democráticos no se hicieron sordos al convite, y acudieron
en gran número; pero la cámara eludió la discusión del asunto,
pasando la petición al senado para que la tuviera en cuenta al
discutirse la ley sobre comercio de importación. Sin embargo, esto
no se decidió sin que hubiera amenazas, mueras y vivas, y amagos de
un conflicto entre los democráticos y los sostenedores del
congreso. Por dos veces invadió el recinto de la cámara la oleada
de la plebe, y a duras penas pudo ser contenida, descolgándose los
jóvenes que estaban en las galerías altas. Poco gustosos los
artesanos de quedarse ensayados y no ejecutar la fiesta, al salir
los representantes, dijeron: A ellos!, y se les echaron encima. Dos
de los acometidos recibieron unos cuantos golpes y puñadas, y en
seguida se trabó una viva refriega, formándose dos bandos que se
distinguían por el vestido, unos de
|ruana y otros de
|casaca, o en otros términos,
|guaches y cachacos; la
cual se disipó, quedando muerto de una puñalada un infeliz
artesano, al aparecer en la plaza la guarnición y luégo el
presidente Obando. Lo cierto es que sin el valor de los jóvenes
decentes, o digamos de los cachacos, hubieran perecido algunos
diputados. Para alejar de los democráticos la odiosidad de este
atentado, e dijo con imprudencia en la
|Gaceta al día
siguiente que era obra de los
|congregantes, o miembros de
una antigua cofradía fundada por los jesuítas.
No por haberse sancionado la Constitución se apagaron estas
rencillas, antes bien se fueron avivando hasta nuevo rompimiento.
Con ocasión de la octava del Santísimo en el barrio de Las Nieves e
hicieron corridas de toros, y en la algazara que las acompaña
empezaron las provocaciones por parte de los artesanos, que eran
como dueños de aquel barrio. El 8 de junio se acrecentó la
irritación, y al fin se formó un inmenso tumulto que adelantó hasta
el puente de San Francisco, victoreando a Obando y a Melo, jefe del
ejército, y echando mueras a los cachacos y a los gólgotas. Estos
resistieron por algún tiempo el empuje, sosteniendo un combate en
que eran principales armas la piedra y el palo, bien que no
faltaron las de fuego. Como la tropa fraternizaba con los de ruana,
salieron algunos húsares del cuartel situado cerca del puente, y se
pusieron de su parte. Aunque un húsar quedó ahí muerto de un
balazo, con este auxilio arrollaron a sus enemigos por toda la
Calle Real hasta la Plaza de Bolívar, y aun pretendieron forzar la
gobernación, a donde se habían recogido algunos; pero al fin se
contentaron con romper las ventanas a pedradas. Ya oscurecido, unos
artesanos se encontraron en la Calle Real con don Florentino
González, a quien odiaban de muerte como caudillo de los gólgotas y
alma de la nueva Constitución, y dándole de palos, le dejaron muy
maltrecho. Desde entonces se hizo intolerable para la gente decente
la vida en la capital, y con razón decía don Francisco E. Álvarez,
juez segundo del circuito, en una representación dirigida al
gobierno, que se ensayaban en Bogotá los escándalos de que fueron
víctimas las desgraciadas regiones del sur de la República
|
(2)
. Obando, incapaz
moral e intelectualmente de comprender y defender programa alguno
liberal, se abrazó de corazón con esta gente y procuró de todos
modos fortalecerse con su apoyo. Para ello se aprovechó de la
organización de las guardias nacionales, que convirtió en
organización de las Democráticas, y trasladó cautelosamente a la
capital cuantas armas se hallaban en provincias que juzgaba adictas
a la Constitución. De esta manera se formó y envalentonó el
partido, si merece este nombre, que hizo la revolución el 17 de
abril de 1854, llevando por divisa: ¡"Viva el ejército y los
artesanos! ¡Abajo monopolistas!" Llamaban anarquía a la
constitución (en lo que no iban desacertados), monopolio a toda
empresa productiva, agio a todo comercio, y tenían odio salvaje a
la juventud ilustrada y a la gente rica y laboriosa. Alzaron por
dictador a José María Melo, soldado tosco y sin prestigio alguno,
mientras Obando aguardaba el éxito aparentando estar preso en
palacio. La demagogia triunfante el 7 de marzo de 1849 no podía
conducir sino a una dictadura militar apoyada por la hez de la
sociedad, ni podía proporcionar a su ídolo otra recompensa que la
humillación de verse depuesto por el congreso del cargo de
presidente de la República, y la humillación todavía más cruel que
le impuso la Corte Suprema absolviéndole de los cargos de rebelión
y traición, para dejarle recogiendo por la calles el desdén, si no
el desprecio, de propios y extraños
|
(3)
.
Apuntamos arriba que al oponerse los ministeriales a la libertad
religiosa, obedecían a sentimientos mezquinos, y para convencerse
de ello basta recordar algunos incidentes de las discusiones a que
esta materia dio margen en el congreso. Por el mes de marzo se
expresó el senador Gori en estos términos (según el extracto de su
discurso publicado en el número 243 de
|El Neogranadino): "Al
emancipar la Iglesia, van a volver a este país los obispos; y los
eclesiásticos que se pusieron de lado del gobierno en sus
procedimientos contra ellos, van a quedar expuestos a persecuciones
y molestias, y no debemos dar lugar a esto." A lo cual González
replicó oportunamente: "Yo no comprendo esos temores: esos
clérigos, si eran verdaderos clérigos, han debido estar con su
obispo, porque la Iglesia se lo indica, como la guía segura de su
fe y conducta; y si no estuvieron con su obispo, no son tales
clérigos, y echarán a un lado los hábitos, y los obispos no tendrán
nada que hacer con ellos, porque la República les garantiza esta
libertad desde el día en que el artículo que se discute sea una
disposición constitucional." Algunos días después don J. N. Azuero,
clérigo
|sui-generis, que ni siquiera llevaba vestido
eclesiástico, se dejó decir en el mismo senado que era opuesto a
dicha libertad, no porque él no fuese liberal, sino porque ese no
era el partido que se debía tomar; que él iba más adelante que los
demás, pues en su opinión lo que debía hacerse era emancipar a los
granadinos de la curia romana. No menos atinadamente le repuso
González que, a su modo de ver, no era ni ir más adelante ni ser
más liberal el proponer que sé separase a los granadinos de la
curia romana; que ésta sería una violencia tan vituperable como lo
fuera obligar a los granadinos a que se entendiesen con el jefe de
su religión y le obedeciesen de la manera que dispusiera el
gobierno, y no del modo que se lo dictara su conciencia; que si los
granadinos eran católicos y el jefe de la religión católica era el
Papa, era necesario que los partidarios de la libertad religiosa
reconocieran que ellos debían entenderse libremente con su jefe, y
prestarle la obediencia que creyeran se le debía en conciencia; así
como les era forzoso reconocer que la ley no tenía que mezclarse en
arreglar el modo de prestarla: "Así es, terminó, como yo entiendo
la libertad y como deseo que se practique". Con aquel modo de
sentir de los suyos concordaba lo que Obando dijo en su alocución
del 1° de abril, después de ponderar con apreciaciones injustas y
vulgares los males que, según él, acompañan a la unión de las dos
potestades: "Empero en las actuales circunstancias de la Nueva
Granada la ruptura de los vínculos que ligan a su gobierno con la
Iglesia, la consiguiente derogatoria de las leyes que han
entristecido a sus pastores y atribulado las conciencias,
¿devolverán la paz a los espíritus, asegurarán a los eclesiásticos
una decente sustentación por ofrendas voluntarias de los fieles, y
darán al principio religioso y a la moral del Evangelio toda la
fuerza, todo el esplendor de sus tiempos primitivos? ¿No habrá
peligro en entregar desamparada la Iglesia granadina, cuyas
libertades deben sernos tan caras, puesto que a ella pertenecemos a
los dictados más o menos caprichosos de la curia romana?"
En tanto que así discurrían los liberales legítimos y los que lo
eran sólo de nombre, a los católicos agitaban sentimientos diversos
sobre punto de tamaña importancia. Continuando la ingerencia del
gobierno en los asuntos eclesiásticos, no veían para lo venidero
sino vejaciones e insultos más o menos disfrazados; con la libertad
religiosa, ora dilataban los pechos figurándose terminada la
opresión de la Iglesia y alzado el destierro de los obispos, ora se
contristaban con la perspectiva de una éra nueva de peligrosos
ensayos y de reconstrucción larga y dudosa después de tan hondos
sacudimientos, cuyos efectos en las diversas clases sociales nadie
alcanzaba a apreciar todavía. Desde marzo había escrito el doctor
Cuervo en una carta a don Joaquín Mosquera estas palabras:
"Ya sabrá usted la grave situación que va a debatirse sobre
separación
|absoluta de la Iglesia y del Estado. Mi opinión
es que el clero no debe apoyar este pensamiento; pero si pasa a ser
ley de la República, lo debe recibir como un acto transitorio al
cual ha de seguirse sin duda ninguna un orden de cosas mejor. Peor
será que ahora no se haga el concordato tan justamente deseado, y
que desde el congreso hasta el cabildo, desde el poder ejecutivo
hasta el alcalde y desde la Corte Suprema hasta el juez parroquial
continúen trastornando la disciplina de la Iglesia, hasta que
lleguemos al cisma, más escandaloso por cierto que la separación
temporal de la Iglesia de un poder opresor."
Para uniformar la opinión de los católicos, confortar a los
débiles y señalar a todos un camino cierto que seguir en tan
azarosas circunstancias y cualquiera que viniese a ser el rumbo que
tomasen las cámaras, se congregaron varios sujetos respetables de
Bogotá, previa consulta con las autoridades eclesiásticas, y dieron
el día de la Ascensión (5 de mayo) una exposición redactada por el
doctor Cuervo y destinada a circularse profusamente, para que
adhirieran a ella todos los católicos de la República. Es documento
en que se ve con claridad la situación de la Iglesia en la Nueva
Granada, las heridas que sus enemigos le habían hecho, y el celo
con que sus hijos fieles se ofrecían a defenderla; por eso la
transcribimos en seguida:
"EXPOSICIÓN CATÓLICA
|o principios y reglas de conducta de los católicos en la
situación actual de la Iglesia granadina.
"La serie de actos ejercidos por el poder temporal contra la
Iglesia de Jesucristo en la Nueva Granada, desde 1850 en adelante,
revela, aun a los menos entendidos, un plan meditado de destruir el
catolicismo en esta parte del continente americano. Una breve
reseña de estos mismos actos comprobará nuestra aserción.
"Se ha sometido al examen y fallo del poder judicial el
ejercicio de la sagrada potestad que los ministros de la Iglesia
han recibido de Jesucristo.
"Los tribunales y juzgados seculares se han avocado el
conocimiento de las causas benefíciales y de divorcio matrimonial,
unas y otras de la competencia de la autoridad eclesiástica
conforme a las Santas Escrituras y a las disposiciones canónicas, y
hasta se han creído facultados para suspender y deponer de sus
beneficios a los párrocos.
"Se ha atacado la disciplina universal de la Iglesia,
atribuyéndose a unas asociaciones populares anómalas el
nombramiento y presentación de los párrocos.
"La existencia de los capítulos catedrales, de estos antiguos y
venerables cuerpos consultivos de los obispos, se ha dejado al
capricho o buen querer de las cámaras provinciales.
"Se han suprimido las primicias y las oblaciones necesarias,
destinadas al sostenimiento del culto y sustentación de los
ministros, sustituyéndolas con asignaciones variables, en cuya
fijación se atiende, de ordinario, no al servicio sino a la
persona, y cuyo pago no siempre es puntual ni seguro.
"Se ha privado a la Iglesia de la especial e incontrovertible
dirección del seminario del arzobispado, arrebatándosele la
propiedad que tenía en los edificios, rentas y muebles de este
utilísimo establecimiento, en el cual eran educados los jóvenes
llamados al ministerio sacerdotal; sin que, para cohonestar tan
violenta expropiación, se haya hecho valer razón alguna de
necesidad pública, o al menos de utilidad; viéndose, por el
contrario, saqueado y abandonado el edificio del colegio, en
términos de presentar hoy el aspecto de lugar invadido por un
ejército conquistador.
"A las fundaciones piadosas que forman parte de las rentas
alimenticias del clero, se les cambia su objeto y destino sin
miramiento alguno por la suerte futura del sacerdocio, para darles
una aplicación diferente o contraria a la siempre respetable
voluntad de los fundadores.
"Varias cámaras de provincia se han arrogado la facultad de
disponer lo relativo a la residencia y coadjutoría de los párrocos,
designando autoridades distintas de la del prelado diocesano para
la concesión de licencias que no pueden acordarse sino por causas
canónicas, sólo apreciadas del superior eclesiástico.
"Por su parte algunos cabildos han llevado el abuso de sus
funciones hasta el punto de fijar las horas y los términos para la
administración de los Santos Sacramentos.
"El venerable arzobispo de Bogotá y los no menos venerables
obispos diocesanos de la Nueva Granada han sido expulsados del
territorio de la República, ocupadas sus temporalidades, ajada su
dignidad, calumniada su conducta y difamado su nombre; y hoy andan
errantes en extraña tierra, comiendo el triste pan del destierro,
en el cual ha muerto ya uno de ellos, el varón apostólico, el
ilustrísimo señor doctor José Jorge Torres y Estans, obispo de
Pamplona; mientras que viudas sus iglesias y abandonada su grey, se
encuentra en completa orfandad la casi totalidad de los
granadinos.
''En la función más solemne que tiene la República, en el seno
de la representación nacional, delante del cuerpo diplomático y a
presencia de un numeroso pueblo, se ha insultado oficialmente al
Soberano Pontífice, cuyo preclaro y digno representante se hallaba
también presente. . .
"A tan graves ultrajes y desmanes contra lo más sagrado de
nuestras convicciones y lo más caro de nuestros afectos, hemos
opuesto sumisas y fundadas reclamaciones, ya por la imprenta, ya
ante las autoridades competentes, sin que hayamos obtenido por
fruto de nuestras gestiones sino un insultante desdén, o la
calumnia y el sarcasmo de los periódicos ministeriales contra los
buenos católicos que por sí y a nombre de la mayoría nacional, que
toda es católica, han levantado su voz en sostén de la Iglesia y
sus ministros. Nosotros hemos defendido, defendemos y, con la ayuda
del cielo, defenderemos constantemente la
|religión católica,
|apostólica,
|romana, porque es la religión de nuestra
conciencia, la religión de nuestro corazón, la religión de nuestros
recuerdos, la religión de nuestras esperanzas: la sostenemos porque
la consideramos como una propiedad de familia en que encuentran
dulces, sólidos e inagotables consuelos nuestros padres, nuestros
hijos, nuestras esposas y nuestros hermanos; la sostenemos porque
es el único y poderoso elemento de moral y civilización para
nuestras ignorantes y heterogéneas masas populares, dispersas en
extensas y ásperas regiones; la sostenemos, en fin, porque es el
verdadero principio conservador del orden social, tan seriamente
amenazado por los bandos y parcialidades que se disputan el poder
en nuestra amada patria. El profesar, conservar y defender nuestra
augusta religión, es algo más que un derecho, es una facultad como
la de pensar; y es algo más que una facultad, es mi deber y deber
santo, deber de honor, deber de conciencia, deber de cuyo
cumplimiento habremos de responder ante el juez eterno los que
tenemos la dicha y el consuelo de creer que sobreviviremos a las
penas de la vida y que no moriremos como los jumentos. Si nos
equivocamos en nuestras creencias y decisiones, nuestra
equivocación será común a
|doscientos cincuenta millones de
católicos diseminados en la parte civilizada del globo que
habitamos.
Halagados con la firme esperanza de que estos mismos
sentimientos animan a los granadinos que se glorían y a grande
honra tienen el ser
|católicos, queremos hacerlos
participantes de nuestros principios y línea de conducta que, de
común acuerdo y después de maduro examen y consulta con quienes
aconsejarnos pueden, hemos adoptado seguir en las eventualidades
que entraña un porvenir no lejano. No basta, ciertamente, que todos
tengamos los más nobles deseos, las más sanas intenciones: no basta
que haya unidad de motivos y unidad de fines, si falta la unidad en
los medios. Muy bien podemos estar estrechamente ligados por los
vínculos de la fe, de la esperanza y de la caridad, y encontrarnos
expuestos, sin embargo, a los lazos que nos tenderán los diversos
enemigos del catolicismo, aprovechándose de nuestro candor y falta
de concierto. Dividido como está en dos secciones el partido
dominante en la Nueva Granada, no es imposible que una de ellas o
ambas lisonjeen los intereses religiosos para buscar apoyo moral y
comprometer quizá la causa del
|Señor en ingratas contiendas
de partido. Los hechos pasados deben hacernos muy cautos para no
dejarnos sorprender por el profundo maquiavelismo de algunos, o la
fementida generosidad de no pocos. La unión entre los católicos es
hoy una necesidad de conservación.
"Agítense, enhorabuena, las altas cuestiones políticas que
dividen la República; cámbiense las instituciones que hoy la rigen
y dése una nueva forma, una organización diferente a nuestra
sociedad; nada de todo esto puede alterar, la esencia de la
religión, ni la autoridad ni los derechos de la Iglesia. Por su
carácter de universalidad, la religión de Jesucristo se acomoda a
todas las formas de gobierno y a todos los climas del mundo; porque
siendo su objeto instruir y consolar al hombre en la tierra y
prepararlo para el goce de una dicha perdurable, iguales beneficios
dispensa al súbdito del gobierno imperial de Austria, que al
ciudadano católico de la Unión Americana, al habitante de las
regiones ardientes del Ecuador, que al que arrastra penosamente su
existencia bajo el frío glacial de los polos, al individuo de la
raza etiópica, como al individuo de la mongólica o de la
caucasiana. La religión cristiana no se aleja sino de los países
que son presa de la tiranía de los gobiernos o de la desenfrenada
licencia de la multitud, cuando ya la depravación de costumbres,
los vicios, la frecuencia de los delitos, el olvido de los deberes
religiosos anuncian la transición o el regreso de la vida social a
la vida salvaje. La religión emigra entonces, llevando consigo la
|verdadera civilización, su compañera inseparable.
"Libre por institución divina la Iglesia de Jesucristo, esta
libertad no puede ser restringida ni menoscabada por los cambios
que sobrevengan en la organización política de las sociedades
humanas. Cualquiera que sea la situación que tome el Estado
respecto de la Iglesia, ésta tiene derechos propios, sagrados e
imprescriptibles, independientes absolutamente del poder de los
hombres; derechos que recibió del mismo Dios, y cuyo ejercicio no
puede ser impedido ni turbado sino por la fuerza y la violencia. La
influencia benéfica que tiene en el orden social, base esencial de
todo orden político, no la constituye en la dependencia del poder
temporal, así como la influencia del sol en los fenómenos de la
naturaleza y en la abundancia de las cosechas, no lo somete a la
voluntad del cultivador.
"En la organización que a esta divina sociedad dio el Redentor
de los hombres puso por cabeza visible de ella a San Pedro, de
quien es legítimo sucesor el Pontífice Romano, así como también lo
son de los Apóstoles los obispos, puestos para regir por secciones
el rebaño del Señor, con sujeción al vicario de Jesucristo, en
quien reside el primado de honor y de jurisdicción. En el Pontífice
Romano reconocemos el centro de la verdad y de la unidad todos los
miembros de la Iglesia católica, sin distinción de rango ni de
clase, cualquiera que sea el gobierno temporal que se hayan dado o
se den los pueblos, cualquiera que sea el grado de latitud en que
habitemos, en la zona templada de Europa, como en el corazón de la
zona tórrida en que se halla colocada esta porción de América, y
cualesquiera que sean, por último, los cambios, las vicisitudes y
los contratiempos, que la Providencia tenga reservados a los que
hacemos parte de esta asociación, que, según la promesa de su
Fundador, se conservará pura y santa hasta la consumación de los
tiempos, como se ha conservado por más de diez y ocho siglos, a
despecho de las persecuciones de los tiranos, del furor
desencadenado de los anarquistas, de las halagüeñas doctrinas de
los filósofos sensualistas, de los sarcasmos y burlas de los ateos,
del hipócrita celo de los reformadores, de los delirios de los
utopistas y hasta de la misma apostasía de algunos sacerdotes.
"Con tan profunda e incontrastable persuasión, y confiando en
los auxilios del Todopoderoso, testigo y juez de la pureza de
nuestras intenciones, los católicos de Bogotá, a nombre nuestro y
de nuestras familias, hacemos las siguientes declaraciones:
"1ª Creer, confesar y defender hasta rendir la vida los
dogmas, misterios y doctrinas de la religión católica, tales como
los cree y confiesa la Santa Iglesia Romana.
"2º Reconocer, acatar y obedecer la autoridad del Pontífice
Romano, vicario de Jesucristo en la tierra, centro de la verdad y
unidad católica; sin que sean parte para separarnos de esta
obediencia el temor, los halagos, el menoscabo en los intereses, la
pérdida de los destinos, la miseria, la persecución, ni linaje
alguno de padecimientos.
"3º Reconocer asimismo, acatar y obedecer en sus
respectivos casos y lugares la potestad de los prelados proscritos,
por cuyo pronto regreso no cesaremos de trabajar, viviendo entre
tanto sometidos a la autoridad de sus vicarios legítimamente
nombrados.
"4º Emplear nuestros esfuerzos, recursos y relaciones
para que, revocándose las leyes antieclesiásticas, sea reintegrada
la Iglesia en el pleno goce de su libertad, de su autoridad y de
sus derechos; para que los ministros del Santuario tengan expedito
el ejercicio de su ministerio sin las trabas y limitaciones
humillantes puestas por los funcionarios y corporaciones del orden
político y municipal; para que se provea de fondos seguros al
mantenimiento del culto católico y sustentación de los ministros;
para que se garantice la inmunidad de los templos, la propiedad de
las rentas, fondos y bienes eclesiásticos sin que sus productos
puedan destinarse a objetos distintos de los de su primitiva
aplicación; para que sean restituidos los seminarios con todas sus
rentas al respectivo prelado diocesano, bajo cuya exclusiva
dirección deben correr estos útiles y benéficos establecimientos; y
en fin, para que no se embaracen de modo alguno nuestro acceso e
indispensables relaciones con la Santa Sede para el remedio de las
necesidades espirituales de los granadinos.
"5º Comprometernos de la manera más solemne a sostener con
nuestras propias fortunas el culto católico, en la parte que nos
toque, siempre que la nación no contribuya completamente para estos
objetos.
"6º No convenir jamás en que los intereses de la religión sean
sometidos a los de la política; y bajo este concepto no apoyar
ninguno de los partidos políticos que hoy o más tarde se
presentaren en la Nueva Granada hostilizando los principios y los
intereses religiosos consignados en la presente exposición, sin
dejar por esto de combatir por todos los medios legales las
doctrinas anticatólicas o contrarias a los derechos de la
Iglesia.
"7º Circular entre nuestros amigos y poner al alcance y
comprensión de los católicos de la Nueva Granada esta Exposición, a
fin de que ella sirva de vínculo de unión entre los granadinos que
nos proponemos ser fieles a la santa religión de nuestros padres,
de guía en los conflictos y eventualidades que sobrevengan, y de
compromiso solemne de honor y de conciencia para cumplir con
lealtad los deberes a que nos sujetamos.
"Bogotá, el día de la Ascensión del Señor, a 5 de mayo de
1853."
El delegado apostólico, entre otras cosas, escribía con este
motivo al doctor Cuervo:
"La Exposición católica de la cual se ha servido usted enviarme
varios ejemplares, el 16 del corriente, es digna de la rectitud
católica y de la prudencia distinguida de quien la redactó. Al
adoptarla ha empezado dignamente sus tareas esa sociedad compuesta
de miembros tan respetables, y que (según usted me dio la plausible
noticia) están decididos a emplear todos sus esfuerzos, y a
uniformar los de los demás que en la Nueva Granada profesan la fe
de Jesucristo, con el fin de mantenerla intacta en la República y
de libertar la Iglesia de la injusta opresión que está sufriendo.
Mientras de todo corazón hago votos los más sinceros para que se
consiga el buen resultado que merecen la nobleza de sus intenciones
y los excelsos fines que se han propuesto, yo apruebo con el mayor
gusto todos los principios consignados en la Exposición; y el modo
de practicarlos que en ella se indica, es el más acertado y
decoroso, el más conforme con las circunstancias."
A lo draconianos dolía en el alma el que se les escapase la
Iglesia de las manos, y valiéndose de todo linaje de artimañas se
empeñaron en dejar vigente el patronato y la tuición, haciendo
ilusoria la libertad religiosa. Sancionada apenas la constitución,
propuso Gori una ley para levantar el destierro a lo obispos y
derogar los artículos de la de 1851 que atribuían a los cabildos el
nombramiento de curas; y lo mismo solicitaba el presidente Obando,
diciendo que esto bastaría para asegurar la paz religiosa, mientras
que por el contrario la separación completa acarrearía una reacción
contra los principios democráticos y males sin cuento a la
República. Con miras tan filantrópicas al parecer y tan patrióticas
sólo se pretendía hacer que el congreso diese por no derogadas las
leyes opresivas y restringiese el sentido latísimo del artículo
constitucional; pero no lo lograron, pues González y los suyos
desbarataron los sofismas con que pretendían interpretarlo en el
concepto de una mera tolerancia de cultos a la manera de
Inglaterra, y dejando al gobierno igual ingerencia que en este país
con respecto a la religión oficial. Vista la resistencia del
senado, el poder ejecutivo cejó, y presentó el proyecto que sirvió
de base a la ley de 15 de junio, por la cual cesó la intervención
de la autoridad civil en los negocios relativos al culto y que puso
el sello a la separación de las dos potestades; aunque llevando
rastros de la intolerancia de su origen, como se ve en la
prohibición de dar entrada a los jesuítas.
El papel de los católicos en esta emergencia no podía ser otro
que el de meros observadores. La Santa Sede tenía condenado desde
mucho antes el principio de que es necesaria y conveniente la
separación de la Iglesia y el Estado, y en esta conformidad todo el
episcopado granadino se negó a admitir tal expediente como remedio
de las actuales diferencias, cuando el gobierno le pidió su
dictamen en febrero de 1852; vino luégo la famosa Alocución de 27
de septiembre del mismo año sobre la condición de la Iglesia en la
Nueva Granada, en que la Santidad de Pío IX condenó de nuevo el
mismo principio con ocasión de haber sido propuesta esta medida en
el congreso
|
(4)
; y por tanto estaba señalado el único
camino que podía seguirse. De esta expresa condenación se asían los
ministeriales para asustar a los católicos y decidirlos en su
favor; pero ellos muy bien supieron a qué atenerse: mantuviéronse
lejos de la contienda, y una vez dado este paso, que no solicitaron
y en el cual no tuvieron parte, lo aceptaron como la única
concesión que podían esperar. Cuando se repasan las leyes de
entonces y se ve que el poder temporal elegía los arzobispos y
obispos, proveía las dignidades, canonjías y prebendas, dejando a
los cabildos y vecinos la presentación de párrocos y sacristanes
mayores y la intervención en las permutas de beneficios; exigía que
los provisores y vicarios generales, los prelados de las órdenes
regulares, los vicarios foráneos y en general todos los
funcionarios de la Iglesia obtuviesen previamente su asenso o
beneplácito para poder entrar en el desempeño de sus cargos; daba o
negaba el pase a las bulas, breves y rescriptos pontificios; creaba
diócesis y parroquias, y fijaba o mudaba sus límites; conocía en
las causas benefíciales y admitía recursos de fuerza y protección;
fiscalizaba si los prelados o ministros del culto ejercían bien o
mal sus funciones; recaudaba, administraba e invertía las rentas
eclesiásticas; permitía o no a los fieles levantar templos y
capillas; averiguaba los bienes que tenía el obispo al consagrarse,
y los que dejaba a su muerte para echarse sobre ellos; y otras mil
humillaciones, abusos e injusticias, cadena labrada por los
regalistas españoles y agravada por los demócratas de la Nueva
Granada con duros y pesados eslabones; cuando se ve que la
intervención puramente protectoria que a los gobiernos corresponde
en los asuntos de la Iglesia, se había convertido en una tiranía
incomportable; cuando se ve que la Santa Sede no había reconocido
estas facultades que se arrogó el congreso de Cúcuta con la promesa
nunca cumplida de celebrar un concordato; cuando se ve todo esto,
decimos, no es de extrañar que los católicos se alegraran de que el
opresor soltase a su víctima y que se felicitara de un
sacudimiento, que quebrantando los hierros que la aprisionaban,
dejara cicatrizar sus llagas, mientras venían tiempos más propicios
para restablecer la armonía sobre bases equitativas.
La ley fijaba como plazo para la separación el 1º de septiembre
próximo, y los buenos católicos se unieron de corazón para ayudar
al restablecimiento de la Iglesia, y oponerse al mismo tiempo a que
el gobierno metiera el pie, como no dejó de hacerlo, en terreno que
ya le estaba vedado. El doctor Cuervo tomó a pechos una y otra
cosa, valiéndose de su pluma y de su influencia; y como juzgase por
lo más urgente mostrar con toda claridad cuál era la nueva
situación y cuáles los deberes de los fieles, publicó en
|El
Catolicismo una serie de artículos bajo el título de
|Libertad de la Iglesia, poniendo como texto que todos debían
conocer la disposición constitucional y la ley adjetiva. Enumeradas
las heridas cruelísimas que había recibido la religión, diseñada la
desmoralización de la sociedad y el desconcepto en que a los ojos
del pueblo se había querido hacer caer lo más sagrado a fuerza de
insultos e indignas vejaciones, analiza detenidamente la ley, nota
sus defectos e incongruencias, sin olvidarse de aplaudir las justas
reparaciones que hacía, y pasa luégo a exponer lo que debía hacerse
para usar con acierto de los nuevos derechos y cumplir con los
deberes correlativos. Con el mismo empeño escribió, cuando el
gobierno, persistiendo en su tema de inmiscuirse en estas cosas,
dio un decreto sin pies ni cabeza en ejecución de la ley de 15 de
junio, en el cual se adelantó hasta dar la regla para saber quiénes
eran los católicos (29 de junio)
|
(5)
; y en cuantas ocasiones fue preciso
defender los derechos de los católicos, otras tantas lo hizo sin
ambages como sin temor. En estos días no tenía otra ocupación,
ninguna otra cosa se llevaba sus pensamientos. Fueron premio de su
solicitud estas palabras que le dirigió en 20 de octubre de 1853 el
prelado proscrito: "Sé lo que usted ha trabajado con monseñor
Barili y nuestro buen amigo Riaño (el provisor, don Domingo Antonio
Riaño) en favor de mi iglesia, y les estoy cordialmente agradecido.
Todo lo que conozco de esos trabajos es cuanto puede hacerse, ni yo
habría hecho más, porque siempre habría implorado el auxilio de
ustedes."
La siguiente carta escrita a don Joaquín Mosquera por el doctor
Cuervo el 3 de agosto resume los últimos sucesos y las esperanzas y
temores de momento:
"Mi muy estimado amigo:
"Muy justas y fundadas son las dudas que tiene usted
relativamente a su venida a Bogotá, según me dice en su amistosa y
muy apreciable carta de 20 del mes próximo pasado. No habiendo sido
aprehendida la cuadrilla de malhechores que ha robado los correos
en la provincia de Neiva, es seguro que está agazapada aguardando
ocasión de hacer nuevos tiros. Pronto no se podrá viajar por el sur
de la República sino con escolta o en caravana como en los
desiertos de la Siria o de la Arabia. Este es el progreso de los
rojos.
"Bogotá presenta ahora alguna calma, después de días terribles,
días de anarquía: el campo ha quedado por los democráticos y sus
auxiliares, los individuos de la fuerza armada; los jóvenes se han
dispersado unos por miedo u orden de sus padres, y otros por
haberse suprimido en el Colegio Nacional las enseñanzas superiores
(otro progreso). Sin embargo, todo anuncia en varias provincias
serios alborotos para las elecciones de septiembre y octubre
|
(6)
, y el
gobierno se prepara organizando las guardias nacionales y poniendo
de jefes y oficiales de los cuerpos a los democráticos más
desaforados.
"Partiendo de estos hechos, pienso que no habiendo podido usted
aprovechar esta pequeña tregua para venir a Bogotá, la prudencia
aconseja que deje su viaje para diciembre, tiempo en que habrá
pasado el peligro y las señoritas sus hijas habrán terminado el año
de estudios para principiar las vacaciones.
"Los buenos o malos efectos de la ley sobre independencia y
libertad de la Iglesia dependen exclusivamente del clero, de su
buen o mal manejo. Nuestro pueblo en general no está tan pervertido
como quisieran los que lo instigan para que se lance en los
delitos. Aquí lo hemos visto. La guerra ha sido entre los guaches
afiliados en la Democrática y los cachacos afiliados en la Escuela
Republicana. Los demás individuos de la alta y baja clase no han
tomado parte ninguna en los desórdenes, aunque siempre han corrido
riesgo y tenido sus molestias, como sucede siempre que hay
desórdenes, en que pagan justos por pecadores. Nuestro país, en
verdad, marcha a la desmoralización, pero más aprisa camina a la
barbarie, y lo único que puede detenerlo es la religión, si los
católicos, y los sacerdotes especialmente, nos unimos estrechamente
y hacemos un esfuerzo extraordinario de desprendimiento, de celo
apostólico, de piedad y de prudencia para salvar la única tabla de
civilización que nos queda.
"Reitero a usted los sentimientos de mi antigua, ingenua y
constante amistad".
En la tregua a que se alude aquí se animó el espíritu público
con ocasión de las próximas elecciones en que se iba a ensayar el
sufragio universal por voto directo y secreto establecido en la
Constitución. Los conservadores quisieron entrar en la lid,
alentados por cierto aire de esperanza que se respiraba primero
gracias a la ingenuidad desplegada por los gólgotas en el congreso,
y después con la devolución de las temporalidades a los obispos y
con la entrega del seminario. Todos los partidos pusieron manos a
la obra, designaron sus candidatos y se aprestaron a mover el mayor
número de electores. En casa del doctor Cuervo se reunían los
conservadores más distinguidos, y desde allí se avivaba el
entusiasmo dondequiera. Según la ley de elecciones, las boletas
debían ser perfectamente cuadradas, conforme al modelo fijado por
el jurado electoral, de papel blanco sin mancha ni borradura, y
dobladas exactamente en cuatro; cuando se iban acercando los días
fijados, las casas parecían talleres en que todos, chicos y
grandes, hombres y mujeres trabajaban, quiénes en recortar, quiénes
en escribir y quiénes en doblar. Otros se encargaban de inscribir a
todos los que pudieran votar, yendo a buscarlos a las chozas y
hasta llevando a cuestas a los lisiados. Al fin correspondió el
resultado a estos esfuerzos, pues los conservadores ganaron en
casi toda la República con increíble mayoría. Para dar una prenda
de estimación a la lealtad y honradez de don Florentino González,
le habían puesto el primero entre los candidatos para magistrados
de la Suprema Corte de Justicia; pero el doctor Cuervo, a quien
habían designado para procurador general de la nación, hizo que se
votase para este cargo por González, dejándole a él mismo el que a
éste se había señalado antes. González, reuniendo los votos de sus
copartidarios y los de los conservadores, obtuvo 64.491; el doctor
Cuervo con los de los suyos 51.997
|
(7)
.
A medida que vamos adelantándonos hacia el desenlace del drama
político, desenlace que dejamos apuntado arriba en breves palabras,
porque no pertenece al plan ni al objeto de este escrito, nos vamos
acercando también al fin natural de nuestra tarea. Una salud
delicada de suyo no podía resistir a los golpes violentos de esta
época azarosa, y de cuando en cuando amenazaba irremediable caída.
Pero la Providencia quiso dar al doctor Cuervo la satisfacción de
consagrar sus últimos desvelos a la defensa de una causa en que se
interesaban tanto la Iglesia como la amistad. Desde que llegó a
Bogotá en noviembre de 1851 monseñor Lorenzo Barili, delegado
apostólico para las repúblicas de Nueva Granada, Venezuela,
Ecuador, Perú y Bolivia y enviado extraordinario del gobierno
pontificio en la Nueva Granada, contrajo estrechas relaciones con
el doctor Cuervo. Su casa quedaba a corta distancia, y muy pronto
empezó a ir por la noche a la del doctor Cuervo a la hora en que
acudían otros amigos, y departiendo circunspectamente con todos
sobre los sucesos diarios del país y la política extranjera, se
distraía y consolaba de los desabrimientos continuos que le
proporcionaba su posición dificilísima. No tardó mucho en ser el
más puntual concurrente a la tertulia, de modo que no se pasaba
noche sin que fuese; y cuando tenía negocios graves que
conferenciar, iba además por la mañana; a lo cual se agregaban
entre las dos casas aquellas atenciones y obsequios propios de una
amistad franca y sincera.
Los recuerdos poco gratos que habían dejado en el país otros
ministros de la Santa Sede, se compensaron y con creces en las
generales simpatías, respeto y gratitud que se captó el señor
Barili, reuniendo a las cualidades más relevantes del sacerdote,
cuales son la caridad, celo, prudencia y dón de consejo, las dotes
del caballero más culto y cumplido, al par que la vasta
ilustración, tacto y destreza que le graduaban de diplomático
eminente. "El señor Barili", decía, al anunciar su salida de
Bogotá,
|El Tiempo, periódico liberal harto conocido, "se ha
conducido aquí con una habilidad superior a todo elogio, siendo
nosotros, que hemos figurado como adversarios a los objetos de su
misión, los que tal vez podemos apreciarla mejor. Las cuestiones
religiosas llegaron a complicarse de un modo singular y capaz de
hacer perder el pie al más experto, y el señor Barili se ha salido
con orillar todas las dificultades y salvar su bandera por en medio
de la libertad. La afamada diplomacia italiana no podía estar mejor
representada en Madrid que lo que lo estará por el señor Barili.
Nosotros, que gustamos de los hombres de talento y cultura
superior, aún en nuestros adversarios, nos despedimos con
sentimiento de él y le deseamos muchos y felices días"
|
(8)
. Efectivamente,
llegado a la Nueva Granada en los días de más exaltación, hizo
valer siempre los derechos de la Iglesia; y con su prudencia y
consejos sirvió como de luz y guía para los católicos, cuando
expulsados el arzobispo y dos obispos y muertos cuatro, parecía la
Iglesia granadina condenada a perecer a manos de la anarquía y de
las pasiones triunfantes de sus opresores, que en cierto modo no la
dejaban en libertad, retirándole su apoyo, sino para que fuese más
cierta su ruina. La defensa de su propio decoro ultrajado y del
Padre Santo vilipendiado puso fin a su misión para con el gobierno,
mediando diferencias en que sin duda la ligereza, la injusticia y
la falta de tacto, tan comunes en los hombres nuevos de una
democracia turbulenta, proporcionaron al señor Barili triunfos
acaso más vergonzosos para el vencido que gloriosos para el
vencedor.
López en su último mensaje al congreso y algunos de sus
secretarios en los informes respectivos asentaron conceptos
calumniosos contra el episcopado y el clero y ofensivos a Su
Santidad: el delegado reclamó, como era de su deber. De aquí se
origino una correspondencia a que Obando dio más gravedad con el
hecho inconcebible de invitar directamente para el acto de su
posesión al representante del Papa y dar ocasión a que en su
presencia se leyera la Alocución en que, a vuelta de otras cosas,
lamentaba que con la libertad de la Iglesia fuese ésta a quedar a
merced de los dictados más o menos caprichosos de la curia romana.
Para que nada faltase al desacato, le hizo enviar oficialmente el
documento por el secretario de relaciones exteriores.
Contra estas reclamaciones se alegó sobre todo que siendo los
documentos que las motivaban de carácter doméstico, no tenía
derecho un gobierno extranjero para pedir explicaciones por lo que
en ellos pudiera disgustarle, aduciendo en apoyo de esta doctrina
la conducta del gobierno de los Estados Unidos en 1835, cuando el
gobierno francés pidió explicaciones por los términos de un mensaje
enviado al congreso por el presidente, y dando por cierto que
Francia había aceptado tal principio. El delegado rectificó el
hecho, mostrando que esta potencia estuvo muy lejos de obrar así, y
que sostuvo su derecho hasta que se juzgó satisfecha con otro
mensaje del presidente al congreso; y agregó que no más que el año
anterior se habían dado en la Nueva Granada explicaciones al
ministro del Perú por varios conceptos de un documento semejante. A
lo primero contestó el secretario que las observaciones que podía
hacer sobre el particular harían su nota demasiado extensa y los
multiplicados negocios que llamaban de preferencia su atención le
demandaban escribir con rapidez y concisión (y su nota tiene seis
columnas de la
|Gaceta); y en cuanto a lo segundo, que
cualquiera que hubiese sido la conducta anterior de su gobierno,
alguna vez había de tener origen un principio, y empezar un
gobierno a regular por él su conducta!
Viéndose acorralado el gobierno en éste y otros puntos,
determinó dar nuevo giro a la controversia, tomando un tono
agresivo y queriendo probar en singular desenfado que él era el
ofendido, y por consiguiente quien tenía que pedir satisfacción.
Júzguese por esta muestra de la habilidad con que procedieron en
tal evolución: una de las reclamaciones del delegado se refería a
estas palabras asombrosas de López: "Desde el momento en que el
episcopado granadino no encontró en las leyes de la República la
utilidad que buscaba en la confusa mezcla de lo espiritual y lo
material, protestó contra esas leyes, las resistió abiertamente, y
aun dio lugar con su conducta a que las pasiones políticas se
lanzasen en la rebelión." Copiándolas, había dicho el señor Barili
al secretario de relaciones exteriores: "S. E. convendrá en cuán
terribles acusaciones son éstas contra pastores evangélicos de
haber tenido por motivo de lo que quisieron hacer creer que les
mandaba la conciencia, su utilidad privada, y de haber cooperado a
encender en la patria el fuego desastroso de la guerra civil. Pero
cuanto más graves son las acusaciones, y cuanto más alto es el
lugar de donde parten, tanto mayores y evidentes pruebas deben
acompañarlas. ¿Y cuáles hubo o hay para sospechar tal conducta del
episcopado granadino? ¿Quién las presentó, quién las tomó para
examinarlas, quién determinó su valor? Quizá un anónimo. . . !"
Pues bien, para sacar de aquí un agravio, echó el gobierno a un
lado el mensaje de López, y dijo que estos conceptos se referían al
extrañamiento de los obispos y al fundamento con que el senado y la
Corte Suprema los habían condenado.
Enviada apenas a su destino la agresiva nota, el gobierno, sin
saber, si habría contestación o no, publicó (22 de junio) todas las
que hasta ese día se habían cruzado, como para asegurar un grande
efecto dejando por vencedor al último que hablaba. El señor Barili,
aguardando las medidas que se tomaran en consecuencia de la ley de
15 de junio, y que apareciera sancionada la de matrimonio civil,
dilató su réplica hasta el 30 de agosto, y en ella resumió sus
agravios, contrapuso sus razones a la del contrario con la claridad
más seca y abrumadora, protestó contra las nuevas leyes, y declaró
terminada su misión por el hecho de haberse negado la reparación
exigida y por efecto del artículo de la ley de 15 de junio que
prescribía al poder ejecutivo no admitir agente alguno del gobierno
pontificio que no fuese puramente diplomático, y eso con el solo
objeto de tratar negocios internacionales. El gobierno granadino se
guardó muy bien de publicar esta nota, haciéndolo sólo con la
respuesta, en que con el desenfado de antes decía no haber sido en
modo alguno desvanecidos los cargos por el delegado, y le
preguntaba con descortés insistencia hasta qué día pensaba hacer
uso de las inmunidades diplomáticas a que había tenido y tenía
derecho como enviado extraordinario de la Santa Sede. El
patriotismo se resiente al tener que recordar estos incidentes,
pero sin contar con el deber de no disimular cosa alguna que pueda
ilustrar el carácter de los hombres y de los tiempos, es provechoso
relatarlos, aunque no sea sino como testimonio de que cuando un
gobierno ultraja cobardemente a una potencia que no dispone de
escuadras ni cañones para tomar satisfacción, ésta puede todavía
abrir en la honra brecha más anchurosa que hiciera en muros de
ciudades fronterizas un ofendido poderoso
|
(9)
.
Para subsanar la deslealtad cometida en no publicar la nota del
señor Barili, la sacó a luz en
|El Catolicismo el doctor
Cuervo, con una introducción en que hizo ver algunos de los
desaciertos del gobierno en esta cuestión y generalmente en el
manejo de los asuntos internacionales. El periódico ministerial,
publicado en la imprenta oficial, salió a la defensa y al mismo
tiempo al ataque en forma y tono truhanesco e insultante, que
argüía impotencia para contestar formalmente la nota como la
introducción. Bien es verdad que esta impotencia había sido
evidente desde el punto en que el gobierno esquivó la discusión con
el delegado, por vedárselo, decía, la ley que separa la Iglesia del
Estado, aludiendo a la cesación de las relaciones con la Santa Sede
desde el 1º de septiembre; y esto lo escribía en 17 del mismo mes.
Tal fue el origen de la polémica que (ya lo dimos a entender)
absorbió los últimos días del doctor Cuervo. Su primer artículo
(
|El Catolicismo de 29 de octubre) se redujo a rebatir los
ataques dirigidos a la introducción dicha; el segundo fue una
protesta contra la manera indecorosa adoptada por el adversario,
quien fingiendo un diálogo bufo entre el secretario de relaciones
exteriores y su oficial mayor, disponía un
|ensueño de
contestación al señor Barili, y usando de un lenguaje grosero, bajo
capa de llamarse católico, zurcía cuanto han dicho contra la Santa
Sede sus enemigos. "Quisiéramos, concluía el doctor Cuervo, que el
combate de las opiniones y de las doctrinas en la Nueva Granada se
diera sobre el campo en que siempre luchan la civilización, la
decencia y la buena fe; y quisiéramos que los escritores
ministeriales dieran el ejemplo en la polémica que nos ocupa."
Entró luégo a esclarecer algunos puntos de historia eclesiástica
que, tocados en la correspondencia diplomática y decididos
secamente por el delegado, estaban sirviendo a los escritores del
gobierno para lucirse tomando prestada a los regalistas y a los
apóstatas o sectarios su cólera, no menos que su erudición, sobre
estrecha y superficial, añeja y anticuada, Después, como
desembozando la hipocresía descargasen toda su ira contra los
Papas, a pesar de haber protestado que nada iba con ellos sino con
la curia romana, determinó el doctor Cuervo oponer el juicio de los
más insignes historiadores de la actualidad, católicos y
protestantes, a las "ya muy rebatidas y despreciadas obras de
Llorente y otras de la laya", que formaban todo el caudal de estos
tardíos y desmedrados retoños de una escuela olvidada. A esta luz
trató de las principales fuentes de la animosidad contra los Papas
y de la justicia que en los últimos años les estaba haciendo la
crítica histórica, de los beneficios que su poder, reconocido por
el derecho público de otra edad, dispensé a los pueblos, teniendo a
raya la ambición e insolencia de los príncipes, velando por las
buenas costumbres protegiendo las ciencia y las artes; y por último
desvaneció los cargos más importantes que contra ellos estaban
copiando sus contrarios, para sacar de todo como corolario las
palabras de monseñor Barili: "Véase pues cuán brillante sea la
aureola de gloria que ciñe la frente de la curia romana, presidida
y dirigida por los pontífices, o sea la Iglesia romana, por los
bneficios que a millares ha derramado en el seno de las sociedades
Políticas."
Acababa de publicarse el tercer artículo
|
(10)
(12 de noviembre), cuando
le acometió la enfermedad que había de arrebatarle al amor de su
familia, a la estimación de sus amigos y a la defensa de los
intereses más altos de la sociedad. Aunque desde el principio se
presentó el mal con aspecto de muy grave, como que procedía de una
antigua afección al hígado que muchas veces le había puesto en
cuidado, no perdió un instante su serenidad. Para fines del mes
tenía dispuestos los exámenes que debían presentar aquellos de sus
hijos que seguían en la casa sus estudios, y no dejó un día de
ensayarlos, desde la cama, refrescándoles esta o la otra cuestión,
ni de atender a la fiesta que con esta ocasión había de celebrarse
en la casa, ni de informarse en qué estado se hallaban los
preparativos del ambigú. Tres días llevaba de enfermedad, y ya
pensó en disponerse para morir como cristiano, facilitándolo una
coincidencia singular: entre la infinidad de personas que acudían a
inquirir por su salud, se halló el respetable sacerdote don
Raimundo Rodríguez, cura de la parroquia de San Victorino, y
oyéndolo acaso hablar en la sala vecina, se incorporó con viveza,
diciendo: "Llámenme al doctor Rodríguez, que con él hice mi primera
confesión, y con él quiero hacer la última." Logró esta fortuna,
que habiendo tenido por amigos en sus primeros años a jóvenes que
perdieron la fe, y no volvieron a ella sino a la última hora, él
fue siempre fiel a la cristiana enseñanza y virtuosos ejemplos que
recibió de niño; de manera que, si por un momento cedió a la moda
yendo a las logias o se dejó arrastrar por la corriente de ideas
seudoliberales, de nada de esto quedó huella ni en su corazón ni en
su entendimiento. Cuando estuvo en Popayán, siguió con los demás
empleados de la Universidad las prácticas religiosas del
establecimiento, sin hacer caso de lo que podían decir, y en efecto
dijeron, sus copartidarios; vuelto a Bogotá, se recogía en silencio
y sin ostentación para cumplir con estos deberes
|
(11)
. Con la misma
tranquilidad que su conciencia, arregló algunos pormenores de su
testamento, porque en general tenía todas sus cosas ordenadas
convenientemente desde años antes. Sin turbársele un instante la
razón rindió su espíritu al Criador el 21 de noviembre a las tres
de la tarde, rodeado de los suyos y prestándole monseñor Barili los
últimos auxilios de la religión.
Según sus deseos, las exequias se celebraron en la retirada
iglesia de San Diego, a donde él en sus paseos de por la tarde
solía entrar a aislarse algunos momentos del bullicio de la vida;
como muchas veces desde su juventud se había recogido en el
tranquilo convento contiguo a la iglesia "para asomarse a la
eternidad", conforme él mismo escribía a un amigo ausente. Algunos
relacionados con la familia, al ver las dilatadas listas de las
personas que habían acudido o enviado a informarse del curso de la
enfermedad, juzgaron mejor convidar públicamente por carteles que
dirigir esquelas individuales, cosa que, a lo que entendemos no se
había hecho antes con ningún particular.
"Sobre su cadáver se han derramado lágrimas abundantes y
sinceras. Sus exequias han sido el más espléndido testimonio que un
pueblo entero consternado ha podido tributar al mérito y a la
virtud: ellas se celebraron el 23 en la Recoleta de San Diego y en
el tránsito desde la casa mortuoria hasta allí, se hicieron
espontánea y solemnemente sufragios en todas las iglesias por donde
pasó el cadáver, conducido en brazos de sus compatriotas.
"En el cementerio la juventud y la amistad pronunciaron bellos y
sentidos discursos; y el dolor pintado en todos los semblantes
devoraba en silencio toda su amargura, buscando en medio de aquella
numerosa y afligida concurrencia una persona que se echaba menos. .
. ¿Quién? Cuervo. . . que siempre estaba presente en todos los
dolores, y era el primero que venía a enjugar las lágrimas"
|
(12)
.
Las legislaturas provinciales de Bogotá y Cundinamarca
decretaron en seguida honores a su memoria: la primera "en
testimonio de aprecio por las relevantes prendas del finado y de
veneración por sus restos", resolvió asistir en corporación al
entierro; la segunda dispuso se hiciera su retrato con esta
inscripción: "La provincia de Cundinamarca al más ilustre de sus
hijos." En muchas poblaciones de la República, sobre todo en el
interior, se le hicieron honras más o menos solemnes; y en los
establecimientos de educación privada se dedicaron actos literarios
a su memoria. Los periódicos conservadores publicaron en loor suyo
poesías y artículos necrológicos; los escritores ministeriales
vomitaron injurias sobre su tumba. Testimonios claros de cuánto
había sido su patriotismo, su lealtad a los principios
conservadores de la sociedad, y sobre todo la decisión con que tomó
sobre sus hombros la causa de la Iglesia y de la verdadera
libertad, ya defendiéndolas con su pluma, ya aconsejando y
comunicando privadamente sus vastos conocimientos a los que le
consultaban, cuando los demás hombres prominentes de su partido, o
estaban ausentes, o por otras circunstancias se mantenían retirados
de la escena política.
Al reunirse el congreso pasada la revolución de Melo, expidió el
siguiente
DECRETO
EN HONOR A LA MEMORIA DEL C. RUFINO
CUERVO.
El senado y la cámara de representantes de la Nueva Granada,
reunidos en congreso,
Decretan:
Artículo 1 La Nueva Granada registra en el catálogo de los
esclarecidos ciudadanos que, por sus talentos y servicios, han dado
prez y reputación a su patria, el nombre de
|Rufino
Cuervo.
Artículo 2 La República honra la memoria de este benemérito
granadino, cuyo retrato se colocará en la sala del despacho del
poder ejecutivo, y en los establecimientos literarios de la
capital, costeados por la Nación.
Dado en Bogotá, a 9 de abril de 1855.
El presidente del senado,
|Justo Arosemena; el presidente
de la cámara de representantes,
|R. Antonio Martínez; el
secretario del senado,
|Lázaro María Pérez; el secretario de
la cámara de representantes,
|Manuel Pombo.
Bogotá, 9 de abril de 1855.
(L. S.) Ejecútese y publíquese.
El vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo,
|Manuel M. Mallarino; el secretario de gobierno,
|Vicente
Cárdenas.
Como si el vínculo de una larga, estrecha y noble amistad fuese
también lazo misterioso que unía sus existencias, el ilustre
arzobispo de Bogotá (quien, quebrantado sobremanera, había llegado
a París en junio y puéstose en camino para Roma), después de varias
oscilaciones en su salud exhaló el último aliento en Marsella el 10
de diciembre, sin alcanzar a saber que el doctor Cuervo había
muerto veinte días antes. Esta circunstancia unió más y más en la
memoria de todos los buenos el recuerdo de los dos amigos, como lo
atestigua el ilustrísimo señor don Mariano Fernández Fortique,
obispo de Guayana, en las palabras siguientes de la oración fúnebre
que pronunció en las honras celebradas por el clero de Caracas en
homenaje al señor Mosquera:
"Yo no debo hacer aquí la defensa del señor arzobispo de Bogotá,
ni ventilar cuestiones ya decididas por el voto general del mundo
católico. Desempeñó esta tarea un varón tan eminente por su
sabiduría, como venerable por su piedad. Su brillante apología fue
su último tributo a la religión, a la Iglesia y a la amistad.
Cristiano generoso, digno de los primeros siglos de la Iglesia, la
de Santa Fe de Bogotá ha vestido luto y derramado abundantes
lágrimas en su muerte. Parece que este fiel amigo, presintiendo la
muerte del señor Mosquera, quiso precederle en el viaje a la
eternidad para esperarle en la mansión de los justos y presenciar
el momento de júbilo celestial en que el Príncipe de los Pastores
había de ponerle la corona de justicia y darle la palma de los
mártires en premio de sus virtudes y fortaleza."
FIN DE LA OBRA
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(1)
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Son dignas de mención estas
modificaciones; en el artículo 10 se cercenó la cláusula: ''Adopta
(la República) la forma federal no como la alianza de Estados
soberanos e independientes, sino por la unión de provincias o
secciones territoriales que se reservan el poder municipal'',
quedando: ''Reserva a las provincias o secciones territoriales el
poder municipal. . .''; en consecuencia se cambió dondequiera
''gobierno federal'' en ''gobierno general". Se omitió el requisito
de saber leer y escribir para ser considerado como ciudadano; se
introdujo como garantía el juicio por jurados, de que no se hablaba
en el proyecto; y sobre todo al inciso relativo al derecho de
reunión se agregaron estas significativas palabras: "Pero
cualquiera reunión de ciudadanos que, al hacer sus peticiones o al
emitir sus opiniones sobre cualesquiera negocios, se arrogue el
nombre o la voz del pueblo, o pretenda imponer a las autoridades su
voluntad, como la voluntad del pueblo, es sediciosa; y los
individuos que la compongan serán perseguidos como culpables de
sedición. La voluntad del pueblo sólo puede expresarse por medio de
los que lo representan por mandato obtenido conforme a esta
Constitución." Esto es una constitución liberalísima: ¡ Tanto se
había aprendido de 1849 a 1853!
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(2)
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En la noche del 18 al 19 de junio
iban don Antonio París y algunos amigos suyos tocando guitarra y
otros instrumentos, y saliéndoles al encuentro varios de ruana les
preguntaron si eran guaches o cachacos: al responder que lo último,
fueron atacados y París cayó muerto de una puñalada.
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(3)
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Con la dictadura de Melo puede
afirmarse que llegó a colmo la barbarie: después de su caída el 4
de diciembre, vimos en la Biblioteca Nacional atrincherados los
balcones con libros, y muchos de éstos atravesados por las balas;
el museo sirvió de letrina a la gente acuartelada en el mismo
edificio.
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(4)
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De este documento pontificio se
sacó la condenación para formar la proposición 55 del Syllabus:
|Ecclesia a Statu,
|Statuque ab Ecclesia sejungendus
est.
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(5)
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Este escrito lleva el título de
|Intervención directa del poder temporal en los negocios
eclesiásticos (
|El Catolicismo, número 102).
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(6)
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Efectivamente, en los meses que
faltaban del año se sucedieron los alborotos en Chocontá, Pasto,
Zipaquirá, Sogamoso y Cali; para no contar lo que dieron que hacer
las legislaturas en Antioquia y Piedecuesta.
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(7)
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Los otros candidatos conservadores
de la misma lista llevaron: don J. I. Márquez, 50.475; don J. M.
Latorre Uribe, 47.340. Los que les siguieron dan idea de las
fuerzas de cada partido: don B. Herrera, 34.576; don J. J. Gori,
28.228; don F. J. Zaldúa, 26.049; don P. Cuéllar, 22.367; don J. N.
Núñez Conto, 13,584; don M. Murillo, 11.070.
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(8)
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Número 116.
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(9)
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Importante como es esta
correspondencia en la historia política y eclesiástica de la
nación, no lo es menos para la de su cultura, pues pinta la caída
que en nuestro gobierno habían tenido la ilustración y el decoro, y
aun puede decirse que su lectura no carece de amenidad. Cierto que
causa tristeza ver al secretario enviar con su penúltima nota a un
ministro extranjero, a un delegado de Su Santidad algunos números
de periódicos del país, mal escritos por añadidura, para que se
imponga de la doctrina del patronato eclesiástico sobre que él
mismo le había movido discusión; pero casi da risa leer estas
frases: ''En los países en que el pueblo se gobierna a sí mismo, y
en donde, como en la Nueva Granada, casi la totalidad de ese pueblo
no profesa más que un solo culto, es el pueblo el que ejerce el
patronato de sus templos, y el que elige sus ministros por medio de
sus representantes legítimos. Empero, si no quisiere que ese
patronato sea ejercido por sus delegados, y decretare el divorcio
del bastón y el incensario, reservándose el gobernarse cada cual
por sí mismo en materia de conciencia, no por eso se desprenderá
del derecho inmanente de su soberanía, derecho que en la
republicana Iglesia del Salvador ejerciera el pueblo de los siglos
primitivos y que registran los cánones nicenos.'' Y es lo más
curioso que habiéndosele dicho en contestación que los cánones
nicenos no contienen una palabra sobre tal derecho inmanente de
soberanía popular, el que salió a su defensa en el periódico
ministerial, se descolgó con que Fleury, hablando de la elección de
los obispos cita al margen el cuarto concilio de Nicea; por lo
visto, pues, se trajeron a colación los cánones nicenos sin saber
lo que contenían.
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(10)
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El último, que fue el quinto, salió
en
|El Catolicismo de 26 de noviembre con tántas erratas y
descuidos, que parece tomado de apuntes en borrón. Uno de los
redactores continuó la polémica.
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(11)
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Todo esto aparece de la
correspondencia con personas de la familia y con don Manuel José
Mosquera
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(12)
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El Catolicismo de 26 de noviembre
de 1853.
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