CAPITULO VII
PARODIAS Y RUINAS
Las influencias extranjeras. - La de Francia en los tiempos que
precedieron y siguieron a la revolución de 1848. - Extiéndense las
sociedades democráticas. - Fundación de la Escuela Republicana y de
la Sociedad Filotécnica. - Sesión de la Republicana el 30 de
octubre. - Se ofrece uno a ser verdugo del arzobispo. Temores que
esto inspiró. - Proceso infame. - Quejas de los democráticos. -
Plaga de ladrones e inseguridad pública. - Horror a los
democráticos. - Mensaje del presidente López y representación de la
Democrática al congreso. - Remoción del cuerpo de
policía.-Reuniones en el Salón de Grados. - El juicio por jurados.
- Se estrena la ley con Russi y sus consortes. - Las democráticas
en el Cauca. - Sus excesos. - Conducta del gobierno. - Asesinato de
Pinto. - Revolución de 1851. - Encarnízase la persecución
religiosa. - El arzobispo Mosquera. -
|El Catolicismo. El
doctor Cuervo fue uno de los primeros redactores. - Hostilidades
oficiales contra la Iglesia. - Leyes contrarias a ella. Protestan
el arzobispo y los obispos. - Conflicto con ocasión de la
convocación a concurso. - Rechaza el arzobispo la intrusión del
vicario de Antioquia. -Acusación y juicio del arzobispo. Su
extrañamiento y salida. - Acusación y juicio de los demás obispos.
- Manifestaciones que se hacen en el extranjero a los desterrados.
- Tentativas para revolver la Iglesia. - Don Manuel Fernández de
Saavedra. -
|El arzobispo de Bogotá ante la nación. -
|Defensa del arzobispo de Bogotá. - Efectos de esta
publicación. - Se reimprime el libelo en Chile. - Desorganización
de la República. - Ley de descentralización de rentas y sus
consecuencias. - Efectos de la autonomía de los cabildos en la
instrucción primaria y en la suerte dé los curas. -Decaimiento de
la instrucción secundaria. - El Colegio Nacional. - El seminario y
el Colegio de la Merced. - La administración de justicia. -Disputa
entre el presidente y la Corte Suprema.-Conclusión.
Cuando nuestros padres rompieron los vínculos políticos que los
unían a España, no pensaron en que de hecho quedaban sometidos a
otro vasallaje en ocasiones igualmente funesto, cual es el que
constituye la inferioridad literaria y científica, agravada en toda
la América española por la distancia de los centros de cultura, por
la comunicación difícil y la escasez de personas suficientemente
ilustradas para discernir entre la buena y la mala doctrina, y lo
adaptable o contrario a las peculiares circunstancias de cada país.
La primera sangre que se derramé en nuestro suelo por las
contiendas civiles se debió a la alucinación de querer acomodar a
comarcas que ni la más remota idea tenían de la vida política, las
instituciones de los Estados Unidos, impuestas a ellos por la
naturaleza misma de las cosas, como que varios de los miembros de
esta federación ni una línea tuvieron que cambiar a sus antiguas
constituciones al separarse de la metrópoli. La desorganización
producida por este desacierto facilitó la reconquista al ejército
expedicionario de Morillo, y la forma que nosotros hemos disfrutado
de la federación ha merecido calificarse de anarquía organizada.
Recobrada la patria, vino la maléfica influencia que ejercieron los
liberales españoles con sus ideas sobre derecho público
eclesiástico y con sus escritos ligeros enderezados a minar la
piedad y poner en descrédito los institutos religiosos; y lo que es
más singular, sirviendo de conducto para que llegaran a nosotros el
sensualismo y el utilitarismo extranjeros, aumentada su crudeza, a
lo menos en el tratado de legislación de Bentham, cuyas notas son
todavía más perniciosas que el texto
|
(1)
. Con no menos fe se recibieron después
las declamaciones y dañinas utopías de los republicanos y
socialistas franceses que prepararon e hicieron la revolución de
1848; y si este memorable acontecimiento conmovió a todos los
pueblos de Europa, en la Nueva Granada, por las peculiares
circunstancias en que se hallaba, la consecuencias fueron más
deplorables y los es cándalos mayores.
La influencia de Francia durante los años que precedieron a la
revolución es muy perceptible en nuestros asuntos políticos, así
para bien como para mal. La ley de libertad de enseñanza (8 de mayo
de 1848), por ejemplo, fue sin duda eco de las discusiones que
tánta gloria dieron al elocuente Dupanloup. Acaso no es aventurado
afirmar que a los enemigos de Mosquera no se les hubieran ocurrido
sus invectivas contra los despilfarros y dilapidaciones, ni
hubieran declarado guerra a los monopolios, a no ver a los
periódicos franceses desencadenarse, ya contra el monopolio
universitario, ya contra las malversaciones de ciertos altos
empleados y contra los que tenían hambreadas las poblaciones
guardando el trigo en sus almacenes.
Seguíase con el más vivo interés entre nosotros el curso de las
cosas en Francia, de modo que al saberse la crisis, los periódicos
publicaron hasta los incidentes más pequeños, y reprodujeron las
proclamas, discursos y decretos en que se contenían las conquistas
de los nuevos apóstoles. La revolución triunfante el 7 de marzo se
esforzó en copiar o parodiar esos actos. Abolióse la pena capital
por delitos políticos y la de vergüenza pública; se desterraron los
tratamientos oficiales de los magistrados reemplazándolos con el de
|ciudadano, porque en Francia se declararon abolidos todos
los antiguos títulos de nobleza y las calificaciones que les eran
anexas. Poco después se dio atropelladamente libertad a los
esclavos, como el gobierno provisional la dio a los de las colonias
francesas.
Los liberales verdaderos (que eran entonces los conservadores)
aceptaron gustosos entre estas reformas las que eran razonables y
no herían derechos adquiridos. Los revolucionarios se apropiaron
cuanto conducía a solevantar e inflamar las muchedumbres para
granjear prosélitos y dóciles instrumentos. Parecía que a los
conservadores cautivaba el papel generoso y poético de Lamartine,
que arrancaba la bandera roja de la casa municipal, mientras los
otros se dejaban arrebatar de Luis Blanc cuando arengaba a los
obreros en el Luxemburgo anunciándoles la renovación del mundo
social y el remedio de todas las miserias del pueblo. La idea de un
progreso indefinido que llevaría la humanidad a abrazarse en el
regazo de la democracia cristiana, impresionó vivamente a
individuos de ambos partidos, en especial a los jóvenes. Aquellas
palabras mágicas con que se electrizaba al pueblo de París,
libertad, igualdad, fraternidad, democracia, soberanía del pueblo,
sufragio universal, revueltas con la Biblia, con Jesucristo, con la
humanidad, no se les caían de la boca a nuestros tribunos en las
sociedades democráticas ni tampoco en las contrarias
|
(2)
. Pero no pasaba de
aquí la conformidad, pues los conservadores repudiaban el
socialismo y el comunismo, y nada admitían que atacara las bases de
la sociedad cristiana. Los otros no hacían ascos a las doctrinas
más subversivas, y sólo como materia de exornación retórica
profesaban un cristianismo vago, ideal, sin dogma, sin culto ni
ministros, el mismo que tánto efecto producía en los clubes de
París. Entre nosotros se efectuó la más inicua persecución al
catolicismo prometiendo "predicar la moral en consonancia con los
dogmas del cristianismo a
|novo, es decir, la doctrina
consoladora y divina del Evangelio"
|
(3)
; y llamando a éste "el libro divino de
la religión no menos que de la democracia, el libro de donde se ha
tomado el lema de las tres grandes palabras regeneradoras de la
especie humana, libertad, igualdad y fraternidad"
|
(4)
. Tánto se hablaba del
Gólgota, voz que por su uso poco frecuente y hasta por su
acentuación se brindaba a períodos rimbombantes en prosa y verso,
que al fin estos ilusos fueron bautizados con el nombre de
gólgotas.
También se imitó aquel hermanamiento de que dieron ejemplo los
estudiantes de 2 de abril en el Campo de Marte, quitando de las
manos sus herramientas a los obreros y cantando la
|Marsellesa abrazados con ellos, y que se veía a cada paso en
los banquetes fraternales, confundiéndose todas las categorías
sociales y todos los vestidos. En las sociedades democráticas
granadinas, los miembros del gabinete y la generalidad de sus
sostenedores se mezclaban con gente despreciable, no ya para
infundir sentimientos generosos o estimular al ejercicio honrado
del trabajo, sino para avivar las pasiones y desviar los buenos
instintos.
En estas juntas, explayando las ventajas de la asociación en el
lenguaje de Saint-Simon y Fourier, se halagaba a nuestros artesanos
con las mil soñadas ventajas del establecimiento de talleres
industriales. De las novelas de Eugenio Sue, que constituían casi
la total erudición de muchos que la daban de publicistas, amasadas
con las declamaciones de otros de la misma estofa, sacaban materia
los tribunos para remedar aquellas arengas con que se incitaba al
pueblo a reivindicar sus derechos, conculcados, según decían, por
una opresión secular, y que ninguna aplicación podían tener entre
nosotros, pues aun los esclavos mismos eran harto más felices que
los obreros y proletarios de ultramar; y era lo más peregrino que
se declamaba contra el feudalismo y otras cosas semejantes, que
cuanto menos se conocían entre nosotros tanto más se prestaban a
ridículas y siniestras interpretaciones.
En las siguientes páginas nos proponemos bosquejar las
consecuencias de tales remedos y de la necesidad en que se vieron
los liberales, para acreditar su nombre, de exagerar locamente las
libertades, ya harto grandes, que sus predecesores habían
establecido. En semejante competencia de desvaríos con los
franceses y de liberalismo con los conservadores se ayudaron
recíprocamente, para ruina de la nación, el candor de unos, la
incapacidad de otros, la perversidad de no pocos y los odios y
rencores de partido.
Si los revolucionarios de 1840 hubieran triunfado en 1849 por
efecto de una alzamiento y después de ganar batallas en el campo,
su caudillo se viera obligado, tarde o temprano, a organizar su
gobierno, a licenciar parte de sus tropas y tratar de apaciguar los
partidos. En una palabra: la revolución hubiera pasado. Pero
subiendo al poder con una victoria sin combate y quedando en pie e
incólume el enemigo, les fue preciso conservar y aumentar la fuerza
con que habían alcanzado esa victoria: el triunfo no fue pues sino
el comienzo de la revolución.
Lo que era y lo que prometía la Sociedad Democrática de Bogotá
sugirió la idea de propagarlas por todo el país, hasta en los
pueblos más insignificantes. Se procuró conmover a todos los
ciudadanos y empeñarlos en la política, darles la iniciativa en
todas las cuestiones públicas, volviendo las instituciones a la
época primitiva de las repúblicas, cuando, no habiendo gobierno
representativo, el pueblo no desamparaba el ágora y el foro; por
una aplicación maliciosa y extravagante del ensanche dado al poder
municipal durante el gobierno de Mosquera, se puso en práctica la
autonomía de la aldea, dejando a cargo de la ignorancia y de las
intrigas lugareñas los intereses de la enseñanza y el orden del
culto católico, hasta poner al arbitrio de las muchedumbres el
nombramiento de los párrocos y aun prometerles participación en el
de los obispos. Pero nada de esto podía hacerse sin adular
malignamente bajas pasiones. Alegando fingidos agravios, al paso
que se despertaba la envidia y odio del pobre contra el rico, se
presentaba a las turbas como próximo el día en que los ignorantes y
la última hez de la sociedad habían de llegar a los primeros
puestos, no ya en fuerza del trabajo y la inteligencia, sino por el
mero hecho de ser los últimos. "El pueblo es libre hasta donde es
posible serlo - se lee en la
|Gaceta Oficial de 29 de
septiembre de 1850 -, sólo faltan algunos pequeños rasgos para
acabalar su situación política: el sufragio directo y la abolición
de toda traba pecuniaria y condición de instrucción primaria para
poder ser ciudadano y legislador."
De Bogotá partían como emisarios a comunicar el incendio a las
provincias jóvenes acabados de salir de los colegios con la cabeza
llena de las ideas más dañinas, y las sociedades fundadas asumían
en cada parte carácter diverso, según las circunstancias e
intereses locales, si bien animadas todas de un mismo espíritu.
Para que en todo tiempo constara que este movimiento provenía de
impulso oficial, en la
|Gaceta se publica el establecimiento
de cada club con el aplauso que mereciera la empresa más útil y
patriótica.
Mientras las Democráticas se multiplicaban en toda la República
alimentando gérmenes de odio y desolación, quisieron en Bogotá unos
jóvenes entusiastas y desvanecidos con las ideas novísimas buscar
campo más adecuado a sus aspiraciones, fundando una nueva sociedad
que llamaron
|Escuela Republicana. Inauguróse solemnemente en
1850, el 25 de septiembre, fecha de triste recuerdo, asistiendo el
presidente de la República, parte del ministerio, muchos
funcionarios públicos y una diputación de la Democrática. Los
oradores dieron las primicias que eran de esperarse de jóvenes que
discurren sobre la libertad y otros temas igualmente propios para
amontonar palabras sobre palabras muy sonoras y muy huecas; los
aplausos fueron estrepitosos y no faltaron las coronas. Si entre
esta hojarasca se traslucían bien los delirios socialistas, sería
demasiado rigor afear los sentimientos que los producían, porque al
fin aquéllos pueden hermanarse con el corazón generoso de la
juventud; lástima sí que con ellos apareciesen las sugestiones de
demagogos impenitentes que los enseñaban a glorificar la memoria de
aquella infausta noche de 1828 en que otra juventud desvariada
estuvo a punto de quitar la vida al Libertador, y les imbuían la
saña contra la Iglesia católica y muy particularmente contra el
venerable arzobispo de Bogotá.
Los jóvenes conservadores, como por despique, se reunieron en
otra sociedad que apellidaron
|Filotémica, y para su
inauguración escogieron el día 28 de octubre, natalicio de Bolívar,
y la quinta que lleva su nombre, donde él habitó algún tiempo.
Aunque los discursos no aventajaron mucho literariamente a los
otros, sí los dejaron muy atrás por sus ideas en un todo liberales,
algo recargadas; conforme a las influencias que corrían, pero no
anárquicas ni demagógicas. Los miembros de una y otra sociedad se
extasiaban contemplándose como árbitros del porvenir y como
lumbreras únicas de la civilización; y es cierto que, así de los
unos como de los otros, hemos visto a algunos ocupando los primeros
puestos en las letras y en la política, pero acaso los más se
correrían hoy al rever las ilusiones o los partos literarios de
unos días de inexperiencia y de locura.
Para oscurecer la fiesta del 28 de octubre celebraron los
jóvenes liberales otra el 30, la más ruidosa entre todas, la que
enloqueció a su partido, la que dejó más hondos recuerdos. Hacia el
fin de la sesión todos estaban ya fuéra de sí, cuando el joven
Octavio Salazar leyó unos versos en que a vuelta de otras cosas
propias de la época, cantó calurosamente a los mártires de la
Independencia y en particular a Ricaurte. El presidente de la
República se sintió tan conmovido, que, en bajando el poeta de la
tribuna, le estrechó con efusión entre sus brazos, y le dijo que en
memoria del héroe de San Mateo llamaría Antonio Ricaurte al hijo
que acababa de nacerle. El joven comunicó a la concurrencia esta
noticia placentera, y faltaron palmas y voces para aplaudir
|
(5)
.
Como el entusiasmo hace el efecto de la embriaguez, que revela
indiscretamente los arcanos del corazón, hubo allí un sujeto que
tomando de los discursos y de los versos que acababa de oír la
parte que cuadraba con sus instintos, creyó bien caldeada la fragua
de las pasiones feroces, subió a la tribuna y diciendo que abundaba
en las ideas que aquella noche se habían expresado, agregó: "En
prueba de que mis principios son liberales, si se quiere ahorcar al
arzobispo, yo seré su verdugo"
|
(6)
. Según parece, de entre los espectadores
que estaban en las graderías salieron las primeras voces de
improbación: "¡No, no, no! ", las que fueron repetidas entre los,
miembros de la sociedad, y a poco uno de ellos rechazó la oferta
desde la tribuna, con lo cual se calmó la vocería.
Mucho empeño se tomó en probar que este desgraciado no era
miembro de la escuela y que todos los concurrentes, del presidente
abajo, habían desaprobado con indignación su desalmado pensamiento;
mas vistos los sucesos después de cuarenta años, ocurre preguntar:
¿A qué semejantes escrúpulos cuando esta sociedad se ufanaba de
enlazar su historia con el 25 de septiembre, y cuando en su primera
sesión uno de los oradores designó como tirano al arzobispo?
|
(7)
¿A qué
tántos aspavientos porque uno se ofreciera a cortar luégo la vida
material del señor Mosquera, que al fin había de acabar en breves
días a poder de amarguras y padecimientos, cuando dentro de poco se
iba a buscar otro verdugo para arrebatar a la víctima la vida de la
honra, aquella vida sempiterna que consiste en el olor indeficiente
de las virtudes al través de las generaciones y en el amor y
veneración de los buenos? Además que nada de eso impidió que,
reunida algunos días después la Democrática en sesión plenísima,
enviase una diputación al que se ofrecía como verdugo para
felicitarlo, y que presentándose éste muy satisfecho, reiterase
entre aplausos la oferta. Hasta tal punto habían logrado pervertir
a estos artesanos: para atraerlos en un principio, colocaron en el
local de sus sesiones el retrato de Pío IX, haciendo alarde del
fingido entusiasmo que en Europa mostraban por el insigne pontífice
los enemigos de la Iglesia; ahora lo derribaban con befa, porque
vieron a los adeptos ya bien aleccionados en despreciar a la
religión, ufanos de haber expulsado a los jesuítas y muy bien
hallados con salir por las calles vociferando mueras contra el
|monigote morado, como llamaban al arzobispo. De todo esto se
originó la voz de que se trataba efectivamente de dar muerte al
prelado, y a la Nochebuena siguiente era entre la gente piadosa tan
firme la creencia de que el horrendo designio se llevaría a cabo al
salir aquél del palacio arzobispal o al volver de la catedral
después de celebrada la misa del gallo, que en todas esas calles se
allegó una inmensa muchedumbre determinada a poner su vida por la
de su pastor. Informado López de lo que pasaba, envió al arzobispo
un oficial para asegurarle que no corría peligro alguno
|
(8)
.
El estado de frenesí a que llegaron estos hombres puede medirse,
entre muchos, por el siguiente hecho que vaciláramos en referir,
sin la consideración de que cuanto se calla de los ultrajes hechos
a un varón insigne, tanto se escatima de su gloria. Sobornando a
una mulata despreciable, empezaron a instruir un sumario para
seguir al arzobispo causa de amancebamiento Apenas llegó a sus
oídos semejante infamia, fue de mañana a casa del doctor Cuervo, y
entrando a su estudio con la franqueza a que le daba derecho una
íntima amistad, le dijo arrasados los ojos en lágrimas: "Compadre,
¿no sabe usted cómo me tratan?" Al proferir estas palabras echó de
ver que hacia un lado estaba alguien; y como se turbase un tanto,
el doctor Cuervo le tranquilizó haciéndole reconocer a una persona
de la familia de entera confianza para ambos, el entonces
presbítero don Indalecio Barreto, que ocupó luégo altos puestos en
la jerarquía de la Iglesia y de cuya boca sabemos este lance.
Hablaron en seguida del asunto, y el doctor Cuervo quedó en que
inmediatamente daría todos los pasos que la gravedad del caso
demandaba. Ido el arzobispo, salió con el señor Barreto, y al
separarse de él en la puerta de la casa, le citó para las dos de la
tarde; él acudió con toda puntualidad, y luégo que entró, le puso
en sus manos el doctor Cuervo unos papeles, diciéndole que los
leyese; y mientras tanto, habiendo tocado la campanilla, ordenó al
criado que trajese un brasero encendido; cerrada la puerta con
llave, echó en él los papeles, que no eran otra cosa que el
susodicho sumario. Cuando estuvo reducido a cenizas, dijo al señor
Barreto: - Ahora vaya usted inmediatamente a casa del señor
arzobispo y refiérele lo que ha visto. Cómo se hizo al sumario es
punto que no hemos podido averiguar; pero el hecho es que el doctor
Cuervo impidió este oprobio.
Como es de concebirse, no hubieran bastado las enseñanzas
puramente doctrinarias para atraer concurrencia a las Sociedades
Democráticas: se necesitaba de algunas promesas tangibles en que
cada individuo viera que iba a mejorar de suerte. En Bogotá mismo
se hizo así desde la primera fundación de la sociedad de artesanos,
asegurándoles, por ejemplo, que se establecerían talleres en que se
perfeccionasen en los principales ramos de industria, y que alzados
los derechos de introducción para los artefactos extranjeros, ellos
podrían abastecer el mercado a precios muy altos; y esto sin contar
con lo que locos o pérfidos les ofrecían sobre una nueva
repartición de bienes que los sacaría de la Condición de pobres.
Muchos entre esta buena gente se recreaban ya con la ilusión de
verse catedráticos de sastrería, carpintería u hojalatería en los
nuevos institutos, y tirar sueldo del tesoro como lo tiraban otros
de sus copartidarios por enseñar en la Universidad derecho o
filosofía. Pero como tales ofrecimientos tardaban en cumplirse,
comenzaron las quejas, y con amargura decían que los proyectados
talleres, pedidos por uno de los secretarios al congreso, habían
venido a parar en un decreto del ejecutivo para establecer en la
Universidad enseñanzas de dibujo lineal y de estática
|
(9)
. Algunos, no
satisfechos con estas prendas de amor platónico y familiarizados
con la sentencia proudhoniana de que la propiedad es un robo,
juzgaron más eficaz medio, para mudar de suerte, incorporarse en
las bandas de ladrones que, con tiempos tan revueltos, estaban ya
haciendo ruidosas hazañas. Las primeras tuvieron por campos los
almacenes del comercio de Bogotá (marzo de 1850), y fueron
celebradas con público regocijo por los cofrades de un lugar no muy
distante (Chocontá). Aprehendidos algunos de los culpados, entre
ellos todo un vicepresidente de la Democrática, no tardaron en
fugarse y volver al interrumpido ejercicio. Estimulados con el buen
éxito de los primeros ensayos, acrecentaron sus filas de una manera
pasmosa, y en poco tiempo tuvieron a la ciudad en una consternación
sin igual. A todo esto no había en la capital sino seis agentes de
policía; el cabildo aumentó su número (25 de junio) a trescientos
diez comisarios y sesenta y un inspectores, aceptando el
ofrecimiento que hicieron de prestar gratuitamente sus servicios
sujetos a quienes calificó de honrados y laboriosos
|
(10)
. A la cuenta,
nada se consiguió con esto, porque en los primeros días de julio
acudieron muchas personas al despacho del gobernador ''con el
objeto de poner en su conocimiento el estado de alarma e inquietud
en que se hallaba ya toda la ciudad a consecuencia de los robos que
se estaban repitiendo constantemente y todas las noches"
|
(11)
. De resultas
de esto convocó el jefe político para el día 10 a los propietarios
y demás habitantes de la ciudad "a fin de tomar todas las medidas
que la prudencia aconsejara para evitar los atentados contra las
personas y los ataques a la propiedad que tan frecuentes se habían
hecho en aquellos días
|
(12)
. ¿Pero qué podía hacer esta junta con
la indiferencia de las autoridades superiores? El gobernador se
complacía en afirmar que todo eran exageraciones de partido para
ganar las elecciones, y cuentos de las beatas para hacer creer que
con la expulsión de los jesuítas se había acabado la moralidad en
la Nueva Granada
|
(13)
. El gobierno nacional, como decía su
órgano más caracterizado, era el que menos podía proveer a la
seguridad pública, "que sobrado trabajo tenía con no poder dar
destinos a todos los que lo solicitaban e iban luégo a aumentar las
filas de los descontentos"; agregando que a los particulares tocaba
mirar por sus intereses, y castigar a los criminales como lo
estaban haciendo los yanquis en Chagres
|
(14)
. Resguardados así los
ladrones con la impunidad, se hacían más atrevidos y crecía su
descaro. Los vecinos se recogían por la noche a su casa con el
temor de que les tocara ser asaltados, atrancaban bien sus puertas
y no se acostaban sin dejar apercibidas las armas, y los más
temerosos llevaban hombres de su confianza que se turnaran en la
vela de la casa; a la mañana, lo primero que se preguntaba era
quiénes habían sido las víctimas de la noche anterior. Hoy se
contaba que los ladrones habían pasado el día entero en casa de una
señora adinerada, barriéndola de tal manera que la infeliz hubo de
pedirles que le dejasen para comer al día siguiente, y que ellos
generosamente le habían dado veinte pesos; luégo, que penetrando
hasta la celda del Provincial de Agustinos, le habían obligado a
entregar el dinero del convento con una custodia y otras joyas
preciosas, y dejándole muy bien amarrado, se habían vuelto a salir
con todo sosiego; después, que a pocas varas de palacio habían
asaltado la casa de un rico propietario, y echándole cal en los
ojos, lo martirizaban unos a él y a su mujer, mientras otros lo
desvalijaban todo. Estos asaltos no sólo eran temibles para las
familias por la pérdida de su dinero, sino por todo linaje de
vejaciones, como entre varios casos lo da a entender la tentativa
de entrarse al colegio de niñas de La Merced, y la necesidad en que
se vio la viuda del general Santander de resguardar el suyo con una
escolta. En una noche del mes de mayo de 1851 fueron a nuestra
casa, pero sentidos al querer forzar las puertas del interior, se
les hicieron algunos tiros, con que huyeron, dejando rotas unas
cuantas tejas y envenenado un hermoso perro. La noche antes habían
muerto al guardián de una quinta de los alrededores y herido
gravemente a su hermano, en tanto que otra partida robaba un
almacén situado en la esquina principal de la plaza de Bolívar.
Aumentaba el horror que se tenía a los ladrones el vestido
adoptado comúnmente por los democráticos, el cual consistía en un
gran sombrero de paja y una ruana amplísima de bayeta roja forrada
de azul que los cubría hasta los pies, y se prestaba a ocultar un
trabuco o un garrote. Toda mujer que reparaba en que uno de estos
sujetos ponía la vista en una casa, la creía ya designada para un
asalto;así se arraigó en el común de la gente el calificativo de
rojos aplicado por los periodistas, a usanza francesa, a los
liberales exagerados, sin duda imaginándose que las ideas estaban
íntimamente ligadas con el vestido.
Aterrados los partidarios mismos del gobierno, ejercieron tal
presión sobre él, que abrazó al fin el partido de mostrarse
sobremanera inquieto e indignado, y como para probar cuán ajeno
estaba del criminal disimulo de que se le acusaba, pintó los hechos
con una desnudez cual no la había usado la oposición. El primer
paso que dio fue pedir al congreso la reforma de los artículos del
código de procedimiento criminal en que se prevenía que si durante
el juicio y aun después de terminado en todas sus instancias,
cometiese el reo un nuevo delito o se descubriere alguno que
hubiera cometido antes, se suspendiera el primer proceso o la
ejecución de la pena hasta poner el nuevo en estado de seguir su
curso paralelamente con el anterior, hasta el pronunciamiento de la
sentencia; y sobre todo insistía en la abrogación de la ley de 11
de junio de 1850 que permitía la excarcelación de los ladrones
mediante fianza. El presidente para pintar las horribles
consecuencias de estas disposiciones legales se valió de los
enérgicos términos que vamos a copiar, y que son un grave cargo
contra quien, sabiendo los hechos que denuncia, no había procedido
a reprimirlos: "La sociedad hoy día no tiene otra garantía, al
permitir la excarcelación de los ladrones, que la rectitud del juez
que debe calificar la fianza carcelera, y esta garantía es casi
nula, porque mil circunstancias que os son demasiado conocidas, mil
influencias que asedian de continuo al juez, dan por resultado la
excarcelación de todos los delincuentes, que la justicia lanza en
el seno de la sociedad inocente y desapercibida, como otras tántas
bestias feroces que derraman por doquiera el espanto y la alarma.
Yo apelo a los hechos y al testimonio de cada uno de los miembros
de las cámaras legislativas, que no se encuentran bastante seguros
en su persona y en sus propiedades. Yo apelo a la opinión pública,
que clama fuertemente por la adopción de medidas que salven a la
sociedad de los riesgos que la cercan, reprimiendo con mano
vigorosa al delincuente. Los ladrones por lo general se organizan
en cuadrillas, y forman una asociación tremenda, no sólo para
robar, sino también para evadir el castigo, si llegan a ser
aprehendidos. Ellos se ofrecen generosamente de fiadores de sus
mismos cómplices; ruegan y suplican al juez hasta triunfar de su
rectitud, hasta lograr que el cómplice sea puesto en libertad, y
pueda continuar sus útiles servicios a la compañía a que pertenece"
|
(15)
.
La Sociedad Democrática, a quien se miraba como nido de
ladrones, representó también al congreso el mismo día, deseosa de
no cargar con el crimen de sus miembros dañados, y entre otras
cosas decía: "Los hombres pacíficos y honrados no se atreven a
alejarse hoy en la capital, ni por un momento, de sus casas,
temiendo que aprovechándose de su ausencia, los perversos
atropellen sus casas, roben sus propiedades y ultrajen a sus deudos
y domésticos; pero ni aun la presencia del hombre en el recinto
doméstico es ya suficiente, cuando los ladrones en pandillas
numerosas acometen a las casas a la luz del día"
|
(16)
.
El 22 de abril se pusieron por las esquinas carteles de orden
del gobernador y firmados por su secretario, en que se anunciaba
haber sido removido todo el cuerpo de policía (aquellos ciudadanos
honrados que se ofrecieron a desempeñarla gratuitamente), por haber
indicies de que dos individuos de él estaban complicados en un
robo, y se invitaba a los propietarios y particularmente a los
comerciantes de la ciudad para que ayudasen a reorganizar dicho
cuerpo, indicándole personas adecuadas por su honradez y actividad
|
(17)
. Como
los dos individuos a que aquí se aludía no eran otros que el jefe
mismo de la policía y su primer cabo, y los indicios se reducían a
estar ya presos por ser actores en el robo de un rico comerciante,
llegó a su colmo la consternación; y a la semana siguiente (29 de
abril) aparecieron nuevos carteles para invitar a todos los
ciudadanos honrados a que concurriesen esa tarde al Salón de Grados
con el fin de acordar las indicaciones que pudieran hacer al
presidente de la República y al cuerpo legislativo para remediar la
alarma que tan justamente se había difundido entre los hombres de
bien
|
(18)
.
Efectivamente acudieron de novecientas a mil personas, y cuando
todos aguardaban que de allí saldrían medidas eficaces y severas
que restableciesen la seguridad, tomó la palabra uno de los
tribunos más famosos de la Democrática y tratando de excitar
simpatía y compasión en favor de los pobres ladrones que carecían
de pan, se extendió probando que no había que pensar en emplear
semejantes medidas, sino en que los ricos diesen de su dinero para
fundar penitenciarías, colonias agrícolas, con otros de los lejanos
e ilusorios medios del sistema socialista
|
(19)
. Al oír estos desatinos,
todos se miraban unos a otros sin saber qué decir, considerando que
el orador era persona muy de adentro en el gobierno, y que
periódicos ministeriales dejaban escapar las mismas ideas. A pesar
de todo, resolvieron nombrar una comisión que arbitrase y
propusiese los medios de atajar tántos crímenes, y se convocó para
otra junta. Los medios propuestos y aprobados en ella traen a la
imaginación los primeros pasos de una sociedad donde todavía no hay
ni leyes, ni autoridades y casi ni idea de moralidad, y dan la
medida del desamparo en que había quedado la gente honrada; baste
decir que se creyó necesario condenar explícitamente la compasión a
los ladrones, y, como desesperando de la acción de la justicia,
abrir una suscripción para facilitar a los que no tuviesen trabajo,
es decir a los ladrones, el ir a buscarlo a Panamá. No obstante, de
esta junta salió una reforma de gran trascendencia, cual es el
juicio por jurados en causas criminales; por las consideraciones en
que se apoya la comisión para pedir al poder ejecutivo que lo
recabe de las cámaras, se ve que el pensamiento dominante era poner
el castigo de los malhechores en manos de ciudadanos honrados e
independientes, disminuyendo hasta donde era posible la influencia
del gobierno, que por tántos vínculos estaba ligado a los
socialistas exagerados. A los pocos días se expidió la ley de
jurados (4 de junio), y se estrenó inmediatamente con muchos de
estos criminales, entre ellos el doctor Raimundo Russi, institutor
en un tiempo, y en días recientes juez parroquial de Bogotá,
secretario de la Democrática y uno de los más calurosos
propagadores de las doctrinas socialistas, que con otros cómplices
dio muerte a uno de sus compañeros, de quien supieron los había
denunciado como autores de un robo acabado de cometer.
El día que debía abrirse el juicio se aguardaba con grande
ansiedad, como principio de un desagravio que la sociedad misma iba
a hacer a la justicia. La concurrencia entonces y mientras duró el
jurado fue inmensa en el local de la cámara de representantes (casa
consistorial), que se designó al efecto, y se seguían con el mayor
interés todos los pormenores de la causa. Los criminales y sus
defensores veían el asunto conforme era de esperarse de sus
principios: dígalo este cartel que en grandes letras se fijó en las
esquinas:
"A las nueve del día de mañana tiene lugar en la casa municipal
el jurado que va a fallar en las ruidosas causas del asesinato
cometido en la persona de Manuel Ferro, y los robos ejecutados en
el convento de San Agustín y en la casa del señor Andrés Caicedo
Bastida.
''Esta cuestión no es solamente contra los procesados sino
contra todos los pobres, contra quienes ha decretado su exterminio
el
|Meeting de poderosos de la capital.
" ¡Concurrid a oír y juzgar si es a los criminales a quienes se
quiere castigar, o si es a los ricos a quienes se quiere
complacer!
Bogotá, 24 de junio de 1851."
Russi y cuatro de sus consortes fueron ajusticiados en la plaza
de la Constitución el 17 de julio, y los demás reos encaminados esa
misma tarde a los presidios de Panamá y Cartagena.
Así cesaron después de larga agonía los excesos de la capital,
gracias al interés de tánta gente acaudalada y a todos los
elementos que conservan influjo en la residencia misma del
gobierno, y gracias también sin duda a la necesidad en que éste se
vio de quitar a la revolución de los conservadores el apoyo que le
daba la inseguridad general.
Muy otra fue la suerte que cupo a los infelices habitantes del
Cauca. Allí, como en otros puntos de la República, al frente de las
Sociedades Democráticas se habían ido fundando otras de
conservadores, que por más que en sus estatutos declaraban
incondicionada sumisión a la Constitución y a las leyes y se
componían en general de ciudadanos quietos y laboriosos, fueron
miradas con encono por las contrarias; era pues fácil de prever que
con las rencillas y animosidades tan comunes en lugares cortos,
habrían de sobrevenir conflictos. Al acercarse las elecciones
parroquiales para el año de 1851 llegó a su punto la exacerbación,
y las Democráticas, armadas ya por el gobierno y ufanas de su
apoyo, se dejaron de pensar en las sociedades contrarias para
anonadar individualmente a los conservadores. La de Cali dio el
ejemplo y al mismo tiempo el impulso para una persecución salvaje,
en que se confundían el odio socialista a la propiedad inculcado
por los doctrinarios, las venganzas de partido y el espíritu de
rapiña, propios de una turba a quien se ha quitado todo freno. En
los ejidos primero, armados de hachas y machetes, abatieron las
cercas y talaron las plantaciones de los habitantes más ricos de la
ciudad; pasaron luégo a incendiar casas e ingenios sin dejar de
recoger el dinero y demás objetos valiosos. Recorrían las calles en
bandadas con látigos y garrotes para descargarlos sobre el
desgraciado que caía en sus manos; se entraban a las casas, sobre
todo en los campos, y azotaban sin distinción alguna a hombres y
mujeres, habiendo llegado el caso de que algunas malparieran
mientras duraba esta afrenta o quedaran locas del horror. En
ocasiones, si los atacados presentaban resistencia, las autoridades
políticas acudían en auxilio de los agresores, o bien, si se
quejaban, por toda satisfacción los llenaban de baldones, cuando no
eran reducidos a prisión. Cerca de Palmira fue cruelmente ultrajado
un caballero con dos señoras, después de haber visto quemadas y
arrasadas sus propiedades; aprehendidos algunos de los culpados,
salió de Cali una partida y puso en libertad a sus compañeros.
Cundió este vandalismo como una plaga, y discurrían por los
campos bandadas no ya de diez ni de ciento, sino hasta de
trescientos o quinientos hombres armados y sin disciplina,
extendiendo el espanto por dondequiera
|
(20)
.
La fama de tamaños desmanes se difundió rápidamente causando la
más viva indignación y dando justo motivo para acusar a las
autoridades. En Bogotá acudió primero el gobierno al expediente de
negar los hechos o suponerlos malignamente abultados, a pesar de
las desvergonzadas confesiones de sus agentes, publicadas
oficialmente en la
|Gaceta; mas al fin ni este recurso le
quedó, pues en el congreso mismo un diputado ministerial de aquella
región, don Elías Fernández de Soto, hizo una relación expresiva de
la inseguridad y desolación que reinaban en ella, y ratificó
después la pintura elocuente y lastimera que de los mismos sucesos
acababa de hacer don Manuel María Mallarino. Precisados a confesar,
se apropiaban aquellos cínicos conceptos del gobernador Gómez: "El
pueblo, que ha salido de la opresión a la libertad, que conoce que
el principio de igualdad impera, que en una república sólo debe
acatarse la virtud y el mérito, retoza y se divierte, indignándose
a veces contra los que se creyeron con el poder de humillarlo. Está
agitado es cierto; pero de esta agitación nada debe temer el
gobierno, pues al contrario dondequiera se reúnen masas para
victorearlo con júbilo; está agitado, pero es la agitación que le
produce el sentimiento de sus derechos y el deseo de que se le
conserve bajo una administración que le protege y ha hecho sentir a
sus opresores el verdadero poder de las mayorías populares"
|
(21)
. Sentimientos
inicuos a que dio forma breve e imperecedera el secretario de
hacienda, cuando en el Congreso apellidó los horrores del Cauca
|retozos democráticos. El presidente, sintiendo que el
silencio era ya imposible, dio la extraña alocución de 14 de abril
en que dice "haber sabido por informes privados que las pasiones se
han desbordado hasta el punto de haberse cometido varios excesos
contra las propiedades y seguridad de las personas"; Cosa en que
andaba algún tanto desmemoriado el ciudadano presidente, pues desde
antes la misma
|Gaceta había estado publicando las
comunicaciones oficiales de los gobernadores de aquellas
provincias; y atribuye además dichas tropelías a un "excesivo celo"
por parte de los cuerpos que constituyen "uno de los apoyos más
incontrastables de la administración". Así con cuatro días de
intervalo sancionaba el presidente los atentados cometidos contra
las propiedades y seguridad de las personas en el Cauca, y pedía
remedio al congreso contra los delincuentes de Bogotá, "que la
justicia lanza en el seno de la sociedad inocente y desapercibida
como otras tántas bestias feroces que derraman por doquiera el
espanto y la alarma": los democráticos del Cauca glorificados, los
de Bogotá entregados al suplicio.
Estimulados así los asoladores del Cauca, continuaron en sus
hazañas y dieron a poco en el asesinato de la familia de Pinto (19
de junio), testimonio de lo que pueden los instintos brutales
puestos al servicio de una causa política. Era Pinto ciudadano
notable de Cartago, a quien miraban de muy mal ojo los liberales
porque, según decían, él había sido quien aprehendió a Córdoba,
jefe revolucionario fusilado por Mosquera en 1841. Estaba recogido
con su familia cuando a eso de las once de la noche acometió su
casa una turba rabiosa, y rompieron todas las ventanas, victoreando
estrepitosamente al gobierno; después de cercar la manzana,
entraron y hallando a Pinto rodeado de los suyos, los azotaron a
todos, aun a los niños, y a vista de su mujer y de su hija lo
mutilaron horrorosamente, lo mismo que a su yerno. Las mujeres
pudieron huir al fin para quedar en el desabrigo y la miseria: en
la casa y almacenes accesorios no se halló ni en qué recoger los
restos de las víctimas.
Causaron tan honda impresión las circunstancias y pormenores de
esta horrenda carnicería, que el gobierno, haciéndose eco de la
pública indignación, dijo entre otras cosas al gobernador del
Cauca: "Ningún suceso ha afectado tanto el ánimo del gobierno, como
el escandaloso crimen de Cartago, en que a sangre fría y con
inaudita crueldad, se asesina a ciudadanos pacíficos residentes en
su casa, que podían acaso ser descontentos, pero que no estaban en
armas contra la autoridad, única circunstancia que pudiera atenuar,
pero nunca justificar, el atentado cometido. Bien persuadido está
el poder ejecutivo de que tal crimen se ha cometido no sólo con
absoluta independencia de la autoridad pública, sino aun contra los
deseos y las medidas generales de ésta; pero las circunstancias de
que haya tenido lugar precisamente la noche en que el gobernador
había llegado a Cartago, a corta distancia de la casa que él
habitaba, y con gritos, según se ha dicho, por los cuales se
victoreaba al ciudadano presidente de la República, son cosas
aparentes para que los enemigos de la administración pinten ese
acontecimiento, si no como mandado, al menos como indignamente
tolerado por los agentes del poder ejecutivo"
|
(22)
.
Los cargos tremendos que aquí apuntaba el secretario se
corroboraban y aun agravaban con las deposiciones de los
inculpados, que decían haber salido el gobernador al balcón de su
casa y preguntado a la cuadrilla "que si aún vivía Pinto, que si
pisaba todavía el suelo con sus pies", y que habiéndole contestado
Rafael Jaramillo, cabeza de los sicarios, "que sí vivía, pero que
poco demoraría", había replicado con voces instigadoras al crimen.
Fue pues muy natural que antes de llegar las apremiantes
comunicaciones de Bogotá, ya el juez de Cartago hubiese dictado un
auto de sobreseer y puesto en libertad a los detenidos. Cuando el
tribunal revocó este auto, se empezaron de nuevo las pesquisas, de
cuyas resultas volvieron a ser presos algunos de los culpados. El
Jaramillo fue condenado a muerte, pero se dieron trazas para hacer
nugatoria la sentencia, hasta el punto de que en septiembre de 1855
aún no se había determinado cosa alguna sobre el expediente, que
fue remitido a Bogotá para que el poder ejecutivo conmutase la pena
|
(23)
.
Para escapar del peligro de perder la vida, la honra o la
hacienda, o todo junto, muchas familias caucanas buscaron refugio
en los montes; otras emigraron hacia el interior de la República o
salieron para el extranjero; muchas lo aventuraron todo a los
trances de una resistencia armada. Tal fue el origen de la
revolución de 1851, que estalló en Pasto por el mes de mayo, y se
extendió luégo por Antioquia, Mariquita, Bogotá, Tunja y Pamplona,
excitada por todas las causas de descontento que estaban obrando
desde el 7 de marzo
|
(24)
. Tanto por el carácter del partido
conservador, inhabilísimo entonces para los manejos
revolucionarios, cuanto por la falta de elementos y de
organización, fue dondequiera sufocada brevemente, excepto en Pasto
y Túquerres, donde se mantuvieron las guerrillas por cerca de un
año. Con el insulto, la persecución y la devastación material y
moral de la República lograron los gobernantes lanzar a los
conservadores a la guerra, realizando con ello un deseo muchas
veces expresado, no ya cuando las cosas se hallaban en el extremo
que llevamos referido, sino antes de que hubiese siquiera
periódicos de oposición: en 29 de mayo de 1849 se escribía en
|El
Aviso: "Si los conservadores quisieran lanzarse en la oposición
de hecho, nos harían un gran favor, porque entonces se apresuraría
la hora deseada de su castigo, y se vería libre el país de su
funestísima presencia. Es de sentirse que no se muevan, porque
tiempo es ya de que ellos desaparezcan de la escena política y de
la comunidad social."
Las sociedades democráticas festejaron el día 1º de enero de
1852, en que, conforme a la ley de 21 de mayo anterior, quedaban
libres todos los esclavos. El lector verá con gusto por el
siguiente fragmento de una carta dirigida al doctor Cuervo, cómo se
comportó con los suyos uno de los ricos propietarios del Cauca:
"Contesto a usted con retardo su estimable carta de 3 de marzo,
por haberme hallado peregrinando por el cantón de Caloto,
recogiendo los ripios de mis propiedades de minería; y no hay
figura retórica en estas expresiones, pues la libertad simultánea
de los esclavos ha hecho por allá el efecto que hace un terremoto
en una ciudad cuando la derriba. Sin embargo, no me han faltado
resignación, paciencia y ánimo generoso con los que fueron mis
esclavos. Merecían también que los tratase con benevolencia, porque
me aman y me respetan. Los convoqué a todos y los felicité por su
libertad, explicándoles sus derechos y deberes de hombres libres
como pudiera haberlo hecho un abolicionista de los Estados Unidos,
y les hice presente la necesidad de olvidar todos los usos e ideas
del tiempo de la esclavitud, y que se figuraran que yo era un
extranjero a quien conocían por la primera vez, y tratáramos de
hombre a hombre como libres. Mis sesiones duraron una semana en mi
mina del Ensolvado y otra en la de Aguablanca de mi mujer, y los he
complacido hasta la saciedad. Les he arrendado las minas con todos
sus entables a vil precio; les regalé las casas y platanares
repartiéndolos por familias, y dejando parte para los viejos y
enfermos; les vendí fiadas las herramientas y fraguas con largos
plazos y a mitad de precio de lo que piden los comerciantes de ese
cantón, y les dejo mis tierras para cría de ganados pagando dos
reales al año por cabeza. Los libertos robustos me pagarán un peso
por mes, y los débiles a dos reales y hasta mi real uno que otro.
Son pues dueños de mis propiedades, quedándome una especie de
dominio útil que podrá darme la quinta parte de mi renta antigua si
me pagan, que lo dudo mucho. No es posible explicar a usted todos
los pormenores de mis teorías practicadas en favor de la naturaleza
ultrajada. He perdido mucho, pero me he aliviado del inmenso peso
que gravitaba contra mí, contra mi carácter. La manumisión de mis
esclavos me ha manumitido a mí. Al despedirme les regalé unas
cuantas reses gordas para una comida, y les enseñé cómo habían de
hacer compañías para aprovecharse de mis mejores veneros de mina.
Tengo también unos pobres indios inocentes a quienes no cobro nada
por terrajes, de modo que son colonos sin pensión; los padres,
mujeres e hijos me abrazan cuando llego y cuando parto, y me
regalan verduritas y algunas frutas, y quedo muy pagado gozando los
encantos de la naturaleza primitiva exenta de los artificios de la
sociedad."
Este verdadero demócrata fue don Joaquín Mosquera.
En la calma material que se siguió a la desgraciada tentativa de
los conservadores, se desenfrenaron las tendencias antirreligiosas
que de tiempo atrás venía mostrando el partido liberal, avivadas
por envidias y rencores personales y ayudadas ahora por las nuevas
ideas. El campo estaba en cierto modo preparado, porque, triste es
decirlo, los liberales hallaron apoyo en miembros del partido que
después se llamó conservador para dar leyes poco ortodoxas unas, y
otras muy a propósito para servir de instrumento de persecución.
Entre las víctimas descuella el arzobispo de Bogotá, don Manuel
José Mosquera, cuyo nombre se registra hoy en las historias de la
Iglesia universal como el de un confesor insigne de la fe, mártir
en defensa de la justicia y el derecho, cual si la Providencia
quisiera una vez más confundir a los perversos y burlar sus
designios, haciendo que con cuanto trabajan en abatir y tiznar a
los buenos, no consigan otra cosa que levantarlos y
esclarecerlos.
Al pasar la revolución de 1840, había llegado el arzobispo al
apogeo en el amor y veneración de los fieles. Estimábanse altamente
la gravedad y escrupulosa exactitud con que desempeñaba y hacía
desempeñar los más ligeros deberes del ministerio sagrado, y se
admiraban la prudencia y acierto con que logró fundar el seminario
y organizar en él los estudios; sus predicaciones, elevadas al
mismo tiempo que claras y sencillas, le corroboraron en el concepto
de docto y celoso del adelantamiento de su grey; y por fin la
solicitud paternal que mostró durante la epidemia de las viruelas,
visitando y confortando a los pobres, y la participación activa que
tomaba en cuanto propendía al bien de las clases menos favorecidas,
como en la educación primaria y después en el buen orden de la caja
de ahorros, arraigaron hacia él un cariño religioso y le hicieron
verdaderamente popular.
De tánto aprecio así disfrutaba cuando se propuso la candidatura
del general Mosquera para la presidencia de la República, y uno de
los principales inconvenientes que tuvieron muchos para decidirse
por ella, fue el considerar los graves daños que podrían redundar
de que las dos primeras dignidades de la Iglesia y del Estado se
hallasen en un sola familia. El arzobispo mismo lo sentía así, no
sólo por los defectos de su hermano, que naturalmente no se le
ocultaban, sino por las conocidas odiosidades que tenía como
sanguinario vencedor en la revolución pasada. Estos temores no
tardaron en salir verdaderos, porque al romper la oposición, A.
Acevedo envolvió en su rencor a los dos hermanos, procurando
indisponer contra el arzobispo al clero de posición menos elevada;
y algo después los periódicos liberales prohijaban las falsedades
que el libelo de Obando publicado en Lima en 1847 contenía sobre la
manera como "el hermano del famoso asesino" (Son sus palabras)
"dejó asegurado en 1849 el reinado sangriento de su familia."
Creció lo angustioso de su situación cuando en el cúmulo de
reformas de hacienda que intentó el presidente se discutieron en
las cámaras la abolición de la contribución decimal y la conversión
en deuda pública de los censos pertenecientes a la Iglesia, cosas
que aunque entonces no vinieron a ser leyes, sobresaltaron las
conciencias y dieron ocasión a quejas de parte de la Santa Sede, lo
mismo que la ley que garantizaba a los inmigrantes el culto público
o privado de su religión, cualquiera que fuese. Todas estas
medidas, que hallaban favor en unos por patriotismo inconsiderado y
en otros por hostilidad decidida a la Iglesia, fueron rechazadas o
atenuadas por la parte que en el gobierno tenían los buenos
católicos; desgraciadamente con el advenimiento de López al poder
faltó esta defensa, y la Iglesia quedó a merced de sus
enemigos.
Al programa amenazante de la primera alocución del presidente
|
(25)
, que
ya en otro lugar mencionamos, respondieron cual en coro multitud de
escritos hostiles a las personas y cosas eclesiásticas, y aunque
los periódicos conservadores no se descuidaban en rebatirlas, vio
el arzobispo de Bogotá la necesidad de fundar una publicación
exclusivamente destinada a la defensa de las doctrinas e intereses
de la iglesia. A este fin invitó para el domingo 1º de noviembre de
1849 a varias personas conocidas por su saber y su celo, entre
ellas al doctor Cuervo
|
(26)
, y les propuso su pensamiento, que no
era otro que tratar las cuestiones religiosas de manera elevada y
científica y evitar de todo punto envolverlas en las polémicas de
partido. De esta junta salió el plan y la forma del nuevo
periódico, que se llamó
|El Catolicismo y apareció por
primera vez en noviembre de 1849; su ciencia y moderación le
hicieron respetable, muchos de sus artículos fueron reproducidos
con aplauso en varios países de América, y aun sirvió de estímulo y
modelo para la fundación de publicaciones análogas. El doctor
Cuervo fue de los que primero colaboraron, empezando desde el
segundo número a publicar unos artículos sobre la influencia del
sacerdocio católico en la educación y bienestar social de los
granadinos, en los cuales con rápida y gallarda pluma refresca la
memoria de los que, sacerdotes todos, abrieron las primeras
escuelas públicas y los colegios mayores, y reseña los varones
eminentes que en éstos se formaron, las casi milagrosas proezas de
los misioneros en la reducción de los indígenas, y, en fin, los
beneficios que debe nuestra sociedad a la moral cristiana. Pasados
algunos años, cuando los enemigos volvieron al ataque, el mismo
|Catolicismo los reprodujo con este título:
|Una voz del
sepulcro en defensa del clero.
Con la guerra de la tribuna y de la prensa corrieron parejas las
hostilidades de los empleados públicos. No parecía sino que una
manía teológica trastornaba las cabezas: comerciantes, abogadillos
de pueblo, poetas imberbes, todos eran moralistas y canonistas,
todos se creían con el derecho de reglamentar las cosas de la
Iglesia, considerándose a tal altura que calificaban las enseñanzas
de ella o repudiaban con desprecio las que les placía. En la
capital, a poco de instaurado el nuevo gobierno, un fiscal tomó en
un juicio por amancebamiento la defensa de los reos, echando la
responsabilidad de su delito al "decrépito catolicismo que,
convertido en una religión de estafa, vendía los ritos y ceremonias
demasiado caras para el infeliz del pueblo". En un lugar determinó
el cabildo las fiestas religiosas que podía costear la devoción de
los fieles; un gobernador impuso a los curas el deber de pedir
licencia a los alcaldes para ausentarse de sus iglesias, y autorizó
a los alcaldes para darla; en otra provincia, al reglamentar la
instrucción primaria y secundaria, se designó el Evangelio como
texto de moral en las escuelas de ambos sexos y en el colegio
provincial, con prohibición de usar el catecismo aprobado por los
obispos, e imponiendo a las preceptoras, bajo pena de remoción, el
estudio de
|La educación de las madres de familia, obra harto
conocida de Aimé Martin. Estas invasiones de la autoridad civil
obligaban a los obispos a hacer reclamaciones y a entrar en
polémicas, en que por cierto no era lo menos penoso alternar con
gente cuya ignorancia era igual a su pedantería e incivilidad. Un
empleado casi niño, tratando de contestar a una nota del arzobispo,
se dejó decir que iba a exhibir al público las inexactitudes de
ella, para que se juzgase de la ortodoxia del autor.
El poder ejecutivo y las cámaras no se quedaron atrás de los
alcaldes y los cabildos. El secretario de gobierno presentó con su
informe al congreso de 1851 varios proyectos de ley inaceptables
para la Iglesia, y
|El Metropolitano se dirigió en seguida al
primero manifestándole la inconveniencia de ellos; pero sin ningún
efecto, porque se sancionaron disposiciones enteramente contrarias
a las doctrinas de la Iglesia. Por una quedaba su autoridad
puramente espiritual sujeta al examen y calificación de los
tribunales y juzgados civiles; por otra se daba, en contra de la
disciplina de la Iglesia, derecho al pueblo para nombrar los curas,
quedando la elección a merced de intereses lugareños y el elegido
en situación inadecuada para el libre desempeño de su ministerio;
por otra se dejaba al arbitrio de veleidosas asambleas la
existencia de los capítulos catedrales, que no pueden faltar en las
diócesis; por otra, finalmente, se defraudaban los medios de
subsistencia de los dos cleros secular y regular y de varios
establecimientos eclesiásticos, admitiendo la consignación en el
tesoro público de la mitad de los capitales a censo, obligándose el
Estado a reconocer el valor íntegro y dando por libre al
censuatario
|
(27)
. Al mismo tiempo se desenterraba un
proyecto fraguado el año precedente por un aborrecedor del nombre
de Mosquera, para incorporar el seminario conciliar, objeto de los
desvelos y depósito de todos los ahorros del arzobispo, en el
colegio nacional de San Bartolomé y volver las enseñanzas
eclesiásticas al lastimero estado que tenían diez años antes; y
como si esto no fuese ya de por sí harto inicuo, se coronaba la
idea traspasando al poder ejecutivo todas las facultades que para
la dirección del establecimiento correspondían al prelado. Por
manera que no había reparo en atropellar la propiedad al mismo
tiempo que la libertad de enseñanza, con tal de abrir la puerta
para la corrupción o desaparición del clero
|
(28)
.
La primera protesta del señor Mosquera relativa al desafuero
eclesiástico se mandó archivar por el senado, cosa que en nuestra
táctica parlamentaria es manera de indicar desdén supremo. En
cambio, a ella y a las que hizo con respecto a las demás leyes,
adhirieron todos los obispos y la mayor parte del clero secular y
regular de la arquidiócesis; el representante de Su Santidad se
dirigió al gobierno en términos muy moderados, apoyando las razones
en que se fundaba la oposición de los obispos, de lo que se
aprovecharon en el congreso para tratarle de una manera indigna y
para sostener que el presidente debía darle su pasaporte;
finalmente el Sumo Pontífice aprobó de la manera más cumplida la
conducta del Metropolitano y sus sufragáneos.
El secretario de gobierno don J. M. Plata por su parte había
estampado estas palabras en una contestación al arzobispo: "El
gobierno no puede impedir a un prelado eclesiástico ni a ningún
particular cualquiera, que proteste contra una ley que en su
concepto hiera sus principios o doctrinas privadas, siempre que la
protesta no envuelva la comisión de un delito: lo único que la
autoridad exige, y lo que hará efectivo en todo caso es el
cumplimiento de la ley escrita, respecto de cuya obediencia no
permitirá la menor transgresión, ni tendrá el más pequeño disimulo.
A esto debía limitarse la resolución del poder ejecutivo: a dejar
al prelado metropolitano, como a todos los habitantes de la
República, la libertad de protestar y de pensar de las leyes que
les disgusten lo que tengan por conveniente; pero con calidad de
cumplirlas inevitable o irremisiblemente en los casos prácticos que
puedan ocurrir" (23 de junio). De manera que no había más sino
acechar el primer caso práctico para ocasionar un conflicto, y este
apetecido lance se presentó con motivo de la convocación a concurso
para la provisión de los curatos vacantes. Según la ley de 27 de
mayo mencionada, contra la cual protestaba el episcopado granadino,
el nombramiento de curas correspondía a los cabildos parroquiales,
cuerpos a que se transfería toda la ingerencia que anteriormente
tenían el particular, el presidente de la República y los
gobernadores; a pesar de esta circunstancia, Plata como secretario
de gobierno excitó al provisor vicario general, don Antonio Herrán,
encargado del gobierno eclesiástico por enfermedad del arzobispo,
para que abriese el concurso
|
(29)
. El lo esquivó hasta por cuarta vez
alegando varias causas, y Plata se dirigió (1º de diciembre de
1851) para que se supliera lo que llamaba negligencia canónica del
metropolitano, al vicario Capitular de Antioquia, don José Mª
Herrera, anciano de escasísima instrucción, que cediendo a malas
influencias, procedió de plano pidiendo al señor Herrán la relación
de curatos vacantes en la arquidiócesis para convocar a concurso.
Este le replicó en términos enérgicos haciéndole ver con sólidas
razones lo desacertado de su proceder. Efectivamente, la ley misma,
muy mal redactada, no suponía la negligencia canónica por la cual
se devuelve al superior el derecho del negligente, ni la podía
haber, existiendo el inconveniente insuperable de no ser lícito
convocar el concurso conforme a disposiciones opuestas a la
disciplina de la Iglesia; a todo lo cual se agregaba que según los
términos de la ley misma eran los cánones la pauta del
procedimiento, y esos no reconocen para el efecto otro superior del
Metropolitano que el Papa, y no un sufragáneo. El vicario Herrera
envió esta nota al gobierno, y a consecuencia de ella el vicario de
Bogotá fue encausado y reducido a prisión (11 de marzo)
|
(30)
, en
circunstancias en que por mala salud se había retirado del despacho
y encargádose de él como provisor interino el señor canónigo don
Domingo A. Riaño. Plata, que no tenía por qué saber de estas cosas,
como que su profesión era el comercio, y además se reía de los
cánones
|
(31)
, requirió al nuevo vicario (13 de
marzo), olvidando que en su concepto el derecho del Metropolitano o
del que lo representaba, se había devuelto al vicario de Antioquia,
y que por tanto, conforme a sus principios, era absurdo pedir al
otro que hiciera la convocatoria. Pero mientras obraba así a tontas
y a locas, llega el edicto del vicario Herrera y se publica en la
|Gaceta (27 de marzo). El arzobispo, que vio invadida su
jurisdicción, rechazó denodadamente el atentado conminando con
excomunión mayor
|latae sentetiae a los eclesiásticos que
prestasen obediencia al edicto del intruso (29 de marzo).
Con anterioridad (22 de marzo) había pasado el secretario de
gobierno a la cámara de representantes todos los documentos
relativos a las reclamaciones y protestas del episcopado, los que
fueron puestos en manos de una comisión para su examen. Mientras
ésta evacuaba el informe, salió el edicto del arzobispo sobre los
procedimientos del vicario de Antioquia, y denunciado a la cámara
por uno de sus miembros, se pasó a otra comisión. La primera
presentó por todo informe un proyecto de separación completa de la
Iglesia y el Estado, y como el que llevó la voz era también de la
segunda comisión, se pensaba que éste sería el giro que iba a darse
a la cuestión; mas no fue así, porque el 11 de mayo se leyó el
informe en que la última comisión proponía se acusara ante el
senado al arzobispo no sólo por el edicto sino por las protestas.
El 14 de mayo, después de largas discusiones, se admitió la
acusación por veintisiete votos contra quince. Al día siguiente se
votó a la carrera en segundo debate, y se nombró el miembro que
debía sostenerla. El 18 se presentó éste en el senado, y leído que
hubo la acusación, se eligieron los tres que debían informar sobre
ella. No es de olvidarse que quien más votos obtuvo fue el doctor
Joaquín José Gori, ya porque quisiesen sus nuevos copartidarios
someterle a esta prueba, ya porque se complaciesen en ver entre los
acusadores del arzobispo a quien había figurado como uno de los
sostenedores de la religión en 1830 y en 1840, y alcanzando de
muchos eclesiásticos en 1848 el renombre de nuevo Ciro que iba a
devolver los vasos al Templo. Si así pensaron los que lo eligieron,
no quedaron defraudados sus deseos, pues servilmente apoyó todos
los cargos del acusador, y concluyó proponiendo se declarase haber
lugar a seguimiento de causa; preludio del encono que en calidad de
fiscal de la nación había de mostrar contra los demás obispos y en
todas las cuestiones eclesiásticas que por entonces se
trataron.
Aprobada por el senado la proposición de la comisión, el
secretario, don Medardo Rivas, lo notificó al arzobispo por medio
de una comunicación; pero habiéndosele manifestado que debía
hacerlo personalmente, se negó a ello, diciendo que si el
secretario del senado debía hacer las veces de escribano,
renunciaba al destino; contra todas las reflexiones que allí le
hicieron para hacerle cejar, persistió en su determinación, e igual
conducta observó el oficial mayor al cual llamaron para
reemplazarlo. Entonces el senado nombró secretario a uno de sus
miembros, quien asociándose a otro de sus colegas y a un
representante, desempeñó gustoso este que llamó patriótico
servicio. Con gran pesar, sin duda, tuvieron que poner la boleta de
notificación en manos del mayordomo del arzobispo, porque el
médico, con quien casualmente se encontraron, les ratificó lo que
de todos era sabido, que el señor Mosquera estaba gravemente
enfermo.
Conforme a la ley de 25 de abril de 1845 (cuya historia
bosquejamos en otro lugar), esta notificación debía producir el
efecto de que el arzobispo se reconociese suspenso de sus funciones
y procediese a nombrar vicario general, cosas que por ningún caso
podía hacer, y así lo declaró al senado: "Si por una fatalidad
deplorable, decía, se pone en contradicción la ley civil con la ley
canónica sobre materias eclesiásticas, ¿qué deberá hacer un obispo,
que es en su diócesis el depositario y el guardián de la potestad,
de los derechos y de la disciplina de la Iglesia? La misma Iglesia
le tiene trazado el camino que han seguido otros obispos, y del que
no puede desviarse" (26 de mayo). Como se leyó este oficio al día
siguiente, el mismo senador que hacía de secretario propuso el
extrañamiento del arzobispo y la ocupación de temporalidades,
proposición que después de un corto debate fue aprobada por todos
los liberales. El secretario de gobierno ordenó al gobernador
previniese ese mismo día al desterrado que debía ponerse en marcha
para fuéra de la República inmediatamente.
Así terminó este juicio en que se ostentaron igualmente el
fanatismo del sectario ansioso de humillar a un prelado insigne y
el furor del revolucionario que no para hasta herir en lo más vivo
la prenda más querida de su enemigo. Las comisiones de las dos
cámaras se desentendieron completamente de las importantes
cuestiones que se les ofrecían, y en que hubieran podido lucir
ciencia jurídica y constitucional. Con un poco de amor a la
justicia hubieran recordado la obligación impuesta por la
Constitución al poder público de proteger el ejercicio de la
religión, y de mantener en su vigor la disciplina de la Iglesia,
conforme a la ley de patronato; hubieran recordado que esta ley,
subordinando el derecho de patronato a la celebración de un
concordato, reconocía que nada podía innovarse en el particular; y
finalmente, que la misma ley daba fuerza de tal a los cánones y que
por lo mismo el arzobispo, acomodándose a ellos en este caso, no
infringió la ley civil
|
(32)
. Los miembros de la oposición, y muy
particularmente don Antonino Olano y los dos eclesiásticos don
Pablo Agustín Calderón y don Severo García, con claridad y copia de
buena doctrina alegaron éstas y otras muchas consideraciones en
defensa de la justicia; pero la determinación de los jueces estaba
irrevocablemente formada. Maña antigua de los demagogos, que
designan de antemano sus víctimas, y careciendo del valor de los
tiranos, para mejor asegurar el golpe, se emboscan en leyes y
fórmulas de juicio que ellos son los primeros en despreciar.
La orden apremiante de ponerse inmediatamente en marcha,
comunicada por el gobernador al arzobispo, se hubiera llevado a
efecto, aun sacándole quizá con una escolta, a no haber intervenido
los buenos oficios del ministro francés, el barón Goury du Rosland,
quien hizo valer en favor de la humanidad las consideraciones que
se deben a un moribundo. Gracias a esto pudo permanecer algunos
días más en su palacio, hasta que, algo aliviado, se halló en
capacidad de ponerse en camino. ¿Pero de qué manera? Sacado de la
cama en brazos de sus familiares fue colocado en una silla de manos
que debía conducirlo a casa de su amigo don Mariano Calvo, situada
en las afueras de la ciudad. A nadie se dio noticia de la salida.
Era la una de la tarde, y la silla de manos atravesó la población
de oriente a occidente, sin más acompañamiento que un caballero que
con ojo vigilante va cuidando de que ni amigos ni enemigos lleguen
a reconocer a la ilustre víctima y le causen una impresión que le
sería funesta: este caballero era el doctor Cuervo. Al día
siguiente (20 de junio) continuó su viaje llevado a hombros en una
camilla, y atravesando así la fatigosa montaña, se detuvo en
Villeta algunos días buscando fuerzas. Hasta aquí vino con él el
doctor Cuervo, y su separación fue triste como la de los antiguos y
leales amigos que presienten no volverán ya más a verse sobre la
tierra.
En los pocos meses que siguieron, por igual motivo fueron
acusados ante la Corte Suprema el obispo de Santa Marta, que
rendido al dolor de ver así perseguida la Iglesia, dio el último
aliento antes de terminarse su juicio; el de Cartagena, de quien
dijo el fiscal Gori: "Parece que el señor doctor Torres pretende
ser mártir, y no será sino un delincuente, a quien como tal pintará
la historia"
|
(33)
y por último el de Pamplona, de
ochenta y cinco años de edad, a quien a las cinco y media de la
tarde, la víspera de su salida y mientras arreglaba su pobre
equipaje, se le presentó un ministro de justicia a notificarle un
mandamiento ejecutivo por diez y seis pesos, cinco reales y treinta
y cinco céntimos a que montaba la contribución directa por el plazo
vencido cuatro días antes; y sin dar oídos a sus reclamaciones en
momentos tan angustiosos, le sacaron con multas y recargos cuarenta
pesos.
Todas estas villanías se compensaron no sólo con los testimonios
de amor y veneración que los desterrados recibieron de todos los
buenos católicos de su patria, sino con las manifestaciones de
simpatía y admiración que se les prodigaron en el exterior. El
señor Mosquera, al momento que arribó a Nueva York, fue visitado
por el arzobispo de esta ciudad y por otros arzobispos y obispos de
la gran República que venían a conocerle y consolarle; el clero y
los fieles de aquella ciudad se congregaron para probarle su
acatamiento, y en una gran reunión le ofrecieron un rico anillo,
por cuyo interior corría esta inscripción:
|Emmanueli Josepho
Mosquera Confessori Fidei.
|Neo-Eboraci. 1853. Y ¿quién
ignora los homenajes que, vivo, se le rindieron en Amiens, y,
muerto, en Marsella? Al señor Torres le alojó en su palacio el
arzobispo de Lima, y el gobierno, viendo en él así a un expatriado
venerable como al antiguo compañero del Libertador, le asignó una
pensión mensual de doscientos pesos. Para dar idea de la acogida
que tuvo en Venezuela el señor Torres Estans, nada más propio que
la siguiente relación que tomamos de un periódico
contemporáneo:
"Al cabo de diez y siete días de una marcha penosa, ya a bestia,
ya en silla de manos, llegó a las orillas del Táchira, que nos
separa de Venezuela. Notable y en cierto modo extraordinario era el
espectáculo que presentaban las dos riberas de este río. Ellas se
veían cubiertas, la una de granadinos, la otra de venezolanos; unos
y otros agitados por sentimientos diversos, pero favorables al
prelado y a la causa que defiende. Veíanse pintados en los
semblantes de los granadinos, que guardaban silencio, el dolor y la
indignación que producen siempre las grandes injusticias. Los
venezolanos se mostraban alegres y contentos de recibir en su
patria al ilustre huésped. Desde las orillas del río hasta la villa
de San Antonio, el camino estaba cubierto por ambos lados de
multitud de gentes de todos sexos y edades, que por medio de
cohetes, de música, de flores y de arcos mostraba sus simpatías por
el proscrito, y le daba a entender muy claramente que estaba en un
pueblo amigo, creyente y por tanto civilizado y hospitalario.
Rodeado de las autoridades de la villa y en medio de los vivas y
aclamaciones de la gente, llegó a la plaza en donde se redoblaron
las señales de respeto, de simpatía y de gozo, y luégo se le
condujo a la casa cural, que había sido preparada de antemano para
recibirlo. En el acto se presentaron el concejo municipal y demás
autoridades no sólo con el fin de felicitarle sino también de
ofrecerle, como lo hicieron en hermosos discursos, la más amplia y
generosa hospitalidad."
|
(34)
Desembarazados de los obispos, pretendieron algunos revolver las
cosas de la Iglesia e introducir la anarquía, sobre todo en la
metrópoli, ora fuese por mera malignidad, ora por la esperanza de
adelantar con la revuelta. Para esto empezaron a propagar escritos
encaminados a deprimir la autoridad de la Santa Sede y sembrar la
idea de una iglesia nacional, e igualmente a dar por nulo el
nombramiento de vicarios hecho por el arzobispo ocho días antes de
su salida de Villeta, pretendiendo que era llegado el caso de que
el Capítulo Catedral hiciese otro nombramiento
|
(35)
. No menos convenía a
estas miras el desconceptuar al señor Mosquera haciéndole culpable
de la situación de la Iglesia, y presentándole como indigno del
amor y sentimiento de sus ovejas; en lo cual estaba también muy
interesado el gobierno para sacudir de sí la odiosidad de sus
medidas perseguidoras. En esta satánica empresa fue el brazo más
poderoso un canónigo de Bogotá, don Manuel Fernández de Saavedra, a
quien señalaban ya con el dedo como autor de los escritos a que
arriba hemos aludido, y que descollaba entre los demás clérigos,
por fortuna bien pocos, que en esas circunstancias se habían puesto
del lado de los perseguidores. Desde mucho tiempo antes había
sonado su nombre como intransigente y fomentador de las pasiones
populares: en 1823 se le siguió una ruidosa causa por haber
firmado, como cura vicario de Facatativá, junto con los alcaldes y
en primer lugar, un bando por el cual se imponían penas arbitrarias
al vecino que dentro de tercero día no diese cuenta al cura y
alcaldes de las personas de fuéra que alojase en su casa, y
decretaba la expulsión del alojado si no presentaba documentos o
testigos de su cristiandad y buenas costumbres; en 1830 fue de los
más calurosos predicadores de los
|religioneros, como
llamaron a los vencedores del Santuario; el mismo papel hizo en
1840, en que recorría los cuarteles y las calles exhortando al
exterminio de los facciosos, a los que designaba con el nombre de
|jenízaros, y publicaba continuamente hojas para enceder el
entusiasmo público; en fin, fue siempre incansable ariete de los
"melosos secuaces del tolerantismo". A pesar de su
erudición indigesta y de un gusto muy poco acendrado que podría en
ocasiones calificarse de gerundiano, gozaba de alto concepto como
predicador, a lo que contribuía no poco la especie de que el doctor
Margallo, estando para morir, le había encomendado que lo
reemplazara en el ejercicio de la cátedra sagrada. Lo cierto es que
su oratoria tenía más de relumbrante que de sólida, y que fascinaba
al vulgo con una declamación teatral y una voz áspera y regañona. A
medida que con las predicaciones del señor Mosquera y luégo con las
de los jesuítas fue adquiriendo el público una idea algo más
elevada de la elocuencia del púlpito, la reputación de Saavedra fue
decayendo, hasta el punto de verse casi abandonado de sus
apasionados y encontrarse con que las mujeres que se alistaban bajo
su dirección en una numerosa cofradía, desertaban de su auditorio
para engrosar el de los jesuítas. Estos desengaños y lo poco que le
parecía adelantaba en su carrera exasperaron su carácter violento y
le hicieron entregarse a ojos cerrados a los enemigos de la
Iglesia, aunque esquivando siempre dar la cara; tal que ni se
defendió jamás de los cargos directos que se le hacían, ni se
confesó culpado para reparación del escándalo y desagravio de la
justicia. Este hombre fue el instrumento de que se valió el
gobierno para dar lo que se figuraba sería el golpe de gracia en la
cuestión religiosa
|
(36)
.
El 19 de octubre salió anónimo de las prensas oficiales y
costeado de las rentas públicas un folleto titulado
|El arzobispo
de Bogotá ante la nación, que se distribuyó gratis en el local
de las secretarías de Estado, se circuló profusamente dentro y
fuéra del país bajo el sello de la secretaría de gobierno, y se
hizo leer en los pueblos el domingo después de misa mayor con
recomendación de que se guardase cuidadosamente en los archivos.
Comenzando por la elección del arzobispo, que calificaba de ilegal
y anticanónica, discurría luégo por toda su vida hasta el momento
en que partió de Villeta; nada perdonó; los actos más honrosos de
su vida fueron convertidos en marcas de ignominia; donde faltaron
hechos, los suplió la calumnia: en pocas palabras, una de las
glorias más puras de nuestra patria vino a ser
|un truhán;
|un tránsfuga y
|desertor de su iglesia;
|un malvado
a quien el hábito del crimen ha extinguido hasta el último
sentimiento de moral! ¿Qué mucho, pues, que ahí mismo se
deprimiera de camino al clero fiel y se hiciera pasar a las señoras
de Bogotá por mancebas de los jesuítas? Desde el punto en que
apareció esta publicación, nadie dejó de llamarla
|el cuaderno de
Saavedra.
Indescriptible fue la indignación que produjo, y todos
aguardaban con ansia un vengador que hiciera trizas al calumniante.
Pero fue corta la expectación: un empleado de la secretaría del
interior y relaciones exteriores, antes de llevar las pruebas de
imprenta a Saavedra, las hacía ver al mejor amigo del proscrito, al
doctor Cuervo así; no obstante su extensión y el sigilo con que se
imprimía, pudo salir a los diez días la
|Defensa del arzobispo de
Bogotá, llenando de satisfacción a todos los hombres honrados.
Distribuyóse también gratis; las ediciones se repitieron con suma
rapidez, y nuestra casa no se desocupaba de personas que iban a
solicitarla; luégo que cundió fuéra la noticia, llegaban en su
busca propios de lugares distantes, pues el correo detenía los
ejemplares
|
(37)
. En Popayán hizo otra edición don
Joaquín Mosquera, que se arrebatan con igual ansiedad en el sur de
la República. En todas partes se firmaban adhesiones a la obra del
doctor Cuervo; de manera que su nombre vino a ser como el centro a
que convergían los sentimientos de todos los buenos católicos y de
cuantos rechazaban la alevosía oficial, defiriendo a su testimonio,
como al más autorizado, las altas dignidades de la Iglesia con el
clero y el pueblo fiel, sin distinción de grandes ni pequeños. No
sólo a la oportunidad debió este escrito su extraordinaria acogida:
la generosidad del amigo que acude a la defensa del amigo
desgarrado por un alevoso tan pérfido cuanto temible; la posición
elevada del defensor que desvanecía toda sospecha de querer abrirse
campo o buscar aplausos; la autoridad del testigo que había tenido
honrosa parte en los hechos que rectificaba; la claridad y
magisterio con que se dilucidaban los puntos legales y canónicos;
la soltura y gracia del estilo, y el tino y discreción con que se
empleaban en contra del mal encubierto autor las armas
suministradas por su vida veleidosa: todo esto hizo de la
|Defensa del arzobispo una obra digna de su objeto, y que
pasados tántos años se lee todavía con interés
|
(38)
.
El doctor Cuervo quedó igualmente pagado del aplauso de sus
amigos que de la ira con que los calumniadores encubrieron su
vencimiento. "Yo he tenido la gloria", escribía al arzobispo, "de
ser el único a quien se haya atacado y de haber visto cumplido el
doble objeto que me propuse al escribir la defensa de usted:
primero, que se embotaran en mí los tiros que se lanzaban contra
usted, y segundo, que la verdad de mi testimonio triunfara, aunque
mi persona y mis opiniones fueran maltratadas. He tenido el gusto
de que nadie haya contradicho alguno de los hechos que afirmo, y
éste ha sido mi triunfo. En cuanto a principios, nuestro desacuerdo
es natural, lógico, necesario: esos señores son ateos, y yo soy
católico. Por lo demás, me he reído de los insultos e inepcias que
me han dicho, y hasta del aumento de contribuciones y empréstitos
con que se ha querido castigar mi franqueza."
Que el gobierno prohijara una obra dictada por la envidia, el
rencor y mil pasioncillas mezquinas, sin mérito alguno literario ni
científico, sería muy fácil de concebir si sólo se hubiera pensado
en producir efecto entre los miembros de las Sociedades
Democráticas u otras personas de igual altura intelectual y moral;
mas no se ciñó a esto, sino que transmitió el libelo a los agentes
diplomáticos de la República para que lo presentasen en centros más
cultos, y ajenos al frenesí que lo había engendrado. La mayor parte
no se atrevió a cumplir la orden. El que estaba en Santiago de
Chile, que se había propuesto dar a conocer el movimiento político
de sus copartidarios, valiéndose de la amistad del redactor en jefe
de
|El Progreso, "insertó el famoso folleto denominado
|El
arzobispo de Bogotá ante la nación. ¡ Allí fue Troya! Alarmóse
el gobierno y alborotáronse clérigos y pelucones con aquel
|crescendo democrático. Motivo por el cual la imprenta de
|El Progreso fue cerrada por la policía de orden de la
autoridad." Con estas palabras refiere un escritor liberal lo que
pasó en Santiago
|
(39)
. Si con la expresión
|crescendo
democrático aludía el autor a los retozos democráticos del
Cauca, no hay duda que es felicísima, porque esos azotes y
asesinatos son preludios armónicos de la maldad de publicar en país
extranjero un zurcido de calumnias, ya concluyentemente rebatidas,
contra la sociedad entera de la patria.
En compensación de este escándalo el arzobispo y el clero de
Santiago, con un gran número de las personas más condecoradas en la
política, en la magistratura y en las letras, dirigieron una
manifestación de veneración y simpatía al señor Mosquera, la cual
hizo llegar a sus manos en Nueva York el ministro de Chile,
acompañándola de una nota empapada en los mismos sentimientos.
A la inquietud que causaban los desbordes de las Democráticas y
la persecución religiosa, se agregó, para hacer este período "el
más agitado en los veintidós años de la vida política de la Nueva
Granada" (como decía en su último informe al congreso el secretario
de gobierno), se agregó, decíamos, el desorden que hasta los
pueblos más distantes llevaron la ignorancia del arte de gobernar y
la manera disparatada con que se entendía el sistema democrático.
En comprobación de este juicio vendrán, para no citar otras cosas,
la ley de descentralización de rentas y el ensanche del poder
municipal. Por la primera se desprendía el gobierno de la nación de
ciertas rentas en favor de las provincias, dejándoles libertad para
hacer de ellas lo que a bien tuviesen y para arbitrar los demás
medios de subsistencia; pero precisamente las principales entre las
rentas cedidas eran aquellas contra las cuales más se había
declamado, como el diezmo, cuya injusticia se ponía por las nubes,
y el monopolio del aguardiente, que con todos los monopolios había
sido blanco de muchos ataques, desde que se tomó esta cantinela
contra el gobierno de Mosquera. Las cámaras de provincia, que no
querían pasar por retrógradas, abolieron todas las contribuciones
desconformes, en su sentir, al espíritu del siglo, y crearon otras
nuevas, que sólo por lo nuevas, ya que no hubiera otras causas, se
recibieron con desagrado, y en varias partes no dieron ni con mucho
lo suficiente para los gastos. Sobre todo sucedió esto con la
contribución directa, tipo de perfección, según las ideas de
entonces: como no había catastros ni modo de saber con precisión lo
que cada cual tenía, se cometieron injusticias monstruosas, tal que
en alguna provincia hasta se hizo una asonada para resistir el
pago, y en otra fue llamada esta imposición el azote del pueblo; ni
faltó el caso de otra provincia en que, al cesar las contribuciones
viejas, no se había podido organizar en forma el reemplazo. Como
además se crearon muchas provincias, hasta llegar a treinta y
cinco, los gastos se aumentaron, y al mismo compás los impuestos,
de suerte que ''el sacrificio de los contribuyentes se invertía con
pocas excepciones en el pago de miserables pero numerosos
sueldos'', sin que pudiese ''apropiarse suma alguna para la
construcción de cárceles, puentes caminos, para establecer casas de
educación y beneficencia, para objetos de aseo y ornato en las
poblaciones, para la instrucción primaria, ni para objeto alguno
que no sea absolutamente indispensable para que exista la
provincia, como es el pago de sueldo de los empleados.''
Mayor fue el caos a que vinieron a dar los pueblos, sacrificados
al mentiroso axioma de que cada uno es el mejor juez de lo que le
conviene, no de otra suerte que entre los egipcios se inmolaba un
toro a una mosca. Investidos los cabildos de amplías facultades
para hacer y deshacer en todos los ramos del servicio municipal,
estos cuerpos, compuestos en su mayor parte de sujetos que no
sabían leer ni escribir, no tenían idea de nada mejor ni otro
criterio que el interés o las aficiones privadas. Quedando, pues, a
su cargo el nombramiento y deposición de los maestros de escuela,
se vieron a cada paso en este puesto individuos incapaces, cuales
podían escogerlos semejantes jueces, y con asignaciones tan
mezquinas como que debían salir directamente de la bolsa de los
vecinos que las fijaban: cuando se acertaba una elección, venían
luégo las ojerizas lugareñas y hacían remover al maestro, o bien se
presentaba otro que se ofrecía a desempeñar el cargo más barato, y
se llevaba la preferencia, aunque fuera menos hábil. En todo tiempo
la instrucción primaria ha ofrecido entre nosotros dificultades sin
cuento, en las que se han estrellado casi siempre las intenciones
más sanas; ni podía ser de otro modo, dado que los focos de cultura
que quedaron al tiempo de la emancipación eran muy cortos y
esparcidos a grandes distancias en medio de espesas tinieblas; por
manera que para hacer penetrar la luz hasta ellas fuera menester un
esfuerzo tan tenaz como perseverante, cosa que han imposibilitado
las borrascas de barbarie con que las revoluciones han hecho
oscilar aquellas lamparillas del saber. Con maduro juicio todos
habían pensado hasta entonces que la luz debía difundirse desde
esos focos, sin que a nadie se le ocurriera que la barbarie de por
sí pudiera trocarse en civilización. Que el ensayo causó a la
instrucción primaria increíble retroceso, lo testifican lo trenos
con que lamentan su decadencia el presidente y el secretario de
gobierno en sus últimos mensajes al congreso
|
(40)
.
Suerte parecida a la de los preceptores cupo a los curas, donde
las cámaras de provincia, aboliendo los derechos de estola,
sometieron a los cabildos el sostenimiento del culto. Las más veces
fueron los sueldos tan ruines que los gobernadores se vieron
asediados por las reclamaciones, y otras la malevolencia corría
parejas con la mezquindad: acá se entremetía el cabildo a nombrar
de por sí sacristán, cantores y monaguillos, allá se dictó una
especie de código penal para castigar con multas al cura todas las
voces que infringiese las obligaciones que ahí mismo se le
imponían; en otras partes a fuerza de contribuciones reducían a
nada el dichoso sueldo. Bien es verdad que en el reparto de estas
contribuciones padecían todos los vecinos indecibles injusticias y
como no siempre los más poderosos se quedaban con las manos
cruzadas, el temor de su venganza hizo que toda la carga recayera
sobre la gente pobre y desvalida. Para sellar la burla, los
cabildos eran irresponsables, y cuando se les recordaba la
obligación legal de mantener escuela, alegaban que por mayoría de
votos se había negado la fundación, y ahí paraba toda la acción de
la autoridad superior con el mismo arbitrio eludían dar cuenta de
las rentas cuya administración estaba a su cargo
|
(41)
.
Mayor, si cabe, fue el golpe que recibió la instrucción
secundaria y profesional. La ley de 15 de mayo de 1850 no sólo
declaró innecesarios los títulos académicos para desempeñar un
empleo o profesión, sino que los envileció no exigiendo para
obtenerlos otra cosa que un examen en las materias peculiares de
cada profesión. Con esto pasaban los jóvenes de las escuelas de
primeras letras al estudio de la jurisprudencia o de la medicina,
sin haber saludado las humanidades ni la filosofía. "Los
conocimientos que hoy se tienen en matemáticas, en física, idiomas,
química, botánica y otras ciencias", decía el secretario de
gobierno al congreso de 1853, "se deben en la mayor parte a que
antes de 1850 se exigía para obtener el título de doctor haber
hecho algún estudio de ellas. Son muy pocos los jóvenes que hoy
dedican algún tiempo al estudio de las materias que he mencionado,
porque no son objeto de examen, y no hay uno solo de los que
obtuvieron sus grados antes de 1850, que no tenga algunos
conocimientos en ellos." Con las nociones superficiales que podían
obtenerse sin esta preparación necesaria, se presentaban en breve a
optar un título de doctor, confiados en la lenidad de los
examinadores, quienes persuadidos a su vez de que el grado ni valía
nada, ni había de servir para nada, lo otorgaban con la mayor
facilidad. Con tal frescura iban los estudiantes, que sucedió
presentarse a examen uno que no pudo responder palabra y calló a
todo como un leño; hecha consulta entre los examinadores, hubieron
de parodiar el conocido axioma del
|Arte de tocar las
castañuelas, determinando que no podía darse calificación,
porque del que no lo había hecho no podía decirse que lo había
hecho ni bien ni mal. Nada pues tenía de extraño que en tiempos
posteriores ser
|doctor de 1851 fuera una de las
recomendaciones menos apreciables de un letrado.
No paró aquí la destrucción: el Colegio Nacional (corno se llamó
a la Universidad) se vio en tal extremo de escasez, que a
principios de 1853 propuso la junta de gobierno al poder ejecutivo
que cerrase el establecimiento para que no continuaran gravándose
sus rentas con los sueldos que devengaban los empleados y que no
podían pagarse. Si por el momento no llegó a cerrarse, fue menester
despedir a todos los alumnos internos por falta de fondos para
pagar al que suministraba los alimentos, y suprimir los pasantes,
de modo que no había quien invigilara la conducta de los
estudiantes. La misma junta de gobierno tuvo que proponer (abril de
1853) que se declararan suspensas por dos años las escuelas de
jurisprudencia y medicina o por lo menos una de ellas. Todo esto
provenía de que el gobierno no pagaba un cuarto de las cuantiosas
sumas que debía al colegio, entre ellas la de más de siete mil
pesos duros que tenía éste en caja y que el gobierno hizo depositar
en el tesoro público
|
(42)
. ¿Pero qué mucho, si a pesar del
superávit que hubo en las rentas en 1850, fue creciendo el déficit
en los tres años siguientes con una proporción verdaderamente
lastimosa? A 2.250.000 pesos llegaba en 1853.
Incorporado el seminario al Colegio Nacional, vino a tal
deterioro su edificio, que lo reputaba el rector del segundo como
posesión gravosa, y habiendo querido arrendarlo, no se halló
postor, por más carteles que se pusieron
|
(43)
.
El colegio de La Merced se cerró una vez por la poca confianza
que inspiraban las personas encargadas de su dirección; su local se
destinó para hospital de coléricos en caso de que llegase este
azote, y aun cuando se abrió de nuevo en 1851, se vio precisado el
gobernador de la provincia a acudir a la generosidad pública para
que no se acabara.
La ley de redención de censos de que hemos hecho mención en otro
lugar, causó a todos los establecimientos de educación y de
beneficencia perjuicios cuyas consecuencias todavía se lamentan
hoy.
Si hay en la administración pública cosa que deba mantenerse
lejos de las influencias y caprichos provinciales, son sin duda los
tribunales y juzgados, pues colgando de su estabilidad e
independencia lo que más de cerca toca a los ciudadanos, que es su
propiedad, es preciso no dejar a la codicia y la mala fe resquicio
por dónde meter la mano y torcer la justicia. El secretario de
gobierno, en el informe que tánto nos ha servido para conocer esta
época, pinta los amaños de que se valían las cámaras de provincia,
o mejor dicho los que tenían interés en ello, para burlar, apoyados
en leyes recientes, la disposición constitucional que hacía a los
jueces inamovibles por seis años, a menos de ser legalmente
acusados y sentenciados: ora se expendía una ordenanza para
suprimir el tribunal y agregar la provincia a otro distrito
judicial, con que de hecho cesaban los jueces; ora, por el
contrario se decretaba la creación de tribunal en la provincia, y
así pasaban los expedientes a otras manos. En cuanto a los juzgados
de circuito, bastaba para cambiar el juez señalar un lugar distinto
para su residencia, dar al circuito otro nombre o hacer alguna
modificación insignificante en sus límites; así las cámaras
quitaban y ponían jueces a su gusto, y ellos, a fin de conservar el
puesto, tenían que captarse su benevolencia con medios no siempre
decorosos. Por éstas y otras razones el presidente hizo al congreso
de 1852 una pintura negra de la administración de justicia,
"cuya debilidad de acción se siente cada día más"; "falta
la sanción moral, añadía, que supliendo la carencia de buenos
códigos judiciales, mantenga a los jueces en el camino del deber, y
sostenga su celo cuando flaquee." De aquí se originó una
"vergonzosa" reyerta con la Corte Suprema, que protestó contra el
mensaje presidencial, y pretendiendo ver en tales palabras el
empeño de deprimir al poder civil, retorció el cargo, diciendo al
presidente: "¿Quién ha indultado a famosos asesinos y criminales,
arrancándolos de las manos del poder judicial, enervando así la
acción saludable de la justicia pública?" Lastimado López con esta
acrimonia, renunció la presidencia, ante el congreso; pero, natural
es pensarlo, éste no accedió a sus deseos.
Entre las pocas instituciones que resistieron al soplo asolador,
citaremos el Colegio Militar y las cajas de ahorros. Estos últimos
establecimientos Se habían ido extendiendo y multiplicando con
creciente prosperidad. En octubre de 1848 los había en Antioquia,
Bogotá, Buenaventura, Cartagena, Cartago, Cúcuta, Chocó, Mompós,
Pamplona, Panamá, Popayán, Ríohacha, San Gil, Santa Marta y Tunja,
y entre todos tenían una existencia de 1.913.805.45 reales. Después
se fundaron otros, pero las más veces cómo anexos a las
Democráticas. Muerto el espíritu público con el gobierno de partido
de López y Obando y con la dictadura de Melo, consecuencia natural
de uno y otro, y enervado el poder público con el desbarajuste
precedente no menos que con erróneas ideas políticas. todo aquello
se fue acabando, y a nadie se le ocurrió anudar las tradiciones de
la administración progresista y vigorosa que tántos bienes produjo
de 1832 a 1849
|
(44)
.
Al llegara este punto y releer las páginas antecedentes, nos
sentimos como sobrecogidos de espanto, viendo el pavoroso cuadro
que hemos trazado, y nos acomete el temor de que alguien nos acuse
de haber faltado al candor histórico, dejándonos arrebatar por el
empeño de acriminar a un partido político, hasta el punto de no
poner sino sombras y olvidar los puntos luminosos. Sin embargo,
serena nuestra aprehensión el convencimiento de no haber escrito
cosa alguna que no esté apoyada con documentos fehacientes, con el
testimonio de los que presenciaron los sucesos y con nuestros
recuerdos personales. Por otra parte, visibles quedan aún las
ruinas que atestiguan el gran desastre que entonces padeció nuestra
patria; y al escribir la historia, no es culpa del historiador si
sólo se ofrecen a sus ojos escenas de abatimiento, anarquía y
destrucción. Lejos de nosotros marcar a todos los vencedores de
1849 con el título de demagogos desalmados: al lado de hombres
sumamente corrompidos había otros cuyas intenciones pudieron ser
inocentes, pero que extraviados por teorías quiméricas, causaron
también gravísimos daños. Nadie puede poner en duda los buenos
deseos del general López; en varias ocasiones trató de evitar el
mal y sobreponerse a pretensiones indebidas, y aun viendo que sus
esfuerzos eran estériles, llegó a tener escrita su renuncia para
abandonar el puesto, en los momentos de mayor exacerbación de los
suyos, poco antes de estallar la revolución de 1851
|
(45)
. Pero él, como
otros de igual índole, corrió la suerte que cabe en las tormentas
políticas a los caracteres débiles, que no siendo capaces de
figurar en primera línea y dirigir los sucesos, paran en
instrumentos de los más audaces. Dejemos empero de escudriñar las
intenciones y pongamos los ojos en los resultados, que son los que
en el criterio de los pueblos sirven para apreciar la bondad de los
gobernantes. A los que creyeron en las pomposas promesas de dicha y
rehabilitación social; a los que escucharon el insultante desprecio
con que se hablaba de los gobiernos anteriores, proclamando en
prosa y verso que con el 7 de marzo la nación se había trocado de
esclava en señora y de débil en potente; a los que, viendo en el
exterior los discursos y leyes que a tambor batiente publicaban los
agentes del gobierno, llegaron a formarse el concepto de que
nuestro país era el más avanzado en efectivas reformas
democráticas: a todos éstos les bastará mostrarles las clases
pobres arrancadas del trabajo honrado y lanzadas al crimen o al
motín para llevarlas luégo a perecer lastimosamente o en el cadalso
o en las playas insalubres
|
(46)
; mostrarles las poblaciones vejadas y
esquilmadas por tiranuelos microscópicos; exhausto el tesoro
público y olvidado casi el progreso nacional, abandonada y viciada
la instrucción pública, decaída la administración de justicia,
pervertido el sentimiento moral y la religión perseguida y
vilipendiada, para que, viendo convertido en ruinas casi todo lo
que antes existía, exclamen con Hamlet:
|Words, words, words.
Sí, todo el bien prometido y publicado no fue sino palabras,
palabras, palabras.
|
(1)
|
Para mayor abundamiento,
agregaremos a lo dicho en otro lugar algunas noticias sobre la
influencia de Bentham en la revolución española de 1820 y sobre los
motivos que le hicieron simpático en América. Recién abiertas las
Cortes les dirigió una carta sobre los inconvenientes de establecer
una cámara alta, la que fue leída en ellas con fervientes aplausos;
también se leyó en la sociedad patriótica del café de la Cruz de
Malta, que, entusiasmada, envió a su autor el diploma de miembro
honorario. Poco después Argüelles le consultó sobre la institución
del jurado, y el Conde de Toreno, que le proclamaba lumbrera de la
humanidad, sometió a su examen el
|Proyecto de código penal,
lo que dio materia a siete extensas cartas del jurisconsulto
inglés. Calatrava, el principal entre los redactores del
|Proyecto, ensalzaba en las Cortes la humanidad, la
filantropía y el genio sublime de Bentham. De esta manera el que
era abominado en Inglaterra como caudillo de los radicales, vino a
ser legislador de España, según lo advierte el traductor francés de
estos opúsculos (
|Essais
|de Jerémie Bentham sur la
situation politique de l'Espagne, página 179: París, 1823). En
lo más vivo de la influencia del liberalismo español, a mediados de
1821 con la primera avenida de libros españoles, llegó la
traducción de Bentham a Bogotá (Groot,
|Hist. ecles, y civ.,
tomo III, página 143). La aceptación que tuvo estaba preparada,
pues él era conocido de los primeros hombres de nuestra revolución,
en el concepto de que aunaba en sus simpatías a los liberales de
España y América; simpatías tan sinceras, que por ese tiempo hacía
valer todo su influjo para que la metrópoli emancipase a sus
colonias (
|The works of Jeremy Bentham, published under
superintendence of his executor, John Bowring, tomo X, páginas
514-515. Véase además la curiosa carta de Bentham a Bolívar,
fechada el 13 de agosto de 1825, en las Memorias de O'Leary, tomo
XII, página 265). Grande amigo de Miranda, le redactó antes de
partir éste para Venezuela en 1810 una ley de libertad de imprenta,
y proyectaba él mismo hacer un viaje a este país. Miranda, que le
consideraba como uno de los principales apoyos de la libertad
americana, le daba parte de sus empresas (véase la citada edición
de Bentham, páginas 458, 552). El
|célebre escritor a quien
Nariño cita de memoria en el proyecto de Constitución que presentó
al congreso de Cúcuta, para sostener que no debía haber sino una
sola cámara, es el mismo Bentham en la carta a las Cortes, arriba
mencionada, y que sin duda vio en España traducida por don José
Joaquín de Mora. Finalmente diremos que este liberal español,
benthamista fervoroso, que al anunciar aquella traducción en
|El
Constitucional de 18 de agosto de 1820 hizo pomposo elogio de
su ídolo, fue el primero que enseñó en Chile sus doctrinas (J. V.
Lastarria,
|Recuerdos literarios, página 24).
La redacción francesa de Dumont ha tenido escasa circulación entre
nosotros; y así nos parece fuéra de toda duda que sin el entusiasmo
de los españoles por Bentham, gracias al cual sus obras se
vulgarizaron e hicieron accesibles a la juventud colombiana en
circunstancias tan especiales, acaso no salieran entre nosotros del
gabinete de los doctos ni se convirtieran en bandera de partido a
título de ser cosa de patriotas y liberales.
|
|
(2)
|
Es tipo acabado de estos
revoltillos la siguiente lista de brindis propuestos en un banquete
reformista celebrado en Limoges en enero de 1848: ''Por la
soberanía del pueblo; Por la libertad, la igualdad y la
fraternidad; Por la organización del trabajo; Por la solidaridad
humana; Por la instrucción nacional; Por el problema pacífico del
proletariado; Por la libertad de imprenta; Por el sufragio
universal; Por el porvenir religioso de la humanidad; Por la
propiedad y la familia; Por Jesucristo; Por el triunfo de la
libertad; Por el pueblo. El periódico titulado
|Le Peuple da
en los términos siguientes noticia de un Banquete religioso y
social celebrado ''en memoria del nacimiento de Jesucristo, el
grande apóstol del socialismo'' el 25 de diciembre de 1848:
''Abrióse dignamente la sesión con la lectura del Sermón del Monte,
y después de cantar con recogimiento el himno a la fraternidad, se
propusieron estos brindis: una señora cuyo nombre no recordamos:
Por Cristo, padre del socialismo; la señora Jeanne Déroin: Por el
advenimiento de Dios a la tierra; etc. En seguida nuestro amigo
Pierre Leroux, que con tan buena voluntad corresponde siempre a los
deseos de sus hermanos y amigos, volvió otra vez al Sermón del
Monte, y, habiéndolo comentado, saludó el advenimiento de una
religión nueva fundada en la solidaridad, y en la que habían de
aunarse la afirmación del corazón y la sanción de la ciencia. Esta
improvisación, dicha con emoción y entusiasmo, mereció los más
vivos aplausos. Siguieron los brindis: la señora Brazier: Por la
Navidad; Hervé: Por Saint-Just, mártir de Termidor; Bernard: Por el
Cristo vivo, por Francia.'' Estos fueron los Felicianos de Silva
que volvieran el seso a nuestros demócratas.
|
|
(3)
|
|Gaceta oficial de 11 de
julio de 1850.
|
|
(4)
|
Discurso de posesión del
vicepresidente Obaldía (1º de abril de 1851).
|
|
(5)
|
Véase la
|Gaceta de 3 de
noviembre de 1850.
|
|
(6)
|
Estas palabras se hallan referidas
con uniformidad casi completa en la
|Gaceta, en
|El
Neogranadino y en los periódicos conservadores. Nosotros las
hemos copiado de la primera.
|
|
(7)
|
Véase
|La Civilización de 10
de octubre de 1850.
|
|
(8)
|
Véase la
|Gaceta de 6 de
febrero de 1851 y
|La Civilización de 2 de enero del mismo
año.
|
|
(9)
|
El secretario de gobierno presentó
al Congreso de 1850 un proyecto sobre establecimiento de talleres
industriales en los colegios nacionales y de la República
(
|Gaceta de 24 de enero). Fue recomendado por el presidente
en su mensaje del mismo año, con la indicación de que sería
conveniente enviar a Europa a costa de la nación algunos jóvenes,
hijos de artesanos, para que hiciesen un aprendizaje fomal y
científico de sus profesiones (
|Gaceta de 3 de marzo). Por la
ley de 8 de junio se establecían escuelas de artes y oficios en los
colegios nacionales, para la enseñanza gratuita de la mecánica
industrial y de las artes y oficios a que quisiesen consagrarse los
granadinos, dejándose al poder ejecutivo el cuidado de designar el
número y clase de estas escuelas, las enseñanzas teóricas y
prácticas que debieran darse y los institutores a cuyo cargo habían
de correr. Todo se redujo a que en el decreto orgánico de los
colegios nacionales se ordenó la enseñanza de dibujo lineal,
estática y maquinaria, agricultura y arquitectura (25 de
agosto).
|
|
(10)
|
Informe pasado por el jefe político
de Bogotá al gobernador en 23 de junio.
|
|
(11)
|
Así se expresa el general Mantilla,
gobernador, al elevar al poder ejecutivo el citado informe del jefe
político (Gaceta de 11 de agosto).
|
|
(12)
|
Esta invitación, que se fijó en las
esquinas, se halla en
|La Civilización de 11 de julio.
|
|
(13)
|
Véase el documento arriba
mencionado (
|Gaceta de 11 de agosto).
|
|
(14)
|
Véase
|La Civilización de 8
de agosto de 1850.
|
|
(15)
|
Mensaje de 10 de abril de 1851,
publicado en la
|Gaceta del 13 del mismo mes.
|
|
(16)
|
La comisión de la cámara a quien se
pasaron el mensaje del presidente y la representación de la
Democrática, reconoce el hecho de haber salido ladrones de esta
sociedad: ''Por desgracia cuando las pasiones hablan, se quiere que
toda una clase, toda una secta, toda una asociación sea responsable
de las faltas de alguno o algunos de sus miembros, y se desconoce
completamente el hecho, desde el principio del mundo, de que toda
sociedad, hasta la familia, se compone de buenos y malos.''
|Gaceta de 28 de mayo de 1851.
|
|
(17)
|
''
|Invitación importante. La
gobernación de la provincia ha removido todo el cuerpo de policía
por haber indicios de que dos individuos de él estaban complicados
en un robo. Si los propietarios y particularmente los comerciantes
de esta ciudad quieren ayudar al gobernador a reorganizar dicho
cuerpo, indicándole qué personas serían a propósito por su honradez
y actividad para gendarmes, él atendería con mucho gusto a sus
indicaciones, y se tendría un cuerpo de absoluta confianza. Abril
22 de 1851. De orden del señor gobernador, el secretario, J.
Salgar.''
El gobernador en su
|Informe a la Cámara de Provincia dice
que tuvo que remover a los empleados en el cuerpo de policía por la
desconfianza casi general que respecto de ellos se esparció en la
ciudad.
|Gaceta de 27 de septiembre de 1851.
|
|
(18)
|
''
|Importante. Se invita a
todos los ciudadanos honrados a que concurran al Salón de Grados
esta tarde a las cuatro, en que tendrá lugar una reunión con el
objeto de acordar las indicaciones que pueden hacerse al ciudadano
presidente de la República y el cuerpo legislativo, para remediar
la alarma que tan justamente se ha difundido entre los hombres de
bien. Bogotá, 29 de abril de 1851.''
|
|
(19)
|
Es de observar que entre los
condenados después por ladrones, pocos eran aquellos de quienes
pudiera decirse que fueron arrastrados al crimen por la miseria;
los más eran hombres de vivir de su trabajo.
|
|
(20)
|
Para cohonestar la destrucción de
las cercas en los ejidos de Cali se alegó que los poseedores no
tenían título legítimo; pero las autoridades hallaron suficiente
disculpa a su connivencia, diciendo que no se podía averiguar
quiénes eran los autores. En otras partes no se pretextó cosa
alguna.
En seguida copiamos pasajes de documentos oficiales que comprueban
lo que decimos en el texto:
''La policía, que sin cesar ha invigilado y las patrullas de
ciudadanos que le ayudaban, disipaban aquellos tumultos y asonadas,
hasta que la población entera que rodea al gobierno se puso en celo
y vigilancia de un modo serio, y a látigo o perrero, que llaman,
disipaba los tumultos, a pesar de que sus autores o fomentadores
ostentaban armarse encubiertamente de puñal, pistolas y lanza de
tornillo; la emergencia produjo algunos leves hechos de personas
flageladas, que precisamente resultaban ser de las más
provocadoras, y quienes nunca han podido denunciar a la autoridad
sus agresores, por más que se les ha instado a ello para
castigarles, a causa de no haberlos conocido o hayan temido
delatarlos. Seis u ocho días presentó el lugar este estado. La
gobernación llamó al servicio un reducido piquete de guardia
nacional, y éste con el cuadro veterano, los agentes de policía y
muchos ciudadanos que se prestaban, patrullaban sin cesar para
contener el desorden. No obstante esto, los provocadores
dondequiera que asomaban parece que eran flagelados.'' Informe de
Ramón Mercado, gobernador de Buenaventura, sobre los sucesos de
Cali, 24 de enero de 1851 (
|Gaceta oficial de 6 de febrero).
Las flagelaciones de Cali se hallan también comprobadas por las
comunicaciones del jefe político publicadas en las
|Gacetas
de 6 y 27 de febrero, y por una publicación hecha por la
Democrática de Cali para desmentir a los periódicos conservadores y
reproducida en la
|Gaceta de 30 de marzo; en esta publicación
no se atribuyen ya los atentados a causas políticas, como en las
anteriores, sino a motivos personales.
La violencia hecha en la cárcel de Palmira para sacar a los
enjuiciados por los delitos de robo, maltratamiento y heridas
cometidos en la persona de Segundo Hernández y Quiteria Fernández
está plenamente probada por las declaraciones remitidas al gobierno
por el gobernador Carlos Gómez (
|Gaceta del 2 de marzo).
Sobre ''el cúmulo de hechos escandalosos de flagelaciones, derroque
de cercas y demás atentados'', cometidos después de aquel
acontecimiento, deponen multitud de personas que firman una
representación en defensa de don Antonio Matéus y trasmitida por el
mismo Gómez (
|Gaceta de 28 de junio).
C. Gómez en comunicación de 12 de abril: ''Antes de esto había
recibido varias quejas de que en Tuluá se cometían excesos y
flagelaba a los que se titulaban conservadores: que hasta las
mujeres hacían uso del látigo.'' De los asesinatos perpetrados en
el lugar dicho habla el mismo gobernador en su Memoria a la Cámara
de provincia (
|Gacetas de 26 de abril y 22 de
noviembre).
Sobre las partidas armadas que recorrían los campos, véase la nota
del gobernador Gómez en la
|Gaceta de 15 de mayo.
Todos estos escándalos y demás de que no habla la
|Gaceta,
pero que eran de pública notoriedad, se hallan compendiados en las
siguientes palabras de un escrito tan conocido por su título
disparatado como por el conspicuo personaje a quien se atribuía:
''Condenamos asimismo la conducta de éstas (las clases pobres), que
faltas de fe en el porvenir y en la rectitud con que las
autoridades públicas apoyan a todo derecho legítimo, se lanzaron y
todavía se lanzan una u otra vez en excesos lamentables, como
flagelaciones, derribamientos de cercos, incendios de casas en los
campos y violaciones del sexo femenino.'' (
|Cúlpense a sí mismos
los conservadores, cuando experimenten desgracias, porque el
gobierno no las admita como realidades, después de haber sufrido la
burla de ser engañado cien veces por sus adversarios políticos.
|Gaceta de 31 de mayo).
Los pasajes copiados se han escogido porque mencionan hechos
concretos; la lectura íntegra de los documentos demuestra una cosa
todavía más grave, y es que los funcionarios que los redactaron
estaban dominados por las mismas violentas pasiones que trataban de
disculpar, y que cuando no fuesen instigadores de todas estas
maldades, sí las aprobaban a veces con fruición íntima y las
toleraban indignamente.
|
|
(21)
|
|Gaceta de 26 da abril de
1851.
|
|
(22)
|
|Gaceta de 13 de agosto de
1851.
|
|
(23)
|
Las primeras declaraciones adversas
al gobernador se trataron de desvanecer seis meses después,
haciendo que los reos se desdijesen, manifestando que habían
complicado al gobernador por sugestiones del defensor para mejorar
su causa. (
|Gaceta de 15 de abril de 1852).
El procurador general de la nación, el doctor Florentino González,
después de haber examinado cuidadosamente los autos, los resume en
estos términos: ''El expediente revela, es verdad, que el espíritu
de partido exaltado extraordinariamente por la parcial protección
que algunos hombres encargados de la autoridad en el valle del
Cauca daban a las personas enroladas en la bandería oclócrata, que
impropia y abusivamente se quiso llamar democrática, fue el que
impelió a aquellos malhechores a violentar la casa de Pinto, a
asesinar, con todo el refinamiento de la crueldad, a dos honrados
ciudadanos, a vapular a las señoras y niños de la familia y a
saquear las propiedades representando todas las escenas de este
drama escandaloso en medio de la algazara y vivas a la ''libertad y
a la democracia'': que esa orgía sangrienta tenía lugar en Cartago
en la noche en que llegaba a aquella ciudad el gobernador de la
provincia, Carlos Gómez, en una de las calles más públicas, con el
estruendo de tiros de trabuco y de pistola, y que, a pesar de esto,
ninguna autoridad apareció a contener los atroces atentados de
aquella horda de bandidos, compuesta en su mayor parte de hombres
que estaban ocupados en el servicio público y que salieron del
cuartel para ir regimentados a cometer el escandaloso crimen,
después de haberse estado preparando para él con otras violencias
ejecutadas en varias propiedades: y que, después de haberse
cometido el delito con tánto escándalo, se practicaron tan pocas
diligencias para averiguarlo y se sobreseyó en el procedimiento con
tánta indiferencia que, si no hubiese habido un digno magistrado en
es tribunal del Cauca que revocase el auto de sobreseimiento, y con
enérgica firmeza hubiese mandado seguir las diligencias para
descubrir el hecho, él hubiera quedado impune. Pero todo esto, que
aumenta el escándalo del crimen, porque indica la complicidad moral
en él de muchos de los que tenían el deber de impedirlo y
castigarlo, no puede ser hoy causa de procedimiento contra ninguno,
porque han muerto varios, y porque, aunque tardío, al fin la
justicia pronunció su fallo sobre los principales asesinos.''
(
|Gaceta de 27 de octubre de 1855).
|
|
(24)
|
En la circular a los agentes
diplomáticos y cónsules de la Nueva Granada sobre los últimos
acontecimientos políticos y otros puntos que los explican (18 de
septiembre de 1851), se disfrazan y atenúan a tal pusto las causas
de la revolución, que ni siquiera una palabra se dice de los
sucesos del Cauca.
|
|
(25)
|
Es curiosidad digna de
transcribirse el pasaje referente a la religión: ''La religión de
nuestros padres, que es también la de la inmensa mayoría de los
granadinos, tendrá mi respeto y veneración; pero convencido de que
ella no aparecerá en toda su pureza ni llenará completamente su
augusta misión, si no se rompen los odiosos lazos con que la
tiranía de algunos reyes la ligaran a las miras del trono, yo me
esforzaré en volverle su necesaria independencia para que brille
con todo su esplendor y pueda difundirse bajo los auspicios de su
santidad y dulzura. Al seguir esta conducta, religiosa y
democrática, respetaré también todas las creencias y todos los
cultos.''
|
|
(26)
|
Los demás fueron: el ilustrísimo
señor don José Antonio Chaves, los prebendados doctor Marcelino de
Castro, doctor Antonio Herrán y doctor Domingo A. Riaño, el R. P.
Fr. Bernabé Rojas, don José Ignacio Márquez, don Alejandro Osorio,
don José María Saiz, don Juan Antonio Marroquín, don Ignacio
Gutiérrez y don José Manuel Groot. (
|Catolicismo de 4 de
enero de 1859).
|
|
(27)
|
Leyes de 14 de mayo sobre desafuero
eclesiástico; de 27 de mayo adicional y reformatoria de las de
patronato; de 1º de junio adicional y complementaria de la de
descentralización de rentas; de 30 de mayo sobre arbitrios.
|
|
(28)
|
El congreso declaró infundadas por
dos veces las objeciones que puso a esta ley el presidente López,
con lo cual quedó sancionada (20 de marzo de 1852); esto en
momentos en que el poder ejecutivo proponía la separación de la
Iglesia y el Estado, y por lo mismo dejaba entender lo poco que le
acomodaba tomar a su cargo la educación del clero.
|
|
(29)
|
Para que el lector pueda juzgar de
por sí sobre los puntos que aquí y luégo tratamos, pondremos el
artículo 26 de la ley de Patronato, que es la 1ª, parte 1ª, trat.
4º de la Recopilación Granadina, y en seguida el artículo 19 de la
ley de 27 de mayo de 1851, adicional y reformatoria de la
anterior:
''En la provisión de curatos y lo mismo en la de sacristías se
guardarán las formalidades que prescribe el capítulo 18, sesión 24
del Concilio de Trento, y para ello se abrirá concurso a beneficios
vacantes cada seis meses a lo más. Los edictos se fijarán por los
prelados eclesiásticos con una anuencia de los intendentes o del
poder ejecutivo en su caso, y cuando los prelados no convoquen
oportunamente el concurso, los excitarán a que lo verifiquen, y de
no prestarse a ello, avisarán al Metropolitano, y si éste fuere el
omiso, al sufragáneo más inmediato para que conforme a los cánones
suplan la negligencia.''
''Corresponde a los cabildos parroquiales el nombramiento y
presentación de los curas, tomados de entre las propuestas que les
pasen los respectivos diocesanos, observándose todo lo dispuesto
para la provisión de curatos en las leyes 1ª y 4ª, parte 1ª, trat.
4° de la Recopilación Granadina, y entendiéndose de los cabildos lo
que en ellas se dice respecto al presidente de la República y
gobernadores de las provincias.''
|
|
(30)
|
El señor Herrán fue condenado a las
penas de privación del empleo de provisor de la arquidiócesis,
inhabilitación perpetua para obtener empleo o cargo público, dos
meses de arresto, seis de reclusión, multa de diez pesos y pago de
costas procesales. A petición del canónigo Saavedra y otros sujetos
le favoreció el poder ejecutivo con un decreto de indulto bien
ofensivo, y tan disparatado que decía que la causa fue seguida por
haberse resistido al cumplimiento de la ley de 27 de mayo de 1851
en calidad de
|vicario capitular del arzobispado, siendo
|vicario general, cosas diferentísimas. El señor Herrán ,
después arzobispo de Bogotá, mostró en esta persecución toda la
dignidad y grandeza de ánimo que, unidas a actos de caridad heroica
que no disonarían entretejidos en la vida de Santo Tomás de
Villanueva, le hicieron siempre objeto de la veneración y filial
cariño de cuantos tuvieron la buena dicha de conocerle.
|
|
(31)
|
En la cámara de representantes
expresó estos conceptos: "Es verdad que las leyes que
reclaman son contra los cánones, ¿Y qué tenemos con eso? También
podían ser contrarias a las leyes de Mahoma, ¿y qué tendríamos con
eso?".
|Catolicismo de 15 de abril de 1852.
|
|
(32)
|
Esto era tan obvio que el
secretario Plata expresó en el congreso el 3 de abril estos
conceptos: ''Hasta cierto punto tiene razón el arzobispo; el
articulo 26 de la ley de patronato dice que el sufragáneo supla la
falta del Metropolitano, según los cánones, a los cuales da fuerza
de ley; y conforme a los cánones, las faltas del sufragáneo las
cumple su mayoral, que lo es el Metropolitano; pero éste no tiene
otro mayoral que el Papa.'' (
|Catolicismo de 15 de abril de
1852).
|
|
(33)
|
Al publicarse en la
|Gaceta
oficial esta acusación, agregó el editor oficial esta nota
incomparable: ''Hombres de bien de todos los partidos, ¡leed y
juzgad! Fanáticos intolerantes, leed y despedazad!''
|
|
(34)
|
Con el obispo de Pasto no tocaron,
aunque siguió la misma conducta que sus compañeros, sin duda por
temor de una insurrección, que en el estado de nuestras relaciones
con el Ecuador fuera muy grave. El Obispo de Popayán murió después
de protestar; no obstante, su provisor complació en todo al
gobierno; pero después reconoció su error y se retractó. El vicario
de Antioquia se sometió humildemente a la improbación de su
conducta que en letras especiales le dirigió la Santidad de Pío IX
(10 de junio de 1853).
|
|
(35)
|
El secretario de gobierno en su
informe al congreso dijo con respecto a las facultades dejadas por
el arzobispo a sus vicarios: "El poder ejecutivo quiso oír la
opinión de personas doctas en estas materias, y todas convinieron
con las formadas por los miembros de la administración, que
semejantes restricciones eran opuestas a las disposiciones
canónicas . . . " Una de las personas a quienes aquí se alude fue
fray Gervasio García, el cual protestó enérgicamente contra el
aserto del secretario, afirmando que él y otros dos compañeros, don
E. Vergara y don J. N. Núñez Conto, estuvieron conformes, después
de tratar maduramente la cuestión, en que el gobierno no debía
proceder ni de hecho ni de derecho contra los nombramientos que el
R. arzobispo había hecho de vicarios para el gobierno de su
Iglesia, y agregando que todos tres lo expusieron así delante del
consejo de gobierno, y que él mismo no se contentó con esto, sino
que extendió por escrito su dictamen y lo puso en manos del doctor
Vergara para que lo hiciese llegar al gobierno. Excitados a hablar
sobre el particular los señores Vergara y Núñez Conto, trataron de
componerse de modo de no contradecir al padre García y de no dejar
feo al secretario; pero es tan transparente el designio, que puede
asegurarse no lograron su objeto al embozar la verdad.
|Quidquid
horum atligeris,
|ulcus est.
|
|
(36)
|
No falta liberal que afecte hoy
dudar de que Saavedra fuese realmente autor de esta publicación.
Nosotros no sólo hemos consignado la creencia cierta del doctor
Cuervo y del público de la época en general, sino que la hemos
hecho nuestra, fundándonos en un testimonio irrecusable. El
canónigo Saavedra murió el 14 de octubre de 1877; pues bien, el día
que se celebraron sus exequias en la Catedral, comía en casa
nuestro buen amigo don Rafael Eliseo Santander, grande apasionado
de aquél, y naturalmente cayó sobre él la conversación;
ingenuamente pregunté yo: - ¿Sería en realidad el doctor Saavedra
el autor del cuaderno contra el arzobispo Mosquera? Sin detenerse
un punto exclamó el señor Santander poniéndose las manos en la
cabeza: ''¡No me diga! Si yo le ayudé a corregir las pruebas.''
Saavedra, por otra parte, no esquivaba mostrar su saña contra el
arzobispo: cuando el Capítulo Catedral de Bogotá, después de dada
la ley de 15 de junio de 1853, se dirigió al prelado para que
acelerase la vuelta a su grey, no faltaron otras firmas que la del
deán, que estaba ausente, y la del tesorero doctor Saavedra, que
''se excusó de firmar'', según nota puesta a esta manifestación en
|El Catolicismo de 17 de septiembre de 1853. - RUFINO JOSÉ
CUERVO.
(De un apunte original en nuestro
poder. Luís Augusto Cuervo.)
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Bastantes años después supimos que
en los archivos nacionales yacían muchos ejemplares, y uno de ellos
es el que empleamos para reproducirla.
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Entre otros escritos que por el
mismo tiempo circularon en defensa del señor Mosquera, merece
especial elogio la
|Impugnación del libelo infamatorio titulado
El arzobispo de Bogota ante la nación, debida a la docta y
elegante pluma de don Venancio Restrepo.
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Emiro Kastos,
|Artículos
escogidos, página 384 (Londres, 1885)
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Estas son las palabras del
presidente: ''Con todo, como sea evidente que la instrucción
primaria, base de civilización y de las instituciones republicanas,
ha decaído, en vez de adelantar, a virtud de haberse confiado a los
cabildos su dirección en todos sus pormenores. importa mucho que
consideréis la gravedad del mal, y apliquéis sin demora el remedio
que os aconsejen vuestra sabiduría y vuestro patriotismo.''
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Todos los hechos y apreciaciones
sobre estos puntos se han tomado casi con sus mismas palabras de
los informes de los gobernadores a las cámaras de provincia, y del
que presentó al congreso de 1853 el secretario de gobierno. Véase
además en
|El Catolicismo de 1º de marzo de 1853 la
reclamación dirigida por el provisor al gobernador de Tundama. En
el mismo periódico (1º de septiembre de 1852) se lee el arancel de
multas acordado por un cabildo de la provincia de Vélez: 200 reales
al cura si tarda dos horas en ir a una confesión para la cual se le
llama del campo; 80 reales por una hora de dilación en administrar
un bautismo, etc., etc.
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Véanse las comunicaciones del
rector en las
|Gacetas de 17 de marzo y 12 de julio de
1853.
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Véase la primera de las
comunicaciones citadas en la nota anterior, y además
|El
Catolicismo de 1º de marzo de 1853.
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Debemos recordar que en esta
administración se enriqueció la biblioteca de Bogotá con la
incomparable colección de obras y documentos nacionales formada por
el coronel Anselmo Pineda en largos años de inteligente
laboriosidad. Por decreto legislativo de 31 de mayo de 1849,
firmado por don J. I. Márquez y don M. Ospina se autorizó al poder
ejecutivo para auxiliar al coronel Pineda hasta con 32.000 reales
en la obra de arreglar completamente la colección. En 1851 hizo
Pineda donación de ella a la República, y el congreso al aceptarla
aumentó hasta 40.000 reales la cantidad anteriormente decretada,
como indemnización de los gastos de clasificación, encuadernación y
otros indispensables para el arreglo y uso de la colección; y
además concedió al donador una pensión vitalicia de 9.600 reales
por año y la propiedad de 8.000 fanegadas de tierras baldías. El
doctor Cuervo esforzó en el consejo de gobierno la necesidad de que
la nación adquiriese este tesoro, retribuyéndolo
generosamente.
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Así lo afirma él mismo en la
renuncia que dirigió al Congreso en 1852.
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Atrás relatamos el fin de los
compañeros de Russi; por decretos de 18 de diciembre de 1854 y de
12 de enero de 1855 fueron enviados a Panamá cosa de 150 artesanos
escogidos entre los que cayeron prisioneros con las armas en la
mano el 4 de diciembre al vencimiento de la dictadura de Melo. Para
este envío se dijo que iban en calidad de indultados bajo condición
de servir cuatro años en el ejército, agregando que al que no
quisiera aceptar, se le seguiría el juicio por rebelde en Panamá
mismo. Es de observar que los decretos se dieron por don José de
Obaldía, uno de los más insignes fomentadores de las
Democráticas.
Todos recuerdan cuántos otros perecieron o quedaron baldados en la
toma de Bogotá y en los combates antecedentes. Con razón los que
sobrevivieron se estremecían al oír el nombre de gólgota.
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