INDICE




CAPITULO VIII

EL ULTIMO COMBATE


Sube Obando al poder. - Gólgotas y draconianos - La Constitución de 1853. - Asonadas del 19 de mayo y del 8 de junio. - Inseguridad de la gente decente. - Oposición de los draconianos a la libertad religiosa. - Opinión de los católicos sobre ella. - |Exposición católica.-- Últimos esfuerzos de los draconianos. - Cómo recibieron los católicos la libertad religiosa. - Trabajos del doctor Cuervo. - Se ensaya él sufragio universal y ganan los conservadores. - Monseñor Lorenzo Barili. - Sus reclamaciones, y polémicas que les siguieron. - Últimos escritos del doctor Cuervo. - Su enfermedad y muerte. - Honores que se le tributaron. Muerte del ilustrísimo señor Mosquera.



Difícil hubiera sido, aun para el hombre dotado de las más altas prendas cívicas e intelectuales, dar vida a la República, convertida en un cadáver por el desgobierno anterior; así que nadie pudo augurar cambio alguno favorable del advenimiento del general Obando. Este no era ya como en 1849 el Deseado de todos los liberales. La juventud que se había formado en la Escuela Republicana, disciplinada ahora por don Florentino González, hombre de talentos nada comunes, de grande entereza y de amor franco y sincero a la libertad civil y política, anhelaba por un ideal más elevado que el de los revolucionarios de 1840, cuya aspiración, por el contrario, era un gobierno duro y arbitrario que en todo metiese la mano y todo lo supetase a su inspección y tutela.

En el día mismo de inaugurarse el nuevo presidente le apercibió el del congreso contra "esos intrigantes ambiciosos que pretenden turbar el orden público por su interés particular, que haciendo gran ruido con lo que llaman sus principios y sus opiniones, sólo tratan de elevarse a los primeros empleos, y que fingiéndose amigos de los pobres, a quienes procuran extraviar predicándoles que en la destrucción de los ricos está el principio de su prosperidad, tienen únicamente en mira su propio engrandecimiento". "Abandonadlos", agregaba, "a sus quimeras, dejadlos solos fuéra de los puestos públicos, y despreciad los gritos del orgullo ultrajado con que os calumniarán." Obando a su vez tocaba el mismo tema, diciendo al congreso: "La República ha avanzado inmensamente en el período constitucional que ha terminado; pero al lado de los principios saludables que han sido establecidos, revuelven doctrinas dañosas que han dejado alguna confusión en las ideas. A vosotros toca aclarar el espacio y sacar la República de los antros oscuros de la utopía, para elevarla al sublime destino que le está señalado en la alta región de la verdad."

Estos, a quienes vemos calificados de utopistas y que en el lenguaje común eran llamados |Gólgotas, se desquitaban apellidando |Draconianos a los liberales viejos, designaciones ambas que dan idea más exacta de la índole de estos partidos que cualquier exposición circunstanciada de sus principios y tendencias. Pero, cualesquiera que ellas fuesen, es singular que el nombre de Obando entonces, como en 1837, sirvió de elemento de disgregación, alejando de sí a la juventud progresista y propagadora de ideas generosas, bien que en la última época algún tanto fantásticas y dañinas y fundadas en convicciones republicanas menos profundas.

En los mismos momentos en que eran atacados los gólgotas como socialistas y comunistas, adulaba Obando a las Sociedades Democráticas, atribuyéndoles su elección, y defendía al ejército permanente, cuya eliminación era uno de los temas favoritos de sus adversarios dentro y fuéra del congreso. De esta manera deslindaba el nuevo presidente sus amigos y sus enemigos, que no tardarían en ser contendores en escandalosos tumultos. No obstante, con el intento de mostrarse conciliador nombró para la secretaría de guerra al general Tomás Herrera, candidato por el cual habían votado los doctrinarios, y que en el número de votos que sacó, descubría lo poco numeroso de su partido; el nombrado se excusó con harta sequedad.

Aunque en la creación y fomento de las Sociedades Democráticas habían tenido parte todos los liberales, y más algunos de los ministeriales, concitaron éstos el odio de ellas contra los gólgotas, haciéndolos pasar por engañadores que habían alucinado a los artesanos con lisonjeras promesas que no habían cumplido; y como en efecto habían sido los tribunos más fervorosos de sus juntas, no era difícil echarles encima la que era culpa de todos.

Así estaban las cosas mientras que en el congreso se discutía la Constitución, cuyo proyecto se había aprobado en 1851, y que, conforme a las disposiciones de la que regía, no podía sancionarse hasta este año. Aunque las modificaciones que se introdujeron no eran ni podían ser de grande entidad | (1) , en las discusiones se pusieron más de manifiesto las divergencias de los dos antagonistas, no dejando de comunicarse al exterior el calor de los debates. Todavía a mediados de Mayo estaban discordes las cámaras en dos puntos de mucha importancia uno y otro, si bien por razones diversas: era el uno el nombramiento de gobernadores, que según el proyecto original debía hacerse por elección popular en cada provincia, lo que patentemente dificultaba en gran manera la acción del poder ejecutivo; era el otro la cuestión religiosa. El proyecto, sostenido por los gólgotas, asentaba francamente la libertad absoluta, sin cortapisas ni tranquillas, para profesar pública o privadamente cualquiera religión; por manera que de hecho quedaba declarada la separación de la Iglesia y del Estado, y cesaba la intervención de éste en todos los asuntos religiosos; los ministeriales, por el contrario, rehusaban admitir tal separación, mas no por ortodoxia, sino con miras estrechas y mezquinas. Pero de la noche a la mañana las cámaras se pusieron de acuerdo, y el 16 de mayo cerraron los debates, aprobando la Constitución, que fue sancionada y publicada el 21 siguiente. Los gobernadores quedaron de elección popular, y al inciso en que se garantizaba a los granadinos "la profesión libre, pública o privada de la religión que a bien tengan", se agregó la coleta de "con tal que no ofendan la sana moral, ni impidan a los otros su culto religioso"; palabras que llenaron de recelo a los católicos por ser idea de Gori, que había defendido hasta el último trance la intervención del gobierno en materias religiosas, y porque en manos de hombres mal intencionados podían servir de pretexto para fiscalizar y perseguir.

La precipitación con que se dio fin a los debates de la Constitución, debióse sin duda a los temores que andaban y a los datos que acaso poseería el congreso sobre próximos trastornos que muy bien podían tener por objeto o por resultado impedir la coronación de la obra. Algunos días antes había representado la Sociedad Democrática del barrio de la Catedral a la cámara de representantes pidiendo que se alzaran los derechos de importación a aquellos artículos que pudieran hacer competencia a los fabricados en el país. El martes 17 de mayo el presidente y secretario de la Sociedad convidaron por carteles a defender la causa del pueblo en la discusión que con este motivo habría en la cámara el jueves inmediato; la noche de aquel día y la siguiente se reunieron los democráticos en juntas bulliciosas donde se amenazó con hacer una |caraqueñada, un 24 |de enero, si no se cumplían siquiera en parte las antiguas promesas de favorecer a los artesanos; y como si ya no fuera harto atrevimiento el que todo esto pasase en el mismo edificio en que tenían sus despachos el gobernador, el jefe político y el comandante de armas y en que se reunían las mismas cámaras, se dispuso con tiempo que el día designado no hubiese mercado en la plaza a que da el edificio, como para tenerla despejada.

Los democráticos no se hicieron sordos al convite, y acudieron en gran número; pero la cámara eludió la discusión del asunto, pasando la petición al senado para que la tuviera en cuenta al discutirse la ley sobre comercio de importación. Sin embargo, esto no se decidió sin que hubiera amenazas, mueras y vivas, y amagos de un conflicto entre los democráticos y los sostenedores del congreso. Por dos veces invadió el recinto de la cámara la oleada de la plebe, y a duras penas pudo ser contenida, descolgándose los jóvenes que estaban en las galerías altas. Poco gustosos los artesanos de quedarse ensayados y no ejecutar la fiesta, al salir los representantes, dijeron: A ellos!, y se les echaron encima. Dos de los acometidos recibieron unos cuantos golpes y puñadas, y en seguida se trabó una viva refriega, formándose dos bandos que se distinguían por el vestido, unos de |ruana y otros de |casaca, o en otros términos, |guaches y cachacos; la cual se disipó, quedando muerto de una puñalada un infeliz artesano, al aparecer en la plaza la guarnición y luégo el presidente Obando. Lo cierto es que sin el valor de los jóvenes decentes, o digamos de los cachacos, hubieran perecido algunos diputados. Para alejar de los democráticos la odiosidad de este atentado, e dijo con imprudencia en la |Gaceta al día siguiente que era obra de los |congregantes, o miembros de una antigua cofradía fundada por los jesuítas.

No por haberse sancionado la Constitución se apagaron estas rencillas, antes bien se fueron avivando hasta nuevo rompimiento. Con ocasión de la octava del Santísimo en el barrio de Las Nieves e hicieron corridas de toros, y en la algazara que las acompaña empezaron las provocaciones por parte de los artesanos, que eran como dueños de aquel barrio. El 8 de junio se acrecentó la irritación, y al fin se formó un inmenso tumulto que adelantó hasta el puente de San Francisco, victoreando a Obando y a Melo, jefe del ejército, y echando mueras a los cachacos y a los gólgotas. Estos resistieron por algún tiempo el empuje, sosteniendo un combate en que eran principales armas la piedra y el palo, bien que no faltaron las de fuego. Como la tropa fraternizaba con los de ruana, salieron algunos húsares del cuartel situado cerca del puente, y se pusieron de su parte. Aunque un húsar quedó ahí muerto de un balazo, con este auxilio arrollaron a sus enemigos por toda la Calle Real hasta la Plaza de Bolívar, y aun pretendieron forzar la gobernación, a donde se habían recogido algunos; pero al fin se contentaron con romper las ventanas a pedradas. Ya oscurecido, unos artesanos se encontraron en la Calle Real con don Florentino González, a quien odiaban de muerte como caudillo de los gólgotas y alma de la nueva Constitución, y dándole de palos, le dejaron muy maltrecho. Desde entonces se hizo intolerable para la gente decente la vida en la capital, y con razón decía don Francisco E. Álvarez, juez segundo del circuito, en una representación dirigida al gobierno, que se ensayaban en Bogotá los escándalos de que fueron víctimas las desgraciadas regiones del sur de la República | (2) . Obando, incapaz moral e intelectualmente de comprender y defender programa alguno liberal, se abrazó de corazón con esta gente y procuró de todos modos fortalecerse con su apoyo. Para ello se aprovechó de la organización de las guardias nacionales, que convirtió en organización de las Democráticas, y trasladó cautelosamente a la capital cuantas armas se hallaban en provincias que juzgaba adictas a la Constitución. De esta manera se formó y envalentonó el partido, si merece este nombre, que hizo la revolución el 17 de abril de 1854, llevando por divisa: ¡"Viva el ejército y los artesanos! ¡Abajo monopolistas!" Llamaban anarquía a la constitución (en lo que no iban desacertados), monopolio a toda empresa productiva, agio a todo comercio, y tenían odio salvaje a la juventud ilustrada y a la gente rica y laboriosa. Alzaron por dictador a José María Melo, soldado tosco y sin prestigio alguno, mientras Obando aguardaba el éxito aparentando estar preso en palacio. La demagogia triunfante el 7 de marzo de 1849 no podía conducir sino a una dictadura militar apoyada por la hez de la sociedad, ni podía proporcionar a su ídolo otra recompensa que la humillación de verse depuesto por el congreso del cargo de presidente de la República, y la humillación todavía más cruel que le impuso la Corte Suprema absolviéndole de los cargos de rebelión y traición, para dejarle recogiendo por la calles el desdén, si no el desprecio, de propios y extraños | (3) .

Apuntamos arriba que al oponerse los ministeriales a la libertad religiosa, obedecían a sentimientos mezquinos, y para convencerse de ello basta recordar algunos incidentes de las discusiones a que esta materia dio margen en el congreso. Por el mes de marzo se expresó el senador Gori en estos términos (según el extracto de su discurso publicado en el número 243 de |El Neogranadino): "Al emancipar la Iglesia, van a volver a este país los obispos; y los eclesiásticos que se pusieron de lado del gobierno en sus procedimientos contra ellos, van a quedar expuestos a persecuciones y molestias, y no debemos dar lugar a esto." A lo cual González replicó oportunamente: "Yo no comprendo esos temores: esos clérigos, si eran verdaderos clérigos, han debido estar con su obispo, porque la Iglesia se lo indica, como la guía segura de su fe y conducta; y si no estuvieron con su obispo, no son tales clérigos, y echarán a un lado los hábitos, y los obispos no tendrán nada que hacer con ellos, porque la República les garantiza esta libertad desde el día en que el artículo que se discute sea una disposición constitucional." Algunos días después don J. N. Azuero, clérigo |sui-generis, que ni siquiera llevaba vestido eclesiástico, se dejó decir en el mismo senado que era opuesto a dicha libertad, no porque él no fuese liberal, sino porque ese no era el partido que se debía tomar; que él iba más adelante que los demás, pues en su opinión lo que debía hacerse era emancipar a los granadinos de la curia romana. No menos atinadamente le repuso González que, a su modo de ver, no era ni ir más adelante ni ser más liberal el proponer que sé separase a los granadinos de la curia romana; que ésta sería una violencia tan vituperable como lo fuera obligar a los granadinos a que se entendiesen con el jefe de su religión y le obedeciesen de la manera que dispusiera el gobierno, y no del modo que se lo dictara su conciencia; que si los granadinos eran católicos y el jefe de la religión católica era el Papa, era necesario que los partidarios de la libertad religiosa reconocieran que ellos debían entenderse libremente con su jefe, y prestarle la obediencia que creyeran se le debía en conciencia; así como les era forzoso reconocer que la ley no tenía que mezclarse en arreglar el modo de prestarla: "Así es, terminó, como yo entiendo la libertad y como deseo que se practique". Con aquel modo de sentir de los suyos concordaba lo que Obando dijo en su alocución del 1° de abril, después de ponderar con apreciaciones injustas y vulgares los males que, según él, acompañan a la unión de las dos potestades: "Empero en las actuales circunstancias de la Nueva Granada la ruptura de los vínculos que ligan a su gobierno con la Iglesia, la consiguiente derogatoria de las leyes que han entristecido a sus pastores y atribulado las conciencias, ¿devolverán la paz a los espíritus, asegurarán a los eclesiásticos una decente sustentación por ofrendas voluntarias de los fieles, y darán al principio religioso y a la moral del Evangelio toda la fuerza, todo el esplendor de sus tiempos primitivos? ¿No habrá peligro en entregar desamparada la Iglesia granadina, cuyas libertades deben sernos tan caras, puesto que a ella pertenecemos a los dictados más o menos caprichosos de la curia romana?"

En tanto que así discurrían los liberales legítimos y los que lo eran sólo de nombre, a los católicos agitaban sentimientos diversos sobre punto de tamaña importancia. Continuando la ingerencia del gobierno en los asuntos eclesiásticos, no veían para lo venidero sino vejaciones e insultos más o menos disfrazados; con la libertad religiosa, ora dilataban los pechos figurándose terminada la opresión de la Iglesia y alzado el destierro de los obispos, ora se contristaban con la perspectiva de una éra nueva de peligrosos ensayos y de reconstrucción larga y dudosa después de tan hondos sacudimientos, cuyos efectos en las diversas clases sociales nadie alcanzaba a apreciar todavía. Desde marzo había escrito el doctor Cuervo en una carta a don Joaquín Mosquera estas palabras:

"Ya sabrá usted la grave situación que va a debatirse sobre separación |absoluta de la Iglesia y del Estado. Mi opinión es que el clero no debe apoyar este pensamiento; pero si pasa a ser ley de la República, lo debe recibir como un acto transitorio al cual ha de seguirse sin duda ninguna un orden de cosas mejor. Peor será que ahora no se haga el concordato tan justamente deseado, y que desde el congreso hasta el cabildo, desde el poder ejecutivo hasta el alcalde y desde la Corte Suprema hasta el juez parroquial continúen trastornando la disciplina de la Iglesia, hasta que lleguemos al cisma, más escandaloso por cierto que la separación temporal de la Iglesia de un poder opresor."

Para uniformar la opinión de los católicos, confortar a los débiles y señalar a todos un camino cierto que seguir en tan azarosas circunstancias y cualquiera que viniese a ser el rumbo que tomasen las cámaras, se congregaron varios sujetos respetables de Bogotá, previa consulta con las autoridades eclesiásticas, y dieron el día de la Ascensión (5 de mayo) una exposición redactada por el doctor Cuervo y destinada a circularse profusamente, para que adhirieran a ella todos los católicos de la República. Es documento en que se ve con claridad la situación de la Iglesia en la Nueva Granada, las heridas que sus enemigos le habían hecho, y el celo con que sus hijos fieles se ofrecían a defenderla; por eso la transcribimos en seguida:

"EXPOSICIÓN CATÓLICA

|o principios y reglas de conducta de los católicos en la situación actual de la Iglesia granadina.

"La serie de actos ejercidos por el poder temporal contra la Iglesia de Jesucristo en la Nueva Granada, desde 1850 en adelante, revela, aun a los menos entendidos, un plan meditado de destruir el catolicismo en esta parte del continente americano. Una breve reseña de estos mismos actos comprobará nuestra aserción.

"Se ha sometido al examen y fallo del poder judicial el ejercicio de la sagrada potestad que los ministros de la Iglesia han recibido de Jesucristo.

"Los tribunales y juzgados seculares se han avocado el conocimiento de las causas benefíciales y de divorcio matrimonial, unas y otras de la competencia de la autoridad eclesiástica conforme a las Santas Escrituras y a las disposiciones canónicas, y hasta se han creído facultados para suspender y deponer de sus beneficios a los párrocos.

"Se ha atacado la disciplina universal de la Iglesia, atribuyéndose a unas asociaciones populares anómalas el nombramiento y presentación de los párrocos.

"La existencia de los capítulos catedrales, de estos antiguos y venerables cuerpos consultivos de los obispos, se ha dejado al capricho o buen querer de las cámaras provinciales.

"Se han suprimido las primicias y las oblaciones necesarias, destinadas al sostenimiento del culto y sustentación de los ministros, sustituyéndolas con asignaciones variables, en cuya fijación se atiende, de ordinario, no al servicio sino a la persona, y cuyo pago no siempre es puntual ni seguro.

"Se ha privado a la Iglesia de la especial e incontrovertible dirección del seminario del arzobispado, arrebatándosele la propiedad que tenía en los edificios, rentas y muebles de este utilísimo establecimiento, en el cual eran educados los jóvenes llamados al ministerio sacerdotal; sin que, para cohonestar tan violenta expropiación, se haya hecho valer razón alguna de necesidad pública, o al menos de utilidad; viéndose, por el contrario, saqueado y abandonado el edificio del colegio, en términos de presentar hoy el aspecto de lugar invadido por un ejército conquistador.

"A las fundaciones piadosas que forman parte de las rentas alimenticias del clero, se les cambia su objeto y destino sin miramiento alguno por la suerte futura del sacerdocio, para darles una aplicación diferente o contraria a la siempre respetable voluntad de los fundadores.

"Varias cámaras de provincia se han arrogado la facultad de disponer lo relativo a la residencia y coadjutoría de los párrocos, designando autoridades distintas de la del prelado diocesano para la concesión de licencias que no pueden acordarse sino por causas canónicas, sólo apreciadas del superior eclesiástico.

"Por su parte algunos cabildos han llevado el abuso de sus funciones hasta el punto de fijar las horas y los términos para la administración de los Santos Sacramentos.

"El venerable arzobispo de Bogotá y los no menos venerables obispos diocesanos de la Nueva Granada han sido expulsados del territorio de la República, ocupadas sus temporalidades, ajada su dignidad, calumniada su conducta y difamado su nombre; y hoy andan errantes en extraña tierra, comiendo el triste pan del destierro, en el cual ha muerto ya uno de ellos, el varón apostólico, el ilustrísimo señor doctor José Jorge Torres y Estans, obispo de Pamplona; mientras que viudas sus iglesias y abandonada su grey, se encuentra en completa orfandad la casi totalidad de los granadinos.

''En la función más solemne que tiene la República, en el seno de la representación nacional, delante del cuerpo diplomático y a presencia de un numeroso pueblo, se ha insultado oficialmente al Soberano Pontífice, cuyo preclaro y digno representante se hallaba también presente. . .

"A tan graves ultrajes y desmanes contra lo más sagrado de nuestras convicciones y lo más caro de nuestros afectos, hemos opuesto sumisas y fundadas reclamaciones, ya por la imprenta, ya ante las autoridades competentes, sin que hayamos obtenido por fruto de nuestras gestiones sino un insultante desdén, o la calumnia y el sarcasmo de los periódicos ministeriales contra los buenos católicos que por sí y a nombre de la mayoría nacional, que toda es católica, han levantado su voz en sostén de la Iglesia y sus ministros. Nosotros hemos defendido, defendemos y, con la ayuda del cielo, defenderemos constantemente la |religión católica, |apostólica, |romana, porque es la religión de nuestra conciencia, la religión de nuestro corazón, la religión de nuestros recuerdos, la religión de nuestras esperanzas: la sostenemos porque la consideramos como una propiedad de familia en que encuentran dulces, sólidos e inagotables consuelos nuestros padres, nuestros hijos, nuestras esposas y nuestros hermanos; la sostenemos porque es el único y poderoso elemento de moral y civilización para nuestras ignorantes y heterogéneas masas populares, dispersas en extensas y ásperas regiones; la sostenemos, en fin, porque es el verdadero principio conservador del orden social, tan seriamente amenazado por los bandos y parcialidades que se disputan el poder en nuestra amada patria. El profesar, conservar y defender nuestra augusta religión, es algo más que un derecho, es una facultad como la de pensar; y es algo más que una facultad, es mi deber y deber santo, deber de honor, deber de conciencia, deber de cuyo cumplimiento habremos de responder ante el juez eterno los que tenemos la dicha y el consuelo de creer que sobreviviremos a las penas de la vida y que no moriremos como los jumentos. Si nos equivocamos en nuestras creencias y decisiones, nuestra equivocación será común a |doscientos cincuenta millones de católicos diseminados en la parte civilizada del globo que habitamos.

Halagados con la firme esperanza de que estos mismos sentimientos animan a los granadinos que se glorían y a grande honra tienen el ser |católicos, queremos hacerlos participantes de nuestros principios y línea de conducta que, de común acuerdo y después de maduro examen y consulta con quienes aconsejarnos pueden, hemos adoptado seguir en las eventualidades que entraña un porvenir no lejano. No basta, ciertamente, que todos tengamos los más nobles deseos, las más sanas intenciones: no basta que haya unidad de motivos y unidad de fines, si falta la unidad en los medios. Muy bien podemos estar estrechamente ligados por los vínculos de la fe, de la esperanza y de la caridad, y encontrarnos expuestos, sin embargo, a los lazos que nos tenderán los diversos enemigos del catolicismo, aprovechándose de nuestro candor y falta de concierto. Dividido como está en dos secciones el partido dominante en la Nueva Granada, no es imposible que una de ellas o ambas lisonjeen los intereses religiosos para buscar apoyo moral y comprometer quizá la causa del |Señor en ingratas contiendas de partido. Los hechos pasados deben hacernos muy cautos para no dejarnos sorprender por el profundo maquiavelismo de algunos, o la fementida generosidad de no pocos. La unión entre los católicos es hoy una necesidad de conservación.

"Agítense, enhorabuena, las altas cuestiones políticas que dividen la República; cámbiense las instituciones que hoy la rigen y dése una nueva forma, una organización diferente a nuestra sociedad; nada de todo esto puede alterar, la esencia de la religión, ni la autoridad ni los derechos de la Iglesia. Por su carácter de universalidad, la religión de Jesucristo se acomoda a todas las formas de gobierno y a todos los climas del mundo; porque siendo su objeto instruir y consolar al hombre en la tierra y prepararlo para el goce de una dicha perdurable, iguales beneficios dispensa al súbdito del gobierno imperial de Austria, que al ciudadano católico de la Unión Americana, al habitante de las regiones ardientes del Ecuador, que al que arrastra penosamente su existencia bajo el frío glacial de los polos, al individuo de la raza etiópica, como al individuo de la mongólica o de la caucasiana. La religión cristiana no se aleja sino de los países que son presa de la tiranía de los gobiernos o de la desenfrenada licencia de la multitud, cuando ya la depravación de costumbres, los vicios, la frecuencia de los delitos, el olvido de los deberes religiosos anuncian la transición o el regreso de la vida social a la vida salvaje. La religión emigra entonces, llevando consigo la |verdadera civilización, su compañera inseparable.

"Libre por institución divina la Iglesia de Jesucristo, esta libertad no puede ser restringida ni menoscabada por los cambios que sobrevengan en la organización política de las sociedades humanas. Cualquiera que sea la situación que tome el Estado respecto de la Iglesia, ésta tiene derechos propios, sagrados e imprescriptibles, independientes absolutamente del poder de los hombres; derechos que recibió del mismo Dios, y cuyo ejercicio no puede ser impedido ni turbado sino por la fuerza y la violencia. La influencia benéfica que tiene en el orden social, base esencial de todo orden político, no la constituye en la dependencia del poder temporal, así como la influencia del sol en los fenómenos de la naturaleza y en la abundancia de las cosechas, no lo somete a la voluntad del cultivador.

"En la organización que a esta divina sociedad dio el Redentor de los hombres puso por cabeza visible de ella a San Pedro, de quien es legítimo sucesor el Pontífice Romano, así como también lo son de los Apóstoles los obispos, puestos para regir por secciones el rebaño del Señor, con sujeción al vicario de Jesucristo, en quien reside el primado de honor y de jurisdicción. En el Pontífice Romano reconocemos el centro de la verdad y de la unidad todos los miembros de la Iglesia católica, sin distinción de rango ni de clase, cualquiera que sea el gobierno temporal que se hayan dado o se den los pueblos, cualquiera que sea el grado de latitud en que habitemos, en la zona templada de Europa, como en el corazón de la zona tórrida en que se halla colocada esta porción de América, y cualesquiera que sean, por último, los cambios, las vicisitudes y los contratiempos, que la Providencia tenga reservados a los que hacemos parte de esta asociación, que, según la promesa de su Fundador, se conservará pura y santa hasta la consumación de los tiempos, como se ha conservado por más de diez y ocho siglos, a despecho de las persecuciones de los tiranos, del furor desencadenado de los anarquistas, de las halagüeñas doctrinas de los filósofos sensualistas, de los sarcasmos y burlas de los ateos, del hipócrita celo de los reformadores, de los delirios de los utopistas y hasta de la misma apostasía de algunos sacerdotes.

"Con tan profunda e incontrastable persuasión, y confiando en los auxilios del Todopoderoso, testigo y juez de la pureza de nuestras intenciones, los católicos de Bogotá, a nombre nuestro y de nuestras familias, hacemos las siguientes declaraciones:

"1ª Creer, confesar y defender hasta rendir la vida los dogmas, misterios y doctrinas de la religión católica, tales como los cree y confiesa la Santa Iglesia Romana.

"2º Reconocer, acatar y obedecer la autoridad del Pontífice Romano, vicario de Jesucristo en la tierra, centro de la verdad y unidad católica; sin que sean parte para separarnos de esta obediencia el temor, los halagos, el menoscabo en los intereses, la pérdida de los destinos, la miseria, la persecución, ni linaje alguno de padecimientos.

"3º Reconocer asimismo, acatar y obedecer en sus respectivos casos y lugares la potestad de los prelados proscritos, por cuyo pronto regreso no cesaremos de trabajar, viviendo entre tanto sometidos a la autoridad de sus vicarios legítimamente nombrados.

"4º Emplear nuestros esfuerzos, recursos y relaciones para que, revocándose las leyes antieclesiásticas, sea reintegrada la Iglesia en el pleno goce de su libertad, de su autoridad y de sus derechos; para que los ministros del Santuario tengan expedito el ejercicio de su ministerio sin las trabas y limitaciones humillantes puestas por los funcionarios y corporaciones del orden político y municipal; para que se provea de fondos seguros al mantenimiento del culto católico y sustentación de los ministros; para que se garantice la inmunidad de los templos, la propiedad de las rentas, fondos y bienes eclesiásticos sin que sus productos puedan destinarse a objetos distintos de los de su primitiva aplicación; para que sean restituidos los seminarios con todas sus rentas al respectivo prelado diocesano, bajo cuya exclusiva dirección deben correr estos útiles y benéficos establecimientos; y en fin, para que no se embaracen de modo alguno nuestro acceso e indispensables relaciones con la Santa Sede para el remedio de las necesidades espirituales de los granadinos.

"5º Comprometernos de la manera más solemne a sostener con nuestras propias fortunas el culto católico, en la parte que nos toque, siempre que la nación no contribuya completamente para estos objetos.

"6º No convenir jamás en que los intereses de la religión sean sometidos a los de la política; y bajo este concepto no apoyar ninguno de los partidos políticos que hoy o más tarde se presentaren en la Nueva Granada hostilizando los principios y los intereses religiosos consignados en la presente exposición, sin dejar por esto de combatir por todos los medios legales las doctrinas anticatólicas o contrarias a los derechos de la Iglesia.

"7º Circular entre nuestros amigos y poner al alcance y comprensión de los católicos de la Nueva Granada esta Exposición, a fin de que ella sirva de vínculo de unión entre los granadinos que nos proponemos ser fieles a la santa religión de nuestros padres, de guía en los conflictos y eventualidades que sobrevengan, y de compromiso solemne de honor y de conciencia para cumplir con lealtad los deberes a que nos sujetamos.

"Bogotá, el día de la Ascensión del Señor, a 5 de mayo de 1853."

El delegado apostólico, entre otras cosas, escribía con este motivo al doctor Cuervo:

"La Exposición católica de la cual se ha servido usted enviarme varios ejemplares, el 16 del corriente, es digna de la rectitud católica y de la prudencia distinguida de quien la redactó. Al adoptarla ha empezado dignamente sus tareas esa sociedad compuesta de miembros tan respetables, y que (según usted me dio la plausible noticia) están decididos a emplear todos sus esfuerzos, y a uniformar los de los demás que en la Nueva Granada profesan la fe de Jesucristo, con el fin de mantenerla intacta en la República y de libertar la Iglesia de la injusta opresión que está sufriendo. Mientras de todo corazón hago votos los más sinceros para que se consiga el buen resultado que merecen la nobleza de sus intenciones y los excelsos fines que se han propuesto, yo apruebo con el mayor gusto todos los principios consignados en la Exposición; y el modo de practicarlos que en ella se indica, es el más acertado y decoroso, el más conforme con las circunstancias."

A lo draconianos dolía en el alma el que se les escapase la Iglesia de las manos, y valiéndose de todo linaje de artimañas se empeñaron en dejar vigente el patronato y la tuición, haciendo ilusoria la libertad religiosa. Sancionada apenas la constitución, propuso Gori una ley para levantar el destierro a lo obispos y derogar los artículos de la de 1851 que atribuían a los cabildos el nombramiento de curas; y lo mismo solicitaba el presidente Obando, diciendo que esto bastaría para asegurar la paz religiosa, mientras que por el contrario la separación completa acarrearía una reacción contra los principios democráticos y males sin cuento a la República. Con miras tan filantrópicas al parecer y tan patrióticas sólo se pretendía hacer que el congreso diese por no derogadas las leyes opresivas y restringiese el sentido latísimo del artículo constitucional; pero no lo lograron, pues González y los suyos desbarataron los sofismas con que pretendían interpretarlo en el concepto de una mera tolerancia de cultos a la manera de Inglaterra, y dejando al gobierno igual ingerencia que en este país con respecto a la religión oficial. Vista la resistencia del senado, el poder ejecutivo cejó, y presentó el proyecto que sirvió de base a la ley de 15 de junio, por la cual cesó la intervención de la autoridad civil en los negocios relativos al culto y que puso el sello a la separación de las dos potestades; aunque llevando rastros de la intolerancia de su origen, como se ve en la prohibición de dar entrada a los jesuítas.

El papel de los católicos en esta emergencia no podía ser otro que el de meros observadores. La Santa Sede tenía condenado desde mucho antes el principio de que es necesaria y conveniente la separación de la Iglesia y el Estado, y en esta conformidad todo el episcopado granadino se negó a admitir tal expediente como remedio de las actuales diferencias, cuando el gobierno le pidió su dictamen en febrero de 1852; vino luégo la famosa Alocución de 27 de septiembre del mismo año sobre la condición de la Iglesia en la Nueva Granada, en que la Santidad de Pío IX condenó de nuevo el mismo principio con ocasión de haber sido propuesta esta medida en el congreso | (4) ; y por tanto estaba señalado el único camino que podía seguirse. De esta expresa condenación se asían los ministeriales para asustar a los católicos y decidirlos en su favor; pero ellos muy bien supieron a qué atenerse: mantuviéronse lejos de la contienda, y una vez dado este paso, que no solicitaron y en el cual no tuvieron parte, lo aceptaron como la única concesión que podían esperar. Cuando se repasan las leyes de entonces y se ve que el poder temporal elegía los arzobispos y obispos, proveía las dignidades, canonjías y prebendas, dejando a los cabildos y vecinos la presentación de párrocos y sacristanes mayores y la intervención en las permutas de beneficios; exigía que los provisores y vicarios generales, los prelados de las órdenes regulares, los vicarios foráneos y en general todos los funcionarios de la Iglesia obtuviesen previamente su asenso o beneplácito para poder entrar en el desempeño de sus cargos; daba o negaba el pase a las bulas, breves y rescriptos pontificios; creaba diócesis y parroquias, y fijaba o mudaba sus límites; conocía en las causas benefíciales y admitía recursos de fuerza y protección; fiscalizaba si los prelados o ministros del culto ejercían bien o mal sus funciones; recaudaba, administraba e invertía las rentas eclesiásticas; permitía o no a los fieles levantar templos y capillas; averiguaba los bienes que tenía el obispo al consagrarse, y los que dejaba a su muerte para echarse sobre ellos; y otras mil humillaciones, abusos e injusticias, cadena labrada por los regalistas españoles y agravada por los demócratas de la Nueva Granada con duros y pesados eslabones; cuando se ve que la intervención puramente protectoria que a los gobiernos corresponde en los asuntos de la Iglesia, se había convertido en una tiranía incomportable; cuando se ve que la Santa Sede no había reconocido estas facultades que se arrogó el congreso de Cúcuta con la promesa nunca cumplida de celebrar un concordato; cuando se ve todo esto, decimos, no es de extrañar que los católicos se alegraran de que el opresor soltase a su víctima y que se felicitara de un sacudimiento, que quebrantando los hierros que la aprisionaban, dejara cicatrizar sus llagas, mientras venían tiempos más propicios para restablecer la armonía sobre bases equitativas.

La ley fijaba como plazo para la separación el 1º de septiembre próximo, y los buenos católicos se unieron de corazón para ayudar al restablecimiento de la Iglesia, y oponerse al mismo tiempo a que el gobierno metiera el pie, como no dejó de hacerlo, en terreno que ya le estaba vedado. El doctor Cuervo tomó a pechos una y otra cosa, valiéndose de su pluma y de su influencia; y como juzgase por lo más urgente mostrar con toda claridad cuál era la nueva situación y cuáles los deberes de los fieles, publicó en |El Catolicismo una serie de artículos bajo el título de |Libertad de la Iglesia, poniendo como texto que todos debían conocer la disposición constitucional y la ley adjetiva. Enumeradas las heridas cruelísimas que había recibido la religión, diseñada la desmoralización de la sociedad y el desconcepto en que a los ojos del pueblo se había querido hacer caer lo más sagrado a fuerza de insultos e indignas vejaciones, analiza detenidamente la ley, nota sus defectos e incongruencias, sin olvidarse de aplaudir las justas reparaciones que hacía, y pasa luégo a exponer lo que debía hacerse para usar con acierto de los nuevos derechos y cumplir con los deberes correlativos. Con el mismo empeño escribió, cuando el gobierno, persistiendo en su tema de inmiscuirse en estas cosas, dio un decreto sin pies ni cabeza en ejecución de la ley de 15 de junio, en el cual se adelantó hasta dar la regla para saber quiénes eran los católicos (29 de junio) | (5) ; y en cuantas ocasiones fue preciso defender los derechos de los católicos, otras tantas lo hizo sin ambages como sin temor. En estos días no tenía otra ocupación, ninguna otra cosa se llevaba sus pensamientos. Fueron premio de su solicitud estas palabras que le dirigió en 20 de octubre de 1853 el prelado proscrito: "Sé lo que usted ha trabajado con monseñor Barili y nuestro buen amigo Riaño (el provisor, don Domingo Antonio Riaño) en favor de mi iglesia, y les estoy cordialmente agradecido. Todo lo que conozco de esos trabajos es cuanto puede hacerse, ni yo habría hecho más, porque siempre habría implorado el auxilio de ustedes."

La siguiente carta escrita a don Joaquín Mosquera por el doctor Cuervo el 3 de agosto resume los últimos sucesos y las esperanzas y temores de momento:

"Mi muy estimado amigo:

"Muy justas y fundadas son las dudas que tiene usted relativamente a su venida a Bogotá, según me dice en su amistosa y muy apreciable carta de 20 del mes próximo pasado. No habiendo sido aprehendida la cuadrilla de malhechores que ha robado los correos en la provincia de Neiva, es seguro que está agazapada aguardando ocasión de hacer nuevos tiros. Pronto no se podrá viajar por el sur de la República sino con escolta o en caravana como en los desiertos de la Siria o de la Arabia. Este es el progreso de los rojos.

"Bogotá presenta ahora alguna calma, después de días terribles, días de anarquía: el campo ha quedado por los democráticos y sus auxiliares, los individuos de la fuerza armada; los jóvenes se han dispersado unos por miedo u orden de sus padres, y otros por haberse suprimido en el Colegio Nacional las enseñanzas superiores (otro progreso). Sin embargo, todo anuncia en varias provincias serios alborotos para las elecciones de septiembre y octubre | (6) , y el gobierno se prepara organizando las guardias nacionales y poniendo de jefes y oficiales de los cuerpos a los democráticos más desaforados.

"Partiendo de estos hechos, pienso que no habiendo podido usted aprovechar esta pequeña tregua para venir a Bogotá, la prudencia aconseja que deje su viaje para diciembre, tiempo en que habrá pasado el peligro y las señoritas sus hijas habrán terminado el año de estudios para principiar las vacaciones.

"Los buenos o malos efectos de la ley sobre independencia y libertad de la Iglesia dependen exclusivamente del clero, de su buen o mal manejo. Nuestro pueblo en general no está tan pervertido como quisieran los que lo instigan para que se lance en los delitos. Aquí lo hemos visto. La guerra ha sido entre los guaches afiliados en la Democrática y los cachacos afiliados en la Escuela Republicana. Los demás individuos de la alta y baja clase no han tomado parte ninguna en los desórdenes, aunque siempre han corrido riesgo y tenido sus molestias, como sucede siempre que hay desórdenes, en que pagan justos por pecadores. Nuestro país, en verdad, marcha a la desmoralización, pero más aprisa camina a la barbarie, y lo único que puede detenerlo es la religión, si los católicos, y los sacerdotes especialmente, nos unimos estrechamente y hacemos un esfuerzo extraordinario de desprendimiento, de celo apostólico, de piedad y de prudencia para salvar la única tabla de civilización que nos queda.

"Reitero a usted los sentimientos de mi antigua, ingenua y constante amistad".

En la tregua a que se alude aquí se animó el espíritu público con ocasión de las próximas elecciones en que se iba a ensayar el sufragio universal por voto directo y secreto establecido en la Constitución. Los conservadores quisieron entrar en la lid, alentados por cierto aire de esperanza que se respiraba primero gracias a la ingenuidad desplegada por los gólgotas en el congreso, y después con la devolución de las temporalidades a los obispos y con la entrega del seminario. Todos los partidos pusieron manos a la obra, designaron sus candidatos y se aprestaron a mover el mayor número de electores. En casa del doctor Cuervo se reunían los conservadores más distinguidos, y desde allí se avivaba el entusiasmo dondequiera. Según la ley de elecciones, las boletas debían ser perfectamente cuadradas, conforme al modelo fijado por el jurado electoral, de papel blanco sin mancha ni borradura, y dobladas exactamente en cuatro; cuando se iban acercando los días fijados, las casas parecían talleres en que todos, chicos y grandes, hombres y mujeres trabajaban, quiénes en recortar, quiénes en escribir y quiénes en doblar. Otros se encargaban de inscribir a todos los que pudieran votar, yendo a buscarlos a las chozas y hasta llevando a cuestas a los lisiados. Al fin correspondió el resultado a estos esfuerzos, pues los conservadores ganaron en casi  toda la República con increíble mayoría. Para dar una prenda de estimación a la lealtad y honradez de don Florentino González, le habían puesto el primero entre los candidatos para magistrados de la Suprema Corte de Justicia; pero el doctor Cuervo, a quien habían designado para procurador general de la nación, hizo que se votase para este cargo por González, dejándole a él mismo el que a éste se había señalado antes. González, reuniendo los votos de sus copartidarios y los de los conservadores, obtuvo 64.491; el doctor Cuervo con los de los suyos 51.997 | (7) .

A medida que vamos adelantándonos hacia el desenlace del drama político, desenlace que dejamos apuntado arriba en breves palabras, porque no pertenece al plan ni al objeto de este escrito, nos vamos acercando también al fin natural de nuestra tarea. Una salud delicada de suyo no podía resistir a los golpes violentos de esta época azarosa, y de cuando en cuando amenazaba irremediable caída. Pero la Providencia quiso dar al doctor Cuervo la satisfacción de consagrar sus últimos desvelos a la defensa de una causa en que se interesaban tanto la Iglesia como la amistad. Desde que llegó a Bogotá en noviembre de 1851 monseñor Lorenzo Barili, delegado apostólico para las repúblicas de Nueva Granada, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia y enviado extraordinario del gobierno pontificio en la Nueva Granada, contrajo estrechas relaciones con el doctor Cuervo. Su casa quedaba a corta distancia, y muy pronto empezó a ir por la noche a la del doctor Cuervo a la hora en que acudían otros amigos, y departiendo circunspectamente con todos sobre los sucesos diarios del país y la política extranjera, se distraía y consolaba de los desabrimientos continuos que le proporcionaba su posición dificilísima. No tardó mucho en ser el más puntual concurrente a la tertulia, de modo que no se pasaba noche sin que fuese; y cuando tenía negocios graves que conferenciar, iba además por la mañana; a lo cual se agregaban entre las dos casas aquellas atenciones y obsequios propios de una amistad franca y sincera.

Los recuerdos poco gratos que habían dejado en el país otros ministros de la Santa Sede, se compensaron y con creces en las generales simpatías, respeto y gratitud que se captó el señor Barili, reuniendo a las cualidades más relevantes del sacerdote, cuales son la caridad, celo, prudencia y dón de consejo, las dotes del caballero más culto y cumplido, al par que la vasta ilustración, tacto y destreza que le graduaban de diplomático eminente. "El señor Barili", decía, al anunciar su salida de Bogotá, |El Tiempo, periódico liberal harto conocido, "se ha conducido aquí con una habilidad superior a todo elogio, siendo nosotros, que hemos figurado como adversarios a los objetos de su misión, los que tal vez podemos apreciarla mejor. Las cuestiones religiosas llegaron a complicarse de un modo singular y capaz de hacer perder el pie al más experto, y el señor Barili se ha salido con orillar todas las dificultades y salvar su bandera por en medio de la libertad. La afamada diplomacia italiana no podía estar mejor representada en Madrid que lo que lo estará por el señor Barili. Nosotros, que gustamos de los hombres de talento y cultura superior, aún en nuestros adversarios, nos despedimos con sentimiento de él y le deseamos muchos y felices días" | (8) . Efectivamente, llegado a la Nueva Granada en los días de más exaltación, hizo valer siempre los derechos de la Iglesia; y con su prudencia y consejos sirvió como de luz y guía para los católicos, cuando expulsados el arzobispo y dos obispos y muertos cuatro, parecía la Iglesia granadina condenada a perecer a manos de la anarquía y de las pasiones triunfantes de sus opresores, que en cierto modo no la dejaban en libertad, retirándole su apoyo, sino para que fuese más cierta su ruina. La defensa de su propio decoro ultrajado y del Padre Santo vilipendiado puso fin a su misión para con el gobierno, mediando diferencias en que sin duda la ligereza, la injusticia y la falta de tacto, tan comunes en los hombres nuevos de una democracia turbulenta, proporcionaron al señor Barili triunfos acaso más vergonzosos para el vencido que gloriosos para el vencedor.

López en su último mensaje al congreso y algunos de sus secretarios en los informes respectivos asentaron conceptos calumniosos contra el episcopado y el clero y ofensivos a Su Santidad: el delegado reclamó, como era de su deber. De aquí se origino una correspondencia a que Obando dio más gravedad con el hecho inconcebible de invitar directamente para el acto de su posesión al representante del Papa y dar ocasión a que en su presencia se leyera la Alocución en que, a vuelta de otras cosas, lamentaba que con la libertad de la Iglesia fuese ésta a quedar a merced de los dictados más o menos caprichosos de la curia romana. Para que nada faltase al desacato, le hizo enviar oficialmente el documento por el secretario de relaciones exteriores.

Contra estas reclamaciones se alegó sobre todo que siendo los documentos que las motivaban de carácter doméstico, no tenía derecho un gobierno extranjero para pedir explicaciones por lo que en ellos pudiera disgustarle, aduciendo en apoyo de esta doctrina la conducta del gobierno de los Estados Unidos en 1835, cuando el gobierno francés pidió explicaciones por los términos de un mensaje enviado al congreso por el presidente, y dando por cierto que Francia había aceptado tal principio. El delegado rectificó el hecho, mostrando que esta potencia estuvo muy lejos de obrar así, y que sostuvo su derecho hasta que se juzgó satisfecha con otro mensaje del presidente al congreso; y agregó que no más que el año anterior se habían dado en la Nueva Granada explicaciones al ministro del Perú por varios conceptos de un documento semejante. A lo primero contestó el secretario que las observaciones que podía hacer sobre el particular harían su nota demasiado extensa y los multiplicados negocios que llamaban de preferencia su atención le demandaban escribir con rapidez y concisión (y su nota tiene seis columnas de la |Gaceta); y en cuanto a lo segundo, que cualquiera que hubiese sido la conducta anterior de su gobierno, alguna vez había de tener origen un principio, y empezar un gobierno a regular por él su conducta!

Viéndose acorralado el gobierno en éste y otros puntos, determinó dar nuevo giro a la controversia, tomando un tono agresivo y queriendo probar en singular desenfado que él era el ofendido, y por consiguiente quien tenía que pedir satisfacción. Júzguese por esta muestra de la habilidad con que procedieron en tal evolución: una de las reclamaciones del delegado se refería a estas palabras asombrosas de López: "Desde el momento en que el episcopado granadino no encontró en las leyes de la República la utilidad que buscaba en la confusa mezcla de lo espiritual y lo material, protestó contra esas leyes, las resistió abiertamente, y aun dio lugar con su conducta a que las pasiones políticas se lanzasen en la rebelión." Copiándolas, había dicho el señor Barili al secretario de relaciones exteriores: "S. E. convendrá en cuán terribles acusaciones son éstas contra pastores evangélicos de haber tenido por motivo de lo que quisieron hacer creer que les mandaba la conciencia, su utilidad privada, y de haber cooperado a encender en la patria el fuego desastroso de la guerra civil. Pero cuanto más graves son las acusaciones, y cuanto más alto es el lugar de donde parten, tanto mayores y evidentes pruebas deben acompañarlas.  ¿Y cuáles hubo o hay para sospechar tal conducta del episcopado granadino? ¿Quién las presentó, quién las tomó para examinarlas, quién determinó su valor? Quizá un anónimo. . . !" Pues bien, para sacar de aquí un agravio, echó el gobierno a un lado el mensaje de López, y dijo que estos conceptos se referían al extrañamiento de los obispos y al fundamento con que el senado y la Corte Suprema los habían condenado.

Enviada apenas a su destino la agresiva nota, el gobierno, sin saber, si habría contestación o no, publicó (22 de junio) todas las que hasta ese día se habían cruzado, como para asegurar un grande efecto dejando por vencedor al último que hablaba. El señor Barili, aguardando las medidas que se tomaran en consecuencia de la ley de 15 de junio, y que apareciera sancionada la de matrimonio civil, dilató su réplica hasta el 30 de agosto, y en ella resumió sus agravios, contrapuso sus razones a la del contrario con la claridad más seca y abrumadora, protestó contra las nuevas leyes, y declaró terminada su misión por el hecho de haberse negado la reparación exigida y por efecto del artículo de la ley de 15 de junio que prescribía al poder ejecutivo no admitir agente alguno del gobierno pontificio que no fuese puramente diplomático, y eso con el solo objeto de tratar negocios internacionales. El gobierno granadino se guardó muy bien de publicar esta nota, haciéndolo sólo con la respuesta, en que con el desenfado de antes decía no haber sido en modo alguno desvanecidos los cargos por el delegado, y le preguntaba con descortés insistencia hasta qué día pensaba hacer uso de las inmunidades diplomáticas a que había tenido y tenía derecho como enviado extraordinario de la Santa Sede. El patriotismo se resiente al tener que recordar estos incidentes, pero sin contar con el deber de no disimular cosa alguna que pueda ilustrar el carácter de los hombres y de los tiempos, es provechoso relatarlos, aunque no sea sino como testimonio de que cuando un gobierno ultraja cobardemente a una potencia que no dispone de escuadras ni cañones para tomar satisfacción, ésta puede todavía abrir en la honra brecha más anchurosa que hiciera en muros de ciudades fronterizas un ofendido poderoso | (9) .

Para subsanar la deslealtad cometida en no publicar la nota del señor Barili, la sacó a luz en |El Catolicismo el doctor Cuervo, con una introducción en que hizo ver algunos de los desaciertos del gobierno en esta cuestión y generalmente en el manejo de los asuntos internacionales. El periódico ministerial, publicado en la imprenta oficial, salió a la defensa y al mismo tiempo al ataque en forma y tono truhanesco e insultante, que argüía impotencia para contestar formalmente la nota como la introducción. Bien es verdad que esta impotencia había sido evidente desde el punto en que el gobierno esquivó la discusión con el delegado, por vedárselo, decía, la ley que separa la Iglesia del Estado, aludiendo a la cesación de las relaciones con la Santa Sede desde el 1º de septiembre; y esto lo escribía en 17 del mismo mes. Tal fue el origen de la polémica que (ya lo dimos a entender) absorbió los últimos días del doctor Cuervo. Su primer artículo ( |El Catolicismo de 29 de octubre) se redujo a rebatir los ataques dirigidos a la introducción dicha; el segundo fue una protesta contra la manera indecorosa adoptada por el adversario, quien fingiendo un diálogo bufo entre el secretario de relaciones exteriores y su oficial mayor, disponía un |ensueño de contestación al señor Barili, y usando de un lenguaje grosero, bajo capa de llamarse católico, zurcía cuanto han dicho contra la Santa Sede sus enemigos. "Quisiéramos, concluía el doctor Cuervo, que el combate de las opiniones y de las doctrinas en la Nueva Granada se diera sobre el campo en que siempre luchan la civilización, la decencia y la buena fe; y quisiéramos que los escritores ministeriales dieran el ejemplo en la polémica que nos ocupa." Entró luégo a esclarecer algunos puntos de historia eclesiástica que, tocados en la correspondencia diplomática y decididos secamente por el delegado, estaban sirviendo a los escritores del gobierno para lucirse tomando prestada a los regalistas y a los apóstatas o sectarios su cólera, no menos que su erudición, sobre estrecha y superficial, añeja y anticuada, Después, como desembozando la hipocresía descargasen toda su ira contra los Papas, a pesar de haber protestado que nada iba con ellos sino con la curia romana, determinó el doctor Cuervo oponer el juicio de los más insignes historiadores de la actualidad, católicos y protestantes, a las "ya muy rebatidas y despreciadas obras de Llorente y otras de la laya", que formaban todo el caudal de estos tardíos y desmedrados retoños de una escuela olvidada. A esta luz trató de las principales fuentes de la animosidad contra los Papas y de la justicia que en los últimos años les estaba haciendo la crítica histórica, de los beneficios que su poder, reconocido por el derecho público de otra edad, dispensé a los pueblos, teniendo a raya la ambición e insolencia de los príncipes, velando por las buenas costumbres protegiendo las ciencia y las artes; y por último desvaneció los cargos más importantes que contra ellos estaban copiando sus contrarios, para sacar de todo como corolario las palabras de monseñor Barili: "Véase pues cuán brillante sea la aureola de gloria que ciñe la frente de la curia romana, presidida y dirigida por los pontífices, o sea la Iglesia romana, por los bneficios que a millares ha derramado en el seno de las sociedades Políticas."

Acababa de publicarse el tercer artículo | (10) (12 de noviembre), cuando le acometió la enfermedad que había de arrebatarle al amor de su familia, a la estimación de sus amigos y a la defensa de los intereses más altos de la sociedad. Aunque desde el principio se presentó el mal con aspecto de muy grave, como que procedía de una antigua afección al hígado que muchas veces le había puesto en cuidado, no perdió un instante su serenidad. Para fines del mes tenía dispuestos los exámenes que debían presentar aquellos de sus hijos que seguían en la casa sus estudios, y no dejó un día de ensayarlos, desde la cama, refrescándoles esta o la otra cuestión, ni de atender a la fiesta que con esta ocasión había de celebrarse en la casa, ni de informarse en qué estado se hallaban los preparativos del ambigú. Tres días llevaba de enfermedad, y ya pensó en disponerse para morir como cristiano, facilitándolo una coincidencia singular: entre la infinidad de personas que acudían a inquirir por su salud, se halló el respetable sacerdote don Raimundo Rodríguez, cura de la parroquia de San Victorino, y oyéndolo acaso hablar en la sala vecina, se incorporó con viveza, diciendo: "Llámenme al doctor Rodríguez, que con él hice mi primera confesión, y con él quiero hacer la última." Logró esta fortuna, que habiendo tenido por amigos en sus primeros años a jóvenes que perdieron la fe, y no volvieron a ella sino a la última hora, él fue siempre fiel a la cristiana enseñanza y virtuosos ejemplos que recibió de niño; de manera que, si por un momento cedió a la moda yendo a las logias o se dejó arrastrar por la corriente de ideas seudoliberales, de nada de esto quedó huella ni en su corazón ni en su entendimiento. Cuando estuvo en Popayán, siguió con los demás empleados de la Universidad las prácticas religiosas del establecimiento, sin hacer caso de lo que podían decir, y en efecto dijeron, sus copartidarios; vuelto a Bogotá, se recogía en silencio y sin ostentación para cumplir con estos deberes | (11) . Con la misma tranquilidad que su conciencia, arregló algunos pormenores de su testamento, porque en general tenía todas sus cosas ordenadas convenientemente desde años antes. Sin turbársele un instante la razón rindió su espíritu al Criador el 21 de noviembre a las tres de la tarde, rodeado de los suyos y prestándole monseñor Barili los últimos auxilios de la religión.

Según sus deseos, las exequias se celebraron en la retirada iglesia de San Diego, a donde él en sus paseos de por la tarde solía entrar a aislarse algunos momentos del bullicio de la vida; como muchas veces desde su juventud se había recogido en el tranquilo convento contiguo a la iglesia "para asomarse a la eternidad", conforme él mismo escribía a un amigo ausente. Algunos relacionados con la familia, al ver las dilatadas listas de las personas que habían acudido o enviado a informarse del curso de la enfermedad, juzgaron mejor convidar públicamente por carteles que dirigir esquelas individuales, cosa que, a lo que entendemos no se había hecho antes con ningún particular.

"Sobre su cadáver se han derramado lágrimas abundantes y sinceras. Sus exequias han sido el más espléndido testimonio que un pueblo entero consternado ha podido tributar al mérito y a la virtud: ellas se celebraron el 23 en la Recoleta de San Diego y en el tránsito desde la casa mortuoria hasta allí, se hicieron espontánea y solemnemente sufragios en todas las iglesias por donde pasó el cadáver, conducido en brazos de sus compatriotas.

"En el cementerio la juventud y la amistad pronunciaron bellos y sentidos discursos; y el dolor pintado en todos los semblantes devoraba en silencio toda su amargura, buscando en medio de aquella numerosa y afligida concurrencia una persona que se echaba menos. . . ¿Quién? Cuervo. . . que siempre estaba presente en todos los dolores, y era el primero que venía a enjugar las lágrimas" | (12) .

Las legislaturas provinciales de Bogotá y Cundinamarca decretaron en seguida honores a su memoria: la primera "en testimonio de aprecio por las relevantes prendas del finado y de veneración por sus restos", resolvió asistir en corporación al entierro; la segunda dispuso se hiciera su retrato con esta inscripción: "La provincia de Cundinamarca al más ilustre de sus hijos." En muchas poblaciones de la República, sobre todo en el interior, se le hicieron honras más o menos solemnes; y en los establecimientos de educación privada se dedicaron actos literarios a su memoria. Los periódicos conservadores publicaron en loor suyo poesías y artículos necrológicos; los escritores ministeriales vomitaron injurias sobre su tumba. Testimonios claros de cuánto había sido su patriotismo, su lealtad a los principios conservadores de la sociedad, y sobre todo la decisión con que tomó sobre sus hombros la causa de la Iglesia y de la verdadera libertad, ya defendiéndolas con su pluma, ya aconsejando y comunicando privadamente sus vastos conocimientos a los que le consultaban, cuando los demás hombres prominentes de su partido, o estaban ausentes, o por otras circunstancias se mantenían retirados de la escena política.

Al reunirse el congreso pasada la revolución de Melo, expidió el siguiente

DECRETO

EN HONOR A LA MEMORIA DEL C. RUFINO CUERVO.

El senado y la cámara de representantes de la Nueva Granada, reunidos en congreso,

Decretan:

Artículo 1 La Nueva Granada registra en el catálogo de los esclarecidos ciudadanos que, por sus talentos y servicios, han dado prez y reputación a su patria, el nombre de |Rufino Cuervo.

Artículo 2 La República honra la memoria de este benemérito granadino, cuyo retrato se colocará en la sala del despacho del poder ejecutivo, y en los establecimientos literarios de la capital, costeados por la Nación.

Dado en Bogotá, a 9 de abril de 1855.

El presidente del senado, |Justo Arosemena; el presidente de la cámara de representantes, |R. Antonio Martínez; el secretario del senado, |Lázaro María Pérez; el secretario de la cámara de representantes, |Manuel Pombo.

Bogotá, 9 de abril de 1855.
(L. S.) Ejecútese y publíquese.

El vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo, |Manuel M. Mallarino; el secretario de gobierno, |Vicente Cárdenas.

Como si el vínculo de una larga, estrecha y noble amistad fuese también lazo misterioso que unía sus existencias, el ilustre arzobispo de Bogotá (quien, quebrantado sobremanera, había llegado a París en junio y puéstose en camino para Roma), después de varias oscilaciones en su salud exhaló el último aliento en Marsella el 10 de diciembre, sin alcanzar a saber que el doctor Cuervo había muerto veinte días antes. Esta circunstancia unió más y más en la memoria de todos los buenos el recuerdo de los dos amigos, como lo atestigua el ilustrísimo señor don Mariano Fernández Fortique, obispo de Guayana, en las palabras siguientes de la oración fúnebre que pronunció en las honras celebradas por el clero de Caracas en homenaje al señor Mosquera:

"Yo no debo hacer aquí la defensa del señor arzobispo de Bogotá, ni ventilar cuestiones ya decididas por el voto general del mundo católico. Desempeñó esta tarea un varón tan eminente por su sabiduría, como venerable por su piedad. Su brillante apología fue su último tributo a la religión, a la Iglesia y a la amistad. Cristiano generoso, digno de los primeros siglos de la Iglesia, la de Santa Fe de Bogotá ha vestido luto y derramado abundantes lágrimas en su muerte. Parece que este fiel amigo, presintiendo la muerte del señor Mosquera, quiso precederle en el viaje a la eternidad para esperarle en la mansión de los justos y presenciar el momento de júbilo celestial en que el Príncipe de los Pastores había de ponerle la corona de justicia y darle la palma de los mártires en premio de sus virtudes y fortaleza."

FIN DE LA OBRA

 

(1) Son dignas de mención estas modificaciones; en el artículo 10 se cercenó la cláusula: ''Adopta (la República) la forma federal no como la alianza de Estados soberanos e independientes, sino por la unión de provincias o secciones territoriales que se reservan el poder municipal'', quedando: ''Reserva a las provincias o secciones territoriales el poder municipal. . .''; en consecuencia se cambió dondequiera ''gobierno federal'' en ''gobierno general". Se omitió el requisito de saber leer y escribir para ser considerado como ciudadano; se introdujo como garantía el juicio por jurados, de que no se hablaba en el proyecto; y sobre todo al inciso relativo al derecho de reunión se agregaron estas significativas palabras: "Pero cualquiera reunión de ciudadanos que, al hacer sus peticiones o al emitir sus opiniones sobre cualesquiera negocios, se arrogue el nombre o la voz del pueblo, o pretenda imponer a las autoridades su voluntad, como la voluntad del pueblo, es sediciosa; y los individuos que la compongan serán perseguidos como culpables de sedición. La voluntad del pueblo sólo puede expresarse por medio de los que lo representan por mandato obtenido conforme a esta Constitución." Esto es una constitución liberalísima: ¡ Tanto se había aprendido de 1849 a 1853!
(2) En la noche del 18 al 19 de junio iban don Antonio París y algunos amigos suyos tocando guitarra y otros instrumentos, y saliéndoles al encuentro varios de ruana les preguntaron si eran guaches o cachacos: al responder que lo último, fueron atacados y París cayó muerto de una puñalada.
(3) Con la dictadura de Melo puede afirmarse que llegó a colmo la barbarie: después de su caída el 4 de diciembre, vimos en la Biblioteca Nacional atrincherados los balcones con libros, y muchos de éstos atravesados por las balas; el museo sirvió de letrina a la gente acuartelada en el mismo edificio.
(4) De este documento pontificio se sacó la condenación para formar la proposición 55 del Syllabus: |Ecclesia a Statu, |Statuque ab Ecclesia sejungendus est.
(5) Este escrito lleva el título de |Intervención directa del poder temporal en los negocios eclesiásticos ( |El Catolicismo, número 102).
(6) Efectivamente, en los meses que faltaban del año se sucedieron los alborotos en Chocontá, Pasto, Zipaquirá, Sogamoso y Cali; para no contar lo que dieron que hacer las legislaturas en Antioquia y Piedecuesta.
(7) Los otros candidatos conservadores de la misma lista llevaron: don J. I. Márquez, 50.475; don J. M. Latorre Uribe, 47.340. Los que les siguieron dan idea de las fuerzas de cada partido: don B. Herrera, 34.576; don J. J. Gori, 28.228; don F. J. Zaldúa, 26.049; don P. Cuéllar, 22.367; don J. N. Núñez Conto, 13,584; don M. Murillo, 11.070.
(8) Número 116.
(9) Importante como es esta correspondencia en la historia política y eclesiástica de la nación, no lo es menos para la de su cultura, pues pinta la caída que en nuestro gobierno habían tenido la ilustración y el decoro, y aun puede decirse que su lectura no carece de amenidad. Cierto que causa tristeza ver al secretario enviar con su penúltima nota a un ministro extranjero, a un delegado de Su Santidad algunos números de periódicos del país, mal escritos por añadidura, para que se imponga de la doctrina del patronato eclesiástico sobre que él mismo le había movido discusión; pero casi da risa leer estas frases: ''En los países en que el pueblo se gobierna a sí mismo, y en donde, como en la Nueva Granada, casi la totalidad de ese pueblo no profesa más que un solo culto, es el pueblo el que ejerce el patronato de sus templos, y el que elige sus ministros por medio de sus representantes legítimos. Empero, si no quisiere que ese patronato sea ejercido por sus delegados, y decretare el divorcio del bastón y el incensario, reservándose el gobernarse cada cual por sí mismo en materia de conciencia, no por eso se desprenderá del derecho inmanente de su soberanía, derecho que en la republicana Iglesia del Salvador ejerciera el pueblo de los siglos primitivos y que registran los cánones nicenos.'' Y es lo más curioso que habiéndosele dicho en contestación que los cánones nicenos no contienen una palabra sobre tal derecho inmanente de soberanía popular, el que salió a su defensa en el periódico ministerial, se descolgó con que Fleury, hablando de la elección de los obispos cita al margen el cuarto concilio de Nicea; por lo visto, pues, se trajeron a colación los cánones nicenos sin saber lo que contenían.
(10) El último, que fue el quinto, salió en |El Catolicismo de 26 de noviembre con tántas erratas y descuidos, que parece tomado de apuntes en borrón. Uno de los redactores continuó la polémica.
(11) Todo esto aparece de la correspondencia con personas de la familia y con don Manuel José Mosquera
(12) El Catolicismo de 26 de noviembre de 1853.

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