INDICE




CAPITULO V

VICEPRESIDENCIA DE LA REPUBLICA

(Gobierno de López)


Posición embarazosa de López. - Elección de ministerio. - La oposición en el congreso. - Renuncia de Rojas. - Le reemplaza MuriIIo. - El general Acevedo en el ministerio. - Predominio de la Democrática. - Exige ésta la expulsión de los jesuítas y otras cosas. - Renuncia de Herrera. -Malquerencia contra los jesuítas desde su llegada. - Pasos que se dan para evitar la expulsión. Son expulsados. - Circunstancias que acompañaron su ida y su expulsión. - Los defiende el doctor Cuervo en el consejo de gobierno. - Posición del mismo y disgustos que tiene. -Su conducta para con sus detractores. - Procura apaciguar las sociedades populares y moderar la prensa. - Exposición de Londres.



Sobre manera embarazosa fue la posición del general López al tomar las riendas del gobierno. El mismo y los sujetos de alguna prudencia y perspicacia que le acompañaban, veían claro la necesidad de aparecer ante la nación y ante los pueblos extranjeros como un gobierno legítimo, resultado de una elección sin tacha; mientras que por el contrario la turba de su partido, orgullosa de haber alcanzado el poder por medio de una revolución, no podía conformarse con moderar sus pretensiones, aquietar su rencor vengativo y renunciar al público alarde del triunfo | (1) . De aquí esas luchas desiguales en que la dignidad, la conciencia y el amor al bien común cedían al cabo a la presión de los revolucionarios. De aquí esas vacilaciones entre el programa demagógico que se proclamaba por dondequiera y la precisión de seguir el carril de la legalidad y proveer al sostenimiento del gobierno. Una breve exposición de los primeros acontecimientos de esta presidencia comprobará suficientemente lo dicho. En otro lugar expondremos con más pormenores la situación a que llegó durante ella la República.

Después de una alocución que abría ancho campo al temor y a la zozobra, pues bajo capa de un mal entendido amor a la democracia apenas quedaba cosa alguna de interés capital para la sociedad que no apareciese amenazada, siguió el nuevo presidente para el nombramiento de su ministerio un camino que hasta entonces a ninguno de sus predecesores había ocurrido. Convocados y reunidos unos cuantos liberales, les pidió señalasen las personas a quienes debía confiar las carteras; y ellos, no sin algún desorden tumultuoso, cumplieron su cometido nombrando a don Francisco Javier Zaldúa para el despacho de gobierno, a don Manuel Murillo para el de relaciones exteriores, a don Ezequiel Rojas para el de hacienda y al coronel Tomás Herrera para el de guerra y marina.

El congreso era el mismo que había hecho la elección del 7 de marzo, y por consiguiente la oposición era numerosa y poco dispuesta a cejar, con la circunstancia harto grave de que, lejos de podérsela tachar de reaccionaria, iba como antes a la cabeza de todas las ideas liberales; a tal punto que algunas disposiciones que dan lustre verdadero a la presidencia de López, se sancionaron en las cámaras con la firma de presidentes conservadores. Díganlo la abolición de la pena de muerte y otras por delitos políticos y la de vergüenza pública en los comunes, y la ley por la cual se mandó dar principio ese mismo año al levantamiento de la carta geográfica de la República, de donde nació la comisión corográfica, dirigida por el nunca bien alabado coronel A. Codazzi | (2) . Y era lo más singular que cuando muchos conservadores habían sostenido y sostenían las ideas más avanzadas aun en lucha con los que ahora se llamaban liberales, éstos no vacilaban en volver atrás en algunos puntos. Así sucedió respecto de las franquezas otorgadas al comercio del Istmo y de la libertad del tabaco, tan solicitada antes, y cuyos inconvenientes advertidos por Mosquera en su último mensaje, asustaban ya a algunos de sus más decididos favorecedores. Por de contado que no hay para qué mencionar otras contradicciones naturales exigidas por la vida misma del partido, cual era la repugnancia a reformar la constitución por medio de una convención elegida directamente por el pueblo, repugnancia que se confesaba provenía del temor (cosa peregrina en los preconizadores de la soberanía popular) de que el pueblo no hiciese buenas elecciones. No versando pues la discordancia real de los partidos, según ya dijimos, sobre doctrinas económicas y administrativas, sino sobre cuestiones morales o, más concretamente, religiosas, era muy fácil vencer al gobierno en cualquiera de aquellos puntos | (3) . De esto se aprovechó el partido revolucionario para hostigar a Rojas, negándole cuanto pedía hasta hacerlo dejar el ministerio. Creían y con razón que siendo la cartera de hacienda la más importante, no debía estar en manos de un hombre relativamente moderado, y la destinaban en sus planes para Murillo, que era la encarnación perfecta de la demagogia.

Acostumbrado éste al periodismo ligero de una ciudad de provincia, después de haber sido secretario de uno de los supremos de 1840, representó en el gobierno el espíritu revolucionario y el descaro insultante del 7 de marzo, haciendo alarde de provocar todas las animosidades, como si no tuviera otro pensamiento que mantener vivos en sus copartidarios los sentimientos que les dieron el triunfo. Esta conducta le atrajo ya la censura de liberales sensatos en los días que fue secretario de relaciones exteriores, sin que faltara un periódico ministerial, |La América, que tomase cartas en ello. Hacíase más visible su osadía con la poca habilidad o, si se quiere, poca práctica en el manejo de los negocios oficiales. Con suma facilidad se le probó la temeridad con que hirió la delicadeza de los generales Herrán y Mosquera en una nota oficial dirigida al secretario del senado el 20 de abril, relativa al contrato del ferrocarril de Panamá, y encaminada a hacer creer que el presidente Mosquera todo lo había subordinado al interés de recibir los seiscientos mil francos de la fianza, y dejar cien mil para pago anticipado del sueldo de su hijo político. No bien pasó a la secretaría de hacienda, uno de sus primeros intentos fue sacar verdadera la cantinela fastidiosa de liberales y goristas sobre que el erario había sido arruinado por las medidas económicas de Mosquera. Al efecto dirigió una comunicación al congreso sobre la situación del tesoro, pretendiendo demostrar que había un considerable déficit; se comisionó por las dos cámaras a don José Ignacio Márquez, don Juan de Francisco Martín, don Ignacio Gutiérrez y don Victoriano de D. Paredes | (4) , para que informasen; con los mismos datos suministrados por el poder ejecutivo, pusieron en claro que aquella comunicación se había redactado con el designio de sacar a todo trance un déficit, exagerando para ello el pasivo y disminuyendo el activo, y que por el contrario era "verdaderamente lisonjero el cuadro fiel y favorable del estado fiscal de la República". Las cámaras quedaron satisfechas de este informe. Murillo, persistiendo en su empeño de hacer creer que el gobierno no contaba con recursos ningunos, pidió al congreso autorización para pagar hasta el diez y ocho por ciento anual por el dinero que pudiera conseguir a préstamo, interés descomunal que no podía menos de redundar en gran descrédito de la nación. En suma, puede decirse que Murillo, revolucionario antes que todo, fue quien más contribuyó a poner en planta la mezquina y antipatriótica máxima de |gobernar con su partido, exonerando a muchos empleados hábiles o envejecidos en el servicio público: él, quien forzó al partido conservador a salir en defensa de la nación y de su propio honor ultrajado, cuando, cumpliendo su propósito, aguardaba ver el camino que tomaría el nuevo gobierno | (5) ; él, en fin, quien puso el tono al lenguaje indecente que se encuentra usado por algunos periódicos conservadores y liberales de aquella época.

Obligado Rojas a renunciar la secretaría de hacienda y ocupado su puesto por Murillo, ocurrió al presidente aprovechar la ocasión de tener una cartera vacante para dar el paso político de atraerse a los goristas, de quienes los vencedores se habían ido olvidando. Esta fue sin duda la causa del llamamiento del general José Acevedo, secretario de guerra en tiempo de Herrán, y que aunque vivía retirado de la política, había sido conocidamente adicto a la candidatura de Gori; y decimos que la causa fue puramente política, pues la insistencia con que se le obligó a aceptar el cargo no puede achacarse a meras relaciones de amistad con el presidente o con alguno de sus secretarios. Para ello pasó Murillo (14 de mayo) a casa de Acevedo con el fin de ofrecerle el puesto en nombre del presidente; negándose a pesar de todas las instancias, le pidió Murillo que fuese a palacio esa misma tarde. Allí le apremió López con igual empeño, y Acevedo esforzó su negativa en una conferencia de tres horas; al día siguiente le estrecharon de nuevo López y Zaldúa, y tuvo que ceder. El vulgo de los liberales no comprendió la razón de estos pasos, y llenó de injurias a Acevedo; sobre todo la Sociedad Democrática se mostró imponente, y exigió de López que de cualquiera manera alejase del ministerio al secretario recién nombrado. Obedeciendo esta orden, lo cita el presidente (3 de junio) por medio de un oficial, y le hace saber que una reunión de sus amigos políticos exigía como condición indispensable de su apoyo y cooperación que lo separase de la secretaría, y que ya no era posible resistir más. Acevedo, para evitar el escándalo de una remoción, presentó su renuncia.

Con esta condescendencia se envalentonó la Democrática y habiendo obtenido que se repartieran armas a sus miembros, llegó a ser motivo constante de sobresalto. Los conservadores pensaron hacerle frente fundando la Sociedad Popular, en la cual se alistaron muchísimos ciudadanos y entre ellos gran número de artesanos; pero sucedió lo que por fuerza había de suceder, que con la rivalidad se exacerbaron una y otra y varias veces estuvieron a pique de llegar a las manos. Semejante rivalidad tuvo por consecuencia comprometer al gobierno a sostener a todo trance a los que en caso de un conflicto debían ser su más firme apoyo, y aun a convertirse en instrumento de sus más locas pretensiones; lo que constituye uno de los caracteres más repugnantes de la presidencia de López, por más que él mismo tratase alguna vez de sacudir este yugo oprobioso. Crecía el auge de la Sociedad Popular, y no veían los democráticos la hora de intimidarla o disolverla; para esto fueron a la reunión del 14 de enero de1850 unos cuantos, y después de haber querido introducir el desorden con gritos y aun con un tiro disparado entre la concurrencia, pusieron en alarma la tropa y las autoridades, diciendo que los conservadores se habían levantado; con todo esto la sesión continuó en toda calma, no sin gran despecho de los alborotadores. Al día siguiente se reunió en la plaza de Bolívar gran número de democráticos de acuerdo con el gobernador y enviaron una comisión al presidente para pedir no sólo la disolución de la Sociedad Popular, sino la expulsión inmediata de los jesuítas y la pronta remoción de los empleados conservadores que aún quedaban. López, que por su carácter era enemigo de estas arbitrariedades, se contentó con llamar al día siguiente al padre Manuel Gil, superior de la Compañía, y empezó a hacerle los cargos más singulares, cual fue el de que los jesuítas no habían jurado la Constitución y las leyes, como si hubiera alguna que lo ordenara; pasó a exigirle que se continuasen los trabajos de las misiones, cuando así se había hecho, no obstante que en el presupuesto de 1848 no se votó la partida competente; y acabó por pedir que le prometiese que no vendrían más jesuítas al país. Esto era más que suficiente para persuadir que el gobierno estaba ya en camino de contentar a sus parciales, y que para obrar no aguardaba otra cosa que hallar un pretexto, cualquiera que fuese, y tener tomadas las providencias oportunas para el caso de que los conservadores tratasen de levantarse. Impacientes con esta indecisión, que achacaban no sólo a López sino a su secretario Herrera, volvieron al ataque la Democrática y los exagerados, intimando al primero que de grado o por fuerza había de expulsar a los jesuítas y al arzobispo y separar a Herrera (abril de 1850). El presidente trató de resistir con entereza, pero de todo ello no quedó sino la renuncia del ofendido coronel Herrera, como testimonio de que se había constituído una junta permanente "para asegurar el triunfo de los principios proclamados el 7 de marzo de 1849", con la pretensión de "que el jefe del gobierno debe ser un mero instrumento para la ejecución de las miras del partido que lo alzara al poder".

La nube iba, pues, engrosándose y a nadie se ocultaba que había de descargar ante todo sobre los jesuítas, ya como en satisfacción de un antiguo agravio de que se querellaban los liberales, pretendiendo que estos regulares habían sido traídos al país con la mira exclusivamente política de hacer propaganda contra ellos; ya por las tendencias antirreligiosas y las prevenciones vulgares arraigadas en ciertos magnates del partido; ya finalmente con el propósito de herir en lo vivo exasperar a los conservadores, que los acataban como sacerdotes y como institutores.

Su llamamiento fue decretado el día 3 de mayo de 1842 con el fin de encomendarles las misiones, y al mismo tiempo para satisfacer los deseos de muchas personas que querían confiarles la educación de sus hijos; pero, según tenemos apuntado, esta medida no fue del gusto de todos los del gobierno, cuánto menos de los enemigos. En el congreso hubo acaloradas discusiones. Tratándose de un instituto que había durado cosa de dos siglos en América antes de su expulsión de las posesiones españolas, era lo natural, cuando se pensaba en hacerlo volver a la Nueva Granada, que se investigase qué bienes o qué males había hecho, para fundar sobre ello una decisión atinada. Con sólo trasladarse desapasionadamente en espíritu al otro lado de la cordillera que sirve de dosel a Bogotá, hallaran aquellas florecientísimas misiones que, sin la rabiosa plumada de Carlos III, fueran inagotable fuente de prosperidad y riqueza para la nación; volviendo los ojos a la parte austral, contemplaran aquella maravillosa república del Paraguay, en que portentos de caridad y paciencia convirtieron a los nómades en ciudadanos felices, y a los lasos e indolentes en activos trabajadores; volviéndose al norte, siguieran a aquellos pocos católicos que guiados por Calvert, bajo la dirección espiritual del padre White y de tres jesuítas más, dejaron las bocas del Potomac para ir a fundar la humilde aldea de Santa María; y allí vieran con sorpresa a los católicos ahuyentados de Inglaterra abrir un asilo a los protestantes perseguidos por la intolerancia de sus correligionarios, y asentar para gloria de su raza el primer hogar que poseyó la libertad religiosa en todo el ámbito del mundo | (6) . Pero como es de nuestro carácter no ponernos en el trabajo de estudiar y juzgar las cosas nosotros mismos, sino atenernos a lo que otros han dicho, todo se redujo a traer a colación unos y a rebatir otros las trasnochadas especies que en el siglo pasado se divulgaron para hacer odiosa la Compañía en pueblos monárquicos. Era curioso oír tacharlos de peligrosos en una república por las doctrinas que se les achacan sobre el regicidio y por los tántos reyes y príncipes que cuentan han quitado del medio, y esto amalgamado con el temor de que fueran también nocivos a la democracia por lo de la obediencia pasiva, con otras inepcias por el estilo.

Como se ve, estas muletillas son de antigua data; se repitieron en congresos posteriores y sabe Dios hasta cuándo se repetirán. A pesar de todo, los jesuítas llegaron a Bogotá el 18 de junio de 1844; fueron no sólo agasajados por sus amigos, sino aun visitados por muchos de sus adversarios, quienes quedaron en su mayor parte pagadísimos de su cultura e ilustración, desengañándose de que no eran aquellos entes feroces de que tánto se habían asustado. No obstante, a medida que su influjo fue creciendo, nació la emulación y se avivaron las antiguas prevenciones; al año siguiente ya se les atacaba por la imprenta, y en el congreso de 1846, donde el partido de oposición contaba con bastantes diputados, firmaba un proyecto de expulsión el canónigo Saavedra, que los había festejado, a poco de su llegada, con un pomposo y aplaudidísimo panegírico de San Ignacio, y se debatía con toda seriedad la peregrina idea de ser ilegal la permanencia de los jesuítas en la República por estar vigente la cédula de Carlos III en que se decretaba su extrañamiento de los dominios españoles | (7) . Poco más o menos lo mismo se repitió en 1848, con la circunstancia de que don Florentino González se separó del ministerio por no estar de acuerdo en este punto con los principios tolerantes del gobierno.

Como los deseos del partido vencedor en 1849 no habían de quedar satisfechos con meros desahogos de palabra, el menor incidente podía ponerlos en acción. Con motivo del grande éxito que tuvo una misión dada por los jesuítas en Facatativá, a petición del cura y de los vecinos, subió de punto la ojeriza que el mismo presidente había dejado entrever el primer día de su gobierno, y desde octubre de 1849 se daba ya por cierto que serían echados del país. A medida que se fortalecía esta convicción, de todas partes llovían representaciones, suscritas muchas de ellas por personas distinguidas, para que no se llevase a cabo la expulsión. En la capital era suma la ansiedad, y aunque el 5 de mayo había asegurado el presidente al superior de los jesuítas que "no serían heridos alevosamente", se siguieron empleando todos los medios imaginables para hacer entrar en razón al gobierno. El 9 estuvieron en palacio como doscientas señoras de lo más respetable, y presentaron una petición firmada por infinitas más. El presidente, no olvidando la historia romana, que era su flaco, contestó a la que llevaba la palabra que no se dejaría conmover por las lágrimas, como Coriolano, y que esa solicitud sería considerada en los |consejos de gobierno y resuelta conforme a la Constitución, a las leyes y a la política. Nueve días. después, como ochenta niñas vestidas de blanco y con ramos de flores fueron a solicitar la intercesión de la hija del presidente, niña también, en favor de los jesuítas. Este mismo día se firmaba el decreto de expulsión, aunque no se publicó hasta el 21 a las once de la mañana, acompañando a la promulgación un bando del gobernador en que se prohibía toda reunión de diez personas arriba, y se conminaba severamente a quien profiriese expresión alguna improbatoria. A eso de las tres de la tarde se hizo la notificación al superior, y desde dicha hora comenzaron a contarse las cuarenta y ocho que se daban de término para la marcha. Los ánimos estaban conmovidos de manera indecible, pero gracias a los esfuerzos hechos para mantener el orden por sujetos influyentes entre los conservadores, se evitó todo conato de insurrección, y en las breves horas del plazo ofreció la población entera a los desterrados las más delicadas demostraciones de adhesión y simpatía. Los contrarios, que a cada manifestación que se había hecho para evitar el golpe, se iban saboreando con la idea de darlo tan sensible, cuanto era necesario para provocar una insurrección en que quedasen dueños absolutos del campo, se veían casi burlados con aquella moderación. Desde el día anterior se habían dado armas a los estudiantes, repartido municiones a los democráticos y alistado los cañones; y el resto de los liberales se acuarteló en diversos edificios. En el salón de grados de la Universidad lo lucieron, los estudiantes con el rector y varios diputados al congreso, entre ellos el candidato para la vicepresidencia de la república, y apacentaron su rabia salvaje en los retratos del doctor Cuervo y de don Mariano Ospina (que estaban allí como beneméritos de la instrucción pública), picándoles los ojos, dándoles bayonetazos y degollándolos, como si se ensayasen en lo que con gusto harían de veras | (8) . Los miembros del ministerio permanecieron casi constantemente en palacio, y ahí mismo durmieron. El presidente, al enviar al doctor Cuervo el decreto a su casa, le ofrecía un departamento para caso que quisiese hacer lo mismo, asegurándole que tendría todas las consideraciones a que era acreedor. El, sin ponerse a interpretar lo que podía contener tal ofrecimiento, se limitó a darle las gracias, manifestándole que tenía fundadas esperanzas de que no se turbaría la paz pública, con tal que el gobierno tuviese el tacto delicado que la gravedad de las circunstancias requería, y que hubiera en las autoridades subalternas la prudencia bastante para tolerar las lágrimas y los desahogos de las mujeres y de algunos devotos

Al fin sin desorden ni manifestación alguna salieron los jesuítas el 24 de mayo a las dos de la mañana, hora fijada por ellos de acuerdo con el gobernador y ocultada con el mayor sigilo. Los residentes en Medellín fueron puestos en camino el 5 de junio, los de Popayán el 6 y los de Pasto el 8; unos hicieron alto en Jamaica, y fundaron un colegio; otros se encaminaron al Ecuador, donde su buena acogida proporcionó a nuestro agente diplomático la ocasión de reclamar de este gobierno por qué abría las puertas a los enemigos encarnizados de la Nueva Granada.

Resta para completar la idea que ha de formarse de este acontecimiento indicar las garantías con que los jesuítas habían ido a la República y el camino que se tomó para echarlos. El doctor Cuervo historia aquéllas en su voto dado por escrito el 17 de mayo en el consejo de gobierno, en los términos siguientes:

"Una ley de la República,  la ley 16, tratado 4º, parte 2ª de la Recopilación Granadina, ordenó el establecimiento de colegios de misiones y facultó al poder ejecutivo para designar el instituto a que debían pertenecer estos colegios, escogiéndolo entre los que profesasen el ministerio de misiones en Europa. A virtud de esta disposición el poder ejecutivo eligió para aquel objeto el instituto de la Compañía de Jesús, entre otras razones, 'por haberse expedido la citada ley en el supuesto de que dicha Compañía debía ser la llamada para encargarla de las misiones', según expresa el primer considerando del decreto ejecutivo de 3 de mayo de 1842, del cual se dio cuenta a la legislatura de 1843. El encargado de negocios de la República en Londres fue comisionado especialmente para arreglar la venida de los jesuítas, quienes efectivamente vinieron a principios de 1844 a costa del tesoro nacional y de varios particulares, y bajo la salvaguardia y garantía, no solamente de las leyes que han abierto las puertas de la República a todos los extranjeros, sino de las disposiciones especiales que habían decretado su llamamiento.

"Llegados a la Nueva Granada, los Padres de la Compañía de Jesús establecieron en ella diferentes colegios, y el cuerpo legislativo les asignó cantidades anuales para su mantenimiento en las leyes de gastos expedidas desde 1844 hasta 1847. Y digo que fue a los Padres de la Compañía a quienes estas asignaciones se hicieron, porque de ellos eran los colegios de misiones nuevamente establecidos en la Nueva Granada, porque a ellos se hicieron los pagos por las tesorerías de la República, porque de estos hechos tenía conocimiento el poder legislativo a causa de su incuestionable notoriedad, y porque sobre este punto no ha habido ni hay duda alguna, y mucho menos la más ligera contradicción.

"La existencia de los jesuítas en la Nueva Granada es por tanto un hecho autorizado, algo más que autorizado, es un hecho ordenado implícitamente por la ley: es la consecuencia del |voto de confianza dado al ejecutivo; y aunque fuera cierto que éste no hizo un uso prudente de aquel voto, ya no es potestativo al gobierno remediar el mal, sin procederse en el orden y por los trámites con que fue ejecutado, es decir, por medio de un acto legislativo."

Sin embargo, en nada se pensó menos que en esto, si bien los partidarios del gobierno en el congreso quisieron dar una especie de sanción, dirigiendo con este fin al presidente en 26 de abril una carta con cincuenta firmas en el tono y con las falsedades que se usan en tales casos. El poder ejecutivo tomó a su cargo el poner por obra la expulsión con un simple decreto: pero habiendo por precisión este decreto de fundarse en algo, se echó mano de la pragmática de Carlos III, que tánto se había discutido en congresos anteriores; de modo que no hubo ni la originalidad del hallazgo, antes sí una especie de irrisión a las ideas liberales de que tánto alarde se hacía. Como se trascendió que ése era el Aquiles del gobierno, los jurisconsultos de nombre reiteraron su concepto de que era absurdo suponer vigente en la República tal disposición. El doctor Cuervo lo demostró victoriosamente en el consejo de gobierno, haciendo ver que, por su naturaleza misma, la pragmática había caducado al surtir sus efectos, y que a no haber sido así, habría quedado derogada por la constitución y leyes de la República; y agregó a esto consideraciones políticas y sociales que a espíritus menos obcecados hicieran patente el injustificable error que iban a cometer; todo esto con la dignidad y elevación que cumplía al segundo magistrado de la nación, usando una serena imparcialidad que contrastaba con la efervescencia de esos momentos, y situándose en el terreno de las ideas verdaderamente liberales, como para confundir mejor la intolerancia de que se estaba dando prueba.

Según se ha visto, nada de esto fue de provecho. Antes es de creerse que después de la sesión del consejo se agregó al decreto un artículo que realza la ilegalidad del acto: permitióse a los jesuítas granadinos de nacimiento permanecer en la República, quedando como simples particulares. Si en la pragmática no se hizo excepción alguna en favor de los españoles, cuanto menos de los granadinos, ¿cómo podía alterarse una ley que se creyó necesario cumplir a todo trance? Que esta excepción fue cosa de la última hora lo demuestra lo que el presidente dice al doctor Cuervo en la carta mencionada: "Acabo de publicar el decreto declarando vigente la cédula de Carlos III respecto de jesuítas. Los granadinos de nacimiento serán considerados en sus derechos de tales, y por consiguiente podrán quedarse en el país". Si de esto se hubiera tratado en el consejo, no habría para qué advertirlo. Los jesuítas extranjeros representaron luégo al gobierno para que se les permitiese quedarse en la misma calidad de particulares, reclamando el derecho que como extranjeros tenían de residir en el país. El gobierno, apurado para contestar, dictó una resolución cual era de esperarse, que no se comunicó a los interesados | (9) .

Después de haber acompañado hasta este punto al gobierno de López, no necesitarán los lectores hacer muy grande esfuerzo para concebir la situación del doctor Cuervo. Resuelto que hubieron los conservadores dar por buena la elección de López, era forzoso que el vicepresidente continuase ejerciendo como antes sus funciones. El 1º de abril de 1849 recibió en palacio al presidente legitimado, y le "felicitó en términos respetuosos y adecuados" (dice la |Gaceta); y de ahí en adelante se vio obligado a rozarse diariamente con los mismos que se gloriaban de haber humillado a su partido. Como vicepresidente, le tocaba presidir el Consejo de Estado, y por la naturaleza misma de las circunstancias tuvo que hallarse en completa contradicción con los consejeros | (10) . Sin declinar de la firmeza y serenidad que le eran propias, asistía a todas las funciones de su cargo, hacía oír la voz de la razón, y en las cuestiones importantes extendía su voto por escrito. Bien fue necesario en el roce continuo con estos hombres todo su tacto, para que ocultasen en su presencia el odio que le tenían; aunque, con el desprecio de las fórmulas de civilidad que entonces prevalecía, rayaba casi en lo imposible que no acaeciesen lances desagradables. Una vez se descomidió uno de los secretarios, y el doctor Cuervo se levantó airado y lo confundió hasta obligarle a abandonar la sala; pero fue tan violenta la conmoción de este disgusto, que allí mismo cayó exánime en una silla; recobrado después de algunos instantes, fue conducido del brazo a su casa, poco distante de palacio, por el presidente López. El no disimulaba la idea que tenía de su posición, como lo muestra la siguiente anécdota: Asediado por multitud de personas que candorosamente se figuraban que tendría algún valimiento para conservar en su puesto a los empleados que iban quedando cesantes, dijo a una señora amiga que invocaba su mediación en favor del marido: ¿Qué quiere usted, señora, que haga yo, si estoy en el gobierno como aquel santo de quien dice el pueblo que estando en el cielo, ni Dios hace caso de él, ni él de Dios?

Cuando de su conducta oficial se valían para mortificarle, desdeñó siempre dar explicaciones, a no ser que el cargo viniese bajo el nombre de persona de posición política; así, habiéndose opuesto, como lo exigía su conciencia, al nombramiento de Obando para gobernador de Cartagena, le atribuyeron una hoja volante escrita contra el último con ocasión de haber pedido al senado que, a pesar del indulto, se le sometiese a juicio para probar su inocencia en el asesinato del mariscal Sucre. El calló hasta que en |El Siglo se le hizo de una manera ofensiva la imputación a que se refieren las siguientes palabras, que publicó con su firma en |El Neogranadino de 14 de junio: "No es cierto que yo haya escrito el papel titulado |Cuestión Obando, como ha tenido la ligereza de decirlo el senador de la República José Obaldía. Hago esta declaración por miramiento al alto puesto que ocupo, no por satisfacer a persona alguna."

Esta clase de desazones era al fin en cierto modo personal; pero, a fuer de patriota, tenía motivos de más hondo pesar cuando consideraba la rápida pendiente por donde corría a deshacerse cuanto constituye el lustre y poderío de una nación; y muy particularmente aquellos ramos a que en toda su vida había consagrado sus más caros desvelos, como la instrucción pública, la hacienda nacional y los adelantos materiales. En previsión de la ruina inminente consintió en que se llevase a efecto la carretera de Bogotá a Facatativá, aunque su costo pareció tan excesivo, comparado con lo que otros habían propuesto al gobierno, que aludiendo al precio, se la denominaba camino de terciopelo. Algunos se dirigían al doctor Cuervo diciéndole que debía impedirse el que se llevara a cabo la contrata: "Es caro, carísimo el camino", replicaba, "pero ¿piensan ustedes que, si no se hace, al acabar la presente administración quedará en las arcas el dinero que va a invertirse?"

Con ser tan difíciles sus circunstancias, trató de seguir su invariable regla de conducta, no perdiendo ocasión de emplear su influencia en calmar el ardor de las pasiones políticas, que iban llegando a un punto en que irremediablemente acarrearían una ruptura desastrosa. Además de las sociedades políticas cuya animosidad era estimulada por ardorosos tribunos, los periódicos vinieron a ser otros tantos atizadores que hoy se ven con repugnancia, y aun con vergüenza de que la nación haya pasado por semejantes desvaríos. Cosa increíble: el gobierno sancionó esta desmoralización de la prensa empleando en la redacción del periódico oficial, después de haberlos indultado como exprofeso, a los redactores de |El Alacrán, aquel libelo inicuo en forma de periódico que hirió en lo más sagrado a la sociedad bogotana, calumniando a multitud de personas respetables, o descubriendo faltas y deslices de otras, designadas por su nombre.

Llegaba a su colmo esta vergonzosa zambra a tiempo que iba a reunirse el congreso de 1850. Pensó el doctor Cuervo que estos momentos eran oportunos para poner tregua a las iras de los partidos, y con este fin invitó (18 de enero) a su casa varios de los individuos afiliados en las sociedades políticas de la ciudad, y después de manifestarles los beneficios que él mismo creía que la nación podía reportar de esta clase de asociaciones, tanto para la perfección del sistema democrático como para uniformar la opinión en puntos de interés general, esforzó la necesidad de que todos trabajasen en obsequio de la paz pública, difundiendo en el pueblo los principios de tolerancia y fraternidad; finalmente agregó que en el estado de excitación en que se encontraban los ánimos sería quizá conveniente que las sociedades populares suspendieran sus reuniones durante las sesiones del congreso; y que indicaba esto como base de discusión, pues aunque no era lo más necesario para asegurar la paz, era sin embargo medio bastante poderoso para evitar excesos. Los invitados se trataron con bastante cordialidad, y convinieron todos en que emplearían su influencia con los escritores públicos para que moderaran su tono descompuesto, y con las respectivas sociedades para que se entendiesen por medio de comisionados | (11) . Este paso, aprobado por todos los hombres de buena voluntad, no podía contentar a los que vivían de la agitación, y aun fue neciamente increpado en la prensa liberal. De no haberse seguido este camino procedieron los nuevos escándalos dados en el congreso, donde los concurrentes insultaban y aun hacían callar insolentemente a los diputados conservadores, y además las medidas de persecución recabadas por los democráticos. En cuanto a los sentimientos que guiaron al doctor Cuervo, no podemos darles mejor comentario que la conducta que él mismo observó en 1838, acercando a los directores de las sociedades Católica y Democrática, igualmente acaloradas, y haciendo cesar publicaciones que se leían con desagrado en el exterior | (12) . Aquí como allá luce el patriótico deseo de ver reinando la moderación y la decencia en los debates de la política, para tranquilidad de los ciudadanos y buen nombre de la patria.

El gobierno, por su parte, no ofrecía al doctor Cuervo ocasión de emplear su influencia sino en asuntos ajenos de la política. Invitada la república por el gobierno de su majestad británica para concurrir a la Exposición de Londres en 1851, se le nombró en unión de don Lino de Pombo, don José Manuel Restrepo, don Pedro Fernández Madrid y don Juan Manuel Arrubla, para que reuniesen y escogiesen los productos que debían enviarse. A fin de interesar a todos los amantes del progreso, fundaron la Sociedad Central Neogranadina, la cual eligió por su presidente al doctor Cuervo y  empezó sin demora a trabajar, buscando corresponsales en las provincias, excitando su celo con la pintura de las ventajas que alcanzaría la nación al ser conocidos sus productos en el extranjero, y dando todas las instrucciones convenientes para lograr el acierto en la elección y preparación de los objetos que debían remitirse. Pocos fueron los que correspondieron a estas excitaciones, y como, fenecido el plazo en que debían hallarse en la capital los objetos destinados a la exposición, no hubiese ninguno verdaderamente digno de figurar en ella, el presidente de la sociedad lo comunicó así al gobierno, haciendo el debido elogio del desinterés y patriotismo de los miembros y asignando al mismo tiempo las causas de resultado tan desfavorable. Entre éstas se contaron, ya la novedad del caso, por ser la primera exposición universal, ya la brevedad del plazo, acortado aún más por el descuido del gobierno, que dejó pasar dos meses sin providenciar cosa alguna, ya la falta absoluta de fondos, pues que ni la sociedad los tenía, ni la premura del tiempo permitió apelar a suscripciones voluntarias.

En resumen, estos dos años de la vicepresidencia fueron para el doctor Cuervo de esterilidad y de sacrificio, como si estuviera colocado en un puesto eminente sólo para ver mejor y con más amargura la desolación que se dilataba por dondequiera.

 

(1) El 8 de marzo se repartió y se fijó en las esquinas una especie de proclama del clérigo diputado liberal Juan Nepomuceno Azuero Plata, titulada |Congratulación al pueblo bogotano, en que exaltando la jornada del día anterior sobre el 20 de julio de 1810, decía: ''A vuestra constancia, firmeza y orden para sostener vuestras opiniones democráticas se ha debido ayer el triunfo de los principios liberales:'' Esta indiscreta publicación fue arrancada y recogida a toda priesa ( |La Civilización de 7 de febrero de 1850). En La Gaceta de 3 de noviembre de 1850 se definía en estos términos el 7 de marzo: ''Una revolución democrática realizada en el recinto del legislador.'' Pero éstas y otras efusiones de la laya no quitaban que oficialmente se negaran los hechos: véase, por ejemplo, la circular pasada en 18 de septiembre de 1851 a los cónsules y agentes diplomáticos con motivo de la revolución de ese año.
(2) Leyes de 26 y 29 de mayo de 1849 firmadas por don J. I. Márquez y don M. Ospina. El gobierno con laudable celo venció algunas dificultades que quedaban en pie y celebró la contrata con Codazzi en 1º de enero de 1850.
(3) Consúltese sobre estas apreciaciones |El Neogranadino de 14 de abril de 1849.
(4) Paredes, liberal, en el informe que por separado presentó, confirma los resultados del examen hecho por la comisión, diciendo que ''el estado del tesoro o de las rentas de la República no es de ninguna manera tan triste y alarmante como nos lo habíamos figurado", y apoyándose en esto discurre largamente sobre que debe sostenerse la libertad del tabaco ( |Gacela de 27 de mayo de 1849).
(5) El Progreso cesó en 1a última semana de marzo; El Día, que hizo completa la evolución gorista liberal, no pasó a manos 'le los conservadores hasta el 7 de julio; La Civilización apareció el 9 de agosto de 1849.
(6) Expresiones de Bancroft, |History of the United States. Capítulo VII.
(7) J. M. Vergara y Vergara en el prólogo que puso a la |Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada, por José Joaquín Borda, afirma que esta idea apareció por primera vez en el folleto que publicó Julio Arboleda en 1848 con el título de |Los Jesuítas. Esto no es exacto: en el congreso de 1846 se discutió la cuestión, como puede verse en la noticia que de la sesión del 25 de marzo se halla en el número 349 de |El Día (19 de abril de 1846). El señor Borda en el cuerpo de la obra (tomo II, página 230) dice que parece fue a don José Vicente Martínez a quien tal idea ocurrió por primera vez.
(8) Años después estaban todavía estos retratos así mutilados en una pieza del mismo edificio, donde los vimos.
(9) Véase |El Catolicismo de 19 de junio de 1850.
(10) En un artículo publicado en |El Día de 30 de junio de 1849, firmado por |Un Observador y atribuido generalmente a Murillo, se habla del ''insensato orgullo con que el vicepresidente ha querido romper abiertamente con la administración.''
(11) Háblase de esta reunión en el número 84 de |El Neogranadino y en el 691 de |El Día.
(12) ''Supe que usted ha negociado treguas entre los caudillos de las sociedades Democrática y Católica; éste es un servicio público, porque causaban vergüenza los papeles que llegaban hasta aquí." Joaquín Acosta, carta fechada en Guayaquil el 9 de enero de 1839.

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