CAPITULO VI
RECUERDOS INTIMOS
Sale el doctor Cuervo de la vicepresidencia. - Se dedica a la
educación de sus hijos. - Su vida en la casa. - Su conversación. -
Sus hábitos sociales. - Su conducta con los amigos y con los
parientes. -Su casa de campo. - La vida de familia en ella. - La
inscripción de la puerta.
Respiró en cierto modo libre el doctor Cuervo al dejar un cargo que
tántos desabrimientos le había causado, y sus amigos le dieron
plácemes cuando el 1º de abril de 1851 se posesionó de la
vicepresidencia don José de Obaldía. El estado en que quedaba la
República, relajada la fuerza moral del gobierno, conmovido hasta
sus cimientos el orden social y sintiéndose ya rugir la guerra
civil, no dejaba otro lenitivo, al que no había podido contener el
mal, que el de acogerse al silencio de la vida privada con el ánimo
sereno y la conciencia tranquila. Poca sagacidad había de tener
quien aguardara calma en este retiro; pero es tal el corazón humano
que, al verse libre del peso que le agobia, aunque sea por breves
momentos, forja mil escenas apacibles y lisonjeras; y por eso, como
si participáramos nosotros de la misma ilusión, queremos describir
aquí la dicha de que disfrutaba el doctor Cuervo en su casa y en el
trato de su familia y de sus amigos, y que le halagaba al huir del
tráfago de la política. La lucha comenzará de nuevo para él, dura e
incesante hasta la muerte, de modo que en esta narración formarán
como una tregua los recuerdos cariñosos de la felicidad que los
buenos padres hacen saborear a sus hijos en el hogar, y que
continúan de una generación a otra la frescura de los afectos y
aquella fe en el bien que constituye la energía del hombre digno y
honrado.
Fecundando la laboriosidad con un espíritu de orden que era
ingénito en él, logró el doctor Cuervo allegar un modesto caudal,
cuyo incremento paulatino, así como el rumbo que iba tomando,
pueden seguirse sin dificultad alguna en los documentos de la
familia. Tan distante del despilfarro como de la miseria, sabía
cumplir con las exigencias de su posición social y facilitar a su
familia los goces que son asequibles en una ciudad como Bogotá.
Haciendo caso omiso de que apenas había empresa útil y patriótica
que él no fuera uno de los primeros en apoyar, y de que la
desgracia y la pobreza hallaron siempre en su casa manos prontas a
su alivio y socorro, diremos que convirtió sus esfuerzos casi con
prodigalidad a la educación de sus hijos. A Luis, el mayor, le
proporcionó en Inglaterra modo de seguir la carrera comercial;
Antonio siguió la del foro; y a todos, desde la niñez, infundió
amor al estudio y al saber. Dos de lo menores, todavía en la
infancia, iban, convidados por la galantería del señor Cerqueira de
Lima, ministro del Brasil, a oír en su casa las lecciones que de
buenos profesores recibían sus hijos. Cuando fueron expulsados los
jesuítas (en cuyo colegio se educaban dos de nosotros), y los
colegios públicos cayeron en increíble postración, resolvió dirigir
él mismo en la casa nuestros estudios y para el efecto encargó a
Europa los elementos necesarios. Mientras que perfecciona a Antonio
en la jurisprudencia, enseña a Rufino los elementos de la geografía
y gramática y da lecciones de historia y literatura a Angel y
Nicolás; completan la enseñanza de éstos el señor Bergeron, notable
profesor francés llevado para el Colegio Militar; el señor Touzet,
a cuyos esfuerzos debe tánto en nuestro país la propagación del
estudio de la lengua francesa y de la contabilidad mercantil, y don
Juan Esteban Zamarra, primero, y don Manuel María Medina, después,
jóvenes ambos de variados talentos e instrucción. Fuéra de esto
puso a sus sobrinas los mejores maestros de música, y él mismo les
daba lecciones de idiomas y otros ramos. En fin, era tal la
atmósfera de estudio aplicación que había en la casa, que los
criados en sus horas de descanso aprendían a leer, o a escribir y
contar, siendo nosotros los maestros. Por el mismo tiempo estimuló
a Antonio, franqueándole sus apuntamientos, para que escribiese el
|Resumen de la Geografía de la Nueva Granada
|
(1)
, obra que colmó la
falta que se notaba de un libro apropiado para esta enseñanza en
los colegios; y como para que las primicias literarias de sus hijos
diesen testimonio de a quién se debía en la casa el amor al saber,
salió esta obra dedicada a la memoria del doctor Nicolás Cuervo, al
cual nuestro padre era acreedor de su educación y cuyas virtudes
recordaba de continuo. El fin principal a que aspiraba en la
educación de sus hijos era formar hombres honrados y trabajadores.
Así lo expresaba en este fragmento de las instrucciones que dejó a
nuestra madre al partir para Europa en 1835:
"Si yo muriere, tú tienes el deber de educarlos: ponlos en una
pensión o casa de educación, recomendando con particularidad que
aprendan los principios de moral y de religión, la gramática
castellana, la aritmética, el dibujo lineal y una buena escritura:
cuida después de que aprendan algún arte u oficio, sea cual fuere,
con tal de que tengan una ocupación honesta con qué subsistir. No
tengo la vana pretensión de que mis hijos ocupen puestos elevados
en la sociedad, ni tampoco quiero que sigan por la carrera de la
medicina o del foro, como lo están haciendo casi todos nuestros
jóvenes. La patria no necesita de muchos médicos y abogados, sino
de ciudadanos laboriosos que cultiven los campos, mejoren la
industria y transporten nuestros frutos a los mercados
extranjeros.
"No economices gasto ni sacrificio alguno para educar a nuestros
hijos: vénde lo más precioso que tengas, porque aun cuando no les
dejes bienes de fortuna, ellos tendrán siempre lo bastante con la
buena educación."
A las seis de la mañana estaba ya en pie aguardando que
comenzásemos a estudiar, y sin perder de vista a los pequeños,
despachaba la correspondencia con su amanuense o escribía para la
imprenta. Ni lo de madrugar era cosa de entonces, sino que, como la
mayor parte de sus hábitos, databa de su juventud; en efecto, había
llevado una vida tan metódica y arreglada, que puede asegurarse que
lo que hizo en su edad madura lo había hecho siempre. Así, por
ejemplo, como casi nunca salía de noche, a las siete comenzaban a
entrar sus amigos, y se sabía que a las ocho y media se despedían,
pues nunca dejó de acostarse a las nueve, rodeado de sus hijos y
dándoles la bendición desde la cama. El almuerzo, en extremo
sencillo, a causa de lo delicado de su salud, y la merienda se le
servían a unas mismas horas y con idénticas circunstancias.
Unicamente acompañaba a la familia en la comida, que precisamente
se ponía a las dos, a la cual habíamos de hallarnos todos mudados y
con la compostura debida; allí nos inculcaba, sin que cayésemos en
la cuenta, el modo de conducirse en la mesa la gente culta, y nos
enseñaba con su jovialidad el modo de mantener la alegría entre los
concurrentes, por más que tengamos el alma asaeteada por los
pesares de la vida. Aun en los días de más amargura, al entrar al
comedor su semblante se despejaba, y no se oía en la mesa nada que
no fuese agradable, ni cosa que no contribuyese a aumentar en
nosotros la consideración y el respeto a nuestra madre, pues nada
anhelaba tanto como que la veneráramos, siendo para ella modelos de
hijos, como ella lo era de madres. Jamás ni en la mesa ni en las
demás ocasiones en que estaba reunida la familia se dio lugar a la
maledicencia ni a la crónica escandalosa, jamás se oyó infamar a
las personas que ejercían los cargos públicos o que defendían
opiniones contrarias: cuidado que no es tan solícito como debiera
en las familias, por lo cual se envenenan desde tiernos los ánimos
y se ciegan en la fuente el respeto a la autoridad y la confianza
en la honradez de los hombres públicos. Nosotros debemos a nuestros
padres el beneficio imponderable de no haber heredado un solo odio,
una sola enemistad; los negocios desagradables, las infidelidades
de los amigos nunca llegaron a nuestros oídos de niños, y se ha
necesitado que la edad y el roce del mundo nos descubran algunas de
las penas que ellos devoraron en secreto.
Dentro de los límites de una moderación higiénica gustaba el
doctor Cuervo de manjares regalados, afición que sin duda se había
acrecentado con los viajes y el trato con personas de distinción;
así que las copiosas recetas de cocina española que nos venían de
nuestros abuelos maternos, se aumentaban con los buenos platos que
se le servían fuéra, y cuya descripción se complacía en hacer
luégo, ya por haber adivinado su composición, ya por haberla
averiguado discretamente en la conversación. Nuestra madre ponía
particular esmero en hacerlos preparar, y cuando llegaba el caso de
una comida extraordinaria o un banquete, era como punta de honor
que todo se aderezase en la casa. Además nunca faltaba una buena
provisión de vinos escogidos. En suma, siempre teníamos mesa
delicada, en la cual uno o más amigos hallaban con frecuencia
cordial agasajo. Recordamos que varias ocasiones llegaba a tiempo
el naturalista don Francisco Javier Matiz, por entonces casi
octogenario; luégo que le anunciaban, dos de nosotros iban a
recibirle y le conducían al lugar de honor, venerando en él al
anciano pobre y virtuoso y al sabio modesto. Las más veces entraba
de vuelta de sus excursiones a los cerros vecinos, y traía en un
pañuelo multitud de hojas y flores; difícilmente se olvidaría su
semblante apacible, su tez ligeramente sonrosada por el reciente
ejercicio y su copiosa cabellera cana; de sobremesa nos hacía
conocer las plantas que llevaba, y de su boca oímos la relación del
descubrimiento del
|guaco, y de los peligrosos ensayos que
hizo para comprobar su eficacia contra las culebras más
ponzoñosas.
Tuvo el doctor Cuervo fama de poseer el arte de la conversación
y de saber agradar en la sociedad. De estatura elevada, porte
desembarazado, facciones noblemente delineadas, ojos vivos,
semblante animado y expresivo, ademanes graciosos y elegantes,
metal de voz gratísimo, maneras finas sin la más leve afectación,
hallaba en su variada instrucción infinidad de temas interesantes,
y el conocimiento práctico de los hombres, adquirido en una vida
agitada, le permitía acomodarse al gusto de cualesquiera
interlocutores, amenizándolo todo con anécdotas y dichos felices y
oportunos. Profesaba el principio de que más vale deber dinero que
visitas, lo cual, sabido el orden escrupuloso que mantenía en sus
negocios, encarece debidamente la puntualidad con que cultivaba sus
relaciones; y no limitándose a meras formas y manifestaciones vanas
de amistad, prestaba servicios con la mayor prontitud y delicadeza.
En consecuencia, muchas familias lo miraban como de la casa; los
primeros ensayos pasaderos de dibujo o de labores femeniles eran
dedicados a él; tenía innumerables compadres y ahijados, entre los
cuales hemos contado algunos de nuestros buenos amigos y compañeros
de aficiones literarias.
En su sentir, la decencia y el porte leal y caballeroso eran
deberes imprescindibles, no sólo del hombre privado, sino más
todavía del hombre público; repetía que no lo había acertado el
doctor Soto al decir que la república se perdía por falta de
lógica, que se perdía por falta de buena crianza. Quien recuerde
los insultos, bajezas, cobardías, prevaricatos, traiciones que
afean nuestra historia, sabrá apreciar cuánto dijo con esta frase,
al parecer trivial. Consonaban con este sentimiento otros dos
igualmente loables: primeramente celo grande de su buen nombre,
nacido del respeto a la opinión de la gente honrada, y en
particular de sus amigos, de donde le venía el ser cuidadosísimo en
guardar documentos y comprobantes de su conducta y en desvanecer
cualquier cargo que pudiera hacerle perder la estimación de sus
conciudadanos; en segundo lugar, esmero continuo de guardar el
decoro en cuanto hacía y escribía y de procurar que los demás
hiciesen lo mismo en obsequio de la honra nacional
|
(2)
.
Nadie, como él, se desvelaba por la felicidad y la honra de sus
amigos; nadie volvía con más prontitud por ellos, aunque la defensa
le acarrease algún sacrificio. Baste citar algunos ejemplos. En
1830 el general Herrán, entonces secretario de guerra, salió a
acompañar al Libertador, cuando éste, ya sin mando, casi sin
prestigio y próximo a morir, dejó a Bogotá dirigiéndose a Europa.
En Honda, poniéndose Herrán de acuerdo con el gobernador de la
provincia de Mariquita, el entonces coronel Joaquín Posada
Gutiérrez, aceptó algunos empréstitos voluntarios para ser
cubiertos a la vista por el gobierno en la capital, con el objeto
de facilitar la marcha del Libertador y de los militares que
seguían con él. De esto, que nada tenía de tachable, sacó
|El
Demócrata, periódico apasionado y agresivo, argumento para los
más exagerados cargos; el doctor Cuervo salió a la defensa del
general Herrán, publicando una hoja firmada por
|Unos
Bogotanos, de la cual quedó tan satisfecho el agraviado, que en
toda su vida conservó de ella agradecido recuerdo. Otro amigo, a
quien amaba entrañablemente, se veía amenazado de gran menoscabo en
sus intereses si no encontraba un abogado de importancia que lo
defendiera en Antioquia: el doctor Cuervo le dice: "Yo iré"; y
dejando destino y familia, va y lo salva. Más adelante veremos lo
que hizo por su amigo el arzobispo Mosquera, cuando, desterrado y
perseguido, vino la calumnia a ahondar su dolor; y cómo se gozó al
ver que había atraído a sí los insultos que antes cargaban sobre su
amigo.
No era menor el tino y delicadeza que empleaba para complacer,
escogiendo siempre lo que pudiese ser más agradable. En 1846 muere
al regresar de Palestina el joven don Manuel I. Cordobés y Moure, a
cuya familia le ligaban antiguas y estrechas relaciones, y para
consolar a sus padres, en medio de premiosas ocupaciones, coordina
algunos apuntamientos y las cartas del viajero y forma un librito
titulado
|La primera visita de un granadino a la Tierra
Santa, conservando con el mayor esmero el lenguaje original,
para que pudiera decirse que el autor era el viajero. Precede a la
relación una breve noticia biográfica en que se hace el elogio de
las buenas prendas del joven Cordobés.
Parece que hubiera tenido el don de adivinar a primera vista los
que habían de ser sus amigos. Nos refería don Urbano Pradilla, el
último de los que le sobrevivieron, y que fue con nosotros tan
sincero y afectuoso como lo fuera con él, que esta amistad nació al
día siguiente de graduarse él de doctor. Había sido uno de sus
examinadores el doctor Cuervo, que, sea dicho de paso, tenía la
habilidad de hacer lucir los estudiantes; y ¡cuál sería la sorpresa
del joven graduado cuando le ve presentarse en su desmantelada
vivienda, para darle el parabién por el feliz éxito de su examen, y
estimularlo como lo hiciera su mismo padre! Desde ese instante, nos
decía nuestro anciano amigo, lleno de gratitud me sentí atraído
hacia él, y ya ven ustedes que han pasado más de cincuenta años, y
hoy le amo y le respeto como el primer día, gozándome en repetir
que siempre encontré en él un consejero para mis dudas y un amigo
en quien depositar mis penas.
Cuando moría alguno de sus amigos el primer recuerdo necrológico
salía de su pluma. El mismo señor Pradilla nos decía: - Al doctor
Cuervo le convidaban a todos los entierros, porque era sabido que a
todos asistía, y porque las familias tenían en él un
consolador.
Lo que era para con sus amigos da bien a entender cuál sería el
afecto que abrigaba para sus parientes y allegados. Trataba a su
numerosa parentela, que estaba esparcida en el Valle de Tensa, con
un cariño lleno de benevolencia, y cuando alguna vez iba a casa
algún buen anciano de la familia, lo sentaba a la mesa con todo
agasajo, y se complacía en abrirle campo para que discurriese sobre
el estado de su provincia o refiriera la parte que había tomado en
la guerra de la Independencia. Escuchándole con atención nos
enseñaba a respetarlo, y una vez que estábamos solos nos decía: Don
Fulano, con su traje campesino, es tan digno de consideración como
cualquiera de los caballeros que me visitan; y en seguida nos
refería su vida llena de laboriosidad y honradez y la educación que
había dado a sus ocho o diez hijos, haciéndolos seguir, como
agricultores, el mismo camino que habían seguido sus padres. Cada
dos o tres años acostumbraba hacer una correría por el pintoresco
Valle, llevando una carga de regalos para no dejar sin su obsequio
ni a la más humilde anciana, y seguido sólo de su criado, un
inteligentísimo mulato que lo acompañó por más de veinte años, y
que, llegado el caso, podía prepararle los platos más de su gusto.
A la entrada del Valle no más comenzaban los obsequios y las
exigencias para que fuese a la casa del uno antes que a la del
otro. Los hijos de los parientes, por lejanos que fueran, lo
llamaban
|mi tío, y ya se sabía por allá que
|mi tío no
era otro que el doctor Cuervo; los padres y los ancianos le decían
el
|señor doctor. Todos sabían que el mejor obsequio que
podían hacerle era los adelantamientos de los niños, su compostura
y aseo; así, luégo le mostraban las planas y bordados, y él por su
parte tanteaba discretamente lo que en la escuela habían aprendido.
Le agradaba en extremo que alguna de las niñas le dijese en la
comida: - Aquí tiene usted, tío, este plato hecho por la receta que
usted nos envió; porque, aun abrumado por las atenciones de la vida
pública, no se olvidaba de escribirles y darles las recetas y
noticias que juzgaba propias para mejorarles el gusto,
proponiéndose también al obligarlos a contestar, que no se
abandonasen, como es frecuente en las personas que viven lejos de
las ciudades. Su adhesión a la familia no quedaba satisfecha con
estas demostraciones, como lo probó, por ejemplo, con las dos hijas
de su hermano don Francisco
|
(3)
, a quienes, habiendo quedado huérfanas,
las llevó a Bogotá, las puso en el mejor colegio y concluída su
educación, las trató en su casa a par de sus propios hijos. Con
nosotros se educó sin distinción ninguna el virtuoso joven Jacobo
Martínez y Barreto, cuya familia le era especialmente querida.
No podemos menos de tocar con profundo respeto estos rasgos de
su vida íntima, que sin duda él no consintiera que estampáramos
aquí, pues así como siempre esquivaba hablar de los daños que le
inferían sus enemigos, también procuraba no se diese importancia a
los beneficios que hacía, juzgando el hacerlos como un deber que le
imponía la Providencia por los favores que le dispensaba; nosotros
nos excusáramos también de hacerlo, si no contempláramos que en las
virtudes domésticas resaltan los méritos del hombre público, como
en su fondo dorado las antiguas pinturas.
Cuando en 1830 empleó el doctor Cuervo parte de su capital en
las tierras llamadas de Boyero, en la Sabana de Bogotá, fantaseó
dedicarse él mismo a cultivarlas, con el pensamiento de ser
institutor de sus hijos y enseñarles a ganar el pan lejos de los
azares y vaivenes de la política; pero ya que su profesión y la
nombradía que iba adquiriendo le impidieron realizar tan poético
ensueño, conservó el terreno como finca que acrecentaría su caudal
con el desenvolvimiento natural de la riqueza en país nuevo, y como
refugio para las peripecias de la vida pública. Años después,
viendo que las casas de la Sabana son casi inhabitables para los
que no han nacido allí a causa del frío y de los vientos que reinan
en ciertos meses del año, construyó una muy linda a la traza de las
de campo que había visto en Europa, la cual une a la ventaja de ser
sumamente abrigada, toda la comodidad y decencia que convienen a
una familia culta y hecha a la vida de la ciudad. Esta construcción
fue motivo de escándalo para los de la comarca, que no podían
concebir casa sin ancho patio interior y sin grandes balcones; y
con aire de reproche le decían: "Pero, señor doctor, se le olvidó
el patio." "No, mis amigos, replicaba, patio hay todo el que
ustedes quieran, desde aquí hasta Bogotá, y aun más, si les parece
poco." Igualmente enemigo de la rutina que deseoso de contribuir
con su ejemplo a introducir mejoras, no se contentó con esto, sino
que rodeó la casa de árboles y jardines, y construyó unas
accesorias para el servicio de la propiedad, de modo que, a
diferencia de las otras haciendas, nada tuviesen que ver con las
habitaciones de la familia, los jornaleros, los caballos, ni los
carros. Por manera que a la sala y piezas altas no llegaban sino
los amigos y las personas de consideración que iban de visita,
habiendo para los agricultores y personajes de los pueblos vecinos
una pieza baja decentemente amueblada, donde quedasen los lodos del
camino y se ahogaran las risotadas y expresiones vulgares, sin
turbar la calma de aquel retiro. No por esto dejaban los últimos de
ser tratados con afectuosa bondad y obsequiados cumplidamente, de
lo cual quedaban tan agradecidos como de los consejos que recibían
sobre agricultura o sobre cuestiones jurídicas, que raros son los
campesinos que no tienen un pleito que consultar. Si la disposición
del edificio nada deja que desear por lo que hace a comodidad o
recreo, el mobiliario, en su mayor parte labrado allí mismo por
hábiles artesanos, es casi todo del precioso nogal que crece en
algunas de nuestras serranías y de exquisito gusto. Los cuadros que
adornan las piezas son en general copias en grabado de cuadros
inmortales, sobre todo los del oratorio, el que estaba además
provisto de los ornamentos necesarios. El día que se bendijo la
casa, celebró en él con una gran fiesta el ilustrísimo arzobispo
Mosquera, y después lo hicieron y lo han hechos los ilustrísimos
Torres, obispo de Cartagena, y Riaño, de Antioquia, el R. P. Manuel
Gil, superior de la Compañía de Jesús, y otros sacerdotes parientes
y amigos que después han ocupado puestos no menos elevados.
En los meses de diciembre y enero, en que el cielo es tan
diáfano y azul en las partes altas del centro de la República, no
se desocupaba la casa de los amigos invitados y de las señoras que
iban a acompañar a nuestra madre, y que todos disfrutaban de los
placeres del campo al abrigo de la confianza y de una agasajadora
hospitalidad. Los últimos días del año, tan deseados por las
familias antiguas de Bogotá, eran particularmente animados:
entonces armábamos el nacimiento que nuestro padre había hecho
labrar en Quito de marfil vegetal, y en que, a vueltas de las
imágenes religiosas, menudeaban otras satíricas o caricaturescas
llenas de soltura y originalidad; para adornarlo íbamos a los
cerros más cercanos en busca de musgos, líquenes y otras plantas
curiosas, y con frecuencia él mismo nos dirigía en la colocación de
la figuras y en el arreglo de los pormenores, para que el conjunto
quedase más artístico. Al mismo tiempo nuestra madre hacía todos
aquellos manjares que conforme a la tradición de sus mayores eran
de ordenanza en esos mismos días: allí las empanadas crecidas y
doradas, las hojaldres, los buñuelos en todas sus formas de
pestiños, hojuelas, rosquillas y quién sabe cuántas más, nadando en
clarísimo almíbar y engalanados con la flor de la borraja; el
guarrús, el masato y la aloja que formaban el refresco, acompañados
de bizcochuelos y variada abundancia de colación. Muchas veces
después de deshornar y cuando se nos iban los ojos tras de esta
tentadora profusión, nos recordaba nuestra madre que en los días
amargos para las familias españolas que siguieron a la batalla de
Boyacá, emigrado nuestro abuelo y sus propiedades abandonadas y sin
producir nada, por algún tiempo no subsistieron en la casa sino de
la humilde ganancia que sacaban de hacer colación y enviarla a
vender en las calles por sus criadas. Al proporcionarnos en Boyero
estos inocentes placeres, parece que no quisieran nuestros padres
otra cosa sino que, cualquiera que fuese la suerte que el Cielo
reservara a sus hijos, tuvieran para la edad madura los mismos
recuerdos que con ternura guardaban ellos de su niñez.
Persuadido nuestro padre de que en los pueblos donde está
arraigada la democracia poco vale un caudal y un buen nombre
heredado, sino que el individuo ha de aguardarlo todo del vigor y
la energía con que haga valer sus talentos, quiso desde temprano
imbuírnos el amor al trabajo, y acostumbrándonos a todas las
fatigas, prepararnos, a los combates de la vida, no sucediese con
nosotros como con muchos miembros de antiguas familias, que
aletargados con una vana confianza en sus timbres, se han
confundido entre la muchedumbre dejando olvidado e inglorioso un
nombre ilustre. Cuando las lluvias descomponían el camino vecinal
que pasa por el frente de las casas, íbamos nosotros a repararlo;
los mayores tomaban la pala o el azadón, y los pequeños llevábamos
en carretillas o a espaldas la piedra o los céspedes necesarios,
mientras él, como capataz, dirigía nuestros trabajos, dándonos las
lecciones prácticas del caso. Otro objeto de nuestra actividad
constructora era el puente de una acequia que cruza el camino, el
cual varias veces compusimos y casi reconstruímos; y era de ver la
cara que ponían los transeúntes al ver que por vía de juego y
ejercicio hacíamos obra tan meritoria, llegando el caso de que
algunos, y entre ellos reposados propietarios, echaban pie a
tierra, y asiendo nuestras herramientas decían: - Yo también voy a
ayudar al doctor Cuervo. No menos se recreaba éste cuando tomábamos
la hoz o la azada para ayudar a la cosecha de los frutos que se
cogían en las pocas fanegadas que había reservado para el uso de
casa, o cuando por la mañana nos encontraba ordeñando las vacas, y
pisando descalzos la escarcha o andando por el agua sin que nos
hiciese impresión alguna. Cada cual debía de cuidar su caballo
yendo a cortar y traer la alfalfa, almohazarlo, y ensillarlo cuando
llegaba el tiempo de montar. Otras veces nos permitía cabalgar en
terneros indómitos y aun nos estimulaba a ello, y ayudaba con su
risa a burlar al que se dejase caer.
Aunque no íbamos a Boyero sino en las vacaciones, no eran éstas
tan absolutas que no tuviéramos nuestros ratos de estudio, pero no
ya en los libros que nos habían abrumado durante el año escolar,
sino en los de la biblioteca de la casa, que eran todos de buenas
letras y de agricultura. Reunidos a ciertas horas del día, tomaba
cada uno su libro, y acabada la lectura, daba ingenuamente su
opinión sobre lo que había leído, corrigiendo nuestro padre o
afirmando nuestras apreciaciones, o bien dejándonos discurrir sobre
la materia y dirigiendo él la discusión. A otras horas bajábamos a
las huertas a poner en planta lo que habíamos leído sobre
agricultura, a podar o injertar los árboles, a transponer o aporcar
las hortalizas, y sobre todo cuidar las flores, de que él era
apasionado. En estas faenas nos acompañaban a veces personas que
estaban de visita, y por muchos años conservamos con respetuoso
esmero injertos hechos por don José Manuel Restrepo, el historiador
de Colombia.
Por la noche, después de tomado el chocolate, la familia, con
todos los criados y dependientes de la casa, se reunía en el
oratorio a rezar el rosario, haciendo cabeza uno de nosotros por
turno; en seguida nuestra madre hacía recitar a los criados parte
de la doctrina cristiana, acompañándola de algunas explicaciones.
El tiempo que quedaba lo ocupábamos o en juegos de familia o en la
lectura de una obra amena. De ordinario escogía nuestro padre un
capítulo del Quijote o bien del Gil Blas de Santillana, dando la
preferencia a aquellos pasajes que más enseñan a conocer el mundo y
previenen contra los lazos y peligros a que están expuestos los
jóvenes al salir a la vida. Estas lecciones vivas jamás se borran
de la memoria, y aun hoy nos figuramos, como entonces, lo caro que
Gil Blas pagó la cena en su primera posada por dar oídos a la
adulación, o el chasco que le dio el hipocritón y taimado de
Ambrosio Lamela.
Sobre la puerta principal de la casa de Boyero está grabada en
una lámina de mármol esta inscripción:
1848
NEC NOS AMBITIO NEC NOS AMOR URGET HABENDI
R.C.
|
(4)
Este conocido lema a pocos granadinos podía aplicarse mejor que
al doctor Cuervo: su ambición no era sino una forma de su
patriotismo y se cifraba en consagrar al bien público sus talentos
y sus esfuerzos todos; a sus ojos la riqueza no pasaba de ser una
justa recompensa del trabajo; no el objeto único de la vida, sino
un mero elemento para cumplir mejor los deberes sociales. En todas
ocasiones, ya en la correspondencia con sus amigos, ya en escritos
destinados a la luz pública, jamás cesó de vituperar la avaricia, y
aquella metalización que tánto empequeñece y aplebeya los
caracteres; en uno de sus últimos escritos, después de enumerar los
males que aquejan a nuestra sociedad, describe así tan terrible
plaga:
"Para dar fin a estas tristes reflexiones debemos también hacer
mención del grave mal que aflige a casi toda nuestra sociedad y
compromete seriamente su porvenir: mal que se ha importado del
viejo mundo, pero sin los correctivos que allí neutralizan sus
efectos: hablamos del
|amor desenfrenado al dinero, que
comprime los más nobles sentimientos del corazón, ataca las
creencias y santifica el egoísmo. Al deseo de adquirir se
sacrifican el deber, el honor y la virtud; pocos son los que
trabajan por ganar gloria, estimación y las bendiciones de sus
compatriotas, y menos aún los que sólo aspiran a gozar de la dulce
satisfacción de hacer el bien o cumplir con un deber. El cambio de
instituciones, la reforma de las leyes, la elección de los
mandatarios, los trastornos públicos, los prevaricatos, las
bajezas, todo es una especulación pecuniaria. El
|becerro de
oro ha venido a ocupar el tabernáculo del Dios de nuestros
padres. La libertad, la igualdad que tánto se decantan para
alucinar, corromper y explotar la multitud, son deidades
subalternas que apenas hacen el oficio de mediadoras. Sobre la
estatua de la libertad hay en la Nueva Granada una divinidad
superior, el oro"
|
(5)
.
|
(1)
|
"Habiéndome franqueado mi amado
padre sus manuscritos históricos y geográficos, he hecho de ellos
el presente resumen, que me atrevo a publicar para el uso de los
niños de los campos, que no tienen un padre tan ilustrado y tan
amoroso como el mío." (Advertencia puesta al principio del
|Resumen).
|
|
(2)
|
Don José María Vergara y Vergara,
en el prólogo que puso a la
|Historia de la Compañía de Jesús en
la Nueva Granada, de don José Joaquín Borda, alaba con razón la
manera como el doctor Cuervo, ''con aquella cortesía y discreción
que distinguían su talento'', rebatió, callándolo, en la
|Defensa
del Arzobispo de Bogotá, lo que el libelista decía sobre ser
las señoras de Bogotá mancebas de los jesuítas: ''aconsejó al
lector que borrase con la pluma las líneas tales y tales de las
páginas que citó". Rasgos parecidos son comunes en sus escritos
polémicos, cuando el desenfreno de la prensa no conocía
límites.
|
|
(3)
|
Prócer benemérito de la
Independencia que mereció especiales elogios del Libertador (Nota
de Luis Augusto Cuervo).
|
|
(4)
|
Esta losa se conserva actualmente
en el edificio de la Academia Colombiana de Historia (Nota de Luis
Augusto Cuervo).
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Catolicismo de 18 de junio de 1853.
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