INDICE




CAPITULO VII

PARODIAS Y RUINAS


Las influencias extranjeras. - La de Francia en los tiempos que precedieron y siguieron a la revolución de 1848. - Extiéndense las sociedades democráticas. - Fundación de la Escuela Republicana y de la Sociedad Filotécnica. - Sesión de la Republicana el 30 de octubre. - Se ofrece uno a ser verdugo del arzobispo. Temores que esto inspiró. - Proceso infame. - Quejas de los democráticos. - Plaga de ladrones e inseguridad pública. - Horror a los democráticos. - Mensaje del presidente López y representación de la Democrática al congreso. - Remoción del cuerpo de policía.-Reuniones en el Salón de Grados. - El juicio por jurados. - Se estrena la ley con Russi y sus consortes. - Las democráticas en el Cauca. - Sus excesos. - Conducta del gobierno. - Asesinato de Pinto. - Revolución de 1851. - Encarnízase la persecución religiosa. - El arzobispo Mosquera. - |El Catolicismo. El doctor Cuervo fue uno de los primeros redactores. - Hostilidades oficiales contra la Iglesia. - Leyes contrarias a ella. Protestan el arzobispo y los obispos. - Conflicto con ocasión de la convocación a concurso. - Rechaza el arzobispo la intrusión del vicario de Antioquia. -Acusación y juicio del arzobispo. Su extrañamiento y salida. - Acusación y juicio de los demás obispos. - Manifestaciones que se hacen en el extranjero a los desterrados. - Tentativas para revolver la Iglesia. - Don Manuel Fernández de Saavedra. - |El arzobispo de Bogotá ante la nación. - |Defensa del arzobispo de Bogotá. - Efectos de esta publicación. - Se reimprime el libelo en Chile. - Desorganización de la República. - Ley de descentralización de rentas y sus consecuencias. - Efectos de la autonomía de los cabildos en la instrucción primaria y en la suerte dé los curas. -Decaimiento de la instrucción secundaria. - El Colegio Nacional. - El seminario y el Colegio de la Merced. - La administración de justicia. -Disputa entre el presidente y la Corte Suprema.-Conclusión.

Cuando nuestros padres rompieron los vínculos políticos que los unían a España, no pensaron en que de hecho quedaban sometidos a otro vasallaje en ocasiones igualmente funesto, cual es el que constituye la inferioridad literaria y científica, agravada en toda la América española por la distancia de los centros de cultura, por la comunicación difícil y la escasez de personas suficientemente ilustradas para discernir entre la buena y la mala doctrina, y lo adaptable o contrario a las peculiares circunstancias de cada país. La primera sangre que se derramé en nuestro suelo por las contiendas civiles se debió a la alucinación de querer acomodar a comarcas que ni la más remota idea tenían de la vida política, las instituciones de los Estados Unidos, impuestas a ellos por la naturaleza misma de las cosas, como que varios de los miembros de esta federación ni una línea tuvieron que cambiar a sus antiguas constituciones al separarse de la metrópoli. La desorganización producida por este desacierto facilitó la reconquista al ejército expedicionario de Morillo, y la forma que nosotros hemos disfrutado de la federación ha merecido calificarse de anarquía organizada. Recobrada la patria, vino la maléfica influencia que ejercieron los liberales españoles con sus ideas sobre derecho público eclesiástico y con sus escritos ligeros enderezados a minar la piedad y poner en descrédito los institutos religiosos; y lo que es más singular, sirviendo de conducto para que llegaran a nosotros el sensualismo y el utilitarismo extranjeros, aumentada su crudeza, a lo menos en el tratado de legislación de Bentham, cuyas notas son todavía más perniciosas que el texto | (1) . Con no menos fe se recibieron después las declamaciones y dañinas utopías de los republicanos y socialistas franceses que prepararon e hicieron la revolución de 1848; y si este memorable acontecimiento conmovió a todos los pueblos de Europa, en la Nueva Granada, por las peculiares circunstancias en que se hallaba, la consecuencias fueron más deplorables y los es cándalos mayores.

La influencia de Francia durante los años que precedieron a la revolución es muy perceptible en nuestros asuntos políticos, así para bien como para mal. La ley de libertad de enseñanza (8 de mayo de 1848), por ejemplo, fue sin duda eco de las discusiones que tánta gloria dieron al elocuente Dupanloup. Acaso no es aventurado afirmar que a los enemigos de Mosquera no se les hubieran ocurrido sus invectivas contra los despilfarros y dilapidaciones, ni hubieran declarado guerra a los monopolios, a no ver a los periódicos franceses desencadenarse, ya contra el monopolio universitario, ya contra las malversaciones de ciertos altos empleados y contra los que tenían hambreadas las poblaciones guardando el trigo en sus almacenes.

Seguíase con el más vivo interés entre nosotros el curso de las cosas en Francia, de modo que al saberse la crisis, los periódicos publicaron hasta los incidentes más pequeños, y reprodujeron las proclamas, discursos y decretos en que se contenían las conquistas de los nuevos apóstoles. La revolución triunfante el 7 de marzo se esforzó en copiar o parodiar esos actos. Abolióse la pena capital por delitos políticos y la de vergüenza pública; se desterraron los tratamientos oficiales de los magistrados reemplazándolos con el de |ciudadano, porque en Francia se declararon abolidos todos los antiguos títulos de nobleza y las calificaciones que les eran anexas. Poco después se dio atropelladamente libertad a los esclavos, como el gobierno provisional la dio a los de las colonias francesas.

Los liberales verdaderos (que eran entonces los conservadores) aceptaron gustosos entre estas reformas las que eran razonables y no herían derechos adquiridos. Los revolucionarios se apropiaron cuanto conducía a solevantar e inflamar las muchedumbres para granjear prosélitos y dóciles instrumentos. Parecía que a los conservadores cautivaba el papel generoso y poético de Lamartine, que arrancaba la bandera roja de la casa municipal, mientras los otros se dejaban arrebatar de Luis Blanc cuando arengaba a los obreros en el Luxemburgo anunciándoles la renovación del mundo social y el remedio de todas las miserias del pueblo. La idea de un progreso indefinido que llevaría la humanidad a abrazarse en el regazo de la democracia cristiana, impresionó vivamente a individuos de ambos partidos, en especial a los jóvenes. Aquellas palabras mágicas con que se electrizaba al pueblo de París, libertad, igualdad, fraternidad, democracia, soberanía del pueblo, sufragio universal, revueltas con la Biblia, con Jesucristo, con la humanidad, no se les caían de la boca a nuestros tribunos en las sociedades democráticas ni tampoco en las contrarias | (2) . Pero no pasaba de aquí la conformidad, pues los conservadores repudiaban el socialismo y el comunismo, y nada admitían que atacara las bases de la sociedad cristiana. Los otros no hacían ascos a las doctrinas más subversivas, y sólo como materia de exornación retórica profesaban un cristianismo vago, ideal, sin dogma, sin culto ni ministros, el mismo que tánto efecto producía en los clubes de París. Entre nosotros se efectuó la más inicua persecución al catolicismo prometiendo "predicar la moral en consonancia con los dogmas del cristianismo a |novo, es decir, la doctrina consoladora y divina del Evangelio" | (3) ; y llamando a éste "el libro divino de la religión no menos que de la democracia, el libro de donde se ha tomado el lema de las tres grandes palabras regeneradoras de la especie humana, libertad, igualdad y fraternidad" | (4) . Tánto se hablaba del Gólgota, voz que por su uso poco frecuente y hasta por su acentuación se brindaba a períodos rimbombantes en prosa y verso, que al fin estos ilusos fueron bautizados con el nombre de gólgotas.

También se imitó aquel hermanamiento de que dieron ejemplo los estudiantes de 2 de abril en el Campo de Marte, quitando de las manos sus herramientas a los obreros y cantando la |Marsellesa abrazados con ellos, y que se veía a cada paso en los banquetes fraternales, confundiéndose todas las categorías sociales y todos los vestidos. En las sociedades democráticas granadinas, los miembros del gabinete y la generalidad de sus sostenedores se mezclaban con gente despreciable, no ya para infundir sentimientos generosos o estimular al ejercicio honrado del trabajo, sino para avivar las pasiones y desviar los buenos instintos.

En estas juntas, explayando las ventajas de la asociación en el lenguaje de Saint-Simon y Fourier, se halagaba a nuestros artesanos con las mil soñadas ventajas del establecimiento de talleres industriales. De las novelas de Eugenio Sue, que constituían casi la total erudición de muchos que la daban de publicistas, amasadas con las declamaciones de otros de la misma estofa, sacaban materia los tribunos para remedar aquellas arengas con que se incitaba al pueblo a reivindicar sus derechos, conculcados, según decían, por una opresión secular, y que ninguna aplicación podían tener entre nosotros, pues aun los esclavos mismos eran harto más felices que los obreros y proletarios de ultramar; y era lo más peregrino que se declamaba contra el feudalismo y otras cosas semejantes, que cuanto menos se conocían entre nosotros tanto más se prestaban a ridículas y siniestras interpretaciones.

En las siguientes páginas nos proponemos bosquejar las consecuencias de tales remedos y de la necesidad en que se vieron los liberales, para acreditar su nombre, de exagerar locamente las libertades, ya harto grandes, que sus predecesores habían establecido. En semejante competencia de desvaríos con los franceses y de liberalismo con los conservadores se ayudaron recíprocamente, para ruina de la nación, el candor de unos, la incapacidad de otros, la perversidad de no pocos y los odios y rencores de partido.

Si los revolucionarios de 1840 hubieran triunfado en 1849 por efecto de una alzamiento y después de ganar batallas en el campo, su caudillo se viera obligado, tarde o temprano, a organizar su gobierno, a licenciar parte de sus tropas y tratar de apaciguar los partidos. En una palabra: la revolución hubiera pasado. Pero subiendo al poder con una victoria sin combate y quedando en pie e incólume el enemigo, les fue preciso conservar y aumentar la fuerza con que habían alcanzado esa victoria: el triunfo no fue pues sino el comienzo de la revolución.

Lo que era y lo que prometía la Sociedad Democrática de Bogotá sugirió la idea de propagarlas por todo el país, hasta en los pueblos más insignificantes. Se procuró conmover a todos los ciudadanos y empeñarlos en la política, darles la iniciativa en todas las cuestiones públicas, volviendo las instituciones a la época primitiva de las repúblicas, cuando, no habiendo gobierno representativo, el pueblo no desamparaba el ágora y el foro; por una aplicación maliciosa y extravagante del ensanche dado al poder municipal durante el gobierno de Mosquera, se puso en práctica la autonomía de la aldea, dejando a cargo de la ignorancia y de las intrigas lugareñas los intereses de la enseñanza y el orden del culto católico, hasta poner al arbitrio de las muchedumbres el nombramiento de los párrocos y aun prometerles participación en el de los obispos. Pero nada de esto podía hacerse sin adular malignamente bajas pasiones. Alegando fingidos agravios, al paso que se despertaba la envidia y odio del pobre contra el rico, se presentaba a las turbas como próximo el día en que los ignorantes y la última hez de la sociedad habían de llegar a los primeros puestos, no ya en fuerza del trabajo y la inteligencia, sino por el mero hecho de ser los últimos. "El pueblo es libre hasta donde es posible serlo - se lee en la |Gaceta Oficial de 29 de septiembre de 1850 -, sólo faltan algunos pequeños rasgos para acabalar su situación política: el sufragio directo y la abolición de toda traba pecuniaria y condición de instrucción primaria para poder ser ciudadano y legislador."

De Bogotá partían como emisarios a comunicar el incendio a las provincias jóvenes acabados de salir de los colegios con la cabeza llena de las ideas más dañinas, y las sociedades fundadas asumían en cada parte carácter diverso, según las circunstancias e intereses locales, si bien animadas todas de un mismo espíritu. Para que en todo tiempo constara que este movimiento provenía de impulso oficial, en la |Gaceta se publica el establecimiento de cada club con el aplauso que mereciera la empresa más útil y patriótica.

Mientras las Democráticas se multiplicaban en toda la República alimentando gérmenes de odio y desolación, quisieron en Bogotá unos jóvenes entusiastas y desvanecidos con las ideas novísimas buscar campo más adecuado a sus aspiraciones, fundando una nueva sociedad que llamaron |Escuela Republicana. Inauguróse solemnemente en 1850, el 25 de septiembre, fecha de triste recuerdo, asistiendo el presidente de la República, parte del ministerio, muchos funcionarios públicos y una diputación de la Democrática. Los oradores dieron las primicias que eran de esperarse de jóvenes que discurren sobre la libertad y otros temas igualmente propios para amontonar palabras sobre palabras muy sonoras y muy huecas; los aplausos fueron estrepitosos y no faltaron las coronas. Si entre esta hojarasca se traslucían bien los delirios socialistas, sería demasiado rigor afear los sentimientos que los producían, porque al fin aquéllos pueden hermanarse con el corazón generoso de la juventud; lástima sí que con ellos apareciesen las sugestiones de demagogos impenitentes que los enseñaban a glorificar la memoria de aquella infausta noche de 1828 en que otra juventud desvariada estuvo a punto de quitar la vida al Libertador, y les imbuían la saña contra la Iglesia católica y muy particularmente contra el venerable arzobispo de Bogotá.

Los jóvenes conservadores, como por despique, se reunieron en otra sociedad que apellidaron |Filotémica, y para su inauguración escogieron el día 28 de octubre, natalicio de Bolívar, y la quinta que lleva su nombre, donde él habitó algún tiempo. Aunque los discursos no aventajaron mucho literariamente a los otros, sí los dejaron muy atrás por sus ideas en un todo liberales, algo recargadas; conforme a las influencias que corrían, pero no anárquicas ni demagógicas. Los miembros de una y otra sociedad se extasiaban contemplándose como árbitros del porvenir y como lumbreras únicas de la civilización; y es cierto que, así de los unos como de los otros, hemos visto a algunos ocupando los primeros puestos en las letras y en la política, pero acaso los más se correrían hoy al rever las ilusiones o los partos literarios de unos días de inexperiencia y de locura.

Para oscurecer la fiesta del 28 de octubre celebraron los jóvenes liberales otra el 30, la más ruidosa entre todas, la que enloqueció a su partido, la que dejó más hondos recuerdos. Hacia el fin de la sesión todos estaban ya fuéra de sí, cuando el joven Octavio Salazar leyó unos versos en que a vuelta de otras cosas propias de la época, cantó calurosamente a los mártires de la Independencia y en particular a Ricaurte. El presidente de la República se sintió tan conmovido, que, en bajando el poeta de la tribuna, le estrechó con efusión entre sus brazos, y le dijo que en memoria del héroe de San Mateo llamaría Antonio Ricaurte al hijo que acababa de nacerle. El joven comunicó a la concurrencia esta noticia placentera, y faltaron palmas y voces para aplaudir | (5) .

Como el entusiasmo hace el efecto de la embriaguez, que revela indiscretamente los arcanos del corazón, hubo allí un sujeto que tomando de los discursos y de los versos que acababa de oír la parte que cuadraba con sus instintos, creyó bien caldeada la fragua de las pasiones feroces, subió a la tribuna y diciendo que abundaba en las ideas que aquella noche se habían expresado, agregó: "En prueba de que mis principios son liberales, si se quiere ahorcar al arzobispo, yo seré su verdugo" | (6) . Según parece, de entre los espectadores que estaban en las graderías salieron las primeras voces de improbación: "¡No, no, no! ", las que fueron repetidas entre los, miembros de la sociedad, y a poco uno de ellos rechazó la oferta desde la tribuna, con lo cual se calmó la vocería.

Mucho empeño se tomó en probar que este desgraciado no era miembro de la escuela y que todos los concurrentes, del presidente abajo, habían desaprobado con indignación su desalmado pensamiento; mas vistos los sucesos después de cuarenta años, ocurre preguntar: ¿A qué semejantes escrúpulos cuando esta sociedad se ufanaba de enlazar su historia con el 25 de septiembre, y cuando en su primera sesión uno de los oradores designó como tirano al arzobispo? | (7) ¿A qué tántos aspavientos porque uno se ofreciera a cortar luégo la vida material del señor Mosquera, que al fin había de acabar en breves días a poder de amarguras y padecimientos, cuando dentro de poco se iba a buscar otro verdugo para arrebatar a la víctima la vida de la honra, aquella vida sempiterna que consiste en el olor indeficiente de las virtudes al través de las generaciones y en el amor y veneración de los buenos? Además que nada de eso impidió que, reunida algunos días después la Democrática en sesión plenísima, enviase una diputación al que se ofrecía como verdugo para felicitarlo, y que presentándose éste muy satisfecho, reiterase entre aplausos la oferta. Hasta tal punto habían logrado pervertir a estos artesanos: para atraerlos en un principio, colocaron en el local de sus sesiones el retrato de Pío IX, haciendo alarde del fingido entusiasmo que en Europa mostraban por el insigne pontífice los enemigos de la Iglesia; ahora lo derribaban con befa, porque vieron a los adeptos ya bien aleccionados en despreciar a la religión, ufanos de haber expulsado a los jesuítas y muy bien hallados con salir por las calles vociferando mueras contra el |monigote morado, como llamaban al arzobispo. De todo esto se originó la voz de que se trataba efectivamente de dar muerte al prelado, y a la Nochebuena siguiente era entre la gente piadosa tan firme la creencia de que el horrendo designio se llevaría a cabo al salir aquél del palacio arzobispal o al volver de la catedral después de celebrada la misa del gallo, que en todas esas calles se allegó una inmensa muchedumbre determinada a poner su vida por la de su pastor. Informado López de lo que pasaba, envió al arzobispo un oficial para asegurarle que no corría peligro alguno | (8) .

El estado de frenesí a que llegaron estos hombres puede medirse, entre muchos, por el siguiente hecho que vaciláramos en referir, sin la consideración de que cuanto se calla de los ultrajes hechos a un varón insigne, tanto se escatima de su gloria. Sobornando a una mulata despreciable, empezaron a instruir un sumario para seguir al arzobispo causa de amancebamiento Apenas llegó a sus oídos semejante infamia, fue de mañana a casa del doctor Cuervo, y entrando a su estudio con la franqueza a que le daba derecho una íntima amistad, le dijo arrasados los ojos en lágrimas: "Compadre, ¿no sabe usted cómo me tratan?" Al proferir estas palabras echó de ver que hacia un lado estaba alguien; y como se turbase un tanto, el doctor Cuervo le tranquilizó haciéndole reconocer a una persona de la familia de entera confianza para ambos, el entonces presbítero don Indalecio Barreto, que ocupó luégo altos puestos en la jerarquía de la Iglesia y de cuya boca sabemos este lance. Hablaron en seguida del asunto, y el doctor Cuervo quedó en que inmediatamente daría todos los pasos que la gravedad del caso demandaba. Ido el arzobispo, salió con el señor Barreto, y al separarse de él en la puerta de la casa, le citó para las dos de la tarde; él acudió con toda puntualidad, y luégo que entró, le puso en sus manos el doctor Cuervo unos papeles, diciéndole que los leyese; y mientras tanto, habiendo tocado la campanilla, ordenó al criado que trajese un brasero encendido; cerrada la puerta con llave, echó en él los papeles, que no eran otra cosa que el susodicho sumario. Cuando estuvo reducido a cenizas, dijo al señor Barreto: - Ahora vaya usted inmediatamente a casa del señor arzobispo y refiérele lo que ha visto. Cómo se hizo al sumario es punto que no hemos podido averiguar; pero el hecho es que el doctor Cuervo impidió este oprobio.

Como es de concebirse, no hubieran bastado las enseñanzas puramente doctrinarias para atraer concurrencia a las Sociedades Democráticas: se necesitaba de algunas promesas tangibles en que cada individuo viera que iba a mejorar de suerte. En Bogotá mismo se hizo así desde la primera fundación de la sociedad de artesanos, asegurándoles, por ejemplo, que se establecerían talleres en que se perfeccionasen en los principales ramos de industria, y que alzados los derechos de introducción para los artefactos extranjeros, ellos podrían abastecer el mercado a precios muy altos; y esto sin contar con lo que locos o pérfidos les ofrecían sobre una nueva repartición de bienes que los sacaría de la Condición de pobres. Muchos entre esta buena gente se recreaban ya con la ilusión de verse catedráticos de sastrería, carpintería u hojalatería en los nuevos institutos, y tirar sueldo del tesoro como lo tiraban otros de sus copartidarios por enseñar en la Universidad derecho o filosofía. Pero como tales ofrecimientos tardaban en cumplirse, comenzaron las quejas, y con amargura decían que los proyectados talleres, pedidos por uno de los secretarios al congreso, habían venido a parar en un decreto del ejecutivo para establecer en la Universidad enseñanzas de dibujo lineal y de estática | (9) . Algunos, no satisfechos con estas prendas de amor platónico y familiarizados con la sentencia proudhoniana de que la propiedad es un robo, juzgaron más eficaz medio, para mudar de suerte, incorporarse en las bandas de ladrones que, con tiempos tan revueltos, estaban ya haciendo ruidosas hazañas. Las primeras tuvieron por campos los almacenes del comercio de Bogotá (marzo de 1850), y fueron celebradas con público regocijo por los cofrades de un lugar no muy distante (Chocontá). Aprehendidos algunos de los culpados, entre ellos todo un vicepresidente de la Democrática, no tardaron en fugarse y volver al interrumpido ejercicio. Estimulados con el buen éxito de los primeros ensayos, acrecentaron sus filas de una manera pasmosa, y en poco tiempo tuvieron a la ciudad en una consternación sin igual. A todo esto no había en la capital sino seis agentes de policía; el cabildo aumentó su número (25 de junio) a trescientos diez comisarios y sesenta y un inspectores, aceptando el ofrecimiento que hicieron de prestar gratuitamente sus servicios sujetos a quienes calificó de honrados y laboriosos | (10) . A la cuenta, nada se consiguió con esto, porque en los primeros días de julio acudieron muchas personas al despacho del gobernador ''con el objeto de poner en su conocimiento el estado de alarma e inquietud en que se hallaba ya toda la ciudad a consecuencia de los robos que se estaban repitiendo constantemente y todas las noches" | (11) . De resultas de esto convocó el jefe político para el día 10 a los propietarios y demás habitantes de la ciudad "a fin de tomar todas las medidas que la prudencia aconsejara para evitar los atentados contra las personas y los ataques a la propiedad que tan frecuentes se habían hecho en aquellos días | (12) . ¿Pero qué podía hacer esta junta con la indiferencia de las autoridades superiores? El gobernador se complacía en afirmar que todo eran exageraciones de partido para ganar las elecciones, y cuentos de las beatas para hacer creer que con la expulsión de los jesuítas se había acabado la moralidad en la Nueva Granada | (13) . El gobierno nacional, como decía su órgano más caracterizado, era el que menos podía proveer a la seguridad pública, "que sobrado trabajo tenía con no poder dar destinos a todos los que lo solicitaban e iban luégo a aumentar las filas de los descontentos"; agregando que a los particulares tocaba mirar por sus intereses, y castigar a los criminales como lo estaban haciendo los yanquis en Chagres | (14) . Resguardados así los ladrones con la impunidad, se hacían más atrevidos y crecía su descaro. Los vecinos se recogían por la noche a su casa con el temor de que les tocara ser asaltados, atrancaban bien sus puertas y no se acostaban sin dejar apercibidas las armas, y los más temerosos llevaban hombres de su confianza que se turnaran en la vela de la casa; a la mañana, lo primero que se preguntaba era quiénes habían sido las víctimas de la noche anterior. Hoy se contaba que los ladrones habían pasado el día entero en casa de una señora adinerada, barriéndola de tal manera que la infeliz hubo de pedirles que le dejasen para comer al día siguiente, y que ellos generosamente le habían dado veinte pesos; luégo, que penetrando hasta la celda del Provincial de Agustinos, le habían obligado a entregar el dinero del convento con una custodia y otras joyas preciosas, y dejándole muy bien amarrado, se habían vuelto a salir con todo sosiego; después, que a pocas varas de palacio habían asaltado la casa de un rico propietario, y echándole cal en los ojos, lo martirizaban unos a él y a su mujer, mientras otros lo desvalijaban todo. Estos asaltos no sólo eran temibles para las familias por la pérdida de su dinero, sino por todo linaje de vejaciones, como entre varios casos lo da a entender la tentativa de entrarse al colegio de niñas de La Merced, y la necesidad en que se vio la viuda del general Santander de resguardar el suyo con una escolta. En una noche del mes de mayo de 1851 fueron a nuestra casa, pero sentidos al querer forzar las puertas del interior, se les hicieron algunos tiros, con que huyeron, dejando rotas unas cuantas tejas y envenenado un hermoso perro. La noche antes habían muerto al guardián de una quinta de los alrededores y herido gravemente a su hermano, en tanto que otra partida robaba un almacén situado en la esquina principal de la plaza de Bolívar.

Aumentaba el horror que se tenía a los ladrones el vestido adoptado comúnmente por los democráticos, el cual consistía en un gran sombrero de paja y una ruana amplísima de bayeta roja forrada de azul que los cubría hasta los pies, y se prestaba a ocultar un trabuco o un garrote. Toda mujer que reparaba en que uno de estos sujetos ponía la vista en una casa, la creía ya designada para un asalto;así se arraigó en el común de la gente el calificativo de rojos aplicado por los periodistas, a usanza francesa, a los liberales exagerados, sin duda imaginándose que las ideas estaban íntimamente ligadas con el vestido.

Aterrados los partidarios mismos del gobierno, ejercieron tal presión sobre él, que abrazó al fin el partido de mostrarse sobremanera inquieto e indignado, y como para probar cuán ajeno estaba del criminal disimulo de que se le acusaba, pintó los hechos con una desnudez cual no la había usado la oposición. El primer paso que dio fue pedir al congreso la reforma de los artículos del código de procedimiento criminal en que se prevenía que si durante el juicio y aun después de terminado en todas sus instancias, cometiese el reo un nuevo delito o se descubriere alguno que hubiera cometido antes, se suspendiera el primer proceso o la ejecución de la pena hasta poner el nuevo en estado de seguir su curso paralelamente con el anterior, hasta el pronunciamiento de la sentencia; y sobre todo insistía en la abrogación de la ley de 11 de junio de 1850 que permitía la excarcelación de los ladrones mediante fianza. El presidente para pintar las horribles consecuencias de estas disposiciones legales se valió de los enérgicos términos que vamos a copiar, y que son un grave cargo contra quien, sabiendo los hechos que denuncia, no había procedido a reprimirlos: "La sociedad hoy día no tiene otra garantía, al permitir la excarcelación de los ladrones, que la rectitud del juez que debe calificar la fianza carcelera, y esta garantía es casi nula, porque mil circunstancias que os son demasiado conocidas, mil influencias que asedian de continuo al juez, dan por resultado la excarcelación de todos los delincuentes, que la justicia lanza en el seno de la sociedad inocente y desapercibida, como otras tántas bestias feroces que derraman por doquiera el espanto y la alarma. Yo apelo a los hechos y al testimonio de cada uno de los miembros de las cámaras legislativas, que no se encuentran bastante seguros en su persona y en sus propiedades. Yo apelo a la opinión pública, que clama fuertemente por la adopción de medidas que salven a la sociedad de los riesgos que la cercan, reprimiendo con mano vigorosa al delincuente. Los ladrones por lo general se organizan en cuadrillas, y forman una asociación tremenda, no sólo para robar, sino también para evadir el castigo, si llegan a ser aprehendidos. Ellos se ofrecen generosamente de fiadores de sus mismos cómplices; ruegan y suplican al juez hasta triunfar de su rectitud, hasta lograr que el cómplice sea puesto en libertad, y pueda continuar sus útiles servicios a la compañía a que pertenece" | (15) .

La Sociedad Democrática, a quien se miraba como nido de ladrones, representó también al congreso el mismo día, deseosa de no cargar con el crimen de sus miembros dañados, y entre otras cosas decía: "Los hombres pacíficos y honrados no se atreven a alejarse hoy en la capital, ni por un momento, de sus casas, temiendo que aprovechándose de su ausencia, los perversos atropellen sus casas, roben sus propiedades y ultrajen a sus deudos y domésticos; pero ni aun la presencia del hombre en el recinto doméstico es ya suficiente, cuando los ladrones en pandillas numerosas acometen a las casas a la luz del día" | (16) .

El 22 de abril se pusieron por las esquinas carteles de orden del gobernador y firmados por su secretario, en que se anunciaba haber sido removido todo el cuerpo de policía (aquellos ciudadanos honrados que se ofrecieron a desempeñarla gratuitamente), por haber indicies de que dos individuos de él estaban complicados en un robo, y se invitaba a los propietarios y particularmente a los comerciantes de la ciudad para que ayudasen a reorganizar dicho cuerpo, indicándole personas adecuadas por su honradez y actividad | (17) . Como los dos individuos a que aquí se aludía no eran otros que el jefe mismo de la policía y su primer cabo, y los indicios se reducían a estar ya presos por ser actores en el robo de un rico comerciante, llegó a su colmo la consternación; y a la semana siguiente (29 de abril) aparecieron nuevos carteles para invitar a todos los ciudadanos honrados a que concurriesen esa tarde al Salón de Grados con el fin de acordar las indicaciones que pudieran hacer al presidente de la República y al cuerpo legislativo para remediar la alarma que tan justamente se había difundido entre los hombres de bien | (18) . Efectivamente acudieron de novecientas a mil personas, y cuando todos aguardaban que de allí saldrían medidas eficaces y severas que restableciesen la seguridad, tomó la palabra uno de los tribunos más famosos de la Democrática y tratando de excitar simpatía y compasión en favor de los pobres ladrones que carecían de pan, se extendió probando que no había que pensar en emplear semejantes medidas, sino en que los ricos diesen de su dinero para fundar penitenciarías, colonias agrícolas, con otros de los lejanos e ilusorios medios del sistema socialista | (19) . Al oír estos desatinos, todos se miraban unos a otros sin saber qué decir, considerando que el orador era persona muy de adentro en el gobierno, y que periódicos ministeriales dejaban escapar las mismas ideas. A pesar de todo, resolvieron nombrar una comisión que arbitrase y propusiese los medios de atajar tántos crímenes, y se convocó para otra junta. Los medios propuestos y aprobados en ella traen a la imaginación los primeros pasos de una sociedad donde todavía no hay ni leyes, ni autoridades y casi ni idea de moralidad, y dan la medida del desamparo en que había quedado la gente honrada; baste decir que se creyó necesario condenar explícitamente la compasión a los ladrones, y, como desesperando de la acción de la justicia, abrir una suscripción para facilitar a los que no tuviesen trabajo, es decir a los ladrones, el ir a buscarlo a Panamá. No obstante, de esta junta salió una reforma de gran trascendencia, cual es el juicio por jurados en causas criminales; por las consideraciones en que se apoya la comisión para pedir al poder ejecutivo que lo recabe de las cámaras, se ve que el pensamiento dominante era poner el castigo de los malhechores en manos de ciudadanos honrados e independientes, disminuyendo hasta donde era posible la influencia del gobierno, que por tántos vínculos estaba ligado a los socialistas exagerados. A los pocos días se expidió la ley de jurados (4 de junio), y se estrenó inmediatamente con muchos de estos criminales, entre ellos el doctor Raimundo Russi, institutor en un tiempo, y en días recientes juez parroquial de Bogotá, secretario de la Democrática y uno de los más calurosos propagadores de las doctrinas socialistas, que con otros cómplices dio muerte a uno de sus compañeros, de quien supieron los había denunciado como autores de un robo acabado de cometer.

El día que debía abrirse el juicio se aguardaba con grande ansiedad, como principio de un desagravio que la sociedad misma iba a hacer a la justicia. La concurrencia entonces y mientras duró el jurado fue inmensa en el local de la cámara de representantes (casa consistorial), que se designó al efecto, y se seguían con el mayor interés todos los pormenores de la causa. Los criminales y sus defensores veían el asunto conforme era de esperarse de sus principios: dígalo este cartel que en grandes letras se fijó en las esquinas:

"A las nueve del día de mañana tiene lugar en la casa municipal el jurado que va a fallar en las ruidosas causas del asesinato cometido en la persona de Manuel Ferro, y los robos ejecutados en el convento de San Agustín y en la casa del señor Andrés Caicedo Bastida.

''Esta cuestión no es solamente contra los procesados sino contra todos los pobres, contra quienes ha decretado su exterminio el |Meeting de poderosos de la capital.

" ¡Concurrid a oír y juzgar si es a los criminales a quienes se quiere castigar, o si es a los ricos a quienes se quiere complacer!

Bogotá, 24 de junio de 1851."

Russi y cuatro de sus consortes fueron ajusticiados en la plaza de la Constitución el 17 de julio, y los demás reos encaminados esa misma tarde a los presidios de Panamá y Cartagena.

Así cesaron después de larga agonía los excesos de la capital, gracias al interés de tánta gente acaudalada y a todos los elementos que conservan influjo en la residencia misma del gobierno, y gracias también sin duda a la necesidad en que éste se vio de quitar a la revolución de los conservadores el apoyo que le daba la inseguridad general.

Muy otra fue la suerte que cupo a los infelices habitantes del Cauca. Allí, como en otros puntos de la República, al frente de las Sociedades Democráticas se habían ido fundando otras de conservadores, que por más que en sus estatutos declaraban incondicionada sumisión a la Constitución y a las leyes y se componían en general de ciudadanos quietos y laboriosos, fueron miradas con encono por las contrarias; era pues fácil de prever que con las rencillas y animosidades tan comunes en lugares cortos, habrían de sobrevenir conflictos. Al acercarse las elecciones parroquiales para el año de 1851 llegó a su punto la exacerbación, y las Democráticas, armadas ya por el gobierno y ufanas de su apoyo, se dejaron de pensar en las sociedades contrarias para anonadar individualmente a los conservadores. La de Cali dio el ejemplo y al mismo tiempo el impulso para una persecución salvaje, en que se confundían el odio socialista a la propiedad inculcado por los doctrinarios, las venganzas de partido y el espíritu de rapiña, propios de una turba a quien se ha quitado todo freno. En los ejidos primero, armados de hachas y machetes, abatieron las cercas y talaron las plantaciones de los habitantes más ricos de la ciudad; pasaron luégo a incendiar casas e ingenios sin dejar de recoger el dinero y demás objetos valiosos. Recorrían las calles en bandadas con látigos y garrotes para descargarlos sobre el desgraciado que caía en sus manos; se entraban a las casas, sobre todo en los campos, y azotaban sin distinción alguna a hombres y mujeres, habiendo llegado el caso de que algunas malparieran mientras duraba esta afrenta o quedaran locas del horror. En ocasiones, si los atacados presentaban resistencia, las autoridades políticas acudían en auxilio de los agresores, o bien, si se quejaban, por toda satisfacción los llenaban de baldones, cuando no eran reducidos a prisión. Cerca de Palmira fue cruelmente ultrajado un caballero con dos señoras, después de haber visto quemadas y arrasadas sus propiedades; aprehendidos algunos de los culpados, salió de Cali una partida y puso en libertad a sus compañeros.

Cundió este vandalismo como una plaga, y discurrían por los campos bandadas no ya de diez ni de ciento, sino hasta de trescientos o quinientos hombres armados y sin disciplina, extendiendo el espanto por dondequiera | (20) .

La fama de tamaños desmanes se difundió rápidamente causando la más viva indignación y dando justo motivo para acusar a las autoridades. En Bogotá acudió primero el gobierno al expediente de negar los hechos o suponerlos malignamente abultados, a pesar de las desvergonzadas confesiones de sus agentes, publicadas oficialmente en la |Gaceta; mas al fin ni este recurso le quedó, pues en el congreso mismo un diputado ministerial de aquella región, don Elías Fernández de Soto, hizo una relación expresiva de la inseguridad y desolación que reinaban en ella, y ratificó después la pintura elocuente y lastimera que de los mismos sucesos acababa de hacer don Manuel María Mallarino. Precisados a confesar, se apropiaban aquellos cínicos conceptos del gobernador Gómez: "El pueblo, que ha salido de la opresión a la libertad, que conoce que el principio de igualdad impera, que en una república sólo debe acatarse la virtud y el mérito, retoza y se divierte, indignándose a veces contra los que se creyeron con el poder de humillarlo. Está agitado es cierto; pero de esta agitación nada debe temer el gobierno, pues al contrario dondequiera se reúnen masas para victorearlo con júbilo; está agitado, pero es la agitación que le produce el sentimiento de sus derechos y el deseo de que se le conserve bajo una administración que le protege y ha hecho sentir a sus opresores el verdadero poder de las mayorías populares" | (21) . Sentimientos inicuos a que dio forma breve e imperecedera el secretario de hacienda, cuando en el Congreso apellidó los horrores del Cauca |retozos democráticos. El presidente, sintiendo que el silencio era ya imposible, dio la extraña alocución de 14 de abril en que dice "haber sabido por informes privados que las pasiones se han desbordado hasta el punto de haberse cometido varios excesos contra las propiedades y seguridad de las personas"; Cosa en que andaba algún tanto desmemoriado el ciudadano presidente, pues desde antes la misma |Gaceta había estado publicando las comunicaciones oficiales de los gobernadores de aquellas provincias; y atribuye además dichas tropelías a un "excesivo celo" por parte de los cuerpos que constituyen "uno de los apoyos más incontrastables de la administración". Así con cuatro días de intervalo sancionaba el presidente los atentados cometidos contra las propiedades y seguridad de las personas en el Cauca, y pedía remedio al congreso contra los delincuentes de Bogotá, "que la justicia lanza en el seno de la sociedad inocente y desapercibida como otras tántas bestias feroces que derraman por doquiera el espanto y la alarma": los democráticos del Cauca glorificados, los de Bogotá entregados al suplicio.

Estimulados así los asoladores del Cauca, continuaron en sus hazañas y dieron a poco en el asesinato de la familia de Pinto (19 de junio), testimonio de lo que pueden los instintos brutales puestos al servicio de una causa política. Era Pinto ciudadano notable de Cartago, a quien miraban de muy mal ojo los liberales porque, según decían, él había sido quien aprehendió a Córdoba, jefe revolucionario fusilado por Mosquera en 1841. Estaba recogido con su familia cuando a eso de las once de la noche acometió su casa una turba rabiosa, y rompieron todas las ventanas, victoreando estrepitosamente al gobierno; después de cercar la manzana, entraron y hallando a Pinto rodeado de los suyos, los azotaron a todos, aun a los niños, y a vista de su mujer y de su hija lo mutilaron horrorosamente, lo mismo que a su yerno. Las mujeres pudieron huir al fin para quedar en el desabrigo y la miseria: en la casa y almacenes accesorios no se halló ni en qué recoger los restos de las víctimas.

Causaron tan honda impresión las circunstancias y pormenores de esta horrenda carnicería, que el gobierno, haciéndose eco de la pública indignación, dijo entre otras cosas al gobernador del Cauca: "Ningún suceso ha afectado tanto el ánimo del gobierno, como el escandaloso crimen de Cartago, en que a sangre fría y con inaudita crueldad, se asesina a ciudadanos pacíficos residentes en su casa, que podían acaso ser descontentos, pero que no estaban en armas contra la autoridad, única circunstancia que pudiera atenuar, pero nunca justificar, el atentado cometido. Bien persuadido está el poder ejecutivo de que tal crimen se ha cometido no sólo con absoluta independencia de la autoridad pública, sino aun contra los deseos y las medidas generales de ésta; pero las circunstancias de que haya tenido lugar precisamente la noche en que el gobernador había llegado a Cartago, a corta distancia de la casa que él habitaba, y con gritos, según se ha dicho, por los cuales se victoreaba al ciudadano presidente de la República, son cosas aparentes para que los enemigos de la administración pinten ese acontecimiento, si no como mandado, al menos como indignamente tolerado por los agentes del poder ejecutivo" | (22) .

Los cargos tremendos que aquí apuntaba el secretario se corroboraban y aun agravaban con las deposiciones de los inculpados, que decían haber salido el gobernador al balcón de su casa y preguntado a la cuadrilla "que si aún vivía Pinto, que si pisaba todavía el suelo con sus pies", y que habiéndole contestado Rafael Jaramillo, cabeza de los sicarios, "que sí vivía, pero que poco demoraría", había replicado con voces instigadoras al crimen. Fue pues muy natural que antes de llegar las apremiantes comunicaciones de Bogotá, ya el juez de Cartago hubiese dictado un auto de sobreseer y puesto en libertad a los detenidos. Cuando el tribunal revocó este auto, se empezaron de nuevo las pesquisas, de cuyas resultas volvieron a ser presos algunos de los culpados. El Jaramillo fue condenado a muerte, pero se dieron trazas para hacer nugatoria la sentencia, hasta el punto de que en septiembre de 1855 aún no se había determinado cosa alguna sobre el expediente, que fue remitido a Bogotá para que el poder ejecutivo conmutase la pena | (23) .

Para escapar del peligro de perder la vida, la honra o la hacienda, o todo junto, muchas familias caucanas buscaron refugio en los montes; otras emigraron hacia el interior de la República o salieron para el extranjero; muchas lo aventuraron todo a los trances de una resistencia armada. Tal fue el origen de la revolución de 1851, que estalló en Pasto por el mes de mayo, y se extendió luégo por Antioquia, Mariquita, Bogotá, Tunja y Pamplona, excitada por todas las causas de descontento que estaban obrando desde el 7 de marzo | (24) . Tanto por el carácter del partido conservador, inhabilísimo entonces para los manejos revolucionarios, cuanto por la falta de elementos y de organización, fue dondequiera sufocada brevemente, excepto en Pasto y Túquerres, donde se mantuvieron las guerrillas por cerca de un año. Con el insulto, la persecución y la devastación material y moral de la República lograron los gobernantes lanzar a los conservadores a la guerra, realizando con ello un deseo muchas veces expresado, no ya cuando las cosas se hallaban en el extremo que llevamos referido, sino antes de que hubiese siquiera periódicos de oposición: en 29 de mayo de 1849 se escribía en |El Aviso: "Si los conservadores quisieran lanzarse en la oposición de hecho, nos harían un gran favor, porque entonces se apresuraría la hora deseada de su castigo, y se vería libre el país de su funestísima presencia. Es de sentirse que no se muevan, porque tiempo es ya de que ellos desaparezcan de la escena política y de la comunidad social."

Las sociedades democráticas festejaron el día 1º de enero de 1852, en que, conforme a la ley de 21 de mayo anterior, quedaban libres todos los esclavos. El lector verá con gusto por el siguiente fragmento de una carta dirigida al doctor Cuervo, cómo se comportó con los suyos uno de los ricos propietarios del Cauca:

"Contesto a usted con retardo su estimable carta de 3 de marzo, por haberme hallado peregrinando por el cantón de Caloto, recogiendo los ripios de mis propiedades de minería; y no hay figura retórica en estas expresiones, pues la libertad simultánea de los esclavos ha hecho por allá el efecto que hace un terremoto en una ciudad cuando la derriba. Sin embargo, no me han faltado resignación, paciencia y ánimo generoso con los que fueron mis esclavos. Merecían también que los tratase con benevolencia, porque me aman y me respetan. Los convoqué a todos y los felicité por su libertad, explicándoles sus derechos y deberes de hombres libres como pudiera haberlo hecho un abolicionista de los Estados Unidos, y les hice presente la necesidad de olvidar todos los usos e ideas del tiempo de la esclavitud, y que se figuraran que yo era un extranjero a quien conocían por la primera vez, y tratáramos de hombre a hombre como libres. Mis sesiones duraron una semana en mi mina del Ensolvado y otra en la de Aguablanca de mi mujer, y los he complacido hasta la saciedad. Les he arrendado las minas con todos sus entables a vil precio; les regalé las casas y platanares repartiéndolos por familias, y dejando parte para los viejos y enfermos; les vendí fiadas las herramientas y fraguas con largos plazos y a mitad de precio de lo que piden los comerciantes de ese cantón, y les dejo mis tierras para cría de ganados pagando dos reales al año por cabeza. Los libertos robustos me pagarán un peso por mes, y los débiles a dos reales y hasta mi real uno que otro. Son pues dueños de mis propiedades, quedándome una especie de dominio útil que podrá darme la quinta parte de mi renta antigua si me pagan, que lo dudo mucho. No es posible explicar a usted todos los pormenores de mis teorías practicadas en favor de la naturaleza ultrajada. He perdido mucho, pero me he aliviado del inmenso peso que gravitaba contra mí, contra mi carácter. La manumisión de mis esclavos me ha manumitido a mí. Al despedirme les regalé unas cuantas reses gordas para una comida, y les enseñé cómo habían de hacer compañías para aprovecharse de mis mejores veneros de mina. Tengo también unos pobres indios inocentes a quienes no cobro nada por terrajes, de modo que son colonos sin pensión; los padres, mujeres e hijos me abrazan cuando llego y cuando parto, y me regalan verduritas y algunas frutas, y quedo muy pagado gozando los encantos de la naturaleza primitiva exenta de los artificios de la sociedad."

Este verdadero demócrata fue don Joaquín Mosquera.

En la calma material que se siguió a la desgraciada tentativa de los conservadores, se desenfrenaron las tendencias antirreligiosas que de tiempo atrás venía mostrando el partido liberal, avivadas por envidias y rencores personales y ayudadas ahora por las nuevas ideas. El campo estaba en cierto modo preparado, porque, triste es decirlo, los liberales hallaron apoyo en miembros del partido que después se llamó conservador para dar leyes poco ortodoxas unas, y otras muy a propósito para servir de instrumento de persecución. Entre las víctimas descuella el arzobispo de Bogotá, don Manuel José Mosquera, cuyo nombre se registra hoy en las historias de la Iglesia universal como el de un confesor insigne de la fe, mártir en defensa de la justicia y el derecho, cual si la Providencia quisiera una vez más confundir a los perversos y burlar sus designios, haciendo que con cuanto trabajan en abatir y tiznar a los buenos, no consigan otra cosa que levantarlos y esclarecerlos.

Al pasar la revolución de 1840, había llegado el arzobispo al apogeo en el amor y veneración de los fieles. Estimábanse altamente la gravedad y escrupulosa exactitud con que desempeñaba y hacía desempeñar los más ligeros deberes del ministerio sagrado, y se admiraban la prudencia y acierto con que logró fundar el seminario y organizar en él los estudios; sus predicaciones, elevadas al mismo tiempo que claras y sencillas, le corroboraron en el concepto de docto y celoso del adelantamiento de su grey; y por fin la solicitud paternal que mostró durante la epidemia de las viruelas, visitando y confortando a los pobres, y la participación activa que tomaba en cuanto propendía al bien de las clases menos favorecidas, como en la educación primaria y después en el buen orden de la caja de ahorros, arraigaron hacia él un cariño religioso y le hicieron verdaderamente popular.

De tánto aprecio así disfrutaba cuando se propuso la candidatura del general Mosquera para la presidencia de la República, y uno de los principales inconvenientes que tuvieron muchos para decidirse por ella, fue el considerar los graves daños que podrían redundar de que las dos primeras dignidades de la Iglesia y del Estado se hallasen en un sola familia. El arzobispo mismo lo sentía así, no sólo por los defectos de su hermano, que naturalmente no se le ocultaban, sino por las conocidas odiosidades que tenía como sanguinario vencedor en la revolución pasada. Estos temores no tardaron en salir verdaderos, porque al romper la oposición, A. Acevedo envolvió en su rencor a los dos hermanos, procurando indisponer contra el arzobispo al clero de posición menos elevada; y algo después los periódicos liberales prohijaban las falsedades que el libelo de Obando publicado en Lima en 1847 contenía sobre la manera como "el hermano del famoso asesino" (Son sus palabras) "dejó asegurado en 1849 el reinado sangriento de su familia." Creció lo angustioso de su situación cuando en el cúmulo de reformas de hacienda que intentó el presidente se discutieron en las cámaras la abolición de la contribución decimal y la conversión en deuda pública de los censos pertenecientes a la Iglesia, cosas que aunque entonces no vinieron a ser leyes, sobresaltaron las conciencias y dieron ocasión a quejas de parte de la Santa Sede, lo mismo que la ley que garantizaba a los inmigrantes el culto público o privado de su religión, cualquiera que fuese. Todas estas medidas, que hallaban favor en unos por patriotismo inconsiderado y en otros por hostilidad decidida a la Iglesia, fueron rechazadas o atenuadas por la parte que en el gobierno tenían los buenos católicos; desgraciadamente con el advenimiento de López al poder faltó esta defensa, y la Iglesia quedó a merced de sus enemigos.

Al programa amenazante de la primera alocución del presidente | (25) , que ya en otro lugar mencionamos, respondieron cual en coro multitud de escritos hostiles a las personas y cosas eclesiásticas, y aunque los periódicos conservadores no se descuidaban en rebatirlas, vio el arzobispo de Bogotá la necesidad de fundar una publicación exclusivamente destinada a la defensa de las doctrinas e intereses de la iglesia. A este fin invitó para el domingo 1º de noviembre de 1849 a varias personas conocidas por su saber y su celo, entre ellas al doctor Cuervo | (26) , y les propuso su pensamiento, que no era otro que tratar las cuestiones religiosas de manera elevada y científica y evitar de todo punto envolverlas en las polémicas de partido. De esta junta salió el plan y la forma del nuevo periódico, que se llamó |El Catolicismo y apareció por primera vez en noviembre de 1849; su ciencia y moderación le hicieron respetable, muchos de sus artículos fueron reproducidos con aplauso en varios países de América, y aun sirvió de estímulo y modelo para la fundación de publicaciones análogas. El doctor Cuervo fue de los que primero colaboraron, empezando desde el segundo número a publicar unos artículos sobre la influencia del sacerdocio católico en la educación y bienestar social de los granadinos, en los cuales con rápida y gallarda pluma refresca la memoria de los que, sacerdotes todos, abrieron las primeras escuelas públicas y los colegios mayores, y reseña los varones eminentes que en éstos se formaron, las casi milagrosas proezas de los misioneros en la reducción de los indígenas, y, en fin, los beneficios que debe nuestra sociedad a la moral cristiana. Pasados algunos años, cuando los enemigos volvieron al ataque, el mismo |Catolicismo los reprodujo con este título: |Una voz del sepulcro en defensa del clero.

Con la guerra de la tribuna y de la prensa corrieron parejas las hostilidades de los empleados públicos. No parecía sino que una manía teológica trastornaba las cabezas: comerciantes, abogadillos de pueblo, poetas imberbes, todos eran moralistas y canonistas, todos se creían con el derecho de reglamentar las cosas de la Iglesia, considerándose a tal altura que calificaban las enseñanzas de ella o repudiaban con desprecio las que les placía. En la capital, a poco de instaurado el nuevo gobierno, un fiscal tomó en un juicio por amancebamiento la defensa de los reos, echando la responsabilidad de su delito al "decrépito catolicismo que, convertido en una religión de estafa, vendía los ritos y ceremonias demasiado caras para el infeliz del pueblo". En un lugar determinó el cabildo las fiestas religiosas que podía costear la devoción de los fieles; un gobernador impuso a los curas el deber de pedir licencia a los alcaldes para ausentarse de sus iglesias, y autorizó a los alcaldes para darla; en otra provincia, al reglamentar la instrucción primaria y secundaria, se designó el Evangelio como texto de moral en las escuelas de ambos sexos y en el colegio provincial, con prohibición de usar el catecismo aprobado por los obispos, e imponiendo a las preceptoras, bajo pena de remoción, el estudio de |La educación de las madres de familia, obra harto conocida de Aimé Martin. Estas invasiones de la autoridad civil obligaban a los obispos a hacer reclamaciones y a entrar en polémicas, en que por cierto no era lo menos penoso alternar con gente cuya ignorancia era igual a su pedantería e incivilidad. Un empleado casi niño, tratando de contestar a una nota del arzobispo, se dejó decir que iba a exhibir al público las inexactitudes de ella, para que se juzgase de la ortodoxia del autor.

El poder ejecutivo y las cámaras no se quedaron atrás de los alcaldes y los cabildos. El secretario de gobierno presentó con su informe al congreso de 1851 varios proyectos de ley inaceptables para la Iglesia, y |El Metropolitano se dirigió en seguida al primero manifestándole la inconveniencia de ellos; pero sin ningún efecto, porque se sancionaron disposiciones enteramente contrarias a las doctrinas de la Iglesia. Por una quedaba su autoridad puramente espiritual sujeta al examen y calificación de los tribunales y juzgados civiles; por otra se daba, en contra de la disciplina de la Iglesia, derecho al pueblo para nombrar los curas, quedando la elección a merced de intereses lugareños y el elegido en situación inadecuada para el libre desempeño de su ministerio; por otra se dejaba al arbitrio de veleidosas asambleas la existencia de los capítulos catedrales, que no pueden faltar en las diócesis; por otra, finalmente, se defraudaban los medios de subsistencia de los dos cleros secular y regular y de varios establecimientos eclesiásticos, admitiendo la consignación en el tesoro público de la mitad de los capitales a censo, obligándose el Estado a reconocer el valor íntegro y dando por libre al censuatario | (27) . Al mismo tiempo se desenterraba un proyecto fraguado el año precedente por un aborrecedor del nombre de Mosquera, para incorporar el seminario conciliar, objeto de los desvelos y depósito de todos los ahorros del arzobispo, en el colegio nacional de San Bartolomé y volver las enseñanzas eclesiásticas al lastimero estado que tenían diez años antes; y como si esto no fuese ya de por sí harto inicuo, se coronaba la idea traspasando al poder ejecutivo todas las facultades que para la dirección del establecimiento correspondían al prelado. Por manera que no había reparo en atropellar la propiedad al mismo tiempo que la libertad de enseñanza, con tal de abrir la puerta para la corrupción o desaparición del clero | (28) .

La primera protesta del señor Mosquera relativa al desafuero eclesiástico se mandó archivar por el senado, cosa que en nuestra táctica parlamentaria es manera de indicar desdén supremo. En cambio, a ella y a las que hizo con respecto a las demás leyes, adhirieron todos los obispos y la mayor parte del clero secular y regular de la arquidiócesis; el representante de Su Santidad se dirigió al gobierno en términos muy moderados, apoyando las razones en que se fundaba la oposición de los obispos, de lo que se aprovecharon en el congreso para tratarle de una manera indigna y para sostener que el presidente debía darle su pasaporte; finalmente el Sumo Pontífice aprobó de la manera más cumplida la conducta del Metropolitano y sus sufragáneos.

El secretario de gobierno don J. M. Plata por su parte había estampado estas palabras en una contestación al arzobispo: "El gobierno no puede impedir a un prelado eclesiástico ni a ningún particular cualquiera, que proteste contra una ley que en su concepto hiera sus principios o doctrinas privadas, siempre que la protesta no envuelva la comisión de un delito: lo único que la autoridad exige, y lo que hará efectivo en todo caso es el cumplimiento de la ley escrita, respecto de cuya obediencia no permitirá la menor transgresión, ni tendrá el más pequeño disimulo. A esto debía limitarse la resolución del poder ejecutivo: a dejar al prelado metropolitano, como a todos los habitantes de la República, la libertad de protestar y de pensar de las leyes que les disgusten lo que tengan por conveniente; pero con calidad de cumplirlas inevitable o irremisiblemente en los casos prácticos que puedan ocurrir" (23 de junio). De manera que no había más sino acechar el primer caso práctico para ocasionar un conflicto, y este apetecido lance se presentó con motivo de la convocación a concurso para la provisión de los curatos vacantes. Según la ley de 27 de mayo mencionada, contra la cual protestaba el episcopado granadino, el nombramiento de curas correspondía a los cabildos parroquiales, cuerpos a que se transfería toda la ingerencia que anteriormente tenían el particular, el presidente de la República y los gobernadores; a pesar de esta circunstancia, Plata como secretario de gobierno excitó al provisor vicario general, don Antonio Herrán, encargado del gobierno eclesiástico por enfermedad del arzobispo, para que abriese el concurso | (29) . El lo esquivó hasta por cuarta vez alegando varias causas, y Plata se dirigió (1º de diciembre de 1851) para que se supliera lo que llamaba negligencia canónica del metropolitano, al vicario Capitular de Antioquia, don José Mª Herrera, anciano de escasísima instrucción, que cediendo a malas influencias, procedió de plano pidiendo al señor Herrán la relación de curatos vacantes en la arquidiócesis para convocar a concurso. Este le replicó en términos enérgicos haciéndole ver con sólidas razones lo desacertado de su proceder. Efectivamente, la ley misma, muy mal redactada, no suponía la negligencia canónica por la cual se devuelve al superior el derecho del negligente, ni la podía haber, existiendo el inconveniente insuperable de no ser lícito convocar el concurso conforme a disposiciones opuestas a la disciplina de la Iglesia; a todo lo cual se agregaba que según los términos de la ley misma eran los cánones la pauta del procedimiento, y esos no reconocen para el efecto otro superior del Metropolitano que el Papa, y no un sufragáneo. El vicario Herrera envió esta nota al gobierno, y a consecuencia de ella el vicario de Bogotá fue encausado y reducido a prisión (11 de marzo) | (30) , en circunstancias en que por mala salud se había retirado del despacho y encargádose de él como provisor interino el señor canónigo don Domingo A. Riaño. Plata, que no tenía por qué saber de estas cosas, como que su profesión era el comercio, y además se reía de los cánones | (31) , requirió al nuevo vicario (13 de marzo), olvidando que en su concepto el derecho del Metropolitano o del que lo representaba, se había devuelto al vicario de Antioquia, y que por tanto, conforme a sus principios, era absurdo pedir al otro que hiciera la convocatoria. Pero mientras obraba así a tontas y a locas, llega el edicto del vicario Herrera y se publica en la |Gaceta (27 de marzo). El arzobispo, que vio invadida su jurisdicción, rechazó denodadamente el atentado conminando con excomunión mayor |latae sentetiae a los eclesiásticos que prestasen obediencia al edicto del intruso (29 de marzo).

Con anterioridad (22 de marzo) había pasado el secretario de gobierno a la cámara de representantes todos los documentos relativos a las reclamaciones y protestas del episcopado, los que fueron puestos en manos de una comisión para su examen. Mientras ésta evacuaba el informe, salió el edicto del arzobispo sobre los procedimientos del vicario de Antioquia, y denunciado a la cámara por uno de sus miembros, se pasó a otra comisión. La primera presentó por todo informe un proyecto de separación completa de la Iglesia y el Estado, y como el que llevó la voz era también de la segunda comisión, se pensaba que éste sería el giro que iba a darse a la cuestión; mas no fue así, porque el 11 de mayo se leyó el informe en que la última comisión proponía se acusara ante el senado al arzobispo no sólo por el edicto sino por las protestas. El 14 de mayo, después de largas discusiones, se admitió la acusación por veintisiete votos contra quince. Al día siguiente se votó a la carrera en segundo debate, y se nombró el miembro que debía sostenerla. El 18 se presentó éste en el senado, y leído que hubo la acusación, se eligieron los tres que debían informar sobre ella. No es de olvidarse que quien más votos obtuvo fue el doctor Joaquín José Gori, ya porque quisiesen sus nuevos copartidarios someterle a esta prueba, ya porque se complaciesen en ver entre los acusadores del arzobispo a quien había figurado como uno de los sostenedores de la religión en 1830 y en 1840, y alcanzando de muchos eclesiásticos en 1848 el renombre de nuevo Ciro que iba a devolver los vasos al Templo. Si así pensaron los que lo eligieron, no quedaron defraudados sus deseos, pues servilmente apoyó todos los cargos del acusador, y concluyó proponiendo se declarase haber lugar a seguimiento de causa; preludio del encono que en calidad de fiscal de la nación había de mostrar contra los demás obispos y en todas las cuestiones eclesiásticas que por entonces se trataron.

Aprobada por el senado la proposición de la comisión, el secretario, don Medardo Rivas, lo notificó al arzobispo por medio de una comunicación; pero habiéndosele manifestado que debía hacerlo personalmente, se negó a ello, diciendo que si el secretario del senado debía hacer las veces de escribano, renunciaba al destino; contra todas las reflexiones que allí le hicieron para hacerle cejar, persistió en su determinación, e igual conducta observó el oficial mayor al cual llamaron para reemplazarlo. Entonces el senado nombró secretario a uno de sus miembros, quien asociándose a otro de sus colegas y a un representante, desempeñó gustoso este que llamó patriótico servicio. Con gran pesar, sin duda, tuvieron que poner la boleta de notificación en manos del mayordomo del arzobispo, porque el médico, con quien casualmente se encontraron, les ratificó lo que de todos era sabido, que el señor Mosquera estaba gravemente enfermo.

Conforme a la ley de 25 de abril de 1845 (cuya historia bosquejamos en otro lugar), esta notificación debía producir el efecto de que el arzobispo se reconociese suspenso de sus funciones y procediese a nombrar vicario general, cosas que por ningún caso podía hacer, y así lo declaró al senado: "Si por una fatalidad deplorable, decía, se pone en contradicción la ley civil con la ley canónica sobre materias eclesiásticas, ¿qué deberá hacer un obispo, que es en su diócesis el depositario y el guardián de la potestad, de los derechos y de la disciplina de la Iglesia? La misma Iglesia le tiene trazado el camino que han seguido otros obispos, y del que no puede desviarse" (26 de mayo). Como se leyó este oficio al día siguiente, el mismo senador que hacía de secretario propuso el extrañamiento del arzobispo y la ocupación de temporalidades, proposición que después de un corto debate fue aprobada por todos los liberales. El secretario de gobierno ordenó al gobernador previniese ese mismo día al desterrado que debía ponerse en marcha para fuéra de la República inmediatamente.

Así terminó este juicio en que se ostentaron igualmente el fanatismo del sectario ansioso de humillar a un prelado insigne y el furor del revolucionario que no para hasta herir en lo más vivo la prenda más querida de su enemigo. Las comisiones de las dos cámaras se desentendieron completamente de las importantes cuestiones que se les ofrecían, y en que hubieran podido lucir ciencia jurídica y constitucional. Con un poco de amor a la justicia hubieran recordado la obligación impuesta por la Constitución al poder público de proteger el ejercicio de la religión, y de mantener en su vigor la disciplina de la Iglesia, conforme a la ley de patronato; hubieran recordado que esta ley, subordinando el derecho de patronato a la celebración de un concordato, reconocía que nada podía innovarse en el particular; y finalmente, que la misma ley daba fuerza de tal a los cánones y que por lo mismo el arzobispo, acomodándose a ellos en este caso, no infringió la ley civil | (32) . Los miembros de la oposición, y muy particularmente don Antonino Olano y los dos eclesiásticos don Pablo Agustín Calderón y don Severo García, con claridad y copia de buena doctrina alegaron éstas y otras muchas consideraciones en defensa de la justicia; pero la determinación de los jueces estaba irrevocablemente formada. Maña antigua de los demagogos, que designan de antemano sus víctimas, y careciendo del valor de los tiranos, para mejor asegurar el golpe, se emboscan en leyes y fórmulas de juicio que ellos son los primeros en despreciar.

La orden apremiante de ponerse inmediatamente en marcha, comunicada por el gobernador al arzobispo, se hubiera llevado a efecto, aun sacándole quizá con una escolta, a no haber intervenido los buenos oficios del ministro francés, el barón Goury du Rosland, quien hizo valer en favor de la humanidad las consideraciones que se deben a un moribundo. Gracias a esto pudo permanecer algunos días más en su palacio, hasta que, algo aliviado, se halló en capacidad de ponerse en camino. ¿Pero de qué manera? Sacado de la cama en brazos de sus familiares fue colocado en una silla de manos que debía conducirlo a casa de su amigo don Mariano Calvo, situada en las afueras de la ciudad. A nadie se dio noticia de la salida. Era la una de la tarde, y la silla de manos atravesó la población de oriente a occidente, sin más acompañamiento que un caballero que con ojo vigilante va cuidando de que ni amigos ni enemigos lleguen a reconocer a la ilustre víctima y le causen una impresión que le sería funesta: este caballero era el doctor Cuervo. Al día siguiente (20 de junio) continuó su viaje llevado a hombros en una camilla, y atravesando así la fatigosa montaña, se detuvo en Villeta algunos días buscando fuerzas. Hasta aquí vino con él el doctor Cuervo, y su separación fue triste como la de los antiguos y leales amigos que presienten no volverán ya más a verse sobre la tierra.

En los pocos meses que siguieron, por igual motivo fueron acusados ante la Corte Suprema el obispo de Santa Marta, que rendido al dolor de ver así perseguida la Iglesia, dio el último aliento antes de terminarse su juicio; el de Cartagena, de quien dijo el fiscal Gori: "Parece que el señor doctor Torres pretende ser mártir, y no será sino un delincuente, a quien como tal pintará la historia" | (33) y por último el de Pamplona, de ochenta y cinco años de edad, a quien a las cinco y media de la tarde, la víspera de su salida y mientras arreglaba su pobre equipaje, se le presentó un ministro de justicia a notificarle un mandamiento ejecutivo por diez y seis pesos, cinco reales y treinta y cinco céntimos a que montaba la contribución directa por el plazo vencido cuatro días antes; y sin dar oídos a sus reclamaciones en momentos tan angustiosos, le sacaron con multas y recargos cuarenta pesos.

Todas estas villanías se compensaron no sólo con los testimonios de amor y veneración que los desterrados recibieron de todos los buenos católicos de su patria, sino con las manifestaciones de simpatía y admiración que se les prodigaron en el exterior. El señor Mosquera, al momento que arribó a Nueva York, fue visitado por el arzobispo de esta ciudad y por otros arzobispos y obispos de la gran República que venían a conocerle y consolarle; el clero y los fieles de aquella ciudad se congregaron para probarle su acatamiento, y en una gran reunión le ofrecieron un rico anillo, por cuyo interior corría esta inscripción: |Emmanueli Josepho Mosquera Confessori Fidei. |Neo-Eboraci. 1853. Y ¿quién ignora los homenajes que, vivo, se le rindieron en Amiens, y, muerto, en Marsella? Al señor Torres le alojó en su palacio el arzobispo de Lima, y el gobierno, viendo en él así a un expatriado venerable como al antiguo compañero del Libertador, le asignó una pensión mensual de doscientos pesos. Para dar idea de la acogida que tuvo en Venezuela el señor Torres Estans, nada más propio que la siguiente relación que tomamos de un periódico contemporáneo:

"Al cabo de diez y siete días de una marcha penosa, ya a bestia, ya en silla de manos, llegó a las orillas del Táchira, que nos separa de Venezuela. Notable y en cierto modo extraordinario era el espectáculo que presentaban las dos riberas de este río. Ellas se veían cubiertas, la una de granadinos, la otra de venezolanos; unos y otros agitados por sentimientos diversos, pero favorables al prelado y a la causa que defiende. Veíanse pintados en los semblantes de los granadinos, que guardaban silencio, el dolor y la indignación que producen siempre las grandes injusticias. Los venezolanos se mostraban alegres y contentos de recibir en su patria al ilustre huésped. Desde las orillas del río hasta la villa de San Antonio, el camino estaba cubierto por ambos lados de multitud de gentes de todos sexos y edades, que por medio de cohetes, de música, de flores y de arcos mostraba sus simpatías por el proscrito, y le daba a entender muy claramente que estaba en un pueblo amigo, creyente y por tanto civilizado y hospitalario. Rodeado de las autoridades de la villa y en medio de los vivas y aclamaciones de la gente, llegó a la plaza en donde se redoblaron las señales de respeto, de simpatía y de gozo, y luégo se le condujo a la casa cural, que había sido preparada de antemano para recibirlo. En el acto se presentaron el concejo municipal y demás autoridades no sólo con el fin de felicitarle sino también de ofrecerle, como lo hicieron en hermosos discursos, la más amplia y generosa hospitalidad." | (34)

Desembarazados de los obispos, pretendieron algunos revolver las cosas de la Iglesia e introducir la anarquía, sobre todo en la metrópoli, ora fuese por mera malignidad, ora por la esperanza de adelantar con la revuelta. Para esto empezaron a propagar escritos encaminados a deprimir la autoridad de la Santa Sede y sembrar la idea de una iglesia nacional, e igualmente a dar por nulo el nombramiento de vicarios hecho por el arzobispo ocho días antes de su salida de Villeta, pretendiendo que era llegado el caso de que el Capítulo Catedral hiciese otro nombramiento | (35) . No menos convenía a estas miras el desconceptuar al señor Mosquera haciéndole culpable de la situación de la Iglesia, y presentándole como indigno del amor y sentimiento de sus ovejas; en lo cual estaba también muy interesado el gobierno para sacudir de sí la odiosidad de sus medidas perseguidoras. En esta satánica empresa fue el brazo más poderoso un canónigo de Bogotá, don Manuel Fernández de Saavedra, a quien señalaban ya con el dedo como autor de los escritos a que arriba hemos aludido, y que descollaba entre los demás clérigos, por fortuna bien pocos, que en esas circunstancias se habían puesto del lado de los perseguidores. Desde mucho tiempo antes había sonado su nombre como intransigente y fomentador de las pasiones populares: en 1823 se le siguió una ruidosa causa por haber firmado, como cura vicario de Facatativá, junto con los alcaldes y en primer lugar, un bando por el cual se imponían penas arbitrarias al vecino que dentro de tercero día no diese cuenta al cura y alcaldes de las personas de fuéra que alojase en su casa, y decretaba la expulsión del alojado si no presentaba documentos o testigos de su cristiandad y buenas costumbres; en 1830 fue de los más calurosos predicadores de los |religioneros, como llamaron a los vencedores del Santuario; el mismo papel hizo en 1840, en que recorría los cuarteles y las calles exhortando al exterminio de los facciosos, a los que designaba con el nombre de |jenízaros, y publicaba continuamente hojas para enceder el entusiasmo público; en fin, fue siempre incansable ariete de los "melosos secuaces del tolerantismo". A pesar de su erudición indigesta y de un gusto muy poco acendrado que podría en ocasiones calificarse de gerundiano, gozaba de alto concepto como predicador, a lo que contribuía no poco la especie de que el doctor Margallo, estando para morir, le había encomendado que lo reemplazara en el ejercicio de la cátedra sagrada. Lo cierto es que su oratoria tenía más de relumbrante que de sólida, y que fascinaba al vulgo con una declamación teatral y una voz áspera y regañona. A medida que con las predicaciones del señor Mosquera y luégo con las de los jesuítas fue adquiriendo el público una idea algo más elevada de la elocuencia del púlpito, la reputación de Saavedra fue decayendo, hasta el punto de verse casi abandonado de sus apasionados y encontrarse con que las mujeres que se alistaban bajo su dirección en una numerosa cofradía, desertaban de su auditorio para engrosar el de los jesuítas. Estos desengaños y lo poco que le parecía adelantaba en su carrera exasperaron su carácter violento y le hicieron entregarse a ojos cerrados a los enemigos de la Iglesia, aunque esquivando siempre dar la cara; tal que ni se defendió jamás de los cargos directos que se le hacían, ni se confesó culpado para reparación del escándalo y desagravio de la justicia. Este hombre fue el instrumento de que se valió el gobierno para dar lo que se figuraba sería el golpe de gracia en la cuestión religiosa | (36) .

El 19 de octubre salió anónimo de las prensas oficiales y costeado de las rentas públicas un folleto titulado |El arzobispo de Bogotá ante la nación, que se distribuyó gratis en el local de las secretarías de Estado, se circuló profusamente dentro y fuéra del país bajo el sello de la secretaría de gobierno, y se hizo leer en los pueblos el domingo después de misa mayor con recomendación de que se guardase cuidadosamente en los archivos. Comenzando por la elección del arzobispo, que calificaba de ilegal y anticanónica, discurría luégo por toda su vida hasta el momento en que partió de Villeta; nada perdonó; los actos más honrosos de su vida fueron convertidos en marcas de ignominia; donde faltaron hechos, los suplió la calumnia: en pocas palabras, una de las glorias más puras de nuestra patria vino a ser |un truhán; |un tránsfuga y |desertor de su iglesia; |un malvado a quien el hábito del crimen ha extinguido hasta el último sentimiento de moral! ¿Qué mucho, pues, que ahí mismo se deprimiera de camino al clero fiel y se hiciera pasar a las señoras de Bogotá por mancebas de los jesuítas? Desde el punto en que apareció esta publicación, nadie dejó de llamarla |el cuaderno de Saavedra.

Indescriptible fue la indignación que produjo, y todos aguardaban con ansia un vengador que hiciera trizas al calumniante. Pero fue corta la expectación: un empleado de la secretaría del interior y relaciones exteriores, antes de llevar las pruebas de imprenta a Saavedra, las hacía ver al mejor amigo del proscrito, al doctor Cuervo así; no obstante su extensión y el sigilo con que se imprimía, pudo salir a los diez días la |Defensa del arzobispo de Bogotá, llenando de satisfacción a todos los hombres honrados. Distribuyóse también gratis; las ediciones se repitieron con suma rapidez, y nuestra casa no se desocupaba de personas que iban a solicitarla; luégo que cundió fuéra la noticia, llegaban en su busca propios de lugares distantes, pues el correo detenía los ejemplares | (37) . En Popayán hizo otra edición don Joaquín Mosquera, que se arrebatan con igual ansiedad en el sur de la República. En todas partes se firmaban adhesiones a la obra del doctor Cuervo; de manera que su nombre vino a ser como el centro a que convergían los sentimientos de todos los buenos católicos y de cuantos rechazaban la alevosía oficial, defiriendo a su testimonio, como al más autorizado, las altas dignidades de la Iglesia con el clero y el pueblo fiel, sin distinción de grandes ni pequeños. No sólo a la oportunidad debió este escrito su extraordinaria acogida: la generosidad del amigo que acude a la defensa del amigo desgarrado por un alevoso tan pérfido cuanto temible; la posición elevada del defensor que desvanecía toda sospecha de querer abrirse campo o buscar aplausos; la autoridad del testigo que había tenido honrosa parte en los hechos que rectificaba; la claridad y magisterio con que se dilucidaban los puntos legales y canónicos; la soltura y gracia del estilo, y el tino y discreción con que se empleaban en contra del mal encubierto autor las armas suministradas por su vida veleidosa: todo esto hizo de la |Defensa del arzobispo una obra digna de su objeto, y que pasados tántos años se lee todavía con interés | (38) .

El doctor Cuervo quedó igualmente pagado del aplauso de sus amigos que de la ira con que los calumniadores encubrieron su vencimiento. "Yo he tenido la gloria", escribía al arzobispo, "de ser el único a quien se haya atacado y de haber visto cumplido el doble objeto que me propuse al escribir la defensa de usted: primero, que se embotaran en mí los tiros que se lanzaban contra usted, y segundo, que la verdad de mi testimonio triunfara, aunque mi persona y mis opiniones fueran maltratadas. He tenido el gusto de que nadie haya contradicho alguno de los hechos que afirmo, y éste ha sido mi triunfo. En cuanto a principios, nuestro desacuerdo es natural, lógico, necesario: esos señores son ateos, y yo soy católico. Por lo demás, me he reído de los insultos e inepcias que me han dicho, y hasta del aumento de contribuciones y empréstitos con que se ha querido castigar mi franqueza."

Que el gobierno prohijara una obra dictada por la envidia, el rencor y mil pasioncillas mezquinas, sin mérito alguno literario ni científico, sería muy fácil de concebir si sólo se hubiera pensado en producir efecto entre los miembros de las Sociedades Democráticas u otras personas de igual altura intelectual y moral; mas no se ciñó a esto, sino que transmitió el libelo a los agentes diplomáticos de la República para que lo presentasen en centros más cultos, y ajenos al frenesí que lo había engendrado. La mayor parte no se atrevió a cumplir la orden. El que estaba en Santiago de Chile, que se había propuesto dar a conocer el movimiento político de sus copartidarios, valiéndose de la amistad del redactor en jefe de |El Progreso, "insertó el famoso folleto denominado |El arzobispo de Bogotá ante la nación. ¡ Allí fue Troya! Alarmóse el gobierno y alborotáronse clérigos y pelucones con aquel |crescendo democrático. Motivo por el cual la imprenta de |El Progreso fue cerrada por la policía de orden de la autoridad." Con estas palabras refiere un escritor liberal lo que pasó en Santiago | (39) . Si con la expresión |crescendo democrático aludía el autor a los retozos democráticos del Cauca, no hay duda que es felicísima, porque esos azotes y asesinatos son preludios armónicos de la maldad de publicar en país extranjero un zurcido de calumnias, ya concluyentemente rebatidas, contra la sociedad entera de la patria.

En compensación de este escándalo el arzobispo y el clero de Santiago, con un gran número de las personas más condecoradas en la política, en la magistratura y en las letras, dirigieron una manifestación de veneración y simpatía al señor Mosquera, la cual hizo llegar a sus manos en Nueva York el ministro de Chile, acompañándola de una nota empapada en los mismos sentimientos.

A la inquietud que causaban los desbordes de las Democráticas y la persecución religiosa, se agregó, para hacer este período "el más agitado en los veintidós años de la vida política de la Nueva Granada" (como decía en su último informe al congreso el secretario de gobierno), se agregó, decíamos, el desorden que hasta los pueblos más distantes llevaron la ignorancia del arte de gobernar y la manera disparatada con que se entendía el sistema democrático. En comprobación de este juicio vendrán, para no citar otras cosas, la ley de descentralización de rentas y el ensanche del poder municipal. Por la primera se desprendía el gobierno de la nación de ciertas rentas en favor de las provincias, dejándoles libertad para hacer de ellas lo que a bien tuviesen y para arbitrar los demás medios de subsistencia; pero precisamente las principales entre las rentas cedidas eran aquellas contra las cuales más se había declamado, como el diezmo, cuya injusticia se ponía por las nubes, y el monopolio del aguardiente, que con todos los monopolios había sido blanco de muchos ataques, desde que se tomó esta cantinela contra el gobierno de Mosquera. Las cámaras de provincia, que no querían pasar por retrógradas, abolieron todas las contribuciones desconformes, en su sentir, al espíritu del siglo, y crearon otras nuevas, que sólo por lo nuevas, ya que no hubiera otras causas, se recibieron con desagrado, y en varias partes no dieron ni con mucho lo suficiente para los gastos. Sobre todo sucedió esto con la contribución directa, tipo de perfección, según las ideas de entonces: como no había catastros ni modo de saber con precisión lo que cada cual tenía, se cometieron injusticias monstruosas, tal que en alguna provincia hasta se hizo una asonada para resistir el pago, y en otra fue llamada esta imposición el azote del pueblo; ni faltó el caso de otra provincia en que, al cesar las contribuciones viejas, no se había podido organizar en forma el reemplazo. Como además se crearon muchas provincias, hasta llegar a treinta y cinco, los gastos se aumentaron, y al mismo compás los impuestos, de suerte que ''el sacrificio de los contribuyentes se invertía con pocas excepciones en el pago de miserables pero numerosos sueldos'', sin que pudiese ''apropiarse suma alguna para la construcción de cárceles, puentes caminos, para establecer casas de educación y beneficencia, para objetos de aseo y ornato en las poblaciones, para la instrucción primaria, ni para objeto alguno que no sea absolutamente indispensable para que exista la provincia, como es el pago de sueldo de los empleados.''

Mayor fue el caos a que vinieron a dar los pueblos, sacrificados al mentiroso axioma de que cada uno es el mejor juez de lo que le conviene, no de otra suerte que entre los egipcios se inmolaba un toro a una mosca. Investidos los cabildos de amplías facultades para hacer y deshacer en todos los ramos del servicio municipal, estos cuerpos, compuestos en su mayor parte de sujetos que no sabían leer ni escribir, no tenían idea de nada mejor ni otro criterio que el interés o las aficiones privadas. Quedando, pues, a su cargo el nombramiento y deposición de los maestros de escuela, se vieron a cada paso en este puesto individuos incapaces, cuales podían escogerlos semejantes jueces, y con asignaciones tan mezquinas como que debían salir directamente de la bolsa de los vecinos que las fijaban: cuando se acertaba una elección, venían luégo las ojerizas lugareñas y hacían remover al maestro, o bien se presentaba otro que se ofrecía a desempeñar el cargo más barato, y se llevaba la preferencia, aunque fuera menos hábil. En todo tiempo la instrucción primaria ha ofrecido entre nosotros dificultades sin cuento, en las que se han estrellado casi siempre las intenciones más sanas; ni podía ser de otro modo, dado que los focos de cultura que quedaron al tiempo de la emancipación eran muy cortos y esparcidos a grandes distancias en medio de espesas tinieblas; por manera que para hacer penetrar la luz hasta ellas fuera menester un esfuerzo tan tenaz como perseverante, cosa que han imposibilitado las borrascas de barbarie con que las revoluciones han hecho oscilar aquellas lamparillas del saber. Con maduro juicio todos habían pensado hasta entonces que la luz debía difundirse desde esos focos, sin que a nadie se le ocurriera que la barbarie de por sí pudiera trocarse en civilización. Que el ensayo causó a la instrucción primaria increíble retroceso, lo testifican lo trenos con que lamentan su decadencia el presidente y el secretario de gobierno en sus últimos mensajes al congreso | (40) .

Suerte parecida a la de los preceptores cupo a los curas, donde las cámaras de provincia, aboliendo los derechos de estola, sometieron a los cabildos el sostenimiento del culto. Las más veces fueron los sueldos tan ruines que los gobernadores se vieron asediados por las reclamaciones, y otras la malevolencia corría parejas con la mezquindad: acá se entremetía el cabildo a nombrar de por sí sacristán, cantores y monaguillos, allá se dictó una especie de código penal para castigar con multas al cura todas las voces que infringiese las obligaciones que ahí mismo se le imponían; en otras partes a fuerza de contribuciones reducían a nada el dichoso sueldo. Bien es verdad que en el reparto de estas contribuciones padecían todos los vecinos indecibles injusticias y como no siempre los más poderosos se quedaban con las manos cruzadas, el temor de su venganza hizo que toda la carga recayera sobre la gente pobre y desvalida. Para sellar la burla, los cabildos eran irresponsables, y cuando se les recordaba la obligación legal de mantener escuela, alegaban que por mayoría de votos se había negado la fundación, y ahí paraba toda la acción de la autoridad superior con el mismo arbitrio eludían dar cuenta de las rentas cuya administración estaba a su cargo | (41) .

Mayor, si cabe, fue el golpe que recibió la instrucción secundaria y profesional. La ley de 15 de mayo de 1850 no sólo declaró innecesarios los títulos académicos para desempeñar un empleo o profesión, sino que los envileció no exigiendo para obtenerlos otra cosa que un examen en las materias peculiares de cada profesión. Con esto pasaban los jóvenes de las escuelas de primeras letras al estudio de la jurisprudencia o de la medicina, sin haber saludado las humanidades ni la filosofía. "Los conocimientos que hoy se tienen en matemáticas, en física, idiomas, química, botánica y otras ciencias", decía el secretario de gobierno al congreso de 1853, "se deben en la mayor parte a que antes de 1850 se exigía para obtener el título de doctor haber hecho algún estudio de ellas. Son muy pocos los jóvenes que hoy dedican algún tiempo al estudio de las materias que he mencionado, porque no son objeto de examen, y no hay uno solo de los que obtuvieron sus grados antes de 1850, que no tenga algunos conocimientos en ellos." Con las nociones superficiales que podían obtenerse sin esta preparación necesaria, se presentaban en breve a optar un título de doctor, confiados en la lenidad de los examinadores, quienes persuadidos a su vez de que el grado ni valía nada, ni había de servir para nada, lo otorgaban con la mayor facilidad. Con tal frescura iban los estudiantes, que sucedió presentarse a examen uno que no pudo responder palabra y calló a todo como un leño; hecha consulta entre los examinadores, hubieron de parodiar el conocido axioma del |Arte de tocar las castañuelas, determinando que no podía darse calificación, porque del que no lo había hecho no podía decirse que lo había hecho ni bien ni mal. Nada pues tenía de extraño que en tiempos posteriores ser |doctor de 1851 fuera una de las recomendaciones menos apreciables de un letrado.

No paró aquí la destrucción: el Colegio Nacional (corno se llamó a la Universidad) se vio en tal extremo de escasez, que a principios de 1853 propuso la junta de gobierno al poder ejecutivo que cerrase el establecimiento para que no continuaran gravándose sus rentas con los sueldos que devengaban los empleados y que no podían pagarse. Si por el momento no llegó a cerrarse, fue menester despedir a todos los alumnos internos por falta de fondos para pagar al que suministraba los alimentos, y suprimir los pasantes, de modo que no había quien invigilara la conducta de los estudiantes. La misma junta de gobierno tuvo que proponer (abril de 1853) que se declararan suspensas por dos años las escuelas de jurisprudencia y medicina o por lo menos una de ellas. Todo esto provenía de que el gobierno no pagaba un cuarto de las cuantiosas sumas que debía al colegio, entre ellas la de más de siete mil pesos duros que tenía éste en caja y que el gobierno hizo depositar en el tesoro público | (42) . ¿Pero qué mucho, si a pesar del superávit que hubo en las rentas en 1850, fue creciendo el déficit en los tres años siguientes con una proporción verdaderamente lastimosa? A 2.250.000 pesos llegaba en 1853.

Incorporado el seminario al Colegio Nacional, vino a tal deterioro su edificio, que lo reputaba el rector del segundo como posesión gravosa, y habiendo querido arrendarlo, no se halló postor, por más carteles que se pusieron | (43) .

El colegio de La Merced se cerró una vez por la poca confianza que inspiraban las personas encargadas de su dirección; su local se destinó para hospital de coléricos en caso de que llegase este azote, y aun cuando se abrió de nuevo en 1851, se vio precisado el gobernador de la provincia a acudir a la generosidad pública para que no se acabara.

La ley de redención de censos de que hemos hecho mención en otro lugar, causó a todos los establecimientos de educación y de beneficencia perjuicios cuyas consecuencias todavía se lamentan hoy.

Si hay en la administración pública cosa que deba mantenerse lejos de las influencias y caprichos provinciales, son sin duda los tribunales y juzgados, pues colgando de su estabilidad e independencia lo que más de cerca toca a los ciudadanos, que es su propiedad, es preciso no dejar a la codicia y la mala fe resquicio por dónde meter la mano y torcer la justicia. El secretario de gobierno, en el informe que tánto nos ha servido para conocer  esta época, pinta los amaños de que se valían las cámaras de provincia, o mejor dicho los que tenían interés en ello, para burlar, apoyados en leyes recientes, la disposición constitucional que hacía a los jueces inamovibles por seis años, a menos de ser legalmente acusados y sentenciados: ora se expendía una ordenanza para suprimir el tribunal y agregar la provincia a otro distrito judicial, con que de hecho cesaban los jueces; ora, por el contrario se decretaba la creación de tribunal en la provincia, y así pasaban los expedientes a otras manos. En cuanto a los juzgados de circuito, bastaba para cambiar el juez señalar un lugar distinto para su residencia, dar al circuito otro nombre o hacer alguna modificación insignificante en sus límites; así las cámaras quitaban y ponían jueces a su gusto, y ellos, a fin de conservar el puesto, tenían que captarse su benevolencia con medios no siempre decorosos. Por éstas y otras razones el presidente hizo al congreso de 1852 una pintura negra de la administración de justicia, "cuya debilidad de acción se siente cada día más"; "falta la sanción moral, añadía, que supliendo la carencia de buenos códigos judiciales, mantenga a los jueces en el camino del deber, y sostenga su celo cuando flaquee." De aquí se originó una "vergonzosa" reyerta con la Corte Suprema, que protestó contra el mensaje presidencial, y pretendiendo ver en tales palabras el empeño de deprimir al poder civil, retorció el cargo, diciendo al presidente: "¿Quién ha indultado a famosos asesinos y criminales, arrancándolos de las manos del poder judicial, enervando así la acción saludable de la justicia pública?" Lastimado López con esta acrimonia, renunció la presidencia, ante el congreso; pero, natural es pensarlo, éste no accedió a sus deseos.

Entre las pocas instituciones que resistieron al soplo asolador, citaremos el Colegio Militar y las cajas de ahorros. Estos últimos establecimientos Se habían ido extendiendo y multiplicando con creciente prosperidad. En octubre de 1848 los había en Antioquia, Bogotá, Buenaventura, Cartagena, Cartago, Cúcuta, Chocó, Mompós, Pamplona, Panamá, Popayán, Ríohacha, San Gil, Santa Marta y Tunja, y entre todos tenían una existencia de 1.913.805.45 reales. Después se fundaron otros, pero las más veces cómo anexos a las Democráticas. Muerto el espíritu público con el gobierno de partido de López y Obando y con la dictadura de Melo, consecuencia natural de uno y otro, y enervado el poder público con el desbarajuste precedente no menos que con erróneas ideas políticas. todo aquello se fue acabando, y a nadie se le ocurrió anudar las tradiciones de la administración progresista y vigorosa que tántos bienes produjo de 1832 a 1849 | (44) .

Al llegara este punto y releer las páginas antecedentes, nos sentimos como sobrecogidos de espanto, viendo el pavoroso cuadro que hemos trazado, y nos acomete el temor de que alguien nos acuse de haber faltado al candor histórico, dejándonos arrebatar por el empeño de acriminar a un partido político, hasta el punto de no poner sino sombras y olvidar los puntos luminosos. Sin embargo, serena nuestra aprehensión el convencimiento de no haber escrito cosa alguna que no esté apoyada con documentos fehacientes, con el testimonio de los que presenciaron los sucesos y con nuestros recuerdos personales. Por otra parte, visibles quedan aún las ruinas que atestiguan el gran desastre que entonces padeció nuestra patria; y al escribir la historia, no es culpa del historiador si sólo se ofrecen a sus ojos escenas de abatimiento, anarquía y destrucción. Lejos de nosotros marcar a todos los vencedores de 1849 con el título de demagogos desalmados: al lado de hombres sumamente corrompidos había otros cuyas intenciones pudieron ser inocentes, pero que extraviados por teorías quiméricas, causaron también gravísimos daños. Nadie puede poner en duda los buenos deseos del general López; en varias ocasiones trató de evitar el mal y sobreponerse a pretensiones indebidas, y aun viendo que sus esfuerzos eran estériles, llegó a tener escrita su renuncia para abandonar el puesto, en los momentos de mayor exacerbación de los suyos, poco antes de estallar la revolución de 1851 | (45) . Pero él, como otros de igual índole, corrió la suerte que cabe en las tormentas políticas a los caracteres débiles, que no siendo capaces de figurar en primera línea y dirigir los sucesos, paran en instrumentos de los más audaces. Dejemos empero de escudriñar las intenciones y pongamos los ojos en los resultados, que son los que en el criterio de los pueblos sirven para apreciar la bondad de los gobernantes. A los que creyeron en las pomposas promesas de dicha y rehabilitación social; a los que escucharon el insultante desprecio con que se hablaba de los gobiernos anteriores, proclamando en prosa y verso que con el 7 de marzo la nación se había trocado de esclava en señora y de débil en potente; a los que, viendo en el exterior los discursos y leyes que a tambor batiente publicaban los agentes del gobierno, llegaron a formarse el concepto de que nuestro país era el más avanzado en efectivas reformas democráticas: a todos éstos les bastará mostrarles las clases pobres arrancadas del trabajo honrado y lanzadas al crimen o al motín para llevarlas luégo a perecer lastimosamente o en el cadalso o en las playas insalubres | (46) ; mostrarles las poblaciones vejadas y esquilmadas por tiranuelos microscópicos; exhausto el tesoro público y olvidado casi el progreso nacional, abandonada y viciada la instrucción pública, decaída la administración de justicia, pervertido el sentimiento moral y la religión perseguida y vilipendiada, para que, viendo convertido en ruinas casi todo lo que antes existía, exclamen con Hamlet: |Words, words, words. Sí, todo el bien prometido y publicado no fue sino palabras, palabras, palabras.

 

(1)  Para mayor abundamiento, agregaremos a lo dicho en otro lugar algunas noticias sobre la influencia de Bentham en la revolución española de 1820 y sobre los motivos que le hicieron simpático en América. Recién abiertas las Cortes les dirigió una carta sobre los inconvenientes de establecer una cámara alta, la que fue leída en ellas con fervientes aplausos; también se leyó en la sociedad patriótica del café de la Cruz de Malta, que, entusiasmada, envió a su autor el diploma de miembro honorario. Poco después Argüelles le consultó sobre la institución del jurado, y el Conde de Toreno, que le proclamaba lumbrera de la humanidad, sometió a su examen el |Proyecto de código penal, lo que dio materia a siete extensas cartas del jurisconsulto inglés. Calatrava, el principal entre los redactores del |Proyecto, ensalzaba en las Cortes la humanidad, la filantropía y el genio sublime de Bentham. De esta manera el que era abominado en Inglaterra como caudillo de los radicales, vino a ser legislador de España, según lo advierte el traductor francés de estos opúsculos ( |Essais |de Jerémie Bentham sur la situation politique de l'Espagne, página 179: París, 1823). En lo más vivo de la influencia del liberalismo español, a mediados de 1821 con la primera avenida de libros españoles, llegó la traducción de Bentham a Bogotá (Groot, |Hist. ecles, y civ., tomo III, página 143). La aceptación que tuvo estaba preparada, pues él era conocido de los primeros hombres de nuestra revolución, en el concepto de que aunaba en sus simpatías a los liberales de España y América; simpatías tan sinceras, que por ese tiempo hacía valer todo su influjo para que la metrópoli emancipase a sus colonias ( |The works of Jeremy Bentham, published under superintendence of his executor, John Bowring, tomo X, páginas 514-515. Véase además la curiosa carta de Bentham a Bolívar, fechada el 13 de agosto de 1825, en las Memorias de O'Leary, tomo XII, página 265). Grande amigo de Miranda, le redactó antes de partir éste para Venezuela en 1810 una ley de libertad de imprenta, y proyectaba él mismo hacer un viaje a este país. Miranda, que le consideraba como uno de los principales apoyos de la libertad americana, le daba parte de sus empresas (véase la citada edición de Bentham, páginas 458, 552). El |célebre escritor a quien Nariño cita de memoria en el proyecto de Constitución que presentó al congreso de Cúcuta, para sostener que no debía haber sino una sola cámara, es el mismo Bentham en la carta a las Cortes, arriba mencionada, y que sin duda vio en España traducida por don José Joaquín de Mora. Finalmente diremos que este liberal español, benthamista fervoroso, que al anunciar aquella traducción en |El Constitucional de 18 de agosto de 1820 hizo pomposo elogio de su ídolo, fue el primero que enseñó en Chile sus doctrinas (J. V. Lastarria, |Recuerdos literarios, página 24).
La redacción francesa de Dumont ha tenido escasa circulación entre nosotros; y así nos parece fuéra de toda duda que sin el entusiasmo de los españoles por Bentham, gracias al cual sus obras se vulgarizaron e hicieron accesibles a la juventud colombiana en circunstancias tan especiales, acaso no salieran entre nosotros del gabinete de los doctos ni se convirtieran en bandera de partido a título de ser cosa de patriotas y liberales.
(2) Es tipo acabado de estos revoltillos la siguiente lista de brindis propuestos en un banquete reformista celebrado en Limoges en enero de 1848: ''Por la soberanía del pueblo; Por la libertad, la igualdad y la fraternidad; Por la organización del trabajo; Por la solidaridad humana; Por la instrucción nacional; Por el problema pacífico del proletariado; Por la libertad de imprenta; Por el sufragio universal; Por el porvenir religioso de la humanidad; Por la propiedad y la familia; Por Jesucristo; Por el triunfo de la libertad; Por el pueblo. El periódico titulado |Le Peuple da en los términos siguientes noticia de un Banquete religioso y social celebrado ''en memoria del nacimiento de Jesucristo, el grande apóstol del socialismo'' el 25 de diciembre de 1848: ''Abrióse dignamente la sesión con la lectura del Sermón del Monte, y después de cantar con recogimiento el himno a la fraternidad, se propusieron estos brindis: una señora cuyo nombre no recordamos: Por Cristo, padre del socialismo; la señora Jeanne Déroin: Por el advenimiento de Dios a la tierra; etc. En seguida nuestro amigo Pierre Leroux, que con tan buena voluntad corresponde siempre a los deseos de sus hermanos y amigos, volvió otra vez al Sermón del Monte, y, habiéndolo comentado, saludó el advenimiento de una religión nueva fundada en la solidaridad, y en la que habían de aunarse la afirmación del corazón y la sanción de la ciencia. Esta improvisación, dicha con emoción y entusiasmo, mereció los más vivos aplausos. Siguieron los brindis: la señora Brazier: Por la Navidad; Hervé: Por Saint-Just, mártir de Termidor; Bernard: Por el Cristo vivo, por Francia.'' Estos fueron los Felicianos de Silva que volvieran el seso a nuestros demócratas.
(3) |Gaceta oficial de 11 de julio de 1850.
(4) Discurso de posesión del vicepresidente Obaldía (1º de abril de 1851).
(5) Véase la |Gaceta de 3 de noviembre de 1850.
(6) Estas palabras se hallan referidas con uniformidad casi completa en la |Gaceta, en |El Neogranadino y en los periódicos conservadores. Nosotros las hemos copiado de la primera.
(7) Véase |La Civilización de 10 de octubre de 1850.
(8) Véase la |Gaceta de 6 de febrero de 1851 y |La Civilización de 2 de enero del mismo año.
(9) El secretario de gobierno presentó al Congreso de 1850 un proyecto sobre establecimiento de talleres industriales en los colegios nacionales y de la República ( |Gaceta de 24 de enero). Fue recomendado por el presidente en su mensaje del mismo año, con la indicación de que sería conveniente enviar a Europa a costa de la nación algunos jóvenes, hijos de artesanos, para que hiciesen un aprendizaje fomal y científico de sus profesiones ( |Gaceta de 3 de marzo). Por la ley de 8 de junio se establecían escuelas de artes y oficios en los colegios nacionales, para la enseñanza gratuita de la mecánica industrial y de las artes y oficios a que quisiesen consagrarse los granadinos, dejándose al poder ejecutivo el cuidado de designar el número y clase de estas escuelas, las enseñanzas teóricas y prácticas que debieran darse y los institutores a cuyo cargo habían de correr. Todo se redujo a que en el decreto orgánico de los colegios nacionales se ordenó la enseñanza de dibujo lineal, estática y maquinaria, agricultura y arquitectura (25 de agosto).
(10) Informe pasado por el jefe político de Bogotá al gobernador en 23 de junio.
(11) Así se expresa el general Mantilla, gobernador, al elevar al poder ejecutivo el citado informe del jefe político (Gaceta de 11 de agosto).
(12) Esta invitación, que se fijó en las esquinas, se halla en |La Civilización de 11 de julio.
(13) Véase el documento arriba mencionado ( |Gaceta de 11 de agosto).
(14) Véase |La Civilización de 8 de agosto de 1850.
(15) Mensaje de 10 de abril de 1851, publicado en la |Gaceta del 13 del mismo mes.
(16) La comisión de la cámara a quien se pasaron el mensaje del presidente y la representación de la Democrática, reconoce el hecho de haber salido ladrones de esta sociedad: ''Por desgracia cuando las pasiones hablan, se quiere que toda una clase, toda una secta, toda una asociación sea responsable de las faltas de alguno o algunos de sus miembros, y se desconoce completamente el hecho, desde el principio del mundo, de que toda sociedad, hasta la familia, se compone de buenos y malos.'' |Gaceta de 28 de mayo de 1851.
(17)  '' |Invitación importante. La gobernación de la provincia ha removido todo el cuerpo de policía por haber indicios de que dos individuos de él estaban complicados en un robo. Si los propietarios y particularmente los comerciantes de esta ciudad quieren ayudar al gobernador a reorganizar dicho cuerpo, indicándole qué personas serían a propósito por su honradez y actividad para gendarmes, él atendería con mucho gusto a sus indicaciones, y se tendría un cuerpo de absoluta confianza. Abril 22 de 1851. De orden del señor gobernador, el secretario, J. Salgar.''
El gobernador en su |Informe a la Cámara de Provincia dice que tuvo que remover a los empleados en el cuerpo de policía por la desconfianza casi general que respecto de ellos se esparció en la ciudad. |Gaceta de 27 de septiembre de 1851.
(18) '' |Importante. Se invita a todos los ciudadanos honrados a que concurran al Salón de Grados esta tarde a las cuatro, en que tendrá lugar una reunión con el objeto de acordar las indicaciones que pueden hacerse al ciudadano presidente de la República y el cuerpo legislativo, para remediar la alarma que tan justamente se ha difundido entre los hombres de bien. Bogotá, 29 de abril de 1851.''
(19) Es de observar que entre los condenados después por ladrones, pocos eran aquellos de quienes pudiera decirse que fueron arrastrados al crimen por la miseria; los más eran hombres de vivir de su trabajo.
(20)  Para cohonestar la destrucción de las cercas en los ejidos de Cali se alegó que los poseedores no tenían título legítimo; pero las autoridades hallaron suficiente disculpa a su connivencia, diciendo que no se podía averiguar quiénes eran los autores. En otras partes no se pretextó cosa alguna.
En seguida copiamos pasajes de documentos oficiales que comprueban lo que decimos en el texto:
''La policía, que sin cesar ha invigilado y las patrullas de ciudadanos que le ayudaban, disipaban aquellos tumultos y asonadas, hasta que la población entera que rodea al gobierno se puso en celo y vigilancia de un modo serio, y a látigo o perrero, que llaman, disipaba los tumultos, a pesar de que sus autores o fomentadores ostentaban armarse encubiertamente de puñal, pistolas y lanza de tornillo; la emergencia produjo algunos leves hechos de personas flageladas, que precisamente resultaban ser de las más provocadoras, y quienes nunca han podido denunciar a la autoridad sus agresores, por más que se les ha instado a ello para castigarles, a causa de no haberlos conocido o hayan temido delatarlos. Seis u ocho días presentó el lugar este estado. La gobernación llamó al servicio un reducido piquete de guardia nacional, y éste con el cuadro veterano, los agentes de policía y muchos ciudadanos que se prestaban, patrullaban sin cesar para contener el desorden. No obstante esto, los provocadores dondequiera que asomaban parece que eran flagelados.'' Informe de Ramón Mercado, gobernador de Buenaventura, sobre los sucesos de Cali, 24 de enero de 1851 ( |Gaceta oficial de 6 de febrero). Las flagelaciones de Cali se hallan también comprobadas por las comunicaciones del jefe político publicadas en las |Gacetas de 6 y 27 de febrero, y por una publicación hecha por la Democrática de Cali para desmentir a los periódicos conservadores y reproducida en la |Gaceta de 30 de marzo; en esta publicación no se atribuyen ya los atentados a causas políticas, como en las anteriores, sino a motivos personales.
La violencia hecha en la cárcel de Palmira para sacar a los enjuiciados por los delitos de robo, maltratamiento y heridas cometidos en la persona de Segundo Hernández y Quiteria Fernández está plenamente probada por las declaraciones remitidas al gobierno por el gobernador Carlos Gómez ( |Gaceta del 2 de marzo). Sobre ''el cúmulo de hechos escandalosos de flagelaciones, derroque de cercas y demás atentados'', cometidos después de aquel acontecimiento, deponen multitud de personas que firman una representación en defensa de don Antonio Matéus y trasmitida por el mismo Gómez ( |Gaceta de 28 de junio).
C. Gómez en comunicación de 12 de abril: ''Antes de esto había recibido varias quejas de que en Tuluá se cometían excesos y flagelaba a los que se titulaban conservadores: que hasta las mujeres hacían uso del látigo.'' De los asesinatos perpetrados en el lugar dicho habla el mismo gobernador en su Memoria a la Cámara de provincia ( |Gacetas de 26 de abril y 22 de noviembre).
Sobre las partidas armadas que recorrían los campos, véase la nota del gobernador Gómez en la |Gaceta de 15 de mayo.
Todos estos escándalos y demás de que no habla la |Gaceta, pero que eran de pública notoriedad, se hallan compendiados en las siguientes palabras de un escrito tan conocido por su título disparatado como por el conspicuo personaje a quien se atribuía: ''Condenamos asimismo la conducta de éstas (las clases pobres), que faltas de fe en el porvenir y en la rectitud con que las autoridades públicas apoyan a todo derecho legítimo, se lanzaron y todavía se lanzan una u otra vez en excesos lamentables, como flagelaciones, derribamientos de cercos, incendios de casas en los campos y violaciones del sexo femenino.'' ( |Cúlpense a sí mismos los conservadores, cuando experimenten desgracias, porque el gobierno no las admita como realidades, después de haber sufrido la burla de ser engañado cien veces por sus adversarios políticos. |Gaceta de 31 de mayo).
Los pasajes copiados se han escogido porque mencionan hechos concretos; la lectura íntegra de los documentos demuestra una cosa todavía más grave, y es que los funcionarios que los redactaron estaban dominados por las mismas violentas pasiones que trataban de disculpar, y que cuando no fuesen instigadores de todas estas maldades, sí las aprobaban a veces con fruición íntima y las toleraban indignamente.
(21) |Gaceta de 26 da abril de 1851.
(22) |Gaceta de 13 de agosto de 1851.
(23) Las primeras declaraciones adversas al gobernador se trataron de desvanecer seis meses después, haciendo que los reos se desdijesen, manifestando que habían complicado al gobernador por sugestiones del defensor para mejorar su causa. ( |Gaceta de 15 de abril de 1852).
El procurador general de la nación, el doctor Florentino González, después de haber examinado cuidadosamente los autos, los resume en estos términos: ''El expediente revela, es verdad, que el espíritu de partido exaltado extraordinariamente por la parcial protección que algunos hombres encargados de la autoridad en el valle del Cauca daban a las personas enroladas en la bandería oclócrata, que impropia y abusivamente se quiso llamar democrática, fue el que impelió a aquellos malhechores a violentar la casa de Pinto, a asesinar, con todo el refinamiento de la crueldad, a dos honrados ciudadanos, a vapular a las señoras y niños de la familia y a saquear las propiedades representando todas las escenas de este drama escandaloso en medio de la algazara y vivas a la ''libertad y a la democracia'': que esa orgía sangrienta tenía lugar en Cartago en la noche en que llegaba a aquella ciudad el gobernador de la provincia, Carlos Gómez, en una de las calles más públicas, con el estruendo de tiros de trabuco y de pistola, y que, a pesar de esto, ninguna autoridad apareció a contener los atroces atentados de aquella horda de bandidos, compuesta en su mayor parte de hombres que estaban ocupados en el servicio público y que salieron del cuartel para ir regimentados a cometer el escandaloso crimen, después de haberse estado preparando para él con otras violencias ejecutadas en varias propiedades: y que, después de haberse cometido el delito con tánto escándalo, se practicaron tan pocas diligencias para averiguarlo y se sobreseyó en el procedimiento con tánta indiferencia que, si no hubiese habido un digno magistrado en es tribunal del Cauca que revocase el auto de sobreseimiento, y con enérgica firmeza hubiese mandado seguir las diligencias para descubrir el hecho, él hubiera quedado impune. Pero todo esto, que aumenta el escándalo del crimen, porque indica la complicidad moral en él de muchos de los que tenían el deber de impedirlo y castigarlo, no puede ser hoy causa de procedimiento contra ninguno, porque han muerto varios, y porque, aunque tardío, al fin la justicia pronunció su fallo sobre los principales asesinos.'' ( |Gaceta de 27 de octubre de 1855).
(24) En la circular a los agentes diplomáticos y cónsules de la Nueva Granada sobre los últimos acontecimientos políticos y otros puntos que los explican (18 de septiembre de 1851), se disfrazan y atenúan a tal pusto las causas de la revolución, que ni siquiera una palabra se dice de los sucesos del Cauca.
(25) Es curiosidad digna de transcribirse el pasaje referente a la religión: ''La religión de nuestros padres, que es también la de la inmensa mayoría de los granadinos, tendrá mi respeto y veneración; pero convencido de que ella no aparecerá en toda su pureza ni llenará completamente su augusta misión, si no se rompen los odiosos lazos con que la tiranía de algunos reyes la ligaran a las miras del trono, yo me esforzaré en volverle su necesaria independencia para que brille con todo su esplendor y pueda difundirse bajo los auspicios de su santidad y dulzura. Al seguir esta conducta, religiosa y democrática, respetaré también todas las creencias y todos los cultos.''
(26) Los demás fueron: el ilustrísimo señor don José Antonio Chaves, los prebendados doctor Marcelino de Castro, doctor Antonio Herrán y doctor Domingo A. Riaño, el R. P. Fr. Bernabé Rojas, don José Ignacio Márquez, don Alejandro Osorio, don José María Saiz, don Juan Antonio Marroquín, don Ignacio Gutiérrez y don José Manuel Groot. ( |Catolicismo de 4 de enero de 1859).
(27) Leyes de 14 de mayo sobre desafuero eclesiástico; de 27 de mayo adicional y reformatoria de las de patronato; de 1º de junio adicional y complementaria de la de descentralización de rentas; de 30 de mayo sobre arbitrios.
(28) El congreso declaró infundadas por dos veces las objeciones que puso a esta ley el presidente López, con lo cual quedó sancionada (20 de marzo de 1852); esto en momentos en que el poder ejecutivo proponía la separación de la Iglesia y el Estado, y por lo mismo dejaba entender lo poco que le acomodaba tomar a su cargo la educación del clero.
(29) Para que el lector pueda juzgar de por sí sobre los puntos que aquí y luégo tratamos, pondremos el artículo 26 de la ley de Patronato, que es la 1ª, parte 1ª, trat. 4º de la Recopilación Granadina, y en seguida el artículo 19 de la ley de 27 de mayo de 1851, adicional y reformatoria de la anterior:
''En la provisión de curatos y lo mismo en la de sacristías se guardarán las formalidades que prescribe el capítulo 18, sesión 24 del Concilio de Trento, y para ello se abrirá concurso a beneficios vacantes cada seis meses a lo más. Los edictos se fijarán por los prelados eclesiásticos con una anuencia de los intendentes o del poder ejecutivo en su caso, y cuando los prelados no convoquen oportunamente el concurso, los excitarán a que lo verifiquen, y de no prestarse a ello, avisarán al Metropolitano, y si éste fuere el omiso, al sufragáneo más inmediato para que conforme a los cánones suplan la negligencia.''
''Corresponde a los cabildos parroquiales el nombramiento y presentación de los curas, tomados de entre las propuestas que les pasen los respectivos diocesanos, observándose todo lo dispuesto para la provisión de curatos en las leyes 1ª y 4ª, parte 1ª, trat. 4° de la Recopilación Granadina, y entendiéndose de los cabildos lo que en ellas se dice respecto al presidente de la República y gobernadores de las provincias.''
(30) El señor Herrán fue condenado a las penas de privación del empleo de provisor de la arquidiócesis, inhabilitación perpetua para obtener empleo o cargo público, dos meses de arresto, seis de reclusión, multa de diez pesos y pago de costas procesales. A petición del canónigo Saavedra y otros sujetos le favoreció el poder ejecutivo con un decreto de indulto bien ofensivo, y tan disparatado que decía que la causa fue seguida por haberse resistido al cumplimiento de la ley de 27 de mayo de 1851 en calidad de |vicario capitular del arzobispado, siendo |vicario general, cosas diferentísimas. El señor Herrán , después arzobispo de Bogotá, mostró en esta persecución toda la dignidad y grandeza de ánimo que, unidas a actos de caridad heroica que no disonarían entretejidos en la vida de Santo Tomás de Villanueva, le hicieron siempre objeto de la veneración y filial cariño de cuantos tuvieron la buena dicha de conocerle.
(31) En la cámara de representantes expresó estos conceptos: "Es verdad que las leyes que reclaman son contra los cánones, ¿Y qué tenemos con eso? También podían ser contrarias a las leyes de Mahoma, ¿y qué tendríamos con eso?". |Catolicismo de 15 de abril de 1852.
(32) Esto era tan obvio que el secretario Plata expresó en el congreso el 3 de abril estos conceptos: ''Hasta cierto punto tiene razón el arzobispo; el articulo 26 de la ley de patronato dice que el sufragáneo supla la falta del Metropolitano, según los cánones, a los cuales da fuerza de ley; y conforme a los cánones, las faltas del sufragáneo las cumple su mayoral, que lo es el Metropolitano; pero éste no tiene otro mayoral que el Papa.'' ( |Catolicismo de 15 de abril de 1852).
(33) Al publicarse en la |Gaceta oficial esta acusación, agregó el editor oficial esta nota incomparable: ''Hombres de bien de todos los partidos, ¡leed y juzgad! Fanáticos intolerantes, leed y despedazad!''
(34) Con el obispo de Pasto no tocaron, aunque siguió la misma conducta que sus compañeros, sin duda por temor de una insurrección, que en el estado de nuestras relaciones con el Ecuador fuera muy grave. El Obispo de Popayán murió después de protestar; no obstante,  su provisor complació en todo al gobierno; pero después reconoció su error y se retractó. El vicario de Antioquia se sometió humildemente a la improbación de su conducta que en letras especiales le dirigió la Santidad de Pío IX (10 de junio de 1853).
(35) El secretario de gobierno en su informe al congreso dijo con respecto a las facultades dejadas por el arzobispo a sus vicarios: "El poder ejecutivo quiso oír la opinión de personas doctas en estas materias, y todas convinieron con las formadas por los miembros de la administración, que semejantes restricciones eran opuestas a las disposiciones canónicas . . . " Una de las personas a quienes aquí se alude fue fray Gervasio García, el cual protestó enérgicamente contra el aserto del secretario, afirmando que él y otros dos compañeros, don E. Vergara y don J. N. Núñez Conto, estuvieron conformes, después de tratar maduramente la cuestión, en que el gobierno no debía proceder ni de hecho ni de derecho contra los nombramientos que el R. arzobispo había hecho de vicarios para el gobierno de su Iglesia, y agregando que todos tres lo expusieron así delante del consejo de gobierno, y que él mismo no se contentó con esto, sino que extendió por escrito su dictamen y lo puso en manos del doctor Vergara para que lo hiciese llegar al gobierno. Excitados a hablar sobre el particular los señores Vergara y Núñez Conto, trataron de componerse de modo de no contradecir al padre García y de no dejar feo al secretario; pero es tan transparente el designio, que puede asegurarse no lograron su objeto al embozar la verdad. |Quidquid horum atligeris, |ulcus est.
(36) No falta liberal que afecte hoy dudar de que Saavedra fuese realmente autor de esta publicación. Nosotros no sólo hemos consignado la creencia cierta del doctor Cuervo y del público de la época en general, sino que la hemos hecho nuestra, fundándonos en un testimonio irrecusable. El canónigo Saavedra murió el 14 de octubre de 1877; pues bien, el día que se celebraron sus exequias en la Catedral, comía en casa nuestro buen amigo don Rafael Eliseo Santander, grande apasionado de aquél, y naturalmente cayó sobre él la conversación; ingenuamente pregunté yo: - ¿Sería en realidad el doctor Saavedra el autor del cuaderno contra el arzobispo Mosquera? Sin detenerse un punto exclamó el señor Santander poniéndose las manos en la cabeza: ''¡No me diga! Si yo le ayudé a corregir las pruebas.'' Saavedra, por otra parte, no esquivaba mostrar su saña contra el arzobispo: cuando el Capítulo Catedral de Bogotá, después de dada la ley de 15 de junio de 1853, se dirigió al prelado para que acelerase la vuelta a su grey, no faltaron otras firmas que la del deán, que estaba ausente, y la del tesorero doctor Saavedra, que ''se excusó de firmar'', según nota puesta a esta manifestación en |El Catolicismo de 17 de septiembre de 1853. - RUFINO JOSÉ CUERVO. (De un apunte original en nuestro poder. Luís Augusto Cuervo.)
(37) Bastantes años después supimos que en los archivos nacionales yacían muchos ejemplares, y uno de ellos es el que empleamos para reproducirla.
(38) Entre otros escritos que por el mismo tiempo circularon en defensa del señor Mosquera, merece especial elogio la |Impugnación del libelo infamatorio titulado El arzobispo de Bogota ante la nación, debida a la docta y elegante pluma de don Venancio Restrepo.
(39) Emiro Kastos, |Artículos escogidos, página 384 (Londres, 1885)
(40) Estas son las palabras del presidente: ''Con todo, como sea evidente que la instrucción primaria, base de civilización y de las instituciones republicanas, ha decaído, en vez de adelantar, a virtud de haberse confiado a los cabildos su dirección en todos sus pormenores. importa mucho que consideréis la gravedad del mal, y apliquéis sin demora el remedio que os aconsejen vuestra sabiduría y vuestro patriotismo.''
(41) Todos los hechos y apreciaciones sobre estos puntos se han tomado casi con sus mismas palabras de los informes de los gobernadores a las cámaras de provincia, y del que presentó al congreso de 1853 el secretario de gobierno. Véase además en |El Catolicismo de 1º de marzo de 1853 la reclamación dirigida por el provisor al gobernador de Tundama. En el mismo periódico (1º de septiembre de 1852) se lee el arancel de multas acordado por un cabildo de la provincia de Vélez: 200 reales al cura si tarda dos horas en ir a una confesión para la cual se le llama del campo; 80 reales por una hora de dilación en administrar un bautismo, etc., etc.
(42) Véanse las comunicaciones del rector en las |Gacetas de 17 de marzo y 12 de julio de 1853.
(43) Véase la primera de las comunicaciones citadas en la nota anterior, y además |El Catolicismo de 1º de marzo de 1853.
(44) Debemos recordar que en esta administración se enriqueció la biblioteca de Bogotá con la incomparable colección de obras y documentos nacionales formada por el coronel Anselmo Pineda en largos años de inteligente laboriosidad. Por decreto legislativo de 31 de mayo de 1849, firmado por don J. I. Márquez y don M. Ospina se autorizó al poder ejecutivo para auxiliar al coronel Pineda hasta con 32.000 reales en la obra de arreglar completamente la colección. En 1851 hizo Pineda donación de ella a la República, y el congreso al aceptarla aumentó hasta 40.000 reales la cantidad anteriormente decretada, como indemnización de los gastos de clasificación, encuadernación y otros indispensables para el arreglo y uso de la colección; y además concedió al donador una pensión vitalicia de 9.600 reales por año y la propiedad de 8.000 fanegadas de tierras baldías. El doctor Cuervo esforzó en el consejo de gobierno la necesidad de que la nación adquiriese este tesoro, retribuyéndolo generosamente.
(45) Así lo afirma él mismo en la renuncia que dirigió al Congreso en 1852.
(46) Atrás relatamos el fin de los compañeros de Russi; por decretos de 18 de diciembre de 1854 y de 12 de enero de 1855 fueron enviados a Panamá cosa de 150 artesanos escogidos entre los que cayeron prisioneros con las armas en la mano el 4 de diciembre al vencimiento de la dictadura de Melo. Para este envío se dijo que iban en calidad de indultados bajo condición de servir cuatro años en el ejército, agregando que al que no quisiera aceptar, se le seguiría el juicio por rebelde en Panamá mismo. Es de observar que los decretos se dieron por don José de Obaldía, uno de los más insignes fomentadores de las Democráticas.
Todos recuerdan cuántos otros perecieron o quedaron baldados en la toma de Bogotá y en los combates antecedentes. Con razón los que sobrevivieron se estremecían al oír el nombre de gólgota.

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